| Boletín CF+S > 9 -- Por una arquitectura y un urbanismo contemporáneos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n9/aaale.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Resulta significativo y aleccionador que sea en la región donde por
primera vez surge el urbanismo, la misma zona en la que aparece la
primera gran crisis ambiental registrada históricamente, y que ésta
resultara en un agudo proceso de desertificación. Como describe
Clive Pointing, hacia el 3500 a.C. en la Baja Mesopotamia, en torno
al curso final de los ríos Tigris y Eufrates aparecieron las
primeras ciudades-estado [Clive Pointing , 1992]. Estos primeros
núcleos urbanos, con una población importante, vieron la aparición
de las primeras formas de propiedad privada, una aumento de la
estratificación social, y el desarrollo de una elite religiosa,
administrativa y militar. Este proceso de diferenciación y
complejización social tuvo sus bases estructurales en una
agricultura de regadío que se hizo cada vez más intensiva. El
mantenimiento de una creciente elite, junto a una política
expansionista conllevó un proceso de intensificación agrícola
mediante el desarrollo de infraestructuras hidráulicas cada vez más
complejas. La sobreexplotación del medio produjo la salinización
del suelo y la posterior desertificación de la región [Redman
, 1992]. Hacia el 1700 antes de nuestra era, los niveles de sal en
todo el sur de Mesopotamia eran tan altos que no se cultivaba trigo
en absoluto. Y, las antaño fértiles tierras de Mesopotamia a las
que se refiere la Biblia, se convirtieron en el desierto que son
ahora.
Desde entonces el binomio desertificación - urbanización ha sido
una de las constantes en la historia verde del mundo. Ya fuera por
la expansión de las ciudades sobre sus hinterlands, ya fuese por la
tala de bosques para abrir nuevos campos de cultivo para alimentar
a la creciente población urbana o bien para conseguir madera para
combustible o con la que levantar sus edificaciones, el crecimiento
urbano favorecía las condiciones asociadas a la desertificación.
Con el desarrollo experimentado por el proceso de urbanización a
partir de la Revolución Industrial y sobre todo por el crecimiento
de las ciudades después de la Segunda Guerra Mundial[1], los efectos
de la urbanización sobre el medio ambiente y, en concreto, sobre la
aceleración del proceso de desertificación no han hecho más que
crecer[2].
A continuación enunciaremos los diferentes puntos que van a
estructurar este artículo[3]. Su objetivo fundamental es el de
analizar el efecto que la urbanización ejerce sobre el proceso de
desertificación, centrándonos en las causas socioculturales
subyacentes a los procesos físicos y químicos que provocan
directamente la pérdida de productividad de los suelos. Antes de
señalar los temas a tratar parece conveniente señalar la región en
la que hemos centrado nuestra análisis-reflexión. Esta ha sido el
Mediterráneo, y ello ha venido condicionado por dos razones. La
primera es resultado de nuestra situación dentro de esta región y,
en segundo lugar, porque los factores socioeconómicos que han
ocasionado un cambio en los usos tradicionales del suelo, y que
terminan por provocar la desertificación de los mismos, cobran en
esta zona del planeta una extraordinaria importancia, tal y como ha
denunciado el Informe Plan Azul (1989).
Señala este estudio que para el año 2025, 70.000 km2 de la
superficie de los países costeros del Mediterráneo estarán
destinados a suelo urbano, carreteras y autopistas [Plan Azul
, 1988:387]. Esta superficie es, por si sola, lo suficientemente
importante y significativa para introducir el factor urbanización
dentro del debate sobre la desertificación.
El ya mencionado Informe Plan Azul apunta que las principales
amenazas para los suelos del arco Mediterráneo son:
Una vez señalado el objetivo general y el área geográfica de
estudio, la ponencia quedará estructurada en los siguientes puntos:
en primer lugar, definiremos los conceptos ejes de este artículo,
desertificación y urbanización y se describirá las relaciones de
carácter sistémico que unen campo y ciudad, describiremos las
relaciones causales que existen entre el proceso de urbanización y
el de desertificación. En el segundo punto, utilizando esta visión
sistémica, mostraremos cómo la ciudad desempeña un papel relevante
en el proceso de desertificación del Mediterráneo. En tercer lugar,
se harán una serie de propuestas basadas en las teorías del
desarrollo urbano sostenible encaminadas a alterar el efecto
negativo que la urbanización ejerce en este proceso. Por último
contrastaremos el fracaso de la utopía del urbanismo moderno que
propone la expansión ilimitada de la ciudad como paradigma del
progreso, al enfrentarse al fenómeno de la progresiva
desertificación de las tierras de las que, paradójicamente, obtiene
buena parte de sus flujos de materia y energía.
