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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
La cumbre que sobre el calentamiento global se está celebrando
estos días en la ciudad japonesa de Kioto tiene ante sí un difícil
reto: lograr una reducción consensuada y efectiva de las emisiones
globales de CO2 a la atmósfera. Son conocidas las dificultades que
países como Estados Unidos, el principal contaminador mundial en
este terreno, están poniendo para lograr el acuerdo, intentando
preservar un modelo de funcionamiento económico difícilmente
sostenible. No es éste el tema del que quiero ocuparme, tema por
otra parte muy bien tratado en estas mismas páginas.
En el otro extremo del espectro, sin embargo, se encuentran
aquellos países subdesarrollados que están experimentando elevadas
tasas de crecimiento económico (China, Brasil, México), o que
esperan poder hacerlo en un futuro no muy lejano, y que también
muestran su oposición a este tipo de acuerdos, tal y como se les
están proponiendo.
El motivo, en este segundo caso, es bien distinto: los objetivos de
reducción propuestos, así como los medios sugeridos para
conseguirlos (impuestos, ecotasas, acuerdos voluntarios), no toman
en cuenta suficientemente la responsabilidad, presente e histórica,
en la génesis del problema.
Como se ha repetido hasta la saciedad, no todos los habitantes del
planeta contribuyen, o han contribuido, en la misma medida, a que
este problema se haya planteado. Para estos países, una reducción
del ritmo previsto de sus emisiones de CO2 puede representar un
encarecimiento de su modelo de producción, y un freno a sus
posibilidades de crecimiento.
No es fácil conjugar las legítimas aspiraciones al desarrollo
económico de los países más desfavorecidos, con la sustentabilidad
global del modelo: la presente cumbre está indicando, precisamente,
algunas de estas incompatibilidades. Sin embargo, un poco de
imaginación, y un compromiso más sincero por parte de los países
adelantados con respecto a las lacras de la pobreza y el
subdesarrollo, permitirían encontrar soluciones al problema del
calentamiento global que, al mismo tiempo, situaran a los países
subdesarrollados en una mejor posición para encarar el futuro. En
este sentido, podrían hacerse varias cosas:
1. Reconocer las contribuciones positivas
En primer lugar, valorar los servicios ambientales de determinados
recursos naturales. En efecto, una catástrofe natural reciente
provocada parcialmente por actividades económicas incontroladas, el
incendio de enormes masas boscosas, ha puesto de manifiesto no sólo
cómo un problema muy serio puede verse sustancialmente agravado,
sino el papel de estos recursos naturales como depósitos de
carbono. Este hecho pone de relieve, por tanto, que una gestión
adecuada de los mismos tendría que tomar en cuenta que su no
preservación liberaría este carbono a la atmósfera, y decidir su
utilización y explotación económica en consecuencia. La evidencia
empírica (Constanza et al, Nature, 387: 253-260) muestra que este
valor, junto con el de las funciones ecológicas que le acompañan,
es superior al que dicho recurso obtendría en la mayoría de sus
utilizaciones alternativas: si una hectárea de bosque tropical
puede generar un rendimiento positivo como fuente de madera, por
ejemplo, el valor marginal de las funciones que cumple como
depósito de carbono, controlando la erosión del suelo, o
manteniendo el ciclo de nutrientes, es incomparablemente superior.
Lo económicamente sensato sería por tanto, en muchos casos, dejar
el bosque como está. El problema es que nadie paga por estos otros
servicios, mientras que las compañías madereras sí lo hacen. Si el
resto del mundo retribuyera a los países que conservan sus bosques
naturales, a través de la Global Environmental Facility por
ejemplo, el valor de un servicio que beneficia a todos, no sólo se
frenaría la gravísima tendencia actual a la deforestación, sino que
incluso podría invertirse. Algunos países adelantados están
descubriendo que, en lugar de reestructurar el sector del
transporte o el sector industrial, resulta más económico cumplir
con los objetivos globales de reducción de las emisiones netas de
CO2, reforestando tierras marginales, que de esta forma secuestran
parte del carbono atmosférico mientras el árbol crece, y
financiando una utilización posterior de la madera que no devuelva
el carbono a la atmósfera. De la misma forma, podría pagarse a los
países atrasados para que hicieran lo propio (siempre teniendo en
cuenta el valor ecológico alternativo de las tierras que se
pretenden reforestar, para elegirlas adecuadamente), con la ventaja
añadida que la reforestación controlada podría tener sobre el nivel
de vida de la población local. Estudios realizados en Canadá, por
ejemplo, muestran que reducir en una tonelada la cantidad de
carbono en la atmósfera a través de estas medidas, sin contar con
los otros beneficios de la reforestación, ya resulta en muchos
casos económicamente atractivo (van Kooten et al, American Journal
of Agricultural Economics, 77: 365-374). La lógica que lleva a
plantear la necesidad de dedicar los recursos naturales al
cumplimiento de aquellas funciones que suponen un mayor bienestar
global, y remunerar a sus gestores en consecuencia, invitaría
asimismo a considerar como depósitos de carbono los yacimientos de
combustibles fósiles, calcular lo que costaría reducir de cualquier
otra forma la cantidad que se liberaría a través de su utilización,
una vez extraídos, y pagar a los países poseedores de estos
yacimientos en consecuencia, por el petróleo o el carbón que no
extraigan.
