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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Madrid (España), octubre de 1998.
Esta consideración trae a primer plano dos temas de importante
relevancia. Uno, el urbanismo de los afectos. El otro, la visión
de las mujeres, la mujer como históricamente depositaria del
mundo de los afectos, conocedora de la sabiduría de los lugares.
No fue difícil para mí, dedicada con entusiasmo a la pedagogía,
y como vieja profesora, que lo soy, despertar en aquel colectivo
la ilusión de buscar con nuevas miradas aquello que les atrae o
les rechaza de sus propios lugares, donde pasan la vida. Hacerles
encontrar lo inadvertido en su ámbito cotidiano, la poética que
les había marcado su niñez.
Mi visión desde la gran metrópoli, Madrid, donde toda lectura es
posible, ayudaba a valorar los encantos y desencantos de los
pequeños municipios a los que pertenecían.
Recuerdo, también, que ellas mismas, entusiasmadas, se
sorprendieron al encontrar esos lazos afectivos que, sin darse
cuenta, formaban parte de su identidad.
Habiendo pasado ya un tiempo, y puesta yo, ahora, a escribir
aquello, sé que me va a ser imposible hacer una crónica exacta
de lo allí sucedido. Las teorías siempre están en continua
matización por el pensamiento abierto. Y las reflexiones nuevas
quizá refuerzan, o quizá desvían lo entonces expuesto, para
replantearlo desde diferentes puntos de vista.
Mi pensamiento, lógica e intuitivamente, ha seguido caminando.
Y muchas de las reflexiones que aquí aparecen han sido ya
expuestas en otros foros públicos.
De todas formas, si volvemos a la base de reflexión, puede
asegurarse que en este fin de milenio, poco han cambiado las
cosas, el escenario que nos acompaña a nivel mundial, y eso
también nos atañe, sigue siendo principalmente el mismo: que la
cultura de la guerra empaña la cultura de la paz.
Si ayer nos angustiaba la guerra de Bosnia, ...los desmanes de
El Zaire, ... Ruanda, ...y tanto y tanto ... Hoy son además,
...las nuevas masacres, sin sentido, en numerosos lugares del
planeta, ...el proseguir con la fabricación de armas, ...el
mantenimiento de las minas antipersonales, ...etc, etc. Y también
la violencia tácita que aprisiona el día a día. Denunciemos la
guerra. Todo tipo de guerra. Debemos denunciarla.
Las ciudades se destrozan. Mueren millares de personas. Los
niños, todos lo sabemos, si se salvan, son los que más sufren las
guerras. El odio, la muerte, la venganza, el hambre, forman parte
de su memoria. Y si es difícil, reconstruir una ciudad, más aun
lo es, reconstruir una vida.
Éstas son las palabras que un día cualquiera, meditando por la
calle, se me vinieron a la cabeza, así las transcribo:
No hay paradas para el descanso, no hay tiempo.
No hay tiempo para recuperarse, y mirar y sentir,
para observar, para aprender. Para querer.
Inhóspitos espacios urbanos, de guerras sin sentido,
valores olvidados y ambiciones desmedidas,
equivocan a sus gentes.
Y entre memorias rotas, contenedores mal olientes,
semáforos, coches, vomitonas y orines,
también lágrimas de niños mojan las calles.
Recuperemos las ciudades para vivir armónicamente en ellas, para
llenar sus espacios con nuestras vivencias cotidianas que nos
unen con lazos afectivos a nuestros lugares. Lugares donde,
momento a momento, vamos dejando el tiempo de nuestras vidas.
Construyamos el lugar que nos reconforta, que da sentido al
vivir.
Arquitectura y Urbanismo consolidan los escenarios donde dejamos,
en el tiempo, las huellas de nuestro vivir. Diferentes géneros,
diferentes edades, diferentes personas, sentimos y vivimos la
Ciudad de diferente manera.
