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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Santander (España), junio de 1995 [1].
Reconstruir significa "rehacer, volver a formar algo que se ha
deshecho o cuyas piezas se han separado; como una máquina o una
vasija rota en pedazos" (Diccionario de María Moliner).
La ciudad donde vivo parece una vasija desecha donde sus piezas se
han desperdigado, cada vez todo está más lejos, desconectado, cada
vez cuesta más llegar. La metrópoli actual se va expandiendo en el
espacio circundante: los grandes centros de servicios y
equipamientos son como piezas desperdigadas donde cada vez es más
necesario para acceder a las mismas los modos de transporte
motorizado. Las urbanizaciones, los barrios periféricos, toda la
ciudad se va esparciendo. Este modelo urbano que no se pone límites
ni al crecimiento en el espacio circundante ni a la dependencia de
transporte motorizado, funciona como una bomba expansiva y las
piezas de este recipiente se van alejando más y más.
El interior de las ciudades también se va resquebrajando: se
permite la tercialización del centro, la desestructuración de los
barrios, el dominio del automóvil frente al ciudadano. La calle se
vuelve un lugar desagradable por los ruidos y humos, un lugar donde
sólo se puede transitar deprisa.
Así, el proceso de destrucción, de ruptura, de dispersión se
retroalimenta porque la población es expulsada del interior de la
ciudad por diversos motivos -precios muy altos de vivienda,
degradación y baja calidad ambiental- y se van a vivir a la
periferia y vienen sólo a trabajar al interior de la ciudad y se
acrecienta la necesidad de transporte y se va acrecentando la
degradación de la calle que tiene que acoger los coches de esta
población que se fue a vivir lejos. Y, además, la ciudad se va
deshumanizando por la pérdida de vida vecinal y la calle se vuelve
peligrosa.
La necesidad de reconstruir el espacio cotidiano surge porque este
modelo urbano, esta ciudad a trozos, este espacio desperdigado no
funciona, es como una máquina rota. Una máquina ineficaz en la que
se invierte cada vez más tiempo y energía y no resuelve o facilita
las necesidades básicas de sus habitantes. Necesidades de
accesibilidad, sociabilidad y, en definitiva, lo que se puede
considerar calidad de vida.
Y es que la ciudad si funciona mal para todos, funciona peor para
las mujeres. Es una ciudad creada según las necesidades percibidas
por los hombres, donde las mujeres han participado poco en la
construcción de este espacio común y se ha conseguido una ciudad
pensada para moverse y para trabajar, no para vivir. Se han
olvidado o relegado a un segundo plano las necesidades de todos
aquellos que no realizan actividades consideradas como
"productivas".
Para la mujer las grietas de esta ciudad son más insalvables. A
algunas se les ha ido resquebrajado su entorno y van quedando
aisladas en su pieza, en su vivienda, en un espacio que se va
reduciendo, cada vez con más dificultades para poder satisfacer en
un radio próximo sus necesidades, cada vez con mayores problemas
para moverse. En esta situación se encuentra la mayor parte de las
amas de casa, un colectivo considerado dentro del grupo de los "no
activos", cuyo trabajo está socialmente minusvalorado y por lo
tanto, cuyas necesidades espaciales ni se consideran.
Las amas de casa, acostumbradas a ceder su tiempo también han
cedido su espacio. Se han ido quedando solas en sus viviendas
super-equipadas y no tienen lugares para el encuentro social. Los
grandes bloques de viviendas uniformes e incluso las nuevas formas
de vivienda adosada, favorecen su aislamiento. Las casas se cierran
hacia dentro ya que la calle es un lugar desagradable y cada vez
más peligroso, cada vez hay menos relaciones de vecindad, menos
relaciones de barrio, la calle llena de ruidos, de humos, la calle
antes lugar de encuentro y de relación social, espacio controlado
por los vecino, ahora es un lugar de nadie, sólo para transitar a
prisa. Así la casa se blinda, se aisla de su espacio exterior y la
reina del hogar queda como princesa en el torreón.
Esta transformación profunda de la relación que hay entre el
espacio público y privado, esta grieta que se abre entre la casa y
la calle, colabora a la degradación del espacio y de la vida
cotidiana. Deja de haber un control social sobre la calle, la gente
deja de estar en el espacio público porque es desagradable, la
calle se vuelve un lugar peligroso, cada vez se usa menos, los
vecinos ya no se sientan, ya no pasean, los niños no juegan, la
calle se vacía y se vuelve un espacio donde a la gente le da miedo
caminar solo, la calle se convierte en el lugar de la marginación
y, así se va alimentando este círculo vicioso.