2. Penalizar la contribución negativa
En otro orden de cosas, y una vez establecida la cantidad de CO2
que puede recibir anualmente la atmósfera sin poner en peligro el
futuro, habrá que decidir cómo se reparten estos "derechos" a
emitirlo. Hacerlo en función de las emisiones actuales no tendría
sentido: favorecería precisamente a quienes han generado el
problema. Hacerlo en función de la población, como parece sugerir
el principio de que todo habitante del planeta debería tener el
mismo derecho a utilizar la atmósfera como depósito para sus
residuos, dentro de los límites ecológicamente aceptables, choca
con el hecho de que no sólo se verían perjudicados los países
adelantados, sino también algunos países emergentes, que tienen
unas previsiones de crecimiento incompatibles con las reducciones
a las que se verían forzados. Una alternativa que no chocaría con
este problema sería la de permitir a los países no miembros de la
OCDE un crecimiento de sus emisiones de CO2 igual al previsto, y
concentrar las reducciones necesarias para alcanzar el equilibrio
entre los miembros de la OCDE. Si, adicionalmente, se permitiera el
establecimiento de un mercado en el que se pudieran intercambiar
estos "derechos de emisión", todos los países tendrían algo que
ganar. Los subdesarrollados, porque podrían vender estos derechos
a los más avanzados, a un precio no desdeñable. Los países
emergentes, que prácticamente están ya utilizando todo el montante
de sus derechos potenciales, porque al no haber explotado todavía
todas las posibilidades de reducción de sus emisiones, podrían
hacerlo a un coste menor que lo que obtendrían por la venta de los
permisos. Finalmente, los países de la OCDE, que como grupo son los
principales responsables históricos y actuales de la aparición del
problema, porque esta forma de solucionarlo resultaría para ellos
menos costosa que hacer lo mismo (es decir, implantar reducciones
unilaterales y dejar que los demás sigan con sus planes), pero sin
la ayuda de un mercado global en el que poder comprar estos
"derechos de emisión": su precio se dispararía (Larsen y Shah,
Oxford Economic Papers, 46: 841-856).
Los países reunidos en Kioto, en definitiva, tienen ante sí una
difícil tarea. Por un lado, hay que modificar un rumbo que,
simplemente, no es sostenible. Por otro, sin embargo, no pueden
obviar las aspiraciones al crecimiento de un grupo de países a los
que no se puede exigir un sacrificio colectivo para resolver un
problema que ellos no han contribuido a crear, pero que sin su
colaboración no puede resolverse. La salida no es fácil, pero no
pasa desde luego por seguir haciendo lo mismo. En este sentido,
quizá sea más sensato, en primer lugar, reconocer sin ambigüedades
lo que algunos países han hecho por todos nosotros, preservando sus
recursos naturales, y remunerarles por ello para que lo sigan
haciendo: de otra forma, bien pudiera ser que la factura que al
final tengamos que pagar todos sea mucho mayor. En segundo lugar,
tratar de hacer las cosas de otro modo, repartiendo los derechos a
contaminar de forma que quienes no los utilicen se vean
recompensados por ello, a través de su venta, y carguen el coste
del ajuste sobre quienes crean el problema.
Las soluciones pues, con un poco de imaginación y buena voluntad,
están ahí. Desgraciadamente, y a tenor del grado de compromiso que
los países adelantados están mostrando con la equidad y con el
desarrollo de los más desfavorecidos, por no mencionar la voluntad
real de algunos de ellos a la hora de contribuir a la resolución
del problema del cambio climático, probablemente queden donde
están: en el papel.
Fecha de referencia: 30-4-1998
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