Los parámetros que marcan la evolución de las ciudades,
comprometen los espacios y nuestra forma de vivir. Unos son
claramente visibles, reconocibles, explícitos. Otros están
ocultos, ignorados u olvidados.
Es necesario e ineludible, sacar a la luz esas dimensiones
ocultas que pueden dar sentido al "vivir la ciudad", cualificando
el lugar en aras de una mejor convivencia. Rescatar esos
parámetros que se adentran en el campo afectivo, quizá sea el
mejor reto para la ciudad de hoy.
Estas reflexiones que parecen tan obvias, no siempre se
evidencian con claridad. Y en el devenir, en el que muchas veces
nos sentimos envueltos, las olvidamos, para caer en una
competitividad exacerbada o una rutina alienante.
Mi intervención se limitó a llevar a la reflexión la Arquitectura
y el Urbanismo, por eso la dediqué a la Ciudad. Busqué, para
analizarla, el sesgo que sabía iba a tener más eco entre las
sabias mujeres, el olvidado por la mayoría de los profesionales
y que no por ello deja de ser imprescindible: analizar desde el
campo de los afectos.
Castellón (España), 1997.
Espacio y Género actualmente es un tema novedoso, sólo está aun
esbozado, necesita irlo recorriendo con dedicación, con esmero,
como con una lupa si es preciso, para que nos aclare tantas y
tantas incógnitas que aun permanecen, sin haber sido casi ni
enunciadas.
Respecto a la creación arquitectónica, cuando es la mujer la que
se pone a proyectar, como creadora, como formalizadora de los
espacios, le acompaña esa diferente cultura de cómo
históricamente los ha usado y los ha vivido.
El hombre desde que nace ya está insertado, de una determinada
manera, en el devenir de la organización social, del sistema que
históricamente ha marginado a las mujeres. La mujer por el hecho
de serlo, ya desde que nace, está fuera de muchos campos, y tiene
que luchar, mucho más que el hombre, para conseguir que la
admitan. El sistema ha sido inventado por los hombres.
Precisamente, por estar la mujer fuera de él, o mejor dicho,
relegada a cumplir con los papeles que "ellos" le han asignado,
su visión lejana del funcionamiento de ese sistema es más nítida.
Es más fácil, para ella, encontrar la postura crítica, que ellos
desde dentro no son capaces de vislumbrar.
Lo que pasa es que, cuando entra, muchas veces colabora al
mantenimiento del propio sistema, olvidando su nítida visión
global y crítica. Cuando nos acercamos a analizar estos casos,
no podemos olvidar el cómo se comporta el género femenino, las
mujeres, cuando acceden (por fin) a campos de naturaleza
intelectual y cultural que siempre han sido ocupados por los
hombres.
Entonces, entra en acción el mundo competitivo por parte de ellos
y también de ellas. La necesidad para ellas de tenerles que
hablar con sus propias palabras (las de ellos), para que ellos
entiendan, lo que ellas piensan y sienten, supone un esfuerzo
añadido para conseguir hablar en otros términos, que una vez
conseguido se suele apropiar de ellas. Y es un reto difícil de
soslayar.
La influencia del modelo de mujer históricamente aceptado, y esas
actitudes que a veces, sin remedio, hay que tomar, deforman,
empañan, desvían u ocultan, las primeras razones claras,
transparentes, de la justificación de los espacios que proponen.
Sin embargo, esa clarividencia para analizar, para proponer, para
crear desde sus propios parámetros, nunca la puede erradicar de
dentro de sí. Se puede tapar, ignorar, despreciar u ocultar ...,
pero nunca llega a desaparecer.
Cuando surge una circunstancia que pone en evidencia esa mirada
distinta, la mujer no sólo la recupera como parte de su
identidad, la valora y la reivindica como necesidad ineludible
en el sistema, en la organización de nuestra sociedad.