Comenzaremos definiendo urbanización. La podemos entender desde una
doble perspectiva. Primero, como la expansión física de la ciudad,
el crecimiento del espacio urbanizado. Segundo, como una forma de
vida, como parte del proceso más amplio de cambio cultural.
Entendida desde esta doble perspectiva, los efectos de la
urbanización no se limitan al área afectada por el proceso
constructivo sino que sus impactos tienen un radio de acción mucho
más amplio. Por lo que se refiere al espacio urbanizado éste
incluye los espacios construidos y los espacios reservados a las
infraestructuras, pero también los espacios no construidos, tales
como terrenos deportivos, parques, espacios verdes, a los que hay
que incluir cementerios, aeropuertos, suelos industriales,
autopistas de circunvalación, depósitos de residuos, etc., así como
el espacio destinado por los planes urbanísticos a la expansión de
la superficie urbana.
La desertificación según el diccionario es un proceso de pérdida de
la productividad de los suelos como consecuencia de la acción
entrópica y de la sequía. Ya ha sido señalado que nuestro análisis
se ceñirá a los factores socioculturales subyacentes a los procesos
físico-químicos que relacionan la expansión de la urbanización con
la propagación de la desertificación.
En este sentido, cabe volver a hablar, aunque con una perspectiva
ambiental, del binomio campo-ciudad. Durante mucho tiempo la
dialéctica campo-ciudad ha centrado los debates de la teoría
crítica urbanística. Si bien, este binomio comienza a ser
suplantado por la oposición entre ciudad y medio ambiente, resulta
imposible prescindir del elemento rural para entender los efectos
del urbanismo sobre la aceleración del proceso de desertificación.
El campo sufre una serie de presiones por parte del mundo urbano
que repercuten directamente en la agudización del problema de la
desertificación. En primer lugar, la emigración campo-ciudad que ha
dejado vacíos buena parte de los pueblos (especialmente de la zona
centro de la península); seguro que oiremos durante este ciclo de
conferencias que el abandono del campo es una de las principales
causas del avance de la desertificación. En segundo lugar, la
expansión de las áreas urbanas se hace en perjuicio de las zonas
rurales cercanas a las ciudades y convierte en lo que en el pasado
era tierras de cultivo en superficies de cemento y asfalto, o en
solares inutilizados en espera de ser vendidos. Por último, el
urbanismo, entendido como forma de vida debilita los lazos no sólo
económicos sino también simbólicos y afectivos que la gente de los
espacios rurales mantenían con el campo. En resumen, la
urbanización acelera el cambio de usos tradicionales de la tierra
hacia modelos no sostenibles.
Asociado a la expansión de la urbanización sobre las áreas rurales
nos encontramos no sólo con un proceso de degradación de las
condiciones edáficas [Horbert et al , 1980:266] que antaño eran
mantenidas por una interrelación más armónica entre el ser humano
y la naturaleza. Junto a la disminución de la riqueza natural que
conlleva el proceso de desertificación, aparece otra serie de
pérdidas culturales y económicas:
Desde la perspectiva sistémica, el medio ambiente urbano podría
conceptuarse como un polisistema formado por un conjunto dinámico
de sistemas abiertos que intercambian materia, energía (reciben
productos, emiten residuos) e información con el medio exterior. El
medio ambiente urbano se caracteriza por devorarlo todo y, en
consecuencia, también por excretar, tras su digestión, ingentes
cantidades de residuos. Se entiende la ciudad como un sistema
heterotrófico porque importa todo del exterior y exporta entropía,
energía y materia en forma degradada, que acelera la degradación de
las zonas exteriores de las que la ciudad se alimenta.
