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Boletín CF+S > 55: Noveno Catálogo de Buenas Prácticas Españolas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n55/ajriv.html   
Lo rural en lo urbano, agricultura y modelo urbano contemporáneo
Juan Luis de las Rivas Sanz[1]
Madrid (España), Septiembre de 2013.

Entre las prácticas españolas seleccionadas en la edición 2012 del concurso ONU-HABITAT, por un mejor futuro urbano, me han interesado en particular las que plantean una relación diferente entre lo rural y lo urbano. Algunas de ellas responden a prácticas relativamente consolidadas aunque no sean tan habituales como desearíamos. Así, en la recuperación de huertas abandonadas en Nalda, municipio a las afueras de Logroño, el paisaje agrario y el empleo conviven en el ambicioso objetivo planteado, el de recuperar el paisaje social perdido. También en el parque fluvial de la cuenca de Pamplona, una acción que podría igualmente considerase convencional si hubiera otras muchas similares, se verifica la eficacia supramunicipal en la reinterpretación de los espacios abiertos ligados al curso de agua como parque al servicio de una amplia comarca rur-urbana. Se trata de acciones en las que seguimos valorado su ejemplaridad.

Otro tanto ocurre con la práctica presentada sobre el Parque Agrario del Baix Llobregat, donde la creación y consolidación de instrumentos para la preservación, gestión y desarrollo de un espacio agrario periurbano es consecuencia de una amplia trayectoria de defensa de la agricultura, iniciada por el sindicato agrario Unió de Pagesos desde los años 70 del siglo XX, con apoyo de la administración provincial. El Delta del Llobregat es una huerta muy fértil que hasta mediados del siglo XX fue la principal suministradora de frutas y hortalizas frescas de Barcelona. La experiencia de conservación y gestión de un espacio agrario inserto en un espacio metropolitano es ejemplar. En cierta medida, el vínculo de la agricultura con un espacio físico relevante, el propio delta, ha facilitado un proceso que, sin embargo, sigue siendo excepcional.

Porque lo habitual en la agricultura periurbana ha sido el abandono. De ello es prueba lo ocurrido allí mismo, en la Región Metropolitana de Barcelona, donde la reducción de cultivos entre el año 1955, con 126.017 ha de superficie agrícola, y 2009 (los últimos datos[2]) con 47.967 ha no deja de sorprender. La ausencia de compromiso con los espacios agrarios en la planificación territorial y la ausencia de políticas sectoriales específicas en contextos periurbanos constituyen una permanente amenaza de desaparición de los mismos.

Sin embargo, lo más interesante entre las prácticas presentadas es que podemos detectar nuevas dinámicas capaces de cargar de sentido el principio de conservación de los espacios agrarios periurbanos. Se trata de acciones diversas entre sí que pueden ser complementarias entre ellas pero, sobre todo, que añaden una amplia inteligencia a lo sustantivo de este asunto, que no es otra cosa que aprender a incorporar con naturalidad el espacio agrario próximo o intermedio en la planificación y gobierno de los sistemas metropolitanos y urbanos.

La definición sintética que hizo el poeta de una realidad urbana claramente diferenciada del campo—de la calle a la calleja, de la calleja al callejón y del callejón una tapia para saltar al campo— carece de sentido en el espacio urbano actual, extenso, complejo y fragmentado. No existe esa continuidad. En el mosaico urbano sólo los grandes componentes de la forma física del territorio, como el relieve, las riberas y costas o el bosque consolidado, permanecen más o menos intactos y siguen condicionando la forma de la ciudad. Los espacios agrarios, lo que denominamos campo, queda reducido a piezas de tamaño diverso en ese mosaico. Además, en esta amplia interferencia entre lo rural y lo urbano, en muy pocas ocasiones de conflicto ha permanecido lo rural. Incluso lo rural próximo a lo urbano se abandona ante la expectativa especulativa de llegar a ser urbano. Si no existe una interpretación integrada del territorio que incorpore lo agrario[3], no es posible su salvaguarda y revalorización.Y para ello, más allá de los argumentos técnicos o ideológicos, lo que se precisa es del acuerdo social, del reconocimiento de su importancia a través de un entendimiento colectivo de sus valores diversos.

