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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Bertrand Russell
Los temas agazapados bajo la cada vez más popular expresión
"ciudades sostenibles" son de tal complejidad y extensión que me
sentiré satisfecho si, con este trabajo, consiguiera arrojar alguna
luz acerca de lo que los conceptos de ciudad y sostenibilidad
significan.
La tarea no está exenta de dificultades. Hoy denominamos ciudad
tanto a Nueva York como a Segovia, tanto a la conurbación de Madrid
como a uno de sus trozos, por ejemplo, a Móstoles, que en algunos
años superó en población a casi todas las capitales de provincia de
España.
Del lado de la sostenibilidad la cosa no está mucho mejor: en no
pocos discursos políticos se empieza hablando del "desarrollo
sostenible" en una pomposa introducción, para acabar reclamando
instrumentos y políticas que permitan un "crecimiento económico
sostenido", cuando ya el auditorio está bastante amodorrado.
Quizás en estas páginas no sería necesario empezar por definir lo
que sostenibilidad e insostenibilidad significan. Pero es tal la
confusión reinante, que no me parece una pérdida de tiempo el
repasar algunas características fundamentales de este asunto.
Afortunadamente, al tratarse de fenómenos globales, planetarios, es
fácil dar una imagen simple que los explique y los modele.
Imagínense una botella de vidrio, herméticamente cerrada, bañada
diariamente por la radiación solar. Imagínense que en ella hay
aire, agua, una buena cantidad de nutrientes variados y un pequeño
número de ejemplares de una bacteria "animal", una bacteria que
denominaré en lo sucesivo con la letra A. Nuestro pequeño sistema
cuenta así con una reserva de recursos y un flujo constante de
energía en forma de luz. En este suculento ambiente, las bacterias
proliferan muy bien al socaire de la abundancia de alimento y a la
ausencia de competidores. De hecho, mientras queden nutrientes,
agua y aire, la población crece brusca, exponencialmente: cada
bacteria, llegada su hora, se divide en dos, y la población se va
duplicando a cada paso... (Volveré más tarde sobre esta
importantísima particularidad.)
A pesar de tan prometedor principio, y de forma inevitable, al
final la población acaba por hundirse y morir, y quizás no porque
se acaben los recursos (que es el primer problema que a uno se le
ocurre), quizá la población muera ahogada en el veneno de sus
propios desechos y residuos, puesto que estando la botella cerrada
ni entran nuevos nutrientes, ni tampoco los venenos pueden ser
expulsados. La insostenibilidad consiste, en definitiva, en algo
tan simple como esto.
A una mente creativa podría ocurrírsele inmediatamente una sencilla
solución que mata los dos pájaros de un solo tiro: basta con que
una segunda bacteria de otro tipo, digamos la B, utilice como
recursos los desechos de la bacteria A, y produzca como residuos
los nutrientes que precisa esta última. Noten ustedes que el
carácter de residuo o de recurso no es una característica de las
substancias, se trata más bien de una valoración de quien las usa,
en este caso nuestras bacterias. De ser esto posible y si el diseño
de ambas bacterias resulta adecuado, todo parece perfecto: los
materiales se transforman en un ciclo cerrado, y las poblaciones de
las bacteria A y B alcanzan una proporción de equilibrio, en la
cual a ninguna le falta alimento, y en la que el grado de
contaminación del ambiente resulta tolerable para ambas. Ante
nuestra pequeña sociedad bacteriana se abriría en el horizonte un
futuro estable, un equilibrio dinámico en el que las generaciones
se sucederían sin interrupción. Sería como un tiovivo que una vez
puesto en funcionamiento, sigue dando vueltas por toda la
eternidad.
Pero ¿es posible? Aquí aparece una mala noticia: una de las leyes
fundamentales de la física, la ley de la entropía, también
denominada "segunda ley de la termodinámica", descarta por
imposible la existencia y el funcionamiento de este segundo modelo.
Esta ley es sutil, técnicamente difícil de explicar, y
continuamente su significado es debatido. Pero nadie ha conseguido
rebatirla. La ley tiene varios enunciados alternativos, técnicos y
rigurosos, pero he preparado para esta ocasión algunos más
coloquiales:
Todo lo que espontáneamente cae, queda en el suelo... salvo
que algo venga y lo alce de nuevo.
Todo lo que espontáneamente se descompone, queda
descompuesto... salvo que algo venga y lo componga de nuevo.
Todo lo que espontáneamente se agrupa, queda agrupado... salvo
que algo venga y lo separe otra vez.
Como ven, todos estos enunciados describen situaciones cotidianas
y familiares: un vaso puede romperse espontáneamente, pero necesita
de algo u alguien que lo recomponga con mimo: aún así, en el vaso
pegado apreciaremos las juntas, las heridas del destrozo: incluso
si con el vidrio de aquel vaso roto fabricamos otro, no es el vaso
el que se fabrica así mismo,... ¡y ni si quiera se trata del mismo
vaso! Cuando empujamos un pequeño tiovivo infantil sabemos que
acabará por pararse, y que nuestras criaturas, si es que la
experiencia les agrada, nos pedirán interminablemente redoblados
empujones... ¡hasta agotarnos! Los procesos del mundo que nos rodea
parecen tener un sentido preferente, mientras que en sentido
contrario las cosas no ocurren espontáneamente. Los procesos son
espontáneamente irreversibles. Todo proceso tiene un coste
energético inevitable: todo cuesta algún esfuerzo: en todo lo que
hacemos perdemos algo de vida (finalmente morimos).