Por lo tanto, la ciudad mantiene un ciclo abierto que genera y
expulsa entropía. Necesita de enormes cantidades de materia y
energía para su sostenimiento lo que favorece la sobreexploación
del medio rural y la puesta en práctica de prácticas agrícolas y
ganaderas no sostenibles. También absorbe gran cantidad de
población que abandona los núcleos rurales. A cambio la ciudad
exporta ingentes cantidades de materia degradada en múltiples
formas: residuos sólidos, aguas contaminadas, aire polucionado,
etc. A esto hay que sumar lo que el Informe Plan Azul ha denominado
periferización, es decir, la extensión de la ciudad sobre su alfoz
o hinterland con modelos urbanísticos expansivos que consumen gran
cantidad de espacio. Las tierras circundantes que antes alimentaban
a la ciudad se han convertido en zonas de especulación inmobiliaria
en donde se desarrolla un nuevo concepto de ciudad, siguiendo el
modelo americano que representa un enorme derroche de espacio.
La fuerte presión que, en términos ambientales[4], ejerce la ciudad
sobre el medio rural, lleva a perfilar un nuevo conflicto de
graves consecuencias. Cuanto más grande es la ciudad, más
dependiente es del abastecimiento de recursos del exterior y más
refuerza el desarrollo de prácticas productivas no sostenibles que
favorecer la aparición del proceso de desertificación.
Por tanto, la urbanización produce un doble efecto que podríamos
denominar centrífugo y centrípeto en su participación en el proceso
de desertificación. Lo entendemos como centrípeto al convertirse
las ciudades en polos de atracción para los campesinos que
abandonan las tierras y para los flujos de materia y energía que el
sistema urbano consume, permitiendo el avance de la
desertificación. El efecto centrífugo sirve para denominar tanto el
proceso de expansión física de la ciudad sobre las áreas rurales
como el proceso de difusión cultural del estilo de vida urbano y de
formas urbanas de pensar y entender la relación sociedad -
naturaleza que están en la base de los procesos de insostenibilidad
ecológica a los que pertenece la desertización.
Una vez que hemos definido los conceptos sobre los que vamos a
trabajar y apuntadas las primeras ideas sobre el binomio
desertificación - urbanización, pasamos a mostrar cómo la
urbanización actúa como motor de buena parte de los factores que en
opinión de los expertos son causantes directos de la
desertificación.
Siguiendo el hilo conductor de esta ponencia, podemos afirmar que
subyace una relación disarmónica entre campo y ciudad que participa
de aquella más amplia que existe entre sociedad y naturaleza.
Podríamos entender la desertización como el resultado de la
competición por los recursos que se establece ente campo y ciudad.
Se compite por suelo, por recursos hídricos y por personas o mano
de obra. La desertificación es uno de los resultados de que la
balanza se venza hacia el lado del mundo urbano. La competición se
traduce en un cambio en los usos de suelo y de sus composiciones
físicas y químicas que favorecen el proceso de desertificación. No
obstante, nuestro interés se centra en investigar las causas
socioculturales que subyacen a las acciones que directamente
inciden en la expansión del proceso de desertificación. En otras
palabras, qué es lo que provoca el desarrollo de acciones y
actividades no sostenibles y que, en este caso concreto, ligan
desertificación y urbanización.
En el esquema podemos ver cómo se traduce esta competición antes
mencionada. Pero antes cabe mencionar una característica del
entorno construido que aumenta los impactos negativos que provoca
sobre los ecosistemas naturales. Para comprender en toda su
magnitud el impacto que provoca la expansión del espacio construido
sobre los ecosistemas naturales y humanizados hay que tener
presente que, mientras en el mundo natural los flujos son
mayoritariamente de carácter vertical, la urbanización y los flujos
de materia y energía a ella asociados, así como el propio
desarrollo del entorno construido, son de carácter horizontal. Así
se corta, impide o dificulta los flujos verticales de
funcionamiento que van desde la atmósfera al subsuelo. Por ello
resulta tan terribles los efectos de la expansión de las
infraestructuras urbanas. Ejemplo claro es la impermeabilización de
los suelos urbanos que impide la necesaria absorción de humedad por
parte del suelo y por tanto favorece la rápida pérdida de la capa
vegetal.
