Manifiesto ecologista para la supervivencia">
 
Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda | Buenas Prácticas | Documentos | Boletín CF+S | Novedades | Convocatorias | Sobre la Biblioteca | Buzón/Mailbox
 
Boletín CF+S > 46: El «nuevo paradigma» cumple 65 años > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n46/alred.html   
Vigencia del Manifiesto ecologista para la supervivencia
Leticia Redondo Gómez
Madrid (España), noviembre de 2010.
Resumen: La preocupación por el crecimiento económico es una constante para el mantenimiento del modelo de sociedad actual. Paralelamente, se vienen desarrollando desde hace décadas movimientos enfocados a la necesidad de preservar los recursos que la era industrial ha ido minando. El equilibrio entre ambas posturas constituye en la actualidad uno de los mayores retos a afrontar, en un sistema que se halla concebido intrínsecamente ligado al crecimiento, y que deviene insostenible para las generaciones futuras. Se hace por tanto necesario reconsiderar conceptos errados de lo que suponen progreso y desarrollo en una sociedad del bienestar que ha hecho del consumo desaforado su razón de ser, y más allá del cual el individuo parece no encontrar sentido a su existencia.

Es en los períodos de crisis e incertidumbre como el que actualmente padecemos en los que se acrecienta la reflexión y el cuestionamiento del modelo de crecimiento que hasta ahora se ha considerado como la única forma viable de progreso. Tomar conciencia de la vulnerabilidad propia y del sistema acrecienta entre los seres sensibles el interés por cuestiones intrínsecamente relacionadas como son la ecología y el bienestar social bien entendido.

Ya a comienzos de la década de los setenta, y con la publicación del Manifiesto para la supervivencia, se preconizaba a la sociedad con la contundencia de unos argumentos de lógica aplastante e irrefutable, no dejando lugar a la impasibilidad. A diferencia del momento de su edición en el que unos pocos implicados adquirían realmente el compromiso de una participación activa, en la actualidad el problema de la supervivencia se ha desarrollado hasta el punto de haber pasado a formar parte de nuestras vidas, lo cual necesariamente ha contribuido a desarrollar una mayor conciencia de la situación tanto a nivel individual como colectivo. Sin embargo, el peligro de convivir permanentemente con los problemas sin llegar a subsanarlos radica en la posibilidad de que estos se enquisten, y se genere en la sociedad una actitud de conformismo ante un mal supuestamente inevitable pero tolerable con el que se puede coexistir, mientras que el deterioro sigue su curso de forma implacable.

Ya en aquel entonces, el aura de severidad con que los autores envolvieron su mensaje pone en sobre aviso al lector, quien pese a ello se ve sobrecogido por el modo directo, urgente y sin preámbulos con que parecen querer transmitir lo desesperado del momento. Se refleja así un panorama desalentador, que lejos de ser una simple visión catastrofista, representa la realidad de una situación en la que el hombre está agotando los recursos naturales y devastando el paisaje.

Ante la crisis ecológica total a la que hacían referencia Goldsmith et al hace ahora casi 40 años, cabían cuatro posicionamientos, todos ellos tipificados en el código de conducta intemporal del comportamiento humano, abarcando desde el rechazo a la desidia o la despreocupación. De ellos sólo uno es loable: el de aquellos observadores que se enfrentan a los hechos, que pretenden el cambio desde lo más profundo, y cuyo único anhelo es despertar las conciencias adormecidas producto de una sociedad de la tecnología, que con cuyo bienestar se devora a sí misma. Aunque ciertos sectores minoritarios de la población manifiestan cierto sentido ecológico global, la realidad es que la inmensa mayoría sigue inmersa en sus dinámicas, que acarrearán una destrucción irreversible de los sistemas de mantenimiento de la vida en el planeta, un planeta limitado en recursos y por lo tanto vulnerable ante su abuso incontrolado.