Pero hay también buenas noticias: la historia misma es
irreversible, y el tiempo fluye en un sentido (pero no en el
contrario): con esta ley física intentamos dar explicación y
sentido al tiempo, una de las categorías fundamentales de nuestra
percepción y disfrute del mundo. Sin el tiempo muchas de las cosas
y fenómenos que contribuyen a nuestro bienestar no existirían.
En todos estos enunciados existe un "todo", un sistema que puede
definirse mediante un marco de observación elegido arbitrariamente:
la población de bacterias A, la población de bacterias A y B, el
conjunto de todo lo contenido en la botella de vidrio... El
sistema, cualquiera que sea, desarrolla alguna actividad con
resultados observables, con modificaciones de la forma y
organización del entorno: el sistema produce espontáneamente
cambios. La ley afirma tajantemente que sólo "algo o alguien",
venido de fuera del sistema, podrá "deshacer" estos cambios: la
madre que ayuda a reordenar los juguetes de su hija, aquel que pega
los trozos del vaso roto, quien quiera que vuelve a poner en marcha
el tiovivo sin estar montado en él. En definitiva, el
funcionamiento cíclico y completo de vida y muerte, composición y
descomposición, no puede ser espontáneo: un agente externo tiene
que ayudar a cerrar el ciclo, dando el impulso necesario para
recorrer la mitad no espontánea del círculo. La población mestiza
de bacterias A y B no podría alcanzar un equilibrio sostenible en
el tiempo, según el segundo modelo que he descrito, pues entonces
realizaría espontáneamente un ciclo completo de degradación y
recuperación de los nutrientes originales de la botella. Por
supuesto, podemos imaginar tal cosa, pero la ley de la entropía
descarta que nuestra ilusión llegue a encajar alguna vez con el
mundo que nos rodea. Sencillamente, las cosas no ocurren así. La
bacteria B, a lo más, podrá usar como nutriente los desechos de la
A, pero sus residuos serán materiales aún más degradados, con menos
energía, inservibles para la bacteria A como alimentos (aunque
quizás sean ahora inofensivos e inocuos para ella).
¿Cómo es entonces que la vida es posible? ¿Cómo es que estamos
aquí? Como poco necesitamos una tercera bacteria, la C, distinta de
las anteriores en algo esencial: necesitamos una bacteria que sea
"vegetal", con habilidades suficientes como para que la energía
venida desde fuera de la botella pueda recomponer lo
espontáneamente descompuesto por las demás bacterias. A través de
tales bacterias el Sol puede convertirse en la madre que ayuda a
ordenar los juguetes, ser quien pega los trozos del vaso roto. Las
inmensas complejidades del funcionamiento de la población de
bacterias A, B y C no me interesan ahora: baste decir que la
botella de vidrio que las contiene, junto al aire, el agua y los
nutrientes es una imagen cabal de nuestro planeta. Junto al Sol,
esta imagen es suficiente para explicar los procesos realmente
cruciales de la vida, de ese estar juntos aquí y ahora.
Contemplando el Sol y la botella, la estrella y la Tierra, vemos un
proceso espontáneo con un sólo sentido: durante su lento morir como
estrella, el Sol hace posible la vida. Nuestra vida, por tanto, es
un don gratuito del Sol.
Quizás alguien pueda argüir que en este tercer modelo con bacterias
"animales" y "vegetales" falta algo esencial: nosotras, las
personas humanas. Pudiera ser. Pero hay un dato escalofriante que
merece la pena recordar: todas las personas humanas que poblamos el
planeta cabríamos en la cercana presa del Atazar (después de ser
convenientemente trituradas, por supuesto).[1] Sin embargo, las
bacterias que pueblan la Tierra son varios órdenes de magnitud más
numerosas, tanto en peso como en volumen. La desaparición de la
humanidad no perturbaría apenas el despliegue de la vida, que
permanecería evolucionando, imperturbable.
Por otra parte, la civilización urbano-industrial es como la
bacteria A de nuestro primer modelo: se afana por vivir a costa de
"nutrientes" que apenas se renuevan (combustibles fósiles,
minerales, etc) y produciendo nuevos residuos y desechos. La
insostenibilidad no afecta a la vida en su conjunto, ni aún a la
humanidad considerada como un todo: sólo la civilización urbano-industrial la produce, y sólo ella y sus vecinos (otras culturas
humanas, animales y vegetales que han tenido la mala suerte de
estar "cerca") se ven amenazados tanto por el agotamiento de
recursos como por el veneno de sus residuos.