No es nada sorprendente, constatar que, una vez abierto este tema
de la Mujer como creadora de los espacios que conforman nuestros
escenarios para vivir, surjan grupos y grupos de mujeres que
quieren, que necesitan, reunirse para dilucidar y para
reflexionar sobre su diferencia o no en el entendimiento de los
espacios. Así ha surgido el "Seminario Permanente: Ciudad y
Mujer", el "Colectivo de mujeres urbanistas", el de "La Mujer
construye", y otros muchos más.
Ahora, que ya vamos siendo un número bastante significativo de
mujeres profesionales de la arquitectura, se multiplican y se
extienden estas reuniones donde ponerse a reflexionar para
encontrar, a veces descubrir, esos parámetros ocultos que
subyacen en nuestra cultura ancestral. Parámetros que han quedado
olvidados en el reflexionar sobre la ciudad y que hay que
rescatar.
No es difícil entender que estas reflexiones se planteen en
ámbitos principalmente femeninos, donde las mujeres se reúnen,
para escuchar de una forma conjunta ese eco, ese profundo eco que
de una manera u otra todas llevamos dentro, y entra en
resonancia.
El eco se va encontrando, y esa reflexión conjunta que va
surgiendo entre las mujeres, en mi opinión, no puede quedarse,
exclusivamente, en el mundo intelectual femenino, aunque
necesariamente tiene que surgir así, sólo de mujeres.
Es importante sacarlo a la luz de todos, e invitar a la reflexión
común, contrastarlo con los pensamientos de los demás, con las
otras reflexiones sobre la ciudad, con aquellos otros, pocos muy
pocos, que desde el pensamiento alternativo, tanto mujeres como
hombres, han puesto en duda nuestros espacios de hoy, la forma
de generarlos, su producción especulativa, que evidencian y ponen
de relieve los parámetros de análisis y creación que se asemejan
a los nuestros.
Pero, no es menos cierto que la mujer, en estos campos del
pensamiento, es aún poco solidaria. Falta rodaje y tiempo. Muchas
veces usa armas equivocadas de competitividad. Otras, se "quema"
en el camino. Llevamos poco tiempo en estas lides, por eso es
importante que alguien siga, que la llama no se apague. He ahí
la ilusión constante de saber que alguien va a recoger el
testigo, a pesar de los momentos de desánimo.
Hoy, la voz de los grupos de mujeres que reivindican estas
dimensiones debe conseguir plataformas públicas de expresión.
Debemos trabajar entre nosotras, pero si sólo trabajamos entre
nosotras caemos en el mismo error que han caído ellos, los
hombres, los que de siglos y siglos han mantenido (y hoy aún
muchas comunidades mantienen) la voz de las mujeres en silencio.
Igual podría decirse de otras voces, las de los ancianos, los
emigrantes, los discapacitados, y sobre todo las de los niños,
que es si cabe peor, pues ellos ni siquiera tienen voz. En una
palabra, los marginados. La ciudad, así diseñada, margina para
facilitar su uso (exclusivamente uso) a los "ejecutivos", los que
ejecutan la vida, la suya propia y la de los demás. Pues la
ciudad se produce, se usa, pero no se crea.
La cultura de la paz construye sus cimientos sobre los espacios
colectivos. Espacios donde sea posible la alternativa, la voz
distinta, el contraste, la reflexión conjunta donde nace la
crítica analizada que da paso a la comprensión, la tolerancia,
al respeto mutuo, a la solidaridad.
Y, en la creación de la ciudad, la que une a la vida, la que
ofrece el espacio digno sobre el que se construye la convivencia
pacífica, tenemos mucho que decir las mujeres. ¡Qué pocas veces
los arquitectos han reivindicado la ciudad para vivir! Casi todos
estos movimientos han surgido en las asociaciones de vecinos, y
sólo algunas veces les "acompañan" los arquitectos.
Hoy las cosas van cambiando. Las asociaciones ciudadanas tienen
voz y se potencia el asociacionismo, aunque muchas veces puede
ser manipulado. Las reivindicaciones por los derechos de la mujer
van dando sus frutos poco a poco. Son ya bastantes más las que
acceden a puestos de trabajo, donde su toma de decisiones
repercute en la ciudad y en sus gentes desde otras perspectivas.
