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Núcleos de vida ciudadana: racionalidades y coyunturas...
Luis Fernando Dapena Rivera| Medellín (Colombia), junio de 2003.
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Capítulo II. Racionalidad, planificación, conocimiento y poder

Introducción

En este segundo capítulo se abordará la racionalidad y sus tipos paradigmáticos, el lugar de la racionalidad en las teorías de la planeación y el poder como factor determinante de la inserción de la racionalidad en la vida real. Esta indagación de la racionalidad, de la planificación y del poder se llevará a cabo con la finalidad expresa de organizar un marco operacional para el análisis de los Núcleos de Vida Ciudadana (NVC). Antes de iniciar esta exploración teórico-conceptual es conveniente resaltar algunos aspectos del caso, relevantes en la relación teórico-práctica que aquí se empieza a proponer. El programa Núcleos de Vida Ciudadana fue una de las estrategias de la Presidencia de la República para motivar y facilitar un modelo de desarrollo urbano incluyente para las comunidades de los barrios de crecimiento espontáneo, donde existía un vacío de acompañamiento del Estado. Desde el punto de vista de una estrategia integral, la Consejería Presidencial para Medellín, iniciada su presencia en la ciudad en 1990, y luego de hacer una amplia convocatoria ciudadana para delinear las bases de su acción, montó un plan sobre tres pilares: la participación del sector privado, la participación comunitaria y la facilitación del Estado. Posteriormente, en septiembre de 1991, la Consejería organizó el seminario Medellín: alternativas de futuro (el primero de una serie anual de seis). En él se identificaron los aspectos principales de la crisis: la quiebra del modelo económico tradicional, la lentitud de la acción estatal en la solución de demandas sociales, la pérdida de legitimidad de las instituciones públicas, la incapacidad de los partidos políticos para interpretar la crisis y dar respuesta, el cierre de espacios de participación para las nuevas capas urbanas, y la falta de proyecto a futuro. La declaración final del evento reconoció «la necesidad de suscribir un nuevo pacto social para que la ciudad no sucumba» y propuso a los habitantes comprometerse para lograr la suscripción en el año siguiente (Presidencia de la República, 1992a:317). Para ello se preparó un segundo evento, cuyas memorias fueron publicadas como Seminario de Alternativas de futuro (II). Antioquia, hacia un pacto social. María Teresa Uribe escribió en la introducción :

Si bien los micro pactos logrados, tanto en el Seminario como en las labores previas que desarrollaron las mesas de trabajo, no arrojaron resultados de amplio impacto y trascendencia, y el gran acuerdo de voluntades no se suscribió como acto formal, lo que resulta preciso rescatar, es ese arduo ejercicio de isegoría que tuvo lugar durante el evento.
Uribe (1993a:15)

Este hecho permite complejizar y refinar las preguntas iniciales. Por ejemplo, para el segundo seminario, ¿qué significó este intento de gestión alternativa, basado en el acompañamiento de organizaciones motivadas por un interés distinto al de la política tradicional?, ¿cuál fue la posición del sector privado y bajo qué racionalidades o representaciones de poder actuó? En este emplazamiento público, ¿por qué el sector privado esquivó el pacto colectivo?, ¿cuáles fueron las racionalidades de cada actor que no les permitieron jugar un papel en la suscripción del pacto colectivo?

Castells (1974) ilustra bien la posición del sector privado desde la óptica de lo global y lo local. Para él, las elites de riqueza y poder de la nueva economía global no están comprometidas con la cultura y con la historia local; su interés principal es el de la acumulación ilimitada de ganancias e influencia. La gran mayoría de la población desempoderada valora las tradiciones locales y habita lugares específicos, pero sus voces han sido silenciadas, convertidas en un pacificado proletariado de consumidores y semiconsumidores de la canasta global. En el mundo elitista, la política es materia de arreglos entre Estados y corporaciones, la resistencia popular es humilde y los contra-movimientos emergentes se atomizan fácilmente antes de adquirir cuerpo (Friedmann y Douglass, 1998:1).

Lo anterior permite contextualizar la multiplicidad de racionalidades y la dificultad de llegar a consensos estables. La ciudad contemporánea, producto de las relaciones impuestas por la globalización, genera distintos discursos desde cada actor involucrado en ella: la base comunitaria de los pobladores que a ella llegan; los académicos, las ONG y los planificadores de avanzada que han asumido un papel de defensores de estas comunidades; la clase política que tiene compromisos con su electorado, pero a la vez con el dinero y el poder que financian y respaldan sus campañas. El poder define las acciones reales, planificadas o no, y desde la investigación se abre un amplio panorama para revisar las distintas racionalidades subyacentes, relacionándolas a las tipologías formales y las prácticas contemporáneas de la planificación.

Se presenta un límite vago en la separación entre el poder y la racionalidad. Si bien los filósofos modernos entendían el conocimiento como poder, la vida real verifica un quiebre en ese pensamiento. Se pensaría que a mayor racionalidad, más conocimiento y a mayor conocimiento, más poder. Pero el poder ejerce racionalizaciones que lo justifican, y es lo que define la realidad. Bien dijo Kant, que la posesión del poder corrompe el libre uso de la razón (citado en Flyvbjerg, 2001:28).

La racionalidad

La racionalidad y el conocimiento experto son el fundamento de la planificación como práctica característica de la modernidad. La convalidación de las creencias para presentarlas como afirmaciones verdaderas traducibles a acciones son materia de la racionalidad. La modernidad hereda del iluminismo el ideal perseguido de democracia, y por ende pareciera que a mayor racionalidad, mayor democracia. Plantea que la democracia se construye con la racionalidad instrumental del individuo experto, conocedor y científico, que en nombre de la ciencia propone las estrategias para alcanzarla.

La racionalidad, ese legado del iluminismo, es la espina dorsal de la modernidad. La planificación moderna es su engendro. Los tiempos cambian y la teoría comunicativa habermasiana clama por una racionalidad consensuada, donde la verdad no es aquel fijo universal positivo, sino la verdad acordada dentro de un contexto particularista. La ciencia social entra en crisis por cuanto buscó ideales normativos del modelo de las ciencias naturales.

Alexander (1998: 1) nos propone reexaminar la racionalidad en este modelo, «el momento aparentemente postmoderno, cuando la planificación parece entrar en un período post-racional». Estos son sus términos: se entiende por postmoderno, la idea de que el modernismo impuso visones tecnocráticas y por lo tanto manipulativas. Pero si bien se cuestiona, sigue habiendo una imposición, si no tecnocrática, sí del capital. La racionalidad, en este contexto, se desprecia cuando se vincula a la planeación, sea en la teoría o en la práctica; se la asocia a un cientificismo o una cuantificación desubicada y dislocada. Se considera en este estereotipo de la planeación que se escuda en un falso empirismo, objetividad y datos. Se mira como un enfoque estrecho sobre los medios, enfoque que, deconstruido, revela un prejuicio o una manipulación de clase que desprecia cualquier forma de conocimiento no científico o subjetivo. Argumenta Alexander:

En el contexto de la planificación, la idea de la racionalidad ha sido devaluada, a menos de que esté calificada positivamente, como en el caso de la meta racionalidad, la racionalidad ética o la racionalidad comunicativa. Si bien la planificación se ha asociado históricamente a la racionalidad, su concepto ha sido vago, cambiante e indefinido. Racionalidad no es otra cosa que una palabra más sofisticada para mentar la razón. Y se puede hacer una asociación positiva entre la racionalidad y la planificación en la medida en que la racionalidad provee razones para actuar a partir de decisiones.
Alexander (1998: 1)

Razón, racionalidad y racionalización de las acciones aparecen como consideraciones fundamentales. Al respecto, Morin nos aporta las siguientes aclaraciones:

La razón corresponde a una voluntad de tener una visión coherente de los fenómenos, de las cosas y del universo [...] tiene un aspecto indiscutiblemente lógico. La racionalidad, el juego, el diálogo incesante entre nuestro espíritu, que crea las estructuras lógicas, que las aplica al mundo, y que dialoga con ese mundo real.[...] La racionalidad de algún modo, no tiene jamás la pretensión de englobar la totalidad de lo real dentro de un sistema lógico, pero tiene la voluntad de dialogar con aquello que lo resiste [...].

La racionalización consiste en querer encerrar la realidad dentro de un sistema coherente. Y todo aquello que contradice, en la realidad, a ese sistema coherente, es descartado, olvidado, puesto al margen, visto como ilusión o apariencia.

Morin (1988: 138)

Alexander plantea que si bien se critica a la planificación como un ejercicio concentrado solamente en los medios para lograr unos fines, y no en los fines mismos, hay una infinidad de conceptos de la racionalidad y las racionalidades que se difieren en distintas dimensiones y que nos permiten analizar la planificación como objeto. Visto desde otro ángulo, pretende demostrar que «la planificación racional no es buena planificación porque produce mejores decisiones; es buena planificación porque tiene razones para dar cuenta (accountability) del curso de acción encarado en la política, el programa o el plan». Contrario a las muchas recientes aserciones, entonces, el aspecto argumentativo de la planificación no contradice la racionalidad: es intrínseco a la planificación racional (Alexander, 1998:2).

Alexander aborda el trabajo de asociar clasificaciones de los tipos de la racionalidad, a la luz de lo que llama la materia asociada con la racionalidad (subject of rationality), a la cual asocia los conceptos de creencias, acciones y afirmaciones, como sujeto (materia) de la racionalidad:

Las afirmaciones y los actos [acciones] se basan en creencias, y las creencias se pueden expresar bajo la forma de afirmaciones (v.g. la afirmación «verdadera»). Las afirmaciones y las acciones se pueden considerar iguales, en un alto nivel de abstracción. [...] Las clases de racionalidad asociadas con la planificación (tales como la racionalidad instrumental weberiana y la racionalidad sustantiva) tienden a enfocarse en la acción, pero por esta interdenpendencia, la racionalidad que se preocupa por las creencias y las afirmaciones no es menos relevante.
Alexander (1998: 2)

A renglón seguido afirma que la razón clásica cartesiana y la evolución de las racionalidades instrumental, sustantiva y de valor weberianas, junto con desarrollos subsecuentes como la racionalidad estratégica, tienen como denominador común, su preocupación por las relaciones entre las creencias y la acción. A estas categorías las llama de tipo deliberativo.

Otros tipos de racionalidad corresponden a un grupo más preocupado por las afirmaciones. Este incluye la racionalidad comunicativa, la racionalidad dialéctica y la racionalidad ética, que se yuxtapone, como forma de validación última, a la racionalidad categórica o epistémica, que incluye la racionalidad evaluativa. A este segundo grupo lo llama de tipo comunicativo.

El grupo deliberativo hace énfasis en que tiene razones para la acción, y el grupo comunicativo en que da razones. Manifiesta Alexander que obviamente para poder dar razones hay que tener razones. Por lo tanto, se puede interpretar esta sutil diferenciación como esa misma diferencia de aproximaciones, donde el grupo de racionalidades deliberativas es más absolutista en su búsqueda de la verdad a través de las afirmaciones. Y el grupo comunicativo está más interesado en la calidad de la construcción de la creencia, desde un punto de vista argumentativo, de tal manera que también se puede interpretar que sus verdades son contextuales, por lo tanto, situacionales, como diría Flyvbjerg, de quien se hablará más adelante, a fondo, sobre sus aportes desde la categoría del poder en relación con la racionalidad.


