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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Madrid (España), julio de 1998 [1].
El espacio parece no suscitar muchas preguntas y menos preguntas
políticas. Nos es dado como lugar de la objetividad, un
escenario, un escenario para la acción, indiferente al sexo de
los individuos que en él se mueven; pero es el escenario el que
determina las acciones posibles, las acciones legítimas.
Como toda construcción cultural está definido y atravesado por
líneas de poder que lo crean y lo interpretan. Zonas abiertas o
prohibidas, libertad de movimientos o confinamiento, un entorno
y sus usos; todo ello es percibido y empleado de forma diferente
por hombres y mujeres.
Pero partiendo de la supuesta neutralidad espacial de una
sociedad secularizada y funcional, la ciudad se construye
ignorando el comportamiento o las necesidades específicas de las
mujeres. La ciudad y su configuración proyecta un tipo de
ciudadano, independiente, motorizado, con trabajo. Que necesita,
por lo tanto, supermercados abiertos 24 horas, vías de acceso
rápidas, una ciudad funcional para un tipo de vida determinado.
Los habitantes de la ciudad, atrapados por el espacio urbano,
comienzan a comportarse como ese ciudadano modelo, con mayor o
menor acierto, y éste se esfuerza, destruyendo las bases
materiales e imaginarias de otros posibles comportamientos. Así
las metáforas acaban siendo reales y, sin saber cómo, la ciudad
se ha transformado y no hay retorno posible.
El hecho de que la mayor parte de las mujeres tengan una
experiencia y unas necesidades muy diferentes es ignorado en
nombre de una igualdad preupuesta y, de esta forma, se cierra el
círculo de la inexistencia femenina.
¿Qué significado tiene la separación de lo privado y lo público
y su desigual distribución? Desde un punto de vista político, la
ruptura en dos esferas permite la autonomía individual frente a
la comunidad. El individuo deja de estar unido por vínculos
económicos, familiares, jurídicos, a la comunidad en la que nace,
y adquiere un estatus propio desde el que desarrollar sus
posibilidades vitales. Tiene obligaciones para con la sociedad,
pero reguladas por su condición de ciudadano, es decir, por la
relación con el Estado.
Esta mediación entre individuo y sociedad a través del Estado
hace que aquél participe en la determinación de esas
obligaciones, mediante el sufragio, y que éstas tengan un
carácter legal y no natural. El ciudadano tiene la obligación de
hacer la guerra y pagar impuestos, pero la comunidad no puede
obligarle a trabajar gratuitamente, a entregar su propiedad, a
elegir una u otra profesión, a casarse contra su voluntad, etc.
Pero en el corazón de esa imagen existe una contradicción
insalvable, una nueva escisión entre lo público y lo privado que
tiene un sentido muy diferente: la que separa el mercado y la
familia, la producción y la reproducción.
La existencia de un mercado que rige las relaciones económicas
y el intercambio se detiene en el umbral de la casa, donde las
normas que gobiernan la existencia no son legales, sino leyes de
la naturaleza o vínculos morales. La familia se constituye como
el último reducto contra la invasión de la racionalidad económica
y la igualdad política, un mundo que debe ser preservado fuera
del contrato social.
La sociedad burguesa, desde el siglo XIX, diferencia el mundo
profesional, exterior, a través del cual el individuo interviene
en lo social: producir y participar. Y el mundo interior, de la
reproducción, en que se cumplen las obligaciones con la especie
y con la comunidad: tener hijos, mantenerlos, cubrir las
necesidades biológicas, cuidar de los ancianos, enterrar a los
muertos, ocuparse de todo aquello que el mercado no puede
realizar al tratarse de actividades que no son divisibles,
cuantificables ni rentables.
La ciudad es el espacio en que se hace posible diferenciar esas
esferas que en el mundo rural están confundidas. Es un espacio
de producción que responde a las necesidades del capitalismo
mercantil e industrial. Es, por definición, el espacio de la
política: la política como esfera autónoma, separada de la fuerza
y de la riqueza, surge en la ciudad, y u metáfora es la ciudad.
La ciudad es el lugar del pacto entre iguales, donde la autonomía
individual tanto económica como política es posible y el hombre
escapa al yugo de la comunidad.
En el reparto espacial, la mujer es asociada hasta tiempos
recientes con el hogar en un gran confinamiento que produce una
figura histórica nueva: el ama de casa. Lo femenino se asimila
a lo privado, pero lo privado tiene un sentido muy distinto para
hombres y mujeres: para los hombres es un refugio y una
posibilidad de creación, ocio, expansión individual. Para las
mujeres se convertirá en un destino.
Los dos espacio no conviven casualmente sino que están
férreamente opuestos. El hogar debe ser todo aquello que no es
la calle. Si la esfera privada es la de los intereses egoístas,
existe un espacio en que esta regla no funciona, una isla donde
la entrega y la abnegación son posibles: el hogar.
Si el hombre puede lograr su autonomía frente a la comunidad, es
porque alguien se hace cargo de los aspecto comunitarios. Si se
pueden separar ambas esferas es porque no se separan para todos.
La abnegación femenina permite así la individualidad masculina,
su proyección al mundo, su universalidad.
Al mismo tiempo, el hogar, que es espacio de privacidad para el
hombre, no lo es para la mujer. Ésta es desposeída de su tiempo,
de sus actividades o deseos individuales en favor de la pequeña
comunidad de la familia. Hasta el punto de que el libro de
Virginia Wolf, Una habitación propia, se convierte en el
arquetipo de la emancipación.