Y empiezan a surgir esas dimensiones olvidadas, donde los afectos
dejan paso a espacios vivideros, a lugares donde la ciudad se
amabiliza.
No quiero, sin embargo, dejar de señalar aquellos casos, que de
hecho existen, en que la mujer accede al campo profesional o
político siguiendo el modelo "masculino". Olvidan, o quieren
olvidar, esos parámetros con dimensiones emocionales que hacen
sentir, proyectar y decidir, dentro del afecto, de la ternura,
del querer, del proporcionar el cobijo afectivo, tan necesario.
En algunos otros casos, el hombre, acostumbrado a separar el
mundo del trabajo del de su casa, va tomando conciencia y
valorando en su medida el campo de los afectos. Por eso es
importante que recupere la corresponsabilidad, ya que todavía su
negligencia es admitida como connatural por muchas mujeres que
sienten además el síndrome de culpabilidad.
Traspasar el mundo de los sentidos y entrar en el de los
sentimientos es el salto que debe dar el Urbanismo.
Entre tantas formas de afectar, yo quiero centrarme aquí en el
sentido del lenguaje corriente, el que viene a tener relación con
el campo afectivo, con la afectividad, con lo afectuoso (no con
lo afectado). Siguiendo la acepción con que María Moliner define
afecto como: sentimiento intermedio entre la simpatía y el
cariño.
Bajo ese sesgo de "lo afectivo", la ciudad nos aparece con una
lectura diferente, muy diferente. Una lectura que nos relaciona
la ciudad con dos conceptos (términos) que hoy me gustaría
enunciar y analizar aunque sólo sea con unas pocas pinceladas que
ayuden a poner en el campo de la reflexión el pensamiento de
muchos: la memoria y el tiempo. El tiempo y la memoria, dos
dimensiones relacionadas íntimamente, tan imprescindibles y tan
olvidadas en los campos del urbanismo, pero que hacen ciudad
para quien la habita.
El ser humano siempre, donde quiera que esté y como esté, busca
crear el cobijo, es connatural en él, construir su morada donde
impregne sus afectos, sus vivencias, los momentos que le
comprometen y los lazos que le arraigan al lugar. Lo necesita
para ir construyendo su propia identidad.
Donde no hay vivencias, no puede surgir la convivencia. Y
entonces, también los lugares colectivos nos son ajenos, no nos
pertenecen, no nos sentimos ligados a ellos. Por eso allí
aparecen las huellas de la desidia, de la violencia, de la
ignorancia. Y no nos pertenecen porque no sólo nos son ajenos,
incluso nos sentimos agredidos por ser tan inhóspitos.
La ciudad, la mayoría de las veces, se diseña para el modelo de
"aquél" que se transporta en coche privado, que utiliza la calle
sólo como vía de circulación y que la horada, la invade, la
maciza, sin ningún respeto, para sacar la máxima plusvalía, para
amontonar viviendas, aparcamientos, o simplemente para invertir.
Los demás, ...los ancianos, las mujeres, los discapacitados, o
los niños, ...quedan fuera de esa carrera, o se refugian en
cuatro columpios mal colocados, o se deslizan por rampas
inaccesibles,... No se ha contado para su diseño con la voz del
experto en pedagogía, ni en geriatría, ni ...pero, al final, todo
parece "cumplir" la normativa. Y no hay espacios para el afecto.
El campo de los afectos ha pertenecido históricamente al mundo
de las mujeres. En la mayoría de las ciudades, las decisiones han
sido tomadas predominantemente por los hombres, ya sean políticos
o técnicos; y los espacios se han organizado desde una óptica
diferente a la que aquí se expone, lejana, muy lejana al mundo
de los afectos.
Si representamos sobre un plano de la ciudad, las dimensiones del
tiempo que dedicamos a idas y venidas, en los diferentes momentos
del día, las estancias prolongadas, o mínimas, que nos retienen
en los diferentes lugares, podremos visualizar un análisis de
nuestra vida que a veces pasa inadvertido.