Además de esta transformación en la calle, el ama de casa se
encuentra con que los espacios que antes tenía para la relación
social -los mercados, las plazas e incluso la antigua fuente- han
desaparecido o han sido sustituidos por equipamiento doméstico
individual, por modernos autoservicios o centros comerciales que no
favorecen la comunicación. Las amas de casa pueden realizar hoy en
día todas sus tareas sin apenas cruzar una palabra con otro adulto,
en la más absoluta soledad.
La incorporación de la mujer al mundo laboral remunerado no ha
supuesto cambios profundos en la forma de concebir el trabajo y el
hogar y no ha habido las transformaciones oportunas ni en la
vivienda ni en la ciudad para favorecer el reparto de papeles. Por
un lado, no se han creado nuevas formas de vivienda que permitan,
por ejemplo, la socialización del trabajo doméstico y sigue
primando la vivienda diseñada para la familia nuclear, aislada del
vecindario, sin lugares comunes y donde hay un reparto de tareas
por sexo.
La incorporación de la mujer al trabajo remunerado no ha supuesto
una aproximación entre el mundo laboral y el doméstico y la mujer
se ha partido en dos. En la escala de valores sociales el trabajo
remunerado es prioritario frente a las necesidades de la familia y
la mujer tiene que "ocultar" sus preocupaciones domésticas e
incluso renunciar a tener hijos por el conflicto que supone
compatibilizar ambos mundos.
Esta disociación ha supuesto la conocida doble jornada y también
unos dobles desplazamientos: para acudir a su puesto de trabajo y
para atender al núcleo familiar. En las ciudades estos dobles
desplazamientos se convierten en algo muy penoso por el aumento de
las distancias y por la dificultad de accesibilidad.
La idea de que se ha generalizado el uso del vehículo a toda la
sociedad, que todo el mundo va en coche y que la mujer de ahora
tiene más libertad, gracias al uso del automóvil, es errónea.
Exceptuando un grupo social de mujeres profesionales en edad
activa, la mayor parte de las mujeres mayores de dieciocho años no
tiene permiso de conducir, el 68% del total. En mujeres de más de
45 años las que no conducen suponen el 80% que se eleva hasta casi
la totalidad a partir de los 65 años.
Es decir, la mayor parte de las mujeres adultas no tienen la
posibilidad siquiera de hacer un uso autónomo de gran parte de los
equipamientos, servicios e infraestructuras que están creando en
las grandes metrópolis apoyados en el uso del automóvil. La mujer
utiliza más el transporte público y también patea más la ciudad. A
la mayor parte de las mujeres el coche no hace más que estorbar,
dificultar su tránsito, degradar la calle con sus ruidos y humos y,
además, promover el que la ciudad se vaya dispersando y alejando
cada vez más.
Si la mayor parte de las mujeres hicieran un balance de lo que les
supone realmente vivir en una ciudad moderna, en una ciudad
competitiva, seguramente el resultado de ese balance sería
negativo. Como hemos ido viendo, para muchas se ha ido
resquebrajando su espacio vital, reduciéndose, aisladas en sus
viviendas, para otras su día a día supone ir salvando obstáculos,
ir saltando grietas, de pieza en pieza para cumplir con todos los
cometidos del mundo público y privado. Además, vamos a ver como la
inadecuación de las ciudades para los grupos sociales más débiles
repercute también directamente en las mujeres.
La pérdida de autonomía y movilidad de los niños, los ancianos y
los discapacitados ha degenerado en un incremento de dependencia de
éstos hacia las personas que les cuidan. Con ello, las mujeres se
han convertido en transportistas, vigilantes permanentes,
acompañantes y cuidadoras dedicando gran parte de su tiempo, que
antes tenían para ellas, a esas tareas.
Si para las mujeres las ciudad se ha llenado de grietas, ya para
los niños se ha desintegrado. El recorte de libertad y autonomía
que actualmente los niños tienen en las ciudades, no tiene
precedente en la historia. Mientras que los adultos tenemos
recuerdos de nuestra infancia jugando en la calle, yendo solos al
colegio, o bien reuniéndonos con los amigos. La mayor parte de los
niños de las ciudades de hoy ya no pueden tener esas experiencias.
En los últimos veinte años los niños han desaparecido de la escena
pública.
En un estudio realizado en Inglaterra sobre la movilidad de los
niños se muestra la pérdida de independencia que han sufrido los
niños en los últimos veinte años, siendo aplicables estos
resultados a este país con un pequeño desfase de tiempo.
