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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Desde 1989, coincidiendo con el proceso preparatorio de la Cumbre
de Río sobre el Medio Ambiente, la Fundación Hábitat Colombia,
entidad donde desarrollo mi trabajo, inicio un proceso de reflexión
sobre las ciudades a la luz del concepto de sostenibilidad. Hoy, en
el marco de este 1er. Congreso Mundial de Salud y Medio Ambiente
Urbano, deseamos compartir con ustedes algunas de estas ideas [2].
En primer lugar y en el contexto de nuestra realidad
latinoamericana creemos que el espíritu citadino es y será la
realidad dominante. Por lo tanto estamos pensando cómo reconocer en
las ciudades la opción de vida que construyen día a día,
conjuntamente, mujeres y hombres. Las ciudades constituyen el
complejo tejido cultural en el cual deambulan, se entrelazan, crean
y recrean las innumerables imaginaciones, conexiones y
comprensiones del mundo, nuestras diversas formas de comunicación
con él, nuestras variadas capacidades de construcción de entornos
vivibles, nuestras aproximaciones a unas formas de habitarlos y
nuestras tendencias a relacionarnos con sus fortalezas y
vulnerabilidades.
Partimos de la ruptura con el enfoque desarrollista y hemos
trascendido tanto las miradas conservacionistas como aquellas para
las cuales la ciudad se constituye en un artefacto de cemento y
asfalto que consume recursos y evacúa desechos. Deseamos
desentrañar la complejidad inmersa en el mundo de las ciudades,
caracterizarla y comprender sus determinantes y tendencias;
reconocer los sujetos y actores que las viven, construyen y habitan
desde su heterogeneidad; e imaginar los nuevos destinos, las
alternativas y las apuestas centrales para encarar colectivamente
nuestras realidades y vislumbrar evoluciones deseables y posibles.
Hoy las ciudades se analizan no sólo por su importancia nacional
sino dentro del nuevo orden económico mundial frente a los retos
propuestos por la modernización y la modernidad y por su
trascendencia para un adecuado desarrollo ambiental, en razón de su
complejidad y pertinencia para la acción política, por su
significancia para el desarrollo territorial regional y nacional,
y por su potencialidad como opción intercultural para la
democracia.
Partimos de reconocer que cada una de ellas, las ciudades, -en su
carácter, en su naturaleza, en su espacio, en su vida, en su gente,
en sus dimensiones, en sus atributos, en sus relaciones, en sus
riquezas y problemas- conforman un mundo único y diferente del de
las otras. De otro lado, la conjunción de todas ellas, inmersas en
un sistema regional, nacional y global, conforman un mismo asunto,
la ciudadanía y lo urbano.
El sistema urbano y regional, que incorpora diversas dinámicas y
relaciones interurbanas y territoriales en una nación, permite
establecer una gran diversidad en los papeles que cumplen las
múltiples de ciudades.
La presunción de un modelo y un papel predeterminado para todas las
ciudades, en el contexto de los plantemientos de la modernización
y la internacionalización, además de ser un sofisma, incorpora
claramente una distorsión sobre la realidad de la complejidad
implícita en lo urbano regional.
Las ciudades se han hecho cada vez más complejas y cambiantes.
Ellas permiten, a la vez, lecturas catastróficas y esperanzadoras.
Reflexiones teóricas estructurales que dibujan una realidad
objetiva negativa junto con un ánimo de optimismo desorbitado. Pero
domina el reconocimiento de ser portadoras de la riqueza humana, de
su historia, son en esencia, una dimensión diferente de la
existencia. Observamos lo urbano como potencial creativo para lo
plural, para la imaginación democrática, ética y estética, para el
ejercicio de la autonomía y la emancipación y para el desarrollo de
la lúdica y de las relaciones con el espacio civilmente construido.