Los principales elementos del proceso de urbanización que alimentan
la extensión de la desertificación son:
Por lo que se refiere al primer punto, la expansión del espacio
construido, cabe decir lo siguiente: el alfoz de nuestras ciudades
se ha convertido en un espacio vacío[5] destinado a ser rellenado con
nuevas construcciones, edificios, carreteras y demás servicios e
infraestructuras anexas a la expansión de la urbanización
[Hernández del Aguila , 1989]. La especulación inmobiliaria se
convierte de esta manera en otro elemento asociado a la
desertificación.
Recuperar el alfoz, sus funciones tradicionales, como principal
sostenedor de la ciudad, es uno de los primeros objetivos del
urbanismo sostenible [Comisión de las Comunidades Europeas , 1991]
y también resulta un instrumento eficaz para detener el proceso de
desertificación.
Hasta hace unas pocas décadas el sistema de asentamiento humano
mediterráneo era bastante equilibrado. Consistía en un entramado
urbano de ciudades medias y pequeñas (con unas pocas excepciones en
cada país) que favorecían una ocupación racional del suelo. Las
ciudades medias y pequeñas tenían niveles de densificación altos
que liberaban las zonas agrícolas, con pequeños asentamientos
rurales (pedanías y caseríos) cuando las distancias entre los
campos y los asentamientos principales se hacían excesivas. En la
actualidad, este modelo está desapareciendo al imitarse desde hace
un par de décadas el modelo urbano americano. Este modelo de
hábitat unifamiliar, de baja densidad y muy extensivo es
ecológicamente insostenible. Se le une a un consumo exagerado de
suelo, que es robado de sus funciones tradicionales agrícolas, un
consumo energético altísimo ya que depende exclusivamente del
transporte en automóviles particulares.
Dentro de este proceso de expansión del modelo urbano americano
extensivo habría que incluir el desarrollo del turismo inmobiliario
[Mazón y Aledo , 1996] que participa de la misma problemática cuando
se desarrolla en zonas rurales. A ello hay que sumar la lucha por
los recursos hídricos que se establecen entre el sector agrícola y
las urbanizaciones de segunda residencia que afloran como hongos
por los alrededores de nuestras ciudades. El cambio de usos en el
suelo sumado al impacto de las infraestructuras de transporte
favorecen al desarrollo de la desertificación de una manera
directa, al menos en nuestras regiones. El modelo turístico del
Mediterráneo español se basa, salvo contadas excepciones, en la
promoción y venta de apartamentos y chalets, lo que hemos
denominado turismo inmobiliario. Este turismo es de carácter
extensivo y genera, a diferencias del turismo hotelero, un enorme
consumo de espacio, favorece la expansión de la urbanización, el
cambio en el uso de la tierra y esperas "especulativas" que ponen
en baldío tierras que eran, en el pasado, productivas. Como será
repetidamente indicado, la falta de uso de estos ecosistemas
humanizados, propaga el proceso de desertificación, tal y como está
sucediendo en buena parte de las zonas costeras y semicosteras de
la provincia de Alicante.
Y no sólo son las tierras de cultivo las que se ven amenazadas por
el avance casi imparable de la urbanización. Al igual que se
reconoce la importancia de la actividad agrícola, cada vez más se
reconoce las funciones ambientales, económicas y sociales de los
bosques, los cuales también han estado amenazados por la expansión
del proceso urbanizador desde la aparición de las primeras
ciudades. La protección del bosques es beneficiosa por su
influencia sobre el clima, su capacidad de retención de agua y
freno a la erosión: por ser reserva de la biodiversidad, por su
capacidad de absorción de CO2, por los usos recreacionales y por
los usos industriales del bosque [Suris y Varela , 1995].
La competición por los recursos hídricos es un tema de persistente
actualidad en el sudeste español. Al consumo urbano o propio de las
ciudades habría que sumar el ocasionado por el sector turístico,
que está asociado en nuestras provincias al desarrollo de un, cada
vez más potente, sector turístico-inmobiliario. Por poner un
ejemplo, en la zona de la comarca de la Marina Alta de Alicante, es
decir entre Altea y Jávea son constantes los conflictos entre los
municipios de economía agraria y aquellos volcados al sector del
turismo. El sector turístico es un enorme consumidor de agua, a lo
que hay que añadir que la fuerte estacionalidad del producto
turístico del Mediterráneo español hace que la demanda de recursos
hídricos de este sector sea más elevada en el período de estío
cuando los recursos hídricos más escasean.