De manera que el orden burgués crea para las mujeres una doble
exclusión: es excluida como individuo de la casa y como ciudadana
de la calle.
Al mismo tiempo los valores asociados al hogar se definen como
innatos y se exige de las mujeres que completen todo aquello que
el nuevo mundo deja de lado. Así e acptará que la sociedad sea
"incoherente, desconocida, odiada y hostil" a condición de que
el hogar no lo sea. Se admite la dureza de los valores de una
sociedad capitalista mientras exista un espacio donde esos
valores no gobiernen. De ahí la necesidad de definir lo femenino
como algo opuesto a lo masculino, de manera que la mujer cargue
con todos los valores que han dejado de serlo, pero resultan
imprescindibles en el hogar, contrapartida de los que rigen
realmente en el mundo social.
El hogar no es un reducto a salvo del mercado sino que es
penetrado por éste, a través de los medios de comunicación y por
sus múltiples funciones: desde el hogar se puede producir, se
puede consumir, se puede incluso participar.
Al mismo tiempo, el pacto político, el ideal democrático también
ha penetrado en la familia: la decisión conjunta, el diálogo, se
imponen como modelo de convivencia familiar.
Paralelamente, el espacio público común va siendo privatizado.
Un nuevo sentido de la dicotomía público-privado, exclusivamente
económico, se impone sobre sus otros significados. La diferencia
relevante parece ser la que separa lo gestionado por el Estado
o dejado a la iniciativa privada. O más generalmente, lo que se
considera espacio común, propio de la colectividad, y espacio
privado, intercambiable según las reglas del mercado.
La función política de las ciudades decae, y en cierta medida su
función económica, y la sociabilidad tradicional, vecinal, cede
ante el avance del uso privado del espacio público, una tendencia
imparable en la vivienda, el transporte, la seguridad, etc.
El espacio abstracto del mercado uniformiza e iguala toda
diferencia, toda marca de la historia, tendiendo a crear una
extensión sin historia, un eterno presente en que la ciudad
desaparece, convertida en decorado de la producción y el consumo.
En la sociedad del espectáculo descrita por Guy Debord, lo
esfuerzos de todo poder por controlar la calle, donde la gente
está peligrosamente junta, han culminado en la voluntad de
detruir la calle, [Debord , 1992]. Se trata de aislar a las
personas en una ciudad que estalla e invade el campo circundante;
de aislarlas juntas, es decir, en edificios y casas iguales,
repetidos, sin historia, sin relaciones sociales directas. En la
ciudad actual las diferencias de clase, las relaciones sociales
y las relaciones de producción resultan invisibles, cada vez más
abstractas y sin contacto, lo que nos convierte en nuevos
campesinos, esperando la mejora de las condiciones de un cielo
que ahora llamamos sistema, sobre el que carecemos de control.
De esta manera, podría decirse que las mujeres ocupan la calle
cuando ésta degenera, o que su acceso a la ciudad es libre
precisamente cuando la ciudad ha dejado de ser el centro de la
decisión y de la acción. Al igual que accede en condiciones de
igualdad al mercado de trabajo cuando el mercado de trabajo se
fragmenta y segrega.
Al mismo tiempo, la decadencia del espacio urbano afecta
especialmente a las mujeres. Porque la supremacía del interés
privado sobre el público es aprovechada en menor medida por éstas
-basta comprobar el uso del vehículo- y, además, porque se quiera
o no las mujeres siguen haciéndose cargo de lo comunitario, es
decir, de aquellas necesidades que el mercado desprecia y de
todas las que dependen de otra persona, niños pequeños, personas
mayores, enfermos, etc.
De una forma que no está alejada del proceso que hemos descrito,
se carga en las mujeres la integración que la sociedad no
procura, consiguiéndose la autonomía de unos en detrimento de
otros.
Hemos visto que la reclusión femenina ha servido de puente entre
el individuo y la comunidad, de mediación entre el mundo del
intercambio y el mundo de los compromisos morales. Si se rompe
esa peculiar especialización femenina -compensar la "maldad" del
capitalismo y permitir que los hermosos frutos románticos de la
desigualdad florezcan al menos en un espacio- alguien tendrá que
tomar el relevo y hacerse cargo de las necesidades personales,
biológicas y sentimentales, a menos de aceptar una sociedad
definitivamente inhabitable.
No parece que el Etado pueda asumir esa maternal función cuando
hasta sus funciones paternales se ponen en duda. Por lo tanto,
se trata de definir qué tipo de ciudad se busca; de qué manera
pueden invertirse las tendencias a la fragmentación y
desintegración social sin negar los avances de la autonomía
individual ni mitificar la comunidad, que cuando existió fue la
base del sometimiento femenino.
Entre un hogar invadido por el mundo de la producción y un
espacio público que está dejando de serlo, las mujeres pueden
colaborar con la definición de un espacio común que devuelva a
la ciudad su viejo carácter histórico asociado con todo poder y
con toda liberación.
Debord, Guy (1992). La société du Spectacle. (Gallimard, París.)
Ehrenreich, Barbara y English, Deirdre (1990). Por su propio bien,
150 años de consejos de expertos a las mujeres. (Taurus
Humanidades, Madrid.)
Valcárcel, Amelia Sexo y filosofía. (Antropos.)
Fecha de referencia: 27-11-1998
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