Aunque nuestra población no aumenta de manera alarmante, nuestro
impacto sobre el planeta sí lo hace: hay varias razones
estructurales para ello: conforme los yacimientos de alta calidad
se agotan, para extraer la misma cantidad de mineral útil hay que
remover más y más materiales inútiles para la industria; conforme
la petición de un ambiente "más sano" se generaliza en los
autodenominados países desarrollados, cada vez más quitamos de la
vista nuestros desechos bajo la vigilancia de los "policías
verdes", de las "Agencias de Medio Ambiente", etc,... pero, para
ello, consumimos las mismas fuentes energéticas convencionales y
producimos, por tanto, más y "mejor" contaminación. Por estas y
otras razones, nuestra producción de residuos no reciclables por la
biosfera podría experimentar un crecimiento exponencial incluso si
la población humana dejara de crecer.
Éste es el panorama en el que se sitúan nuestras ciudades. ¿Tienen
ellas que ver con esta situación? ¿Podría de ellas surgir el
impulso para una transformación radical de nuestra civilización
dominante? ¿Qué podemos o qué debemos hacer con nuestras ciudades?
Estas son las preguntas cuyas respuestas hay que explorar.
El desaforado consumo de recursos, del tipo de la bacteria A, no
presenta las mismas características en unos lugares u otros del
planeta. Un hecho comúnmente aceptado es que los países
autodenominados desarrollados, con un 20% de la población, consumen
un 80% de los recursos. Imaginemos una humanidad dividida en dos
clases homogéneas, "ricos" y "pobres", e intentemos percibir cómo
se reparten 100 unidades de recursos entre 100 personas. A cada uno
de los veinte "ricos" le tocan 4 unidades; mientras tanto los 80
pobres se conformarán cada uno con 1/4 de unidad de recurso.
Tenemos una primera conclusión: los "pobres" se comportan de forma
mucho menos insostenible que los "ricos" pues a fin de cuentas
hacen lo mismo (nacer, crecer, reproducirse y morir) consumiendo 16
veces menos recursos que sus vecinos.
De los veinte ricos, 16 viven en ciudades en el sentido moderno del
término y suponiendo que se reparten los recursos equitativamente
con sus 4 colegas rurales, se quedan en su ciudad "rica" con 64
unidades de recursos. Entre los 80 "pobres", solo 24 viven en
ciudades "modernas" y suponiendo de nuevo un reparto equitativo con
sus colegas del campo, se quedan en su ciudad "pobre" con 6
unidades de recursos. En total, por tanto, el sistema urbano
moderno alberga 40 personas entre "ricos" y "pobres" y consume 70
unidades de recurso, es decir, casi 2 unidades per capita. El mundo
rural, con sus campos, pueblos y aldeas, alberga a 60 personas que
utilizan para su subsistencia solo 30 unidades de recursos, es
decir, sólo media unidad de recurso por campesino. De este modo, la
conclusión es que nuestro moderno y aparatoso sistema de ciudades
resulta casi 4 veces más despilfarrador, contaminante e
insostenible que el mundo rural y agrícola. Ésta es una estimación
muy, pero que muy prudente, puesto que en realidad, el reparto de
los recursos dista mucho de ser homogéneo: tanto entre "ricos" como
entre "pobres", las ciudades se quedan con mayor parte del pastel
que el campo; pero además una parte de los recursos que el campo
gasta no son en realidad para la subsistencia de los campesinos que
allí viven, sino para la futura alimentación de los habitantes de
las ciudades. Si se consiguiera transformar el sistema urbano de
manera que redujera su consumo al nivel del medio rural, el consumo
global de recursos de la humanidad podría disminuirse como poco a
la mitad: ¡un objetivo impensable para los burócratas que se reúnen
en Buenos Aires! En todo caso, queda claro que la insostenibilidad
de la civilización industrial se encuentra íntimamente unida al
desarrollo de las actuales conurbaciones. Dentro de ellas, el
récord mundial de consumo y contaminación pertenece a las "ciudades
globales": Los Ángeles, Nueva York, Tokio, Londres, París, etc.[2]
¿Es "sostenible" la ciudad de Nueva York? Depende. Si el actual
orden internacional se sostiene, la ciudad de Nueva York podrá
seguir consumiendo fantásticas cantidades de recursos a la vez que,
a través de una economía internacionalizada, la contaminación
producida por su funcionamiento se manifestará muy lejos de la isla
de Manhattan.[3] Vista así, es una ciudad sostenible por la simple
razón de tener el poder político necesario para sostenerse.
Pero el concepto de sostenibilidad que me interesa es el que José
Manuel Naredo [Naredo, 1996] ha denominado sostenibilidad fuerte:
¿puede extenderse el funcionamiento de Nueva York a toda la botella
herméticamente cerrada, es decir, al planeta en su conjunto? Les
ahorraré los cálculos: si en todas las ciudades del planeta se
adoptara la fisiología de Nueva York u otras ciudades semejantes,
las reservas de combustible tardarían en agotarse unos 50 años. Sin
embargo no estaríamos allí para verlo pues, mucho antes, la
atmósfera se habría vuelto altamente contaminante para los animales
superiores. Por tanto, ninguna de las denominadas "ciudades
globales" sirve como modelo sostenible para el conjunto de las
ciudades del planeta. La sostenibilidad fuerte presupone, como ven,
la equidad entre los miembros de la especie y, en consecuencia, no
sólo asegura la viabilidad ecológica y física, también sienta las
bases, al menos las necesarias, para una convivencia pacífica y
justa con nuestros semejantes.
