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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Madrid (España), julio de 1998.[2]
"Equilibrar socialmente a la ciudad y evitar que la ciudad se
convierta en testimonio de las diferencias y modos de vida que
nacen de la rentabilidad de las distintas funciones y actividades.
Quizá sea este uno de los modos mas activos y eficaces de hacer
habitable la ciudad para los ciudadanos".
Prólogo del Alcalde Don Enrique Tierno Galván en "Recuperar
Madrid", Ayuntamiento de Madrid, Oficina Municipal del Plan,
Madrid, 1982.
"Platón tenía su ciudad de 5.040 habitantes. Y permitía la
esclavitud, no del ciudadano ateniense, sino de otros grupos
subordinados. Ahora se trata de convertir a los 30 millones de
habitantes en ciudadanos".
Conversación con el arquitecto Argentino, Jorge Enrique Hardoy,
historiador de ciudades, con el periódico bonaerense Clarín, 18 de
Enero de 1987, Buenos Aires, Argentina.
Vivimos un momento histórico en que los peores problemas que
enfrenta la humanidad y que tienen un impacto directo en el estado
de salud de la población - el constante crecimiento de la pobreza;
la agudización de las disparidades y el creciente deterioro
ambiental - tienen un común origen en el modelo político-económico
prevalente. Las ciudades, por constituir la expresión física de las
sociedades que las construyen y de las interacciones políticas,
sociales y económicas de sus habitantes, reflejan estos
desequilibrios y se manifiestan como ciudades excluyentes y
segregadas. Ciudades donde el comportamiento de unos genera
consecuencias en la salud de otros.
Esta ponencia pone a la perspectiva de derechos humanos en el
centro de la ecuación al proponer se supere el urbanismo de trazado
y se tienda hacia un urbanismo cuya gestión contribuya a garantizar
la ciudadanía, reequilibrar a la sociedad al revertir disparidades
y garantizar igual calidad de vida y de acceso a los espacios, a
los servicios públicos y a las instancias de decisión, a todos los
habitantes sin discriminación de ningún tipo. En consecuencia
plantea la necesidad de lograr la calidad de vida y la salud no
solo combatiendo las enfermedades sino también combatiendo sus
causas profundas, es decir, las circunstancias políticas, sociales
y económicas y ambientales que fomentan la mala salud. Se aboga por
la necesidad de revertir las disparidades simultáneamente con la
necesidad de erradicar la pobreza; por la necesidad de actuar sobre
las causas de la pobreza y las disparidades y de no sólo limitarse
a aliviar los síntomas de la pobreza. Plantea el desafío de
establecer sistemas de gobernabilidad participativa que promueva
seguridad económica, justicia social, y respeto ambiental. También
señala las oportunidades que provienen de los instrumentos de
derechos humanos como base para construir sociedades inclusivas y
garantizar la ciudadanía. Se podrá, en consecuencia, abrir la
oportunidad para un nuevo urbanismo incluyente, expresión de una
sociedad solidaria y sana.
La congestión en la que viven los pobres acelera el contagio de las
enfermedades infecciosas, y también contribuye al stress, las
enfermedades crónicas y a la violencia. Además, la excesiva
concentración de población carente de infraestructura pone en jaque
al medio ambiente en su capacidad para reciclar los residuos de la
actividad humana a la velocidad necesaria. Asimismo, hace
imposible el suministro de ínsumos para la actividad humana tales
con el agua en los volúmenes necesarios y a precios accesibles.
Por consiguiente, el hecho de que la mayor parte del crecimiento
poblacional urbano ocurrirá entre los pobres en las ciudades más
pobres del mundo, reforzando la segregación espacial en el mundo
tanto como en las ciudades, es la cara negativa de esta moneda. La
pobreza y las disparidades continuarán concentrándose en las
ciudades y continuarán constituyendo la mayor causa de mortalidad
y morbilidad en la población.
