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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

El género en cuestión


Carlos Hernández Pezzi
Málaga (España), 11 de febrero de 1998.[1]

El siglo que termina cuenta entre sus características objetivas con la de haber sido el escenario de la lucha por la emancipación de la mujeres, una pacífica e incesante marea revolucionaria para las formas de vida, los hábitos sociales y los modos productivos, cuya profunda huella se dejará sentir en el próximo futuro, aunque ya e tengan vehementes indicios de las transformaciones que produce hoy en los sustratos más profundos de nuestra sociedad.

Cuanto más se pretende encerrar el feminismo en la categoría política de la reivindicación indiscriminada de la igualdad, más aparente resulta el umbral que se abre al saber científico cuando se desentrañan los cruciales cambios que el estudio de lo femenino tiene para la elaboración de nuevas teorías del conocimiento.

En contra de los dos fenómenos antagónicos que se perciben en la epidermis de los hechos, la guerra contra las mujeres y la feminización del mercado laboral, la asignatura pendiente del movimiento feminista se encuentra en el reequilibrio del papel de la mujer en lo campos de la ciencia en los que hasta ahora se le ha cerrado el paso.

Las dos actitudes predominantes, la de quienes niegan o defienden la discriminación positiva por razón de sexo -sean feministas o no- quedarán obsoletas ante los retos que plantea ya la revisión crítica del pensamiento y la cultura contemporáneas a la luz del género.

Para muchos la de la discriminación positiva es una tarea en marcha, que acabará inexorablemente con las desigualdades aún existentes, consecuencia de las cuales son las medidas favorables para el acceso a determinados ámbitos y servicios hasta ahora vedados a las mujeres, en los que existe una presión mundial dirigida por los gobiernos y la Naciones Unida, e incluso una presión social de cambio -que suele atribuirse a lo más jóvenes- lo que garantiza que se alcancen más y mejores cotas de justicia o libertad entre personas. Esta postura parece aceptar que, con la desaparición paulatina de estas desigualdades acabarán siendo reducidas la contradicciones fundamentales, al menos en los países occidentales más desarrollados.

Partiendo de que incentivar ese trabajo antidiscriminatorio es necesario para reequilibrar una situación desigual lacerante e injusta, cuyas expresiones más dramáticas se viven no muy lejos de España -y dentro de nuestro país con la infame situación de la violencia machista, que no doméstica-, hay que ir sentando las bases para una renovación de los mecanismos mentales que todavía se manejan sobre los grandes escenarios disciplinares de la cultura actual, yendo al fondo de las causas de la marginación de lo femenino en lo científico, contra la metafísica elemental de lo estudios que se materializan sobre un ser neutro y asexuado. Eso es, actuar sobre los conflictos fundamentales.

No es sólo que lo avances teóricos del feminismo hayan demostrado que el supuesto sujeto de la acción social es masculino y excluyente, relegado a la categoría invisible del "otro" a la mitad de la población, o que se haya comprobado que los comportamientos masculinizadores o misóginos predominantes afectan también a las mujeres, sino que la filosofía de la ciencia está coja -y con ella la ciencia misma- al convertirse en un andamiaje insuficiente para comprender en su totalidad probablemente fragmentaria y dispersa, pero dotada más que en otras época de los atributos de género, antes ocultos u olvidados.

Género es también, en su segunda pero primigenia acepción, manera de hacer las cosas. Los sectores más librepensadores de la investigación científica hace tiempo trabajan con la hipótesis de que la ciencia no es neutra, porque lo resultados contradicen sus asertos iniciales, pero el saber -en su conjunto- no ha hecho aún el esfuerzo de ética imprescindible para descentalizar el sujeto de la investigación humana hacia compleja formas binarias de conocimiento de la realidad, que no excluyan lo femenino por definición.

Los resultados de los estudios de género en las ciencias sociales demuestran una clara disfunción de los sistemas de conocimiento cuando se aplican nuevos patrones. No en vano el antropocentrismo y el logocentrismo, que caracterizan la cultura puesta en crisis en el siglo veinte, han tenido una gran componente sexista nunca reconocida, de la que ahora e hacen críticas por lo que superficialmente tiene de "políticamente incorrecta" que por lo que habría de considerarse sin ambages una simple deshonestidad intelectual hacia el compromiso científico.

El argumento no se debilita si se aplica el resto del conocimiento. y no precisamente porque existan matemáticas o físicas masculinas o femeninas, sino porque al análisis de las ciencias les falta, en general, la sinergia suficiente para poder ser relacionadas entre sí -y con elementos inaparentes de su propio discurso lastrados por la ausencia de lo femenino- de forma que establezcan nuevas hipótesis de partida y nuevos procesos de experimentación.

Con el arte sucede cíclicamente y con la arquitectura empieza a suceder ahora, que no sólo varían el modo de hacer y el proceso, sino que cambia radicalmente el producto si se fusionan componentes hasta ahora puestos en entredicho por la planificación racionalista de las vanguardias. Esas carencias, nunca del todo criticadas por la revisión de los postulados del movimiento moderno y del arte contemporáneo, si contaran con elementos de la tradición empática de la cultura característica de las mujeres -de sus racionamientos agregados y de su multiplicidad mental- si se llevaran a proyectos y planes, alterarían por completo las maneras habituales de estudiar la calidad de las formas, la ciudad, la vivienda y los espacios comunitarios.

Otro tanto ocurre con la tecnología. Un procedimiento sistémico como el que emplea Windows'95 está más cerca de la capacidad de la mujeres para asociar intuiciones, abriendo los huecos que cierra la racionalidad masculina convencional. Lo que quiere decir que las nuevas tecnologías lo son, en parte, porque recogen el lado femenino de la realidad. Y ésto es así, con independencia de si es hombre o mujer quién las inventa, a medida que el mundo se equilibra admitiendo la diferencia como signo inequívoco de justicia igualitaria. La sociedad se feminiza, no para llevarnos de nuevo al matriarcado, sino para restituir el porcentaje de déficit democrático que ahora falta, con diversas intensidades, para abrir todas las ramas de la cultura de la razón.

Si como dicen los amantes de las etiquetas, caminamos de la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento, habrá que poner buen cuidado en reclamar una nueva filosofía de la ciencia basada en la consideración del género dentro de los parámetros que definirán el pensamiento laico del futuro, preservando la identidad del ser humano en la diferencia.

En la globalidad de la repetición, dentro de los espacios abiertos que la filosofía de la deconstrucción ha identificado como recintos libres de toda opresión, el ser humano ya no tiene una forma preconcebida, sino que se mueve en áreas sin centro, conectadas entre sí por valores en los que hoy se representa mejor la responsabilidad de las mujeres respecto a la huida hacia adelante de lo masculino, simbolizada en el fracaso al administrar la regresión cultural de orden y caos.

Este movimiento difuso de superposiciones, conexiones y anclajes ligadas a lo femenino sobrevive a la caduca metáfora del mito repetido del varón débil y naúfrago de sí mismo ... por cuestión de género.

Fecha de referencia: 27-11-1998


1: Artículo publicado en el diario Sur en febrero de 1998.

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