Las ciudades son escenario de los cambios recientes en las formas
de producción y en las relaciones laborales. Por la globalización
afrontan procesos más agudos de competencia y de inestabilidad
macroeconómica y social. La internacionalización ha representado
una transferencia de responsabilidades a las administraciones
locales y una pérdida de poder y gobernabilidad de las ciudades,
mayor fragmentación social, reducción del Estado central, aumento
de lo privado sobre lo público, polarización entre grupos de
ingresos altos y bajos, crecimiento de la informalidad y frágiles
consensos sociales. Junto con la segregación y la exclusión, crecen
los fenómenos de violencia y protección armada de territorios y
espacios urbanos. Las tendencias consumistas inciden en los niveles
de contaminación y hacen más evidentes las brechas entre ricos y
pobres. Los cambios en los precios y usos del suelo crean
corredores de exclusión a partir de la movilidad de los hogares de
altos ingresos. La igualdad que establece lo jurídico se ve
contrariada por la segregación económica y espacial. Se desarrollan
nuevas regiones periféricas, aumenta la desconcentración geográfica
pero también el crecimiento de las áreas metropolitanas. La
heterogeneidad en las formas de producción del espacio urbano y en
sus lógicas de reproducción, encara la inflexibilidad de los
instrumentos públicos y de las fuerzas del mercado.
Las ciudades también son actores y escenarios del actual
florecimiento de culturas urbanas, enriquecidas y diversas, que
convocan a reconocer los derechos y deberes ciudadanos. Surgen
nuevos actores urbanos y nuevas formas de relación con el
territorio. Tienden a transformarse las prácticas de la planeación
tradicional hacia modalidades participativas que buscan acuerdos
democráticos entre la sociedad civil, el Estado y el sector
privado. Se plantea un cambio en las relaciones de dominación y las
actitudes contestatarias en beneficio de la concertación y
gobernabilidad compartida. Se tiende a democratizar la gestión
pública junto con el fortalecimiento de las redes sociales y la
ampliación de los campos de acción de las organizaciones de la
sociedad civil. La calidad de vida surge como una preocupación
central con el crecimiento de las ciudades y, si bien la pobreza
relativa crece, la pobreza absoluta tiende a disminuir. El
reencuentro con lo urbano ha significado procesos por un mayor
aprecio por la democracia, lo ambiental y las solidaridades. Se
consolida la movilidad y la interrelación intraurbana.
Los múltiples imaginarios citadinos, su prospección en ciudades, su
visualización política y la creación de condiciones para hacerlos
factibles y viables se constituyen en componentes requeridos por la
ciudad imaginada y deseada. La complejidad de lo urbano, lleva
necesariamente a imaginarlo desde un amplio universo que asuma lo
cultural tanto como lo político, lo estético al igual que lo
funcional, lo espacial así como lo territorial, lo ético tanto como
lo normativo, lo económico al igual que lo social y ambiental, en
fin, la amplísima red que configura un sistema abierto. Aparecen en
el plano constitutivo de la ciudad valores de carácter físico,
espacial y ambiental y otros de carácter cultural, social, político
y económico, sobre los cuales crece el imaginario de nuestras
ciudades.
Es indispensable asumir como el mínimo ético para nuestras ciudades
el que ninguna diferencia pueda justificar la exclusión. Lo cual,
personificado en la ciudad, propone transformaciones en aspectos
como la segmentación y sectorización en los usos del suelo, la
participación dentro de las decisiones públicas y la política, el
aprovechamiento de las cualidades e infraestructuras urbanas y
ambientales, y la expresión cultural, entre otros. El derecho a la
ciudad de todos, con sus identidades y pertenencias, de los
diferentes, del inmigrante, de los más vulnerables, debe expresarse
en un proyecto de configuración real de una ciudadanía con
capacidad y espacios para habitar la ciudad y participar en sus
decisiones y en las oportunidades distintas pero equitativas de uso
y consumo.
