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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
El siglo que termina cuenta entre sus características objetivas con
la de haber sido el escenario de la lucha por la emancipación de la
mujeres, una pacífica e incesante marea revolucionaria para las
formas de vida, los hábitos sociales y los modos productivos, cuya
profunda huella se dejará sentir en el próximo futuro, aunque ya e
tengan vehementes indicios de las transformaciones que produce hoy
en los sustratos más profundos de nuestra sociedad.
Cuanto más se pretende encerrar el feminismo en la categoría
política de la reivindicación indiscriminada de la igualdad, más
aparente resulta el umbral que se abre al saber científico cuando
se desentrañan los cruciales cambios que el estudio de lo femenino
tiene para la elaboración de nuevas teorías del conocimiento.
En contra de los dos fenómenos antagónicos que se perciben en la
epidermis de los hechos, la guerra contra las mujeres y la
feminización del mercado laboral, la asignatura pendiente del
movimiento feminista se encuentra en el reequilibrio del papel de
la mujer en lo campos de la ciencia en los que hasta ahora se le ha
cerrado el paso.
Las dos actitudes predominantes, la de quienes niegan o defienden
la discriminación positiva por razón de sexo -sean feministas o no-
quedarán obsoletas ante los retos que plantea ya la revisión
crítica del pensamiento y la cultura contemporáneas a la luz del
género.
Para muchos la de la discriminación positiva es una tarea en
marcha, que acabará inexorablemente con las desigualdades aún
existentes, consecuencia de las cuales son las medidas favorables
para el acceso a determinados ámbitos y servicios hasta ahora
vedados a las mujeres, en los que existe una presión mundial
dirigida por los gobiernos y la Naciones Unida, e incluso una
presión social de cambio -que suele atribuirse a lo más jóvenes- lo
que garantiza que se alcancen más y mejores cotas de justicia o
libertad entre personas. Esta postura parece aceptar que, con la
desaparición paulatina de estas desigualdades acabarán siendo
reducidas la contradicciones fundamentales, al menos en los países
occidentales más desarrollados.
Partiendo de que incentivar ese trabajo antidiscriminatorio es
necesario para reequilibrar una situación desigual lacerante e
injusta, cuyas expresiones más dramáticas se viven no muy lejos de
España -y dentro de nuestro país con la infame situación de la
violencia machista, que no doméstica-, hay que ir sentando las
bases para una renovación de los mecanismos mentales que todavía se
manejan sobre los grandes escenarios disciplinares de la cultura
actual, yendo al fondo de las causas de la marginación de lo
femenino en lo científico, contra la metafísica elemental de lo
estudios que se materializan sobre un ser neutro y asexuado. Eso
es, actuar sobre los conflictos fundamentales.
No es sólo que lo avances teóricos del feminismo hayan demostrado
que el supuesto sujeto de la acción social es masculino y
excluyente, relegado a la categoría invisible del "otro" a la mitad
de la población, o que se haya comprobado que los comportamientos
masculinizadores o misóginos predominantes afectan también a las
mujeres, sino que la filosofía de la ciencia está coja -y con ella
la ciencia misma- al convertirse en un andamiaje insuficiente para
comprender en su totalidad probablemente fragmentaria y dispersa,
pero dotada más que en otras época de los atributos de género,
antes ocultos u olvidados.
Género es también, en su segunda pero primigenia acepción, manera
de hacer las cosas. Los sectores más librepensadores de la
investigación científica hace tiempo trabajan con la hipótesis de
que la ciencia no es neutra, porque lo resultados contradicen sus
asertos iniciales, pero el saber -en su conjunto- no ha hecho aún
el esfuerzo de ética imprescindible para descentalizar el sujeto de
la investigación humana hacia compleja formas binarias de
conocimiento de la realidad, que no excluyan lo femenino por
definición.
Los resultados de los estudios de género en las ciencias sociales
demuestran una clara disfunción de los sistemas de conocimiento
cuando se aplican nuevos patrones. No en vano el antropocentrismo
y el logocentrismo, que caracterizan la cultura puesta en crisis en
el siglo veinte, han tenido una gran componente sexista nunca
reconocida, de la que ahora e hacen críticas por lo que
superficialmente tiene de "políticamente incorrecta" que por lo que
habría de considerarse sin ambages una simple deshonestidad
intelectual hacia el compromiso científico.
El argumento no se debilita si se aplica el resto del conocimiento.
y no precisamente porque existan matemáticas o físicas masculinas
o femeninas, sino porque al análisis de las ciencias les falta, en
general, la sinergia suficiente para poder ser relacionadas entre
sí -y con elementos inaparentes de su propio discurso lastrados por
la ausencia de lo femenino- de forma que establezcan nuevas
hipótesis de partida y nuevos procesos de experimentación.
Con el arte sucede cíclicamente y con la arquitectura empieza a
suceder ahora, que no sólo varían el modo de hacer y el proceso,
sino que cambia radicalmente el producto si se fusionan componentes
hasta ahora puestos en entredicho por la planificación racionalista
de las vanguardias. Esas carencias, nunca del todo criticadas por
la revisión de los postulados del movimiento moderno y del arte
contemporáneo, si contaran con elementos de la tradición empática
de la cultura característica de las mujeres -de sus racionamientos
agregados y de su multiplicidad mental- si se llevaran a proyectos
y planes, alterarían por completo las maneras habituales de
estudiar la calidad de las formas, la ciudad, la vivienda y los
espacios comunitarios.
Otro tanto ocurre con la tecnología. Un procedimiento sistémico
como el que emplea Windows'95 está más cerca de la capacidad de la
mujeres para asociar intuiciones, abriendo los huecos que cierra la
racionalidad masculina convencional. Lo que quiere decir que las
nuevas tecnologías lo son, en parte, porque recogen el lado
femenino de la realidad. Y ésto es así, con independencia de si es
hombre o mujer quién las inventa, a medida que el mundo se
equilibra admitiendo la diferencia como signo inequívoco de
justicia igualitaria. La sociedad se feminiza, no para llevarnos de
nuevo al matriarcado, sino para restituir el porcentaje de déficit
democrático que ahora falta, con diversas intensidades, para abrir
todas las ramas de la cultura de la razón.
Si como dicen los amantes de las etiquetas, caminamos de la
sociedad de la información a la sociedad del conocimiento, habrá
que poner buen cuidado en reclamar una nueva filosofía de la
ciencia basada en la consideración del género dentro de los
parámetros que definirán el pensamiento laico del futuro,
preservando la identidad del ser humano en la diferencia.
En la globalidad de la repetición, dentro de los espacios abiertos
que la filosofía de la deconstrucción ha identificado como recintos
libres de toda opresión, el ser humano ya no tiene una forma
preconcebida, sino que se mueve en áreas sin centro, conectadas
entre sí por valores en los que hoy se representa mejor la
responsabilidad de las mujeres respecto a la huida hacia adelante
de lo masculino, simbolizada en el fracaso al administrar la
regresión cultural de orden y caos.
Este movimiento difuso de superposiciones, conexiones y anclajes
ligadas a lo femenino sobrevive a la caduca metáfora del mito
repetido del varón débil y naúfrago de sí mismo ... por cuestión de
género.
Fecha de referencia: 27-11-1998
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