El historiador Neoyorquino Peter Derrick cuenta en su libro pronto
a ser publicado [Derrick , 1998], que fueron las epidemias de
tuberculosis y de violencia que arrasaron a los congestionados e
insalubres barrios obreros del Lower East Side a principios de este
Siglo lo que impulso a los reformadores de aquella época a tomar
dos medidas urbanísticas significativas: la expansión de la pequeña
red de trenes urbanos elevados con la construcción del Sistema Dual
de Transporte Rápido que se puso en servicio entre 1913 y 1920; y
el cambio en la ordenanza de construcción de las viviendas obreras
(tenement houses) donde se producían las más altas densidades del
mundo. Hasta 1879 los especuladores urbanos construían edificios de
vivienda de 6 a 7 pisos, ocupando el 90% de los predios de
dimensión standard de 8m por 33m. Los edificios no tenían agua
corriente, y los servicios higiénicos se localizaban en el patio
trasero. Ninguna de las habitaciones interiores contaban con
ventanas. En 1879 se obligó a los especuladores a incluir un
pequeño patio de luz compartido con el lote vecino, y a instalar
servicios higiénicos colectivos en cada planta del edificio. A
partir de 1901, la nueva ordenanza limita la altura de este tipo de
edificios y obliga a la inclusión de baños y cocinas dentro de cada
vivienda. Más que actuaciones urbanísticas, esta fueron medidas de
salud publica, que tuvieron el poder de transformar la calidad de
vida en la ciudad de Nueva York de principios del Siglo XX.
Pareciera ser que el avance es más lento de lo que nos proponemos.
Tenemos que reaprender constantemente las viejas lecciones. Las
enfermedades erradicadas reaparecen, incluso en el mundo
desarrollado. En Nueva York, por ejemplo, a pesar de los esfuerzos
de los reformistas de principios de este siglo, en los barrios
pobres, por causas muy similares, vuelve a recrudecer la
tuberculosis, que ahora es resistente a los antibióticos. A la
tuberculosis se le suman entre otras, la reciente epidemia de SIDA.
A finales de este siglo aun debemos apoyarnos en el temor de las
clases dominantes a las epidemias para que se evite reprimir los
esfuerzos que hacen los pobres por asentarse en las ciudades del
tercer mundo o bien para evitar que las autoridades ignoren los
derechos de los pobres a beneficiarse de la función pública. El
caso de la comunidad urbana de El Mezquital, en la Ciudad de
Guatemala es un ejemplo exitoso, en que en un largo y gradual
proceso, se paso de una toma de terrenos violentamente reprimida
por el gobierno y de acciones privadas en el campo de la salud para
contener epidemias, a la situación actual de autogestion
comunitaria en asociación con el Gobierno y a acciones integradas
de promoción de la salud ambiental. Jorge Hardoy llamaba a los
pobres en las ciudades segregadas, "una masa de gente que no existe
cuyo paso por la vida no figura en ningún registro". De no haber
sido por el temor de la ciudad visible a las epidemias, los pobres
seguirían siendo ignorados, reprimidos, erradicados, ilegales e
invisibles.
Ya en 1978 la Conferencia Internacional de Atención Primaria en
Salud en Alma Ata recomendó a los gobiernos "incorporar y reforzar
la atención primaria en salud dentro de los planes de desarrollo
nacional, con especial énfasis en programas de desarrollo rural y
urbanos". Más tarde, en 1986, la Carta de Ottawa para la Promoción
de la Salud, reconoce a la paz, la vivienda, la educación, la
nutrición, los ingresos, un eco-sistema estable, los recursos
sustentables, la justicia social y a la equidad como prerrequisitos
fundamentales para lograr la salud. Tanto la Organización Mundial
de la Salud como UNICEF han sido muy claras al señalar certeramente
a la extrema pobreza como la mayor causa de mortalidad, mala salud
y sufrimiento a lo largo y ancho del mundo [WHO , 1995]. Por
consiguiente, en mi opinión, lo que nos debe preocupar en este
momento es determinar cuales son las causas de la pobreza y de las
disparidades en las ciudades, e iniciar una campaña para
erradicarlas. No importa cuanto se aíslen y se protejan los más
privilegiados de los aspectos negativos de la concentración urbana,
hay cierto tipo de riesgos como la polución aérea, las epidemias y
la violencia, que no reconocen fronteras de clase. Promover la
salud es, por consiguiente, del interés y de la responsabilidad de
todos.