Esta ciudad requiere de una ciudadanía con derechos y consciente de
ellos tanto como de sus obligaciones, expresadas en la
responsabilidad pública, la solidaridad, la correspondencia, la
reciprocidad y la confianza, en el horizonte de un proyecto
colectivo de ciudad.
La ciudad, diversa, plural y democrática, como espacio por
excelencia para albergar, comunicar y desarrollar las diferencias,
es un lugar estratégico para el proyecto colectivo. Por las
diferencias entre las ciudades y la heterogeneidad en su interior
no hay una única cultura de lo urbano. Cada ciudad tiene su propia
razón de ser, justificación y expresión estética y cívica -ante sus
habitantes y ante el conjunto de las ciudades- dándose un sentido
único a ella misma; y son todas ellas en su complejidad, las
ciudades, las que colectivamente conforman la experiencia global de
lo urbano.
Al reconocer la heterogeneidad, la ética citadina no parte del
abandono de la equidad social y cultural. Por el contrario, un
fundamento de la equidad está precisamente en el derecho de todos
a ser iguales en la diferencia. Con el desarrollo de la sociedad,
la ciudad deseada posibilita el desarrollo de la individualización
de los sujetos y a la vez el fortalecimiento de lo colectivo. Tal
ciudad favorece la aparición de sujetos autónomos, con capacidad de
integrarse adecuada y libremente a lo público y de asumir como
ciudadanos su responsabilidad y sus acuerdos en el proyecto urbano.
La ciudad imaginada requiere un balance riguroso entre lo público
y lo privado, en el cual la estructuración básica de lo colectivo
esté garantizada con los espacios, escenarios y bases
institucionales y legales requeridas. Es una ciudad en la cual no
se centra lo público sobre el gobierno y el Estado, sino que se
establece desde la vida colectiva de la sociedad civil y en los
ámbitos de la democracia. Lo privado encontrará sus límites en el
respeto por lo público, pero también será desde lo público donde se
garantice la existencia de lo privado.
La ciudad entendida como proceso requiere al menos de siete
movimientos básicos:
Implica reconocer la existencia y el debate riguroso sobre la
multiplicidad de proyectos citadinos, con actores dispuestos a
defenderlos, y la necesidad de encontrar los escenarios normativos,
sociales y políticos para la resolución concertada y negociada de
sus propuestas, intereses y conflictos.
Nuestras ciudades deben legitimar -como derecho ciudadano- las
propuestas, visiones e intereses de cada habitante y propiciar que
ello se exprese, se debata y se concierte. Ante ello, cobran
importancia la comunicación y la constitución de los escenarios y
espacios que integren la voz decisiva de sus sujetos y actores en
la formulación de la propuesta colectiva de ciudad. Tal proceso
debe conducir a la definición de acuerdos locales territoriales y
sociales.
Una ciudad que se conoce a sí misma y a su contexto requiere
garantizar una base programática para desarrollar el conocimiento
sobre los fenómenos urbanos. La fundamentación teórica,
metodológica, tecnológica e instrumental es punto esencial de las
transformaciones urbanas. Es necesario conformar institucionalmente
la política nacional para el desarrollo de las capacidades
científicas y tecnológicas sobre lo urbano y regional, de manera
tal que propicie la detección de necesidades de investigación, de
formación de investigadores y grupos de investigación y desarrollo
tecnológico, de interacción de los procesos y resultados
investigativos con diversos actores de lo urbano, de conformación
de redes de trabajo y conexión nacional e internacional y de
formación de nuevos escenarios educativos en materia urbana y
territorial.
Es preciso aumentar la capacidad social para leer, aprehender y
crear la diversidad de propuestas pertinentes a lo urbano y
entender las propuestas diferentes que giran en su entorno. El
espacio de lo público pasa por la responsabilidad que tiene el
desarrollo de los saberes. La constitucionalización del país, la
política urbana, la descentralización, el ordenamiento territorial,
la gobernabilidad urbana, la cultura y la simbología en nuestras
ciudades, el conflicto, la violencia y la crisis de gobernabilidad
democrática, las complejas condiciones de convivencia y seguridad,
la viabilidad ambiental y económica de las ciudades, la baja
alternatividad tecnológica de los procesos urbanos y los
requerimentos de una transformación educativa y pedagógica para
formar ciudadanos y ciudades, entre otros, requieren
indiscutiblemente del desarrollo investigativo y tecnológico.
