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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
La frase "el lugar de la mujer es el hogar" ha sido uno de los
principios más importantes del diseño arquitectónico y del
planeamiento urbano en los Estados Unidos durante el último
siglo. Un principio más bien implícito que explícito para las
profesiones relacionadas con el diseño, conservadoras y
dominantemente masculinas, que no es posible encontrar escrito
en mayúsculas en los libros de texto dedicados a la utilización
del suelo. Esta idea ha generado mucho menos debate que los demás
principios organizadores de la ciudad americana contemporánea,
en una era de monopolio capitalista, lo que incluye la
devastadora presión del desarrollo del suelo privado, la
dependencia fetichista de millones de automóviles privados, y el
derroche de energía de forma inútil.
Sin embargo, las mujeres han rechazado este dogma y han ido
entrando en el mercado de trabajo remunerado en un número
creciente. Las viviendas, los barrios y las ciudades diseñadas
para mujeres recluidas en su hogar limitan a las mujeres física,
social y económicamente. Una aguda frustración aparece cuando la
mujer se opone a estas limitaciones para dedicar toda o parte de
la jornada laboral a trabajar por un salario.
Afirmo que el único remedio para esta situación es desarrollar
un nuevo paradigma de casa, de barrio y de ciudad, para empezar
a definir el diseño físico, social y económico de los
asentamientos humanos que contribuyan a apoyar, más que limitar,
las actividades de las mujeres trabajadoras y de sus familias.
Es esencial reconocer tales necesidades para comenzar tanto la
rehabilitación del actual parque inmobiliario, como la
construcción de nuevas viviendas que satisfagan las necesidades
de una nueva y creciente mayoría de mujeres americanas
trabajadoras y de sus familias.
Cuando se habla de la ciudad americana en el último cuarto del
siglo XX, se debe evitar una falsa distinción entre "ciudad" y
"suburbio". La ciudad, organizada para separar la vivienda del
lugar de trabajo, debe verse como una totalidad. En tales
regiones urbanas, más de la mitad de la población reside en
crecientes áreas suburbanas, o "ciudades dormitorio". La mayor
parte del entorno construido en los Estados Unidos consiste en
"crecimiento suburbano": viviendas unifamiliares agrupadas en
áreas segregadas por clases, atravesadas por autopistas y
abastecidas por grandes centros y corredores comerciales.
Alrededor de 50 millones de pequeñas viviendas están sobre el
territorio. Cerca de dos tercios de familias americanas "poseen"
sus viviendas gracias a largas hipotecas; esto incluye cerca del
77% del total de los incluidos en el AFL-CIO. Los hombres blancos
cualificados están mucho más cerca de ser propietarios de sus
viviendas que los miembros de minorías y las mujeres, a los que
se les ha negado desde hace mucho tiempo el acceso a créditos y
a la vivienda en igualdad de condiciones. Los trabajadores se
desplazan a sus puestos de trabajo tanto en el centro como en
cualquier parte en el anillo suburbano. En áreas metropolitanas
estudiadas en 1975 y 1976, el desplazamiento al trabajo, en
transporte público o vehículo privado, ronda las nueve millas en
cada sentido. Cerca de 100 millones de vehículos privados llenan
garajes de dos o tres plazas (que podrían considerarse magníficas
viviendas en sí mismos en muchos de los países en vías de
desarrollo). Los Estados Unidos, con un 13% de la población
mundial, utiliza el 41% del transporte mundial de pasajeros para
soportar los patrones de vivienda y transporte descritos.
Las raíces de estas formas de asentamientos americanas se basan
en las políticas económicas y ambientales del pasado. A finales
del siglo XIX, millones de familias inmigrantes vivían hacinadas
en los sucios suburbios de las ciudades industriales americanas
y se desesperaban para conseguir unas condiciones de vida
razonables.
Sin embargo, muchas huelgas de militantes y manifestaciones entre
1890 y 1920 hicieron que algunos empresarios reconsideraran la
ubicación de las fábricas y el tema de la vivienda en su búsqueda
de una sociedad industrial.
"Una buena vivienda mantiene contento al trabajador" fue el lema
de las Asociaciones Industriales para la Vivienda en 1919. Estos
asesores y muchos otros ayudaron a crear mejores planes de mejora
de las viviendas para los trabajadores blancos cualificados y sus
familias con el objetivo de eliminar el conflicto industrial.
