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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Madrid (España), 1998.
"La mujer se desborda perpetuamente en gotitas
que alimentan al sediento, y rara vez se le concede
el tiempo, el silencio y la paz necesarios para que
pueda rellenar su vasija hasta el borde".
Regalo del mar (Anne Morrow)
El creciente interés político y social por los temas
medioambientales, que alcanza ya el rango de problema o
preocupación de primer orden, no puede ser únicamente explicado
por el lógico devenir del tiempo y la implantación de unos
novedosos postulados que, enarbolaba hace ya casi tres décadas
un incipiente y crítico movimiento ecologista, sino que viene
dado por la constatación de las nefastas e insoslayables
consecuencias de un modelo de crecimiento, que junto a otras
consideraciones de índole social y económico, se han revelado
como el origen de una crisis civilizatoria sin precedentes de
orden ecológico, con ámbito planetario, que hipoteca presente y
futuro y destruye cualquier atisbo de solidaridad
intergeneracional.
Es por ello que la aparición en el panorama político del análisis
sobre el medio ambiente, aportó una nueva dimensión en el
conocimiento de la realidad, que venía a cuestionar aspectos
fundamentales como la economía y las ciencias sociales.
La reflexión entre sociedades humanas y recursos, entendiendo que
la superviviencia de la humanidad depende de la reproducción
sostenible del medio ambiente, ha contado a lo largo de su ya
dilatada experiencia, con las aportaciones del pensamiento
feminista, que como le correspondía, ha ido incorporando la
perspectiva de género y sus especificidades.
Los puntos de confluencia entre la problemática ambiental y la
mujer pueden sintetizarse en dos planos, de un lado el de la
propia localización desde la que se realiza la reflexión
feminista, que no es otra que la que remite a la tradicional
identificación, desde las estructuras patriarcales, de mujeres
y naturaleza para justificar la dominación de ambas,si bien el
antropocentrismo expresa una voluntad de someter la naturaleza,
el androcentrismo en lógico correlato, reserva y connota el saber
y el conocimiento, como valores propios de la masculinidad.
La mujer aporta (como no ha sabido hacerlo el paradigma
masculino) un conocimiento, acaso sin toda la validación social
que debiera tener, que parte de la vinculación especie humana-entorno, desde el que ha sido su lugar social, ya que atesora
un saber tradicional que establece como principio contrastado,
que la salud y el bienestar colectivos están íntimamente ligados
a los problemas ambientales, del mismo modo que lo están la
equidad y la redistribución.
Hoy, cuando ya resulta inevitable la conexión entre economía y
ecosistemas, se esboza una secuencia de cambios sociales que
viene a redefinir conceptos, discursos y prácticas, tanto en el
plano ideológico como en la acción propiamente.
La citada vinculación entre la dominación/opresión de la mujer
y la dominación/explotación de la naturaleza, da en el correlato
del pensamiento patriarcal que considera a la mujer más próxima
a la naturaleza y al varón más próximo a la cultura, entendiendo
que la naturaleza es inferior a la cultura. De ello lógicamente,
se deriva una ligazón entre mujer y medio ambiente, en clave de
dominación compartida a la que poner fin, que confluye en el
objetivo común de propugnar un sistema igualitario y no
jerárquico.
En cualquier caso, el comportamiento y las actitudes, tanto
teóricos como de acción práctica, se producen de formas muy
diferenciadas en los distintos contextos socio-económicos.
El nivel de desarrollo económico y la estructura social
correspondiente, tienen una traducción inmediata en el propio
peso de la mujer en los procesos de toma de decisiones, así como
en su legitimación y reconocimiento social, por parte de su
comunidad.
Así se aprecia una nítida diferencia en las experiencias de
movimientos de mujeres en defensa del medio natural, según
tengan lugar en la latitud del Norte próspero y desarrollado o
en el Sur empobrecido, pero en ambos casos destaca la presencia
de grupos de mujeres como pioneras de la reivindicación y la
presión.
