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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Lima (Perú), 1995; Ondara (España), 1999.[1]
Werner Heisenberg, 1955.
La tesis principal que deseo enfatizar es la periódica
interrupción de la evolución técnica de la arquitectura solar.
Veremos que las razones de estas interrupciones se relacionan las
más de las veces con una cierta visión cultural del mundo, y en
especial con una particular visión del mundo económico. Si traigo
a colación este tema, en una ciudad como Lima, casi
permanentemente privada de la radiación solar directa, es con el
convencimiento de que muchos de los temas que examinaré son
extrapolables a otros aspectos de la realidad arquitectónica, ya
se trate de la elección de los materiales con que construir, ya
de la forma urbana de la ciudad. Espero que al final quede claro
que el progreso técnico no es un proceso de acumulación y mejora
inevitable del conocimiento: por el contrario, la tendencia
dominante es la pérdida de sabiduría, de conocimientos valiosos,
que sólo se conservan con un considerable esfuerzo (en ocasiones
penoso) de la voluntad de atesorarlos.
De hecho son conocidas distintas crisis de escasez de
combustibles en los tiempos antiguos: para el siglo V aC,
numerosas zonas de Grecia estaban casi totalmente peladas de
árboles. Esto originaría sin duda cambios microclimáticos hasta
el punto de que Platón, refiriéndose a su Atica nativa dejo
escrito: "Todas las partes más ricas y blandas han desaparecido
y cuanto permanece es el mero esqueleto de la tierra".
Cuando los abastecimientos locales se desvanecieron y hubo que
importar la madera, numerosas ciudades-estado regularon el uso
de ésta y del carbón. En el siglo IV aC los atenienses
prohibieron el empleo de madera de olivo para hacer carbón. Sin
esta medida sus valiosas arboledas hubieran desaparecido víctimas
de ciudadanos hambrientos de combustible.
Por fortuna se disponía de una fuente energética alternativa (el
Sol) abundante y gratuita. En muchas zonas de Grecia el uso de
la energía solar como ayuda al calentamiento de la casa
constituyó una respuesta positiva a la escasez energética.
Habitantes de un clima soleado durante casi todo el año, los
griegos aprendieron a construir sus casa para beneficiarse de los
rayos solares en los moderadamente fríos inviernos y evitar el
calor del Sol en los cálidos veranos. Y así nació la arquitectura
solar, o el diseño de la forma de los edificios en orden a
mejorar su aprovechamiento solar.
La técnica griega consistió fundamentalmente en entender que la
altura del Sol variaba a lo largo de las estaciones. O, dicho de
otro modo, que la inclinación de los rayos solares era variable.
Precisamente de la palabra griega para inclinación proviene la
palabra castellana para clima. Para una latitud de 40 grados, en
verano el Sol se ve en lo alto al mediodía, bajo un ángulo de más
de 70 grados en el cenit, mientras en invierno, el Sol recorre
una trayectoria más baja, con el cenit en los 26 grados. Así las
cosas, bastaba con anteponer a las fachadas un pórtico cuya
altura y profundidad formaran un triángulo con unos 80 grados de
inclinación de la hipotenusa para que la fachada quedara libre
de Sol durante el verano. Y además, si el espacio libre delante
del pórtico era tal que su anchura y la altura del edificio de
enfrente formaban un triángulo cuya hipotenusa tenía una
inclinación no mayor que 26 grados, la fachada estaría
convenientemente soleada en invierno.
En el diseño solar griego se aprecian pues dos aspectos: el
diseño del propio edificio (la proporción del pórtico) y su
relación con el edificio contiguo. La casa con patio central
permitió resolver al mismo tiempo ambas relaciones, pues el
edificio de enfrente es la propia entrada de la casa. Aun con
esta solución que permitía la total autonomía de cada
alojamiento, era necesario que el orden urbano permitiera esta
inteligente disposición. De ahí la trama de calles orientadas de
Este a Oeste de las ciudades griegas.
Entre el pórtico al aire libre y las entradas a las habitaciones
en el interior de las casas no mediaba cristal alguno, pues los
griegos no disponían ni de vidrio transparente ni de otros
materiales análogos para huecos de puertas y ventanas. Las
habitaciones principales de la casa no sólo eran calentadas por
los rayos de Sol procedentes del pórtico sino que, además,
estaban resguardadas del norte para evitar los fríos vientos.
Como cita Jenofonte, Sócrates explicaba el sistema en estos
términos:
En las casa orientadas al sur, el Sol penetra por el pórtico en invierno, mientras que en el verano el arco solar descrito se eleva sobre nuestras cabezas y por encima del tejado, de manera que hay sombra.
Al diseño solar se le dio prioridad en ocasiones sobre cualquier
otra consideración, tal y como ocurre en la ciudad de Priene. A
pesar de su exaltada topografía los urbanistas de la ciudad
aterrazaron las calles Este-Oeste, mientras las calles
secundarias ascendían por la falda del monte según el eje Norte-Sur. A causa de la gran pendiente existente, muchas de las vías
secundarias tenían en realidad más de escalera que de calle.
Figura 1: La ciudad de Priene
A pesar del difícil emplazamiento de Priene, todas sus casas,
cualquiera que fuese su tamaño, estaban diseñadas de acuerdo con
el principio geométrico de la orientación solar. Las habitaciones
principales daban siempre a un porche cubierto orientado al sur.
Hasta las casa de los ciudadanos más pobres podían disfrutar el
calor del Sol en invierno y evitarse su ardor durante el verano.
Figura 2: Reconstrucción de una casa en Priene
¿Era eficaz la técnica griega? A parte de las evidencias que
pueden rastrearse en la propia literatura griega se tienen
evidencias empíricas. Edwin Thatcher estudió la capacidad de
calentamiento en las habitaciones orientadas al sur. Descubrió
que una persona desnuda sentada en la parte soleada de tales
habitaciones se hallaría en relativo confort el 67 por ciento de
los días de los meses más fríos, de noviembre a marzo. Por
supuesto, sus habitantes habrían estado vestidos la mayor parte
del tiempo, lo que aumentaría el porcentaje de tiempo conforta
ble. Cuando el calor no bastaba, podían encenderse los braseros
de carbón.
No puede extrañar después de esto que al poner Esquilo
[Esquilo, 1993!] en boca de Prometeo algunas de las características que, en su opinión, habrían de separar a las culturas
civilizadas de los bárbaros, entre ellas se encontrarán,
precisamente, el adobe y también las casas vueltas hacia el sol.
Para lo que más adelante veremos, interesa aquí hacer una
digresión acerca del concepto griego sobre la máquina. La máquina
griega es por excelencia la palanca, de todos conocida. En un
extremo se aplica la potencia, en el otro se vence una
resistencia, un peso se mueve. La proporción entre potencia y
resistencia es la inversa que exista entre sus respectivos brazos
de palanca. Tanto mayor sea el brazo con que actúa la potencia
respecto a la resistencia, tanto mayor será la resistencia que
una cierta potencia puede vencer. Aunque los griegos no
elaboraron el concepto de energía tal y como hoy lo conocemos,
lo cierto es que la palanca griega representa bien el principio
de su conservación. Puede concluirse por tanto que los griegos
no esperaban obtener con este artilugio algo a cambio de nada:
la cantidad de energía permanecía inalterada. La utilidad del
artilugio residía únicamente en transformar la calidad de la
energía, su cualidad. ¿Qué era la potencia? La potencia era
generalmente energía humana o animal (recuérdese que la sociedad
griega era mantenida mediante una economía esclavista). Así, la
casa orientada hacia el sol tiene todas las características del
concepto griego de máquina. Recibe una energía disponible
gratuitamente en la Naturaleza, la del Sol, y transforma su
cualidad, haciéndola útil en invierno y evitándola en verano,
cuando resulta perniciosa.
Esta cosmovisión del mundo de las máquinas quizá permita
comprender que los griegos nunca desarrollaran motores, como la
denominada en el siglo XIX máquina de vapor. Y ello a pesar de
haber contado con todos los recursos técnicos necesarios. De
hecho, la escuela de los llamados mecánicos griegos, encabezados
por Herón de Alejandría, utilizaron no sólo la fuerza del vapor
para producir movimiento, también la energía solar para producir
vapor. Pero los artefactos construidos fueron siempre pequeños
autómatas, órganos o silbatos, fuentes de agua, artilugios todos
ellos atravesados por una intención lúdica, decorativa,
espectacular; nunca, que sepamos, fue planeado usar este género
de técnicas en el mundo de la industria, de la construcción o de
la guerra [Gille, 1980].
Los recursos locales de madera desaparecieron rápidamente de la
península italiana. En el siglo III aC, la región de Monte
Cimino, a escasa distancia de Roma, se encontraba tan densamente
arbolada que el historiador Livio diría de ella ser "más difícil
de atravesar y aterradora que las regiones boscosas de Alemania".
Pero para el siglo I aC la madera tenía que importarse de
regiones tan orientales como el Cáucaso, distante 1.500
kilómetros. Estrabón narra como la escasez de combustible obligó
a cerrar las minas de hierro de Elba. Plinio el Viejo nos
describe los efectos adversos sobre la industria local del metal
en Campania.
Resulta plausible pensar que esta crisis de recursos decidieron
a los romanos a adoptar la técnica solar griega, desarrollándola
y adaptándola a los diferentes climas del imperio, empleando el
vidrio en el cerramiento de las ventanas a fin de incrementar la
ganancia de calor solar evitando las pérdidas, y aplicándola en
invernaderos y edificios públicos tales como los baños. La
arquitectura solar se convirtió en parte tan consustancial de la
vida que la garantía de los derechos al sol, es decir, el derecho
a que la casa del prójimo no se interpusiera entre el Sol y la
casa propia, quedaría finalmente incorporada a la ley romana.
La amplitud del imperio romano aconsejó a Vitrubio
[Vitrubio, 1970!], el famoso tratadista, a dejar dicho:
Si deseamos que nuestros diseños de casas sean correctos debemos comenzar por tomar buena nota de los países y climas en que estas van a construirse. Un tipo de casa parece apropiado para Egipto, otro para España... otro aún diferente para Roma, y así sucesivamente con las tierras y países de características diferentes. Ello es tal porque una parte de la tierra se encuentra directamente situada bajo el curso del sol, otra dista mucho de él, mientras que otras se encuentran a medio camino entre las anteriores... Es evidente que los diseños de casas deberían conformarse a las diversidades del clima.
Yendo más lejos que los griegos, Vitrubio especificaba el lugar
de la casa donde deberían situarse cada habitación, según el uso
de ésta a fin de lograr mayor confort. Así, por ejemplo, los
comedores invernales debieran orientarse a la puesta de Sol
invernal en el suroeste, mientras los estivales debieran dar al
norte.
Según se agotaban las reservas de madera durante el siglo primero
de nuestra era, los romanos prósperos de todo el Imperio
empezaron a construir con el Sol en la mente. Tal es el caso de
Plinio el Joven, rico e influyente escritor romano del siglo
segundo. Tanto por conservar madera como para ahorrar dinero, dio
forma a sus dos casas en los Apeninos, una invernal y otra
estival, según la técnica solar griega y los dictados de
Vitrubio. El estudio de la última, donde Plinio pasaba leyendo
casi todo el día, era semicircular y estaba dotado de un gran
ventanal abalconado por donde la luz del Sol penetraba desde la
mañana hasta el atardecer.
Plinio bautizó como heliocaminus (literalmente "horno solar") a
su habitación favorita. Muy probablemente, los huecos al sudoeste
del heliocaminus estarían cubiertos con vidrio o con mica. Al
permitir el paso de la luz y guardar el calor acumulado en su
interior, tales materiales actúan como captadores del calor
solar. El aire calentado no podía escapar con facilidad, de
manera que la temperatura subía muy por encima de lo que
resultaba posible en la casa solar griega. El invento del vidrio
plano y transparente fue una novedad radical. El vidrio coloreado
había sido empleado durante miles de años, pero no fue hasta el
siglo I que se introdujo el transparente en las ventanas. Séneca,
en una carta del año 65, señalaba que "ciertos inventos han
tenido lugar recientemente; el empleo de paneles de ventana que
permiten el paso de la luz a través de un material transparente
es uno de ellos".
Figura 3: Heliocaminus romano en Ostia
El vidrio como colector solar se empleó también en invernaderos,
a fin de multiplicar el número de cosechas a lo largo del año y,
también, para poder cultivar plantas exóticas venidas de los
confines del Imperio. Son bien conocidos, por los escritos de
Plinio el Viejo, los invernaderos que surtían la cocina del
emperador Tiberio durante todo el año.