La ciudad educadora enseña la ciudad al ciudadano y lo involucra en
su propia formación. Es aquella que se reconoce como entorno
educativo, como agente o medio educativo y como contenido
educativo.
La ciudad, su historia, su geografía, su estructura gubernativa,
sus procesos y calidades de conformación territorial, la
legitimidad de sus pluralidades culturales, su oferta de derechos
y de posibilidades de vida individual y colectiva, así como su
demanda de deberes y, especialmente, su inevitabilidad como
contenido y continente en la existencia individual y colectiva son
componentes de la educación espacial moderna del ciudadano, desde
su niñez hasta su edad adulta, en los diversos momentos de su
formación. La estrategia educativa tiene que asumir también tareas
inmediatas y contemplar el cubrimiento de la población que por su
edad, función o sector social, se encuentran por fuera del aparato
educativo.
La ciudad como espacio de comunicación reconoce en la crisis urbana
un factor de debilitamiento de su connatural capacidad
relacionadora y de comunicación. Esta situación exige el diseño y
ejecución de políticas de comunicación urbana, por parte del Estado
en sus diferentes instancias, en especial por parte de los
gobiernos locales, con miras a promover la participación ciudadana;
la intervención de los medios de comunicación social como
generadores de espacios de concertación y movilizadores de la
opinión pública; el tratamiento interinstitucional e
interdisciplinario de los problemas de la ciudad; y la interacción
ciudadana en la ocupación de sus espacios.
La comunicación en la ciudad, debe contar con el concurso de la
información y comunicación administrativas como generadoras de un
nuevo tipo de relaciones entre los gobernantes y los ciudadanos;
y con una visión de lo comunicativo que genere interacciones,
solidaridades y acuerdos entre la diversidad de sujetos. El sistema
de espacialidades públicas en lo urbano establece una relación
dialéctica con la esfera de la comunicación, como elemento
estructurante de relaciones sociales. Una estrategia de
comunicación se requiere para hacer visible y para materializar el
ejercicio del derecho al espacio público y a la pluralidad social,
cultural y política que ya ocupa la ciudad y que se manifiesta en
ella.
El reconocimiento de los escenarios de confrontación y de debate
como base comunicativa esencial para el desarrollo de una opinión
pública, autónomamente formada, constituye un componente
significativo para la democracia. La alteración de las fronteras
entre lo público y lo privado, entre otras, como consecuencia de
los usos sociales de los medios de comunicación, requiere de
acciones para conformar lo público desde la transversalidad de la
comunicación y desde el libre acceso a la información y a la
conformación de una opinión, a fin de recuperar la ciudad en su
dimensión comunicacional por excelencia. La identidad, como
construcción resultante de la interacción de los múltiples
orígenes, mensajes, tensiones y oposiciones entre diferentes
sistemas, debe contar con un proyecto abierto de tal naturaleza.
Una ciudad que construye su espacialidad desde la estética y la
dignificación de lo urbano, cuyo espacio edificado, contruido,
tangible, propicie al ciudadano un aprendizaje y una vivencia de
tal naturaleza. La ciudad no es solamente un asentamiento humano
generado por la agregación de pobladores y funciones, es una forma
de existencia nueva para millones de ciudadanos, que propone y
permite el desarrollo de sus estéticas y comprensiones vitales. Se
precisa un desarrollo consciente sobre la calidad espacial y
urbanística en la cual se habrá de desarrollar la vida de la
mayoría de seres del planeta.