Para que las "ciudades globales" se sostengan sin destruir el medio
físico y biológico que las alberga, la condición necesaria (aunque
quizás no suficiente) es muy clara y precisa: las "ciudades
globales" tendrán que impedir, incluso por la fuerza, que el resto
del mundo alcance sus mismas cotas de consumo y disfrute de
recursos (evitando la consiguiente producción de contaminación).
Hay datos recientes que confirman esta desalentadora conjetura.
Así, mucho se ha alardeado acerca de que el consumo per capita de
energía en todo el mundo ha permanecido casi estable en la última
década, queriéndose indicar con ello que el sistema global
comenzaba a corregir sus disfunciones. Sin embargo, como ha
señalado Antonio Estevan [Estevan, 1998], un análisis más meticuloso
de los datos disponibles revela que el consumo per capita de
energía ha crecido en los países "ricos" un 10%, lo que como
contrapartida pone de relieve que los países ya de por sí "pobres"
han sido obligados a reducir su consumo en un 7%. Supongo que no se
les escapará que esta política será en el futuro una fuente
inagotable de conflictos, que algunas veces serán sangrientos y
dramáticos. Las imágenes que nos llegan o llegaron de la antigua
Yugoslavia, de Ruanda, y de tantos otros lugares del mundo pueden
ser leídas ahora con nuevas pero inquietantes perspectivas...
Plantear un modelo sostenible sobre el papel es tarea
extraordinariamente simple: basta con dos condiciones que deben
cumplirse simultáneamente: que todos nuestros procesos, simples o
complejos, funcionen como "norias", cerrando los ciclos de
materiales, y que tales "norias" sean movidas por la energía libre
de origen solar (la propia radiación solar, el viento, etc). La
simultaneidad de ambas condiciones merece subrayarse: no basta con
que a los enchufes de nuestras casas nos llegue electricidad de
origen solar, en vez de térmico o nuclear: si seguimos con la misma
forma de vida los ciclos de materiales que utilizamos seguirán sin
cerrarse, y contaminarán el ambiente en cuanto su concentración
supere ciertos umbrales. En este punto se reconoce a los grupos
ecologistas más sensatos cuando simultáneamente solicitan energía
solar y reciclaje. También se reconoce la habilidad empresarial de
las divisiones de "energías renovables" de las grandes
multinacionales petrolíferas: planeando la construcción de grandes
centrales eólicas o solares, responden bien a los intereses de la
empresa: seguir con el negocio a la vez que mejoran su imagen
pública. Por supuesto es preferible una megacentral eólica a una
térmica o nuclear, pero de no cambiar nada más, seguiremos viviendo
de forma globalmente insostenible.
Por tanto, para construir una "ciudad sostenible" en el mundo real
lo que se impone es transformar radicalmente nuestras insostenibles
ciudades modernas, y nuestra forma de vivirlas. No se trata de
construir otras nuevas. Muy al contrario: en conurbaciones como
Madrid, con viviendas vacías suficientes como para albergar
holgadamente un millón más de personas, resulta urgente parar de
construir. Tenemos que reciclar nuestras ciudades. Debe quedar
claro que la simple enunciación teórica del problema y de su
solución no basta: desde mediados del siglo XIX (quizás antes) lo
que yo denominaría "movimiento ecologista" (nutrido por personas de
muy distinto origen y especialidad) ha puesto sobre la mesa los
instrumentos técnicos y analíticos necesarios, pero una y otra vez
estos han caído en saco roto. Debemos concluir que otro genero de
fuerzas operan en el fenómeno urbano y que, sin contar con ellas,
nada podrá hacerse.
Para buscar alguna luz podemos volver la mirada hacia el pasado:
hubo ciudades insostenibles y sus vacías y románticas ruinas nos
han permitido vislumbrar algo de su antiguo esplendor. También las
hubo sostenibles, y muchas de ellas dan hoy cuerpo a los llamados
"cascos históricos" de nuestras conurbaciones.
La ciudad del pasado fue muchas cosas a la vez. Desde luego fue y
es uno de los medios físicos utilizados por el ecosistema humano
para controlar y mantener su estructura. Tal y como sugieren
algunas observaciones de Ramón Margalef, la ciudad humana tiene un
cierto paralelismo con un árbol. En ambos, sólo una pequeñísima
fracción del peso total es materia viva. La mayor parte de un árbol
es materia mineral que asegura que esa pequeña fracción de biomasa
pueda mantener una forma estable, disputar por la radiación solar
y por los nutrientes del suelo.
