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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Las reseñas que recogemos en este boletín tienen como objetivo la
crítica a la nueva concepción ecotecnológica. El conjunto puede
considerarse una mini-historia crítica de la arquitectura high-tech, que se completa con una breve noticia sobre el concurso Parc
Bit de 1994.
Marilyn Neuhart y John Neuhart (1994). Eames House. (Ernst & Sohn,
Berlín, 64 páginas.)
Reseña publicada en versión resumida en Arquitectura Viva 44,
septiembre-octubre 1995.
«Esperamos las reacciones con considerable interés y dejamos al
lector con, al menos, un pensamiento tranquilizador: que, en este
caso, el arquitecto va a vivir en lo que ha hecho». Estas palabras
escritas por John Entenza al presentar la versión definitiva de
casa Eames en el número de mayo de 1949 de su revista Arts &
Architecture, dentro del marco del famoso programa de viviendas
experimentales impulsado por él, representan de forma muy clara el
dilema en el que se ha encontrado la arquitectura desde que, a
principios de este siglo, comenzó a proclamar su función autónoma
como arte destinado a proponer nuevas formas de vida a la sociedad.
La serie de fotos en las que se puede ver a Charles y Ray Eames
felizmente acomodados en el áereo salón de esta histórica vivienda
desde 1949 hasta 1978 y luego a Ray ya sola, tras la muerte de
Charles, hasta 1988, parecen confirmar esta tranquilizadora
advertencia y nos hablan de un indudable compromiso de los autores
para con su propuesta.
El saber, sin embargo, que la vida cotidiana, tanto doméstica como
social, de los Eames se desarrolló fundamentalmente durante todos
estos años en su amplio estudio de la cercana Venice, una
construcción convencional con cubierta a dos aguas, y que la
historia de la casa Eames, como la de muchas otras obras
consagradas por la historiografía de la arquitectura moderna, ha
sido una pequeña pesadilla de humedades, filtraciones, frío
invernal y toda suerte de dificultades de reparación y
mantenimiento, no lleva sino a constatar una vez más la fundamental
contradicción inherente a muchas de las propuestas de las
autoproclamadas vanguardias del siglo XX, basadas en una visión
simplificada, idealizada y cartesiana de la realidad.
Esto, o el hecho de que la propuesta de prefabricación, rapidez y
economía constructivas acabara convirtiéndose en una minuciosa y
ardua tarea artesanal (fenómeno común en el mundo del high tech,
desde el Centro Pompidou hasta el Banco de Hong Kong), no debe
restar mérito a algo que se planteó deliberadamente como un
experimento en un momento de optimismo social y tecnológico, ni
disminuye en nada el poder de seducción de este objeto delicado y
exacto depositado en medio del espléndido paisaje californiano,
pero sí deja patente una vez más la necesidad de ampliar el abanico
de criterios e instrumentos con los que la arquitectura debe
enfrentarse a la realidad para producir propuestas verdaderamente
innovadoras en todos los ámbitos.
Esta voluntad de revisar críticamente una obra maestra, aportando
al mismo tiempo todos aquellos datos que pueden ayudar a situarla
claramente en su contexto y a desenmarañar muchas de las falsas
ideas en torno a ella, parece haber guiado este libro escrito por
dos amigos, colegas y profundos admiradores de los Eames, que han
sabido mantener un honesto equilibrio entre la hagiografía y la
descalificación, utilizando material de primera mano. La
documentación gráfica que acompaña al ameno e interesante texto,
sin embargo, parece insuficiente para una monografía dedicada a un
sólo edificio.
Konrad Wachsmann (1995). Building the Wooden House. (Brikhäuser,
Basel-Boston-Berlín, 172 páginas.)
Reseña publicada en versión resumida en Arquitectura Viva 51,
noviembre-diciembre.
Junto con Buckminster Fuller y Jean Prouvé, Konrad Wachsmann (1901-1980) es uno de los personajes claves sobre los que se sustenta el
concepto moderno de arquitectura industrializada, una de cuyas
secuelas más prominentes durante los años 80 fue el denominado
high-tech. La obra de Rogers, Piano, Otto y Foster es
incuestionable heredera de los enormes hangares de aluminio
desarrollados por Wachsmann para las Fuerzas Aéreas de los EEUU en
los años 50, así como de sus métodos innovadores de reorganización
del trabajo en el estudio del arquitecto.