Las ciudades son centros de producción de entropía que toma forma
de contaminación. La creciente producción de residuos sólidos
urbanos y la manera no ecológica de tratarlos está convirtiendo al
extrarradio de nuestras ciudades en inmensos basureros que
contaminan el suelo y el subsuelo e influyen directamente en la
calidad de las tierras. También las emisiones gaseosas de los
automóviles, calderas e industrias urbanas tienen su impacto en la
extensión de la desertificación. Los gases ácidos expelidos por la
combustión participan también de la producción de lluvia ácida que
tiene efectos sobre la capa vegetal.
Por último, entre los factores que interactúan en la relación entre
los procesos de desertificación y urbanización cabría citar el
abandono del campo, el éxodo rural hacia las ciudades que ha dejado
numerosas tierras en desuso. Afirma el Atlas Mundial de la
Desertificación que: "las causas agrícolas más graves de
degradación del suelo en la Europa mediterránea son la deplobación
de las zonas rurales y los cambios en las prácticas tradicionales
de cultivo desde el final de la década de los cincuenta" [World
Atlas of Desertification , 1997:58]. El ecosistema mediterráneo es
un ecosistema profundamente humanizado. Desde hace casi diez mil
años, la acción antrópica ha sido parte fundamental en los
complejos ciclos de este ecosistema. La imbricación entre
naturaleza y sociedad ha sido tan larga y profunda en los países de
la cuenca mediterránea que al abandono de la acción humana,
fundamentalmente de la actividad agrícola, deja a los suelos
desprotegidos y abre el paso a los procesos de erosión y posterior
desertificación. En este sentido el Informe Brutland denuncia que
"las políticas agrícolas y de alimentos han tenido también a
promover un rápido crecimiento de las grandes ciudades. El poco o
incluso inexistente apoyo económico para la producción agrícola ha
inducido a los pequeños campesinos a dejar sus tierras [Informe
Brutland , 1989:293]. Por lo tanto, el reasentamiento de la
población rural y la reintroducción de prácticas agrícolas
sostenibles podría constituir una de los elementos más importantes
para frenar la desertificación en los países de la cuenca
mediterránea.
Es cierto que en España, en los últimos años se ha frenado el éxodo
rural y que, en numerosos casos, se percibe el inicio de una
tendencia hacia la recuperación demográfica de las zonas rurales.
No obstante, habría que ser extremadamente cuidadoso a la hora de
planificar las zonas residenciales de estos nuevos habitantes de
las zonas rurales. Frente a la aparición de nuevas urbanizaciones
es preferible la recuperación de los centros urbanos de nuestros
pueblos o la rehabilitación integral del caserío aislado que
incluyera, también, la recuperación de sus entornos ambientales.
Éstas y otras recomendaciones se ampliarán en el siguiente apartado
que corresponde al tercer punto de esta ponencia: la propuesta de
una serie de acciones e iniciativas dirigidas a alterar o, al menos
reducir, el impacto negativo que el urbanismo ejerce en el proceso
de desertificación.
A la hora de buscar soluciones o hacer propuestas encaminadas a
reconducir los efectos que la urbanización provoca sobre el medio
ambiente, y en concreto, en el proceso de desertificación, hay que
partir de una perspectiva amplia, interdisciplinar y crítica. Los
principios del urbanismo sostenible afirman que para cambiar el
signo negativo de la relación entre urbanismo y naturaleza, habría
que comenzar por restablecer las condiciones que permitieran pasar
de un ciclo urbano abierto a un ciclo urbano cerrado. Restablecer
un ciclo urbano cerrado significa reducir la entropía que produce
la ciudad, consiguiendo un sistema de reciclaje integral. Reducir
la producción de entropía conllevaría la mejora de la calidad de
vida de los urbanitas y la disminución de los elementos
urbanísticos y urbanos, señalados anteriormente en el esquema, y
que participan e influyen en el proceso de desertificación.