A la edad de nueve años, los niños tienen capacidad para muchas
cosas, pero actualmente sólo a la mitad se les permite cruzar la
calle solos, sólo a un tercio se les permite salir a la calle sin
un adulto y sólo a uno de cada diez se les permite coger autobuses
solos. Hace veinte años, la mayor parte de los niños de nueve años
podían realizar estas actividades por su cuenta. Las cosas
permitidas antes a niños de siete años, en 1971, no las pueden
realizar ahora hasta que tienen nueve años y medio.
La concepción de ciudad como centro de intercambio, la concepción
de la calle como lugar de tránsito, la idea de progreso asociada a
factores como la movilidad, la velocidad o la motorización ha
atropellado a los niños. Esta concepción no es reciente, aunque
claramente se ha agravado con la presión del automóvil privado. Ya
en 1924 el entonces alcalde de Madrid difundió un bando sobre la
circulación de peatones y vehículos y ahí se empezó a manifestar el
predominio del coche sobre los habitantes.
"Hago saber: Dado el aumento del tránsito rodado que se ha
observado en Madrid durante estos últimos años, como asimismo el
considerable número de habitantes de nuestra capital, hoy
insuficiente para contener la enorme masa de carruajes y peatones,
es perentoriamente necesario regularizar la marcha de todo para, de
esta forma, encauzar el tránsito con la rapidez que exige la vida
moderna en las grandes urbes".
El ordenar no significaba convivir, sino segregar a los vehículos
de los peatones y recortar el uso tradicional de la calle a los
viandantes que ya no podían reunirse ni formar corrillos y se les
aleccionaba así: "andad pausadamente, no correr, no leer el
periódico, no liar el cigarrillo, pensad en el peligro que
corréis". A continuación, en este bando se hace una mención
especial a los niños:
"Los padres cuidarán bajo su más estrecha responsabilidad de que
sus hijos no jueguen más que en parques y jardines, que son los
sitios adecuados al esparcimiento infantil; debe multarse a los
padres de los niños que jueguen al foot-ball, a los patines, o que
cometan otros actos de esta índole que puedan molestar a las
personas que transitan por la vía pública. (...) Asimismo los niños
que vayan subidos en los topes de los tranvías y en las trasera de
los coches y automóviles se les detendrá, imponiendo a los padres
una considerable sanción, para ver si de esta forma se consigue
evitar los continuados accidentes que se suceden y el repulsivo
espectáculo que ofrecen a la vista de los extranjeros que
frecuentemente nos visitan".
La reclusión forzosa de los niños ha supuesto la reclusión forzosa
de las madres, sobre quienes sigue recayendo la labor de su
cuidado. Ha dejado de ser una tarea de la comunidad, una tarea
compartida por vecinos, abuelos, por los adultos conocidos y se ha
convertido en un cometido cuya responsabilidad recae directamente
sobre los padres y principalmente sobre la mujer. Ser madre en una
ciudad se convierte en una tarea dura porque un entorno hostil para
los niños supone una enorme sobrecarga para quienes cuidan de
ellos. Ahora las madres o padres tienen que salvar las grietas que
hacen el espacio inaccesible a los niños: llevarles e irles a
buscar al colegio, acompañarles y vigilarles en el parque,
entretenerles en casa. Son unos nuevos papeles en la relación entre
padres e hijos, los niños presos, siempre bajo la mirada de un
adulto y los padres como carceleros, ambos a disgusto.
El hecho de que los niños no puedan acceder y conocer por sí mismos
el entorno, jugar en el espacio abierto y explorar sin estar bajo
la mirada de un adulto, tiene unas enormes repercusiones en su
desarrollo como personas en cuanto a su propia autoestima, su
responsabilidad y su independencia. A su vez, no se valora
suficientemente las repercusiones de estas barreras espaciales en
su salud física: el sedentarismo y la falta de ejercicio físico es
otra lacra en el crecimiento de estos niños urbanos. Distintos
estudios alertan sobre el riesgo de obesidad y los problemas de
corazón de estos niños más adelante.
Se critica y se "culpabiliza" tanto a los niños como a los padres
por comportamientos como la teleadicción o los juegos de ordenador,
cuando éstas son algunas de las escasas salidas que los niños
tienen para evadirse del encierro y que los padres utilizan para
poder tener algo de tiempo propio. Algunos psicólogos consideran
que la televisión proporciona un substituto del espacio físico que
aleja al individuo de su medio familiar inmediato y le da la
oportunidad de entrar en otros mundos.
También las personas mayores se han visto excluidas de este modelo
de ciudad. La tercialización del centro, los espacios
monofuncionales alejados de la ciudad a los que se han trasladado
parte de las actividades y servicios que antes les resultaban
accesibles, y la degradación de la calle para su estancia y uso han
confinado también a los ancianos en sus viviendas.
Hacia la reconstrucción de la ciudad.