Los baños públicos fueron también orientados hacia el sol de
manera específica. Según Vitrubio: "El lugar para los baños debe
ser tan templado como resultara posible y estar alejado del
norte... Deberían mirar hacia la puesta del Sol invernal, pues
cuando el Sol poniente nos alumbra con su resplandor irradia
calor, volviendo esta orientación más cálida a última hora de la
tarde. [Que es cuando había costumbre de tomar el baño]".
Para el siglo cuarto el abastecimiento de combustible había
empeorado más aún si cabe. Con el fin de satisfacer las
necesidades de Roma a este respecto, el gobierno destinó toda una
flota exclusivamente al transporte de madera desde Francia y el
Norte de Africa hasta el puerto Romano de Ostia. Probablemente
todos los bosques de la península italiana habían sido arrasados
por aquella época.
Cuando las escaramuzas fronterizas con los bárbaros adquirieron
mayor gravedad, Roma hubo de fortalecer sus fuerzas armadas. Pero
pese a sus esfuerzos, la posición de Roma se hizo cada vez más
precaria y el flujo de recursos vitales desde las regiones
exteriores del Imperio quedó interrumpido. La economía de Roma,
ciudad insostenible contando sólo con los recursos disponibles
en su rededor, cayo en el desorden y en la confusión. Aislados
del resto del mundo se vieron obligados a adoptar un estilo de
vida autosuficiente.
Para ayudar a los ricos a arreglarselas en su nuevo modo de vida
de vida rural (una vez abandonada la residencia en la capital)
los arquitectos Faventino y Paladio [Paladio, 1990!] escribieron
manuales que hoy denominaríamos de autoconstrucción, con el
acento puesto en la autosuficiencia. Además de la técnica solar,
Paladio abogaba por el reciclaje del agua y por la disposición
de las estancias de invierno directamente encima de los baños
calientes, para beneficiarlas tanto del calor solar como del
sobrante que ascendía de los mismos. Algunas otras novedades
fueron incluidas en ambos tratados, tales como los colores claros
u oscuros según se quisiera reflejar o retener el calor.
La importancia ganada por el acceso al Sol quedo claramente
registrada en el Código del Emperador Justiniano en el siglo VI:
Si un objeto está colocado en manera de ocultar el Sol a un heliocaminus, debe afirmarse que tal objeto crea sombra en un lugar donde la luz del Sol constituye una absoluta necesidad. Esto es así una violación del derecho del heliocaminus al sol.
A pesar de este registro jurídico, la forma urbana de las
ciudades romanas no permitieron el acceso de todos al sol. Y como
sólo las clases enriquecidas tenían acceso efectivo a la
justicia, las viviendas humildes no disfrutaron de orientaciones
adecuadas. En agudo contraste con el espíritu griego de democracia e igualdad social (aunque reservadas ambas a los ciudadanos),
la ideología dominante en la Roma imperial favorecía los
privilegios de clase.
Al madurar su compresión de la geometría, los griegos advirtieron
que un espejo de superficie parabólica resultaba incluso más
potente que uno esférico. Esto era debido a que en un espejo
parabólico convenientemente orientado, los rayos solares se
concentran en un único punto, y no en varios como ocurre en un
arco de circunferencia; a igualdad de energía, el área en que se
concentra es menor, y por tanto mayor la temperatura que puede
obtenerse en la zona calentada. La leyenda sostiene que
Arquímedes utilizó espejos incendiarios para destruir los barcos
de los invasores romanos en Siracusa, pero tal hecho no parece
ser sino un mito.
En tiempos de los griegos y los romanos, los espejos incendiarios
se utilizaron para encender fuegos, pero eran estos fuegos de
intención más benigna, como los que ardían en los templos. Así
Plutarco escribía que cuando los bárbaros saquearon el Templo de
las Vestales en Delfos y extinguieron su llama sagrada, ésta hubo
de volver a encenderse con la "llama pura e impoluta del Sol".
Mediante "vasos cóncavos de bronce", las santas dirigieron los
rayos del Sol sobre "material ligero y seco" que se encendió
inmediatamente, y su llama ardió de nuevo.
Como sucediera con tantos avances de la antigüedad, todo el
conocimiento sobre espejos incendiarios se desvaneció en los
denominados Siglos Oscuros. Durante el nacimiento y desarrollo
de la actual ciencia occidental, desde los tiempos de Roger
Bacon, en el siglo XIII, los intentos de hacerse con el enorme
poder atribuido a Arquímedes en la leyenda ocupó buena parte del
tiempo de artistas y sabios como Leonardo de Vinci, Andrea del
Verrochio, Galileo o Athanasius Kircher.
Figura 4: Lamina del Ars Magna Lucis et Umbrae de Atanasius
Kircher, 1646.
Una vez los fundamentos geométricos fueron redescubiertos quedaba
el escollo técnico de construir un espejo suficientemente grande
como para poder originar la combustión o el calentamiento de
objetos con interés. A finales del siglo XVII ya se contaba con
espejos de un metro y medio de diámetro, realizados con laminas
de cobre. A principios del siglo XVIII Peter Hoesen introdujo la
idea de un reflector formado mediante numerosos y pequeños
espejos planos, fáciles de construir y de montar sobre un armazón
con la forma deseada, alcanzando así la marca de tres metros de
diámetro. De este modo quedaron establecidos los conceptos y
principios técnicos y geométricos que más tarde serían usados en
tecnologías puntas en el presente siglo en artefactos tales como
satélites artificiales. Curiosamente, tales espejos nunca fueron
empleados como armas de guerra (el propósito inicial de Roger
Bacon y los demás), pues para entonces la pólvora ya campeaba a
sus anchas por los campos de batalla europeos.
Figura 5: Espejo incendiario de Hoesen, siglo XVII.
Una vez más, la técnica más simple consiste en la adecuada
inclinación del muro frutal: se trata de forzar al árbol a crecer
pegado a un muro orientado al Sol. Por una parte se intensifica
así la radiación incidente en el propio árbol; además el muro,
en ocasiones un simple talud de tierra, almacena calor, librando
a la planta de una buena porción de heladas nocturnas.
Figura 6: Huertos frutales "solares", Francia, siglo XVII.
En el siglo XVIII el uso del colector solar en forma de
invernaderos resurgió con fuerza en Inglaterra, donde llegaron
a ponerse de moda con tal intensidad que se consideraba de mal
gusto no poseer uno. Resulta notable la detallada compresión que
del funcionamiento del colector solar tenían los artesanos de la
época, con anterioridad a que fueran difundidos los principios
termodinámicos que permitirían explicar el fenómeno. De este
modo, la necesidad de aislamiento nocturno se manifiesta en las
contraventanas, toldos y demás partes móviles de la carpintería.
También se entrevió las ocasionales necesidades de ventilación,
disponiéndose ventanucos arriba y abajo para permitir la
expulsión de aire caliente y poder evitar así sobrecalentamientos
excesivos. En los invernaderos de la época, se afinaba también
la inclinación del vidrio según la latitud del lugar, a fin de
enfrentarse al Sol de la manera más directa en la época más fría.
Figura 7: Colectores solares de vidrio, Inglaterra, siglo XVIII.
Finalmente, el uso del invernadero pasó de la horticultura a la
vivienda, primero como espacio anejo a la misma, que servía de
aislamiento respecto al espacio exterior, después como habitación
para algunos usos (tales como juegos, lectura o descanso),
después, incorporado en la propia vivienda, en forma de estufa
o salón con fuerte acristalamiento en la cubierta y/o en los
muros laterales.
En el siglo XIX la popularidad de las estufas fue tal que cada
quien quería tener una. De hecho, la gente comenzó a no
preocuparse de la correcta orientación. A fin de conseguir una
estufa en su vivienda, y en el caso de carecer de una habitación
de la casa con la orientación adecuada, se acristalaba la fachada
en cualquier caso, y para producir el mismo calor que no podía
entonces ganarse del Sol, se recurría a sistemas de calefacción
basados en el carbón o en el gas, disponibles a precios
irrisorios por aquella época. De esta forma, en lugar de
calentarse mediante los rayos solares procedentes del sur, los
invernáculos contaban con sistemas de calefacción artificial; de
ahorradoras de combustible, las estufas pasaron a ser
despilfarradoras del mismo. Debido a ello, la muerte y
desaparición de la estufa inglesa fue en muy buena parte debida
a la institución del racionamiento de combustible durante la
primera guerra mundial. La lección de la calefacción solar
aprehendida en una época de sabia utilización de los recursos
locales y disponibles, volvió a perderse cuando el acceso a
recursos energéticos fósiles lejanos pero baratos se generalizó.
De Saussure comenzó por construir un invernadero en miniatura de
cinco paredes, realizado con otras tantas cajas de vidrio, de
planta cuadrada y dimensiones decrecientes de 30 cm en la base
por 15 cm de alto a 10 cm en la base por 5 cm de alto. Las cinco
cajas estaban abiertas por su base, de tal modo que podían
apilarse, una dentro de otra, todas sobre una mesa de madera
negra. Tras exponer el artefacto al Sol durante varias horas, de
Saussure midió la temperatura en el interior. La caja exterior
era la más fría, aumentando la temperatura en cada caja menor
sucesiva. La temperatura más elevada se registraba en la base de
la caja más interior (87 grados). De Saussure escribiría que "las
frutas expuestas a este calor [el de la caja interior] quedaron
cocidas y jugosas".
Con el propósito de impedir más eficazmente la pérdida de calor,
De Saussure construyó una pequeña caja rectangular de madera de
pino de un centímetro y medio de espesor, revestida por dentro
de corcho negro [véase aquí el redescubrimiento de las reglas
sobre colores de Paladio y Faventino]. La parte superior de la
caja quedaba cerrada por tres láminas separadas de vidrio.
Expuesta la caja al sol, el interior de su base alcanzaba una
temperatura de 118 grados. A este ingenio se le denominaría
posteriormente caja caliente, por la gran cantidad de calor solar
que podía retener.
Sin embargo, la caja caliente cedía todavía al exterior una parte
de su calor. Decidió entonces colocarla dentro de otra caja
abierta por arriba y rellenar de lana la separación entre ambas.
Este refuerzo en su capacidad aislante se tradujo en una menor
perdida de calor, con lo que la temperatura en el interior de la
caja caliente ascendió a 120 grados, incluso cuando el tiempo
atmosférico no fue tan favorable como con ocasión del experimento
anterior.
Figura 8: Caja caliente de Saussure, 1767.
El comportamiento térmico de esta caja caliente sugirió a de
Saussure que la atmósfera de la tierra tendría un comportamiento
similar: la intensidad de la radiación solar sería prácticamente
igual en las montañas que en las riberas de los mares, pero la
mayor capa atmosférica en estas últimas retendría mejor el calor.
Sus experimentos indicaron que la caja caliente alcanzaba
temperaturas parejas en la sierra que en el llano: esto
demostraba que el brillo solar tenía la misma fuerza con
independencia de la altitud.
Al igual que las caras de vidrio de la caja caliente, nuestra
atmósfera permite a casi toda la luz solar alcanzar la tierra.
Aproximadamente tres cuartas partes de la radiación solar llegan
a la superficie de la tierra cuando el cielo esta despejado. La
Tierra (como el suelo de la caja caliente) absorbe la energía
solar y libera calor. Pero a este calor no le resulta fácil
escapar a través del manto atmosférico: de la misma manera que
el calor solar es retenido por los paneles de vidrio de una caja
caliente.
Varios científicos del siglo XIX llevaron a cabo experimentos con
cajas calientes y obtuvieron resultados análogos. Sir John
Herschel, el importante astrónomo, realizó una caja caliente en
el curso de una expedición durante los años 1830 al Cabo de Buena
Esperanza. Se trataba de un cajón de caoba pintado de negro por
su interior y cubierto de vidrio, colocado en un bastidor de
madera protegido por otra lámina de vidrio y arena apilada sobre
sus costados. El resultado de los experimentos de Herschel con
esta caja caliente no sólo fue científicamente interesante sino
además grato al paladar, como dan a entender sus notas:
Cuando estas temperaturas de hasta 125 grados sobrepasaban la de ebullición del agua, se realizaron varios experimentos exponiendo huevos, carnes [al calor interior de la caja], todos los cuales, tras un moderado intervalo de exposición, se hallaron perfectamente cocinados...
En cierta ocasión un respetable estofado de carne fue guisado así y comido con no poco gusto por los divertidos espectadores...
El relato de las comidas campestres solares de Sir John
intrigaría a Samuel Pierpont Langley, el famoso astrofísico
americano que posteriormente llegó a ser director de la
Smithsonian Institution. Langley sentía fascinación por el calor
solar desde niño, cuando se preguntaba por qué el cristal
mantenía caliente el interior de un invernadero. En 1881 repitió
experimentos similares a los anteriores en el monte Whitney.