No obstante, es el renovado interés actual por la arquitectura en
madera lo que ha vuelto a poner en primer plano la primera fase de
la carrera de este judío germano-americano, como lo refleja esta
esperada reedición de su clásico de 1930, Holzshausbau
(Construcción de la casa de madera), el libro que no sólo cimentó
su fama en Alemania, conseguida tras el encargo de la casa
veraniega de madera en Caputh para Albert Einstein, sino que le
abrió las puertas de los EEUU cuando tuvo que exiliarse de Alemania
perseguido por los nazis.
Sin una formación específica como arquitecto, Wachsmann empezó
adquiriendo de muy joven el oficio de carpintero. Tras un
infructuoso intento de entrar en la primera Bauhaus, debido a la
oposición de su familia, siguió estudiando en la escuela de artes
y oficios de Berlín, ciudad en la que entró en contacto con las
vanguardias artísticas radicales de los años 20, formándose
ideológicamente. Posteriormente fue alumno de Heinrich Tessenow en
Dresde y de Hans Poelzig en Potsdam, adquiriendo una experiencia
fundamental para él. Su dominio de la técnica y la artesanía le
permitió alcanzar el puesto de arquitecto jefe de la factoría de
elementos prefabricados de madera Christoph und Unmack de Niesky,
que le sirvió como laboratorio para su posterior carrera como
experto independiente en arquitectura de madera. Ya en Estados
Unidos, estuvo trabajando con Gropius y Mies Van der Rohe, en todo
tipo de proyectos innovadores dentro del ámbito de la arquitectura
industrializada en general, mientras desarrollaba una carrera
docente y teórica en el Chicago Institute of Design y otras
instituciones.
Este volumen editado por Birkhäuser sigue fielmente la primera
edición alemana, con las ilustraciones y las fotos en blanco y
negro de los proyectos seleccionados por Wachsmann (suyos y de
May, Scharoun, Poelzig y van der Velde, entre otros) y viene
precedido de una semblanza biográfica a cargo de Christa y Michael
Grüning y de un comentario sobre su obra por el arquitecto suizo
Christian Sumi, destacado exponente de la nueva arquitectura en
madera.
Peter Sulzer (1995). Jean Prouvé OEuvre complète/Complete works.
Vol. 1: 1917-1933. (Wasmuth, Berlín. 240 páginas.)
Reseña publicada en versión resumida en Arquitectura Viva 55,
julio-agosto 1997.
Si en el típico árbol genealógico de la arquitectura high-tech
existe una prehistoria que arranca con Viollet-le-Duc y prosigue
con Paxton y Eiffel, y que correspondería a la era del hierro y el
cristal, la verdadera historia se inicia en los años veinte de este
siglo con figuras como la de Konrad Wachsman, Buckminster Fuller o
Jean Prouvé, cuyas realizaciones se desarrollan bajo la fascinación
del avión, el automóvil, la construcción ligera y la producción en
serie. Y de todos ellos, es quizás Jean Prouvé (1901-1984) el que
mejor encarna ese ideal del diseñador como técnico, inventor,
artista y empresario que ha impulsado esa corriente particular de
la arquitectura moderna. De hecho, figuras como Norman Foster,
Renzo Piano o Peter Rice no han dejado de señalar a este maestro de
la construcción en metal como su principal inspirador, lo cual ha
acrecentado cada vez más su importancia dentro del ámbito
historiográfico. Prueba de ello es la publicación de este primer
volumen de los cuatro que van a formar el catálogo más extenso y
exhaustivo de su obra hasta el momento.
