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Boletín CF+S > 7 -- Especial: MUJER Y CIUDAD > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n7/apcam.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

Identidad y Proyecto


Pascuala Campos de Michelena
Arquitecta[1]

La Coruña (España), 1997.



Introducción


Texto de referencia para el módulo "El Espacio Doméstico" del curso "Mujer y Urbanismo" organizado por los Colegios de Arquitectos, la viceconsejería de la Mujer de Castilla La Mancha y los Institutos de la Mujer andaluz y nacional en 1993 y 1994 en Málaga, Toledo y Almería, con el apoyo del programa europeo NOW.

El objeto de este texto es exponer algunas reflexiones, sugerencias y también intuiciones.

En el título del curso "Mujer y Urbanismo" estaba el deseo de investigar sobre las necesidades y consecuencias de la organización del espacio, no desde un rol de mujer ya dado, no a partir del propio proceso de construcción de la identidad. La organización del espacio no es neutral sino que reacciona a dictámenes de criterio sobre lo femenino y masculino.

Hasta ahora las decisiones sobre el espacio fueron tomadas por el colectivo masculino en base a intereses propios justificados con argumentos de objetividad.

Esa percepción de la realidad está teñida por dicotomías tales como: masculino-femenino, objetivo-subjetivo, intelectual-emocional, público-privado, político-personal, poder-amor.

La jerarquización de esos conceptos se resuelve según criterios de poder y dominación.

Un cambio en la percepción de la realidad se debe a una postura emocional distinta. Ella es debida a una toma de conciencia de nuestra propia capacidad para definir aquello que queremos ser.

La intuición es conocimiento guiado por el sentimiento de lo auténtico a través de procedimientos no codificados. Revalorizar la intuición es abrir caminos nuevos que en su momento puedan ser verificados.

"Lo masculino" y "lo femenino" no existe. Escojo todo aquello que me es necesario para la construcción de mi identidad de mujer.

Mi biología y mi querer ser, son los dos principios que determinan mi presente.

El pasado pertenece al futuro.

El útero
El regazo
El mundo exterior
La tierra que nos acoge.

Cuatro lugares. Cuatro tiempos. El primero y el cuarto son inevitables. El tercero, el Mundo, sólo existe si existe el segundo, el Regazo.

Es por eso que creo que el concepto de espacio está arraigado en lo femenino.

La demarcación de los territorios y de los cuerpos ha sido hecha por aquéllos que nunca sintieron que un cuerpo puede ser habitado.

La ocupación como dominio es un concepto anclado en lo masculino. Por eso la guerra y el guerrero se han considerado hasta ahora el más alto exponente de masculinidad.

Trascender el cuerpo siempre ha sido una historia masculina.

Las mujeres nos apegamos al cuerpo porque es fuente de comunicación y de vida.

La organización jerárquica del espacio tiene que ver con cuerpos invadidos.

La recreación del espacio tiene que ver con cuerpos habitados.

El espacio público y el privado pertenece a los mismos dueños: a aquéllos que se autoafirman a costa de otros.

El espacio colectivo y el de la intimidad es donde nos relacionamos y podemos ser nosotros mismos.

El espacio doméstico está asociado a lo privado pero debería conectarse a lo colectivo y a lo íntimo.

Lo doméstico se ha centrado en la casa, pero toda la ciudad, todo el territorio, es espejo de lo cotidiano.

Los sinsabores y una vida sobrecargada son las consecuencias de una organización jerárquica de la ciudad y el territorio.

Un territorio preparado para el día a día es aquél en el que fluye la vida en armonía.

Lo cotidiano engendra cada atardecer, cada mañana. Las horas están ligadas por espacios de tiempos en donde lo más importante es el concepto de vida.

Quien dice que no necesita lo cotidiano es porque lo usa, no porque lo participa o lo disfruta.

Nadie existe sin el día a día y sus ligaduras.