De Saussure, Herschel y Langley demostraron que en el interior
de una caja cubierta de vidrio podían producirse temperaturas
superiores a la de ebullición del agua. Su inventor era
consciente de que la caja caliente podría tener importantes
aplicaciones prácticas. Como en profesión de humildad, De
Saussure señaló que "algún día podrá derivarse alguna utilidad
de este ingenio [porque] en realidad es demasiado pequeño,
barato, y fácil de hacer". Ciertamente su modesta esperanza sería
más que satisfecha: la caja caliente se convirtió en prototipo
de los colectores solares de finales del siglo diecinueve y del
veinte; colectores capaces de suministrar agua caliente y
calefacción a las casas y energía a las máquinas.
A caballo entre el siglo pasado y el presente siglo, algunas
tendencias que hoy llenan las páginas de actualidad de los medios
de comunicación, fueron previstas con bastante detalle. Para lo
que aquí interesa, convendrá señalar dos de ellas, ambas en
relación con el fantástico consumo de carbón en Europa.
Svante Arrhenius (químico al que debemos la explicación
fundamental de la velocidad de las reacciones químicas en tanto
dependiente de las concentraciones relativas de productos y
reactivos) señaló en las postrimerías del siglo pasado lo que hoy
se denomina comúnmente calentamiento atmosférico por efecto
invernadero. Conocedor de la visión de la atmósfera de De
Saussure, de la atmósfera en tanto colector solar o caja
caliente, previó que la generación de dióxido de carbono
aumentaría la capacidad de retención de calor del manto
atmosférico. Con lápiz y papel, calculó que cabía esperar un
aumento de 4 grados centígrados en los próximos dos siglos, de
continuar la tendencia creciente en el consumo de energía fósil
[2]. Merece la pena señalar que siendo él sueco, vio con alegría
sus propios resultados: en efecto, el frío clima sueco se
templaría redundando en lo que el pensaba sería ventajas para la
vida de sus habitantes.
Resulta significativo que las detalladas investigaciones
realizadas en nuestros días por la NASA o la Fundación Nacional
para la Ciencia de los EEUU, no hayan mejorado ni la previsión
de Arrhenius ni su exactitud, a pesar de haber empleado en las
investigaciones varios supercomputadores y decenas de
investigadores de reconocido prestigio y talento.
La otra tendencia que deseo subrayar es la de las futuras crisis
energéticas por la escasez de combustible, de hecho crisis en
todo análogas a las padecidas en el pasado por otras
civilizaciones, la griega y la romana en particular, como hemos
visto. Algunos economistas ingleses que como tales participaban
del optimismo de la economía clásica en cuanto al feliz futuro
que aguardaba a la humanidad gracias al imparable crecimiento
económico, trabajaban además en la administración de empresas
mineras. Como gestores empresariales pronto pudieron comprobar
que el coste de extracción del carbón aumentaba conforme las
vetas más accesibles eran agotadas; también como las reservas
conocidas en un tiempo dado crecían más despacio que la demanda.
En tanto gestores empresariales anunciaron una futura crisis
energética si es que no se encontraba una fuente alternativa de
energía. Resulta sorprendente constatar como estos hechos
incontestables no influyeron en lo más mínimo en las teorías
económicas inglesas que siguieron confiando en que un crecimiento
económico ilimitado aseguraría la vida y la felicidad de toda la
humanidad; se trata aquí de una verdadera esquizofrenia personal
pues los mismos autores que teorizaron acerca de la futura
escasez de carbón, escribieron tratados de economía política en
los que los recursos naturales eran considerados como una fuente
inagotable de materiales y de energía [3].
Paralelamente a la economía política, surgía también una economía
física derivada del sentido común y de las leyes de la
termodinámica. Por su interés merece la pena reproducir algunos
pasajes de uno de los padres de la termodinámica, Rudolf
Clausius, escritos en ¡1885!:
Debido a la conversión de carbón en energía mecánica vivimos un tiempo maravilloso [...] pero en general, en las relaciones económicas, vale el principio de que cada cosa puede usarse sólo lo que en el mismo tiempo pueda ser de nuevo producido. Por tanto, se debería usar como material combustible sólo la cantidad que es producida de nuevo a través del crecimiento de los árboles. Pero en verdad nos comportamos de manera muy distinta. Hemos hallado que hay bajo la tierra reservas de carbón de tiempos antiguos que se han formado de plantas en la superficie de la tierra y depositado durante un período tan largo que los tiempos históricos, en comparación, parecen minúsculos. Las gastamos ahora y nos comportamos exactamente como herederos felices que consumen un rico patrimonio. Se saca de la tierra todo lo que permite la fuerza humana y los medios técnicos, y se usa como si fuera inagotable. Los trenes, los barcos de vapor y las fábricas con máquinas de vapor usan una cantidad de carbón tan sorprendente que, mirando al futuro, no es algo caprichoso preguntarse que ocurrirá cuando los yacimientos de carbón queden agotados.
Cuando se habla de tales eventualidades, se escucha a veces la objeción de que cuando se agoten los yacimientos de carbón de piedra se habrá encontrado desde hace tiempo nuevos medios de producir calor, de manera que no hace falta preocuparse. Si se pregunta sin embargo, cuáles deben ser estos descubrimientos, aparecen puntos de vista como que tal vez se tendrá éxito en separar el agua en sus partes constituyentes [...] sin gasto de energía, y con eso podría abrirse una fuente inagotable de calor mediante la combustión del hidrógeno. Estos puntos de vista contradicen, no obstante, de manera total, los principios básicos de la física. No se trata aquí en absoluto de sopesar probabilidades, sino de que puede distinguirse con total certidumbre lo posible de lo imposible. Cualquier obtención de energía sin un gasto correspondiente de energía es absolutamente imposible.
La ruptura epistemológica de la economía política y su invasión
de la cultura industrial, incluso a pesar de las serias
advertencias de la ciencia corriente, merece una análisis
detallado que no cabe en estas líneas (véase, por ejemplo,
[Naredo, 1987]).
Resulta inevitable llegar a la conclusión de que lo prudente y sabio sería no dormirse en lo referente a esta seguridad. La industria terminará por no encontrar en Europa los recursos con que satisfacer esta prodigiosa expansión... Indudablemente, el carbón se agotará ¿Qué hará entonces la industria?
La respuesta de Mouchot era sencilla: "¡Cosecha los rayos del
sol!". Para demostrarlo se embarcó en dos décadas de
investigación pionera. Aunque para sus contemporáneos la idea
sería novedosa, Mouchot comenzó su estudio por buscar
antecedentes históricos. Sus conclusiones son en todo
coincidentes con lo que hemos visto hasta aquí y pueden resumirse
en el siguiente párrafo:
Pese al silencio de los escritos modernos, no debe creerse que la idea de utilizar el calor solar para las operaciones mecánicas es reciente. Por el contrario, hemos de reconocer que esta idea goza de gran antigüedad y que en su lento desarrollo a lo largo de los siglos ha dado lugar a varios ingenios curiosos.
Mouchot descubrió la labor de Herón de Alejandría y de la escuela
que hemos denominado mecánicos griegos. Se lamentó de que no
hubieran sido adaptados a la práctica. Debe notarse aquí como el
concepto de máquina de la Revolución Industrial es opuesto al
concepto griego. Si como vimos, la máquina griega era una
multiplicadora de la potencia animal o humana (siendo los seres
humanos o sus animales domésticos el motor de la misma, lo que
los griegos denominaron Potencia, capaz de vencer gracias a la
máquina Resistencias muy superiores), por el contrario, para la
Revolución Industrial, la máquina era el motor, es decir, una
artefacto capaz de generar energía mecánica útil a base de
consumir energía externa en forma de combustible. Y siendo
Mouchot un auténtico hijo de la revolución industrial, no se
contentaba con ver a la energía solar empleada en artilugios
lúdicos.
De este modo, su primer objetivo fue construir un captador de
energía que sustituyendo la fuente de energía habitual en su
época, el carbón, pudiera mover una máquina de vapor
convencional. Su primera caja caliente parecía prometedora porque
podía generar temperaturas lo bastante elevadas como para
producir vapor de agua. Sin embargo, las primeras experiencias
prácticas fueron desalentadoras, pues Mouchot se dio cuenta de
que una caja caliente lo suficientemente grande como para mover
un máquina industrial de tamaño medio ocuparía mucho espacio y,
en su opinión, sería demasiado cara.
El programa experimental de Mouchot fue poco a poco empleando
técnicas solares que tal y como hemos visto se fueron
desarrollando en el pasado: su primer horno, compuesto de un
cilindro negro de cobre cubierto por una camisa de vidrio,
absorbía la radiación solar que un espejo reflejaba sobre él. Con
escasa modificaciones Mouchot transformó el horno solar en
alambique capaz de convertir el vino en brandy o coñac. Con un
diseño similar construyó una caldera. Cuando el aire se calentaba
en su interior, se expandía ejerciendo una fuerte presión sobre
el agua del tanque situado abajo.
Figura 9: Alambique solar de Mouchot.
Estos éxitos no lograban su objetivo principal: mover una máquina
de vapor. La principal dificultad residía en que el elevado
volumen de agua tardaba mucho tiempo en hervir y la producción
de vapor era demasiado lenta como para impulsar un motor
industrial. Mouchot sustituyó la caldera por un tubo de cobre de
una pulgada de diámetro, de manera que el menor volumen de agua
allí contenido se calentase mucho más rápidamente. Para almacenar
el vapor, Mouchot soldó un depósito metálico al extremo superior
del tubo. El reflector solar consistía en un espejo parabólico
acanalado orientado al sur que giraba para beneficiarse de la
máxima exposición solar. El éxito del artefacto permitió a
Mouchot contar con el apoyo del gobierno francés. Sus
investigaciones fueron interrumpidas por la guerra francoprusiana
de 1870 en las que perdió la gran mayoría de sus máquinas.
Figura 10: Primera máquina solar de Mouchot, 1866.
Pero después de la guerra y con el apoyo del gobierno regional
de Endre-et-Loire (distrito vinícola donde vivía y en el que las
autoridades se vieron inmediatamente interesadas por su
alambique) consiguió por fin un primer diseño con la potencia
suficiente como para resultar de utilidad. El reflector
parabólico fue sustituido por un reflector cónico, de manera que
toda la superficie de la caldera recibía y absorbía radiación
solar aumentando notablemente el rendimiento. La máquina podía
generar el suficiente vapor como para mover un motor de medio
caballo a razón de 80 impulsos por minuto. Cuando Mouchot realizó
su demostración la reacción de asombro más elocuente se resume
bien en la siguiente aclamación "¡Un motor que funciona sin
combustible!".
El éxito de la máquina de la ciudad de Tours reforzó la fe de
Mouchot en la energía solar, haciéndole también consciente de las
limitaciones a su aplicación práctica en un país como Francia.
En primer lugar, se daba cuenta de que las máquinas solares
ocuparían demasiado espacio en nuestras ciudades y, por
consiguiente, no podrían emplearse ventajosamente. De hecho, el
motor de Tours ocupaba una extensión de 6 por 6 metros y tan sólo
producía medio caballo de potencia. Se necesitarían doscientas
de tales máquinas para impulsar un motor industrial normal de
cien caballos. Para disponer 200 máquinas solares (en cuatro
filas y con la separación mutua que evitara se arrojasen sombra
una a otra), serían precisos 9.300 metros cuadrados, es decir,
un cuadrado de unos cien metros de lado. Mouchot se encontró así
con una manifestación clara de los límites que el carácter finito
del planeta y de la energía solar que recibe impone
inexorablemente a la vida, y a la vida humana en particular.
Buscando ir más allá de estas limitaciones Mouchot viajó a
Africa, a Argelia, donde sus máquinas gozarían de mayor
intensidad de radiación y, por tanto, podrían producir mayor
potencia con un mismo tamaño. Construyó alambiques (útiles para
la destilación, pero también para potabilizar agua dulce o
salada), bombas de riego que resultaban extremadamente útiles en
la extensión de la superficie de regadío; diseñó también un horno
portátil para las tropas francesas en Africa.
Figura 11: Cocina solar portátil del ejército francés debido a
Mouchot.