Producto de una meticulosa labor de investigación y estudio de los
documentos de la Colección Jean Prouvé, este primer tomo cubre el
periodo 1917-1933, el comprendido entre sus primeros trabajos en
hierro forjado como aprendiz en París, la inauguración de su primer
taller de forja en 1924 y la creación del segundo en 1931, `Les
Ateliers J. Prouvé', ambos en su ciudad natal, Nancy. Desde sus
verjas, barandillas y pies de lámpara de hierro forjado, realizados
dentro de una estética art decó, sus primeros productos
estandarizados, como ventanas y muebles, y sus primeros
experimentos en chapa plegada hasta sus colaboraciones con
arquitectos como Tony Garnier o Robert Mallet-Stevens y sus
primeros proyectos pequeños de fachadas o interiores, la totalidad
de su obra inicial aparece en este magnífico catálogo ilustrado, y
permite constatar una vez más cómo detrás de todo gran innovador
hay un gran artesano que domina todas las técnicas de su campo.
Parte fundamental de este volumen son los extensos fragmentos de
entrevistas y los comentarios del propio Prouvé, que retratan
vivazmente el rico ambiente cultural y artístico en el que se educó
el diseñador, hijo del pintor, grabador y escultor Victor Prouvé,
quien había fundado junto con Emile Gallé la progresista Escuela de
Arte de Nancy. Esta mezcla de artes y oficios, de bohemia y
cultura, de amor por el trabajo manual y fascinación ante los
avances de la técnica, ayuda a entender la peculiar carrera del
joven Prouvé, quien decidió dedicarse plenamente y con orgullo a su
oficio de herrero cuando vio frustrados por la Primera Guerra
Mundial sus planes de convertirse en ingeniero y constructor de
aviones.
Contemplada desde una perspectiva actual, que obliga a mantener un
cauto descreimiento ante el brioso optimismo técnico de estos
pioneros ejemplares, la trayectoria de Prouvé resalta sin embargo
por su plena actualidad en cuanto a los métodos de trabajo y la
actitud empresarial particularmente progresista que puso a punto
desde los inicios de su carrera independiente: pasar directamente
del primer boceto al prototipo para realizar luego las correcciones
que permitirán realizar el plan de ejecución, por una parte, y
confiar plenamente en el trabajo de equipo y en la iniciativa
individual incentivada por encima del trabajo mecánico y
sectorializado, por otra, son los rasgos que caracterizan su forma
de entender la labor de diseño. La emoción estética y la calidad de
`convicción' que suscitan muchas de las realizaciones presentadas
en este libro provienen sin duda de esta voluntad de entrar desde
el primer momento en contacto con las propiedades materiales del
objeto concebido y de crear un ambiente colectivo propicio a la
creatividad.
Colin Davies (1993). The work of Michael Hopkins and Partners. ( 240
páginas. Phaidon, Londres) .
Rowan Moore (1993). Structure, Space and Skin: The Work of Nicholas
Grimshaw and Partners. (Phaidon, Londres. 256 páginas.)
Reseña publicada en versión resumida en Arquitectura Viva 35,
marzo-abril 1994.
La línea de afinidad que conecta los artefactos metálicos de
Buckminster Fuller con las fantasías coloristas de Archigram, y
conduce hasta un hito como el Centro Pompidou, que otorgó carta de
naturaleza a la arquitectura high tech, transcurre más por las
viñetas de `Buck Rogers' y por las revistas pulp americanas de
ciencia-ficción y divulgación científica de los años cincuenta,
pasadas por el filtro pop y sesentaiochista, que por la
arquitectura de Mies y de Charles y Ray Eames. El microcosmos high
tech, sin embargo, una vez conseguida su implantación via Francia,
se buscó antepasados ilustres, proclamándose el heredero legítimo
de todas las corrientes de hibridación entre la arquitectura y la
ingeniería, y haciendo remontar sus orígenes hasta los hitos de la
arquitectura metálica del XIX, Eiffel y Paxton incluidos. Este
universo, máxima expresión del optimismo tecnológico, se ha ido
expandiendo para incorporar las más variadas referencias icónicas,
al margen de toda homogeneidad. Así, dentro del mismo saco tienen
cabida desde los cubos miesianos de metal y cristal hasta las
osamentas estilizadas de Calatrava, desde los tensos toldos de Frei
Otto hasta las negras pesadillas `Blade Runner' de Nouvel, desde la
fascinación aeroespacial de Foster hasta la de Grimshaw por la
navegación ligera. Detrás de todo ello, el único fondo común es el
de la concepción de la arquitectura como máquina.
