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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
La Coruña (España), 1997.
El objeto de este texto es exponer algunas reflexiones,
sugerencias y también intuiciones.
En el título del curso "Mujer y Urbanismo" estaba el deseo de
investigar sobre las necesidades y consecuencias de la
organización del espacio, no desde un rol de mujer ya dado, no
a partir del propio proceso de construcción de la identidad. La
organización del espacio no es neutral sino que reacciona a
dictámenes de criterio sobre lo femenino y masculino.
Hasta ahora las decisiones sobre el espacio fueron tomadas por
el colectivo masculino en base a intereses propios justificados
con argumentos de objetividad.
Esa percepción de la realidad está teñida por dicotomías tales
como: masculino-femenino, objetivo-subjetivo, intelectual-emocional, público-privado, político-personal, poder-amor.
La jerarquización de esos conceptos se resuelve según criterios
de poder y dominación.
Un cambio en la percepción de la realidad se debe a una postura
emocional distinta. Ella es debida a una toma de conciencia de
nuestra propia capacidad para definir aquello que queremos ser.
La intuición es conocimiento guiado por el sentimiento de lo
auténtico a través de procedimientos no codificados. Revalorizar
la intuición es abrir caminos nuevos que en su momento puedan ser
verificados.
"Lo masculino" y "lo femenino" no existe. Escojo todo aquello que
me es necesario para la construcción de mi identidad de mujer.
Mi biología y mi querer ser, son los dos principios que
determinan mi presente.
El pasado pertenece al futuro.
El útero
El regazo
El mundo exterior
La tierra que nos acoge.
Cuatro lugares. Cuatro tiempos. El primero y el cuarto son
inevitables. El tercero, el Mundo, sólo existe si existe el
segundo, el Regazo.
Es por eso que creo que el concepto de espacio está arraigado en
lo femenino.
La demarcación de los territorios y de los cuerpos ha sido hecha
por aquéllos que nunca sintieron que un cuerpo puede ser
habitado.
La ocupación como dominio es un concepto anclado en lo masculino.
Por eso la guerra y el guerrero se han considerado hasta ahora
el más alto exponente de masculinidad.
Trascender el cuerpo siempre ha sido una historia masculina.
Las mujeres nos apegamos al cuerpo porque es fuente de
comunicación y de vida.
La organización jerárquica del espacio tiene que ver con cuerpos
invadidos.
La recreación del espacio tiene que ver con cuerpos habitados.
El espacio público y el privado pertenece a los mismos dueños:
a aquéllos que se autoafirman a costa de otros.
El espacio colectivo y el de la intimidad es donde nos
relacionamos y podemos ser nosotros mismos.
El espacio doméstico está asociado a lo privado pero debería
conectarse a lo colectivo y a lo íntimo.
Lo doméstico se ha centrado en la casa, pero toda la ciudad, todo
el territorio, es espejo de lo cotidiano.
Los sinsabores y una vida sobrecargada son las consecuencias de
una organización jerárquica de la ciudad y el territorio.
Un territorio preparado para el día a día es aquél en el que
fluye la vida en armonía.
Lo cotidiano engendra cada atardecer, cada mañana. Las horas
están ligadas por espacios de tiempos en donde lo más importante
es el concepto de vida.
Quien dice que no necesita lo cotidiano es porque lo usa, no
porque lo participa o lo disfruta.
Nadie existe sin el día a día y sus ligaduras.
Se trata, en cada momento, de buscar valores espaciales bellos
que nos enraícen en lo humano, en donde la vida diferente de
muchas gentes diferentes sea posible.
La belleza es la expresión de lo auténtico, por eso nos seduce.
Las ciudades y las casas se hacen con muros.
Los muros pueden ser de piedra, de barro, de papel, de seda.
Incluso pueden ser, los muros, de costumbres, de normas, de
miedos y también a veces de esperanza.
El muro es el principio construido de la diferencia.
El hueco es el punto luminoso en la ceguera del muro.
Cruzando los huecos, aceptamos las diferencias.
El umbral es un límite flexible, traspasable. De ahí su
importancia.
El umbral es un espacio de relación.
El espacio construido quizás debiera ser una sucesión de
umbrales.
Puertas y ventanas son espacios de comunicación. De su tiempo de
ser infranqueable se deducen valores que imperan en nuestra
cultura.
Habitar una casa significa ser libre para poder permanecer en
ella.
Así empezaba un cuento inventado por mi hija cuando tenía 8 años.
Con su gran agudeza habitual definió en tres palabras las bases
de la felicidad: un sitio para habitar, la relación con lo
diferente y lo oculto, y el amor.
Quizás, lo que más defina el ser princesa es el castillo. Porque
¿cómo se puede ser princesa y no tener castillo? ¿Cómo se puede
tener identidad y no tener un sitio donde poderse reconocer, un
sitio donde estar y, por lo tanto, ser?
En su cuento, ella conecta con Virginia Wolf en el reconocimiento
de la necesidad de "una habitación propia", pero en la
irreverencia de la infancia la habitación la convierte en un
castillo y la presenta como una condición de partida y no como
una meta a conseguir.
Hoy, con sus dieciocho años, quiere hacer arquitectura. Y hace
esta elección porque, aunque sea desvelar un secreto, dice que
después del amor lo más bonito es la arquitectura. En esta nueva
relación que establece con los espacios, parece que ha asumido
una trayectoria femenina que le ha hecho invertir el orden de
premisas para conseguir la felicidad: primero el amor, después
la arquitectura.