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Figura 1: La racionalidad y sus tipos, según Alexander


Si bien la noción de racionalidad encuentra como precursora de sus tipos a la racionalidad clásica en la edad del Iluminismo, abstracta y desprendida de todo contexto, el pensamiento ha evolucionado hasta la teoría crítica, que cuestiona la epistemología sobre la cual se ha basado la racionalidad. Plantea que el conocimiento no es ni trascendente ni empírico o individual, sino un constructo social (Alexander, 1998:5).

Para entender esta evolución y los paradigmas de la planificación en una perspectiva postmoderna, a continuación se revisan los tipos más relevantes del tema, siguiendo nuevamente a Alexander y los cuatro grandes encabezados que propone: la racionalidad como razón pura, la racionalidad como una lógica de acción, la racionalidad como una lógica argumentativa y la racionalidad integrativa (Alexander, 1998: 3-7).

Entiéndase el siguiente aparte como una traducción selectiva de su exposición tipológica, sus referencias bibliográficas se incluyen en la bibliografía.

La racionalidad como razón pura

La precursora de las formas de la racionalidad relevantes a la planificación hoy en día es la racionalidad clásica, asociada con la edad del Iluminismo. Es el concepto de razón de Descartes, que se basa en pensar las convicciones internas del individuo sobre el mundo externo, para suplantar las normas tradicionales de costumbre y religión. Según Gellner (1992: 3-7, 28-29, 71-72), la razón cartesiana es universalista y trascendente.

Es lo que los filósofos hoy en día llaman racionalidad categórica o epistémica. Mortimer y Maund (1976: 11) la entienden como la fuente última de las razones que justifican las creencias y sus acciones consecuentes.

Se presenta un debate filosófico sobre el conocimiento científico y las racionalidades. Laudan (1984) y Giere (1989) establecen que la ciencia solamente necesita de la racionalidad instrumental, que solo requiere de la eficiencia causal, estableciendo el vínculo causal entre las consecuencias de una acción y la meta que se propone. A la vez, Siegel (1996) argumenta que la validación de la evidencia de la relación causal requiere de una racionalidad epistémica, que es de naturaleza problemática o problematizante.

Pero algunos filósofos idealistas no están de acuerdo con que la racionalidad categórica sea inherentemente problemática, y continúan buscando un sistema de validación universal.

Rescher (1993) propone la racionalidad evaluativa como forma jerárquica de análisis de los medios y los fines para decidir sobre las acciones apropiadas, basando su validez en el argumento ontológico del valor inherente de la racionalidad, por una parte, y de la naturaleza universal de los valores humanos básicos, por otra.

Nozick propone en su libro The Nature of Rationality (1993) que la teoría de la racionalidad sustantiva es otra forma de racionalidad categórica. Este sistema axiomático es una especie de regresión a la racionalidad instrumental formal, en la cual los valores y las metas se forman por un procesamiento reflexivo de las preferencias, dice Alexander. Su pretensión categórica se basa en su «mecanismo homeostático», así que la «racionalidad viene a formar y controlar su propia función».

La racionalidad como una lógica de acción

Weber (1922: 35) desarrolla sofisticadas diferenciaciones entre las distintas clases de racionalidades. Una de estas distinciones se da entre las relaciones entre los medios y los fines. Weber diferencia entre racionalidad formal y racionalidad sustantiva; define la racionalidad formal como el hecho y el cálculo de sus medios o procedimientos apropiados. Friedmann la considera como una racionalidad de escogencia instrumentalmente eficiente, una relación lógica para determinar los medios óptimos disponibles para alcanzar una meta dada. Esto se conoce como racionalidad instrumental y es la base de muchos modelos teóricos y métodos de soporte de toma de decisiones.

La racionalidad instrumental formal se identifica a menudo con el modelo estereotípico «clásico». Pero muchas de las características estereotipadas de la racionalidad no son aplicables a esta forma de racionalidad. Por ejemplo, dice Alexander, mientras la racionalidad formal implica la cuantificación, esta no se limita a los datos «duros» empíricos o a la información. El escoger entre los cursos alternativos de la acción, incluso aplicando la racionalidad instrumental, a menudo incluye el conocimiento subjetivo y el juicio intuitivo; también incluye imaginación y creatividad al diseñar las alternativas sujetos del análisis de las decisiones y de la evaluación.

Según Weber, mientras la racionalidad instrumental se limita a los medios, considerando los fines como dados, la racionalidad sustantiva incluye «los propios fines propuestos y calculados por el actor». Dice Weber (1956: 5) que «la acción es [sustantivamente racional] cuando el fin, los medios y los resultados secundarios son todos tomados en consideración y sopesados». Esto implica la consideración racional de los medios alternativos al fin, de las relaciones del fin con otros resultados prospectivos de utilización de cualquier medio dado, y finalmente de la importancia relativa de los diferentes posibles fines.

Según Davidoff y Reiner (1962) cuando nos referimos a la planificación como una escogencia racional, esta se identifica más con la racionalidad sustantiva que con la racionalidad instrumental. Esta situación condujo al desencantamiento de los modelos y métodos basados en la racionalidad instrumental y el desarrollo de métodos de soporte y de evalución. Tales métodos combinan la consideración y el análisis de metas y objetivos con la evaluación de cursos de acción alternativos.

Weber definió la racionalidad formal y sustantiva en términos consecuencialistas: una relación lógica entre medios y fines basada en la valoración de los impactos de las acciones proyectadas. Weber fue cuidadoso en distinguir entre estas y otra forma de racionalidad: la racionalidad del valor. Mientras la primera implica una acción orientada hacia las expectaciones calculables y se anticipa a las consecuencias, la segunda se interesa en las propiedades intrínsecas de la acción (Weber, 1922:12).

Una respuesta a las críticas a los límites de la racionalidad fue el reconocimiento de la racionalidad restringida (bounded rationality). Se proponen modelos de escogencia más adaptados a las realidades del individuo y a la conducta social: Simon, con el modelo satisfaciente y Lindblom, con el incrementalismo desarticulado (disjointed incrementalism), el rastreo mixto (mixed scanning) y la planificación direccional (Alexander, 1992: 56-58).

Según Alexander, otra respuesta fue el cambio de orientación de la racionalidad, de un interés por la toma de decisiones y la acción desde lo individual, a la preocupación de la interacción social.

La racionalidad como una lógica de argumento

Bajo este encabezamiento se encuentran formas de racionalidad menos interesadas en la acción y más en la interacción, y su materia son las afirmaciones y la comunicación.

Varios filósofos buscaron una línea de acción, la teoría crítica, que cuestiona las premisas básicas de conocimiento sobre las cuales se había basado la racionalidad. Se planteó que el conocimiento no es ni trascendente, ni empírico ni individual, sino esencialmente un constructo social. Así, la racionalidad, más que interesarse en atribuirse a agentes o a acciones, debe preocuparse por las interacciones sociales. Habermas (1981) resumió las implicaciones normativas de esta línea de pensamiento en su teoría de la acción comunicativa, en donde desarrolla la racionalidad comunicativa como una alternativa a la acción racional convencional.

La lógica de la racionalidad comunicativa difiere radicalmente de las otras formas previas de racionalidad, dice Alexander. El sujeto de la decisión y la evaluación no es la acción, sino la interacción. En vez de evaluar la acción en términos de metas, como lo hace la racionalidad instrumental y sustantiva, la racionalidad comunicativa evalúa las afirmaciones, las cuales son el medio de las interacciones de interés. El criterio relevante no se dirige, como en la racionalidad «clásica», a las consecuencias de las acciones: su preocupación es la calidad de la comunicación. Se pregunta sobre la claridad y sinceridad de las declaraciones u otras interacciones. ¿Son manipulativas o distorsionadas?, ¿la comunicación extraviada es el resultado de una distorsión aleatoria?, ¿deliberada?, ¿sistémica?

Este criterio refleja la diferencia entre el propósito postulado de la acción racional, que consiste en alcanzar las metas individuales, y el objetivo de la acción comunicativa, que es alcanzar consensos mutuos y un entendimiento.

La racionalidad categórica que subyace en la racionalidad comunicativa se expresa en su «principio de universalización». Según Habermas (1983: 71-78, 96-99, 131), este principio propone que la norma solamente puede ser válida si es incondicional y libremente aceptada por todas las partes afectadas. Pero el término «libremente aceptada» también está sujeto a un criterio normativo. Habrá que juzgarse con respecto a la «situación de habla ideal» (ideal speech situation). Esto quiere decir que el consentimiento de las partes a un acuerdo o a una participación en algún entendimiento mutuo es significativo solo en la medida en que hayan tenido la posibilidad de expresarse sin inhibiciones ni constreñimientos. Tales inhibiciones podrían ser el resultado de asimetrías de poder o de diferencias en los recursos; los constreñimientos podrían incluir un conocimiento defectuoso o una información distorsionada.

Según esta definición, en la práctica no existe una «situación de habla ideal». Este dilema ha sido abordado por los filósofos en lo que han llamado la «ética del discurso», la cual cuestiona la posibilidad de una racionalidad universal, categórica o epistémica.

Habermas y Apel han trabajado este tema, buscando una reconciliación entre el conflicto de una normativa ideal y el mundo real, a través de la «macroética de la responsabilidad» (Papastephanou, 1997:45-53).

Esta «macroética de la responsabilidad» puede considerarse como otra forma de racionalidad categórica, con dos partes complementarias: su última «meta-norma» formal o de procedimiento, la cual es inherentemente deóntica, y la parte histórico-situacional, la cual prescribe cómo las normas consensualmente fundadas se pueden aplicar en situaciones particulares, evaluando las consecuencias de la acción. Asi, Apel integra la racionalidad comunicativa con la razón práctica, según Papastephanou (1997: 55).

Apel ha identificado varias clases de racionalidad en la praxis política, haciendo una distinción entre la racionalidad comunicativa y la racionalidad estratégica, y reconoce una naturaleza ideal en la racionalidad comunicativa. La racionalidad estratégica es una lógica de relación medios-fines libre de valores, que trasciende la simple racionalidad instrumental al incluir en sus cálculos las acciones de las otras partes y sus posibles consecuencias. Esta racionalidad pretende ser contextual; cuando instrumentalmente el homo economicus actúa en un ambiente no intencional, el actor estratégico es un agente racionalmente consciente, que tiene que ser conocedor del contexto local y de la situación especifica con todas sus convenciones culturales y sociales. En este sentido, la racionalidad estratégica interactúa con las formas comunicativas de la racionalidad. El «encuentro hermenéutico», que involucra el intento de entender al «otro», demanda unas asunciones mutuas sobre la racionalidad de los participantes (Bridge, 1997:633-637).

En su aspecto ético, la racionalidad comunicativa es la base normativa de tres subtipos de racionalidad situación-específica aplicada: racionalidad ética, una forma deóntica de la acción comunicativa; racionalidad hermenéutica, y racionalidad dialéctica, la cual implica diferentes aproximaciones a las interpretaciones situacionales de las prescripciones de la racionalidad comunicativa basada en normas categóricas.