Desde el barrio de El Vedat, en Torrent, muy cerca de Valencia, se presenta una práctica denominada Gestión sostenible de la interfaz urbana-forestal. Sólo la denominación ya merece la pena. Es verdad que se trata de un monte público y por lo tanto legalmente protegido de la vorágine urbanita. Es verdad que sólo son 50 ha en un territorio urbanizado muy amplio. Y es verdad que a gran escala—Google maps— los espacios de bosque parecen en el Vedat fagotizados por la urbanización, de modo que tendríamos que hablar de un monte a retazos. A pesar de todo ello, estamos defendiendo un principio, el de conservación de los bosques urbanos y periurbanos a partir de su gestión articulada con el resto del territorio. Allí donde la explotación forestal no es rentable, el sentido del bosque permanece por su valor en el mosaico de usos del suelo, ojalá que no sólo por su valor recreativo. El bosque tiene un valor social en sí, forestal, protectivo, creador de salud en dicho mosaico, ambiental en sentido estricto.Y desde este valor intrínseco ha de ser gestionado.


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Figura 1: Imagen del barrio del Vedat en Torrent, Valencia.

Fuente: Google Earth


Diferente es la práctica que se desarrolla en un grupo de municipios de la Comarca de San Sebastian y que, bajo la denominación de Ekolapiko (la escuela y la cazuela) —promociona un consorcio público-privado interesado en la alimentación y producción agrícola ecológicas. El interés por fomentar una alimentación sana y equilibrada en los comedores escolares se funde con la necesidad de conservar y promover la producción agropecuaria en un territorio muy urbanizado. Primero sobre una red de guarderías y, poco a poco, incorporando a la red centros de educación infantil y primaria, se habilita un binomio producción/consumo gracias a una red paralela formada por una asociación de productores locales comprometidos con los principios ecológicos[4]. Estamos, por lo tanto, ante un círculo virtuoso de producción-alimentación-aprendizaje con muchos beneficios colaterales que arraigan en la comunidad local. Como indican los promotores de esta práctica, no es una tarea fácil; de hecho, garantizar a las autoridades competentes en salud pública un modelo de alimentación no estandarizado conlleva obstáculos importantes ante la imposibilidad de competir frente al catering centralizado. En cualquier caso, para ser creíble la agricultura periurbana ha de tener viabilidad económica, estableciendo relaciones estables. Todo ello se construye desde un ideario ecológico responsable, es decir, desde el fomento de estrategias de producción y consumo que incorporen nuevos valores capaces de fomentar microeconomías de escala bien arraigadas en el territorio.

Distinta es la experiencia de la Red de Huertos Urbanos de Madrid, con poco más de un año de experiencia y propuesta desde la Federación de Asociaciones Vecinales de Madrid[5]. En este caso, las asociaciones vecinales junto con colectivos juveniles y grupos ecologistas se plantean convertir en huertos urbanos comunitarios—han comenzado a hacerlo— espacios abandonados, en mal estado o infrautilizados. Se trata de una lógica más urbana que territorial, donde la agricultura real tiene presencia limitada. Efectivamente, estamos ante la reutilización de solares o parcelas desocupadas, espacios cerrados de la ciudad, pero también de espacios abiertos que pertenecen a grandes parques urbanos o a zonas baldías de borde urbano junto a autopistas, líneas ferroviarias, etc.

En este caso la promoción de la agricultura ecológica adquiere un sentido menos maduro que en Ekolapiko, donde la relación producción-consumo se plantea con un realismo y un compromiso más precisos en el fomento general de una agricultura sostenible. En el caso madrileño no se esconde el objetivo de fortalecer los movimientos locales con una nueva herramienta, los huertos comunitarios, con un gran potencial para activar el interés de ciudadanos en acciones reivindicativas. La creación de huertos, por la diversidad de intereses que en ellos confluyen, favorece la consolidación de comunidades locales. Esto demuestra una cultura de réplica de experiencias más arraigadas en países del centro y norte de Europa, donde el trabajo colaborativo y la acción colectiva penetran la sociedad profundamente. No es un objetivo sencillo ya que la vida social propia de los barrios en España tiene sus propias características. En todo caso, la regeneración de microespacios urbanos debe considerase siempre una buena práctica en la que convergen usos y temas diversos, mezclándose el paisajismo con el aprendizaje, el esfuerzo cultural con la concienciación ambiental, la acción de asociaciones locales con redes informales, la fiesta con el trabajo rutinario y experto que exigen la huerta o el jardín...La experiencia madrileña es todavía muy joven para ser evaluada, pero todo lo dicho sirve ya para destacar su potencial.

