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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
La aparición del caso femenino irrumpe a veces como una sorpresa, como en el acertijo que contaba Jesús Ibáñez:
Estudiar lo femenino exige con frecuencia una reconceptualización
previa. Así ocurre, por ejemplo, cuando queremos aplicar el
concepto de "trabajo" a las mujeres. El trabajo se asocia en
nuestra sociedad al que se realiza a cambio de una remuneración
económica. El concepto estadístico habitual de "actividad
económica" diferencia entre ocupados y parados. Los primeros son
los que realizan un trabajo a cambio de una remuneración
económica y los segundos los que buscan activamente tal
situación. El resto de la población se considera inactiva, a
pesar de que indudablemente las amas de casa o los estudiantes
realizan una actividad aunque no sea laboral. Hay, sin embargo,
otras clasificaciones distintas, pero mucho menos extendidas,
como la que utiliza el Instituto Vasco de Estadística en la
Encuesta de Población en Relación con la Actividad, que
diferencian entre la actividad laboral y la actividad no laboral
en la que se incluyen las amas de casa, los estudiantes o incluso
los parados con una actividad no laboral.
Pero incluso la diferenciación habitual de la Organización
Internacional del Trabajo entre activos e inactivos plantea
algunas dificultades cuando se aplica a las mujeres. La vida
activa de los hombres es bastante simple desde el punto de vista
de su observación según la edad. A una cierta edad, entre 15 y
25 años aproximadamente hasta los años ochenta, un poco más tarde
ahora, todos entran en actividad. Permanecen en actividad hasta
los 60 años y a partir de esa fecha hasta los 70 la gran mayoría
sale del mercado de trabajo. La trayectoria de las mujeres es
mucho más compleja. Los datos para España 1970 muestran que se
alcanzaba entonces un máximo de actividad femenina a los 25 años,
con cerca de un 50% de tasa de actividad. A partir de esa edad
y coincidiendo con los años de matrimonio y procreación se
producía un descenso importante de la actividad remunerada de las
mujeres, volviendo a aumentar a partir de los 40 para iniciar su
descenso definitivo después de los 55 años.
Figura 3: Tasas de actividad de hombres y mujeres. España 1970.
El modelo de la actividad femenina es mucho más complejo que el
de los hombres porque a lo largo de la vida hay entradas y
salidas de actividad, lo cual implica que en edades concretas hay
una superposición de mujeres que entran y mujeres que salen del
mercado de trabajo. Ello hace más complejo el análisis de la
actividad femenina, frente a la masculina para la que se puede
hacer la suposición de que hay edades en las que todos entran,
edades en las que todos permanecen y edades en las que todos
salen. Esta pauta de la actividad laboral femenina, caracterizada
por la diferenciación entre etapas dedicadas sólo a la familia
y otras dedicadas también al trabajo, inicia su transformación
en España en los años ochenta al extenderse entre las mujeres un
modelo laboral caracterizado por la permanencia en actividad a
lo largo de toda la vida.
Si se continúan observando las trayectorias vitales de hombres
y mujeres después de la fase del trabajo, en la edad de la
jubilación, aparecen nuevos problemas de encaje conceptual en el
caso de estas últimas. El concepto de jubilación aplicado a los
hombres es unívoco. Después de la larga fase de la vida en la que
se trabaja a cambio de una remuneración aparece otro período en
el que se recibe una remuneración sin tener por ello que trabajar
a cambio; es la fase de la holganza antes ganada. El paso de la
situación de ocupado a la de jubilado tiene para los hombres una
frontera perfectamente delimitada por la normativa y la práctica
laboral.