Tras un año de ensayos, Mouchot presentó sus conclusiones a las
autoridades argelinas. Estas quedaron tan impresionadas que le
concedieron 5.000 francos para la construcción del "mayor espejo
jamás realizado en el mundo" con destino a la gigantesca máquina
solar que representaría a Argelia en la Exposición Universal de
París de 1878; posteriormente sería embarcada a Africa y
utilizada comercialmente. La máquina resultante fue capaz de
bombear 2.000 litros de agua por hora, destiló alcohol y cocinó
comida. Pero la demostración más espectacular tuvo lugar el 22
de septiembre, tal y como el propio Mouchot nos refiere:
bajo un Sol ligeramente velado pero luciendo continuamente, fui capaz de elevar la presión en la caldera a 6,2 atmósferas... y, pese a la aparente paradoja, utilizar los rayos del Sol para hacer hielo.
En efecto, había conectado el motor solar al ingenio refrigerador
accionado con calor que Ferdinand Carré inventara en los años
1850, y que dio origen a nuestro modernos frigoríficos.
Figura 12: Máquina solar de Mouchot, 1878.
Tras su vuelta a Argelia, Mouchot dedicó atención primordial a
la resolución de un difícil problema: ¿como almacenar el calor
del sol, de manera que las máquinas solares pudiesen operar
también en tiempo nublado, o durante la noche? La alternativa más
evidente era calentar cuerpos con gran capacidad de absorción (y
resistencia a las elevadas temperaturas) y guardarlos en
depósitos aislados para aprovechar su calor posteriormente. Sin
embargo, Mouchot descubrió una alternativa mejor. Utilizaría la
energía solar para descomponer el agua en hidrógeno y oxígeno,
almacenando luego ambos gases en cilindros separados. Cuando se
produjese la demanda de calor sólo habría que recombinar ambos
elementos y la reacción química desencadenada generaría todo el
calor necesario. Además, los gases podrían utilizarse también
separadamente: el hidrógeno como combustible y el oxígeno para
fines industriales.
En 1880 Mouchot volvió a sus estudios matemáticos. Su asistente,
Abel Pifre, continuó ocupándose de la investigación solar. En el
Jardín de las Tullerias de París, en 1880, Pifre exhibió un
generador solar que accionaba una prensa capaz de imprimir los
500 ejemplares del Journal du Soleil.
Figura 13: Imprenta solar de Abel Pifre.
Pero en Francia no corrían buenos tiempos para la energía solar.
El mejoramiento de las técnicas mineras y del sistema ferroviario
(la mayor parte del carbón francés se encuentra cerca de sus
fronteras) incrementaría la producción de carbón, reduciendo los
precios del combustible. En 1881 el gobierno dirigió una última
mirada final a las posibilidades de la energía solar para uso
comercial. El informe final, realizando un balance monetario,
concluyó que la inversión inicial era demasiado costosa como para
que tales técnicas pudieran ser preferibles a las más
convencionales basadas en carbón o gas.
De este modo Mouchot no logró introducir a Francia en la Edad del
Sol. Pero sus esfuerzos innovadores traspasaron el umbral entre
la experimentación científica y el desarrollo práctico de una
tecnología revolucionaria. Demostró igualmente la gran diversidad
de modos en que el Sol podía utilizarse para beneficio de la
humanidad y sentó las bases para un posible futuro de desarrollo
solar.
Tras los trabajos de Mouchot, la construcción de motores solares
tuvo muchos otros episodios. Esta insistencia es totalmente
acorde con el programa fundamental de la Revolución Industrial
que ya he señalado, a saber, la construcción de motores
alimentados con la energía de combustibles. De hecho, en general,
los distintos investigadores en motores solares comenzaron sus
trabajos acuciados por el temor a una futura escasez de carbón
en su país respectivo.
En un artículo redactado en 1868, John Ericsson, ingeniero sueco
emigrado a los EEUU, mantenía que únicamente el desarrollo de la
energía solar evitaría una crisis energética generalizada, y
señalaba un ejemplo del siglo anterior: la evaporación del agua
del mar para producir sal, que, lograda más por calor solar que
con ayuda de carbón, ahorró unos 100 millones de toneladas de
combustible. El primer motor de Ericsson guardaba un gran
parecido con los últimos modelos de Mouchot. Poco a poco los
diseños de Ericsson se fueron apartando en algunos detalles, como
la eliminación del vidrio en el tubo de la caldera, el uso de
aire caliente en vez de vapor para mover el pistón del motor, el
uso habitual de vidrio en los reflectores. Muy celoso de su
propiedad intelectual, Ericsson murió repentinamente en 1888, sin
haber llegado a ningún modelo de utilidad práctica y llevándose
con él a la tumba muchos de sus secretos, de los que sólo tenemos
conocimientos a través de los sucesivos anuncios que hizo de sus
progresos.
Figura 14: Motor solar de Ericsson.
La huelga del carbón en el invierno de 1902 en los EEUU, hizo
real (aunque sólo fuera artificial y temporalmente) los negros
augurios de una crisis de la energía, anunciada por diversos
ingenieros y científicos, anuncio que en todo caso no había
trascendido al gran público norteamericano. Debido a ello, los
estudios de prospectiva auspiciados por instituciones
científicas, tales como la Smithsonian Institution se
multiplicaron. Así, por ejemplo, Robert Thurston, ingeniero de
renombre, repasó por encargo los pros y los contras de las
energías de las mareas, el viento y el Sol como sustitutivas del
carbón. Resulta notable que a pesar del hecho de que granjeros
y rancheros americanos poseían pequeños molinos de viento con que
bombear agua a sus casas o abrevaderos, este ingeniero considero
inadecuada la energía eólica, basando su argumento en que sería
inadecuada para la explotación latifundista de grandes
extensiones de terreno. A pesar de este genero de prejuicios,
basados más en una muy particular visión de la organización
social deseable, que en sólidos argumentos científicos, Thurston
tuvo que admitir que la energía solar despertaba gran atención
en la comunidad científica y técnica. Y lo cierto es que a
principios de siglo abundaban en el panorama numerosos inventores
y empresarios solares, habiéndose registrado al menos 22 patentes
de motores solares.
Entre todos ellos resultan espectaculares los motores diseñados,
construidos y comercializados por Aubrey Eneas, inventor e
ingeniero inglés residente en Massachusetts, fundador de la Solar
Motor Company of Boston. El objetivo principal de la empresa era
la venta de equipos de bombeo al sudoeste de los EEUU, donde los
combustibles convencionales como la madera y el carbón eran
escasos y caros. Esa parte del país parecía además ideal para la
energía solar, pues en ella el Sol brillaba el 75 por ciento de
los días del año.
Tras algunos diseños preliminares, Eneas pronto recayó en el
diseño básico de Mouchot: el reflector cónico con la caldera en
el eje. Pero incluyo una mejora significativa: en vez del cono
completo el reflector era un tronco de cono. La razón es la
siguiente, en la boca del cono un anillo del reflector de
considerable superficie concentra la radiación alrededor de un
único punto del eje; por el contrario, en el fondo del reflector,
en el vértice del cono, una área diminuta del reflector concentra
apenas energía sobre una área igual del eje. Como resultado
desafortunado, la caldera situada en el eje recibe mucha
radiación en la parte superior, mientras apenas recibe calor en
la inferior, lo que disminuye la eficiencia del conjunto. En el
tronco de cono adoptado por Eneas, existe un efecto similar, pero
como la base inferior es todavía una circunferencia con un
diámetro apreciable, la diferencia de energía recibida por el
extremo superior e inferior de la caldera no es tan acusada y el
rendimiento mejora notablemente. Según los propios cálculos de
Eneas, la producción máxima de vapor se obtenía cuando el
diámetro menor del reflector era al menos ocho veces mayor que
el diámetro de la caldera, mientras que el diámetro mayor debería
ser al menor de 9,6 metros (casi dos veces y media el diámetro
del reflector de Mouchot).
Para 1899, Eneas había construido un conjunto completo con un
diámetro de 10 metros en la boca del reflector, que estaba
formado por más de 1.800 pequeños espejos de vidrio plateado.
Distintos mecanismos y artefactos de relojería permitían orientar
el espejo hacia el Sol a lo largo del día y de las estaciones,
sin excesivo esfuerzo. El conjunto pesaba más de 4 toneladas.
Figura 15: Segundo motor solar de Eneas, 1899
En 1901, el motor quedo instalado en la primera granja de
avestruces de los EEUU, en Pasadena, después de haber viajado
desde Nueva Inglaterra hasta Denver (donde se hicieron los
primeros ensayos), antes de alcanzar su destino final. Las
avestruces eran visitadas por el público, que pudieron contemplar
también (por el mismo precio) el motor solar de Eneas en acción.
En esencia (según las crónicas de la época) el motor solar
accionaba una bomba capaz de irrigar 120 hectáreas de cítricos
extrayendo 6.400 litros de agua por minuto de un depósito situado
a 5 metros de profundidad (es decir, una potencia de unos 5kW).
En los periódicos de la época puede leerse esta vívida crónica:
Primero se ve al rocío de la mañana ascender lentamente en un halo de vapor desde la gigantesca boca. Luego, los brillantes cristales resplandecen al Sol de la mañana y las ondas de calor empiezan a penetrar en el círculo, siendo la larga y negra caldera la que produce mayor impresión, pues al aumentar de intensidad los rayos reflejados, comienza a relucir de tal manera que en cualquier fotografía aparece casi como de calor blanco puro. Antes de cumplirse una hora de la vuelta de manivela y el enfoque, surge un chorro de vapor de la válvula de escape. El ingeniero mueve el estrangulador, se produce una sucesión de silbidos de la caldera, un "clank-clanketyt-clank" y el Sol comienza a extraer agua de un modo que pocos soñaron hace algunos meses.
Hasta 1904 Solar Motor Company vendió e instalo cinco motores
solares. El ultimo en la granja de John May consiguió bombear
6.700 litros de agua por minuto, pero desafortunadamente los
espejos del reflector fueron destruidos por una tormenta de
granizo. Otro de los modelos instalados con anterioridad fue
destruido por un vendaval. Competidores sin escrúpulos en el
negocio solar contribuyeron a ensuciar la reputación de Eneas.
Con todo, el principal obstáculo a la comercialización de los
motores solares era su costo: de dos a cinco veces el costo de
una planta de vapor convencional. Aun cuando tras el desembolso
inicial no existieran gastos de combustible, el elevado precio
inicial desalentaba a los compradores. En los años siguientes el
panorama comercial de las máquinas solares de Eneas se oscurecía.
Tal y como el mismo dijo "mi experiencia con grandes reflectores
me ha convencido de que incluso cuando se consigue la mayor
eficacia, el costo de construcción, incluso a gran escala, es
demasiado alto como para permitir su utilización comercial,
excepto en unos pocos casos"
Figura 17: El motor solar en la granja de John May.
Desgraciadamente este énfasis puesto en las altas temperaturas
condujo a una serie de inconvenientes fundamentales. Las elevadas
temperaturas en el interior de un colector originaban
inevitablemente fuertes pérdidas de calor. De aquí que, aun
cuando las altas temperaturas significaran mayor rendimiento del
motor, la eficiencia de la captación solar decrecía
sustancialmente (reduciendo la eficacia global de la conversión
de energía solar en energía mecánica). Existían también otros
inconvenientes. Los reflectores utilizados para obtener altas
temperaturas debían ser grandes, complejos y costosos. Una vez
instalados resultaban vulnerables a vientos fuertes y a las
inclemencias del tiempo. Para empeorar la cuestión, debían mirar
siempre al sol, lo que exigía un operario a tiempo completo o un
delicado mecanismo capaz de mover automáticamente los
reflectores. Y cuando no había soleamiento directo en días de
bruma o nubosos, los colectores concentradores dejaban totalmente
de funcionar.
En un motor diseñado para operar a baja temperatura todos estos
problemas podrían disminuir hasta desaparecer, al permitir usar
cajas calientes, simples y baratas, o incluso láminas de metal
desnudo. Al no alcanzar temperaturas tan elevadas, estos
colectores tampoco perderían tanto calor. Y lo que es más, la
superficie colectora no estaría obligada a seguir el curso del
sol. Tales dispositivos podían absorber incluso la luz solar
difusa de los días brumosos o nublados. La superior eficacia de
la captación solar y los menores costos de construcción podrían
quizás compensar la pérdida de rendimiento del motor. Y así en
las postrimerías del siglo diecinueve algunos inventores
comenzaron a darse cuenta de tales ventajas, iniciando el
desarrollo de los motores solares de baja temperatura.
Entre los ejemplos numerosos y notables que podrían citarse se
encuentra la bomba solar del ingeniero francés Charles Tellier.