Ante la desintegración que están sufriendo los colectivos sociales
más débiles en las ciudades y ante el recorte de libertad que están
sufriendo muchas mujeres por tener un espacio no adaptado a sus
necesidades, es necesario reconstruir la ciudad.
El objetivo que mueve la reconstrucción del espacio cotidiano es
rescatar el derecho de todos los ciudadanos, desde el más pequeño
al más mayor, hombre o mujer, de disfrutar de un espacio que cubra
sus necesidades de actividad y sociabilidad. Este derecho que
parece tan evidente hoy en día está claramente mancillado.
Algunos criterios que guían esta tarea:
Accesibilidad. Entendida ésta como una organización del espacio
que favorece el fácil acceso de todos los ciudadanos a bienes,
servicios o personas. Que no hay que confundir con movilidad que
conlleva únicamente la facilidad de movimiento.
La movilidad de unos no puede comprometer la movilidad del resto,
la prioridad que hoy en día se da a los modos motorizados debe
cesar para permitir que la calle pueda se utilizada por todos.
La autonomía está ligada al aspecto anterior, a la facilidad de
acceso. Es la ruptura de dependencias a partir de la creación de un
espacio seguro y accesible para todos.
Habitabilidad. Entendida la habitabilidad como un conjunto de condiciones ambientales que hacen que un espacio sea saludable, seguro y agradable para el desarrollo de la vida.
La aplicación de estos criterios en el diseño y la construcción del
espacio común supone dar un giro radical al rumbo que actualmente
se lleva, supone frenar la dispersión, la ruptura y empezar a unir
piezas, retomar la escala humana y reconstruir la ciudad a la
medida del conjunto de los ciudadanos. Esta visión implica la
preeminenecia de los intereses sociales sobre los intereses
económicos.
La construcción de un espacio igualitario supone ir contra
corriente, vencer muchas resistencias; desde la falta de crítica y
el menosprecio de los problemas sociales generados por este modelo
urbano, la idea asumida de que el camino hacia el progreso lleva
implícitos estos "costes" en el modo de vida cotidiano, hasta la
propia potencia y la inercia de este modelo de desarrollo que
conforme va generando un problema, va generando, no ya soluciones,
sino fórmulas costosas para evadirlo.
Es necesario ir actuando simultáneamente sobre todas las fases del
proceso para poder invertirlo. Partiendo de la propia esfera social
desde donde debe surgir la crítica al modelo de ciudad, incidiendo
en el marco legislativo y normativo para que acoja los cambios
necesarios e interviniendo en la planificación urbanística y
territorial en todas las escalas, desde los Planes Generales de
Ordenación Urbana hasta en actuaciones puntuales en el barrio.
Una nueva forma de pensar la ciudad, de pensar sobre la calle y
sobre la vivienda va a conducir a nuevas propuestas y actuaciones.
El cambio en la percepción de las necesidades, la nueva jerarquía
de valores y, sobre todo, el objetivo prioritario de construir un
espacio a la medida de todos, conduce inexorablemente a fórmulas
distintas de las que actualmente se están manejando y a plantear
actuaciones novedosas tanto en la construcción del espacio público
como privado.
La envergadura de esta tarea que, como se ha indicado, arranca con
una forma distinta de percibir la relación de los individuos con su
espacio y que abarca desde aspectos normativos hasta actuaciones
urbanísticas, dificulta una formulación breve de propuestas
concretas. No obstante, indicar las líneas de actuación que podrían
guiar la reconstrucción de la ciudad desde la planificación
urbanística:
Reconstruir significa rehacer un espacio para que éste de cabida a
las actividades de todos los ciudadanos, significa acercar, unir
piezas, reformar, rehabilitar, crear proximidad, significa rehacer
una ciudad para que funcione, para que el espacio esté adaptado a
las necesidades de sus habitantes, para que no sea un conjunto de
piezas dispersas, cada vez más inaccesibles o una máquina rota que
no funciona. Para que la ciudad sea un lugar para la sociabilidad,
el encuentro de los ciudadanos, un espacio para la relación, el
juego, el intercambio.
Sólo sobre un espacio equitativo se puede plantear una sociedad
igualitaria donde no existan desequilibrios en función del sexo o
la edad. Tal como está hoy en día planteada la ciudad, con la
sobrevaloración de los aspectos laborales-económicos-monetarios,
con la sobrevaloración de la movilidad frente a usos estanciales,
la sobrevaloración de las actividades consideradas como productivas
frente al resto, sobre estos presupuestos la ciudad está abocada a
ser un escenario de desigualdades sociales, un lugar de
discriminación.
Fecha de referencia: 27-11-1998
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