Si, además, esa imagen representativa la cruzamos con las que
resultan de otras personas, ya sean de nuestro entorno próximo
o circunstancial, descubriremos gráficamente las posibilidades
que nos ofrece, o no, la ciudad para relacionarnos, para vivir
nuestras soledades, a veces tan necesarias, a veces tan
repudiadas, para crear vivencias y para poder convivir.
Y quedarán plasmados en un plano, los tiempos inertes en que sólo
nos trasladamos, los itinerarios rutinarios, los estáticos o los
dinámicos, los que facilitan ritmos acompasados o velocidades
extremas, las estancias largas, cortas o reposadas, ... Y el
plano de la ciudad nos irá mostrando los espacios donde nuestra
relación afectiva va a poder arraigarse o no, y de qué distintas
maneras.
Desde no hace mucho, la "Geografía del Tiempo", como disciplina
académica, está elaborando en este sentido trabajos, reflexiones,
teorías, que descubren luces muy interesantes para desenmarañar
las relaciones entre las gentes y sus ciudades. Aportan datos de
una sociología aplicada que puede ser determinante en el
Urbanismo. Pero en la práctica del Urbanismo, el urbanista que
proyecta la ciudad aún trabaja de espaldas a estas disciplinas
que se quedan en elaborar teorías, para luego utilizarlas como
adorno en las memorias de los planes.
Sin el tiempo no puede crearse "el lugar". La diferencia entre
sitio y lugar es trascendental en la configuración del espacio,
y está tamizada por el tiempo. El espacio edificado necesita que
el tiempo bañe sus muros, sus vacíos, y se impregnen de
historias, de afectos, de memorias, de hechos sucedidos en y con
el tiempo suficiente.
Entonces, el sitio (construcción) pasa a ser un lugar
(arquitectura). Pues cuando un espacio construido tiene la
capacidad y la posibilidad de convertirse en lugar, estamos
refiriéndonos a un espacio arquitectónico. Porque la Arquitectura
es el arte que incorpora la dimensión del tiempo en el espacio.
El tiempo humano.
El ritmo a que nos hace vivir la ciudad, nos fragmenta el tiempo
para asignarlo a diferentes actividades y ello repercute en
nuestra relación, con la posibilidad de crear afectos que
cualifiquen el lugar.
En este sentido, las mujeres italianas presentaron una propuesta
de ley con el título: "Le donne cambiano i tempi", donde intentan
racionalizar para no desperdiciar y disfrutar el uso de los
tiempos.
También en Noruega, con un gobierno formado en su mayoría por
mujeres, se acomodó el horario oficial en función de la hora de
las entradas y salidas escolares.
Tenían que ser precisamente grupos de mujeres los que avisaran
y reestructuraran el uso de los tiempos en la ciudad. Y es que
las dedicaciones de los diferentes tiempos tienen mucho que ver
con los afectos. Las noruegas quieren que cuando sus niños
vuelvan de la escuela, encuentren la presencia de sus seres
queridos en el hogar. Antes, de forma constante, siempre estaba
la madre. Ahora que la mujer ha entrado en el campo laboral,
habrá que diseñar la cuidad con unas características de
funcionamiento distintas, sin tener que renunciar a las
relaciones afectivas.
Tanto la dimensión del tiempo como la del espacio, no son las
mismas en el niño que en el adulto. Para darse cuenta no hay más
que recordar nuestra infancia donde aparecen esos veranos
larguísimos, en los que hasta se crecía mucho, aquellas
vacaciones que daban tiempo a tantas cosas. Luego los años se
pasan sin darse cuenta.
Aparte de esa diferencia de escala que separa la percepción del
tiempo entre la infancia y la madurez, donde ya el tiempo se nos
va entre los dedos, conviene recordar también que, además, el
tiempo es elástico. Quiero decir con ello, que se estira y se
encoge, y un mismo minuto medido de reloj a veces se nos hace
eterno, y otras se esfuma casi sin captarlo, ya seamos niños o
mayores. Todo ello tiene mucho que ver con la configuración de
los espacios.