El caso de las jubiladas es mucho menos simple. Hay unas
jubiladas que corresponden al modelo masculino, mujeres que
ejercieron una actividad laboral y a una cierta edad pasan a
recibir una pensión de jubilación. Son pocas, ya que la actividad
laboral de las mujeres que hoy tienen más de 65 años era
minoritaria. La cuestión más compleja son las otras mujeres, las
que fueron amas de casa. ¿Cuándo se jubilan las amas de casa? Si
la jubilación es la otra cara del trabajo remunerado, las amas
de casa no se jubilan nunca. ¿Será entonces que jamás termina esa
actividad incesante -que no cuenta como trabajo- de la
responsable del hogar? Sin embargo, hay mujeres que se declaran
jubiladas sin haber trabajado antes. El paso de una situación a
otra no está marcado, como podría pensarse por analogía con el
mundo laboral, por la edad. Hay mujeres de avanzada edad que
siguen declarándose amas de casa. Según datos del Censo de
Población de 1991 el 32% de las mujeres españolas de más de 70
años afirmaban ser amas de casa [Instituto Nacional de
Estadistica, 1994b (: 139) ]. Hay alguna evidencia empírica de que
cuando las mujeres se consideran definitivamente jubiladas es
cuando enviudan [2], lo cual es un poco terrible pero bastante
lógico. Es entonces, con el status de viuda, cuando las amas de
casa adquieren el derecho a percibir una remuneración sin tener
que trabajar a cambio [3].
A partir de datos del Censo de Población de 1981 para la
Comunidad de Madrid se observa una fuerte asociación entre la
viudedad y la autoclasificación como jubiladas entre las mujeres
de más de 54 años. A partir de esa edad la mayoría de las viudas
se consideran jubiladas, incluso entre las más jóvenes de 55 a
64 años -que previsiblemente en muchos casos tendrán cargas
familiares- de las que la mitad (49%) se consideran jubiladas.
Dicho porcentaje aumenta a un 70% a los 65 años y se mantiene
constante a partir de dicha edad. En cambio, la mayoría de las
casadas de más de 54 años declara que su ocupación principal
consiste en ser ama de casa; incluso las de más de 85 años, de
las que el 73% se consideran amas de casa, frente a sólo un 27%
que declaran ser jubiladas.
Figura 4: Población femenina por actividad declarada y estado
civil.
En resumen, el concepto de "jubilado" es unívoco, mientras que
el de "jubilada" incluye dos situaciones vitales y laborales muy
distintas. Al modelo femenino subyace una dualidad entre el mundo
de la producción y de la reproducción que se va alternando a lo
largo de distintos momentos de la vida o se superpone, como
mayoritariamente ocurre hoy entre las mujeres jóvenes. Y sin
embargo en este caso, como en otros, se está utilizando el modelo
más simple, el masculino, para analizar el caso más complejo, el
femenino.
En realidad, habría que hacer al revés como decía Marx,
refiriéndose a cómo el modelo más complejo del modo de producción
capitalista permitía comprender los modos de producción
anteriores:
"La anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono"
[Marx, K., 1980 (: 356) ].
Dando un paso más que Marx podríamos decir:
"La clave para comprender la anatomía del hombre es la anatomía
de la mujer".
Es decir, para comprender la posición de la mujer en la sociedad
y la historia hay que definir conceptos y categorías teóricas
específicas, que seguramente servirán también para aportar nuevos
elementos de conocimiento acerca del hombre como uno de los dos
géneros, no como representante de ambos.
Figura 5: Tasas de actividad por sexo y edad. España, 1987 y
1994.
La actividad se puede observar transversalmente, es decir, todos
los grupos de edad en un momento de tiempo, o longitudinalmente,
estudiando la evolución de una generación de individuos a lo
largo del tiempo a medida que van recorriendo edades de su vida
y años del calendario. Esta segunda aproximación permite conocer
los comportamientos explicables por la pertenencia a una
generación, además de aquellos que corresponden a la fase de la
vida. La observación longitudinal de la actividad femenina
muestra que el aumento de las mujeres que ejercen un trabajo
remunerado se explica fundamentalmente por un cambio en el
comportamiento laboral de las mujeres más jóvenes, de menos de
cuarenta años, que no sólo han aumentado su participación en el
mercado de trabajo sino que, lo que es mucho más importante,
mantienen su actividad en las edades en las que hasta hace muy
poco tiempo las mujeres que trabajaban eran una minoría. Ello se
observa claramente en la generación de las nacidas entre 1950-1954 que mantienen hasta 1990 una tasa de actividad
prácticamente constante, en torno al 55%, que contrasta con las
generaciones inmediatamente anteriores que todavía experimentaron
una acusado descenso de la actividad entre los 25 y los 34 años.
Figura 6: Tasa de actividad femenina por generaciones. España
1965-1990.