Durante el proceso preparatorio para la Cumbre de las Ciudades,
Habitat II, efectuada en Estambul en Junio de 1996, algunos de los
que estamos en esta sala hoy, tuvimos que unir fuerzas para que se
le prestara atención a los factores políticos y macro-económicos
subyacentes en la problemática urbana y para que se le restara
triunfalismo al modelo de crecimiento y al mercado como fuente de
solución y a las políticas facilitadoras y al urbanismo de trazado,
como las únicas alternativas de política urbana. Incluso fue
necesario rediscutir el rol que se le asignaba a las ciudades. Nos
dimos cita en el Diálogo para la Salud en Estambul para confrontar
a aquellos que sólo veían en las ciudades el lugar ideal para
promover el crecimiento económico y mejorar la productividad.
Nosotros argumentamos por una visión en la cual el rol fundamental
de las ciudades es el de garantizar el bienestar de sus habitantes.
El argumento de ellos era que es precisamente el crecimiento y la
productividad lo que contrarrestara a la pobreza. El argumento
nuestro era que el modelo de crecimiento prevalente en el mundo, no
está erradicando la pobreza. Por el contrario, en los últimos 50
años de búsqueda del crecimiento económico, la economía mundial se
ha expandido cinco veces, el comercio internacional, doce veces, y
los flujos internacionales de capital especulativo, entre 25 y 30
veces. Pero las disparidades se han multiplicados por tres. Nadie
ha logrado calcular aun en cuanto se han deteriorado los
ecosistemas durante este proceso.
Estoy segura que no será la última vez que tengamos que dar una
batalla de este tipo.
De acuerdo al Informe del Desarrollo Humano publicados por el
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en 1997, a nivel
global las disparidades continúan reforzándose aceleradamente. El
20% más pobre de la población paso de controlar el 2.3% de los
ingresos globales en 1960 a controlar solo el 1.1% de esos ingresos
en 1996. La proporción entre el ingreso del 20% más afluente en
comparación con el ingreso del 20% más pobre paso de ser de 30:1 en
1960 a 61:1 en 1991 y 78:1 en 1994. Lo que significa que el proceso
continúa acelerándose.
Las disparidades en expectativa de vida varían entre los 77 años
como promedio para los países industrializados, 62 años para los
países en desarrollo y 50 años para los habitantes del África Sub-sahariana donde se espera una disminución del orden de 10 años
adicionales a causa del SIDA en el año 2010. En el plano de la
mortalidad infantil de menores de 5 años, la situación es aún más
grave. El promedio en el mundo industrializado que es de 7/1.000,
llega a 95/1.000 en los países en desarrollo y a 174/1.000 en
África Sub-sahariana donde se espera aumente a unos 225/1.000 al
año 2010 a causa del SIDA [PNUD , 1997].
América Latina, por ejemplo, la región más urbanizada del mundo en
desarrollo, y también la de mayores disparidades, sigue siendo
utilizada como modelo de éxito en la gestión económica y en el
proceso de redemocratización. La verdad detrás de esta campaña es
que en América Latina, las políticas de ajuste se ejecutaron "sin
rostro humano", creando una doble crisis de generación de ingresos
familiares y de desaparición de beneficios sociales, agudizando
tanto la pobreza como las disparidades y violando sistemáticamente
los derechos sociales y económicos de las familias. La pobreza
creció desde el 35% de la población en 1980 al 41% en 1994 [CEPAL
, 1997], y la distribución territorial de la pobreza varia entre el
10% en Uruguay y el 75% en Honduras [PNUD , 1997]. La década de los
ochenta se caracterizó por un colapso de la inversión social.
Debido al doble efecto de la menor proporción del PIB destinado al
gasto social y de la disminución del ingreso por habitante, el
gasto social real per capita se redujo en un 24%. Lo que es aún más
grave, la pobreza afecta aproximadamente a 80 millones de menores
de 18 años [UNICEF , 1997].
En la actualidad, el 40% de la población más pobre en Latino
América, usufructa del 9% de los ingresos familiares regionales, en
consecuencias que el 20% mas acomodado disfruta del 61% de ellos.