Suele decirse que el tiempo cura las penas, y es cierto. Al
menos, las reposa, las ubica en nuestra memoria con las
connotaciones de la distancia que da serenidad, y nuestra propia
memoria se vuelve espacio que recoge el tiempo. Y es que el
tiempo, la memoria y el espacio conforman nuestra relación
afectiva con la ciudad, de ahí mi interés en dedicar esta
intervención al urbanismo de los afectos.
Con la memoria de los lugares pasa lo mismo: es la historia la
que los rellena de miles y miles de recuerdos, y ya no son
solamente los nuestros. La ciudad es, por tanto, la misma para
todos, pero distinta para cada uno. Y hay recuerdos personales
que nos ligan al lugar, y otros propios del lugar que nos cuentan
su historia. Una ciudad sin memoria es una ciudad muerta.
Quiero traer a colación, los acertados versos de César Vallejo,
que yo aún recuerdo recitados, de forma magistral, por Santiago
Amón. Los dos personajes, hoy ya desaparecidos, pero siempre
queridos, fueron pioneros en hablar de la ciudad y de la casa
desde la reflexión afectiva. Así son:
- No vive ya nadie en la casa -me dices- todos se han ido. La
sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda,
pues, que todos han partido.
Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por
donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de
soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las
casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros
son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al
mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a
habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, ...
(el poeta, quiso decir hombres y mujeres, personas, seres
humanos, ...todos lo sabemos. Es el lenguaje, que aun sigue
silenciando a las mujeres.)
Nuestro primer cobijo es el claustro materno. Después nacemos en
diferentes cunas, y los espacios que albergan esa cuna que se
mece, también albergan nuestras primeras memorias del lugar.
Estos espacios no tienen ubicación ni dimensión precisa, aunque
sí real. En la percepción del niño, además de relacionarse en una
escala diferente del adulto, se achican, se agrandan, cambian de
forma, se reducen, a veces desaparecen, o se amontonan, aunque
estén en diferentes sitios. El niño los va mesurando, según la
implicación afectiva que estos espacios le ofrecen.
Y así, luego recordamos ...enormes habitaciones, ...estrechos
pasillos interminables, ...escaleras y escalones pequeños y
grandes...
Pero estos espacios, aunque existen, son inventados e
imaginarios. Al final, los espacios de nuestra infancia son los
lugares donde hemos ido depositando el tiempo de nuestra niñez,
y ése es nuestro auténtico patrimonio. Lugares que se ubican sin
identificarse con posesiones de diferente clase social. Son
rincones, a veces en la calle, otras en el campo, en los caminos,
en las casas,... muchos en las casas, en las propias y en las
ajenas. Y en esa memoria diversificada en diferentes lugares, que
nos hace recordar deformadamente, vamos construyendo, como ya he
dicho, día a día nuestra identidad.
Cuando E. Haro Tecglen recuerda su infancia en "el niño
republicano", nos cuenta:
Mi memoria es vaga y es incierta. A veces he tratado de arrancar
de ella para siempre algunas cosas vividas, algunas personas,
algunos momentos.: para no sentirlos. Se paga luego. No se corta
limpiamente, como con bisturí, se arranca, con las garras, y se
hacen jirones con otros recuerdos enlazados. Aunque queden con
obstinación martilleante los recuerdos reprimidos, prohibidos,
acallados: no se les vence. El recuerdo no sólo destruye, sino
que construye. Odia el vacío. Inventa con irresponsabilidad.
Los espacios concretos, con olores y colores, con luces, sonidos,
proporciones, ...con su realidad física donde el tiempo ha dejado
la huella del afecto, se convierten en hitos referenciales y
escenarios que se fijan a nuestra memoria. Escenarios que nos
arraigan al lugar, a los que deseamos volver de vez en cuando,
y no sólo con el recuerdo, con la necesidad de ocuparlos, de
nuevo, para reconfortarnos.