Dentro de este programa de reducción de entropía, la recuperación
de las funciones tradicionales del alfoz o hinterland se convierte
en un elemento fundamental de las políticas del urbanismo
sostenible. Con ello se conseguiría, primero reducir la extensión
y la presión del entorno construido y, segundo, establecer un área
de regeneración para la ciudad.
En la actualidad, el alfoz de nuestras ciudades es entendido como:
El concepto de sistema urbano cerrado se basa en dos objetivos:
Bien es cierto que tampoco se puede frenar de forma radical ciertos
procesos urbanísticos; entiéndase, el proceso de periferización ya
mencionado. No obstante, deberíamos de ser capaces de arbitrar
fórmulas compatibles entre esta tendencia hacia la expansión de una
urbanización horizontal con los usos tradicionales del suelo.
Habría que buscar formas imaginativas que armonizasen las demandas
de suelo residencial con la actividad agrícola. Si bien es cierto
que en la región de Murcia este punto no es un problema
excesivamente grande, dada la importancia del sector agrícola en la
economía regional, en otras zonas, por ejemplo en la provincia de
Alicante, la periferización representa una terrible amenaza y es
causa directa del abandono del campo y del avance de la
desertificación.
Con el fin de controlar la expansión urbana bajo parámetros de
sostenibilidad, hemos identificado una serie de propuestas y
acciones que de implementarse servirían para frenar el proceso de
desertificación, o al menos frenar las variables urbanas que lo
impulsa. Estas propuestas han sido obtenidas de las formulaciones
del urbanismo sostenible [Blowers , 1993] y son las siguientes:
No obstante, esta pauta cultural de consumo de suelo y de una mayor
densidad urbana está cambiando rápidamente, como ya ha sido
repetidamente señalado a lo largo de esta ponencia. Conforme se
eleva el nivel de vida el consumo de espacio es mayor. La adopción
del modelo urbano americano tiene consecuencias catastróficas tanto
para el medio ambiente como para la calidad de vida de nuestras
ciudades. La extensión de la urbanización, del espacio construido,
no sólo promueve la desaparición de las tierras de labor y zonas
naturales, así como un aumento en el consumo de hidrocarburos que
incrementa el efecto invernadero. Vale la pena mirar el nivel de
degradación social y urbanístico que se ha alcanzado en los centros
de las ciudades americanas para permitirse una reflexión sobre las
consecuencias que la imitación de este modelo puede tener a largo
plazo en nuestra forma y calidad de vida.
En este sentido, las últimas reformas de las leyes urbanísticas
aprobadas en nuestro país, me refiero a la nueva ley del suelo, no
parecen que van encaminadas en esta dirección. Muy al contrario, la
mayor liberalización de suelo que pretende la ley aumentará,
seguramente, el impacto ambiental de la urbanización y, sin
embargo, lo que no ha provocado, al menos por ahora, es un descenso
en el precio del suelo, tal y como pretendía la ley.
Por último, en referencia a las propuestas hacia un urbanismo
sostenible, cabría incluir el papel que los ciudadanos podemos y
debemos desarrollar en el mismo. Esta reflexión nos introduce en el
último punto de esta ponencia: el repensar la utopía del urbanismo
contemporáneo al ser contrastado con las implicaciones
socioambientales que provoca.
La desertificación es una de las señales que emite el ecosistema y
que denuncia la utopía del crecimiento ilimitado. La
insostenibilidad del actual sistema muestra la naturaleza utópica
del modelo de desarrollo occidental. Utopía, es -según el
diccionario- un plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que
aparece como irrealizable en el momento de su formulación
(Enciclopedia Hispánica). Resulta utópico pensar que podemos
continuar creciendo sin tener en cuenta los límites del ecosistema
sobre los que se construye este crecimiento.
Estamos situados en una especie de redencionismo tecnológico que se
cree capaz de superar todos los límites y todas las crisis. Al
igual que en el pasado se superaron las diversas crisis gracias a
nuevos inventos y nuevas formas de producción, nos creeemos que
podremos superar en el futuro los problemas ambientales.