Se trata, en cada momento, de buscar valores espaciales bellos que nos enraícen en lo humano, en donde la vida diferente de muchas gentes diferentes sea posible.

La belleza es la expresión de lo auténtico, por eso nos seduce.
Las ciudades y las casas se hacen con muros.

Los muros pueden ser de piedra, de barro, de papel, de seda.

Incluso pueden ser, los muros, de costumbres, de normas, de miedos y también a veces de esperanza.

El muro es el principio construido de la diferencia.

El hueco es el punto luminoso en la ceguera del muro.

Cruzando los huecos, aceptamos las diferencias.

El umbral es un límite flexible, traspasable. De ahí su importancia.

El umbral es un espacio de relación.

El espacio construido quizás debiera ser una sucesión de umbrales.

Puertas y ventanas son espacios de comunicación. De su tiempo de ser infranqueable se deducen valores que imperan en nuestra cultura.

Habitar una casa significa ser libre para poder permanecer en ella.



Hacer arquitectura es una manera de estar en el mundo.


Había una vez una princesa que tenía un castillo, un gato y un enamorado...

Así empezaba un cuento inventado por mi hija cuando tenía 8 años. Con su gran agudeza habitual definió en tres palabras las bases de la felicidad: un sitio para habitar, la relación con lo diferente y lo oculto, y el amor.

Quizás, lo que más defina el ser princesa es el castillo. Porque ¿cómo se puede ser princesa y no tener castillo? ¿Cómo se puede tener identidad y no tener un sitio donde poderse reconocer, un sitio donde estar y, por lo tanto, ser?

En su cuento, ella conecta con Virginia Wolf en el reconocimiento de la necesidad de "una habitación propia", pero en la irreverencia de la infancia la habitación la convierte en un castillo y la presenta como una condición de partida y no como una meta a conseguir.

Hoy, con sus dieciocho años, quiere hacer arquitectura. Y hace esta elección porque, aunque sea desvelar un secreto, dice que después del amor lo más bonito es la arquitectura. En esta nueva relación que establece con los espacios, parece que ha asumido una trayectoria femenina que le ha hecho invertir el orden de premisas para conseguir la felicidad: primero el amor, después la arquitectura.

Pero otra vez más pone el dedo en la llaga: el amor como base de la identidad femenina. Si es así, ¿qué clase de amor?. El amor incondicional, el de la renuncia, el de la entrega absoluta y el de la negación de sí misma como último peldaño, ese amor alejado de la conciencia y del propio valor ¿no e parece más a un ritual de negaciones que en el fondo busca alejarse de la soledad y el abandono? ¿Es que no puede haber otra clase de amor, aquél que genera conexiones recíprocas, que hace crecer y bajo el cual subyace como deseo vital un ansia de conocimiento? ¿Un amor no segmentado, capaz de establecer un continuum con el objeto de amor?

Y, ahondando más, ¿acaso la dedicación a algo no implica una forma de enamoramiento? ¿Se puede hacer literatura o medicina o biología o matemáticas o arquitectura..., de manera auténtica, y que esto no suponga una implicación enamorada?

¿Qué cosa hay más en contra de la capacidad creadora que alejarse del impulso amoroso? ¿Acaso este alejamiento no supone caer en manos de la apariencia, de la especulación o de cualquier otra conveniencia?

La identidad es un proyecto a desarrollar en cada momento. La identidad es aquello que se siente como auténtico, aquello que sentimos que somos realmente. La aceptación de nosotros mismos y el deseo de lo que queremos ser configura nuestra personalidad.

Reconocer partes ocultas y dejarlas arraigar es un proceso de integración. El miedo a lo desconocido que forma parte de nosotros, de lo que puede surgir, de la locura como una consecuencia de la falta de límite, es lo que hace surgir el deseo de la forma prefigurada, de la falsa identidad.

Dejar la forma como consecuencia del propio ser, ese regurgitar que hace salir de las entrañas, de lo profundo, las partes ocultas, es un acto de valor. A través de la inversión interior-exterior esas partes ocultas pueden ser integradas en la personalidad como un acto de obcecación por la vida.