La tendencia primaria presente en el individuo a catalogar en base a impresiones superficiales podría llevar a considerar de forma equívoca que el número de décadas transcurridas desde el planteamiento de aquellas teorías lo convierte en un texto desactualizado y, en consecuencia, carente de interés; sin embargo, cualquier atisbo de duda respecto a su vigencia queda rápidamente disipada por la veracidad y permanente actualidad de su contenido. Los problemas que acechaban al planeta por aquel entonces aún persisten hoy día, amenazando y comprometiendo su continuidad: la superpoblación, la destrucción de los ecosistemas y el consumo ilimitado de los recursos. La persistencia misma de tales indicadores es la demostración inequívoca del mal funcionamiento de nuestro sistema.

El trasfondo que sustenta y da forma al texto original no es sino el de concienciar a la comunidad internacional y promulgar la regeneración misma del ser humano, para renacer con una nueva filosofía de vida integradora en la que el medio ambiente no quede supeditado a un supuesto progreso contra natura. Amparado por la participación de científicos de todos los campos (biólogos, zoólogos, geógrafos, genetistas, economistas y bacteriólogos), el Manifiesto para la supervivencia afrontaba los problemas del medio ambiente con una visión holística como única forma de aproximación válida para la consecución de un objetivo común. Llama la atención como en aquel entonces, ante una población mundial en constante crecimiento, un consumo energético y de materias primas siempre en aumento y unos recursos invariablemente finitos, los autores fueron capaces de profetizar el colapso que en la actualidad se ha producido: «... no existe ningún indicio de que el crecimiento económico se encuentre próximo a su fin; es más, las economías industriales parece que son propensas a hundirse en el momento en que dicho crecimiento cesa o incluso disminuye, por muy alto que sea el nivel absoluto de consumo»(Goldsmith et al, 1972:13).

El problema, por tanto, puede resumirse en dos aspectos: el crecimiento demográfico y el consumo per cápita. En referencia al primero, se establecía el objetivo de no sobrepasar la familia de tamaño-reposición, fijando el número de hijos por pareja en un máximo de dos. Hoy en día, con unas cifras de población mundiales que duplican la capacidad de carga del planeta, no resulta viable seguir manteniendo estos parámetros si abogamos en pro de la supervivencia. Se habla de la superpoblación en los países pobres como un grave problema a atajar, y efectivamente lo es, sin embargo, en los países desarrollados las bajas tasas de natalidad se siguen leyendo en clave negativa, y se arbitran medidas para fomentarla. Teniendo en cuenta que la renta per cápita es muy superior en los países desarrollados, y que estos consumen el 80% de los recursos disponibles (Goldsmith et al, 1972:13), ¿cuántas personas tienen que nacer en un país subdesarrollado para consumir el equivalente a un nacido en el primer mundo? ¿no debería el conocimiento de tales datos y sus consecuencias hacer que nos replanteásemos determinadas actuaciones llevadas a cabo en el llamado ‘primer mundo’?

Por otro lado, en relación con el consumo, se hace necesario erradicar ideas dominantes instauradas en la psique colectiva y que tanto daño están provocando. Éstas gravitan en torno a la creencia de que la expansión económica constituye el mejor índice de desarrollo y bienestar. El hecho en sí de haber entrado en una espiral de consumo desaforado como única forma de entender el progreso es la demostración palpable de que tal huida hacia adelante conduce irremediablemente a la destrucción a todos los niveles: económico, social y medioambiental. Nadie en su sano juicio tira piedras contra su propio tejado puesto que le da cobijo. Del mismo modo el medio físico jamás puede, como se ha venido haciendo, quedar supeditado a una demanda imparable del crecimiento, puesto que es aquel el que lo sustenta. En el modelo actual, el imaginario supone valor exclusivamente a lo económico, asociando bienestar con renta e ignorando los costes biofísicos colaterales de la producción. Este proceso, que se encuentra ya en un punto de translimitación, difícilmente puede traducir a valor monetario factores tales como el clima, el ciclo del agua o los rayos del sol. Este grave problema tiene una difícil solución, ya que si continúa el modelo actual la vida humana será por completo insostenible, pero si se opta por el decrecimiento económico, la estructura económica mundial se desmorona. Es la sociedad la que debe autoregenerarse y llevar a cabo en sí misma los cambios necesarios hasta adecuarse a vivir en sintonía con el medio, unificando en sus actuaciones los conceptos de economía y ecología. «Puesto que la economía es la ciencia de la distribución de los recursos, todos los cuales se derivan de la ecosfera, es una locura perpetuar un sistema económico que la destruye» (Commoner, 1971)[1].