La actividad femenina se asocia a la edad y a la generación, pero
también al nivel de estudios. En todos los grupos de edad la
actividad de las mujeres se eleva entre aquellas con más alto
nivel de estudios. Entre las mujeres de más elevado nivel de
estudios (titulaciones universitarias de segundo ciclo) la
actividad femenina es igual a la de los hombres para el conjunto
de las edades: 82,2% para los hombres y 81,9% para las mujeres
[Instituto Nacional de Estadistica, 1994 a (: 56.) ] Al tiempo que
el nivel de estudios se revela como fuertemente explicativo de
la participación en el mercado de trabajo de las mujeres, las
diferencias entre ambos géneros según los estudios han decrecido
de manera importante durante los últimos años. El número de
estudiantes mujeres en el nivel universitario supera levemente
al de estudiantes varones (50,9% frente a 49,1% durante el curso
1990-91) [Instituto Nacional de Estadistica, 1993 (: 25) ]. Incluso
en el tipo de enseñanza tradicionalmente más cerrado a las
mujeres, las Escuelas Técnicas Superiores las estudiantes
representan ya el 21% el alumnado, porcentaje que se eleva en
Arquitectura (31,2%), Ingenieros Agrónomos (31,6%) e Ingenieros
Químicos (44,9%) [Instituto Nacional de Estadistica, 1993 (: 184-185) ]. Los estudiantes de sexo femenino son mayoría entre otras
en las siguientes titulaciones: Bellas Artes (61%), Ciencias
Biológicas (56,9), Ciencias Matemáticas (51%), Ciencias Químicas
(50,9%), Derecho (53,3%) y Medicina (56,6%) [Instituto Nacional
de Estadistica, 1993 (: 152-155) ].
Diversos datos muestran que la clave para la equiparación en el
mercado de trabajo de hombres y mujeres es la formación. Son las
ocupaciones en las que la componente cualificación tiene más
importancia aquellas en las que se va produciendo una
aproximación, al menos cuantitativa, entre ambos géneros. El caso
paradigmático es el de los profesionales y técnicos, rúbrica de
la Clasificación Nacional de Ocupaciones que agrupa a aquellos
que trabajan en ocupaciones caracterizadas por la exigencia de
una determinada titulación académica universitaria o similar para
ejercerla (arquitectos, ingenieros, abogados, economistas,
profesores, médicos, etc.). Entre 1981 y 1991 la proporción de
mujeres en este tipo de ocupaciones pasó de un 16,8% a un 21,4%.
El contraste lo da la categoría Personal Directivo de
Administración y las Empresas, en la que pesan fundamentalmente
la capacidad de decisión y el control sobre el proceso de
trabajo, en la que sólo se incluía un muy reducido número de
mujeres en 1981 (un 0,4% del total de ocupadas) que aumentó a un
0,7% en 1991 [Instituto Nacional de Estadistica, 1985 (: 134) ],
[Instituto Nacional de Estadística, 1994 (: 86) ].
Datos más pormenorizados para el caso de Madrid muestran la misma
tendencia. Entre 1975 las mujeres profesionales y técnicas por
cuenta ajena eran el 8,1% del total de ocupadas; diez años
después representaban el 13%, superando el peso relativo de los
hombres profesionales y técnicos (12,6%)[Tobio, C., 1991 (: 328-329) ]. Otros datos procedentes del Censo de Población de 1991 [5]
muestran que se mantiene la equiparación entre ambos sexos entre
los profesionales y técnicos, pero sigue habiendo diferencias
destacables entre las ocupaciones en las que el factor distintivo
es la propiedad de los medios de producción o el control sobre
el proceso de trabajo, como los empresarios, directivos o mandos
intermedios.
Figura 7: Clases sociales por individuo según sexo.
Otro aspecto importante a señalar es la relación entre la
incorporación de las mujeres a la actividad laboral y la
coyuntura económica. Históricamente el aumento de la actividad
femenina se asocia a coyunturas en las que la fuerza de trabajo
masculina no cubría todas las necesidades de la producción,
especialmente coyunturas bélicas, a las que seguía un efecto
reflujo de vuelta de las mujeres al hogar, el cual fue
especialmente intenso después de la Segunda Guerra Mundial, sobre
todo en Estados Unidos. La cuestión que se plantea hoy es si
sigue existiendo una relación y de qué tipo entre actividad
femenina y coyuntura económica.