Todavía estamos lejos de un reconocimiento universal del valor de la agricultura periurbana desde el que se exija a la planificación urbana y territorial una lectura más profunda de lo agrario periurbano, una vez reconocidos sus potenciales ecológicos y económicos. Y es en el ámbito de los valores asumidos mayoritariamente como propios donde está el terreno de juego. Por ello es imprescindible reconocer estas buenas prácticas, porque abren nuevas posibilidades y demuestran que la agricultura periurbana es un bien colectivo.

Es verdad que se ha avanzado mucho en el reconocimiento de los espacios o paisajes con valores ambientales más evidentes, en general espacios donde la naturaleza todavía establece un argumento principal o excepcional, desde las montañas a las costas y bosques, desde los valles y cursos fluviales a los espacios lacustres, incluso en todo aquello que en castellano denominamos monte y que se corresponde con paisajes diversos como dehesas y campiñas, páramos o serrezuelas, allí donde se reconocen valores naturales claros. Pero falta por consolidar un conocimiento ecológico más profundo capaz de valorar el territorio de cada municipio o comarca en su conjunto, estableciendo las interrelaciones y dependencias, los límites y condicionantes de transformación de los espacios intermedios, incluso de los descampados[6], y donde la agricultura encuentre el rol que le corresponde en el universo de suelos que caracterizan los bordes urbanos y los amplios vacíos que existen entre lugares ya urbanizados.

Cuando la legislación urbanística planteó que el suelo no urbanizable se denominase suelo rural se reconocía, por fin, el valor intrínseco del conjunto del territorio—Ley 8/2007 de Suelo, con antecedentes en legislaciones autonómicas como la Ley 5/1999 de Urbanismo de Castilla y León. La Ley de 2007 afirmó, en su exposición de motivos, que «todo el suelo rural tiene un valor ambiental digno de ser ponderado», por lo tanto se abandona la idea de un suelo no urbanizable sin protección que está a la espera de cualquier uso urbano posterior, así como la figura del suelo urbanizable no delimitado, introducida por la ley de 1998, figura mal definida y con efectos perversos.


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Figura 2: Campos cultivados en el entorno de la Ronda Interior de Valladolid, junto al cementerio.


Pero esto no es suficiente si no está acompañado de una actitud generalizada que reencuentre el sentido de recuperar la actividad agraria en los entornos urbanos. Es necesaria una nueva cultura capaz de modificar las relaciones económicas a escala local.

Mi experiencia en este sentido ha sido negativa. Cuando dirigía las Directrices de Ordenación Territorial y Entorno de Valladolid, entre 1998 y 2001 (año en que se aprobaron), encontré una particular incomprensión en la protección de espacios agrícolas, no sólo del sector promotor, sino de los gestores municipales y de muchos técnicos. De hecho la tarea más difícil fue ésta, en un trabajo de defensa del territorio donde los espacios más valiosos se concibieron como una red a la que pertenecían los espacios agrarios más significativos, muy ligados a los cursos de agua y que se yuxtaponían para componer dicha red con los espacios naturales protegidos, riberas, bosques, etc. No en vano la justificación de la protección de estos espacios agrarios—que se denominaron Áreas de interés Paisajístico, Histórico y Agrarios (APHA)— se fundó en su vínculo con el paisaje histórico cultural propio del entorno vallisoletano[7]. Algo que se consiguió mermando el sistema, reduciendo su superficie. El cuestionamiento de la protección del conjunto de los regadíos periurbanos fue generalizado, a la vez que encontramos obstáculos imprevistos en la valoración de otros espacios agrarios productivos. Por ejemplo, el municipio de Cigales exigió que no se protegieran los viñedos, a pesar de estar ligados a una denominación de origen. Más tarde se arrepintieron, pero ya en un marco expansivo de la producción vinícola local en la que no confiaron los regidores municipales, con conflictos entre usos y oportunismos derivados de las expropiaciones de terrenos para un gran polígono industrial público. Nuestra preocupación estaba en defender la agricultura periurbana productiva por sí misma, por razones económicas, y no sólo por razones ambientales. Pero la lógica que deriva exclusivamente de la propiedad hace muy difícil el razonamiento económico, no sólo por la defensa del uso y del abuso de lo propio, sino por pura miopía y falta de perspectiva a largo plazo. Para poner en valor los paisajes agrarios productivos necesitamos la variable ambiental pero, ante todo, necesitamos una interpretación ecológica más completa de cada territorio capaz de asociarse a nuevos modelos económicos.