El extremo se produce en Brasil donde el 40% mas pobre disfruta
solo del 7% de los ingresos familiares y el 20% más acomodado, el
68% [PNUD , 1997], el 10% de la población es propietaria del 90% de
la tierra y de acuerdo a estimaciones de OIT, ocho de cada 10
empleos creados durante los noventa, se crearon en el sector
informal, lo que contribuyó aun más al deterioro en la
redistribución de ingresos. Con el 75% de su población viviendo en
zonas urbanas, el 65% de los pobres son urbanos [CEPAL , 1997] y
viven en barrios cuyas condiciones ambientales constituyen un grave
riesgo para el bienestar y la salud. Si se mantienen las tendencias
actuales, el fin de siglo será testigo del incremento de la
población a 500 millones de habitantes, de los cuales 104 millones
carecerán de agua y 239 millones carecerán de saneamiento [UNICEF
, 1996].
Lamentablemente, la agenda política en Latino América, sigue
propiciando el crecimiento económico a la espera del derrame hacia
los pobres, desoyendo las lecciones de un pasado de crecimiento sin
desarrollo. La agenda también incluye un énfasis en la educación
con miras a la formación de capital humano pero focalizándola sólo
sobre los más pobres y sólo sobre la educación primaria, con lo
cual la capacidad de formación de capital humano competitivo en una
economía globalizada es más que cuestionable. Escandalosamente
ausente de la agenda, están la equidad y la redistribución, la
generación de empleos dignos - no hablo de unos cuantos empleos que
las transnacionales crean en las maquilas - y el respeto a los
derechos económicos y sociales de la población.
La situación urbana en África, la región menos urbanizada del
mundo, no es menos preocupante. Como no lo es tampoco en el resto
del mundo en desarrollo y en gran parte del mundo industrializado.
Habiendo ya encontrado la tecnología para producir agua potable
para sustentar el poblamiento de la luna en algún futuro cercano no
identificado, aún no nos sentamos al tablero de dibujo para diseñar
la tecnología que nos permita transformar y reutilizar los
excrementos humanos in situ en las áreas urbanas congestionadas
para poder así evitarnos su costoso traslado a plantas de
tratamiento, y evitarnos el triste espectáculo de niños jugando en
el lodo contaminado en los asentamientos precarios de las ciudades
del tercer mundo. La ausencia de saneamiento y agua potable son
responsables del 80% de las muertes por diarrea, y en el mundo, aun
mueren 2.5 millones de niños a causa de la diarrea cada año [WHO
, 1997].
El crecimiento industrial y la globalización han generado nuevos
patrones de consumo en aquellos que se benefician con el desarrollo
de sus sociedades, lo que ha significado un crecimiento en la
producción de desechos y contaminantes. Sin embargo, no ha habido
un ritmo equivalente de la innovación y la adopción de medidas para
restablecer el equilibrio entre la actividad humana y el medio
ambiente, ni en la reducción de la producción de desechos, ni en la
reutilización de los recursos valiosos que ellos - incluso los
excrementos humanos - contienen [Esrey , 1998]. Sólo si hay una
voluntad colectiva para manejar la relación entre el ambiente
natural y el ambiente construido para servir los intereses
colectivos y de largo plazo de ambos, se evitarán conflictos
respecto a la apropiación y deterioro de los recursos, y se
evitarán inequidades en su distribución.
En Mayo de este año, la 51 Asamblea Mundial de la Salud en su
Resolución sobre Promoción de la Salud, insta a todos los estados
miembros a que fomenten la responsabilidad social en materia de
salud y a que aumenten las inversiones en desarrollo sanitario
[WHO , 1998] y la Organización Panamericana de la Salud en su
Informe Técnico N.46 de 1988, Health Social Equity and Changing
Production Patterns in Latin América and The Caribbean afirma que
la inversión en agua y saneamiento no sólo contribuye a un mejor
estado de salud sino que también a aumentar la productividad de los
países. Del mismo modo afirma que la inversión en vivienda no sólo
contribuye a revitalizar la economía nacional sino que beneficia
directamente el estado de salud de la población, al mismo tiempo
que facilita el suministro simultáneo de otros servicios básicos.
Por ultimo, sostiene que el acceso a la salud constituye un
importante factor de reversión de las disparidades. Ahora que se
acerca el fin del siglo, ¿seremos capaces de asumir estas
obligaciones?