Eligió como líquido para el vapor no el agua, con una temperatura
de ebullición sensiblemente alta. En vez utilizó hidrato de
amoníaco que hierve a 33 grados bajo cero o el dióxido de azufre
que lo hace a 10 grados bajo cero. Tellier había descubierto las
aplicaciones de los líquidos de bajo punto de ebullición en el
curso de sus investigaciones acerca de la congelación de
alimentos, labor por la cual es más conocido.
En su bomba solar, el colector solar estaba construido con
simples láminas de metal oscuro, entre medias de las cuales
circulaba el líquido para ser evaporado. La chapa metálica
inferior se aislaba a fin de reducir las pérdidas por conducción.
La presión del amoníaco alcanzaba las 2,7 atmósferas y la bomba
podía impulsar unos 1.300 litros de agua por hora. Estimó que en
un clima con más horas solares que el francés se podrían alcanzar
los 3.600 litros de agua por hora. A fin de aumentar el
rendimiento, Tellier introdujo su colector en una caja caliente
convencional, lo que permitió accionar un motor.
Figura 18: Instalación solar industrial de Tellier, 1880.
Dos ingenieros americanos, Willsie y Boyle, tomaron el relevo de
Tellier. Basándose en los diseños del francés fueron poco a poco
introduciendo mejoras. Desde el comienzo decidieron no dar
publicidad a sus experimentos solares para no comprometer sus
carreras: tras el fracaso final de Eneas y los fraudes de los
charlatanes, la energía solar había adquirido mala fama en los
EEUU. Tras una década de investigaciones decidieron trasladarse
finalmente a Arizona donde la necesidad de energía barata era
acuciante. Entre las modificaciones introducidas, cabe destacar
el uso del agua en la caja caliente, que trasladaba su energía
al dióxido de azufre mediante un intercambiador. El vapor de
dióxido era finalmente el encargado de mover el motor. De este
modo, los circuitos en la caja caliente no debían soportar
grandes presiones, quedando estas limitadas al circuito, más
pequeño que unía el motor con el intercambiador.
Una vez concluidas las pruebas fundaron la Willsie Sun Power
Company en 1904. La empresa marchó bien hasta 1908; introduciendo
mientras tanto mejoras adicionales, como la acumulación de calor
en depósitos aislado conteniendo agua, lo que permitió a sus
plantas funcionar 24 horas ininterrumpidas. En cuanto al balance
económico resultaba de momento favorable a las plantas solares
frente a las convencionales de carbón: aunque el coste de
instalación de la planta era, en aquella época, de 164$ por
caballo de potencia, frente a los 40-90 de una planta
convencional, el carbón era muy caro en Arizona, resultando el
coste de explotación de una planta de carbón en 1,54$/kWh frente
a los 0,45$/kWh que suponía operar la planta solar. Como
resultado, la planta solar podía amortizarse en menos de dos años
(de hecho, tras menos de 10 días de funcionamiento continuo, el
costo total de ambas plantas se iguala).
Sin embargo, un par de años después, la máquina productora de gas
era introducida en el Sudoeste de los EEUU: quemaba carbón para
producir gas artificial, y los motores que consumían gas
artificial eran de dos a cuatro veces más eficientes que los
convencionales basados en la combustión. De esta manera, el motor
solar perdió parte de su atractivo económico cuando el transporte
del carbón bajo de precio. Debido a ello, la empresa dejo de
operar, y nunca se averiguó a ciencia cierta que paso con Willsie
y Boyler.
Shuman después de revisar la obra de los que le habían precedido
se inclinó por continuar con la misma línea de bajas temperaturas
de Willsie y Boyle, salvo que utilizó éter como líquido colector
en la caja caliente. Con un modelo pequeño para demostraciones
y con un buen talento como propagandista, Shuman consiguió atraer
un número suficiente de inversionistas como para crear la Sun
Power Company. En sus investigaciones y diseños, Shuman se
decidió a combatir la roca contra la que se habían estrellado los
intentos anteriores: la alta inversión inicial necesaria. Fue
consiguiendo mejoras que aumentaran el rendimiento de sus diseños
a la vez que dejaban inalterados los costos y el tamaño, es
decir, la superficie necesaria. Para una primera demostración
práctica a escala real, la compañía escogió Egipto debido al
abundante Sol y a la mano de obra barata. Sin embargo la planta
habría de construirse primero en EEUU, probarla y luego
desmontarla y volverla a montar en su emplazamiento definitivo.
La planta se alzó sobre 2.700 metros cuadrados cerca de la casa
de Shuman en Tacony, Pennsylvania. Uno de los objetivos
primordiales era incrementar la cantidad de calor recibida y
capturada por los colectores. Para ello añadió a las cajas
calientes sendos espejos laterales que reflejaban la luz sobre
la caja caliente. Además, un mecanismo permitía ajustar la
orientación de los colectores.
Figura 19: Planta solar de Shuman en Tacony, 1911.
Shuman también rediseñó el motor, pues había concluido que el
anterior motor accionado por un fluido de bajo punto de
ebullición no produciría suficiente potencia. Para no renunciar
a la baja temperatura (óptima desde el punto de vista de la
captación solar), inventó un motor especial que funcionaba con
vapor a baja temperatura y baja presión. Al igual que el agua
hierve en las montañas a temperatura menor que al nivel del mar
(porque en altitudes superiores la presión del aire es menor),
este motor era capaz de evaporar agua caliente a temperatura
menor de 100 grados. Cada hilera de cajas calientes era recorrida
por un tubo a través del cual el agua fría se convertía en vapor.
Este motor generaba más potencia que cualquier otra máquina solar
construida anteriormente. Conectado a una bomba, el dispositivo
solar podía elevar 12.000 litros de agua por minuto a una altura
de 10 metros (una potencia de unos 20 kW). Casi el 30 por ciento
de la energía solar incidente sobre los colectores era
transformada en calor útil, produciendo una potencia máxima de
30 caballos de vapor y una media de 14 en un día de sol normal.
Antes de la expedición a Egipto la compañía solicitó informes a
científicos independientes. Estos aconsejaron que los reflectores
rodearan al colector, pues de otro modo la parte inferior de la
caja caliente perdía calor. Para lograrlo bastaba con sustituir
cada hilera de colectores concentradores por un único reflector
de sección parabólica, en cuyo foco se suspendiera una larga
caldera recubierta de vidrio. De este modo, la baja temperatura
y el reflector parabólico de la máquina de Ericsson se
sintetizaron en este nuevo modelo.
Ya en Egipto, en Maadi, el modelo fue construido según el diseño
modificado. Se construyeron cinco reflectores solares, cada uno
de 60 metros de largo por 4 de ancho y separados 8 metros entre
sí. Además la planta de Maadi podía funcionar las 24 horas del
día. El excedente de agua calentada se guardaba en un gran
deposito aislado, similar al utilizado por Wislley y Boyle, para
su uso durante la noche o en días cubiertos y lluviosos. El motor
podía así impulsar una bomba convencional ininterrumpidamente en
todo tiempo, aumentando todavía más la eficiencia de la planta.
En la inauguración, en julio de 1913, el ingenio alcanzó los 55
caballos de potencia y la bomba elevó 27.000 litros de agua por
minuto. El dispositivo de absorción captó el 40 por ciento de la
energía solar disponible, un resultado muy superior al obtenido
por la planta de Tacony.
Figura 20: Planta solar de Maadi (Egipto), 1912.
Tras dedicar siete años de trabajo a la energía solar, le parecía
a Shuman que sus viejas predicciones optimistas comenzaban a
tomar cuerpo. En febrero de 1914 escribió:
La energía solar es ya un hecho, habiendo dejado de encontrarse en la fase de bella posibilidad; tendrá una historia algo parecida a la de la navegación área. Hace solo doce años no era más que una simple posibilidad y ningún hombre práctico la consideraba seriamente. Los hermanos Wright hicieron su vuelo de verdad y, desde entonces, los progresos fueron más rápidos. Hemos demostrado fehacientemente la capacidad de la energía solar, y también esperamos rápidos adelantos.
Muchos eran quienes estaban de acuerdo, apoyando sin reserva la
energía solar. Entre ellos, anteriores escépticos, como el equipo
de Scientific American, que elogiaba ahora el motor de Shuman
como absolutamente práctico en todos sus aspectos.
Las potencias coloniales europeas mostraron igualmente su
interés, imaginándose los enormes beneficios económicos derivados
de la utilización de la energía solar en su Africa
subdesarrollada. Ante tan entusiastas demostraciones de apoyo,
Shuman amplió el ámbito de sus planes. Esperaba construir 52.600
kilómetros cuadrados de reflectores en el Sahara, dando al mundo
"a perpetuidad los 270 millones de caballos necesarios para
igualar todo el combustible extraído en 1909".
Pero su gran sueño se desintegró con el comienzo de la Primera
Guerra Mundial. Los ingenieros de la planta de Maadi dejan Africa
para ocuparse de trabajos de guerra en sus respectivos países,
como el propio Shuman retornado a los EEUU, donde moriría antes
de concluir la guerra.
Todavía más, tras el término de la guerra, las promesas hechas
a la Sun Power Company carecían de valor. Además las potencias
europeas empezaban a interesarse por el uso de una nueva forma
de energía en sustitución del carbón: el petróleo. Para 1919, los
ingleses habían invertido más de 20 millones de dólares en la
Anglo-Persian Oil Company. Poco tiempo después se producían
nuevos descubrimientos de petróleo y gas en numerosas partes del
mundo (California, Iraq, Venezuela e Irán) Casi todos eran
lugares soleados donde resultaba difícil obtener carbón; áreas
pensadas por Shuman, y asimismo por Mouchot y Ericsson como
principales emplazamientos de las plantas solares. Con el
petróleo y el gas vendiéndose a precios casi regalados, los
científicos, administradores y hombres de negocios volvieron a
sentirse confiados con la situación energética, y las
perspectivas para la energía solar empeoraron rápidamente.
La incompatibilidad, al menos histórica, entre la Revolución
Industrial y el motor solar pone sobre la mesa numerosas
preguntas de las que sería en extremo útil conocer respuestas.
Esa incompatibilidad, como hemos visto, no se debe a falta de
soluciones técnicas factibles: los motores solares pueden
funcionar. Quizá se deba a los límites de éstos: la potencia
irradiada por el sol está limitada y, por supuesto, es imposible
capturarla toda (imposibilidad termodinámica de eficiencia
perfecta), mucho menos capturar más. Esto sugiere una conjetura
cuya exploración bien pudiera merecer la pena: quizás la
Revolución Industrial (y la cultura técnica y científica nacidas
con ella) esté indisolublemente unida a la esperanza de un
crecimiento indefinido de nuestro poder, en particular, de
nuestro poder energético, de la potencia que podemos hacer
trabajar a nuestro antojo. Si así fuera, quedaría palmariamente
explicada la imposibilidad cultural (no técnica) de hacer encajar
el motor solar en la urdimbre industrial contemporánea, pues el
motor solar (como otras técnicas solares ya sea menos
espectaculares, como el uso vernáculo de la energía hidráulica
y eólica, ya más, como la fotosíntesis) se limita a la
transformación de la potencia energética disponible y ésta está
limitada de forma insuperable por las características del Sol que
nos regala la vida. Este límite opera como otros límites de la
física (la velocidad de la luz por ejemplo): podemos desear
sobrepasarlo e, incluso, empeñarnos en alcanzar nuestro deseo,
pero no lo conseguiremos.
Con Revolución Industrial o sin ella, con necesidad o no de
alimentar motores de gran potencia para uso de las industrias
capitalistas, el alojamiento humano demanda de forma necesaria
cantidades de energía (para agua caliente y calefacción) que si
bien son modestas en comparación, pueden suponer una carga
económica importante para las familias humildes o en lugares
donde la disponibilidad de combustible es escasa.
Afortunadamente, se descubriría un modo seguro, fácil y barato
de calentar agua: el depósito metálico de agua pintado de negro
y simplemente colocado donde daba más el Sol y menos la sombra.
Tales fueron los primeros calentadores solares de agua de que se
guarda memoria en EEUU, ¡y funcionaban! Según uno de sus primeros
usuarios, a veces "el agua se calentaba tanto que resultaba
necesario añadir fría para poder tomar un baño".
Figura 21: Calentadores de agua en 1890.
El problema con estos calentadores solares no era su capacidad
de producir agua caliente, sino el cuándo y durante cuánto
tiempo. Estos inconvenientes de los métodos populares de
calefacción solar llamaron la atención de los inventores a
finales del siglo XIX, ya familiarizados con las propiedades de
las cajas calientes. En EEUU, en varias épocas y lugares,
florecieron empresas rentables dedicadas a la instalación de
aparatos solares domésticos. La patente Climax, por ejemplo, de
1891, mezclaba la vieja práctica de la exposición de depósitos
metálicos desnudos al Sol con el principio científico de la caja
caliente, incrementando, así, la capacidad del depósito para
captar y retener el calor solar.