Tanto en la ciudad sostenible del pasado como en el árbol, la
estructura material es expresión del devenir de la materia viva:
así como la tenue capa viva del árbol va dejando cada año su anillo
en la estructura interna del tronco, la ciudad fue ante todo
expresión directa de la voluntad colectiva y libre de estar juntos,
de vivir con otros, generación tras generación. La ciudad es un
espacio ideal para la convivencia. La mirada pictórica en seguida
descubre el carácter "orgánico" de los trazados de los "cascos
históricos", y las analogías con otras formas orgánicas resultan
legítimas y esclarecedoras.
La ciudad moderna perdió su alma colectiva: claramente desde el
Barroco, la ciudad comenzó a ser planificada como una máquina, y ha
dejado de ser expresión de la materia viva en su continuo nacer y
morir. En un sentido preciso, la ciudad planificada ha significado
la vuelta al trogloditismo: a sus habitantes sólo les queda
conseguir un agujero, que no han construido ni organizado a su
capricho y necesidad, e intentar convertirlo en un nicho ecológico,
rodeado de trogloditas compitiendo por recursos escasos.
Paradójicamente, el sueño de construir un hogar sólo se alcanza, a
veces, al acceder a la "segunda residencia" de fin de semana.
¿Por qué la ciudad creada por los habitantes para alojarse comenzó
a transformarse en Europa en la ciudad propuesta y construida para
alojarlos?
De entre los varios factores que pueden invocarse, el colonialismo
que siguió al "descubrimiento" de América podría tener especial
relevancia. Imagínense a los conquistadores intentando convertirse
en tales: intentando dominar un territorio ya primorosamente
ocupado por el indígena tanto en lo rural como en lo urbano: por
pura necesidad militar, el conquistador descubre, de nuevo, que es
posible proponer e imponer una ciudad a una población sin contar
con ella, dando lugar a las cuadrículas de la ciudad colonial,
desprovista de esas formas orgánicas que podemos apreciar en las
ciudades europeas del medievo. Nada más natural que aplicar esos
mismos principios en la propia metrópolis. En un sentido preciso,
la ciudad moderna europea, extendiéndose alrededor del villorrio
medieval, se ha autocolonizado así misma, produciendo el mismo
efecto que en la ciudad ultramarina: la pérdida de la condición de
verdaderos ciudadanos de sus habitantes. Con la conquista aparece
la separación entre colonizador y colonizado, que será reproducida
en la metrópoli, entre administrador y administrado. Con ella
comienza otra vez el transporte horizontal a larga distancia y la
explotación de otros territorios. En el campo colonial sólo vive el
indígena, así que nada más espontáneo que elevar de categoría a la
ciudad habitada por el conquistador y su corte, degradando así lo
rural, como territorio salvaje e incivilizado. Con el tiempo, la
lógica del colonialismo se universalizó comenzando a ser percibida
como un bien en sí mismo.
Hay otro factor de fundamental importancia, sobre todo en este
siglo: la implantación de la agricultura química en el mundo rural
y la consiguiente drástica disminución de la mano de obra
necesaria, empujó y forzó a un buen número de campesinos hacia la
ciudad. Difícilmente esas corrientes migratorias podían tratar como
propia una ciudad que era el destino del exilio. Se encontraron en
un mundo ajeno, en el que nunca se les ha ofrecido la oportunidad
de hacerlo propio. Como cabía esperar, ambos factores, junto a
otros, se reforzaron mutuamente en la destrucción del alma
colectiva de la ciudad.
A través de la ciudad y del árbol, los recursos y los residuos
circulan, y una buena parte de la energía consumida se emplea en
asegurar ese transporte. Mientras que la energía empleada provenga
del Sol, ciudad y árbol están ligados a sus ciclos: el transporte
debe asegurar el abastecimiento según los días y las estaciones.
Esto tiene implicaciones estructurales muy importantes: conforme el
tamaño del árbol o la ciudad aumenta, así la velocidad del
transporte debe aumentar para asegurar un abastecimiento puntual
dentro de un ciclo temporal de duración fija. Pero la velocidad
significa consumo extra de energía: esencialmente, duplicar la
velocidad significa cuadruplicar el gasto energético en transporte.
Por ello existe para cada árbol un tamaño insuperable, a partir del
cual toda la energía capturada del ambiente tendría que emplearse
en transporte y no quedaría ni una gota para otra cosa. En una
ciudad sostenible, ligada al flujo solar, nos encontramos con
límites similares (aunque por supuesto otros factores podrían
imponer límites más estrictos).
El arquitecto Saenz de Oiza definió alguna vez la ciudad como el
espacio geográfico que una persona humana puede recorrer entre el
amanecer y el ocaso. Una sugerente definición, que desde luego
tiene más que ver con la ciudad moderna, que con ninguna otra. Una
definición que en todo caso revela a la vez como puede sobrepasarse
el límite energético al transporte sostenible y como el transporte
constituye una de las causas principales de la actual
insostenibilidad urbana: para ciertos privilegiados existe la
ciudad Madrid/Barcelona o la ciudad París/Londres gracias al voraz
consumo de energías fósiles: desayunan en su casa, viajan para una
comida de negocios muy importante, y vuelven a dormir al hogar.