De lo contrario, todo se pervierte ante la expectativa inmobiliaria. Así, promotores y técnicos locales han conseguido que en el municipio de Valladolid la mayoría de los espacios agrarios protegidos—las APHA— se interpreten como espacios para sistemas generales con el fin de no perder su valor potencial y poderse incorporar a sectores urbanizables futuros. Algo que introduce dudas sobre su conservación, que incorpora una cantidad excesiva de suelo a los sistemas de espacios libres públicos y que dificulta la gestión. La cuestión es clara, lo agrario no interesa a los que ‘construyen’ la ciudad, es preferible una quimera especulativa incluso en estos momentos de crisis inmobiliaria. Confiar en la iniciativa de propietarios de suelo y agentes urbanizadores siempre plantea un problema de visión.

La Ley 8/2007 de Suelo ha querido fomentar, con la introducción del suelo rural, «una clasificación responsable del suelo urbanizable necesario para atender las necesidades económicas y sociales, en la apertura a la libre competencia de la iniciativa privada para su urbanización y en el arbitrio de medidas efectivas contra las prácticas especulativas, obstructivas y retenedoras de suelo, de manera que el suelo con destino urbano se ponga en uso ágil y efectivamente». Sabemos que la parte final de este mandato entraña gran complejidad. Para responder adecuadamente a ello no basta con una adecuada justificación de las necesidades de desarrollo urbano, ni siquiera es suficiente con la administración responsable del planeamiento urbano y de sus modificaciones. El trabajo interdisciplinar de los redactores de planeamiento debe incorporar un análisis más completo del paisaje local, detectar los valores ambientales de los paisajes agrarios, evaluar el potencial de las economías asociadas a la producción y venta de sus productos, fomentar espacios para el intercambio de proximidad e introducir una programación flexible de espacios abiertos que puedan ser incorporados al sistema, reutilizados, mejorados y modificados por ciudadanos o grupos locales.

El gran pionero en la defensa de los espacios abiertos, Holly Whyte[8], escribía en El paisaje final, en 1968, que la solución de los problemas de las áreas metropolitanas está dentro de ellas y no fuera de ellas. La granja que permanece en una esquina, el pequeño arroyo que circula entre urbanizaciones, el bosquete en el borde de la autopista, el ferrocarril abandonado...son los patrones de un paisaje que no está todavía perdido y que puede convivir con, mejor, que debe enriquecer el paisaje de nuestros complejos urbanos. La regeneración de los espacios abiertos adquiere así un valor central como estrategia urbanística a largo plazo, una estrategia que es consecuencia de una interpretación más amplia y coherente de la ciudad-región en la que es imprescindible una comprensión más profunda de los procesos naturales y culturales que caracterizan los espacios agrarios periurbanos. Sin ellos no es posible dar sentido al conjunto de los espacios abiertos que componen el mosaico de suelos de las regiones urbanas. Recordemos que la búsqueda de una nueva relación entre lo rural y lo urbano era uno de los objetivos centrales de la Estrategia Territorial que plantea la UE desde 1999. Una nueva relación que debe apoyarse primero en los vínculos económicos que han sobrevivido, de producción y de mercado—más sólidos en algunas regiones europeas que en otras— pero que para detectar nuevas posibilidades debe aprender a reinterpretar las ecologías locales como fundamento de nuevas economías sostenibles.