Teniendo en cuenta este marco de referencia, no es de extrañar que
cuatro de los máximos representantes del movimiento high tech,
Rogers, Foster, Grimshaw y Hopkins, sean originarios del Reino
Unido, la patria del maquinismo y el punto de difusión en Europa
del pop americano. De este cuarteto, quizás sean los dos últimos
los menos conocidos hasta el momento, aunque el pabellón británico
de Nicholas Grimshaw en la Expo de Sevilla haya hecho resonar más
su nombre dentro del ámbito internacional. La publicación por
Phaidon de sendas voluminosas monografías contribuirá sin duda a un
mayor conocimiento de la obra de ambos. La de Hopkins, editada por
Colin Davies y con ensayos de Patrick Hodgkinson y Kenneth
Frampton, cubre toda su trayectoria desde los orígenes hasta las
obras actuales en proyecto. La de Grimsaw, editada por Rowan Moore,
con un ensayo introductorio de Kenneth Powell, se centra en el
periodo 1988-1993.
Resulta revelador, al repasar conjuntamente las trayectorias de
ambos arquitectos, comprobar cómo han ido divergiendo a partir de
un mismo tronco común de ortodoxia high tech, en respuesta a los
nuevos tiempos que corren tanto para la tecnología como para el
optimismo tecnológico.
En un momento en que la ideología dominante de la modernidad ya no
reside en los delirios astronáuticos de los sesenta sino que
transita por el universo informático de los `inmateriales', mucho
más difíciles de plasmar en la realidad nada virtual de la
arquitectura, no son muy halagüeñas las perspectivas a largo plazo
para el high tech, al menos en lo que respecta a su pretensión de
ofrecerse como expresión arquitectónica incuestionable del progreso
técnico. Por otra parte, la realidad se muestra cada vez más reacia
a dejarse representar mediante una imagen optimista y
tranquilizadora de superficies pulidas y brillantes, sin espacio
para la suciedad y el sudor. Si a todo ello unimos que el futuro de
escasez energética tampoco se presenta muy prometedor para las
arquitecturas basadas en el aluminio, los enormes espacios
acristalados y un nivel elevado de mantenimiento, no es de extrañar
que representantes tan conspicuos del high tech como Hopkins y
Grimshaw hayan decidido tomar sus respectivas opciones: progresivo
alejamiento en el caso del primero y huida hacia adelante en el
caso del segundo.
Michael Hopkins, quien comenzó trabajando con Foster y realizando
con su mujer Patty interesantes ejercicios en la onda de la casa
Eames y la casa Wichita de Fuller, como son su propia casa y el
sistema de prefabricación Patera respectivamente, emprendió un
proceso de distanciamiento del puro high tech a partir de su Pista
de Cricket de Lord. En la Cutlery Factory, en la Bracken House y en
las Oficinas David Mellor ha ampliado su vocabulario para
incorporar un cierto contextualismo y las enseñanzas de la mejor
arquitectura industrial británica y francesa, con referencias que
abarcan desde el expresionismo y el modernismo hasta el mismo Kahn.
La siempre presente base tecnológica de su obra se mueve dentro de
unas coordenadas más próximas a las de Renzo Piano que a las de
Norman Foster. Este eclecticismo tan británico, que le ha hecho
merecedor del calificativo no tan contradictorio de `historicista
high tech', le ha ganado el favor de sus compatriotas y, por ello,
no es extraño que su obra se haya desarrollado exclusivamente en su
país, al margen del brillo internacional de la de sus compañeros.
La opción de Nicholas Grimshaw, por el contrario, se acerca más a
la de Foster, coincidente con él en su afán de llevar a las últimas
consecuencias las posibilidades de un high tech sin paliativos. Por
ello, su obra se centra cada vez más en el último reducto de la
arquitectura tecnológica, el que ofrecen las infraestructuras de
transporte, donde la ingeniería toma el mando. Su obra, de
indudable belleza y fascinación, no deja sin embargo de suscitar la
inquietud que despiertan aquellas vías que conducen a callejones
sin salida en el mundo de la arquitectura. En cualquier caso, será
como siempre el paso del tiempo quien juzgue lo acertado de los
respectivos caminos adoptados por estos arquitectos británicos.