La racionalidad integrativa

Esta forma alternativa de racionalidad propuesta por Brown (1988: 193-196) con el nombre de «racionalismo crítico» es un interesante intento de integrar la racionalidad clásica con la comunicativa.

Mientras la racionalidad clásica hace énfasis en las relaciones lógicas entre la evidencia y la creencia racional, la racionalidad alternativa de Brown se concentra en cómo el actor racional llega a estas creencias racionales, lo cual implica la utilización del juicio, con varios elementos: un elemento individual, donde la información y el expertise, incluye el conocimiento y el uso de reglas apropiadas para la aplicación y procesamiento de la información; el resto de elementos son sociales y suponen que cualquier creencia basada en un juicio apropiado debe ser evaluada por una comunidad de pares.

En este sentido, otra propuesta es la «meta-racionalidad» de Golberg (1987), que se limita al conocimiento no objetivo y no ofrece reglas de validación para esta nueva postulación de un cuerpo del conocimiento. En otras palabras, queda aquí consignada la meta-racionalidad como una categoría de las racionalidades, que se limita al juicio subjetivo, con una actitud no occidental hacia la incertidumbre y el cambio. En contraste con la propuesta de Brown, Goldberg no ofrece ninguna regla de validación para sus postulados.

Por otra parte, Alexander expone cómo Apel (1979) integra jerárquicamente varios tipos de racionalidad, planteando que: «la racionalidad científica (1) de análisis causal presupone la racionalidad tecnológica (2) de acción propositiva-racional que ... presupone la racionalidad hermenéutica (3) de entender o llegar a un entendimiento y en ello presupone la racionalidad ética (4)».

Respecto a esto, Alexander propone un constructo más complejo; un proceso recursivo que despliegue algunas diferentes formas de racionalidad, en diferentes etapas, por diferentes actores, en diferentes papeles. Estos papeles son individuales o cuasi individuales en algunas etapas y aplican formas de racionalidad deliberativa para evaluar las líneas alternativas de la acción. En otras etapas, estos agentes racionales interactúan como una colectividad en un proceso de acción comunicativa.

Y es aquí donde Alexander da una importante clave para aplicar en el análisis de los aspectos de planeación y de racionalidad en el caso de los Núcleos de Vida Ciudadana. Muestra cómo la racionalidad se convierte en un concepto que es aplicable dialécticamente a las acciones y a la interacción, y cómo los agentes cambian de identidad individual a identidad colectiva.

Desde este punto de vista, propone un cambio en la pregunta de si la planificación es racional y si debería serlo, pues «¿qué tipo de planificación, que involucre qué clase de actores, en qué etapa del proceso implica o debería implicar qué formas de racionalidad?»

Visiones de la planificación

La planificación se ha visto desde distintas miradas, según su contexto de referencia: miradas políticas, históricas o éticas, entre otras. En el campo de su desarrollo histórico, a la luz del contexto político, Leonie Sandercock ubica los tipos de planificación con relación a movimientos y contra-movimientos de las posturas teóricas. Esquematiza seis teorías sobre la buena planeación que emergieron desde los años cuarenta, en su ensayo La muerte de la planificación modernista: praxis radical para una edad postmoderna (1998). Alexander esquematiza, primero, los tipos de la racionalidad a la luz de la evolución del pensamiento filosófico; segundo, los tipos de la planificación como paradigmas de pensamiento deliberativo, interactivo, coordinativo o enmarcante.

A continuación se hará un breve recorrido por estas miradas con el objeto de perfilar recursos para establecer las relaciones que nos interesan: racionalidad-planificación-poder.

Los modelos históricos de la planificación

La primera mirada de Sandercock se presenta aquí en una versión resumida y de traducción selectiva de su trabajo, el cual considera momentos subsecuentes o simultáneos de las posturas y la práctica de la planificación vistos como modelos. Sus referencias se anexan a la bibliografía.

El modelo racional integral

El modelo racional integral (Rational Comprehensive Model), exportado desde el programa de planificación de la Universidad de Chicago, fue un modelo hegemónico durante las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Basa sus orígenes en la epistemología del Iluminismo, que se apoya en la creencia de que se podía establecer una mayor racionalidad en la toma de decisiones de la política pública. Aparece cuando Herbert Simon propuso su modelo sinóptico de toma de decisiones en 1945. Simon (1945), junto con Lindblom (1959) y Etzioni (1968), han creído en la racionalidad instrumental al considerar evidente que la técnica y la ciencia social podrían hacer grandes aportes al mejoramiento del mundo y que la planificación misma podía ser una importante herramienta para alcanzar el progreso social. Esto supone un planificador conocedor del interés público, capaz de discernirlo y de implementarlo.

Aunque este paradigma persiste en el ámbito académico de la planificación, Sandercock (1998:170) plantea que «este proyecto hegemónico fue desafiado en los años sesenta por aquellos grupos que habían sido excluidos de sus dominios y de sus frutos, o por quienes estaban preocupados por las consecuencias ambientales de la conducción global a la modernización».

El modelo de la planificación de la defensoría

El modelo de la planificación de la defensoría (Advocacy Planning) emergió a mediados de los sesenta en Estados Unidos con el impulso del movimiento de los derechos civiles. Aparece, entonces, la publicación de Paul Davidoff (1965). Este, preocupado por que el modelo racional de la planificación estaba obsesionado con los medios, advirtió que los fines quedaban por fuera de este planteamiento. Planteó, además, el interés público como materia de política y no de ciencia. Convocó al establecimiento de muchos planes y no de un plan maestro y a una discusión plena de los valores y los intereses representados por los diferentes planes. Planteó la pregunta por lo distribucional (quién consigue qué), la cual había sido cuidadosamente evadida por la planificación integral (o comprehensiva).

Esta aproximación encontró seguidores inmediatos en los intelectuales de izquierda, en su mayoría profesionales de clase media, y fue aplicada en Harlem y Boston. Lisa Peattie (1968) —quien había trabajado con estos principios en el grupo Urban Planning Aid (UPA), de Boston, que quiso asistir a los pobres tomando sus ideas y traduciéndolas al lenguaje técnico de los planes, para fortalecerlas en la arena política— definió el modelo como manipulativo, en la medida en que trabajaba los problemas en que los profesionales se sentían más cómodos y no aquellos prioritarios para la comunidad. Los planificadores se convirtieron en los ventrílocuos de las comunidades pobres, pues los representaban pero no les daban voz en el proceso, dice Sandercock (1998: 172).

El modelo radical político económico

En 1973 el geógrafo David Harvey publicó Social Justice and the City, y en 1976 se tradujo La cuestión urbana, del sociólogo urbano Manuel Castells. Se hizo una fuerte crítica, desde el marxismo, a la planificación hegemónica, describiéndola como ingenua y desconocedora de las relaciones reales del poder al cual servía. El mayor aporte de esta teoría económica fue situar a la planificación como una inherente actividad política del Estado capitalista, a su vez, parte de un sistema mundial capitalista. Esta crítica desmitificó la idea de que la planificación representa el interés público y clarificó el interés de clase como el motor de la planificación.

El modelo de la planificación equitativa

Sus practicantes más destacados son Norman Krumholz y Robert Mier, en los años setenta. Herederos del movimiento de la planificación de la defensoría o representativa.

Krumholz define a los planificadores de la equidad como aquellos quienes conscientemente buscan redistribuir el poder, los recursos y la participación, separándose de las elites locales y beneficiando a los residentes, ciudadanos pobres y de clase trabajadora, escogiendo a los políticos para quien se trabaja. Krumholz argumenta que la planificación al interior del Estado local puede ser significativa y ética. No considera el Estado como un monolito, sino más bien como el terreno de la lucha política.

El modelo del aprendizaje social y la acción comunicativa

Surge de la primera generación de planificadores defensores, quienes entendieron, a través de su trabajo y su búsqueda de planes alternativos para las comunidades pobres, que estas poseen conocimiento local y habilidades políticas.

En 1973 en Retracking America, John Friedmann describe cómo se da una crisis del conocimiento reflejada en el surgimiento del conflicto entre el conocimiento procesado por expertos y el conocimiento personal y experiencial. Se da una creciente polaridad entre los llamados expertos y sus clientes, magnificada por el lenguaje inaccesible en que los profesionales usualmente formulan los problemas. Friedmann planteó la necesidad de conseguir un proceso de mutuo aprendizaje a través de lo que llamó el estilo transactivo de la planificación. Friedmann caracterizó la planificación transactiva como la vida de dialogo, enfatizando el valor humano y la reciprocidad, en contraste con la posición arrogante y desentendida del profesional. Se da aquí un cambio radical epistemológico al valorar el conocimiento local o experiencial.

John Forester fue otra fuente de inspiración para los académicos de los ochenta, vinculados a la actividad comunicativa. Su teoría la llamó la planificación crítica, basándose en el concepto habermasiano de la acción comunicativa. Se da un cambio en la racionalidad instrumental del modelo anterior, orientado hacia la racionalidad comunicativa. Se confía más en la pregunta cualitativa e interpretativa que en el análisis lógico deductivo, entendiendo lo único y lo contextual, más que haciendo proposiciones generales de un planificador mitificado y abstracto.

El referente para este grupo de seguidores de Forester es Planning in the Face of Power, publicado en 1989. Para Forester, la planificación es primariamente una forma de escucha crítica de las palabras de los otros y la observación de su conducta no verbal. Es un modo de intervención que se basa en actos de habla, en oír y cuestionar, y en aprender cómo, a través del diálogo, se forma la atención.

El modelo de planificación radical

Las prácticas radicales emergen de la experiencia y la crítica a la desigualdad en las relaciones y las distribuciones del poder, oportunidades y recursos. Su meta es la de lograr las transformaciones estructurales de estas desigualdades sistémicas en el proceso de empoderar a aquellos quienes han sido sistemáticamente desempoderados.

La crítica dominante de las iniquidades urbanas desde los años sesenta hasta los años ochenta, era la del análisis de clase, especialmente después del surgimiento de la economía política urbana marxista y de la sociología urbana de mediados de los años setenta. Involucra, además de los pobres y los oprimidos, el feminismo, las gentes de color, los gay y el lesbianismo.

Las cuestiones sobre justicia social y la ciudad se expandieron más allá de las formulaciones de clase de marxistas como Harvey y Castells (Hayden, 1980).

Heskin (1980) y Leavitt (1994) plantean que para cambiar las vidas de los pobres, los excluidos y los marginados se requiere una aproximación desde el empoderamiento y que tal acercamiento sólo puede ser practicado por fuera de la burocracia. Tiene el potencial para volver a la gente menos dependiente del capital global, aumentando su poder social, y experimentar el poder local. El papel del planificador ya no es el papel heroico del modelo racional; se trabaja la transformación social de las Organizaciones de base comunitaria (OBC); se reconoce el valor del conocimiento experiencial y contextual, y está abierto al aprendizaje a través de la acción.

No descansa en un continuum lógico con la planificación racional; implica un corte epistemológico con la planificación; no se relaciona con los proyectos de participación del Estado. Requiere una nueva identidad profesional del planificador; su compromiso no es con los códigos de su profesión, sino con los pobres y los oprimidos. La comunidad no es ya un cliente, sino a alguien a quien el planificador se alía, ayudando a clarificar sus metas y permitiéndoles alcanzar la autodeterminación colectiva.