Figura 22: La patente del calentador solar Climax, 1892.
El Climax, que nació en Baltimore, se extendió naturalmente a las
zonas del país más soleadas, como California. Allí, el
soleamiento casi constante significaba agua caliente gratis
durante prácticamente todo el año. Además California importaba
carbón a precios elevados de manera que la ventaja económica era
más significativa aún si cabe. Para 1900 se habían realizado
1.600 instalaciones solamente en la California meridional. Las
declaraciones de los usuarios, que pueden rastrearse en las
crónicas de los periódicos locales de la época eran siempre
elogiosas, dejando testimonio de que incluso en días nublados
"era sorprendente lo mucho que se calentaba".
Figura 23: Casas solares americanas hacia 1900.
Entre 1900 y 1911 más de una docena de inventores registraron
patentes para mejorar el Climax. Aunque sólo algunas de ellas
llegaron a fructificar en un aparato eficiente, práctico y
económico. En 1905 los derechos de fabricación y venta del Climax
en California fueron adquiridos por una filial de la Solar Motor
Company (la firma fundada por Aubrey Eneas). La compañía
introdujo una modificación sustancial en el diseño de los
depósitos de agua del Climax: como la relativamente profunda masa
de agua contenida en los cuatro depósitos cilíndricos tardaba
muchas horas en calentarse, se decidió sustituirlos por un gran
tanque rectangular de escasa profundidad. El volumen total de
agua quedaba inalterado pero, al haber menor cantidad de la misma
por metro cuadrado, el calor del Sol penetraba con más celeridad
y se tardaba mucho menos en disponer de agua caliente. Al igual
que el modelo original, se conectaba generalmente a un sistema
convencional de calentamiento de agua que entraba en acción
durante el mal tiempo. Este nuevo modelo se denominó Climax
Perfeccionado.
Un problema evidente quedaba por solucionar: tener agua caliente
durante la noche y a primera hora de la mañana. Pero en el verano
de 1909, en una pequeña tienda al aire libre del suburbio de
Monrovia de Los Ángeles, un ingeniero llamado William J. Bailey
comenzó a vender un calentador solar de agua que revolucionaría
la industria. No sólo suministraba agua calentada solarmente
mientras lucía el Sol, sino asimismo durante horas después de
haber anochecido y también a la mañana siguiente; para más señas
el modelo se denominó Día Y Noche.
Antes de instalarse en el oeste en busca de una cura para su
tuberculosis, Bailey había trabajado con la Carnegie Steel en
Pennsylvania. Pronto descubrió que su médico, el doctor
Remington, experimentaba con calentadores solares de agua. Para
templar el agua con mayor rapidez y conservar el calor durante
más tiempo, Remington separaba el calentador solar en dos partes
o unidades: un colector de calor solar y un depósito de
acumulación de agua. El colector consistía en un serpentín
colocado en el interior de un cajón con tapa de vidrio suspendido
sobre el muro sur de la casa. El reducido volumen de agua
contenido dentro del serpentín se calentaba rápidamente. Y, en
lugar de permanecer al exterior (donde se hubiera enfriado en
seguida por la noche o durante el mal tiempo) el agua caliente
corría por una tubería hasta un depósito convencional situado en
la cocina.
Bailey adoptó la idea de Remington del colector y el depósito
separados. Para mejorar la retención del calor aisló el depósito
mediante polvo de piedra caliza, que le separaba de una caja de
madera que le contenía.
El serpentín del colector era de cobre y descansaba sobre una
lámina metálica negra. La caja del colector estaba aislada con
fieltro.
Ni siquiera se necesitaba bomba para impulsar el agua entre el
colector y el depósito acumulador. El Día Y Noche operaba según
el principio del termosifón (el agua caliente es más ligera que
la fría y tiende a elevarse por sí sola). El depósito acumulador
se situaba por encima del colector, con lo que el agua fría en
su parte baja descendía por gravedad a través de un tubo hasta
la entrada del colector. El flujo cíclico continuaba en tanto el
agua del colector estuviera más caliente que la contenida en la
base del depósito.
Para garantizar suficiente agua caliente en épocas de mal tiempo
o períodos de mucho uso, Bailey recomendaba a los clientes añadir
un calentador auxiliar. El Día Y Noche podía conectarse a una
cocina de leña, un calentador a gas o un horno de carbón. El
éxito del modelo fue tal que (a pesar de que el Climax
Perfeccionado era notablemente más barato) las ventas de la
compañía la permitieron convertirse en sociedad anónima en 1911,
sólo dos años después de que Bailey abriera su tiendecita.
Figura 24: Propaganda de Day & Night Solar Heater Co.
La popularidad, uso y experiencia de la técnica multiplicó las
empresas y los particulares que la comercializaron y la
emplearon. Para 1935, revistas como la Popular Mechanics
publicaban instrucciones detalladas para que cada cual pudiera
construir por sí mismo su colector solar, después de que tras
años de experiencia los problemas menores y de detalle hubieran
quedado resueltos a satisfacción. Resulta notable que la ecuación
fundamental del colector solar plano, es decir, la visión
científica del asunto no fuera establecida hasta 1943 por Hottel
y Woertz en un famoso articulo citado innumerables veces desde
entonces [4].
Figura 25: Calentador solar "made your self" aparecido en la
revista Popular Mechanics.
Sin embargo, como ya ocurrió con los motores solares de la Solar
Power Company, un competidor imprevisto vino a acabar con una
industria floreciente cuyo récord de ventas tuvo lugar en 1920.
En efecto, entre 1920 y 1930 se descubrieron grandes bolsas de
gas natural en la depresión de Los Ángeles. La producción de gas
se disparó y los precios del combustible cayeron
vertiginosamente. Para 1927, el consumidor podía obtener gas
natural a casi la cuarta parte del precio que pagaba por el gas
artificial en 1900. Además la distribución por red hizo llegar
el gas a todo el mundo. Los fabricantes de calentadores de gas
crearon incentivos económicos subsidiados por las compañías
extractoras. Además de las facilidades ofrecían precios rebajados
e instalación gratuita. A pesar de la crisis y la competencia
desleal, el Día Y Noche demostró su vigor y fiabilidad técnica
vendiéndose en California, aunque a un nivel muy limitado: 7.000
calentadores antes de interrumpir su fabricación al inicio de la
Segunda Guerra Mundial. La última serie fue fabricada en 1941.
El esquema histórico del agua caliente solar en California es muy
simple: una nueva técnica eficaz como el colector solar gana el
favor del público, la fabricación industrial y la experiencia
práctica resultante ayudan a mejorar la técnica, lo que aumenta
aun más la eficacia técnica y comercial, en una ciclo de
realimentación positiva. Pero, finalmente, la aparición de una
nueva fuente de energía con la sola y única ventaja de un
reducido y subvencionado costo económico, destruye la base
económica de la técnica que acaba desapareciendo, sin que ninguna
dificultad técnica importante contribuya a ello.
Este esquema histórico se ha repetido en otro tiempos y lugares.
Por ejemplo en Florida, donde las patentes californianas como la
del Día Y Noche fueron adquiridas por constructores o
industriales de diverso signo. Miami experimentó su primera gran
expansión con la conclusión de la autopista entre New York y
Florida. La población de Miami, por ejemplo, paso de 25.000
personas en 1920 a más de 75.000 en 1925. A diferencia de
California, en Miami el gas natural resultaba caro debido al
coste del transporte entre la costa este y la oeste. Así las
compañías de energía solar experimentaron un crecimiento
espectacular de sus ventas. De hecho, tales industrias superaron
incluso la depresión económica de 1926, que antecedió en Florida
a la Gran Depresión de la economía industrial.
Las patentes sufrieron algunas modificaciones como respuesta
necesaria a la adaptación a unas nuevas condiciones climáticas.
Baste citar por ejemplo el problema de la fuerte humedad del
clima de Florida. Las cajas de madera de los colectores y los
forros en el mismo material de los depósitos acumuladores se
deterioraban rápidamente a menos de pintarse con frecuencia.
Pronto se diseñaron colectores enteramente de metal, generalmente
acero galvanizado. Las grandes series fabricadas y la experiencia
de funcionamiento acumulada sugirieron otras mejoras como el uso
de cobre blanco en el serpentín, para evitar daños por
congelación, o el aumento de la longitud del mismo, lo que
aumentaba el caudal disponible.
El agua caliente solar interesó también fuera de los límites de
Florida. A finales de los años treinta su uso se extendería a las
Islas del Caribe y a Puerto Rico, Cuba y América Central. Al
norte de Florida, de Luisiana a Georgia, los proyectos de
vivienda pública comenzaron a emplear calentadores solares de
agua. Así, por ejemplo, las 480 viviendas de un gran conjunto de
Georgia obtenían del Sol 132.000 litros diarios de agua caliente.
Tras su primer año de marcha regular, un funcionario de vivienda
señalaría que "el calentamiento solar del agua se ha mostrado muy
satisfactorio y si bien el costo inicial supera ligeramente el
de otros sistemas de calentamiento, los costos de funcionamiento
y mantenimiento resultan insignificantes".
Figura 26: Propaganda de un calentador solar, Cuba, ca. 1940.
A diferencia del caso de California, la industria solar en
Florida superó (no sin dificultades) la Segunda Guerra Mundial,
que significó entre otras cosas la nula disponibilidad de cobre
(cuyo uso no militar fue congelado por el gobierno durante el
conflicto).
Tras la guerra, aunque la industria consiguió recuperarse nunca
alcanzó su anterior fuerza. Resulta ejemplar las razones de ello.
En primer lugar, la prosperidad de la sociedad americana disparó
el consumo de agua. Los usos y costumbres pasaron de un cierto
estoicismo hacia las necesidades vitales (en cierto sentido, una
actitud básica de la colonización del oeste americano), a un
gusto y placer por el consumo sin límites, que poco a poco fue
convirtiéndose en símbolo de status social, cuyo significado
transcendía con mucho las determinaciones técnicas y biológicas.
Las familias encontraban ahora que sus colectores solares, cuya
producción de agua caliente estaba limitada por un tamaño no
exagerado del colector en relación al edificio, eran
insuficientes e imponían un límite a la cantidad de agua caliente
disponible al día. Esto resultaba inadmisible desde la óptica del
nuevo consumidor típico. Pero en segundo lugar, los calentadores
eléctricos de agua se convertían en una alternativa conveniente
y eficaz. A ello contribuyeron tanto la caída de las tarifas
eléctricas (que acompañaban así los ridículos precios de los
combustibles fósiles de otras regiones americanas) como a las
agresivas campañas de las compañías eléctricas para aumentar el
consumo, estableciendo tarifas de promoción y ofreciendo la
instalación gratuita de los calentadores.
No siendo ya la energía solar la ganga económica que una vez
fuera y con las perspectivas cada vez mejores del agua calentada
eléctricamente, muy pocos serían los compradores de equipo solar
transcurridos los años cincuenta. La industria se redujo a una
de mantenimiento; limpieza de serpentines, sustitución de
cubiertas de cristal rotas y colocación de depósitos nuevos para
quienes prefirieron conservar sus calentadores solares de agua
por sentirse contentos con lo que obtenían: agua caliente solar
gratis en forma autónoma.
Durante casi mil años tras la caída del Imperio Romano, los
arquitectos europeos [que trabajaban para los príncipes, grandes
señores e instituciones] ignoraron tácitamente los principios de
la orientación solar. Los escritos clásicos sobre arquitectura
solar de Sócrates, Aristóteles, Vitrubio y otros cayeron en
desuso. A pesar de ello la tradición se recuperó en tratados como
el del arquitecto italiano Alberti o el de Andrea Palladio. Sin
embargo, los constructores vernáculos (unas veces
autoconstructores y otras maestros artesanos para el resto de la
comunidad) mantuvieron una tradición implícita basada en el
sentido común, en la disponibilidad de materiales y energía, y
en la adaptación a los recursos del rededor [5].
Tal es el caso en la Europa mediterránea y Asia Menor, dónde la
arquitectura popular siguió aplicando algunos de los principios
de construcción solar. La idea de orientar las casa hacia el sur
no fue olvidada ni en Grecia, ni en Turquía, ni en el norte de
Africa. En España también tenían en cuenta el clima y construían
las casas con gruesos muros de piedra o adobe. Esta fábrica
ayudaba a mantener los edificios templados en inviernos y frescos
en verano.