Richard Burdett (ed.) (1995). Richard Rogers Partnership. (Electa,
Milán. 280 páginas. )
Reseña publicada en versión resumida en Arquitectura Viva 45,
noviembre-diciembre 1995
Despojada ya de la capacidad de `epater le burgeois' que tuvo
fugazmente con el `pos-sesentaiochista' manifiesto inaugural del
Centro Pompidou, la arquitectura high-tech y sus pioneros Foster,
Piano y Rogers han pasado a convertirse en figuras casi
institucionales del parnasillo arquitectónico. La estética
tecnológica ha devenido un lugar común y la decoración ineludible
para cualquier secuela de Robocop o Arma Letal, mientras que el
torbellino de las modas arquitectónicas se agita desde hace tiempo
por otros paisajes. Tratando de mantener fresco su prestigio de
innovadores, los pioneros exploran nuevas vías: Foster hace su
particular aproximación a los nuevos aires de simplicidad y Piano
intenta hacer urbanismo contextualista en Berlín, mientras el
angloitaliano Richard Rogers mantiene una huida hacia adelante,
alcanzando un virtuosismo manierista con sus exquisitos y
relucientes cócteles de Paxton, Tchernijov, los metabolistas y `Dan
Dare'.
La monografía sobre este último arquitecto recién publicada por
Electa, aunque decepcionante desde el punto de vista gráfico,
resulta reveladora de este proceso de transformación desde el
enfoque tecnológico entendido como respuesta eficiente, ingenieril,
casi anónima, a los problemas del habitar hasta su absorción por
parte del imaginario social. Sus iniciales pretensiones
`científicas' se han trasladado ahora -y en esto su trayectoria es
común a la de Foster y Piano- a un campo que siempre había ocupado
un lugar en la mitología del high tech como es el de la informática
y a otro situado en las antípodas de sus preocupaciones iniciales,
surgidas en plena euforia del consumo, como es la ecología. Y así,
Richard Rogers se ha convertido, cual nuevo San Pablo, en uno de
los adalides de la denominada arquitectura bioclimática, la
traducción al campo de lo construido del concepto de desarrollo
sostenible, esa nueva panacea que une en un sólo paquete avance
tecnológico, respeto al medio, corrección política y economía de
mercado. La concesión del primer premio a Rogers por uno de los
proyectos estrellas de este enfoque como es el del Parc Bit en
Palma de Mallorca, demuestra que sus esfuerzos por mantenerse al
día han dado plenamente en el clavo.
Tan sólo la constatación de que los glosadores más entusiastas de
esta nueva Jauja escamotean sistemáticamente un criterio
fundamental en el campo de la ecología como es el análisis `mina-vertedero', que permite verificar a grandes rasgos el grado de
sostenibilidad de cualquier proceso productivo en el que
intervengan materiales y energía, o que se olvidan del sencillo
principio que rige el mundo de la informática, el denominado
`garbage in garbage out', que indica muy gráficamente que la
calidad de lo que nos brindan los ordenadores no puede ser superior
a la de aquello que les metemos dentro previamente, indica
claramente que las supuestas nuevas vías no hacen sino ratificar la
famosa afirmación de Lampedusa a través de su príncipe de Salina.
El proyecto ParcBIT, impulsado en Mallorca por el Gobierno Balear,
entra de lleno dentro del recién gestado enfoque eco-tecnológico,
que aúna en una sola idea el concepto-fetiche del urbanismo de los
ochenta, el de parque tecnológico, y el que se está convirtiendo en
faro para la intelligentsia institucional durante los noventa, el
de desarrollo sostenible. El IBA Emschel Park de Berlín podría
considerarse el `buque insignia' en Europa de este nuevo enfoque.