Las reacciones femeninas a la degradación en sus múltiples
formas, todas puestas en relación a la amenaza a la vida, y a un
acceso diferencial a los recursos y al bienestar, se sustentan
tanto en la mayor adaptabilidad de las mujeres a situaciones no
resueltas, por un modelo de crecimiento y un conocimiento
parcializado y especializado, como por su visión holística, sin
olvidar su particular vivencia histórica de ser el objetivo de
regulación social, por antonomasia, en caso de contradicción
recursos-superpoblación-superviviencia coletiva, que se saldaba
con la eliminación de las niñas (potencial peligro demográfico)
en las sociedades primitivas, práctica de la que aún quedan
vestigios en forma atemperada, pero que conforma la memoria
histórica colectiva, de quienes son entendidas como una amenaza
por su propia comunidad de pertenencia (su potencial reproductor
mérito y condena) llegado el caso.
Pese a la no correspondencia entre reconocimiento
social/derechos/actividad, las mujeres han hecho suya la premisa
de que la ecología de las sociedades humanas, es la evolución de
sus conciencias [1], o si se prefiere han practicado aquel
principio de que democracia política, social y ecológica son
conceptos entrelazados, si es que no son lo mismo [2].
Ejemplifican todo lo mencionado, en el ámbito del llamado primer
mundo o latitud norte, las movilizaciones de mujeres en todos los
grandes temas que lo han sido desde la década de los 70, ahí se
inscribirían las luchas y movilizaciones protagonizadas por
mujeres básicamente y con carácter de motor, frente al estricto
pragmatismo político y sus criterios de reparto geopolítico del
mundo. Las actuaciones de índole pacifista en las bases militares
de Greenham Common, (Inglaterra) o de Comisso (Italia), en plena
carrera armamentista, denunciando los riesgos de los misiles
nucleares, con una puesta en escena tan novedosa como eficaz. En
la misma línea se inscriben los grupos de mujeres centroeuropeas
y norteamericanas en su lucha antinuclear, especialmente tras los
accidentes de Harrisburg y Chernobil, la presencia activa en los
movimientos antinucleares por doquier, su papel emergente en el
movimiento Verde alemán o su permanente presencia al frente de
la denuncia en accidentes de la magnitud del escape de dioxinas
en Sevesso.
En clave de Sur, la acción y la preocupación tienen unas
connotaciones similares, pero mucho más agudizadas por el
contexto en el que se inscriben: la defensa del medio natural
protagonizada por mujeres, es la defensa de sus condiciones de
vida, de lucha contra la hambruna o el riesgo de la pérdida de
especies vegetales básicas contra las enfermedades, ahí
encontraríamos el Movimiento Chipko contra la tala de árboles o
las mujeres de Kenya en su lucha para salvar los bosques.
En el Sur, la dificultad es efectivamente mayor, ya que la mujer
carece de reconocimiento en su comunidad para tomar decisiones,
para tener siquiera derechos sobre la propiedad de la tierra o
para tomar parte en el sistema de gestión y control de los
recursos, el agua o los bosques y ha de ser legitimada para
negociar derechos de usos y acceso a los recursos.
El acceso desigual a los recursos es particularmente descarnado
y especialmente gravoso para las mujeres, que son las encargadas
de acarrear el agua o la leña desde largas distancias en
condiciones climáticas extremas, de paliar con esfuerzos añadidos
los devastadores efectos de la desertización, las guerras
locales, las migraciones masivas, las hambres endémicas... es
digno de resaltarse en este sentido, que en las más adversas
condiciones, desde el confinamiento que les es propio, la
organización de las mujeres no sólo está protagonizando eficaces
sistemas de superviviencia, dinamización colectiva y recuperación
de entornos o de puesta en marcha de explotaciones agrarias, sino
que están, a la par, logrando vía hechos consumados, darse un
papel emergente en la esfera pública, socializando sus
actividades y alumbrando nuevas formas de socialización
colectiva, que les reconoce/valora de facto, como nunca antes.