Se considera fundamental aprovechar el momento actual de crisis mundial para reflexionar acerca de las consecuencias derivadas de políticas de crecimiento disparatadas. La sociedad necesita dinamizarse a sí misma hasta derivar en un modelo estable que pueda sostenerse de forma indefinida, una sociedad que integre a todos sus miembros en lugar de fomentar la competencia desmedida y en la que los individuos se desarrollen con una perturbación mínima de los procesos ecológicos; una población, en definitiva, en la que el nuevo aporte sea igual a la pérdida. Una posible solución a este colapso es el denominado crecimiento cero, deteniendo el incremento exponencial (de principio lento pero de final vertiginoso) de la economía y la población, de modo que los recursos naturales no sean esquilmados de forma voraz y puedan perdurar en el tiempo.

Al tiempo que se producían los primeros movimientos en pro de un ecologismo activo, Lewis Mumford (1969) confiaba en un modelo nuevo de civilización como único artífice del cambio: «una civilización madura que reemplazará un mundo contaminado, deshumanizado y amenazado por máquinas y explosiones, que se desintegra y desaparece ante nuestros ojos». Pero, ¿realmente es posible el cambio? ¿puede la acomodada sociedad actual ser reemplazada por un nuevo modelo que obre en sintonía con los límites que el territorio impone? Los resultados demuestran que hoy, 40 años después de aquellas primeras aproximaciones, el planeta sigue esperando que nuestra sociedad del bienestar salga de la etapa adolescente y caprichosa en la que se halla inmersa y despierte ante una realidad que no por ser ignorada deja de caminar hacia el colapso.

Uno de los puntos fundamentales del proceso de deterioro global radica en el tamaño de las grandes conurbaciones que, cada vez más, superan con creces los estándares ideales. El modelo de crecimiento ficticio en que se basa la vida del «Homo Sapiens industrialis» (Goldsmith et al, 1972:19) es insostenible, y su ocaso llegará en algún momento. «Nuestra tarea consiste en crear una sociedad que sea sostenible y que proporcione la satisfacción más completa posible a sus miembros» (Goldsmith et al, 1972:30). Ya entonces se proponía como alternativa la creación de una sociedad tribal, los llamados pueblos autogestionados o comunidades a escala humana como modelo de asentamiento (Elizalde et al, 1986), aduciendo a su favor que ello traería consigo una reducción del impacto ambiental, la gestión sostenible de los recursos, un alto grado de cohesión social y el consiguiente bienestar psicológico y espiritual de sus miembros.

En 2005 se publicó el Informe de Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (Reid et al, 2005), del cual se desprenden dos conclusiones fundamentales:

  1. En la segunda mitad del siglo XX los ecosistemas se han deteriorado a una velocidad no conocida en ningún otro período de la historia, dando lugar a daños irreversibles.
  2. Los cambios producidos no son lineales y están provocando el agravamiento de la pobreza de una gran parte de la humanidad, por la destrucción de sus formas tradicionales de vida.