El objetivo declarado de la operación, consistente en el desarrollo
de una gran parcela de 150 hectáreas situada a unos ocho kilómetros
de Palma, en una zona de gran valor ecológico, es convertirse en la
punta de lanza para la conversión de las Baleares en un
`Megaparque' de alcance internacional: lugar idílico para el
trabajo y el ocio destinado a las élites profesionales de los
países desarrollados. Convenientemente aderezado con algunas de las
soluciones `blandas' que pueden proporcionar el barniz ecológico
`clásico' (carriles-bici, sendas peatonales, captación solar
pasiva), el núcleo del proyecto lo constituye el concepto hiper-tecnológico de tele-trabajo, considerado la nueva panacea en estos
tiempos de crisis global. En lo que respecta a equipamientos para
el ocio, los campos de golf siguen siendo la estrella, a pesar de
su dudosa función ecológica.
La operación responde, en suma, a la gran estrategia de la economía
global que asigna a cada lugar del planeta un papel dentro de la
división del trabajo mundial: a España, en este guión definitivo de
la `modernidad', le ha tocado el papel de `California de Europa' y
se dispone a interpretarlo con entusiasmo, recabando para ello los
dineros de la flamante Unión Europea.
Una vez claramente expresados los objetivos ecológicos y
tecnológicos del proyecto, ya sólo faltaba por cubrir el frente
mediático, y aquí es donde han entrado en juego los `pesos pesados'
de la arquitectura-espectáculo que podían acabar de hacer creíble
la operación: Norman Foster, Richard Rogers, Skidmore, Owens &
Merrill, Ove Arup, nombres todos emblemáticos y nada sospechosos de
connivencia con un ecologismo `blando' que pudiera aguar la fiesta.
Hiroshi Hara y Michel Mossessian, especialistas en parques
tecnológicos; Fred Koetter, participante en la reconstrucción de la
ribera del Támesis; Elías Torres, el arquitecto balear de mayor
renombre internacional; Miguel Prada Poole, uno de los mejores
representantes del eco-tecnologismo español; y, por fin, Emili
Nadal y Maria Antònia Mayol, ambos de las islas, completan el
plantel de 11 arquitectos que fueron invitados al concurso
restringido convocado en 1994 para desarrollar la parcela de Son
Espanyol.
Las propuestas presentadas han entrado de lleno en el espíritu de
los tiempos, y los paneles del concurso constituyen un brillante
despliegue de imágenes de los nuevos mitos eco-telemáticos (en el
de Mossessian, un satélite de transmisiones sobrevuela la verde
extensión del proyecto a vista de pájaro), muchas de ellas sacadas
del baúl de las tecno-utopías de los sesenta (metabolistas,
Archigram, etcétera) y cruzadas con algunas de los iconos de la
imaginería `verde' de los setenta.
Tres jurados, uno institucional, uno de expertos y otro de
arquitectos han emitido sus respectivos veredictos, en los cuatro
apartados considerados: diseño más equilibrado; concepto más
innovador; mejor diseño paisajístico/ecológico, y mejor diseño
tecnológico/funcional. Para el jurado institucional, los mejores
proyectos en los tres primeros apartados han sido los de Norman
Foster, Hiroshi Hara y Richard Rogers, respectivamente. En el
cuarto apartado, Michael Mossessian e Hiroshi Hara han compartido
el puesto. Los expertos han otorgado sus premios en los apartados
primero, segundo y cuarto a Mossessian, Elías Torres y Norman
Foster. Richard Rogers, Foster y Fred Koetter, Kim and associates
comparten el puesto en el tercer apartado. Finalmente, el jurado de
arquitectos ha premiado los proyectos de Mossessian y Elías Torres
en los dos primeros apartados. En el tercero y el cuarto el puesto
ha correspondido a Rogers.
El proyecto de Foster utiliza la franja sur de la parcela, que
ocupa con un desarrollo en media luna, forma usual en algunas de
sus últimas producciones; Richard Rogers divide el programa en tres
núcleos de aspecto orgánico-celular; la propuesta de Elías Torres,
casi irónica, es la reproducción completa en el sitio de un pueblo
existente en la isla; el proyecto de Koetter concentra en el área
norte dos desarrollos triangulares conectados por un vértice;
Michael Mossessian distribuye el programa en varios núcleos
dispersos a través de la parcela. El proyecto de Hara, por fin, se
abstrae por completo del contexto para proponer una trama
rectangular salpicada de volúmenes `deconstruidos'.