Hay dos tipos de explicaciones acerca de la relación entre
actividad femenina y coyuntura económica, la cíclica y la
contracíclica. Según la primera en la fase de recuperación del
ciclo económico es cuando las mujeres aumentan su participación
en el mercado de trabajo al incrementar las posibilidades que
este ofrece; la teoría contracíclica afirma, al contrario, que
es en los períodos de recesión cuando entra en el mercado de
trabajo (aunque sea al paro más que a la ocupación) para
compensar el trabajo o los ingresos perdidos por el hombre.
Durante los últimos veinte años las mujeres de los países
desarrollados [6] han aumentado sus tasas de actividad a un ritmo
sostenido tanto en las fases de crisis como en las de
recuperación, contradiciendo y dando la razón a la vez a las
teorías cíclicas y contracíclicas.
Figura 8: Tasas de actividad femenina en los países de la C.E,
Suecia y U.S.A.
En el horizonte aparece ya en varios países la equiparación de
la actividad laboral entre hombres y mujeres, como en Dinamarca
donde en 1991 la tasa global de actividad femenina era de un 89%,
frente a un 94% para los hombres.
Figura 9: Tasas de actividad femenina en los países de la U.E.
1991.
Hay una primera diferencia en el uso del espacio entre hombres
y mujeres que tiene que ver con la escala. El espacio urbano en
el que transcurre la vida de las mujeres es más reducido y
limitado que el de los hombres. Ello está en parte relacionado
con la división de género entre el trabajo remunerado y el
trabajo doméstico ya que el ámbito espacial en el que se
desenvuelve la cotidianeidad de las amas de casa no va
generalmente más allá del entorno más próximo a la vivienda.
Traspasar ese límite para ir al centro de la ciudad, a otro
barrio alejado o a otra ciudad es para muchas mujeres de mediana
edad una aventura que rara vez se atreven a protagonizar en
solitario [Alcañiz, M. , 1994: 7-8].
Pero también las mujeres que trabajan tienen un espacio cotidiano
más reducido que el de los hombres. La Encuesta Metropolitana de
Barcelona de 1986 mostraba que el 35% de las mujeres ocupadas
trabajaban en el mismo barrio de residencia, cifra que se reducía
al 20% en el caso de los hombres [Institut d'estudis
Metropolitans de Barcelona, 1988 (: 143) ]. Cuatro años después se
amplía para todos la escala espacial del trabajo, pero se
mantienen las diferencias según el género (32% de las mujeres
ocupadas trabajaban en el barrio de residencia, frente a 18,5%
de los ocupados) [Institut d'estudis Metropolitans de Barcelona
1993 (: 95) ]. Desenvolverse cotidianamente en un espacio más
reducido es, además, un rasgo que comparten las mujeres con las
clases bajas [Institut d'estudis Metropolitans de Barcelona
1993 (: 108-109) ].
Ello no significa, sin embargo, que las mujeres se desplacen
menos en el espacio; de hecho las mujeres que trabajan tienen un
número medio de desplazamientos al día superior al de los
hombres (2,81 para las mujeres frente a 2,67 para los hombres)
lo cual no es sino el reflejo de la doble jornada laboral y
doméstica [Consorcio de Transportes de Madrid , 1989].
Tampoco la distribución horaria de los desplazamientos de uno y
otro género es coincidente. De nuevo en este caso la pauta
masculina es más lineal y homogénea que la femenina. Los hombres
madrugan más, predominando hasta la 8.00 de la mañana las salidas
del hogar de los hombres. Entre 10.00 y 12.00 hay un máximo de
salidas del hogar de mujeres, que corresponde a desplazamientos
de amas de casa con destino compras. Entre las 14.00 y las 16.00
horas hay otra salida mayoritaria de hombres, que se corresponde
con una vuelta anterior a casa para comer. A partir de esa hora
no hay diferentes en los perfiles horarios de la movilidad según
el género.
Figura 10: Perfiles horarios de la movilidad según el género.
