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Boletín CF+S > 45: La reina roja > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n45/apged.es.html   
La sección del valle desde las colinas hasta el mar
Patrick Geddes
Nueva York (Estados Unidos), 1923.[1]

The valley section from hills to sea


La ‘interpretación económica de la historia’, tan a menudo citada, no es una mera fórmula adoptada por una escuela reciente de economía; en realidad, se la puede reconocer en todo el transcurso de la vida y la obra de los hombres. La escuela de Marx se contenta demasiado fácilmente con la interpretación industrial de este método, pero la escuela anterior de Le Play, todavía tan poco conocida en inglés o alemán, durante largo tiempo ha trabajado con más amplitud y profundidad en la misma dirección.

¿A qué se debe que tanto el mundo académico como el religioso hagan actualmente caso omiso de su método de enseñanza? A que aquí la ciencia está sacudiendo los cimientos más profundos de las creencias convencionales. Aquí se está ante pruebas de que las venerables piedras antiguas que tanto los viejos eruditos como nuestros maestros religiosos habían tenido por poesía son, en realidad, sólida y clara prosa.

Pero, ¿qué representa la historia con su perpetua narración de guerras? Pese a que casi toda la historia parece ser una relación de hechos de armas, la guerra no es en realidad ese estado y resultado permanente de la ‘naturaleza humana’, según la llaman tan a menudo los necios. Sabemos que las grandes conflagraciones son un fenómeno relativamente reciente en la historia humana; asimismo sabemos que el período de guerra fue precedido por un largo lapso —una relativa Edad de Oro— en que los hombres cultivaban sus plantas y domesticaban sus animales pacíficamente, siendo con esto cultivados por sus plantas y domesticados por sus animales.

He aquí, pues, la explicación de la tardía aparición de la ‘historia’, puesto que la apacible, honrada y constructiva civilización agrícola es ahistórica. Los historiadores siempre se han asemejado mucho a la prensa de nuestros días, la cual, por lo común, sólo se ocupa de acontecimientos inusitados o trágicos. ¿Y acaso la persona que tira su silla por la ventana no interesa más a la prensa entera que todos los millones que usan su silla de un modo corriente?

Recurramos a una muy evidente interpretación agrícola. Pensemos en nuestros antepasados en los días pasados de la colonización de América o Europa. Cada uno guía su propio arado a través de su propia tierra, sin colaboración alguna. Cada cual puede silbar esa vieja tonada «I care for nobody, not I; and nobody cares for me». [«No me importa nadie, excepto yo mismo; y a nadie le importo yo».] Cada uno, para decirlo en pocas palabras, ‘se ocupa de sus asuntos’ y deja que los demás se las arreglen por su cuenta. Esta es la civilización del cultivo del maíz. La tierra es arada y sembrada por el mismo hombre que siega la cosecha. Las mujeres y los niños sólo son ayudantes accesorios durante la cosecha. Aquí, pues, en el cultivo de los cereales en Occidente, desde la antigua Roma hasta la América contemporánea, tenemos el factor fundamental de nuestra moderna concepción occidental de la individualidad y la independencia.

Pero si somos orientales y lo que cultivamos es arroz, la situación es muy diferente. Para comenzar, no podemos tener ningún cultivo hasta que se haya formado un comité de aguas para el distrito y para tener control sobre el agua del valle y regular su circulación de modo que cada cultivador pueda disponer de lo suficiente para cubrir sus arrozales. Aquí, la acción comunal se convierte en requisito primordial. Además, en tanto que el maíz exigía un hombre robusto que condujera el arado, cualquiera puede plantar la pequeñita planta del arroz y hundirla con el pie; no sólo las mujeres sino también los niños y los abuelos pueden aportar su contribución. Aquí los hombres no tienen gran superioridad sobre los demás.

Aquí, por tanto, en contraste con el individualismo de Occidente, basado en el maíz, nos hallamos en presencia de la familia y las instituciones comunales de Oriente, basados en el arroz. Una curiosa comprobación de este contraste se dio tras la introducción del arroz en Lombardía, Italia, a lo largo del valle del río Po. Después de más o menos una generación, los campesinos presentaron peticiones para que se introdujeran determinadas modificaciones en las leyes italianas relativas a la herencia y los derechos de propiedad. Los representantes del resto de la población de Italia no veían, naturalmente, que esto tuviera mucho sentido, pero un legislador que había estado en China examinó la petición y exclamó: «¡Pero si lo que pide esta gente son instituciones chinas!» Y por supuesto que lo eran, puesto que estaban cultivando arroz.