A menudo se culpa a los pobres de deteriorar el medio ambiente en
sus ciudades y en su entorno. Es cierto que al asentarse en la
periferia de las ciudades, los pobres buscan en el bosque cercano,
el combustible para la cocción de sus alimentos ya que su falta de
ingresos y la eliminación del subsidio al combustible doméstico,
les impide alternativas menos destructivas. También es cierto que
precisamente donde viven los pobres encontramos las peores
calidades ambientales. Sin embargo, antes de apuntar el dedo
acusatorio hacia los pobres, debemos hacernos algunas reflexiones
fundamentales:
Los pobres siempre pierden en la lucha por la apropiación de los
recursos naturales y por la asignación de los recursos públicos.
Por consiguiente, siempre deben vivir aguas abajo de los efluentes
de los ganadores, deben arreglarselas sin infraestructura ni
servicios públicos y deben pagar con su salud las consecuencias
ambientales de los que realmente consumen. Los pobres al consumir
ínfimas fracciones de lo que consumen los más afluentes y al ser
peatones o bien recurrir sólo al transporte público, son
responsables de menos apropiación de ínsumos y menos producción de
desechos. Los dueños del capital, de la tecnología y de los
ínsumos, al buscar el mayor lucro al menor costo, emplean a los que
sólo pueden vender su esfuerzo, pagándoles remuneraciones
infrahumanas. Estas remuneraciones de poco sirven para
contrarrestar la falta de infraestructura pública y la
concentración de contaminantes donde viven. Además, se ha
comprobado que los pobres habitualmente deben pagar más caro por
servicios informales de peor calidad. También los pobres al
satisfacer sus necesidades básicas, tienden a ser los grandes
recicladores de nuestras sociedades. En consecuencia, los patrones
de consumo y comportamiento de los más afluentes están creando las
desventajas en términos de salud de los pobres.
Sin regulación, la globalización de la economía y de las finanzas
concentra las inversiones en algunas áreas urbanas seleccionadas,
creando enclaves afluentes que se alimentan de la economía global
en medio de la pobreza circundante donde se agotan los recursos
naturales, se concentra la polución y se pone en riesgo el
desarrollo humano. En su competencia ciega por atraer inversiones,
los gobiernos abandonan los objetivos del buen gobierno -
desarrollo social, gestión ambiental y participación democrática -
y ofrecen al capital extranjero reglamentaciones laborales y
ambientales vergonzosas que ponen en riesgo las condiciones de vida
de la población. Mano de obra barata, suspensión de las
reglamentaciones laborales y medioambientales, prohibición y
represión de la organización sindical es lo que exige el capital
extranjero para sacar las máximas ventajas. En esta competencia no
gana ninguno de los que compite. Sólo hay perdedores, salvo el
capital transnacional que es el que llama a esa competencia.
El modelo económico también limita la capacidad gestora y
redistributiva de los gobiernos. El ajuste estructural transfiere
las funciones del gobierno al mercado, limitando los subsidios a
los pobres y reduciendo el gasto publico - especialmente el gasto
social - mejorando las capacidades de pago de la deuda externa a
costo de la inversión en desarrollo humano. Procesos mal concebidos
de descentralización han transferido las responsabilidades de la
política social a los gobiernos locales sin transferirles las
capacidades necesarias, acrecentando no sólo las disparidades
sociales sino también las territoriales. En un contexto de
agudización de las disparidades, los pobres no están en condiciones
de competir en el mercado para generar ingresos razonables que les
permita contrarrestar la ausencia del sector público. Los procesos
de expansión del mercado hacia los servicios de salud y educación
constituyen, en consecuencia una flagrante violación a los derechos
de ciudadanía.
El mercado, por su parte, ignora la demanda insolvente de los
pobres, imponiendo sobre ellos tarifas impagables por los servicios
privatizados. En consecuencias el mercado distribuye de acuerdo al
nivel de ingresos y no de acuerdo a los derechos de los ciudadanos
y beneficia a los ya privilegiados ofreciendo igualdad de
oportunidades solo a aquellos que se encuentran en igualdad de
condiciones. Y lo que es igualmente grave, el mercado, al buscar el
máximo retorno en el mínimo plazo, pone a los intereses
individuales por encima de los intereses colectivos, causando
estragos irreparables en el medio ambiente por quien pocos parecen
velar y por cuyo deterioro no pagan los culpables sino las
víctimas. En consecuencia, ni los gobiernos ni el mercado responden
a los pobres.