Sostenían que "unos trabajadores felices significan
invariablemente mayores beneficios, mientras que unos
trabajadores descontentos no son nunca una buena inversión". Los
hombres iban a recibir "salarios familiares", y llegarían a ser
"propietarios" de sus viviendas y responsables de los pagos
regulares de la hipoteca, mientras que sus esposas se
convertirían en "gestoras" del hogar, encargadas del
cuidado de su cónyuge y de los hijos. El varón trabajador
volvería de su trabajo diario en la fábrica o en la oficina al
espacio doméstico privado, alejado del estresante mundo laboral
en una ciudad industrial caracterizada por la polución ambiental,
la degradación social y la alienación personal. El hombre
entraría en un hogar sereno cuyo mantenimiento físico y emocional
sería tarea de su esposa. De este modo la vivienda privada
suburbana era el escenario establecido para la eficaz división
sexual del trabajo. Era la comodidad por excelencia, un estímulo
para el trabajo masculino remunerado y un ámbito contenedor del
el trabajo femenino no remunerado. Esto hizo del género una
autodefinición más importante que la de clase, y que el consumo
adquiriese mayor implicación que la producción. En un brillante
discurso sobre el "patriarca como un esclavo del salario", Stuart
Ewen ha mostrado como el capitalismo y el antifeminismo se
fundieron en campañas para promocionar la propiedad de la
vivienda y el consumo de las masas: el patriarca cuyo hogar era
su "castillo" tenía que trabajar año tras año para proporcionar
el salario que mantuviera este entorno privado.
Aunque esta estrategia fue estimulada en principio por
corporaciones interesadas en una fuerza de trabajo dócil, pronto
atrajeron a empresas que habiendo sido fábricas de armas para la
I Guerra Mundial querían transformarse en fabricantes de
productos domésticos en tiempo de paz para millones de familias.
El desarrollo de la industria publicitaria, documentada por Ewen,
apoyó este ideal del consumo de masas y promocionó el alojamiento
privado suburbano, que maximizó el número de compras. Los
habitantes de las viviendas aisladas eran sugestionables.
Compraron ellos mismos su casa, un coche, una cocina, un
frigorífico, aspiradora, lavadora, alfombras. Christine
Frederick, explicándolo en 1929 como Selling Mrs. Consumer
(Vendiendo a la Sra. Consumidora), promovía la propiedad de la
vivienda y un acceso más fácil a créditos de consumo y aconsejaba
a los publicistas sobre cómo manipular a las mujeres americanas.
Hacia 1931 la Comisión Hoover sobre Propiedad y Construcción de
la Vivienda estableció la vivienda unifamiliar como un objetivo
nacional, pero una década y media de depresión y la guerra
pospuso este logro. Los arquitectos diseñaron casas para el Sr.
y la Sra. Bliss en un concurso patrocinado por General Electric
en 1935; los ganadores incluyeron decenas de instalaciones
eléctricas sin criticar los costes energéticos que suponían. En
los últimos años de la década de los 40, las familias fueron
estimuladas por las hipotecas de la FHA y la VA, y la
construcción de viviendas aisladas, altamente privatizadas y
consumidoras de energía se convirtió en un lugar común. "Compraré
ese sueño" fue el lema más popular en la posguerra.
La Sra. Consumidora llevó a la economía a nuevas cimas en la
década de los años 50. Las mujeres que se quedaron en el hogar
experimentaron lo que Betty Friedan llamo la "mística femenina"
y Peter Filene renombró como la "mística doméstica". Mientras la
familia ocupaba su espacio físico privado, los medios de
comunicación y los expertos en ciencias sociales invadieron el
espacio psicológico más eficazmente que nunca. Con el aumento de
la privacidad espacial llegó la presión para el conformismo
respecto al consumo. El consumo era caro. Cada vez más mujeres
casadas se unieron al trabajo remunerado, ya que la sugestionable
ama de casa necesitaba ser tanto una consumidora frenética como
una trabajadora remunerada para afrontar las facturas de su
familia. Justo cuando la masa de varones blancos trabajadores
había logrado la "casa de sus sueños" en un suburbio donde las
fantasías de patriarca autoritario y de consumo se realizaban,
sus esposas entraron en el mundo laboral. Hacia 1975, las
familias con los dos cónyuges trabajadores suponían el 39% de las
viviendas americanas. Otro 13% eran familias monoparentales
normalmente encabezadas por mujeres. Siete de cada diez mujeres
empleadas trabajaban obligadas por necesidades económicas. Cerca
del 50% de los niños entre uno y diecisiete años tenían madres
trabajadoras.
¿Cómo sirve un hogar convencional a una mujer empleada y a su
familia? Malamente. Si está en un barrio suburbano, periurbano
o interior, o en una casa de campo, o en una pieza moderna de
hormigón y cristal, o en una casa de vecindad de ladrillo, la
vivienda o el apartamento están casi invariablemente organizados
en torno al mismo tipo de espacios: cocina, comedor, salón,
habitaciones, garaje o zona de aparcamiento. Estos espacios
requieren a alguien que haga la comida, la limpieza, que cuide
de los niños y habitualmente se ocupe del transporte privado si
los adultos y los niños carecen de él. Debido a los hábitos de
las zonas residenciales, el alojamiento típico eliminará
físicamente habitualmente cualquier espacio público compartido,
tiendas y servicios de guardería, de lavandería, por ejemplo, que
tienen que estar dentro del espacio de la vivienda. En muchos
casos estos servicios serán ilegales si traspasan los límites de
la propiedad. Pueden ser incluso ilegales si se sitúan en el
espacio de las zonas residenciales. En algunos casos, compartir
este espacio privado de la vivienda con otros individuos (como
parientes o como aquellos con los que no se tiene vínculos de
sangre) está también en contra de la ley.