La moda de la civilización clásica, implantada en Italia durante
el Renacimiento, condujo a una reposición de los estilos griego
y romano. Llegada esta influencia clásica al norte de Europa, los
arquitectos copiaron diligentemente las formas externas de los
edificios pero ignoraron los principios solares que otorgaban
funcionalidad a su gran belleza. No supieron orientar
adecuadamente los edificios, desaprovechando la oportunidad de
calentarlos con la ayuda del sol. Humprey Repton, uno de los
pocos arquitectos ingleses que advirtieron la ironía de esta mala
utilización de la arquitectura solar clásica, señalaba:
Al pasar por delante del bello pórtico corintio al norte de la mansión suelo sonreír pensando en lo incongruente de la arquitectura griega aplicada a los edificios de este país...
El renacimiento de los principios de orientación solar en Europa
tiene interés pero nos llevaría muy lejos. He preferido en esta
ocasión recorrer brevemente esa misma historia en la parte norte
de este continente americano.
La arquitectura solar americana partía del legado vernáculo. Las
tribus de indios Pueblos del sudoeste americano establecieron
algunas comunidades solares altamente sofisticadas. Durante los
siglos once y doce de nuestra era, los indios Anasazi
construyeron un cierto número de grandes aldeas (algunas de ellas
sobre el flanco de una meseta, otras en llanuras abiertas) que
evidencian un alto grado de sensibilidad a los movimientos
diarios y estacionales del Sol. Ruinas tan bien conocidas hoy
como las de Casa Larga en Mesa Verde, y Pueblo Bonito en el norte
de Nuevo México datan de este período clásico de la cultura
Anasazi.
Es bien conocido el común origen lingüístico y cultural de los
pobladores del continente americano, cuyo flujo principal (si no
único) corrió de Norte a Sur. Si no hago mención de ejemplos más
cercanos, peruanos en particular, no es porque no les considere
importantes, muy por el contrario revelan mi propia ignorancia
sobre la cultura de su país, tema del que espero aprender aquí
más que enseñar.
La ciudad del cielo de Acoma constituye uno de los ejemplos más
sofisticados de dicha arquitectura solar. Construida sobre lo
alto de una meseta, como lo estuvo la ciudad griega de Olinto,
Acoma consta de tres largas hileras de unidades de alojamiento
orientadas sobre un eje Este-Oeste. Cada unidad de alojamiento
se articula en dos o tres gradas dispuestas para permitir la
plena exposición solar de cada vivienda en invierno. La mayoría
de las puertas y ventanas abren al sur, y los muros están
construidos con adobe. El Sol incide sobre estos cerramientos
meridionales absorbentes de calor mucho más directamente en
invierno que en verano. Por contra, la techumbre horizontal de
cada grada está construida de paja y barro tendidos sobre un
forjado de troncos y ramas de pino para aislar a las habitaciones
inferiores del alto Sol de verano.
Figura 27: Vista general de Acoma.
Importa señalar que los principios solares no sólo atañen a cada
vivienda en particular, sino que también ordenan el propio
trazado de la ciudad, capaz de garantizar a todas las viviendas
el acceso al Sol invernal. Este doble aspecto ya lo vimos en la
arquitectura griega.
Los colonizadores españoles que se establecieron en el sudoeste
de Estados Unidos solían construir de acuerdo con una planta
solar. Sus alojamientos adoptaron la forma de casas separadas no
muy distintas a las habituales en muchas partes de España. La
típica casa colonial española era una construcción de adobe con
orientación Este-Oeste y las habitaciones principales abiertas
al sur. Los muros regulaban la temperatura, disminuyendo
significativamente el salto término respecto al del espacio
exterior. Las ventanas, plagadas generalmente de partes móviles,
tales como contraventanas exteriores e interiores, permitían
aprovechar o protegerse de las condiciones climáticas exteriores,
según éstas fueran favorables o desfavorables. La casa podía
abrirse o cerrarse según conviniera. La arquitectura colonial
española no siempre sobrevivió a la afluencia de gringos del Este
norteamericano. Con sus raíces ancestrales en Inglaterra y el
resto de la Europa nórdica, estos inmigrantes no comprendieron
la adaptación del adobe al medio, y con frecuencia sustituyeron
estas construcciones por casas de madera más adecuadas al clima
de Nueva Inglaterra.
En vivo contraste con la arquitectura vernácula americana, la
gran inmigración de la segunda mitad del siglo XIX provocó el
crecimiento rápido de ciudades como New York, Filadelfia, Boston
o Baltimore, de forma paralela al crecimiento experimentado por
las ciudades europeas. Las condiciones de estas ciudades eran tan
malas como la de los inmundos y hacinados barrios obreros de las
ciudades europeas. Viviendas de pésima calidad constructiva,
orientadas de cualquier modo y faltas de ventilación adecuadas.
Algunos arquitectos criticaron este estado de cosas y
reivindicaron la obligación de que los alojamientos ofrecieran
mejores condiciones ambientales que las del espacio exterior
preurbano, es decir, que las condiciones propias del clima que
los colonizadores se encontraron. El programa puede resumirse,
una vez más, en la regla de sentido común: casas templadas en
invierno y frescas en verano.
Sin embargo, el trazado urbano junto a las altas densidades
propiciadas por la especulación inmobiliaria no permitían al
arquitecto individual diseñar los edificios con la calidad
ambiental como objetivo: los edificios de enfrente impedían el
acceso al sol, un derecho reconocido desde antiguo del que eran
desposeídos los nuevos urbanitas. Este problema básico, más
urbano que edilicio, llamo poderosamente la atención del
arquitecto William Atkinson, reformador de Boston. Atkinson
percibió como "el rascacielos se beneficia de la luz... a
expensas de los edificios más bajos y antiguos". Consiguió
convencer al ayuntamiento de la importancia de garantizar el
acceso al Sol de todos los edificios, y en breve la ciudad contó
con nuevas leyes por las que se limitaba la altura de las nuevas
construcciones.
Figura 28: Obstrucción solar de un rascacielos en Boston,
Atkinson, ca. 1904.
En 1910 Atkinson se interesó también por la mejor orientación de
las habitaciones vivideras (bajo el supuesto de que la forma y
ordenanza urbana garantizaban el acceso del Sol a las fachadas).
El problema era ahora estudiar el comportamiento respecto al Sol
de cada una de las posibles fachadas. Los resultados para los
meses de verano confirmarían su hipótesis de que las ventanas al
Este y al Oeste recibían demasiado Sol estival. El 21 de junio,
por ejemplo, una caja solar orienta al Este alcanzaba en su
interior 47 grados centígrados a las 8 de la mañana; 27 grados
más que la misma caja solar orientada al sur y 22 grados mas que
la temperatura exterior.
Figura 29: Carta de soleamiento de Atkinson.
Optimista sobre el potencial del calor solar, Atkinson publicó
en 1912 un libro titulado La orientación de los edificios, o
proyectando para el Sol. Pero la realidad no confirmó sus
expectativas. Pocos arquitectos americanos siguieron sus ideas
sobre el aprovechamiento de la orientación solar para obtener
calefacción gratis en invierno. Los resultados de Atkinson fueron
olvidados pronto.
Resulta irónico en todo caso que Atkinson redescubriera la
técnica de orientación solar griega unos 2.500 años después de
que fuera explícitamente formulada y además no se le hiciera
ningún caso. Esto dice poco a favor de la veracidad de los
objetivos declarados explícitamente por la ciencia y la técnica
industriales.
El desarrollo de la arquitectura solar en algunas de las
tendencias del Movimiento Moderno europeo, y en particular la
tarea de divulgación del Royal Institute of British Architects
(RIBA) originaron una nueva ola de interés en los años treinta.
Las cartas e instrumentos solares prendieron rápidamente en
Europa, abriéndose pronto paso a los estudios de urbanistas
americanos como Henry Wright, quien propugnaba el uso de esta
información para determinar cómo obtener el máximo provecho del
calor solar.
Su hijo Henry N. Wright continuó los trabajos de su padre, con
el objetivo de determinar exactamente cuánto calor podía ganar
un edifico en New York durante las diferentes estaciones con sus
ventanas abiertas a diversas orientaciones. Wright abordó la
relación entre orientación de ventana y calor en el edificio
aplicando la información meteorológica de New York a la publicada
por el RIBA sobre exposición solar. Como Atkinson y muchos otros
a ambos lados del Atlántico creían haber "descubierto" antes, la
orientación sur resultó ser la mejor para el calentamiento
invernal y confort en verano. Mediante sus publicaciones, Wright
ponía este mensaje al alcance de miles de lectores.
Figura 30: Soleamiento, orientación y confort, Henry N. Wright,
1938.
Al tiempo que se sucedían tales estudios teóricos, el arquitecto
George Fred Keck comenzaba a poner en práctica la arquitectura
solar. Keck no sabía nada de la arquitectura solar griega o
romana, ni tampoco había oído mencionar los trabajos de Atkinson
o las modernas comunidades solares de Europa. Pero un día de
invierno Keck tuvo una experiencia que le convencería de una vez
por todas de la utilidad del vidrio como ayuda a la calefacción
doméstica. Durante una visita de obra a una de las casas que
construía advirtió que:
Los obreros estaban dentro ocupándose de los acabados. Era en enero o febrero... y el Sol brillaba muy intensamente, había como una docena de obreros en camisa, sin chaqueta. Y no obstante estábamos sin calefacción, porque no habían instalado aún la central. La temperatura exterior era inferior a los 0 grados centígrados y los hombres estaban allí dentro tan confortables sólo en mangas de camisa ¡y era por el calor del sol!
Careciendo de acceso a los medios de financiación institucional,
Keck sólo podía ensayar su teoría en las viviendas que
normalmente proyectaba para clientes particulares. Según sus
propias palabras: "Construíamos cada año una casa pequeña para
alguien, y cada vez ensayábamos el orientarla hacia el Sol y
abrir más y más cristal al sur". Sus diseños de casas solares
fueron integrando poco a poco los distintos elementos del clima,
tales como la protección frente a los vientos fríos del Norte,
la protección solar al Este y, sobre todo, al Oeste, la
ventilación cruzada capaz de aprovechar brisas suaves en verano,
etc. Todos estos detalles se aparecían claramente en la forma
típica de la planta de sus proyectos.
Figura 31: Casa Howard Sloan, diseño solar de Keck, 1940.
Tras la Segunda Guerra Mundial este genero de principios llegó
a popularizarse en cierta medida, hasta el punto de convertirse
en mercancía, tal y como puede verse en los anuncios de
publicidad de revistas tales como la Popular Science. Este
renacimiento de la arquitectura solar reavivó asimismo la
controversia de los ingenieros sobre la efectividad de los huecos
acristalados orientados al sur. Esta controversia tuvo su origen
en las casas todo cristal de algunas de las tendencias más
"radicales" del Movimiento Moderno y del Estilo Internacional,
en las que grandes superficies acristaladas aparecían en
cualquier orientación, provocando enormes ganancias de calor en
verano y cuantiosas pérdidas en invierno, con la consiguiente
necesidad de equipos tanto de calefacción como de refrigeración.
Sin embargo, quien quiera que usará el vidrio en conjunción con
la orientación adecuada obtenía siempre buenos resultados.
Figura 32: Propaganda de casas solares en Popular Science, 1945.
Poco a poco los arquitectos interesados en el concepto de casa
solar fueron reinventando las persianas, cortinas, contraventanas
y toldos que podían reducir las pérdidas de calor en las noches
invernales, o la ganancia en los días estivales. Todavía más,
Arthur Brown creyó descubrir por vez primera la utilidad del
color negro en los muros interiores tras una cristalera orientada
al sur, en realidad un principio ya explicitado por Paladio en
su tratado del siglo IV.
Figura 33: Casa Tucson, diseño solar de Brown, 1945.
A pesar de tales mejoras, la construcción solar comenzó a
desfallecer a fines de los años cuarenta, en parte porque la
ética del ahorro propia del período de guerra se había
desvanecido rápidamente. Con la energía de origen fósil cada vez
más barata, a poca gente importaba la contribución del Sol a
rebajar las facturas por calefacción.
De hecho, las casas orientadas solarmente continuaron gozando de
popularidad durante un tiempo entre los ricos, que podían
costearse un arquitecto versado en las técnicas de la calefacción
solar y la refrigeración natural. Las casas solares diseñadas por
encargo florecieron de Maine a California, y de Texas a Canadá
durante los últimos años cuarenta. Sin embargo, finalmente, la
creciente popularidad de la calefacción y los sistemas de
ventilación mecánicos (reforzada por los precios en permanente
caída de los combustibles) llevaría a una pérdida de interés casi
total por la arquitectura solar para finales de los años
cincuenta.
