Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S 55. Septiembre 2013

ISSN: 1578-097X. Edita: Instituto Juan de Herrera.

Noveno Catálogo Español de Buenas Prácticas

Editorial

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Equipo de edición: César Corrochano Barba, Rebeca Fernández Yunquera, Alejandro Rodríguez Sebastián, Ana Sanz Fernández
Coordinación: Ana Sanz Fernández

Editorial

Juan Luis de las Rivas Sanz[1]
Madrid (España), septiembre de 2013.

Como coordinador del grupo de expertos que ha evaluado las prácticas presentadas al IX Concurso de Buenas Prácticas (edición del Dubai International Award for Best Practices to Improve the Living Environment de 2012) me proponen introducir este Boletín. En primer lugar deseo felicitar a los responsables del comité UN-Habitat España y tanto a los que trabajan en dicho comité como en esta Biblioteca Ciudades para un Futuro más Sostenible por su esfuerzo. La profunda crisis económica que vivimos tiende a eclipsar la dimensión ambiental de nuestros problemas como sociedad y la falta de recursos facilita recortes en temas que se consideran prescindibles pero que no lo son. Por eso debemos defender con fortaleza espacios tan frágiles y difíciles de reconquistar si se abandonan.

Mi experiencia como evaluador de las buenas prácticas es enriquecedora sobre todo por la posibilidad de ver tantas experiencias en tan poco tiempo. Se están haciendo cosas extraordinarias a veces con muy pocos medios. Es verdad que también se generan ciertas rutinas que en absoluto tienen que ver con la motivación y el esfuerzo de las acciones, sino con un sonido de fondo propio de nuestra tendencia a simplificar y reducir los temas y problemas a sus dimensiones más esquemáticas. Así, el cambio que necesitamos para hacer posible un modelo social, económico y territorial más sostenible corre el riesgo de auto-limitarse en lugares comunes o conceptos prefabricados. La acción debería estar dirigida por un pensamiento siempre más libre y exigente, lejano de la repetición de ideas hechas. Dicho riesgo se verifica hoy en la nueva agenda de algunas grandes empresas tecnológicas que, bajo clichés como el de smart cities y al abrigo de nuevos campos de negocio, ya sea el transporte o la energía limpia, aspiran a liderar el esfuerzo por la sostenibilidad desde sus propios intereses y en singular alianza con las administraciones públicas. Todo ello dirigido por un utilitarismo inocente sólo en apariencia. Quien antes fabricaba trenes ahora aspira a gestionar el transporte ferroviario en un curioso giro de la industria hacia la prestación integral de servicios. Sin embargo y sin menoscabar el papel de la tecnología, el desafío sigue estando en la solidez del proyecto colectivo concebido para dirigir el cambio, un desafío que penetra en el terreno de las ideas.

En particular, se comenta con frecuencia la falta de integración del conocimiento científico disponible en los procesos cotidianos. El impulso de la ciencia en nuestra sociedad debe acompañarse de la mezcla permanente de sus resultados con el saber colectivo, con la mejora de la educación. Una ciencia que debe activarse desde la cultura. Porque el cambio que necesitamos es inviable en un contexto de conocimiento poco consistente, insolidario o irresponsable socialmente. Para ello hay que combinar objetivos cuantitativos globales, como el 20-20-20, con una aproximación más coherente a la naturaleza de los problemas en cada caso.

Con frecuencia se invocan temas de calidad para poner en cuestión la cantidad, sin darse cuenta de que la calidad sólo es posible en una margen limitado de cantidades. De ahí el énfasis que estamos poniendo en la formulación de indicadores que nos permitan monitorizar mejoras concretas o detectar problemas allí donde antes parecíamos tranquilos. Como escribe Eugene P. Odum (1993) en Ecology and our Endangered Life Support Systems:

[...] la cualidad en el control de la cantidad es la gran lección de la evolución biológica... una falta de comprensión ideológica nos ha empujado a promover la expansión cuantitativa del conocimiento, del poder, de la productividad, sin inventar los adecuados sistemas de control.

Sistemas que han de ser cuantitativos, ya que sabemos que, en nuestro Universo Elegante, una ligera variación en determinadas magnitudes claves puede hacer inviable un ecosistema concreto.

Las magnitudes que utilizamos pertenecen muchas veces a realidades que comprendemos mal o apresuradamente. Ello ocurre con frecuencia en urbanismo, a veces con debates mal cerrados como el que hoy tiene lugar en torno a la densidad. Se insiste en incrementar la densidad sin que se sepa qué densidad —medida en habitantes/km2 o en viviendas/ha es la mejor en cada caso. Y ello se aplica tanto a territorios como a pequeños espacios urbanos, sin darse cuenta que el gran desafío está en mejorar lo que ya tenemos y en evitar la entropía generada por intereses particulares de mercado y por el hiper-dimensionado de infraestructuras y servicios. Hay espacios urbanos de calidad con densidades muy diferentes y en lugares —paisajes, climas, culturas también diferentes. Sin una reflexión sobre el medio concreto, la densidad es una variable relativa. Pero seguimos necesitando referencias cuantitativas, números mágicos, como las 12 viviendas por acre que definiera Raymon Unwin para sus barrios jardín (30 viv/ha). Una densidad que hoy cuestionarían muchos como también cuestionarían un estilo de vida, egoísta, de casa familiar y jardín, olvidando algunas ventajas intrínsecas de dicho modelo en su relación con el entorno, en su metabolismo urbano profundo, o dando por supuesto que dicho modelo se apoya en el automóvil, cuando Unwin lo desplegó apoyado en el ferrocarril y sobre un territorio con una estructura histórica de poblamiento triangulada y dispersa. También olvidamos que la lucha contra la congestión urbana está en el origen de la planificación contemporánea, hasta el extremo de Christopher Alexander cuando condena los edificios de más de cinco plantas por antihumanos. Escuchamos incluso la exaltación esteticista del rancho o de la favela como nueva Babel auto-gestionada, un ejercicio cínico de lectura que olvida lo más básico en la lucha por el derecho a la ciudad. Pero, ¿cómo podemos administrar la densidad con coherencia sin unas magnitudes de referencia? La respuesta no es fácil y se analizan modelos de desarrollo urbano integrados, como reclama la Carta de Leipzig, verificando soluciones en marcos complejos, con mixticidades viables y entornos reales. Se buscan así modelos de referencia bien construidos y comprensibles en sus variables básicas.

En 1946 Le Corbusier, de visita en Estados Unidos (lo narra Mario Livio en su libro La proporción Áurea), tuvo la oportunidad de tener un encuentro con Albert Einstein en Princeton. El arquitecto decidió mostrar su Modulor al científico para enseñarle algo de lo que se sentía orgulloso. Sin embargo se quedó muy insatisfecho de su explicación, sintiéndose torpe ante Einstein, «no supe expresarme, no supe explicar el Modulor, me atasqué en el embrollo de causa y efecto» dijo después. Sin embargo Le Corbusier recibió ya de vuelta una carta de Einstein, en la que este hombre sabio le decía sobre su Modulor: «se trata de una escala de proporciones que convierte lo malo en difícil y lo bueno en fácil». Ojalá sigamos avanzando en este sentido.


Notas


[1]: Profesor titular de la Universidad de Valladolid.


Edición del 04-10-2011
Boletín CF+S > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n55/   
 
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