Como ha sugerido Margalef, "la contaminación es principalmente una
enfermedad del transporte".
Cualquier ciudad presenta una notable diferencia con el árbol: en
éste el transporte es vertical y las reglas del juego básicas son
claras: esencialmente cada ejemplar dispone de unos recursos y una
radiación solar dados, los correspondientes al suelo ocupado, de
manera que su tamaño insuperable dependerá de las particularidades
de sus sistemas de transporte y aprovechamiento de energía. En la
ciudad el transporte es esencialmente horizontal, y los yacimientos
de recursos no están en principio acotados. Ahora, además, los
propios sistemas de transporte "compiten" por el suelo disponible
con los edificios y otros usos, de suerte que la mayor velocidad
requerida por el crecimiento sostenido de las ciudades no sólo
demanda más energía, demanda más suelo en forma de nuevas calles,
circunvalaciones, autopistas cada vez más extensas, y por tanto una
ciudad a su vez más grande, que a su vez precisa de mayor velocidad
aún, etc: una espiral exponencial sin límite... Por dar un dato, en
las últimas décadas Madrid ha multiplicado por dos la superficie
ocupada por habitante, sin que esta duplicación haya significado
ninguna mejora apreciable en el grado de bienestar de sus
ciudadanos. Por supuesto que, explotando yacimientos energéticos
cada vez más lejanos, la ciudad moderna puede seguir aparentando
que resolverá sus problemas de transporte y continuar con su
crecimiento, pero las más elementales leyes de la física permiten
apostar por que la solución nunca llegará: el sueño de la movilidad
sin fin sólo engendrará la pesadilla del atasco perpetuo. Lo cierto
es que cuando la movilidad resulta imprescindible para la
supervivencia, nuestros compañeros nómadas (personas humanas, aves,
ballenas, etc) nos enseñan que es mejor no hacer ciudad, echarse al
camino y andar.
La diferencia entre el transporte horizontal y vertical es, ante
todo, geométrica: los árboles, para hacer crecer su estructura
mineral no viva, están a expensas de que sus propios residuos
caigan al suelo, se reciclen y vuelvan a entrar por las raíces.
Cuando un árbol agota los recursos bajo sí, muere y deja paso al
siguiente. Un bosque puede explotar a los ecosistemas que le rodean
pero, debido a la naturaleza vertical del transporte de los
nutrientes, sólo puede hacerlo a través de las fronteras que le
separan de ellos. La tasa de explotación es pequeña y lo es tanto
más cuanto más grande es el bosque, pues según crece, la frontera
que lo define es una fracción cada vez más pequeña de la masa
total. Algunos bosques, dejados a su arbitrio, llegan a acumular
tanta materia combustible respecto a la masa total que acaban
incendiándose por una u otra causa, y el ciclo de la vida se
renueva. Si me permiten la metáfora, el árbol y el bosque "sienten"
y "perciben" hasta que punto han cerrado sus ciclos de nutrientes
y desechos y, si la situación lo demanda, "deciden" tomar cartas en
el asunto, incluso con un admirable y oportuno suicidio. Ello es
posible gracias a que la parte crucial del ciclo de materiales se
cierra en un espacio pequeño: sólo entonces un sistema puede
"medir" sus costes y autorregularse. El coste físico de un objeto
es una propiedad "emergente" que no pertenece al objeto, tal y como
ocurre con otras propiedades: peso, volumen, color, etc. Pertenece,
como vimos, al proceso en el que el objeto participa. Dos objetos
en apariencia idénticos y de igual precio pueden requerir muy
distintos costes físicos: todo depende de cómo se hayan fabricado.
Esta diferencia es la que percibimos al comparar un sucedáneo con
el producto original. Por ello la medida del coste de un objeto es
elusiva, más difícil que, por ejemplo, medir su peso. Pero el
árbol, dominando sensitivamente el territorio que contiene los
procesos que le afectan, puede tener un control adecuado sobre sus
propios costes.
Por el contrario, el transporte horizontal permite que quedemos a
merced de una percepción parcelaria, local, inconsciente del
derrededor, y por tanto insuficiente para una gestión adecuada de
recursos y residuos. Así ocurre las más de las veces en la ciudad
contemporánea y, especialmente, en las "ciudades globales". La
solución más sencilla para la basura en nuestra casa es obvia:
sacarla a la calle. Para la basura en la calle, nada más fácil para
un ayuntamiento que llevarla al vertedero. Y así sucesivamente. El
camino de los recursos es simplemente el contrario. Sin realizar el
penoso esfuerzo de pensar y meditar, resulta cuando menos raro que
alguien nacido y educado en tal ambiente pueda percibir la conexión
entre un flujo y otro, y los beneficios o daños que pueda ocasionar
más allá. Lo único que cuenta es la limpieza del cubo bajo el
fregadero y la abundancia dentro del frigorífico. Y nada más
espontáneo que considerar que los artefactos que posibilitan estas
"sencillas" soluciones a nuestros problemas domésticos sean un
estupendo logro de la civilización. Así ocurre con el automóvil,
tal y como lo expresó con su habitual claridad Félix Candela
[Candela, 1985]: "la invención y el desarrollo patológico de este
instrumento de transporte son un producto típico de nuestra
generación, y su evolución, uno de nuestros mayores orgullos. Sin
embargo, resulta evidente que no es posible hacer habitables
nuestras ciudades mientras exista. Ni siquiera un gobierno, por
autoritario que fuera, podría enfrentarse al problema con
soluciones drásticas. Veinticinco centavos de cada dólar americano
se gastaban en algo relacionado con el automóvil. Su supresión
significaría la bancarrota del país. La tragedia de los hombres de
mi generación es que estamos ayudando a crear un mundo en el que no
creemos."