La situación, como vemos, es preocupante y compleja. ¿Por qué si ésta es tan grave, la mayor parte de la población permanece ajena, sin reaccionar, sin buscar o exigir medidas radicales que aporten algo de luz ante el futuro incierto al que nos aboca este modelo? Principalmente por tres razones: la falta de concienciación social acerca de la gravedad del problema, el deterioro de las relaciones comunitarias y la percepción instaurada en la psique colectiva de considerar los comportamientos sostenibles como atrasados o asociados con la pobreza. Se hace necesaria una profunda transformación en la conciencia individual del ser humano, lleno de necesidades y carencias que cree poder aplacar momentáneamente a través del consumo y la actividad frenética. Mientras este cambio se produce, la disminución de nuestro nivel de gasto y la reducción del crecimiento de la población son los caminos de los que disponemos para lograr la supervivencia de un ecosistema que, de otro modo, no podrá brindarnos protección y estabilidad durante mucho más tiempo. La cuenta atrás continúa, ¿hasta cuándo?

Bibliografía consultada

Commoner, Barry  (1971)   El círculo que se cierra.   s.d. Traducción al castellano de J. Ferrer Aleu, Madrid, Plaza & Janés, 1973. 

Elizalde, Antonio; Max-Neef, Manfred; Hopenhayn, Martín  (1986)   Desarrollo a escala humana: Opciones para el futuro.   Santiago de Chile. Edición consultada: Madrid, Biblioteca CF+S, http://habitat.aq.upm.es/deh/, 2010. 

Goldsmith, Edward; Allen, Robert; Allaby, Michael; Davoll, John; Lawrence, Sam  (1972)   «The Ecologist's Blueprint for Survival»,   The Ecologist, volumen II, Reino Unido; (posteriormente editada en formato libro como The Ecologist's Blueprint for Survival. Reino Unido: Ed. Penguin, 1972). Se cita la traducción al castellano de Miguel Paredes: Manifiesto ecologista para la supervivencia. Madrid: Alianza Editorial, 1972. 

Herrero, Yayo  (2010)   «Menos para vivir mejor. Reflexiones sobre el necesario decrecimiento de la presión sobre los sistemas naturales»,   El Ecologista, número 64, Madrid: Ecologistas en Acción, pp. 18-20. 

Meadows, Donella H.; Meadows, Dennis L.; Randers, Jorgen; Behrens, William  (1972)   The limits to growth.   New York: Universe Books. Se cita la traducción al castellano de Loaeza de Graue, María Soledad Los límites del crecimiento: Informe al Club de Roma sobre el predicamento de la humanidad. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1972. 

Mumford, Lewis  (1969)   Introduction,   en McHarg, Ian L., Design with Nature. 1. ed., London, American Museum of Natural History, Natural History Press. Se cita la traducción al castellano s.d., Proyectar con la naturaleza. Barcelona: Editorial Gustavo Gili, 2000. 

Reid et al  (2005)   Evolución de los Ecosistemas del Milenio.   Millennium Ecosystem Assessment, http://www.maweb.org/es/Reports.aspx# Consultado en mayo de 2010. 

Schumacher, E.F.  (1973)   Small is Beautiful.   London: Harper Perenniel. En castellano Lo pequeño es hermoso. Madrid: Tursen/Hermann Blume, 1990. 

Notas


[1]: Escrito por Barry Commoner, biólogo estadounidense, profesor universitario y ecosocialista, autor de las cuatro leyes de la ecología, desarrolladas en su obra El círculo que se cierra.


Edición del 25-1-2012
Revisión: Susana Simón Tenorio
Boletín CF+S > 46: El «nuevo paradigma» cumple 65 años > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n46/alred.html   
 
Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda | Buenas Prácticas | Documentos | Boletín CF+S | Novedades | Convocatorias | Sobre la Biblioteca | Buzón/Mailbox
 
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid Universidad Politécnica de Madrid
Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad
Departamento de Estructuras y Física de la EdificaciónDepartamento de Urbanística y Ordenación del Territorio
Citar este documento Descargar PDF