La sección del valle es la base del estudio. De esta manera podemos entender muchos valores culturales específicos y precisos. Podemos descubrir que el tipo de lugar y el tipo de labor realizada determinan profundamente las costumbres e instituciones de su población. Este es el verdadero objeto de la interpretación económica de la historia, prácticamente ignorado tanto por los economistas, tanto ortodoxos como socialistas. Todas las ciencias consideran que el mundo clásico y el religioso eran conservadores y anticuados, pero en la práctica, por su parte, no están más abiertas a las ideas ajenas a su campo específico.

Consideremos por un momento los ritmos de las masas de la superficie de la tierra y observemos el movimiento de cada una de ellas; desde la nieve hasta el mar, desde la meseta hasta las tierras bajas. En términos generales, el mundo está construido de este modo, lo mismo si consideramos la diminuta Escocia o una sección a través de Gales e Inglaterra, o a través de Irlanda o de Noruega y Suecia, o incluso a través de la parte montañosa de Europa y la estepa siberiana, o Norteamérica y Canadá con las Rocosas o América del Sur con los Andes.

El estudio de una masa de tierra efectuado de este modo nos hace presentes muchas cosas; como puede ser el margen de variaciones de su clima, su vegetación correspondiente y la vida animal que la acompaña. En este estudio podemos reconocer no sólo la existencia de nieve en las montañas sino también su naturaleza neolítica así como su estructura. Descendiendo de ellas, llegamos a los bosques, luego a las laderas de pastoreo, las colinas menores y las llanuras con sus ríos unificadores y así hasta ir a dar al mar. Todas las cosas caben en este análisis. No se trata de una mera imagen política de un espacio coloreado en un mapa liso, sino de una región geográfica y una región antropológica, así como también de una región en economía política. A su tiempo veremos también que se trata asimismo de la región del economista convencional y del ‘político’. Pero vamos por orden.

Partimos de la cabecera de nuestra sección de valle, con sus bosques naturales, donde las coníferas están más arriba que las caducifolias. Aquí la primera actividad natural no puede ser otra que la del cazador, hasta que llegue también el leñador y luego el minero. Después de las tierras boscosas vienen las de pastoreo, con sus rebaños y sus pastores. Luego, pero todavía en los terrenos más elevados y pobres, aparece el infatigable campesino (el ‘crofter’, según le llamamos en Escocia[2]) con cierta proporción de pasto de alturas, pero dependiendo principalmente de su arduo y agotador cultivo de los cereales menos ricos, la avena y el centeno, y en los tiempos modernos las patatas, pero no el trigo. El trigo sólo puede florecer en las tierras más hondas y ricas que hay valle abajo, donde hallamos al campesino, normalmente rico, comiendo pan blanco, no pan de centeno ni tortas de avena.

Hasta aquí, las tierras templadas, pero nuestra sección de valle sirve también para los climas más cálidos, donde el campesino rico agrega el viñedo y el olivar. Trigo, vino, aceite; aquí estamos ante la agricultura en su cénit y, con ella, ante la forma de civilización más elevada. Sin embargo, en el transcurso de la historia, la región mediterránea ha sido desgraciadamente arruinada, de modo que la prosperidad corresponde ahora al agricultor del norte con su trigal, aunque desafortunadamente aquí también su estabilidad se halla amenazada.

Cazador y pastor, campesino pobre y rico. He aquí los tipos familiares y sociales más comunes que se suceden de forma tan manifiesta, tanto a medida que descendemos de altura como a medida que trazamos el curso de la historia social, que durante largo tiempo ha existido el hábito libresco de describirlos, no sólo como representantes de las principales etapas de la civilización, sino también como si cada uno hubiera sucedido al anterior de forma definitiva e irreversible. En verdad, como si todas éstas no fueran más que etapas que llevan al actual predominio del orden industrial y urbano, a menudo se da por sentado que estos cuatro tipos carecen de significado actualmente, siendo prácticamente desdeñables. Pero, por supuesto, siempre están al lado nuestro. A medida que se desarrolle cada uno de nuestros estudios urbanos, los hallaremos allí a todos, no sólo por sus productos en los mercados de la ciudad o en los modernos escaparates sino también en sus ocupaciones urbanas paralelas.