Nuestra preocupación por la pobreza, debe superar el enfoque
reducido sólo a mejorar la situación de los más pobres y dirigirse
hacia el conjunto de la sociedad. Al concentrarse en las
disparidades, se ponen sobre la mesa las causas de la pobreza
además de sus síntomas. Si sólo nos concentráramos en los síntomas,
las estructuras económicas existentes, actuando a una velocidad
muchísimo mayor, incrementarían las disparidades y el volumen de la
pobreza al transformar en pobres a los vulnerables y enriquecer aún
más a los ricos. Por consiguiente, de no intentar contrarrestar las
disparidades, el abismo entre ambos extremos continuaría
ensanchándose, reforzando la injusticia y violando los derechos de
los excluidos. La desintegración social, la pérdida de calidad de
vida y la violencia son las consecuencias que cabe esperar.
En 1996, UNICEF en su estrategia urbana Ciudades Amigas de los
Niños, nuevamente ha hecho firme referencia a la dimensión espacial
de la salud, señalando que el acceso al bienestar es un proceso
multisectorial cuya convergencia se da en un espacio concreto.
La Organización Panamericana de la Salud en su informe anual de
1997 Poblaciones Saludables, Espacios Saludables señala la
importancia fundamental de promover el análisis de los espacios
saludables. En Sao Paulo, se elabora el Mapa de Exclusión Social
como instrumento de gestión. Los planificadores urbanos en el mundo
entero, bien entienden este tema, y es posible que sea justamente
en ello donde encuentren las mejores oportunidades para abocarse a
un urbanismo incluyente.
En las áreas urbanas en Kenia, la matricula escolar básica es del
72% para el 2% de los niños más pudientes y sólo del 45% para el
10% de los niños más pobres.
Para los pobres en Ciudad de Guatemala el costo unitario del agua
es 10 veces más caro que el agua que se distribuye por red pública
a los barrios más acomodados.
En Accra, Ghana, el riesgo de mortalidad infantil por enfermedades
infecciosas es 5 veces más alto en los barrios pobres que en los
ricos.
En Bangladesh, la desnutrición alcanza al 46% de los niños urbanos.
Sin embargo, si se consideran solo los niños que viven en
asentamientos urbanos precarios y tugurios, la desnutrición alcanza
al 73% de ellos [UN , 1997].
En Sao Paulo el riesgo de mortalidad infantil por enfermedades
respiratorias es 5 veces más alto en los barrios pobres que en los
ricos.
Para los niños del Bronx, en Nueva York, el riego de tuberculosis
es 5 veces mayor que para sus vecinos de las comunas más afluentes.
La Fundación Rockefeller convocó a una Conferencia Sobre Buena
Salud a Bajo Costo, en 1985 en la cual se examinaron varios
estudios de casos. La conclusión fundamental a la que se llegó fue
que no es esencial un alto nivel de actividad económica para lograr
el éxito de los programas de salud, sino más bien, lo esencial es
el compromiso político y social para una distribución equitativa en
la sociedad. Los factores comunes que se observaban en los países
que siendo pobres, lograban altos niveles de salud eran: un firme
compromiso político y popular a extender la salud a todos; un
igualmente firme compromiso a la educación para todos; y para
garantizar que hasta el menos privilegiado tuviera asegurada una
buena dieta (Good Health at Low Cost, Rockefeller Foundation, New
York, October 1995).
Amartya Sen argumenta que no es sólo el ingreso per capita nacional
el factor determinante de la salud sino más bien la forma en que
estos ingresos estén distribuidos. Además, argumenta que al ingreso
personal es necesario agregarle una serie de factores físicos y
sociales como determinantes de las condiciones de salud. Entre
otros, el ambiente epidemiológico, del lugar en que se vive, la
disponibilidad y calidad de los servicios de salud, el acceso a
otros servicios básicos. En su análisis, la única vinculación
directa entre el crecimiento económico y la salud se daba sólo si
paralelamente se producía un incremento en el gasto público en
erradicar pobreza y fomentar la salud. Los países en los cuales
esta correlación se producía, eran escasos. Por el contrario
existen un pequeño grupo de países en los cuales, sin crecimiento
económico, la prioridad del gasto público en salud y educación
conseguía los mismos resultados (Mortality as an Indicator of
Economic Success and Failure (Amartya Sen, , Florencia, 1995,
Innocenti Lectures, UNICEF International Child Development Centre).