Para que estas nuevas posibilidades prosperen se necesita el apoyo del sector público. Si la agricultura periurbana no se entiende como una prioridad en las políticas oficiales, tanto agrarias como de fomento de un desarrollo urbano más sostenible, su futuro es incierto. En el marco actual de crisis y de paro endémico debería ser fácil detectar aquí verdaderos yacimientos de autoempleo a la vez que se revalorizan espacios rurales abandonados en las periferias urbanas y se incide en la recuperación y mantenimiento de paisajes culturales concretos, como las propias granjas y caseríos históricos, redes de canales y acequias, molinos, etc.


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Figura 3: Imagen de uno de los carteles oficiales de la película Silent Running, Universal 1972.


Por ello necesitamos prácticas como Ekolapiko, no sólo porque permiten conservar estructuras productivas rurales en contextos urbanos, sino porque crean una nueva cultura y nos acercan a lógicas más amplias de fomento de una mayor sostenibilidad de los sistemas territoriales. Los huertos urbanos comunitarios, el redescubrimiento del valor de los bosques urbanos, etc., todo ello va en el mismo sentido. En la reflexión sobre estas acciones recuerdo un clásico del cine de ciencia ficción que aquí se tituló Naves Misteriosas (Silent Running en el original, de 1972, dirigida por Douglas Trumbull) y que, con un extraordinario guión en el que participan S. Bochco y M. Cimino, narra la peripecia de conservación de la vida vegetal lejos de una tierra devastada. Como las cúpulas de vidrio de las naves espaciales de esta película, que con su contenido de flora en peligro de extinción recuerdan a la Montreal Biosphere de Buckmister Fuller (1967) o anticipan al proyecto Eden de Cornwall, cada huerto comunitario activado, cada pieza de paisaje agrario conservado y reutilizado, es un mensaje, una traza de un modelo urbano diferente. Defendámoslos.

En el «Manifiesto de Sevilla» que realiza en 2010 la European Federation of Metropolitan and Periurban Natural and Rural Spaces, se recoge entre las medidas a tomar la de «alentar el mantenimiento y la diversificación de una agricultura sostenible de proximidad, considerada como una faceta importante de la gestión de espacios periurbanos». Sin embargo, el vínculo de lo agrario al concepto de parques periurbanos es insuficiente, insisto, es necesaria una interpretación ajustada de la ecología de cada territorio y una asignación de un rol específico de la agricultura urbana en los sistemas de producción y consumo locales. No se trata sólo de conservar, sino de crear valor específico en lo agrario periurbano. Es lo rural y lo natural menos valioso—más bien lo seminatural, ya que vivimos en espacios profundamente humanizados, ‘cultivados’— lo que está en juego. Incluso las piezas abandonadas del mosaico territorial que denominamos descampados y donde los procesos naturales han ido arraigando. Lo natural más valioso ha encontrado un camino, sin embargo, lo rural periurbano sigue amenazado, descuidado. Podemos hablar de parque agrícola allí donde unos espléndidos viñedos se agolpan en la campiña o donde surge una marisma en la que conviven campos productivos...pero ¿el resto?


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Figura 4: Esquema del Portland Community Gardens Program, donde se establece un vínculo con la agricultura periurbana y se busca un amplio complejo de objetivos, en el que se considera con realismo su incidencia en el aprovisionamiento y en la demanda de alimentos. Ciudades como Berlín o Londres tiene programas estratégicos de desarrollo de la agricultura periurbana. Es curioso que la iconología del diagrama mantenga una referencia no casual a Howard.


Abordamos por ello en el sentido que han de ir adquiriendo el conjunto completo de los espacios abiertos urbanos y periurbanos donde, como escribía hace ya muchos años Martínez de Pisón, «este paisaje no monumental, compañero de la braña y la besana, tiene un altísimo riesgo de pérdida, entre otras cosas por la deleznabilidad de los elementos que lo integran». Hablamos de lo que verdaderamente corría entonces el riesgo de desaparecer y que sigue hoy corriéndolo, son los paisajes rurales intermedios, como la fresneda, el prado cercado o la mies en la ladera, los más frágiles porque sus economías han desaparecido. En aquel texto Martínez de Pisón ya planteaba una defensa del paisaje fundada en su lectura como sistema y hablaba de la necesidad del paisaje como «entorno del hombre sensato»[9]. Necesitamos de este paisaje, pero lo necesitamos incorporado a la vida real, relocalizado tanto en nuestro oikos-logos como en nuestro oikos-nomos, actuales y futuros.