Los paradigmas de la planificación vistos desde la racionalidad

Alexander plantea un marco contingente que integra cuatro paradigmas: la planificación racional, la práctica comunicativa, la planificación coordinativa, y el «encuadre de marcos» (frame setting). Este marco contingente revela, según Alexander, que los cuatro paradigmas son complementarios y no conflictivos: que cada uno involucra diferentes clases de actores o roles, al desarrollar distintas clases de planificación en diferentes etapas o niveles en el proceso mismo de la planificación.

Los tipos ideales

Alexander aborda estas categorías como «tipos ideales» y los desarrolla en los siguientes términos:

La planificación como deliberativa: corresponde al primer paradigma de la planificación racional clásica. Implica una visión de la planificación como una actividad deliberativa de solución de problemas, que involucra la escogencia racional de individuos con intereses propios o unidades sociales homogéneas que actúan como si fuesen individuos. Subsume la mayoría de los métodos de planificación aplicada como «ciencias de la decisión». Su objetivo es permitir al actor decidir cuáles acciones se deben abordar para llegar a qué fines, y cuál sería el curso de acción más efectivo.

La planificación como interactiva: la práctica comunicativa ve la planificación como un proceso social interactivo. La planificación sucede en el curso de interacción de los individuos. El foco de este paradigma es la comunicación entre actores (individuos o cuasi individuos), que es materia del análisis positivo y de la prescripción normativa. Corresponden a este paradigma las aproximaciones interactivas de la facilitación de la resolución de conflictos, la mediación y la negociación.

La planificación como coordinativa: la planificación como coordinación anticipada. No se trata solamente de a dónde llegar, sino de cómo llegar. Las unidades relevantes son las organizaciones y se concentra en cómo direccionarlas para que asuman las acciones necesarias en el momento apropiado para alcanzar resultados mutuamente convenidos. La planificación estratégica ofrece algunas de las herramientas metodológicas de la planificación coordinativa.

La planificación como enmarcante: describe los procesos sociales de construir y definir una situación-problema y desarrollar respuestas apopiadas. Involucra esquemas interpretativos y expresiones metafóricas y refleja el poder estructurante de las ideas a través de un proceso de discurso de políticas. El escenario más relevante es el de la comunidad.

Planificación y racionalidad

En un segundo momento, Alexander afina estos paradigmas ideales para establecer una relación general entre ellos y las distintas formas de racionalidad. Luego, vincula estas formas a la lógica y a la teoría normativa subyacente, a sus modelos analíticos ideales y a sus teorías descriptivas-explicativas como trasfondo de su visión de la sociedad y la conducta humana. A continuación se sintetizan las descripciones que Alexander hace de cada asociación paradigma-forma de racionalidad, y luego se transcribe el cuadro matriz respectivo (figura 2), que sistematiza estas relaciones.

La planificación racional

Según Alexander, la planificación racional aplica la racionalidad instrumental o la racionalidad sustantiva, dependiendo de la naturaleza de los problemas y de la situación de decisión. La lógica normativa de la racionalidad instrumental y su aplicación metodológica se articulan a la teoría de la decisión formal y a los métodos derivados, los cuales se basan en una meta dada o en una función de objetivos, tales como el método de la optimización y del análisis costo-beneficio. La racionalidad sustantiva es un ideal inalcanzable. La racionalidad restringida admite estas limitaciones y ofrece descripciones alternativas a la toma de decisiones, tales como la racionalidad satisfaciente y el incrementalismo.

El incrementalismo desarticulado, aunque es un modelo descriptivo más suelto que el modelo satisfaciente, ha alcanzado un estatus normativo en las áreas relativas a la planificación, tales como el análisis de políticas y de implementación y el análisis presupuestal. El incrementalismo trasciende la racionalidad restringida deliberativa en algunos de sus aspectos institucionales y de proceso, al cambiar la focalización en el agente individual por la de la interacción colectiva. Al explicar el evitar el establecimiento sistemático de metas y en su manejo de coaliciones y negociaciones, el incrementalismo premisa la racionalidad estratégica.

La práctica comunicativa

Este paradigma de la planificación se basa en la racionalidad comunicativa, la cual toma una variedad de formas. Su ideal normativo es la racionalidad comunicativa en los términos de Habermas, o la racionalidad ética en los términos de Apel. Su lógica subyacente se expresa en la teoría de la argumentación y la teoría crítica es su fundamento racional.

La contraparte del modelo ideal de la racionalidad clásica del homo economicus racionalmente centrado en sus intereses es el homo comuniatarius, quien se motiva exclusivamente por la búsqueda del consenso y cuya interacción con los otros se localiza en la situación de habla ideal (ideal speech situation). De esta forma, las interacciones reales en la práctica comunicativa no pueden evitar modificaciones a ese ideal, así como en el mundo real demanda alguna forma de racionalidad restringida (bounded rationality) del deber ser del planificador racional.

La contraparte de la racionalidad restringida para la práctica comunicativa en la vida real es la racionalidad estratégica. En su forma pura, esta es, inherentemente, libre de valores; o sea que se motiva por los intereses y las metas particularistas del actor estratégico. El análisis foucaultiano de la conducta interactiva ofrece una teoría descriptiva explicativa de la práctica comunicativa restringida (bounded communicative practice), en la cual la racionalidad comunicativa provee un modelo ideal analítico. Pero en ausencia de cualquier vínculo normativo lógico entre racionalidad comunicativa y estratégica, parece difícil que la práctica comunicativa sea otra cosa más que un ideal exhortativo.

La racionalidad dialéctica y la racionalidad hermenéutica son propuestas de lógicas sistemáticas para la acción comunicativa; en otras palabras, prescripciones de cómo formular e interpretar contextos particulares de la acción de la vida real a la luz de una ética comunicativa ideal. Aunque estas formas de racionalidad comunicativa restringida (bounded communicative rationality) han sido diseñadas para formular el dilema intrínseco de la práctica comunicativa, no hay evidencia de su adopción por los proponentes de este paradigma de la planificación.

Aun así, la racionalidad comunicativa está implícita en algunas de las aproximaciones de la planificación desarrolladas en las últimas dos décadas, las cuales establecen interacciones en el curso del proceso mismo de planificación, en lugar de establecer los objetos de las decisiones y las acciones de la planificación característicos de los métodos de la racionalidad clásica. Estas aproximaciones implican la facilitación de grupo, como la propone la planificación transactiva, la mediación y la resolución sistemática de conflictos.

La evaluación es otro aspecto de la planificación que ofrece un potencial para aplicar la racionalidad comunicativa y que incluso la integra a la racionalidad sustantiva. Formas interactivas de análisis decisional con multicriterios, como la evaluación de impacto en la comunidad, son un ejemplo, aunque han sido más formuladas que implementadas.

La planificación coordinativa

Las unidades sociales interactuantes son las organizaciones, pero no vistas como individuos homogéneos. Son colectivos heterogéneos: redes interorganizacionales hechas de organizaciones, burocracia divisonalizada, o corporaciones globales, algunas veces compuestas de subunidades organizacionales con individuos con diferentes papeles e intereses.

La planificación coordinativa implica una deliberación intencionada, o una interacción, en una compleja secuencia recursiva.

Establecimiento de marcos (Frame-setting)

Un proceso sistémico de referencia marco para futuras decisiones y acciones desarrollado por una comunidad relevante. Tiene dos aspectos: el proceso y el producto. El producto no es una enmienda o un cambio incremental: el marco representa un establecimiento significativo de las intenciones estratégicas. El proceso involucrado se describe como un discurso interactivo. Refleja valores básicos o una ideología, y la interacción es análoga al discurso paradigmático. Tal discurso se da en la comunidad relevante como una amenaza al paradigma hegemónico o cuando las anomalías acumulativas se revientan en el paradigma prevaleciente.


Paradigma
                                        
Actor
                                        
Material
                                        
Enfoque
                                        
Apunta a:
                                        
Producto
                                        
Tipo de racionalidad
                                        
Lógica de teoría normativa
                                        
Modelo analítico ideal
                                        
Teoría descriptiva explicativa
                                        
Planificación racional clásica Individual cuasi individual Problema: Decisión. Acciones alternativas y consecuencias Solución del problema Las acciones óptimas y más efectivas para alcanzar las metas Comprometer la decisión con líneas de acción Instrumental (metas dadas) Sustantiva (más metas) Teoría formal de la decisión Utilitario, racionalidad de interés propio en la toma de decisiones  
            Bounded rationality. Racionalidad estratégica Satisfaciente Incrementalismo Satisfaciente Incrementalismo Teoría de la decisión político-organizacional
Práctica comunicativa Individuos en escenarios de grupos interactivos Interacción social, decisión por acuerdo colectivo
Alcance de metas por partidarios (acción estratégica)
Consenso / entendimiento mutuo (acción comunicativa)
Alcance de metas partidistas (acción estratégica) Decisión colectiva, compromiso común con la acción acordada
Racionalidad estratégica
Racionalidad comunicativa (Bounded): dialéctica / hermenéutica
Racionalidad comunicativa
Teoría de juegos
 
 
Teoría de la argumentación
Teoría de la escogencia social
 
Principio de universalización. Ideal speech situation
Análisis de poder foucaltiano
Planificación coordinativa Unidades organizacionales Estrategias, políticas, programas, proyectos Colectiva / acción concertada / Implementación Acción efectiva para lograr metas mutuas Implementación de lo acordado sobre estrategias, políticas, programas y proyectos
Racionalidad estratégica
 
(Bounded) Racionalidad comunicativa
Teoría de los jeugos
Teoría organizacional
Economía institucional
Organizacional
Conducta sociológica organizacional
Planificación enmarcante (Frame setting) Comunidades: individuos papeles, intereses de las organizaciones, red política, comunidad territorial Política / problema / comunidad planificadora Valores competentes. Preceptos / Imágenes de la realidad, ideas Proceso de encuadre (framing), en la comunidad relevante
Alcance de metas partidistas
Fijación de metas mutuas / objetivos
Acuerdo sobre el marco de las futuras decisiones /acciones
Marco: meta-política, doctrina, doctrina de la planificación, política, plan estratégico
Racionalidad sustantiva (bounded)
Racionalidad estratégica
Racionalidad comunicativa (bounded)
... ...  

Figura 2: Los paradigmas de la planificación y los tipos de racionalidad


Alexander se pregunta si el relativismo moderno del conocimiento socialmente construido sobrepasó a las certezas científicas y a la modernidad epistémica buscadora de verdades. O si el modernismo es una moda cultural y filosófica passé. En relación con la planificación y la racionalidad, dice, esto resulta irrelevante. La planificación es y no puede ser otra cosa que racional. Una planificación irracional es un oxímoron. El aceptar que toda planificación es racional en principio, nos permite enfocarnos en la pregunta: «¿Qué clases de racionalidades están o deberían estar invocadas por qué clases de agentes en qué tipos de situaciones decisivas, contextos o circunstancias?» (Alexander, 1998:12).

