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Boletín CF+S 49. Septiembre 2011

ISSN: 1578-097X. Edita: Instituto Juan de Herrera.

Octavo Catálogo Español de Buenas Prácticas

Editorial

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Equipo de edición: Cesar Corrochano Barba, Rebeca Fernández Yunquera, Mireia Galindo Bragado, Carlos Jiménez Romera, Alejandro Rodríguez Sebastián, Ana Sanz Fernández

Editorial

Juan Luis de las Rivas Sanz[1]
Madrid (España), septiembre de 2011.

Agradezco a los responsables del Boletín que me hayan ofrecido la oportunidad de presentar los resultados del VIII Concurso de Buenas Prácticas 2010, como consecuencia de mi participación en el panel de expertos que evaluaron las prácticas españolas y mi posterior presencia en el Technical Advisory Committee, en Dubai a principios de octubre de 2010. El Dubai International Award for Best Practices to Improve the Living Environment, en el marco del programa de UN-HABITAT denominado Best Practices & Local Leadership, ha sido en los últimos años una gran ventana para verificar el avance de la praxis sostenible en ciudades y territorios de España. Los casos que se recogen entre las prácticas seleccionadas en esta edición, comenzando por los premiados de Barcelona y Noaín, dan cuenta de ello. El concurso, con su lógica panorámica, presenta la capacidad de los agentes locales para colaborar en la puesta en marcha de acciones eficaces y duraderas con resultados concretos de mejora de nuestro entorno habitado. Analizando cada una de estas prácticas, sus perfiles ambientales y sociales, nos damos cuenta, no sólo de lo mucho que se puede hacer en el camino hacia un futuro más sostenible, sino de la diversidad de facetas que hay que abordar para ello.

No puedo sin embargo evitar las inquietantes preguntas habituales. ¿Estamos sólo ante casos excepcionales o ante el reflejo de una cultura generalizada?, ¿qué tiene que ocurrir para que comencemos a observar con un poco más de optimismo el futuro?, ¿sabemos evaluar correctamente los efectos de las denominadas buenas prácticas?... Entre los temas y las posiciones diversas que alimenta la cuestión ambiental prevalece hoy cierto pesimismo sobre el futuro, en un contexto de crisis económica y de eclipse de las utopías sociales más sólidas. Hay incluso más consenso sobre la necesidad de un cambio global que sobre los medios concretos que hay que activar ya para generar dicho cambio. Predomina por ello la actitud preventiva, muchas veces paralizante, ignorando los resortes capaces de activar el potencial transformador de nuestras heterogéneas sociedades. En este marco, las buenas prácticas sí pueden cumplir una función de guía diferenciada, configurando un momento de optimismo al iluminar los posibles perfiles del cambio que necesitamos.

En The End of Nature (Bill McKibben, 1989), al tratar de explicar cómo la convicción de una atmósfera alterada por el hombre modifica nuestra percepción de la Naturaleza —porque acentúa la conciencia de que ya no existen espacios vírgenes, porque cada lugar de nuestro planeta ya está cambiando, casi siempre de manera imperceptible—, acudía, como respuesta, al ideario de una vida humilde que ya había propuesto Thoreau. Sin embargo, la humildad no es precisamente el motor que ha dirigido la transformación de nuestras sociedades, confiamos más en soluciones tecnológicas, incluso en las poco probables. La dificultad estriba en que las limitaciones que se asocian a un estilo de vida más humilde son vistas, en nuestra sociedad avanzada, como un retroceso. Nadie quiere dar, voluntariamnete, un paso atrás. El camino hacia un estilo de vida humilde en relación con el medio no puede dejar de ser innovador, no puede ser una involución en el tiempo. Aquí está el desafío, justo en los límites del mito del progreso.

Y es aquí donde las buenas prácticas pueden adquirir un significado cultural más amplio, resituando el rol de la tecnología porque inciden en otros factores de cambio, como son la colaboración entre agentes públicos y privados, la capacidad de iniciativa local, la acción organizada de ciudadanos comprometidos e incluso la creatividad en la aplicación de herramientas convencionales. La mayoría de las prácticas presentes en Dubai se desarrollaban en contextos sociales y económicos difíciles, con recursos humildes, donde sólo la voluntad, la imaginación, la capacidad de adaptación y la constancia de un grupo por mantener su esfuerzo han sido las garantías del resultado obtenido.

El gran trabajo que se realiza desde el Ministerio para mantener vivo el Comité Habitat español es la principal causa del éxito de la participación española en el concurso, con una gran aportación de experiencias. Por ello, la única recomendación que se me ocurre para futuras convocatorias estaría relacionada con la relativa escasa presencia de iniciativas no oficiales emprendidas por grupos locales o asociaciones ciudadanas, frente a las iniciativas generadas por las propias adminitraciones públicas. Un déficit que puede permitir una reflexión sobre los estilos de gobernanza dominantes en nuestro entorno y el privilegio que los organismos públicos suelen otorgarse a sí mismos ante cualquier situación. No hay futuro si desconfiamos de lo que la gente puede hacer por sí misma y, mucho menos, si cualquier tipo de sectarismo político niega el apoyo a quien sabe o puede hacer algo útil.


Notas


[1]: Profesor titular de la Universidad de Valladolid.


Edición del 27-09-2011
Boletín CF+S > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n49/   
 
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