La búsqueda de esas partes significa volver con una linterna a un lugar oscuro y enfocar a aquellas parte que necesitamos como construcción de la conciencia.

La expresión de lo que somos forma parte de nuestra vida interior. A través de la expresión nos reconocemos y somos reconocidos.

La acción emocional nos conecta a los demás y es el fundamento de nuestro crecimiento armónico.

Hacer arquitectura es, como cualquier otra actividad, una manera de estar en el mundo. La práctica de esa actividad pone en juego todas aquellas conexiones que establecemos con lo exterior, con nuestra manera de interpretar la realidad. Un cambio en la percepción de la realidad proviene de un cambio emocional.

El concepto de espacio y las motivaciones inconscientes que subyacen en su definición han variado a través de los tiempos.

La recreación del espacio, que tiene como base el reconocimiento de lo existente, forma parte de una actitud que asume lo variable, lo específico y lo particular. Actitud distinta a aquélla que se adhiere a la generalización, la indiferencia y la abstracción como idea.

Actualmente se favorecen actitudes que hacen que el proyecto se convierta en el detonador de un territorio anulado, de unas ciudades invisibles y de unas viviendas inhóspitas. Se priman arquitecturas abstractas y desarraigadas de su contexto en donde muchas veces la forma pura se manifiesta como el resultado de una elección no comprometida.

Asimismo, el proyecto está determinado por categorías impuestas desde fuera de la persona que proyecta. De esta manera el acto de proyectar se convierte en una repetición de criterios en donde la propia identidad queda socavada.

El proyectar, como un acto de amor, queda relegado a proyectar por identificación con el modelo. Identificación que superficialmente se liga a la forma y profundamente a la actitud que subyace a la consecución de la forma. De esta manera el proyectar se convierte en una desconexión de sí mismo y en una especie de batalla en donde la imposición al lugar, y a los demás, es una necesidad de autoafirmación. Esta actitud inconsciente de profesionales y políticos es lo que evidencia y refleja como un espejo la destrucción de la ciudad. La arquitectura que así resulta es una arquitectura más para la muerte que para la vida, tanto en sus aspectos de expresión ostentosa o abigarrada, como por el tipo de vida a que condiciona.

Es necesaria una arquitectura que favorezca las sutiles y complicadas relaciones humanas, en donde la recreación del espacio, con sus componente de belleza y armonía, sea un apoyo y una consecuencia de un sentimiento de amor hacia la vida.

El proyecto como acto de expresión es la cristalización de sentimientos y decisiones que nos liga a un tiempo interior y a la realidad del mundo.



La casa de Fina


La ciudad
El casco antiguo
Una casa de 5 x 7. Sólo luz en la fachada. Necesita de un paisaje interior.

La escalera y la luz.
Una casa para una mujer ordenada, introvertida, trabajadora y con mucha fantasía.

Casi una casa de juguete.

Me gustará que la casa le aporte emoción y posibilidad de recrearse en cualquier lugar.



La casa de Antolina


Un paisaje dulce
una casa de piedra
tres deseos de vida:

Los abuelos, mayores, con su intimidad: un dormitorio, la cocina, el baño y el fácil acceso a la huerta.

La madre, con sus amigos, sus amores y su disponibilidad: un dormitorio con sitio para trabajar, con visión sobre un estar ligado por una escalera a la cocina.

La hija, adolescente, con sus compañeros y, como no, con tremendos amores: un dormitorio pequeño, con un altillo para hacer de cueva y un taller estar.

tres vidas
tres intimidades
muchas relaciones

Una casa pequeña y flexible. Por fuera cerrada, incrustada en el paisaje. Por dentro, alegre y con mucha transparencia.

Confío en que sea una buena casa.

Fecha de referencia: 27-11-1998


1: Catedrática de Proyectos de la E.T.S. de Arquitectura de La Coruña.

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