Una ciudad que construye solidaridad y forma ciudadanía reconoce
que las solidaridades no están para descubrirlas sino que deben
construirse. Las estrategias educativa y comunicativa cumplen un
importante rol en el alcance de este objetivo, pero no el
suficiente. La solidaridad es también producto del derecho y la
regulación normativa. El derecho de todo ciudadano a un mínimo
óptimo de garantías para llevar una vida digna y participativa
exige de un sistema fiscal redistributivo y subsidiario que tenga
como fin universalizar este mínimo de derechos y consolidar el
ejercicio solidario sobre bases jurídicas, además de las
consideraciones de carácter ético, social y político.
Una ciudad adaptativa en lo ambiental y viable en lo económico
reconoce que todo ciudadano tiene derecho a gozar de un ambiente
sano y a unas condiciones de habitabilidad dignas. Una ciudad que
aprende a construir cultura adaptativa, que reconoce sus
responsabilidades no sólo al interior de los muros urbanos, sino en
el entorno inmediato y lejano del cual depende la producción
ciudadana. Una ciudad que se comprende como construcción cultural
pero que es consciente de que no puede construir cultura sino en la
continua transformación del medio y que sabe que la naturaleza
también toma venganza de las culturas no adaptativas.
El paradigma tecnológico mediante el cual se produce y reproduce la
ciudad deberá obedecer a criterios de producción limpia, ahorro y
optimización en el uso de los recursos, salubridad laboral y
pública, y unas condiciones económicas para la existencia digna.
Este paradigma se relaciona también con la necesidad que tiene toda
ciudad de generar empleos estables y con ingresos suficientes para
atender las necesidades esenciales, a nivel personal y familiar, de
todo ciudadano.
Además de la tecnología, debe existir una estratégia global de cada
ciudad para desarrollar ventajas competitivas que permitan alcanzar
el pleno empleo y el mejoramiento continuo en las condiciones de
vida, con especial énfasis en quienes se encuentran viviendo bajo
condiciones de exclusión, pobreza, vulnerabilidad y riesgo. En una
situación de globalización e internacionalización de la economía,
las ciudades deben ser eficientes, eficaces y bien administradas
para atraer las inversiones requeridas, promover la economía
privada y lograr la inserción plena de su producción en los
mercados mundiales. Entre las gestiones ambiental y económica debe
existir una expresa intencionalidad de construcción de referentes
de pertencia y responsabilidad de los ciudadanos con su territorio.
El proceso de concreción de acuerdos y responsabilidades para el
desarrollo de nuevas pautas en la producción, el uso y el consumo
sostenible en las ciudades requiere que en un corto plazo se
establezcan metas concretas sobre los asuntos pertinentes en la
ciudad, con definición de plazos e indicadores de cumplimiento para
asumir los consensos socialmente adoptados.
Los actores convocados a la participación en los acuerdos, al igual
que en su puesta en desarrollo, son todos aquellos que bajo
cualquier forma organizada o como individuos habitan la ciudad y
conforman tejidos significativos en lo regional y nacional. Sin
embargo, rigen para cada caso demandas particulares de
participación y responsabilidad, que definen roles y esfuerzos
diferentes para cada grupo de actores. Los actores pueden
resumirse, genéricamente en: el gobierno local, departamental y
nacional, el Estado y sus instituciones en las diversas dimensiones
sectoriales y territoriales, las organizaciones ciudadanas y las
organizaciones no gubernamentales, el sector empresarial y privado,
los partidos políticos y la dirigencia cívica, la académia y la
universidad, la escuela y los medios de comunicación. Para promover
el proceso y concretarlo es indispensable contar con la iniciativa
de los gobiernos locales en la convocatoria de los actores y en la
identificación de recursos de diverso tipo.
De manera genérica, se podrían situar ciertas esferas potenciales
.y de antemano definidas como prioritarias- para la definición de
pactos en un corto plazo:
Fecha de referencia: 31-1-1999
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