Todo tiene un coste y exige un esfuerzo, ya lo vimos. La propia
gestión no escapa a esa regla. Mientras que para el árbol, debido
a su autosuficiencia, ese coste es marginal, en la ciudad global
resultaría insoportable, aún si sus habitantes tuvieran la voluntad
de ser conscientes de dónde vinieron o a dónde fueron, y qué
impactos ocasionaron cada uno de los objetos que consumieron o
desecharon. La ciudad global no puede autorregularse. Citando otra
vez a Candela [Candela, 1985], "un creciente número de personas
tienen la errónea sensación de dominio sobre los productos de la
técnica puesto que, a pesar de su ignorancia, pueden comprarlos con
dinero, y una fe ciega en que la ciencia les resolverá todos sus
problemas".
Mientras que el transporte horizontal fue escaso, las ciudades y
pueblos funcionaron de forma parecida al árbol: residuos y recursos
podían compararse y relacionarse. Las distintas mercancías podían
incluso trocarse directamente sin necesidad de dinero. La propia
moneda era mercancía: para ver su valor se pesaba. De manera
consciente o inconsciente, era posible una percepción suficiente de
la globalidad de los costes como para que su control fuera efectivo
¡incluso sin sistemas contables! La explosión del transporte
horizontal exigió una reformulación intensa de la moneda y del
dinero, hasta auparlo a la categoría de valor simbólico de poder
que hoy nos resulta familiar. Se trata del mecanismo imprescindible
para que el tráfico de mercancías pueda funcionar de manera ágil a
largas distancias y sólo en un sentido. Como tal símbolo puede
crearse de la nada siempre que el emisor tenga suficiente poder
para ello. Con él se intenta comprar todo: últimamente incluso el
derecho a contaminar el planeta, tal como planea EEUU con la
reducción de emisiones contaminantes de la antigua Unión Soviética.
El moderno dinero no es ya siquiera el papel moneda: los
sofisticados activos financieros son ya tan sólo anotaciones en
cuentas electrónicas en instituciones con suficiente poder para
hacerlas y a las que otorgamos nuestra confianza, por la simple y
comprensible razón de mantener en orden la cocina de nuestra cueva.
Con este admirable instrumento y su creación a medida, el
transporte permite a las "ciudades globales" la explotación sin
límite del resto de los ecosistemas y territorios, propiciando el
crecimiento sostenido de aquel abismo entre "ricos" y "pobres" que
examinábamos con anterioridad. Los valores monetarios amenazan con
convertirse en nuestra única forma de percepción ecológica,
encubriendo todo aquello que el árbol puede sentir y controlar de
forma tan barata. Mientras que el árbol alcanza la sostenibilidad
a través de su autosuficiencia en el territorio que habita, en la
ciudad motorizada y monetarizada ni siquiera podemos percibir con
claridad lo insostenible de nuestra vida, atrapados en un mundo de
cuevas sobre el que no podemos hacer otra cosa que vender y comprar
cosas que vienen y van. Bajo esta luz es fácil entender la prisa de
la civilización urbano-industrial por suprimir las fronteras para
las mercancías y la moneda, y los obstáculos que encuentran las
personas para atravesarlas. Las sedentarias "ciudades globales" no
quieren ni oír hablar de la posibilidad de que los "pobres" decidan
volverse nómadas.
La construcción de la ciudad sostenible pasa por recuperar el
control del ciclo completo de energías y materiales que permiten
nuestra existencia. Y para empezar debemos recuperar su percepción
eliminando la lejanía. Calmar el tráfico en todos los planos y
distancias resulta por tanto una labor prioritaria ¡y no me refiero
sólo al automovilístico! Una vez podamos ver, podremos conocer,
valorar y controlar. La recuperación de la ciudad construida,
modificada, rehabilitada por sus ciudadanos es por tanto una
condición imprescindible para su sostenibilidad. El ciudadano tiene
que recuperar la posibilidad de dejar huella en la ciudad que
habita, como pasó y pasa en algunas ciudades, como siempre hizo la
célula viva en el árbol. Una democracia entendida como un proceso
electoral no ayuda mucho aquí. Idealmente, en el ágora de la ciudad
deberían caber representantes de todas sus familias y tribus, que
deberían poder realizar el deseo primero de lo urbano: estar
juntos, verse y tocarse las caras. Es necesario por tanto un tamaño
de ciudad, de espacio urbano, acorde con la posibilidad de percibir
la totalidad o la mayor parte posible de personas, objetos,
energías, información que la forman. La ciudad tiene que ser
abarcable apenas sin esfuerzo. Para nuestras grandes metrópolis se
ha sugerido y en ocasiones experimentado su troceo en barrios-ciudad, tal y como ha propuesto Agustín Hernández. Trozos de tamaño
suficiente como para dar cabida a la complejidad de lo urbano y a
su diversidad, pero no tan grandes que el ciudadano los desconozca.