Catherine Slessor, (fotos de John Linden) (1997). Eco-Tech. (Gustavo
Gili, Barcelona. 191 páginas.)
Klaus Daniels (1997). The Technology of Ecological Building.
(Birkhäuser, Basilea-Boston-Berlín. 302 páginas.)
Sophia and Stefan Behling (1996). Sol Power. (Prestel, Múnich-Nueva
York. 240 páginas.)
Reseña publicada en versión resumida en Arquitectura Viva 59,
marzo-abril 1998.
Dentro del verdadero aluvión de libros sobre arquitectura y
urbanismo ecológicos que se han publicado en todo el mundo en los
dos últimos años, estos tres lujosos volúmenes son especialmente
representativos de una interpretación cada vez más dominante del
concepto de `desarrollo sostenible'. Este concepto ambiguo, que ha
ido experimentando un deslizamiento de significado que muchas veces
lo convierte en un lapidario `crecimiento sostenido', trataba en su
primera formulación de conjugar la idea clásica de `progreso' con
la respuesta a la ineludible crisis ecológica presente y futura. En
su versión más contundente, a la que corresponden en mayor o menor
medida estos tres textos, este planteamiento propone, siguiendo al
pie de la letra las pautas establecidas para la `cuestión
ecológica' por la industria automovilística, que la solución a los
problemas ecológicos se halla en el recurso cada vez más intenso a
la tecnología.
La función del discurso que subyace tras este planteamiento es, en
realidad, fundamentalmente ideológica y se ofrece como respuesta a
todas aquellas corrientes del ecologismo, presentes también en el
ámbito de la arquitectura, que ponen en cuestión la propia
viabilidad de un modelo basado en el mercado y la tecnología. El
mecanismo utilizado responde a una estrategia clásica enunciada por
todos los teóricos de la guerra, desde Sun Tzu hasta Von
Clausewitz: adoptar los ropajes del enemigo para mejor vencerle.
Basándose así en la idea tan bien enunciada por Humpty Dumpty de
que las palabras hacen lo que sus amos quieren, y que Hitler tan
bien supo utilizar al bautizar a su movimiento como nacional-socialismo, los apóstoles de la tecnología y el mercado se han
apresurado en añadir el antaño hirsuto y desprestigiado y ahora
terso e imprescindible adjetivo `ecológico' a todas sus
realizaciones. Sólo desde esta perspectiva se entiende que aquella
corriente de la arquitectura que ha demostrado ser la más
despilfarradora de recursos, la más elitista y la más costosa de
mantenimiento, abrazada con entusiasmo por las corporaciones y
entidades financieras más poderosas, responsables en muchos casos
de los mayores desastres ecológicos, esté ganando la carrera a la
hora de apoderarse del preciado adjetivo. La operación no puede ser
más sencilla, dados los niveles gigantescos de ineficiencia propios
de una corriente que hasta hace apenas un lustro hacía gala del más
absoluto desprecio por los problemas energéticos. Es precisamente
este enorme margen el que está permitiendo vender como ecológicos
los indudables ahorros energéticos conseguidos a base de medidas
tan `revolucionarias' como que los usuarios puedan abrir las
ventanas de un edificio de oficinas en lugar de confiar
exclusivamente en el aire acondicionado. Eso sí, manteniendo las
oficinas en un rascacielos de aluminio y cristal.
El primero de estos libros, Eco-Tech, arquitectura high tech y
sostenibilidad, por el momento el único publicado en castellano, es
el que más altas cotas de desfachatez alcanza en esta estrategia:
incluir dentro de una selección de propuestas `ecológicas' una
operación como el Euralille de Rem Koolhaas sólo es explicable
desde el cinismo exquisitamente sádico de cierto discurso
posmoderno. Más justificable es la presencia de Richard Rogers y
Norman Foster, los cabezas de puente de esta operación de
transformación del high-tech en eco-tech, y sin duda los más
brillantes e informados a pesar de lo tardío de su `conversión'.