De nuevo en este caso lo femenino se caracteriza por la dualidad,
superponiéndose dos pautas de actividad distintas. Hay unas
mujeres que adoptan una pauta similar a la masculina, abandonan
el hogar a primeras horas de la mañana con destino a una
actividad laboral. Pero hay una diferencia importante con los
hombres: no hay una segunda salida después de haber vuelto a casa
para comer, bien porque las mujeres trabajadoras comen en el
propio lugar de trabajo, o porque no trabajan por las tardes; en
todo caso no regresan a casa para comer y poco después volver a
salir al trabajo porque no suelen tener alguien que les espere
con la comida preparada. Las otras mujeres, que madrugan menos,
o al menos salen más tarde a la calle, son las amas de casa cuyos
desplazamientos, con destino compras, se producen generalmente
a media mañana.
Las pautas de movilidad urbana de hombres y mujeres son
diferentes en gran parte porque son diferentes sus situaciones
en relación con la actividad económica. La cuestión que se
plantea es si toda la diferencia radica en la existencia de una
actividad, el trabajo doméstico, casi exclusiva de las mujeres
y que tiene pautas de movilidad particulares, o si también dentro
de grupos homogéneos en relación a la actividad las pautas de
movilidad difieren. A partir de datos de la Encuesta Origen
Destino de Madrid de 1988 se han estudiado las diferencias en las
pautas de movilidad urbana según el sexo de los ocupados y de los
jubilados.
Los hombres que trabajan, los ocupados, centran más su actividad
cotidiana en el trabajo que las mujeres, o dicho de otra manera,
las mujeres que trabajan superponen con más frecuencia otra
actividad, que suele ser la compra. El 83% de los desplazamientos
de hombres que trabajan tienen como destino el trabajo,
porcentaje que se reduce al 74% en el caso de las mujeres.
Difiere también el modo de transporte utilizado para ir al
trabajo: la mayoría de los hombres va al trabajo en automóvil
(51% de los desplazamientos al trabajo, frente a 32% en
transporte público); la mayoría de las mujeres utiliza el
transporte público (51% frente a sólo el 26,5% que utiliza el
automóvil privado para ir al trabajo).
Figura 11: Desplazamientos de personas ocupadas.
Las diferencias en la movilidad de los jubilados son
especialmente significativas si se considera que a partir de los
70 años todos son jubilados, mientras que a partir de esa edad
sólo una parte de las mujeres se considera así, tal como se ha
comentado anteriormente. La forma de vida de los jubilados
hombres se corresponde bastante fielmente a tal denominación: el
motivo principal de desplazamiento es el ocio (33% de los
viajes). Las jubiladas, en cambio, se siguen pareciendo mucho a
las amas de casa: el 50% de sus desplazamientos tienen como
destino las compras, cifra sólo algo inferior a la de las amas
de casa (56%).
Figura 12: Desplazamientos de jubilados.
Daphne Spain indaga en las causas que explican la relación entre
segregación espacial y posición social. Esos espacios prohibidos
a las mujeres han sido a lo largo de la historia los espacios en
los que tiene lugar la transmisión de conocimientos tecnológicos
o simbólicos, así como la preparación para desempeñar tareas en
el ámbito de lo público, que constituyen las fuentes principales
de reconocimiento y prestigio social. Sin que el espacio sea el
factor explicativo básico que explica la posición relegada de las
mujeres, la segregación espacial entre ambos sexos contribuye
eficazmente a mantener e incluso aumentar la desigualdad según
el género.
La segregación espacial según el género atraviesa sociedades y
clases sociales, de la choza ceremonial existente en diversas
tribus primitivas en la que se enseñaba mediante ritos
iniciáticos a los jóvenes de sexo masculino a tocar instrumentos,
cantar, bailar o fabricar armas, hasta las bibliotecas de Oxford
y Cambridge que negaban el acceso a las mujeres, de lo que se
queja Virginia Woolf en las primeras páginas A Room of One's Own,
1928, ensayo pionero sobre el género y el espacio. Todavía más
cerca en el tiempo podemos recordar como la Real Academia de la
Lengua Española negó por mujer el acceso a María Moliner, cuyo
diccionario de uso del español es tan utilizado o más que el de
la propia Academia, académicos incluidos; o las numerosas trabas
que la Academia Francesa puso a Marguerite Yourcenar hasta que
fue aceptada en la institución, algunas sorprendentes como la del
antropólogo Levi-Strauss quien afirmaba que "no se cambian las
reglas de la tribu", o las de otros académicos que oponían
dificultades como la del traje a llevar por la académica o la
difícil situación que supondría para ellos el verse envejecer
delante de una mujer al ser el de académico un puesto vitalicio
[Savigneau, J., 1990 (: 406-407) ].