Ahí quedan como nuevos hitos y conquistas, las experiencias de
iniciativas de desarrollo en la India, el relevante papel de las
mujeres palestinas, la organización de las mujeres saharauis en
los campamentos... todas ellas tienen en común, además de partir
de una situación de exclusión sin paliativos, una diferente forma
de abordar los problemas: desde situaciones de gravedad extrema
como lugar de desenvolvimiento y empleando criterios basados en
relaciones de apoyo y cooperación, que esbozan prácticas
antidominantes estrictamente, por lo que cabe extraer como
enseñanza su capacidad integradora, en un doble plano: respecto
a la naturaleza y a la prevalencia unívoca del mundo masculino,
aunando superviviencia y calidad de vida.
Aún constatando las diferencias, entre una y otra forma de
respuesta o precisamente por ello, resulta especialmente
significativo proceder a analizar algunas de las características
definitorias de las tareas femeninas en defensa del medio
ambiente.
La participación de las mujeres o más exactamente su mayor
incorporación, se sustenta en una reflexión consciente o
simplemente instintiva, visceral (de urgente respuesta en medio
de la debacle) que plantea un nuevo diseño de lo que se entiende
en sentido tradicional por política, en el que las relaciones
sociales no se separan de la naturaleza, sino que la
comprenden/contienen en una interconexión constante, esto a su
vez, representa una manera rotunda de cuestionar la concepción
masculina de los recursos naturales o bien como objeto o bien
como elemento apto para su explotación, es decir, se sustrae a
la lógica mecánica de la dominación y la superioridad de quien
lo hace, la comprensión de la finitud como correlación de la
propia visión cíclica que es inherente a su vivencia/percepción
de género, el desarrollo e impregnación social de una amplia
cosmovisión que repara, expresa y recoge otras formas de
socialización y de relación con el entorno circundante.
En materia de comportamientos alternativos de propuesta y acción
se aprecian unos rasgos muy específicos, donde conviven
características comunes y diferenciadas, como son:
O lo que es igual, la mujer irrumpe desde el espacio doméstico
de tareas inespecíficas, tan difusas e ignoradas, como
necesarias, hasta el espacio público donde ha de competir contra
la hiperespecialización de la que procede su minusvaloración, en
tanto que gestora de lo cotidiano.
Sus conocimientos, simbologías y escala de valores emergen frente
al monopolio del saber.
La participación de las mujeres en movilizaciones ambientales ha
servido pasa redefinir sus hábitos y su capacidad de inserción
en su comunidad, ahora ya como sujeto activo, lo que viene a
poner de manifiesto una conceptualización femenina y una
percepción de género que aportar, por lo que cabe hablar con toda
propiedad de un modelo femenino de conciencia y acción medio
ambiental, que se inscribe en una actitud más globalizadora de
identificación/revalorización personal, colectiva y con umbrales
de acción política.
La implicación de las mujeres en problemas ecológicos, no solo
tiene perfil propio, sino que contiene elementos para ser la
semilla que conlleva un cambio social profundo, para sí mismas
como colectivo (autorreflexividad) y para los demás (reflexividad
común), siendo de largo alcance sus umbrales de acción y sus
principios, impregnados de igualitarismo y frontal negación de
la dominación/explotación en el sentido económico prevalente y
por tanto, de sus enunciados de competitividad, parcialización
del conocimiento e hiperespecialización en aspectos de una
realidad troceada, en donde superviviencia, salud, calidad de
vida y derechos ambientales sean objetivos alcanzables para el
género humano en su conjunto, precisamente connotados de la
cualidad de derechos humanos y no meras dádivas o privilegios.
Fecha de referencia: 27-11-1998
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