Desemboca así Alexander en una propuesta de agenda investigativa para la teoría de la planificación, que resulta altamente pertinente en relación con dos aspectos cruciales que este trabajo plantea en este capítulo, y en su desarrollo subsiguiente. En respuesta a la pregunta anterior, Alexander observa:

Aquí, algunas asociaciones han sido tentativamente sugeridas: estas demandan una substanciación por medio de análisis detallados y gruesos estudios de caso. Descripciones longitudinales ricas y evaluaciones de los procesos de planificación llevados a cabo en el tiempo, para permitir la observación de los roles y conductas dialécticamente cambiantes a través de una secuencia de eventos relacionados, son importantes. Tal aproximación investigativa, estructurada por un armazón contingente y que explore diferentes formas de racionalidad, podría ofrecer una útil agenda para la teoría de la planificación.
Alexander (1998:12)

El poder

En este aparte se utilizará el trabajo de Bent Flyvbjerg, investigador de la Universidad de Aalborg en Dinamarca, para crear un marco de referencia alrededor de la noción de poder, uno de los problemas conceptuales más destacados de la teoría de la planificación en la actualidad. Flyvbjerg se preocupa por explorar la construcción moderna de esta noción a través del estudio de las elaboraciones de Foucault, revalorando su explicación del poder entendido como «productivo y local, en vez de opresivo y jerárquico» (Flyvbjerg y Richardson, 1998:6).

Pero, Flyvbjerg y Richardson dicen que al intentar cumplir su compromiso teórico de integrar los discursos sobre el poder a los múltiples discursos de la teoría aséptica de la planificación, encuentran como barrera la teoría emergente de la racionalidad comunicativa habermasiana aplicada en la planificación. Hay una dificultad que radica en que esta no ha sido sometida a una crítica sostenida respecto al tratamiento que le da a la categoría de poder.

Es aquí donde precisamente encuentran en Foucault una teoría (que va más allá de una preocupación por las políticas de la coerción) que aporta una analítica sostenida del poder y la racionalidad, «la cual podemos utilizar de una manera productiva para dar soporte al empoderamiento de la sociedad civil» (Flyvbjerg y Richardson, 1998:2).

El talón de Aquiles, dicen, de la teoría de la ética del discurso y de la racionalidad comunicativa de Habermas (piedra basamental del movimiento de la planificación comunicativa) es la falta de consideración del poder omnipresente en la vida real. La teoría de la planificación foucaultiana aborda exactamente el punto débil del paradigma comunicativo, haciendo posible la acción efectiva. Estos autores plantean la necesidad de que la teoría realice un viraje hacia «el lado oscuro de la teoría de la planificación —el territorio del poder— el cual ha sido evitado por aquellos quienes solo ven opresión y coerción donde el poder opera» (Flyvbjerg y Richardson, 1998:2).

A continuación, se registran aquí las disquisiciones de los autores mencionados, en su intención de aportar a la incorporación del concepto de poder al cuerpo teórico de la planificación. Entiéndase, nuevamente, como una traducción selectiva de su trabajo (Flyvbjerg y Richardson, 1998:2-10).

El abordaje del concepto de poder en Habermas

El mundo utópico de Habermas se orienta hacia una situación del habla ideal, donde las pretensiones de validez se basan en el consenso entre participantes iguales y se remueven los efectos distorsionantes y negativos del poder.

Las definiciones de Habermas del discurso de la ética y la racionalidad comunicativa y sus requerimientos procedimentales se basan en lo procedimental como opuesto a la racionalidad sustantiva.

Habermas es universalista y en términos de procesos es un moralista de arriba hacia abajo, en la medida en que las normas para llevar a cabo un proceso correcto están dadas de antemano bajo la forma de los requerimientos de la situación del habla ideal. A la vez, en relación con el contenido, Habermas es un situacionalista de abajo hacia arriba, en la medida en que considera que lo que es correcto y verdadero en un proceso comunicativo dado, está enteramente determinado por los participantes de ese proceso.

Flyvberg y Richardson plantean que Habermas opera dentro de una perspectiva de ley y soberanía que contrasta con la de Foucault, quien encuentra esta concepción de poder inadecuada. Foucault plantea dentro de su analítica del poder que este solamente se puede constituir si se libera completamente de esta representación del poder que él llama jurídico-discursiva; una cierta imagen de ley-poder, de soberanía-poder.

La debilidad básica del proyecto de Habermas es su falta de acuerdo entre lo ideal y la realidad, entre intenciones e implementación, y se basa en una concepción insuficiente del poder. Habermas mismo observa que el discurso en sí mismo no puede asegurar que las condiciones para la ética del discurso y la democracia se den. Describe la utopía de la racionalidad comunicativa, pero no como llegar allí.

Habermas encuentra las barreras que se oponen a la toma de decisiones discursiva: falta de instituciones cruciales, falta de socialización crucial, y la pobreza, el abuso y la degradación. Pero no aborda las relaciones de poder que crean estas barreras ni cómo el poder puede ser modificado para iniciar los cambios institucionales y educacionales, el mejoramiento del bienestar, el fortalecimiento de los derechos humanos básicos, que podrían ayudar a rebajar las barreras. En otras palabras, dicen los autores, Habermas carece de un tipo de entendimiento concreto de las relaciones de poder que son necesarias para el cambio político.

La cuestión aquí está en cómo operar con un concepto de comunicación donde el poder está ausente, si, según Foucault, el poder siempre está presente. La comunicación siempre está penetrada por el poder.

Para los estudiosos del poder, dicen Flyvbjerg y Richardson, la comunicación está más típicamente caracterizada por una retórica no racional y por el mantenimiento de intereses que por la libertad de la dominación y la búsqueda del consenso.

En la retórica, la validez se establece a través del modo de comunicación: elocuencia, control oculto, racionalización, carisma y el uso de las relaciones de dependencia entre los participantes, en reemplazo de los argumentos racionales. Flyvbjerg y Richardson presentan una imagen ingenua e idealista de Habermas, cuando este contrasta el pronunciamiento exitoso con el distorsionado en la conversación humana, precisamente porque el éxito de la retórica se basa en la distorsión.

Pero los autores no conceden importancia a si la posición retórica es correcta o no. Más bien, prestan atención a un punto de partida de la teoría de la planificación no idealista y al hecho de que tanto la posición retórica como la posición comunicativa pueden suceder aun simultáneamente. En un contexto empírico-científico, la pregunta por la validez de estas posiciones debe permanecer abierta y más bien resolverse a través del examen concreto de casos. El investigador debe preguntarse cómo se da la comunicación y cómo operan la política, la planificación y la democracia.

A este respecto, las preguntas planteadas por Flyvbjerg y Richardson son: ¿se caracteriza la comunicación por la búsqueda del consenso y la ausencia del poder?, o ¿es la comunicación el ejercicio del poder y la retórica?, ¿cómo se unen eventualmente en los actos individuales de comunicación, la búsqueda de consenso y la retórica, la libertad de la dominación y el ejercicios de poder?

La pregunta básica que plantean es si en la comunicación se pueden distinguir significativamente la racionalidad y el poder, y si la racionalidad se puede considerar aislada del poder, como lo hace Habermas.

Los autores buscan respuestas en Foucault, pero antes de exponer sus contundentes elaboraciones y conclusiones sobre sus aportes, se hará un marco de referencia del concepto de poder en Foucault, apoyados en Richard Lynch (1998: 65-69).

Lynch plantea cómo uno de los más interesantes y perplejos aspectos de la analítica del poder moderno de Foucault es el argumento de que todas las relaciones sociales están atravesadas por relaciones de poder, de que el poder siempre esta ahí y de que uno nunca está fuera de él.

Richard Lynch se plantea preguntas acerca de cuál es la relación entre las relaciones de poder omnipresentes y otros tipos de relaciones sociales, como las sexuales, económicas y parentales, y de si hay otro tipo de relaciones omnipresentes en las relaciones sociales.

Lynch pretende responder esto a través de la explicación de cómo Foucault entiende las relaciones de poder. Para Foucault, esta omnipresencia no significa ni que las relaciones de poder son las únicas omnipresentes ni que las relaciones de poder son las más importantes en las situaciones sociales. Para hacer esta explicación, Lynch expone la analítica del poder de Foucault de una manera, si bien no exhaustiva ni sistemática, sí apropiada para revisar en nuestro caso.

Así expone Lynch (1998) los planteamientos más relevantes de Foucault, en su artículo «Is Power All There Is? Michel Foucault and the Omnipresence of Power Relations». (Tómese como una traducción selectiva libre).

El poder es omnipresente. La posibilidad de resistencia al poder se incluye dentro de las dinámicas de las relaciones de poder, así que la omnipresencia no implica que la resistencia sea imposible.

¿Qué son las relaciones de poder? Para Foucault son micro-procesos, que se deben distinguir de las macro-formas en que a menudo se manifiestan. Tales macro-formas, que incluyen la soberanía del Estado y la dominación de un grupo sobre otro, son productos finales constituidos de muchas instancias particulares de las micro-relaciones. «Me parece que el poder se debe entender en esta primera instancia como la multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes en la esfera en que operan y que constituyen su propia organización» (Foucault, 1976b:92).

Estos micro-procesos, estas relaciones de fuerza, son relaciones estratégicas. Más precisamente el «poder» es el efecto de las interacciones entre posiciones desiguales en el paisaje social. (Podemos pensar estas posiciones como siendo tomadas por varios tipos de agentes, tales como personas e instituciones). «La condición del poder de convertirse en posibilidad [...] es el sustrato movedizo de la relaciones de fuerza que, por virtud de su desigualdad, constantemente engendran estados de poder [...], siendo estos últimos, siempre, locales e inestables. El poder circula a través de la red de relaciones sociales»(Foucault, 1976b:93, 95). Así, el poder siempre y estrictamente es relacional: «la existencia [de las relaciones de poder] depende de una multiplicidad de puntos de resistencia: estos juegan el papel de adversario, blanco, soporte o manija en las relaciones de poder» (Foucault, 1976a:98).

Recordemos que las preguntas de Flyvbjerg y Richardson son si la comunicación se caracteriza por la búsqueda del consenso y la ausencia del poder, o si la comunicación es el ejercicio del poder y la retórica, o cómo se unen eventualmente en los actos individuales de comunicación, la búsqueda de consenso y la retórica, la libertad de la dominación y el ejercicios del poder. Recordando que la pregunta básica que plantean es si en la comunicación se pueden distinguir significativamente la racionalidad y el poder y si la racionalidad se puede considerar aislada del poder, como lo hace Habermas, continuamos con su exploración sobre Foucault.

Foucault

Una aproximación alternativa acepta el poder como inevitable, reconociendo su penetrante naturaleza y enfatizando su potencial tanto destructivo como constructivo. La «racionalidad de la vida real» es la política hecha en un campo de luchas de poder entre diferentes intereses, donde el conocimiento y la verdad son puestos a competir y la racionalidad de la planificación se expone al foco del conflicto. El enfoque cambia de «qué se debería hacer» a «qué se hace realmente». La racionalidad está penetrada por el poder, y la dinámica entre racionalidad y poder es definitiva en el entendimiento de la política.