Plenamente justificada está, por otra parte, la inclusión de Thomas
Herzog, Renzo Piano y Michael Hopkins, quienes llevan años
incorporando las preocupaciones ecológicas a sus realizaciones y
cuya fe en la tecnología está atemperada por una visión más
holística del discurso ecológico.
Esto mismo puede aplicarse a Klaus Daniels, el autor del segundo y
con mucho el más riguroso y valioso de estos libros, The Technology
of Ecological Building, Basic Principles and Measures. Examples and
Ideas. Fundador y director de una de las oficinas alemanas de
ingeniería punteras en el desarrollo de sistemas de ahorro
energético, Daniels rehuye la visión espectacular del anterior
libro y, a pesar de su decidida apuesta por la ecotecnología,
ofrece un magnífico manual cuya claridad y rigor lo convertirán sin
duda durante mucho tiempo en una obra imprescindible para abordar
el tema específico de la eficiencia técnica en el campo de la
construcción. El problema está en la tendencia a la identificación
de la parte con el todo, de la eficiencia con la ecología, que
forma el eje vertebral de este texto como de los otros.
La legitimación histórica del eco-tech, rastreando las muestras de
su pedigrí ecológico a través del `hilo dorado' de la energía
solar, constituye el propósito del último de estos tres libros, Sol
Power. The Evolution of Solar Architecture. Concebido gráficamente
muy en sintonía con los textos de la primera generación de la
arquitectura ecológica, la desarrollada en los años 70 y centrada
en el estudio de la arquitectura vernácula, sólo en su última parte
revela claramente su apuesta tecnológica, representada por los que
ya se están convirtiendo en buques insignia de la `buena nueva'
ecotecnológica: la Torre RWE y la sede del Commerzbank, los dos
rascacielos `ecológicos' omnipresentes en los tres libros
reseñados. En este salto en el vacío entre la arquitectura
vernácula y la `heliotécnica', pasando por el Movimiento Moderno,
desaparecen como por arte de birlibirloque los nombres de todos
aquellos arquitectos que llevan casi medio siglo tratando de
introducir la visión ecológica entendida en su sentido más amplio
dentro del mundo de la arquitectura: Ralph Erskine, Christopher
Alexander, Lucien Kroll o Ton Alberts, entre muchos otros.
En inglés existe una expresión: You can't have the cake and eat it
too (algo así como «no puedes guardar el pastel y a la vez
comértelo») plenamente aplicable a la concepción representada por
estos libros, cada vez más dominante en el campo de la arquitectura
ecológica, y que trata de mantener incólume el modelo actual de
crecimiento y gestión de las ciudades y al tiempo hacer frente a
los problemas ecológicos. Tanto este planteamiento como el
radicalmente opuesto, que se refugia en la imposible promesa de un
retorno literal a la arquitectura vernácula, no son sino las dos
caras de una misma moneda con la que se pretende comprar una
solución simple y tranquilizadora, hurtando la necesidad de un
debate que asuma la complejidad de lo viviente. Aunque éste es un
debate que compete a toda la sociedad, la ineludible realidad
urbana del mundo moderno asigna un papel especial en él a quienes
se dedican a la construcción del entorno físico: la reflexión sobre
los límites del crecimiento urbano, la comparación entre tipologías
arquitectónicas, la introducción de la totalidad del proceso
productivo, así como de los gastos de transporte, a la hora de
hacer cálculos de eficiencia de materiales y procesos constructivos
son sólo algunos de los aspectos técnicos a tener muy en cuenta,
pero debe ser sobre todo la cuestión de la habitabilidad y de la
creación de espacios adecuados no sólo a las necesidades de los
hombres sino al «desarrollo ilimitado de sus pasiones», el tema
principal de este debate al que no se puede responder con el `todo
vale' posmoderno ni con el papanatismo tecnológico de la `era
digital'. Y quizás para conseguir impulsar este debate, la primera
medida ha de ser la cautela en el uso de adjetivos como `ecológico'
o `sostenible', vaciados como muchos otros de todo su contenido.
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