La reivindicación de espacios no segregados por el género incluye
la defensa de una igual capacidad de apropiación del espacio a
través de medios de transporte que lo hacen a todos accesible,
frente al automóvil que sólo lo hace mayoritariamente accesible
a un grupo de edad, sexo y ocupación: los varones de mediana edad
ocupados. Los lugares a los que sólo o principalmente se accede
en automóvil privado son espacios sexistas. Reivindicar espacios
no segregados por el sexo supone también defender los espacios
públicos de la cotidianeidad (calles, plazas, bulevares, paseos)
de la invasión por ese medio de transporte fuertemente
discriminatorio por edad y sexo que es el automóvil.
Hay un último aspecto que articula la incorporación de la mujer
a la actividad laboral y la planificación urbanística al que me
voy a referir. El urbanismo tiene mucho que ver con la
sociología, compartiendo ambas disciplinas una vocación
globalizadora en la interpretación de la realidad. Proyectar la
forma de la ciudad, su trazado, los espacios libres, simbólicos,
las viviendas... supone también concebir cómo son y cómo van a
vivir sus futuros habitantes, cuáles van a ser sus necesidades.
El urbanismo moderno, desde los años veinte, define el conjunto
de necesidades humanas, de funciones, a las que corresponden
espacios específicos: habitar, recrearse, transmitir
conocimientos, desplazarse, etc. Buena parte de los espacios, de
los equipamientos urbanos que planifica el urbanismo corresponde
a funciones que antes en las sociedades tradicionales se
realizaban en el interior de la familia y que se van socializando
al requerir un grado de especialización y de homogeneización que
no es posible en el hogar (enseñanza, sanidad, etc.). Pero al
tiempo, la socialización de esas tareas es condición necesaria
para la incorporación de las mujeres a la actividad laboral. Se
puede anticipar hoy un futuro próximo en el que el trabajo
remunerado femenino constituirá la normalidad, como ya ocurre
entre las más jóvenes, y ello no sólo por motivos ideológicos
sino también económicos, ya que un único salario es cada vez más
insuficiente para mantener el nivel estándar de consumo. Sin
embargo, este proceso no se está acompañando en nuestro país, ni
tampoco del todo en otros, de una asunción social del conjunto
de tareas que ya no es posible realizar en el hogar cuando hombre
y mujer tienen un trabajo externo.
La ideología dominante en relación a mujer-trabajo-hogar se puede
resumir en la expresión "La mujer tiene el derecho a trabajar
fuera del hogar, incluso es bueno para la economía familiar que
lo haga, pero es responsabilidad individual suya asumir el
conjunto de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos". El
resultado es hoy para las mujeres jóvenes, de menos de cuarenta
años, que trabajan (que son la mayoría) una sobrecarga de
trabajo, un elevado stress y un frecuente sentimiento de
culpabilidad. Hay, por tanto, un paso importante a dar, en primer
lugar ideológico: la consideración de la compatibilización de la
vida laboral y la vida familiar como problema social que el
conjunto de la sociedad, en primer lugar los poderes públicos,
pero no solamente, debe abordar y resolver, no como un problema
individual de las mujeres que trabajan.
Ello supone, entre otros aspectos, la existencia de equipamientos
y servicios urbanos enfocados desde este punto de vista en cuanto
a horarios, características, localización, desplazamientos, etc.,
y supone también nuevos tipos de equipamientos o servicios que
cubran situaciones como las vacaciones escolares, enfermedades,
convalecencias, etc. Y en todo esto el urbanismo puede desempañar
un papel importante como instancia desde la que se contemplan
globalmente la diversidad de necesidades y funciones que requiere
el desenvolvimiento de la vida social en un espacio y un tiempo
concreto y los equipamientos urbanos que responden a ellas. Como
conclusión diría que la incorporación de las mujeres a la
actividad laboral es un proceso inevitable; el urbanismo puede
hacérselo un poco menos duro.
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Fecha de referencia: 27-11-1998
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