En las secciones del valle todos los tipos naturales de ocupación tienen su lugar.

El minero

Bien podemos empezar por el minero, figura de importancia fundamental desde el desarrollo inicial de la civilización. Primeramente como minero de pedernal (en Brandon, Suffolk, su tráfico de pedernales astillados ha sido continuo desde el pasado prehistórico). El vocabulario técnico superviviente de este oficio parece ser anterior a todos los orígenes lingüísticos conocidos.

En tiempos relativamente recientes, según los vastos períodos de la arqueología evidencian hoy, se dieron las edades del cobre y luego del bronce, adquiriendo las guerras mayor importancia. Luego se produjo la introducción relativamente reciente del hierro y así, muy pronto, la terrible espada de acero, de cuyas obras está colmada la historia.

Pedernal, bronce, hierro y acero: he aquí los hitos de las épocas históricas...y la cronología del minero.

El leñador

No obstante, también el leñador puede aspirar a ser el líder fundamental de la civilización ya que, tras su recolección de zarzas y ramas para el fuego, su hacha de piedra o bronce abrió claros y después, con tiempo, utilizando el acero abrió las modernas carreteras del mundo occidental.

El leñador ha sido también el constructor de casas, de barcos y de muebles; y con sus empalizadas, también el constructor de fortificaciones. Además, a él le debemos el uso de la energía mecánica, la palanca, la cuña, la rueda y el hacha, la polea y el plano inclinado. Así, es el ingeniero primigenio. A este respecto, bueno es recordar que el padre y educador de James Watt, el de la máquina de vapor, fue uno de los últimos carpinteros a la antigua, igualmente dispuesto a emprender la construcción de una casa y la de un navío; indudablemente un perfecto vínculo del antiguo orden industrial con el nuevo.

El cazador

Viene luego el cazador, que sigue la pista de sus piezas y les da muerte. Aquí es evidente que no sólo estamos ante un rudimentario superviviente de la sociedad primitiva, sino ante un tipo que es de significación permanente y creciente en la historia. Aunque en las antiguas sociedades cazadoras estables, desde los esquimales del Ártico hasta los aborígenes australianos, lo vemos hondamente civilizado y por tanto esencialmente pacífico, nosotros, los occidentales, nos hemos acostumbrado a concebirlo como un ser capaz de convertirse, sin más ni más, en cazador de otros hombres y, en consecuencia, como un ser que paulatinamente asume el papel de hacedor y jefe de las guerras. No sin motivo los cazadores se convirtieron en nobles y los reyes, nobles y gobernantes han seguido siendo cazadores hasta nuestros propios días. Ni es pura casualidad que el deporte y los juegos atléticos, que son principalmente invención suya, tengan un papel preponderante en la educación de la juventud de todos los orígenes y profesiones, adiestrándolos para el servicio militar.

El pastor

Y ahora el pastor. ¿Qué decir de él? Es un tipo marcadamente opuesto, que ha sido adiestrado por la pacífica protección de la vida y no por las rudas artes de quitarla. Asimismo se diferencia notablemente por su longevidad, la cual determina, en consecuencia, la supremacía patriarcal y, con ella, el temperamento patriarcal. Todo esto en marcado contraste con el cazador de vida breve, cuyos mejores años son los de su anticipada madurez.

He aquí pues, el contraste de la paciencia con la impaciencia, de la diplomacia con la guerra. Así, aunque el cazador se convierta siempre en señor de la guerra y reclame todo el poder temporal, al pastor patriarcal le corresponde el poder espiritual que a menudo es mucho más elevado. Recuérdense sus nombres históricos: Santo Padre, Pastor Pastorum y otros análogos en cuanto a otros credos. Nuestra imagen moderna del Buen Pastor procede, claramente, de Apolo, el pastor, incluso en lo referente al cordero y el cabrito sobre sus hombros; y existen estatuas ecuestres y retratos de Buda, todavía más antiguos aunque básicamente iguales.