Pero otra vez más pone el dedo en la llaga: el amor como base de
la identidad femenina. Si es así, ¿qué clase de amor?. El amor
incondicional, el de la renuncia, el de la entrega absoluta y el
de la negación de sí misma como último peldaño, ese amor alejado
de la conciencia y del propio valor ¿no e parece más a un ritual
de negaciones que en el fondo busca alejarse de la soledad y el
abandono? ¿Es que no puede haber otra clase de amor, aquél que
genera conexiones recíprocas, que hace crecer y bajo el cual
subyace como deseo vital un ansia de conocimiento? ¿Un amor no
segmentado, capaz de establecer un continuum con el objeto de
amor?
Y, ahondando más, ¿acaso la dedicación a algo no implica una
forma de enamoramiento? ¿Se puede hacer literatura o medicina o
biología o matemáticas o arquitectura..., de manera auténtica,
y que esto no suponga una implicación enamorada?
¿Qué cosa hay más en contra de la capacidad creadora que alejarse
del impulso amoroso? ¿Acaso este alejamiento no supone caer en
manos de la apariencia, de la especulación o de cualquier otra
conveniencia?
La identidad es un proyecto a desarrollar en cada momento. La
identidad es aquello que se siente como auténtico, aquello que
sentimos que somos realmente. La aceptación de nosotros mismos
y el deseo de lo que queremos ser configura nuestra personalidad.
Reconocer partes ocultas y dejarlas arraigar es un proceso de
integración. El miedo a lo desconocido que forma parte de
nosotros, de lo que puede surgir, de la locura como una
consecuencia de la falta de límite, es lo que hace surgir el
deseo de la forma prefigurada, de la falsa identidad.
Dejar la forma como consecuencia del propio ser, ese regurgitar
que hace salir de las entrañas, de lo profundo, las partes
ocultas, es un acto de valor. A través de la inversión interior-exterior esas partes ocultas pueden ser integradas en la
personalidad como un acto de obcecación por la vida.
La búsqueda de esas partes significa volver con una linterna a
un lugar oscuro y enfocar a aquellas parte que necesitamos como
construcción de la conciencia.
La expresión de lo que somos forma parte de nuestra vida
interior. A través de la expresión nos reconocemos y somos
reconocidos.
La acción emocional nos conecta a los demás y es el fundamento
de nuestro crecimiento armónico.
Hacer arquitectura es, como cualquier otra actividad, una manera
de estar en el mundo. La práctica de esa actividad pone en juego
todas aquellas conexiones que establecemos con lo exterior, con
nuestra manera de interpretar la realidad. Un cambio en la
percepción de la realidad proviene de un cambio emocional.
El concepto de espacio y las motivaciones inconscientes que
subyacen en su definición han variado a través de los tiempos.
La recreación del espacio, que tiene como base el reconocimiento
de lo existente, forma parte de una actitud que asume lo
variable, lo específico y lo particular. Actitud distinta a
aquélla que se adhiere a la generalización, la indiferencia y la
abstracción como idea.
Actualmente se favorecen actitudes que hacen que el proyecto se
convierta en el detonador de un territorio anulado, de unas
ciudades invisibles y de unas viviendas inhóspitas. Se priman
arquitecturas abstractas y desarraigadas de su contexto en donde
muchas veces la forma pura se manifiesta como el resultado de una
elección no comprometida.
Asimismo, el proyecto está determinado por categorías impuestas
desde fuera de la persona que proyecta. De esta manera el acto
de proyectar se convierte en una repetición de criterios en donde
la propia identidad queda socavada.
El proyectar, como un acto de amor, queda relegado a proyectar
por identificación con el modelo. Identificación que
superficialmente se liga a la forma y profundamente a la actitud
que subyace a la consecución de la forma. De esta manera el
proyectar se convierte en una desconexión de sí mismo y en una
especie de batalla en donde la imposición al lugar, y a los
demás, es una necesidad de autoafirmación. Esta actitud
inconsciente de profesionales y políticos es lo que evidencia y
refleja como un espejo la destrucción de la ciudad. La
arquitectura que así resulta es una arquitectura más para la
muerte que para la vida, tanto en sus aspectos de expresión
ostentosa o abigarrada, como por el tipo de vida a que
condiciona.
Es necesaria una arquitectura que favorezca las sutiles y
complicadas relaciones humanas, en donde la recreación del
espacio, con sus componente de belleza y armonía, sea un apoyo
y una consecuencia de un sentimiento de amor hacia la vida.
El proyecto como acto de expresión es la cristalización de
sentimientos y decisiones que nos liga a un tiempo interior y a
la realidad del mundo.
La escalera y la luz.
Una casa para una mujer ordenada, introvertida, trabajadora y con
mucha fantasía.
Casi una casa de juguete.
Me gustará que la casa le aporte emoción y posibilidad de
recrearse en cualquier lugar.
Un paisaje dulce
una casa de piedra
tres deseos de vida:
Los abuelos, mayores, con su intimidad: un dormitorio, la cocina,
el baño y el fácil acceso a la huerta.
La madre, con sus amigos, sus amores y su disponibilidad: un
dormitorio con sitio para trabajar, con visión sobre un estar
ligado por una escalera a la cocina.
La hija, adolescente, con sus compañeros y, como no, con
tremendos amores: un dormitorio pequeño, con un altillo para
hacer de cueva y un taller estar.
tres vidas
tres intimidades
muchas relaciones
Una casa pequeña y flexible. Por fuera cerrada, incrustada en el
paisaje. Por dentro, alegre y con mucha transparencia.
Confío en que sea una buena casa.
Fecha de referencia: 27-11-1998
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