Entre los espacios privados de la vivienda, la cultura
materialista actúa en contra de las necesidades de las mujeres
trabajadoras tanto como la zonificación, porque la vivienda es
una caja que tiene que rellenarse de comodidades. Los aparatos
normalmente tienen un único propósito, y a menudo son ineficaces,
máquinas consumidoras de energía, enchufadas en un habitación en
la que el trabajo doméstico se hace aisladamente del resto de la
familia. Las alfombras y moquetas necesitan limpiarse, las
cortinas hay que lavarlas y todo tipo de bienes que necesitan
mantenimiento llenan los espacios domésticos, a menudo decorados
en estilo "colonial", "mediterráneo", "francés provenzal" o en
otros estilos eclécticos ofrecidos en las rebajas o en los
grandes almacenes para alegrar esta caja desnuda que es la
vivienda aislada. De las madres trabajadoras normalmente se
espera, y casi invariablemente lo hacen, que dediquen más tiempos
tiempo al trabajo del hogar y con los niños que el hombre
trabajador; a menudo se espera de ellas, y normalmente lo hacen,
que empleen más tiempo en desplazarse que los hombres, por su
dependencia del transporte público. Un estudio encontró que el
70% de los adultos sin acceso a los coches son mujeres. Sus
barrios residenciales no son muy adecuados para proporcionar
apoyo a sus actividades laborales. Un "buen" barrio está
normalmente definido en términos convencionales de compras,
escuelas, y quizás de tránsito público, más que en términos de
servicios sociales adicionales para los padres trabajadores,
tales como guarderías o clínicas nocturnas.
Mientras que las familias de dos trabajadores con ambos cónyuges
cooperando enérgicamente pueden resolver algunos de los problemas
de los patrones de alojamiento existentes, las familias en
crisis, como aquellas en las que existe el maltrato a mujeres y
niños, por ejemplo, son particularmente vulnerables a esta
inadapatación. De acuerdo con Collen McGrath, cada treinta
segundos una mujer es maltratada en algún lugar de los Estados
Unidos. La mayoría de estos maltratos suceden en la cocina y en
el dormitorio. La relación entre el aislamiento de la familia y
el maltrato, o entre la labor doméstica no remunerada y el
maltrato sólo puede adivinarse en este momento, pero no hay duda
de que las viviendas americanas y las familias están siendo
literalmente sacudidas con violencia doméstica. Junto a esto,
millones de mujeres frustradas y deprimidas toman tranquilizantes
en sus hogares - una compañía farmacéutica advertía a los
médicos: "No puedes cambiar su entorno, pero puedes cambiar su
estado de ánimo".
La mujer que abandona la vivienda unifamiliar aislada o el piso
encuentra que hay muy pocas alternativas reales adecuadas para
ella. La típica mujer divorciada o maltratada busca una vivienda,
un empleo y una guardería simultáneamente. Y encuentra que es
imposible compaginar los complejas mecesidades familiares con las
diferentes ofertas de los caseros, empresarios y servicios
sociales. Un entorno que incluyese viviendas, servicios y trabajo
podría resolver muchas dificultades, pero el existente sistema
de servicios gubernamentales, que pretenden establecer las
familias y los vecindarios asegurando las mínimas condiciones de
vida adecuadas para todos los americanos, casi siempre asume que
la familia tradicional con un varón trabajador y una esposa no
remunerada es el objetivo que debe lograrse o simularse.
(...)
Creo que atacar a la división convencional entre espacio público
y privado debería ser la prioridad de los socialistas y las
feministas para la década de los 80. Las mujeres deben trasformar
la división sexual de las labores domésticas, la base económica
privada del trabajo doméstico, y la separación espacial de las
viviendas y los lugares de trabajo en el entorno construido, si
quieren ser consideradas como miembros iguales de la sociedad.
(...)
Cuando todos los que hacen las viviendas reconozcan que están
luchando tanto contra los estereotipos debidos al género, como
contra la discriminación en los salarios, cuando vean que se
necesitan cambios sociales, económicos y medioambientales para
superar estas condiciones, no tolerarán nunca más viviendas y
ciudades diseñadas según los principios de otra época, que
proclaman que "el lugar de la mujer es el hogar".
Traducido por Gloria Gómez Muñoz y Ricardo García Moreno.
Fecha de referencia: 27-11-1998
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