Trozos en los que la población pueda, para empezar, construir por
sí misma su propia centralidad, su identidad colectiva. No se trata
desde luego de construir fronteras arbitrarias: igual que fue
posible construir la ciudad global mediante el diseño de redes de
comunicación e ingentes inversiones en infraestructuras, es posible
trocear la ciudad reformando sus sistemas de transporte: si las
circunvalaciones y las autopistas nunca fueron expresión de un
proyecto colectivo, su remodelación podría serlo. Lo que digo no es
una utopía: hay ya experiencias de ciudades que iniciaron, quizás
por circunstancias insospechadas, su propia transformación:
Curitiba en Brasil, Adelaida en Australia, Zurich, Vancouver y
otras. A medida que la conciencia de nuestros problemas ha ido
creciendo, gracias a una paciente y pertinaz labor de denuncia del
movimiento ecologista, a veces basta con una cierta masa crítica de
personas informadas y alguna circunstancia favorable para que el
proceso, al menos, comience. Cada experiencia tiene sus propias
particularidades, aciertos y fracasos, de manera que no tendría
sentido aquí una exposición de recetas, trucos y reglas para la
rehabilitación ecológica de la ciudad: lo que en unos sitios puede
servir en otros puede fracasar. Lo único que las distingue a todas
ellas es, precisamente, ese afán por una nueva acción política
democrática que permita reconstruir el alma colectiva de la ciudad.
Desde luego las conclusiones muy generales que pueden sacarse de
todo lo que llevamos visto son ideas-fuerza que deben concretarse
sobre el terreno. Insistiría en dos: primera, la reducción del
transporte por todas las razones apuntadas. Segunda: la
recuperación de una agricultura sostenible. Este punto ofrece
muchas ventajas, pero para la ciudad una en especial: para una
agricultura sostenible volverá a necesitarse un montón de gente a
pie de campo, lo que daría oportunidades significativas para
recuperar el medio rural y su posición superior en el proceso
productivo, a la vez que descongestionamos nuestras conurbaciones
más grandes. La transformación de la agricultura y de la ciudad
tienen que entenderse como caras de una misma moneda. De otro modo,
la reforma ecológica pasará a la historia como una moda
arquitectónica más, una moda epidérmica, impúdicamente lingüística.
Cuando planteé al principio el primer modelo de la botella
hermética, vimos que la población de la bacteria A crecía
exponencialmente para luego sucumbir. Les prometí entonces volver
más adelante sobre este particular. Para acabar cumpliré con mi
promesa. Los crecimientos exponenciales son apreciados por los
matemáticos, pues tienen algo de mágico: al principio parece que el
objeto en estudio apenas es un poco más grande, pero al cabo de un
tiempo, casi de repente es ya tan enorme que apenas alcanzamos a
verlo. La velocidad en crecer va pareja exactamente con el tamaño:
tanto más grande, tanto más rápido crece. Un antiguo cuento chino
explica bien y gráficamente las consecuencias del carácter
exponencial de muchos de los procesos que hemos examinado.
Imagínense un pequeño estanque, donde viven nenúfares hipotéticos,
con la extraña habilidad de que, cada día, se dividen en dos de
igual tamaño. Un cierto día, tan sólo la mitad de la superficie del
estanque está cubierta por los nenúfares. La otra mitad permanece
libre, de manera que la luz puede penetrar en el agua y otros seres
vivos pueden medrar en aparente armonía. Todo está en calma, peces
y larvas bucean despreocupados. Sin embargo, al día siguiente, tras
la reproducción de los nenúfares, toda la superficie del estanque
aparece cubierta: nada de luz llega al agua: peces y larvas
comienzan a preocuparse seriamente: pero es tarde: nada pueden ya
hacer para controlar su situación. La vida comienza a extinguirse.
No como en una explosión. Al decir de Margalef, como un globo que
se deshincha.
Candela, Félix (1985) En defensa del formalismo y otros escritos
(Xarait Ediciones, s.c.)
Estevan, Antonio (1998) "El nuevo desarrollismo ecológigo."
(Archipielago, número 33, pp. 47-60)
Naredo, José Manuel (1996) "Sobre los orígenes, el uso y el
contenido del término sostenible"
(http://habitat.aq.upm.es/cs/p2/a004.html)
Fecha de referencia: 31-1-1999
| Boletín CF+S > 8 -- Ciudad, economía, ecología y salud > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n8/amvaz.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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