El arquitecto que, al proyectar, olvida los mundos del afecto,
y aísla la arquitectura de las otras dimensiones que dan sentido
a los espacios, el arquitecto creador exclusivamente de imagen
(en sentido peyorativo), produce una arquitectura vacía. Se
inventa el orden, donde no sabe descubrirlo.
La sociedad actual respeta en exceso al arquitecto que sólo
diseña espacios como objetos, como esculturas, sin pensar que
deben ser espacios donde poder vivir, no sólo usar. Esto es un
error que hay que ir corrigiendo, porque la crítica se queda sólo
en los círculos profesionales.
La Arquitectura no va a renovar el mundo, pero hay que hacer de
la Arquitectura un servicio a la sociedad y no una plataforma de
exhibicionismo narcisista. El concepto de "belleza" equivocado,
priva a la estética de la ética, es la falsa interpretación de
lo afectivo, reduciendo lo "sensible", a lo plástico, lo
perteneciente al arte plástico que se vende en revistas y modas,
para evadir, sin comprometerse, las connotaciones ecológicas,
sociales, humanas, que dan la verdadera dimensión a la
Arquitectura.
Citando a Yehudi Menuhin: ..."en la belleza habita siempre una
moral" ...los políticos, los partidos, las épocas, las
circunstancias, cambian ..."lo que permanece constante es la vida
en sí misma, la experiencia cotidiana, las esperanzas y los
sufrimientos de las personas. Y es en este ámbito donde se
inscribe la cultura".
El urbanismo de hoy, está produciendo en muchas ciudades, grandes
males. Situaciones degeneradas que degeneran a sus gentes. A
finales del siglo pasado, fueron los higienistas, los que
asustados por el tema de la salud, transformaron el urbanismo.
Quizá sea ahora, el momento de reclamar una nueva transformación:
la del urbanismo de los afectos. Por ello, si queremos hacer
cultura para la paz, lo que se necesita es una revolución ética.
El reto del urbanismo de hoy consiste en plantear esa otra
mirada, la del urbanismo de los afectos, en muy pocos casos
conseguida, en otros perdida y en la mayoría ignorada. Esa mirada
que recupera en la ciudad la escala próxima, la del día a día y
crea el espacio, el entorno físico y adecuado donde tienen cabida
los otros espacios, los emocionales. Se trata de dar una nueva
perspectiva, un nuevo enfoque, que altere la escala de valores,
porque solamente lo humano, justifica lo urbano.
Y en ese reto del urbanismo de hoy, debemos participar las
mujeres, dejarnos oír y actuar. Por eso yo acabaría con un
consejo, un consejo y un ruego:
Mujeres que, quizá,
ya estéis disfrazadas
con el uniforme que enmascara.
Quitároslo.
Despreciar el poder que ciega.
Romper el silencio.
No quedaros mudas.
Y, susurrando, hablando,
cantando, llorando
o a gritos,
Dejar que se oiga
la reflexión distinta,
la condolencia afectiva,
la faceta humana,
que nos hace ver
cuándo la vida es agredida,
cuándo despreciada,
en los espacios de la ciudad.
Sabias mujeres,
no hay que callar,
enseñarles a descubrir
la poética de los lugares,
donde se arraiga la vida.
Y, de una forma solidaria,
romper esos espacios sordos,
vacíos de Arquitectura:
columnas que sostienen vanidades,
tejados que cubren miserias,
muros que separan convivencias.
Si "ellos" no saben,
pero hacen,
quitarles, también, el uniforme,
destrozarles las máscaras de escayola,
y si es preciso, dejarlos desnudos.
Mujeres, sabias mujeres,
con la mirada del corazón,
tomar las ciudades, los cobijos,
el territorio,
para poder construir
los espacios del afecto.
Nos va la vida en ello.
Fecha de referencia: 27-11-1998
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