Foucault, más que ningún otro filósofo reciente, nos recuerda la importancia crucial del poder en la conformación y el control de los discursos, en la producción del conocimiento, y en la construcción social de los espacios. Su análisis del poder moderno ha sido leído a menudo por los teóricos de la planificación como una opresión negativa institucionalizada. Su explicación del poder es productiva y local, más que opresiva y jerárquica, y sugiere las oportunidades reales para agenciar el cambio. Mientras Foucault consideró el discurso como un medio que transmite y produce el poder, señaló cómo también es un retardante, un obstáculo, un punto de resistencia, pero también el punto de partida para una estrategia opuesta. Al mismo tiempo que el discurso refuerza el poder, también lo recava y lo pone al descubierto, y lo expone frágil, haciendo posible su prevención.

Foucault raramente separó el conocimiento del poder, y la idea de «poder/conocimiento» se hizo de crucial importancia:

Deberíamos abandonar una tradición entera que nos permite imaginar que el conocimiento solo puede existir donde las relaciones del poder están suspendidas y que el conocimiento solo se puede desarrollar por fuera de sus mandatos, sus demandas y sus intereses [...], deberíamos abandonar la creencia de que el poder enloquece y que, en ese mismo orden de ideas, la renunciación del poder es una de las condiciones del conocimiento. Deberíamos admitir más bien que el poder produjo conocimiento [...], que el poder y el conocimiento directamente implican uno a otro; que no hay relación de poder sin la correlativa constitución de un campo del conocimiento.
Foucault (1969:27)

Para Focault, entonces, la racionalidad es más contingente que libre de contexto y objetiva, conformada por relaciones de poder.

De acuerdo con Foucault, la «autorización del poder por ley» Habermas (1988!:8), es inadecuada. El sistema jurídico «es completamente incongruente con los nuevos métodos del poder» —dice—, y los «métodos que son empleados en todos los niveles y de formas que van más allá del Estado y sus aparatos [...]. Nuestro gradiente histórico nos lleva cada vez más lejos del reino de la ley» (Foucault, 1976b. La ley, instituciones —o políticas y planes—, no dan garantía de libertad, igualdad o democracia. Ni siquiera la totalidad de los sistemas institucionales, de acuerdo con Foucault, puede asegurar la libertad, aun cuando se hayan establecido con ese propósito. Ni es probable que la libertad se alcance al imponer sistemas teóricos abstractos o un pensamiento correcto. Por el contrario, la historia ha demostrado —dice Foucault— ejemplos horripilantes de que son precisamente esos sistemas sociales, que han convertido la libertad en fórmulas teóricas y que han tratado la práctica como ingeniería social, como en una téchne epistémicamente derivada, los que se tornan más represivos.

Foucault plantea que se le ha reprochado no presentar una teoría totalizante. «Al contrario, estoy tratando, aparte de cualquier totalización —que sería de hecho abstracta y limitante—, de abrir problemas que sean tan concretos y generales como sea posible». (Focault, 1984)

Lo que Foucalt llama su «tarea política» es criticar el trabajo de las instituciones que aparentan ser neutrales e independientes: criticarlas de tal manera que la violencia política, que siempre se ha ejercitado oscuramente a través de las instituciones, sea desenmascarada para que pueda ser combatida. Esto es lo que en una interpretación foucaultiana sería visto como una aproximación efectiva al cambio institucional, incluyendo el cambio de las instituciones de la sociedad civil.

En directa referencia a Habermas, Foucault dice:

El problema no es de tratar de disolver [las relaciones de poder] en la utopía de una comunicación perfectamente transparente, sino de dar [...] las reglas de la ley, las técnicas de administración, y también la ética [...] que nos permitirían que estas partidas del poder sean jugadas con un mínimo de dominación.
Foucault (1988:18)

Dicen Flyvbjerg y Richardson que aquí Foucault sobrestima sus diferencias con Habermas, ya que Habermas también cree que la situación del habla ideal no se puede establecer como una realidad convencional en la comunicación en sí. Ambos pensadores ven las regulaciones de las relaciones mismas de dominio como cruciales, pero donde Habermas aborda la regulación desde una teoría universalista del discurso, Foucault busca un entendimiento genealógico de las relaciones mismas del poder en contextos específicos. Así, Foucault se orienta hacia la phrónesis, mientras la orientación de Habermas es hacia la epistéme. Para Foucault, la práctica y la libertad no se derivan de fijos universales ni de teorías; la libertad es una práctica, y su ideal no es una ausencia utópica del poder. La resistencia y la lucha, en contraste con el consenso, son para Foucault la más sólida base para la práctica de la libertad.

Donde Habermas hace énfasis en la macro-política procedimental, Foucault destaca la micro-política sustantiva; aunque con una característica importante compartida, ni Foucault ni Habermans se aventuran a definir el mismo contenido de la acción política. Esta se define por los participantes. Así, ambos, Habermas y Foucault, son pensadores de abajo hacia arriba en relación con el contenido de la política, pero donde Habermas piensa de una manera moralista de arriba hacia abajo en relación con la racionalidad procedimental, habiendo diseñado los procedimientos a seguir, Foucault es un pensador de abajo hacia arriba en relación con, ambos, el proceso y el contenido. En esta interpretación, Habermas quisiera decirle a los individuos y a los grupos cómo actuar en sus asuntos en relación con el procedimiento del discurso. No quisiera, aun así, decir algo sobre el resultado de este procedimiento. Foucault no prescribiría ni el proceso ni el resultado, solamente recomendaría un enfoque en el conflicto y las relaciones de poder como el punto de partida más efectivo para la lucha en contra de la dominación.

Es a raíz de este doble pensamiento de abajo hacia arriba que Foucault ha sido descrito como no orientado hacia la acción. Pero esta visión se pierde en la medida en que sus estudios genealógicos se realizan solamente para mostrar cómo las cosas se pueden hacer de una manera diferente. Esto abre las posibilidades para la acción al describir la génesis de una situación dada, mostrando que esta génesis particular no está conectada a una necesidad histórica absoluta. Los estudios de Foucault demuestran que las prácticas sociales pueden siempre tomar una forma alternativa, aun donde no hay bases para el voluntarismo o el idealismo.

El valor del abordaje de Foucault es su énfasis en la dinámica del poder. Entender cómo opera este es el primer requisito para la acción, porque la acción es el ejercicio del poder.

En suma, para Flyvbjerg y Richardson, Foucault y Habermas están de acuerdo en que la racionalización y el mal uso del poder son uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Foucault trabaja dentro de una tradición particularista y contextualista, con raíces en Tucídides. Habermas es el exponente vivo más prominente de una tradición universalista y teórica, que parte desde Sócrates y Platón, hasta Kant. En términos de poder, se habla de pensamiento «estratégico» versus pensamiento «constituyente», acerca de lucha versus control, y conflicto versus consenso.

En su texto Empowering Civil Society: Habermas, Foucault and the Question of Conflict, Flyvbjerg (1998b) resume y destaca algunos aspectos del trabajo anteriormente expuesto.

La analítica del poder

Con la micro-orientación y el descarte de los fijos universales de Foucault, las posibilidades para la acción se convierten en múltiples y dependientes del contexto. No pueden, como en Habermas, ser derivadas de una «teoría, pero deben ser elucidadas a través de ejemplos». El punto de partida de tal elucidación es una analítica del poder, que reemplaza el privilegio de la ley y de la soberanía sobre el que se basa Haberlas, con el análisis del campo múltiple y móvil de las relaciones de fuerza. En su forma más básica, la analítica del poder de Foucault se puede caracterizar a través de las siguientes seis figuras:

  1. El poder se mira como productivo/positivo y no simplemente como restrictivo/ negativo.
  2. Visión del poder como una densa red de relaciones omnipresentes y no simplemente como localizado en centros o como una entidad que se puede poseer.
  3. El concepto de poder se mira como ultradinámico: el poder nos es algo de lo cual uno se apropia, sino algo que se puede reapropiar y ejercer en un movimiento constante en relación de fuerza, táctica y estrategias.
  4. El conocimiento y el poder, la verdad y el poder, la racionalidad y el poder, son analíticamente inseparables los unos de los otros. El poder produce conocimiento y el conocimiento produce poder.
  5. La pregunta central es cómo se puede ejercer el poder y no quién lo tiene y por qué; se focaliza en el proceso y no en la estructura.
  6. El poder se estudia con un punto de partida de pequeñas preguntas, planas y empíricas, en vez de un punto de partida de grandes preguntas.

La relación entre el análisis y la acción se establece a través de las preguntas concretas de la genealogía: ¿cuál es el caso?, ¿nos gusta lo que dice?, ¿qué debemos hacer respecto a ello?

Flyvbjerg propone ver el conflicto como pilar de la democracia y la planificación. Generalmente se ha visto como peligroso, corrosivo y potencialmente destructivo del orden social y, por ende, en necesidad de ser contenido y resuelto. Este enfoque parece ser la misma visión de Habermas sobre el conflicto. En la interpretación de Foucault, suprimir el conflicto es suprimir la libertad, porque el privilegio de entrar en conflicto es parte de ella.

Si las sociedades que suprimen el conflicto son opresivas, tal vez las teorías sociales, políticas y de planificación que ignoran o marginan el conflicto son potencialmente opresivas también. Y si el conflicto sostiene a la sociedad, hay una buena razón para ser cautos con un idealismo que ignora el conflicto y el poder.

En la vida social y en la política real, el interés propio y el conflicto no resultarán en un ideal abrazante comunitario, como el de Habermas. De hecho, cuanto más democrática sea una sociedad, tanto más se posibilita a los grupos para definir sus propios y específicos estilos de vida y para legitimar los inevitables conflictos de interés que surgen entre ellos.

De esta manera, resulta interesante abordar otra cuestión tratada por Flyvbjerg (2001) que redondea su propuesta de aproximación a las ciencias sociales, a ese objeto-sujeto de estudio en su libro Making Social Science Matter, Why Social Inquiry Fails and How It Can Succed Again.

Los aspectos más cruciales que aporta este trabajo se exponen a continuación:

Por una parte, la elaboración de la idea de que en la comunidad científica actual se da una improductiva guerra de las ciencias (naturales y sociales), que según Flyvbjerg (2001: 2) facilita unos propósitos políticos e ideológicos vinculados a la consecución de fondos para la investigación. La salida intelectual que Fyvbjerg encuentra a esta guerra, es el «desarrollo de una concepción de la ciencia social basada en una interpretación contemporánea del concepto aristotélico de phrónesis». Flyvbjerg expone cómo la phrónesis se ha entendido como prudencia o sabiduría práctica y cómo, en palabras de Aristóteles, esta es un «estado verdadero, razonado y capaz de acción con respecto a cosas que son buenas o malas para el hombre». Plantea que la phrónesis va más allá de la epistéme y de la téchne, al involucrar juicios y decisiones de un virtuoso actor político y social. La phrónesis está involucrada en la práctica social y por eso es por lo que reducir la teoría y la ciencia social a la epistéme o a la téchne es insuficiente.

«En la sociedad moderna, el conflicto y el poder son fenómenos constitutivos de la indagación política y social» y por lo tanto Flyvbjerg (2001:4) se propone desarrollar el concepto clásico de la phrónesis para incluir los asuntos del poder. Para él, «la phrónesis es de un máximo de importancia porque es aquella actividad por la cual la racionalidad instrumental se equilibra con la racionalidad valorativa».