Sin embargo, existe una línea de no retorno que estamos ya pisando,
- y eso en las formulaciones más optimistas. Cabría preguntarse
sobre la no retornabilidad del proceso de desertificación y el
papel que la urbanización desempeña en este proceso. Los teóricos
de la modernización vieron en el urbanismo y la industrialización
los dos factores fundamentales para el desarrollo económico de los
pueblos. La forma en que se ha desarrollado ese crecimiento al
margen de los límites ambientales pero también sociales y
culturales han terminado por situarnos en la Sociedad del Riesgo,
tal y como la denomina Ulrich Beck. La expansión de la
desertificación que ya lame los extrarradios de nuestras ciudades
es un ejemplo más del fracaso de la utopía del urbanismo
occidental. Un modelo que parece basarse en el crecimiento
ilimitado de la mancha de cemento a pesar de que con ello se
elimina y destruye ecosistemas básicos para la supervivencia del
propio sistema urbano.
En definitiva, nos debemos preguntar sobre qué es lo verdaderamente
utópico, cuál es la utopía si las propuestas ambientales y
ecologistas referidas a un futuro más sostenible, o la utopía del
crecimiento ilimitado del actual modelo.
Para terminar me gustaría introducir un último factor: el papel de
los ciudadanos en este complejo entramado de relaciones ecológicas
y socioeconómicas incluidas en la relación desertificación -
urbanización. No quisiera acabar dando la impresión de que las
personas y su capacidad de acción sobre los procesos sociales
terminan por desaparecer ocultas entre tanta causa estructural que
escapa a la acción humana. No olvidemos que los problemas
ambientales son problemas sociales, es decir humanos, porque al
final de todo análisis subyacen causas económicas, sociales y
culturales que ocasionan los problemas ambientales.
La acción solidaria y conjunta de los ciudadanos es fundamental
para comenzar a reconducir las relaciones entre ciudad y medio
ambiente. El modelo actual de ciudad no es impelido por la mano
invisible del mercado sino que detrás hay un conjunto de grupos
sociales, de personas con intereses económicos o políticos
contrapuestos, en continuo conflicto. El resultado de este
conflicto es la producción social del espacio y su configuración
actual determina una relación insostenible con el medio ambiente.
No obstante, existen otras formulas, otras formas de producción de
la forma urbana. El modelo que se desarrolle en el futuro está
continuamente replanteándose en la escena social. La acción humana,
la capacidad de los seres humanos de actuar sobre los procesos
sociales se hace más que nunca necesaria. Enfrentándonos a la
utopía irreal e insostenible del actual modelo urbano cabe la
realidad alternativa e imaginativa de los que queremos un futuro
sostenible.
Blowers, A (ed.) (1993) Planning for a sustainable environment.
(Earthscan, Londres) .
Comisión de las comunidades europeas (1991) Libro verde sobre el
medio ambiente urbano. (Bruselas) .
Gadner, G. (1997) "La conservación de las tierras de cultivo", (en La
situación en el mundo 1997, Lester Brown (ed.). Icaria, Barcelona) .
Horbert, M et al (1980) "Ecological contribution to urban planning",
(en 2. European symposium, Urban Ecology. Blackwell, Oxford) .
Jiménez Herrero, L. (1989) Medio ambiente y desarrollo alternativo,
(IEPALA, Madrid) .
Mazón, T. y Aledo, A. (1996) El turismo inmobiliario. (Diputación
Provincial, Alicante) .
Comisión Mundial del Medio Ambiente (1987) Nuestro futuro común.
(Alianza, Madrid) .
Plan Azul (1989) El futuro de la cuenca mediterránea. (Ministerio de
Obras Públicas, Madrid) .
Pointing, C. (1992) Historia verde del mundo. (Paidós, Barcelona) .
Redman, C. (1992) Orígenes de la urbanización en el Próximo y Medio
Oriente. (Crítica, Barcelona) .
Suris, J. y Varela, M. (1995) Introducción a la economía de los
recursos ambientales. (Civitas, Barcelona) .
UNESCO (1993) Programa de Educación sobre Problemas Ambientales en
las Ciudades. (Los Libros de Catarata, Madrid) .
Fecha de referencia: 30-4-1999
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