El modelo urbano contemporáneo, modelo que algunos denominan modelo extenso o alargado, consecuencia de la metropolización del territorio, es decir de una gran difusión de lo urbano en el territorio, se caracteriza por su gran fragmentación y discontinuidad, por la yuxtaposición de usos y los saltos de densidad, por un mosaico complejo y dinámico de usos y suelos en el que el poblamiento tradicional está a la vez incorporado y modificado. Un poblamiento que ha estado en muchos casos vigente hasta hace apenas 50 años. En este modelo tradicional de poblamiento, como decíamos, lo rural y lo urbano parecían bien definidos. Sin embargo el crecimiento de las ciudades, también el de las ciudades medias, ha favorecido una deshumanización de amplios paisajes, aquellos que se alejan de lo estrictamente funcional o que no han encontrado todavía acomodo en las lógicas de conservación oficiales.

Pero si fuera posible de verdad que la comprensión del paisaje como sistema fuera dominante, desde su sustrato ecológico, si se reconociera que lo rural tiene futuro en una sociedad capaz de incorporar una amplia gama de significados en la relación entre lo rural y lo urbano, sería posible un proyecto de territorio en el que los espacios abiertos jugasen un papel fundamental y en ellos los espacios agrarios. Un proyecto de ciudad región afín al ideario inicial de la ciudad-campo de Howard, salvando distancias históricas y culturales.

Mientras tanto, las prácticas que hemos comentado siguen en la vanguardia, a la espera de una ecología renovada, más avanzada y compartida, de un sector agario más dinámico, de la creación de nuevas relaciones de proximidad y colaboración en la producción y consumo de alimentos, de una lógica de mercado más abierta y creativa.


Notas


[1]: Arquitecto y profesor de urbanismo en la Universidad de Valladolid. Coordinador del Grupo de Expertos de Buenas Prácticas.
[2]: Ver http://www.elcampacasa.com.
[3]: Donde se dice lo agrario se contempla tanto la agricultura como la ganadería y lo forestal, con sus actividades asociadas, agroindustriales, de servicios, etc.
[4]: Ver http://www.ekolapiko.com
[5]: Ver http://redhuertosurbanosmadrid.wordpress.com y http://www.aavvmadrid.org/huertos
[6]: Ver http://javiergrijalbo.blogspot.com.es/p/descampados.html
[7]: También planteamos un programa de recuperación de granjas históricas que pasó desapercibido. El debate puramente partidista y de bajo perfil ideológico hizo imposible una discusión seria sobre estos temas.
[8]: William Hollingsworth Holly Whyte (1917-1999), es el primer gran observador de las ciudades contemporáneas que no sólo detecta los efectos del urban sprawl —se le atribuye la creación de este concepto— sino que da con sus trabajos una nueva dimensión a los espacios abiertos en las periferias urbanizadas. No se trata de vacíos. Los títulos de algunas de sus publicaciones son elocuentes: Securing Open Spaces for Urban America (1959), The Last Landscape (1968), The Social Life of Small Urban Spaces (1980)...Autodidacta, escritor, periodista y activista, como otros de los grandes personajes del urbanismo norteamericano, Lewis Mumford y Jane Jacobs, en sus textos es posible detectar todavía ideas de gran actualidad. Ello es prueba de lo que nos queda por hacer, no se trata sólo de detectar los problemas o las oportunidades. Nuestras ciudades exigen una regeneración en la que los espacios abiertos—no sólo parques, o espacios protegidos, también los espacios agrarios, de tamaño diverso— deben desempeñar el rol que les corresponde.
[9]: Eduardo Martínez de Pisón, La destrucción del paisaje natural en España, Ed. Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1972.


Edición del 26-septiembre-2013
Revisión: Rebeca Fernández Yunquera
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Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid Universidad Politécnica de Madrid
Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad
Departamento de Estructuras y Física de la EdificaciónDepartamento de Urbanística y Ordenación del Territorio
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