Flyvbjerg propone la ciencia fronética como una de las tantas posibles salidas a la guerra de las ciencias, aduciendo que las ciencias sociales pueden ser practicadas como una epistéme, cumpliendo su papel en términos de phrónesis (virtuosismo y expertise práctico): «[...] el propósito de la ciencia social no es el de desarrollar teoría, sino el de contribuir a una racionalidad práctica de la sociedad, que elucide el dónde estamos, a dónde queremos ir, y qué es deseable de acuerdo con los diversos conjuntos de valores e intereses» (Flyvbjerg, 2001:167).

Flyvbjerg establece paralelos entre aprendizaje, investigación, acción y planificación a través de los conceptos de racionalidad, irracionalidad y arracionalidad. Para ello se apoya en Hubert y Stuart Dreyfus, quienes formularon la fenomenología del aprendizaje humano, donde encuentran un vínculo entre conocimiento y contexto y la cuestión de la actividad humana como contexto-independiente (Flyvbjerg, 2001:9). Este modelo opera con cinco niveles del proceso del aprendizaje humano: en orden ascendente: novicio, principiante avanzado, practicante competente, practicante proficiente, y experto. No es nuestro propósito detenernos en estas clasificaciones, pero es importante mirar cómo Flyvbjerg encuentra que en las tres primeras categorías opera un pensamiento basado en reglas para definir la acción a decidir. Los dos últimos abandonan este pensamiento, para reemplazarlo con el contexto y la intuición. Así, encuentra Flyvbjerg que, según esto, la racionalidad analítica es limitada, «apropiada en los niveles bajos de la destreza, pero no en los niveles altos de desempeño». Ve que el desempeño requiere de un expertise cualitativamente diferente, basado en la intuición, la experiencia y el juicio. Considera la intuición como una parte interiorizada del individuo, o sea, que no se puede exteriorizar bajo la forma de reglas y explicaciones. Ve la intuición como «la capacidad de retomar de la propia experiencia —corporal, emocional e intelectualmente— y de reconocer similitudes entre estas experiencias y las nuevas situaciones» (Flyvbjerg, 2001:21). Solamente a través de la racionalidad analítica —dice Flyvbjerg— se pueden exteriorizar aquellas destrezas que caracterizan los niveles más bajos del proceso de aprendizaje.

Dice Flyvbjerg que el hecho de que la racionalidad convencional no sea el resultado último del proceso del aprendizaje humano, no quiere decir que necesariamente se cae en la irracionalidad. Se refiere entonces a cómo Dreyfus y Dreyfus invocan el concepto de lo «arracional», en el sentido de que relaciona la razón con su origen etimológico del latín, ratio, calculo o razón; es decir, que, finalmente, en occidente la razón se refiere al pensamiento analítico, o sea, «la separación consciente de un todo en partes» (Flyvbjerg, 2001:22). Continúa: «La conducta arracional, en contraste, connota una conducta situacional sin la división analítica consciente de las situaciones en partes y la evaluación de acuerdo a reglas contexto-independientes». Con lo anterior, Flyvbjerg concluye que «el modelo Dreyfus muestra cómo el modo racional del pensamiento es inadecuado para comprender el espectro total de la actividad humana». Pero finalmente apunta a ver que no se trata de escoger entre la racionalidad y la intuición, sino de darle a cada una su contexto apropiado, donde estas pueden ser complementarias no solo en términos del aprendizaje, sino más bien en términos del conocimiento a través de las ciencias sociales: la investigación científica. Dice Flyvbjerg (2001: 49) que en este libro se ha propuesto deconstruir el ideal científico de las ciencias sociales, junto con su énfasis en la teoría y la independencia del contexto. Pero establece cómo el problema del dualismo entre lo particular y lo regido por reglas no es el meollo de la cuestión. Si bien se concentra en un enfoque fenomenológico, compatible con la visión de las reglas, la lógica, los signos y la racionalidad, el problema central es «el dominio de estos fenómenos en la exclusión de otros en la sociedad moderna y en la ciencia social».

Por otra parte, Flyvbjerg asevera:

Las ciencias sociales no evolucionan por la vía de las revoluciones científicas, como Kuhn dice que es el caso de las ciencias naturales. Más bien, como destaca Hubert Dreyfus, las ciencias sociales atraviesan períodos donde varias constelaciones de poder y olas de modas intelectuales dominan y donde el cambio de un período a otro, que se puede ver como un relevo paradigmático en la superficie, realmente consiste en el abandono de una ola agonizante, por parte de los investigadores de un área, sin haber ocurrido una acumulación de conocimiento. La ciencia social esta caracterizada por el cambio de estilos y no por los relevos paradigmáticos. Foucault lanza la pregunta de si es del todo razonable usar la clasificación de «ciencia» para este tipo de actividad. Inclusive la expresión «cuerpo de conocimiento» es muy pretenciosa para Foucault (1966:334): «digamos, para ser más neutrales todavía [...] cuerpo de discurso».
Flyvbjerg (2001: 30)

Al tornar su mirada hacia Aristóteles, Flyvbjerg (2001:54) entiende que es utópico pensar que la filosofía y la sociedad griega son un modelo a emular. No obstante, ve en la cultura griega una fortaleza en su filosofía de la ética, aunque las soluciones que perseguimos son diferentes de las de los griegos. Cuando Aristóteles habla de phrónesis, lo hace con relación a la práctica social y política. Y vale la pena detenernos en esto. Aristóteles establece que las tres virtudes del intelecto son la epistéme, la téchne y la phrónesis, Flyvbjerg las caracteriza así:

Epistéme. Conocimiento científico. Universal, invariable, contexto- independiente. Basado en una racionalidad analítica general [...].

Techen. Oficio/arte. Pragmática, variable, contexto-dependiente. Orientada hacia la producción. Basada en la racionalidad instrumental práctica, gobernada por una meta consciente [...].

Phrónesis Ética. Deliberación sobre valores con referencia a la praxis. Pragmática, variable, contexto-dependiente. Orientada hacia la acción- Basada en la racionalidad valorativa (value-rationality) [...].

Flyvbjerg (2001:57)

Continúa Flyvbjerg haciendo referencia a Aristóteles:

La phrónesis, entonces, concierne el análisis de valores —cosas que son buenas o malas para el hombre— como un punto de partida para la acción. La phrónesis es aquella actividad intelectual más relevante en la praxis. Se enfoca en lo que es variable, en lo que no se puede encapsular en reglas universales, en casos específicos. La phrónesis requiere de una interacción entre lo general y lo concreto: requiere consideración, juicio y escogencia. Más que nada, la phrónesis requiere de la experiencia.
Flyvbjerg (2001:57)

La phrónesis aristotélica hacía énfasis en lo colectivo y lo particular, el control y la circunstancia, la directiva y la deliberación, el poder soberano y el poder individual; Flyvbjerg identifica dos tradiciones de la filosofía y de las ciencias políticas y sociales que han tomado diferentes caminos: una dominante, proveniente de Platón, a través de Hobbes, Kant y Habermas, y otra sofista y aristotélica, a través de Maquiavelo, Nietzche y Foucault. Se polarizan estas visiones: la verdad universal y la microverdad. Pero es precisamente donde se interceptan estos dos campos el lugar donde se debe dar la actividad fronética. Flyvbjerg (2001:59-60) resume el punto de partida de la ciencia fronética en las siguientes preguntas de carácter racional valorativo. ¿a dónde vamos?, ¿es esto deseable?, ¿qué debería hacerse?, ¿quién gana y quién pierde, y a través de qué mecanismos de poder?. Flyvbjerg ve como principal objetivo de la ciencia social con una aproximación fronética el de llevar a cabo análisis e interpretaciones del estatus de valores e intereses en una sociedad, apuntando al comentario social y a la acción social, o sea, a la praxis. Propone como primer paso para alcanzar esta perspectiva en la ciencia social elque los investigadores hagan explícitos los diferentes papeles que juega la ciencia, en cuanto epistéme, téchne y phrónesis, respectivamente, pues son ellas las que, como un todo, son la ciencia social. Frecuentemente se aborda el dominio de la téchne o la phrónesis dándoles un tratamiento epistémico, que por este desenfoque hace ver a la ciencia social como débil. Así, lo central es una cuestión de identificación de dominio, que además es una idea que nos refuerza la pertinencia de relacionar los objetos con su contexto, en el mismo marco del conocimiento.

Por otra parte, el conocimiento de casos es un punto de partida en la práctica de la phrónesis. Este es un tema controversial. Desde la tradición socrática, la búsqueda del simili in multis se miraba la profundización en casos particulares como improductiva. Flyvbjerg encuentra esto problemático y, retornando la teoría de Dreyfus y Dreyfus, afirma:

[...] primero, el estudio de caso produce precisamente el tipo de conocimiento contexto- dependiente que hace posible el moverse de un nivel bajo en el proceso del conocimiento, a un nivel alto; segundo, en el estudio de los asuntos humanos, existe solamente conocimiento contexto-dependiente, y por lo tanto se anula la posibilidad de una construcción teórica epistémico.
Flyvbjerg (2001:71)

Teorías productivas y verdades universales no se pueden encontrar en los asuntos humanos. El conocimiento concreto, contexto-dependiente es entonces más valioso que una vana búsqueda de teorías predicitvas y verdades universales.
Flyvbjerg (2001:73)

Además Flyvbjerg ve que para los investigadores la cercanía del estudio de caso a las situaciones de la vida real y su múltiple riqueza de detalles son importantes respecto a que:

Primero, es importante para el desarrollo de una vista matizada de la realidad el incluir la visión de que la conducta humana no puede ser significativamente entendida como simples actos gobernados por reglas encontradas en los niveles más bajos del proceso de aprendizaje, y en mucha teoría. Segundo, los casos son importantes para el propio proceso de aprendizaje de los investigadores, para desarrollar las habilidades necesarias para hacer buena investigación. [Para desarrollar las habilidades en un nivel alto] la experiencia concreta, contexto- dependiente, es tan central [para los investigadores] [...] como para los profesionales que están aprendiendo cualquier otra habilidad específica. Las experiencias concretas pueden ser alcanzadas a través de una proximidad continuada a la realidad estudiada, y a través de la retroalimentación de aquellos [sujetos] bajo estudio. Una gran distancia del objeto de estudio y una falta de retroalimentación fácilmente llevan a un proceso de aprendizaje atrofiado, que en la investigación puede llevar a rituales y ciegos callejones académicos.
Flyvbjerg (2001:72)

Lo anterior nos lleva a la validación del estudio de caso como metodología de la investigación científica. Estos a menudo son narrativos: abordan las complejidades y las contradicciones de la vida real, imposibles de resumir en fórmulas científicas, proposiciones generales y teoría, pero esto no es problema en la práctica de la phrónesis (Flyvbjerg, 2001:84).

Nos convalida la idea de que no se trata de que un estudio haga muchas verificaciones, sino de que se constituya como procesos acumulativos de la ciencia.