El uso de colectores solares para calefacción doméstica no era
totalmente nuevo. El primer caso registrado se remonta a los años
1880, cuando Edward Morse, botánico y etnólogo de reputación
mundial, empleó una caja caliente para este fin. Morse había
observado que al correr unas cortinas oscuras tras una ventana
soleada, éstas se calentaban en extremo, produciéndose corrientes
de aire templado entre las mismas y los cristales. Así pues, ¿por
qué no aplicar el mismo principio a la calefacción de una
estancia o de una casa? Como modelo de ensayo de su teoría, Morse
construyó un primer aparato: apenas una caja caliente adosada al
muro sur de un edificio, con aberturas que permitían al aire
exterior penetrar en ella y al aire calentado solarmente escapar
a las habitaciones. A principios de 1882, el primer calentador
solar de aire de Morse es instalado en el Museo Peabody de Salem.
Scientific American lo calificaría de "ingenioso dispositivo para
la aplicación del calor de los rayos solares a la calefacción de
nuestras casas... y sin embargo tan simple y autónomo que uno se
pregunta cómo no ha sido usado siempre". A pesar de esta
publicidad y del éxito práctico obtenido, su idea permanecería
en el olvido durante medio siglo.
Figura 34: Calentador solar de Morse, 1881.
El otro gran hito de la calefacción solar son las casas
experimentales del Massachusetts Institute of Technology (MIT),
bien conocidas.
En 1938, los ingenieros de esta vanguardista institución
americana recibieron fondos por valor de 650.000 dólares para
iniciar una investigación sobre el uso de colectores sociales
para calefacción doméstica. El programa fue dirigido por Hoyt
Hottel, con la ayuda de Byron Woertz, a la sazón estudiante
graduado. Hottel era conocedor de los muchos logros anteriores
en el campo de la energía solar y se proponía comprobar
científicamente sus posibilidades para la calefacción doméstica.
Decidió primero estudiar el colector plano; el mismo que se había
empleado con éxito en California para calentar agua destinada a
usos domésticos.
El equipo investigador abordó un riguroso estudio científico de
la viabilidad técnica y económica de una calefacción basada
exclusivamente en la energía solar. Su primera tarea fue
construir un pequeño edificio que sirviera de laboratorio
experimental. Como curiosa anécdota hay que decir que el
arquitecto y el constructor emplearon una brújula magnética no
corregida para determinar la posición del norte geográfico (en
vez de emplear el Sol como antiguo); como resultado el edificio
se desvió 7 grados del verdadero Sur.
Figura 35: Primera casa solar del MIT
Concluido el edificio, se instalaron 14 colectores planos sobre
el faldón sur de su cubierta con una inclinación de 30 grados
respecto a la horizontal. El agua caliente era bombeada hasta la
cumbrera de la vivienda, desde donde se enviaba hasta un depósito
acumulador de 66.000 litros que ocupaba totalmente el sótano. El
aire frío era extraído de las habitaciones mediante ventiladores
y era insuflado al depósito caliente. Una vez templado el aire
retornaba a las habitaciones, calentando el edificio. En
consecuencia el sistema era "activo", necesitando aporte de
energía eléctrica para accionar las bombas y ventiladores que
transportaban el calor. A diferencia de las casas solares de Keck
y del calentador solar de aire de Morse, el sistema no era capaz
de funcionar sin aporte energético externo.
Desde un punto de vista técnico, los resultados del experimento
fueron por lo general positivos; con ayuda de los colectores
solares el laboratorio mantuvo una temperatura constante de 23
grados durante todo el invierno. Sin embargo, los resultados del
análisis económico fueran inequívocamente desfavorables. Aparte
de demostrar su propia viabilidad técnica, el experimento dio a
conocer importantes datos. El informe de Hottel y Woertz es
considerado todavía como un clásico en el tema. Ambos ingenieros
destacaron los principales factores incidentes sobre el
rendimiento del colector solar: inclinación del dispositivo sobre
la cubierta, transmisión lumínica de las tapas de cristal,
pérdida de calor por las otras cinco paredes opacas del colector,
tipo de material absorbente utilizado y varios otros aspectos
esenciales. En realidad, todos estos conceptos ya habían sido
apreciados por los anteriores inventores, de manera que hay que
concluir que el articulo de Hottel y Woertz es clásico por haber
empleado el lenguaje científico en su exposición, con las
necesarias ecuaciones de estado del colector solar y demás
parafernalia. Así, por citar un ejemplo, la investigación del MIT
demostró que la eficacia del colector plano se reduce al aumentar
la diferencia de temperatura entre la placa absorbente y el aire
exterior, hecho bien conocido con anterioridad y que había
sugerido el empleo de sistemas de baja temperatura en los motores
solares. De otra parte, un sorprendente descubrimiento fue que
la suciedad y el hollín en suspensión aérea afectan escasamente
al rendimiento del colector.
Las dificultades de índole económica del primer experimento del
MIT sugirieron a otros investigadores usar el propio aire como
agente transmisor del calor, un poco en la línea inicial del
sistema de Morse. Tal es el caso del sistema de George Löf,
instalado en su propia casa durante la Segunda Guerra Mundial.
El sistema de acumulación empleado fue en esta ocasión piedra
machacada, guardada bajo el suelo y aislada. El sistema consiguió
suministrar un tercio de las necesidades de calor de la casa
durante un invierno. El resto de la energía era suministrado por
un sistema de calefacción de aire, enteramente convencional. El
colector solar con aire tenía la ventaja evidente de acoplarse
sin dificultad a los equipos habituales de calefacción en aquella
época.
Muchos otros experimentos de este genero tuvieron lugar en el MIT
y en otros lugares. En 1958, el equipo de investigación solar del
MIT construyó su cuarta casa solar: un alojamiento de nueva
planta levantado en Lexington, Massachusetts. Nuevamente, los
investigadores utilizaron agua caliente solar para templar la
casa. Pero en esta ocasión sólo aproximadamente un 50 por ciento
del calor necesario era suministrado por el Sol. El personal del
MIT llevaría a cabo un análisis económico sumamente sofisticado
de este sistema: sobre la base del bajo costo de los combustibles
fósiles en aquellos años calcularon que los costos del sistema
de calefacción solar deberían reducirse en un 80 por 100 si se
aspiraba a lograr un período de amortización de diez años.
Pese a tales opiniones pesimistas, los años de investigación
habían demostrado la viabilidad técnica de la calefacción
doméstica solar para edificios situados en climas fríos. El único
obstáculo insalvable era el elevado costo, siempre económico.
Figura 36: Cuarta casa solar del MIT.
Baste señalar que hasta las sucesivas crisis en los precios del
petróleo, las sociedades industriales se lanzaron tras la senda
del crecimiento económico indefinido, amparadas en una abundancia
de recursos y sustentadas por un consumo energético siempre en
crecimiento. Al mismo tiempo, en otros lugares y con otras
condiciones (Israel, Australia o Japón) la energía solar en
cualquiera de sus formas experimento sucesivos períodos de auge
acompañada siempre por un temor local a la escasez futura de
combustibles. Tal es el caso de Israel, siempre temeroso de un
corte en el suministro de petróleo, dada su posición geográfica.
Figura 37: Calentador solar corriente en Australia.
Además del petróleo, la pesadilla de la energía nuclear vino a
constituirse en la fuente de energía barata e inagotable, capaz
de desanimar al más optimista de los investigadores solares.
Como contraste, nótese que la carrera de armamentos si que
propició (sin importar ningún criterio sobre el coste económico
en esta ocasión) una investigación extensa sobre la energía
solar, en particular sobre la energía fotovoltaica; cuyo uso
todavía no ha llegado a ser popular debido como siempre a un
problema de coste económico.
Figura 38: Propaganda acerca del crecimiento indefinido de la
oferta de energía fósil.
La cuestión del abastecimiento de combustible en la actualidad
nos recuerda a la situación vivida en la Grecia y Roma antiguas.
Mientras que los combustibles convencionales siguen agotándose
y encareciéndose sólo relativamente, las alternativas parecen
limitadas. Todas las nuevas técnicas (extracción de petróleo de
arena o de esquistos bituminosos, la producción de fuel-oil
sintético, la energía nuclear), presentan numerosos problemas
ecológicos (e incluso económicos).
El Sol es, sin embargo, una fuente probaba de energía capaz de
satisfacer indefinidamente a muchas de nuestras necesidades
energéticas, de hecho a todas, si pudiéramos o supiéramos adaptar
nuestras necesidades a los recursos disponibles en nuestro
rededor. Resulta asombroso el hecho de que la más eficiente de
las técnicas solares, la arquitectura solar pasiva, haya sido
redescubierta innumerables veces, para volver a ser olvidada.
El Sol podría ser la fuente energética práctica y abundante de
la que dependiera la civilización el día en que se agoten los
actuales suministros de combustibles fósiles. Y quizás nos
encontremos en el umbral de una perdurable y estable era solar.
La historia ofrece numerosas lecciones que facilitarían esa quizá
deseable transición a una nueva era.
Lo cierto es que los navíos romanos navegando por el Mediterráneo
en busca de leña han sido sustituidos por los petroleros rumbo
al Golfo Arábigo; su objetivo es el mismo. Mientras tanto el Sol
todavía nos calienta, aun cuando los bosques del Norte de Africa
desaparecieran hace largo tiempo. Y seguirá calentando a las
generaciones futuras después de que los pozos de gas y petróleo
se hayan vaciado, y sea lo que sea de nuestra actual
civilización.
Por ello lo más reseñable de esta historia reside en aquellas
características que propiciaron que los seres humanos se
interesaran, fabricaran y emplearan técnicas solares y aquellas
otras que propiciaron lo contrario.
Entre las primeras pueden enumerarse algunas: la autonomía
individual, el uso local, el interés por el conocimiento. Entre
las últimas sólo encontramos una: una particular visión económica
del mundo, que utiliza la moneda como vara universal de medida.
Estas características favorables y desfavorables al desarrollo
de técnicas autónomas y sostenibles no son exclusivas de la
arquitectura solar. Por el contrario, la historia de muchas
soluciones o problemas arquitectónicos e ingenieriles conducen
a conclusiones similares.
La búsqueda de nuevas claves de comprensión ha ido surgiendo en
muy diversas áreas de conocimiento, según los ideales de la
Revolución Industrial se han mostrado incapaces de explicar el
devenir histórico, de entender como técnicas eficientes se veían
sustituidas por técnicas problemáticas (pero económicamente
rentables para algunas partes del planeta).
Esta búsqueda de nuevas claves exige salir fuera del marco
estrictamente arquitectónico, dando sentido nuevo a palabras
tópicas como "interdisciplinar" adjetivo muchas veces empleado,
pero vacío también de más contenido que el de mezclar distintos
titulados en las portadas de los trabajos. Esta "salida hacia
fuera" cuadra también con la vocación generalista, de la
arquitectura. Quizá tras realizarla, podamos encontrar respuestas
detalladas a estos sucesivos pasos atrás de técnicas eficientes,
tal y como la técnica solar.
Butti, Ken et John Perlin (1980) A golden thread. (Se cita la
versión castellana: Un hilo dorado. Madrid: Blume, 1985) .
Esquilo (1993!) Tragedias completas. (Madrid: Cátedra) .
Gille, Bertrand (1980) Les mécaniciens grecs. (Éditions du Seuil.
(Se cita la tr. castellana: La cultura técnica griega. Barcelona:
Juan García Ediciones, 1985).)
Maunder, W.J. (1988) The human impact of climate uncertainty.
(London: Routledge) .
Naredo, José Manuel (1987) La economía en evolución. (Madrid: Siglo
XXI Ediciones) .
Paladius (1990!) De Re Rustica. (Madrid: Ed. Gredos. Tr.
castellana: Tratado de agricultura. Medicina Veterinaria. Poema
de los injertos. por Ana Moure Casas) .
Pou, Antonio (1992) "Cambio climático y referencia a la
degradación de suelos". (Ecosistemas, n.3) .
Vázquez Espí, Mariano (1986) "Siete malentendidos alrededor de la
arquitectura vernácula" (en La tierra, material de construcción.
Soria: Interacción, pp. 199-210.)
Vázquez Espí, Mariano (1997) "Los límites de la técnica". (Boletín
de la Biblioteca Ciudades para un futuro más sostenible, número
3 http://habitat.aq.upm.es/boletin/n3/amvaz.html) .
Vitruvio (1970!) Los diez Libros de Arquitectura. (Barcelona:
Editorial Iberia, tr. directa del latín por Agustín Blazquez) .
Fecha de referencia: 30-4-1999
| Boletín CF+S > 9 -- Por una arquitectura y un urbanismo contemporáneos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n9/amvaz.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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