Más recientemente, UNICEF ha hecho un estudio sobre 10 casos para
demostrar que es posible lograr altos niveles de desarrollo social
aún sin crecimiento económico, si es que la voluntad política es
fuerte y las prioridades son las correctas. Este estudio afirma que
la redistribución de bienes e ingresos no se producirá
automáticamente y que no hay garantía que la distribución de los
ingresos en una economía de mercado va a ser neutra. El estudio
concluye afirmando que quienes definen la política publica harán
bien en aprovechar las sinergias potenciales que existen entre las
inversiones en educación, agua y saneamiento, nutrición y salud,
para maximizar los niveles de desarrollo social que se pueden
lograr dados las limitantes y la escasez de recursos. Los avances
en salud y educación, no sólo son valiosos en sí mismo, sino que
además, proporcionan a los individuos las herramientas con las
cuales emerger de la pobreza por falta de ingresos. Por último el
estudio concluye afirmando que el crecimiento no reducirá la
pobreza en términos de ingreso ni tenderá hacia el desarrollo
humano, al menos que las políticas públicas se orienten
específicamente a ese objetivo (Development with a Human Face,
Mehrotra and Jolly, UNICEF, 1997, Oxford University Press).
Una agenda que permita revertir las disparidades y eliminar
exclusiones sólo será posible con un nuevo tipo de política
publica. Una política pública que permita tanto a los gobiernos a
todos los niveles como a la sociedad civil y sus organizaciones el
trabajar mancomunadamente. Una política pública con la necesaria
base económica para garantizar el cumplimiento de los derechos
sociales y económicos al hacer disponibles los recursos necesarios
y al promover las condiciones de vida y las condiciones laborales
que permitan a las familias - a todas las familias - atender
adecuadamente a sus hijos y construir su futuro. Una política
pública que se consolide con las necesarias reformas legislativas,
fiscales, institucionales y presupuestarias consistentes con una
perspectiva de derechos. Una política pública cuyas estrategias
expandan la cobertura de servicios de calidad universal, que
ecualicen la demanda por la vía del empleo y del salario mínimo
razonable para hacer viable el rol de la familia y que incluya el
subsidio para garantizar el acceso a los servicios. Una política
pública, que revierta disparidades al redistribuir los recursos
públicos.
Se requiere de una estrategia que promueva la participación
transformando nuestras democracias representativas en democracias
participativas. Una estrategia que combata las causas fundamentales
de la pobreza y que desarrolle el recurso humano al invertir en la
infraestructura física que cobija la actividad humana. Una
estrategia que apoye a las economías locales generando empleos que
no sean dañinos a la salud de los individuos y del medio ambiente
como son actualmente los escasos empleos que nos brinda la
globalización. Una estrategia que actúe preventivamente apoyando a
las comunidades y a las familias antes de que estas entren en
riesgo, pasando así de el alivio a la pobreza a la garantía de los
derechos ciudadanos. Una estrategia que fortalezca la
gobernabilidad a todos los niveles, desde el local hasta el global.
Es en la esfera del mantenimiento recíproco entre la sociedad y el
medio ambiente, tanto del medio ambiente natural como del
construido, donde el rol del gobierno es fundamental - sean cuales
sean las limitantes - dado que constituye la única entidad que
puede defender los intereses colectivos y futuros y protegerlos de
los intereses individuales y de corto plazo.
Finalmente, esta propuesta hace un llamado a un cambio de valores
desde el individualismo actualmente prevalente que busca maximizar
la ganancia personal al más corto plazo, hacia los valores de
solidaridad y responsabilidad social con el presente y también con
el futuro. Sólo así se podrá dar paso a un nuevo urbanismo
incluyente, integrador, expresión de una sociedad solidaria y sana.
Los urbanistas tendremos que asumir nuestro rol indiscutible en la
salud de la población, y tendremos la obligación moral de abrir
nuestra mirada en forma mas amplia y reconocer que el urbanismo es
indivisible de la política, la economía y la gestión. No sólo es la
salud una responsabilidad de todos nosotros, sino que también lo es
el comprender las profundas causas políticas y económicas que la
impiden.
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Fecha de referencia: 31-1-1999
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