La concepción de la phrónesis no puede ser adecuada sin la confrontación del análisis del poder. Flyvbjerg, entonces, centra la discusión en que el poder sí debe ser el concepto fundamental de las ciencias sociales. Concluyendo a partir de lo expuesto anteriormente sobre las concepciones del poder en Habermas y Foucault, indica cómo están de acuerdo en que la racionalización y el mal uso del poder están entre los problemas contemporáneos más grandes. El desacuerdo entre ellos se da en términos del entendimiento y de la acción que se desarrollan en torno a los problemas del poder. Habermas busca lo universal contexto-independiente y el control a través del desarrollo constitucional e institucional. Foucault, por su parte, se enfoca en lo local y lo contexto-dependiente, y en el análisis de las estrategias y tácticas como base de la lucha por el poder. Habermas aporta el entendimiento del proceso democrático y su esquematización ideal y abstracta, que se puede usar como justificación y aplicación en torno a la legislación, el desarrollo institucional y la planificación procedimental. La aproximación de Foucault aporta el énfasis en las dinámicas del poder: cómo opera y entender cómo opera es el prerrequisito para la acción. «Foucault nos puede ayudar en el entendimiento materialista de la Realpolitik y la Realrationalität, y cómo estas podrían ser cambiadas en un contexto específico» (Flyvbjerg, 2001:107).

El conflicto se ha visto como «peligroso», «corrosivo» y «potencialmente destructivo del orden social». Para Foucault, suprimir el conflicto es suprimir la libertad. Se necesita una concepción de la cultura política más diferenciada de la de Habermas, una que sea más tolerante del conflicto y la diferencia, y más compatible con la pluralización de intereses. «La interpretación foucaultiana plantea que el conflicto no se puede suprimir, porque esto es suprimir la libertad; parte de ella es el privilegio de involucrarse en el conflicto y la lucha del [y por] el poder» (Flyvbjerg, 2001: 108). Dice Flyvbjerg: «Si el conflicto sostiene la sociedad, hay una buena razón para tener precaución con un idealismo que ignora el conflicto y el poder. [...] No se puede esperar que el consenso político [habermasiano] neutralice obligaciones, compromisos e intereses de grupos particulares». El pensamiento social y político requiere de una concepción bien desarrollada del poder para que no se torne problemático. La esfera de lo público debe estar vinculada al conflicto, al poder y al partidismo (partisanship), para que realmente haga una contribución a la democracia (Flyvbjerg, 2001:110).

Flyvbjerg logra armar un panorama sobre la visión del poder de Foucault, de su analítica del poder y de su método y genealogía. Nos apoyaremos en una traducción libre de sus consideraciones.

Así como Foucault nunca proveyó una descripción comprensiva de la genealogía, tampoco describió nunca completamente su método para estudiar el poder. Las consideraciones metodológicas son, otra vez, pocas y diseminadas, y uno debe referirse al trabajo empírico de Foucault como prototipos, si es que uno busca entender el método que hay detrás de ellos.

Uno de los pocos lugares donde Foucault, de hecho utiliza el término «método» y gasta algunas páginas explicando cómo desarrolla sus estudios de poder es en el primer volumen de la Historia de la sexualidad (Foucault, 1980). Aquí, Foucault explica que «el objetivo de las preguntas que se van a hacer va menos hacia la 'teoría del poder', y más hacia una 'analítica del poder'; esto es, hacia una definición del dominio específico formado por las relaciones de poder y hacia una determinación de los instrumentos que van a hacer posible su análisis». Aquí también vemos una diferencia fundamental con las teorías del poder como entidades. La influencia del método genealógico se evidencia cuando Foucault explícitamente se distancia del enfoque tradicional del poder, que piensa en «teorías» del poder. Foucault, por el contrario, está interesado en una «analítica del poder». Su postura crítica en relación con la teoría —que como ya hemos anotado, también es una de la phrónesis aristotélica— se elabora en poder/conocimiento. «Si uno trata de erigir una teoría del poder siempre estará uno obligado a mirarla como si emergiera en un lugar y en un tiempo dados y, por lo tanto, a deducirla, a reconstruir su génesis», dice Foucault. «Pero si el poder es en realidad un cluster de relaciones abierto, más o menos coordinado, entonces el único problema es el de proveerse uno con una matriz analítica que haga posible una analítica de la relaciones del poder», de acuerdo con él.

Foucault usa varias palabras claves para caracterizar la visión convencional del poder: es negativo: los límites y las prohibiciones son parte central de su lógica. Está basado en reglas: las reglas determinan qué está permitido y qué está prohibido, qué es legal y qué es ilegal, qué es aceptable y qué es inaceptable, qué constituye una actividad legítima y qué constituye una ilícita. Requiere de un aparato de poder uniforme y visible: el poder se ejerce de arriba hacia abajo, uniforme y comprehensivamente; todos son iguales ante el poder, las diferencias son atribuibles, no solamente a las diferencias de escala, sino también a las del tipo de poder al que uno se expone. El aparato del poder se pone en un lado; el obediente sujeto (súbdito) al otro. «Es un poder que solamente tiene de su parte la fuerza de lo negativo», dice Foucault, y «un poder para decir no; pero bajo ninguna condición, para producir, capaz solamente de fijar límites, básicamente anti-energía» (Flyvbjerg, 2001:119-120).

«¿Qué es el poder» y «¿qué no es el poder?». Con respecto a la primera pregunta, hay que decir el poder no es simplemente un conjunto de instituciones y mecanismos que aseguran tener ciudadanos serviles en un Estado dado; ni es solamente una forma de subordinación que fija reglas en lugar de utilizar la violencia. El poder no solamente es un sistema general de dominación, que un grupo ejerce sobre otro. En lugar de asumir la existencia de la dominación, la soberanía, la ley, etc., es más fructífero ver estas como las formas que puede asumir el poder, dice Foucault. De ahí que la existencia de estas formas de poder deba convertirse en una pregunta empírica para investigar más adelante, en lugar de una precondición de los estudios sobre el poder. La posibilidad del poder y sus condiciones de existencia no deben buscarse solo en un centro. Los conceptos tales como «centros de poder» y «locus de poder» son problemáticos, ya que se derivan de un concepto del poder basado en la ley y la soberanía, según Foucault. Los conceptos asumen mucho y dejan poco espacio abierto para la investigación empírica.

La respuesta de Foucault a la pregunta ¿qué es el poder? tiene la siguiente forma: el poder debe ser entendido como una multiplicidad de relaciones de fuerza, «inmanentes en la esfera en que operan y que constituyen su propia organización» (Foucault, 1976b:92). El poder es el proceso a través del cual, por vía de luchas y confrontaciones, transforma, soporta o reversa estas relaciones de fuerza. El poder es el soporte que las relaciones de fuerza encuentran entre ellas mismas, a través de la creación de cadenas o sistemas o, por el contrario, a través de la separación y la oposición que las aíslan entre sí. El poder corresponde a las estrategias en que las relaciones de fuerza obtienen efectos, cuyo diseño general o cristalización institucional pueden encontrarse en el aparato del Estado, en la formación de las leyes y en varias hegemonías sociales. Las estrategias y las relaciones de fuerza son locales y omnipresentes, son cambiantes e inestables. El poder es dinámico y está en todas partes —afirma Foucault—, no porque sea capaz de unir todo bajo su inalcanzable unidad, sino porque el poder se produce de un momento al siguiente, en todos los puntos y en todas las relaciones.

Foucault afirma que «debemos dejar de una vez y para siempre de describir los efectos del poder en términos negativos: ‘excluye, reprime, censura, abstrae, enmascara, esconde’». De hecho —continua Foucault—, «el poder produce, produce realidad, produce dominio de objetos y rituales de verdad».

Foucault proyecta su concepto de poder bajo algunas proposiciones:

La resistencia, además, no tiene un solo centro, no hay una única fuente de rebelión, ninguna única ley de revoluciones. Hay multiplicidad de resistencias, cada una como caso especial para el estudio del poder. Esta multiplicidad existente no quiere decir que no puedan ocurrir rompimientos radicales y fragmentaciones bipolares profundas, por ejemplo, revoluciones y luchas masivas entre clases. Ciertamente ocurren, pero, de acuerdo con Foucault, ni tipifican ni dominan las relaciones de poder (Flyvbjerg, 2001:120-22).

Así, en las anteriores disertaciones de Flyvbjerg acerca de la visión del «cómo» del poder en Foucault, se concluye:

En lugar de hacer preguntas sobre «quién, qué, cómo, dónde» con respecto del poder, un punto de partida fronético y foucaultiano para hacer estudios de caso particulares sería el siguiente grupo de preguntas (Flyvbjerg, 2001: 123):

Los discursos no son proyecciones superficiales de mecanismos del poder: a través del discurso y la interpretación, la racionalidad y el poder se entretejen. Los discursos se deben mirar como series de segmentos interrumpidos, cuya función táctica no es ni uniforme ni estable. No se debería mirar el universo de los discursos como divididos en los aceptados y los excluidos, en dominantes y dominados, en exitosos y falacias. Más bien se debería operar con una multiplicidad de elementos discursivos, que se pueden poner a operar bajo varias estrategias. De acuerdo con Foucault, es la distribución de esta multiplicidad de elementos discursivos la que se debe reconstruir en un estudio concreto de la racionalidad y el poder (cfr. Flyvbjerg, 2001).

Flyvbjerg, entonces, culmina su libro Making Social Science Matter con un resumen metodológico para una ciencia social reformada, propuesta como una dirección a seguir, más que como un deber ser. Se encamina hacia una ciencia social que trate la deliberación pública y la praxis de una manera efectiva.

Los investigadores que hacen ciencia social fronética no se involucran en la formulación rigurosa de una metodología; Foucault mismo no lo hizo, su interés fue el de la práctica investigativa. Pero Flyvbjerg considera «esencial para el desarrollo de estas ciencias, la elaboración de unas líneas de guía» (Flyvbjerg, 2001: 129). Y entra en consideración de los siguientes aspectos:

Flyvbjerg propone, entonces, como criterio investigativo mantenerse cercano a la realidad, en especial al anclar la investigación al contexto estudiado, de tal manera que exista una interacción entre el investigador y los investigados, asegurando una «fusión de horizontes» hermenéuticos.

Dice Flyvbjerg que la investigación fronética requiere de una concentración en lo que Gilbert Ryle llama una «espesa descripción», que requiere, en palabras de Nietzche y de Foucault, «paciencia y conocimiento de detalles», o sea el énfasis en las pequeñas cosas de lo local (la realidad), con una revisión exhaustiva de las prácticas antes que de los discursos, a través del estudio de caso y sus contextos. Se acentúa más la revisión del «cómo» que del «por qué». La phrónesis se ocupa tanto del entendimiento como de la explicación. La pregunta por el cómo requiere de un análisis narrativo. Las preguntas de la narrativa no pueden arrancar de asunciones teóricas explícitas. Por lo tanto, desarrollan descripciones e interpretaciones de los fenómenos desde la perspectiva de participantes, investigadores y otros.

«La investigación fronética es un proyecto analítico, pero no uno teórico ni metodológico» (Flyvbjerg, 2001:140). La relación entre el análisis y la acción se establece a través de las preguntas concretas de la genealogía: ¿cuál es el caso?, ¿nos gusta lo que dice?, ¿qué debemos hacer respecto a ello


Edición del 4-2-2010
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Documentos > Núcleos de vida ciudadana: racionalidades y coyunturas... > http://habitat.aq.upm.es/nvc/aldap_3.html   
 
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