Volviendo a la vida práctica de los pastores, no debemos olvidar al Padre Jacob enviando sus hijos a Egipto para que compraran grano. Pues los pastores se convierten en caravaneros y, así, en los creadores del comercio por tierra y de mercados en sus puntos de encuentro; asimismo, en los mantenedores de las comunicaciones frecuentemente como difusores de la paz, el orden y , a veces, el bienestar, ya que una ruta a menudo crea, o poco menos, el tipo social, según ha sostenido tan tenazmente Demolins.

Asimismo, la vida pastoril, libre de excesivas tareas, es favorable a la reflexión y la poesía, en tanto que sus ancianos tan longevos tienen una gran riqueza de recuerdos y tradiciones que comunicar. También la mujer ya no tiene que soportar las cargas de las vidas de los cazadores, consagrándose a las artes más gentiles que se relacionan con la leche y la lana. Así se convierte en la señora enclaustrada de la tienda, con sus almohadones y alfombras, bordados y joyas.

De este modo vemos, pues, los orígenes de nuestras ocupaciones modernas, tratándose de interpretaciones aplicables en gran escala a todo lo largo de la historia de Oriente y Occidente por igual. ¿Qué es el Islam básicamente, por ejemplo, sino la disciplina de la caravana, afianzada y moralizada, para la travesía del desierto, con los buenos momentos al final de la travesía plenamente idealizados para que sirvan de estímulo?

Otro caravanero espiritualizado es Pablo de Tarso, quien significativamente era fabricante de tiendas. A través de Tarso deben pasar todas las caravanas entre Europa y Asia. Tarso había tenido su sacerdote-rey místico, como el sumo sacerdote en Jerusalén, pero asimismo era una ciudad universitaria griega que luego había pasado a depender de Roma. Allí, como en ninguna otra parte, podía Pablo reunir en una sola formación esos cuatro elementos —espíritu de viajero, idealismo y saber judíos, filosofía y sutileza griegas y ciudadanía romana— que lo prepararon primeramente para ejercer gran influencia entre los fariseos y luego para su supremacía virtual en la empresa de difundir a través del Imperio Romano la fe cristiana que germinaba, en la forma desarrollada individualmente que él le dio.

El campesino pobre

Es hora de pasar al tipo siguiente en nuestra sección del valle, esto es, al campesino pobre. No se trata aquí del peón de granja o el labrador sino del pequeño propietario en las tierras altas. Ocupa tierras más adecuadas para las espinas y los cardos que para la avena y el centeno. Aquí el trabajo, más abrumador que todos los demás, es indispensable; y un trabajo casi a través de las estaciones. Aquí las economías son la esencia misma de la supervivencia, almacenando para el invierno y para la siembra, y utilizando el material acumulado con cuidadosa frugalidad.

Hay en los Salmos un versículo a menudo citado que dice: «Los que siembran con las lágrimas cosecharán con júbilo. El que sigue adelante y llora, llevando preciosas semillas, indudablemente volverá con júbilo, trayendo sus espigas». Cualquiera entiende de modo bastante literal este júbilo en la cosecha. Pero uno puede pedirle al sabio judío o cristiano, igualmente en vano, que explique por qué debía representarse llorando al sembrador. A lo sumo se obtendrán como respuesta explicaciones metafísicas conjeturales.

En tanto, he aquí la intensa y patética realidad de la historia temprana del campesino pobre. Las formas primitivas de cultivo apenas sí podían producir alimento suficiente para todo el año. Así surgió en primavera la institución de la Cuaresma, como ocasión de fundir la penuria económica con la disciplina social. Véase, pues, este versículo en sus detalles prosaicos: se trata del campesino pobre que debe quitar a sus hijos que lloran por comida y a la madre hambrienta los pocos y preciosos granos que quedan almacenados de la cosecha. Se abre paso entre ellos con rostro grave. Pero cuando los ha dejado, para sembrar en el campo esa pequeña reserva, también se desespera y llora.

Interpretaciones sencillas e intensas como éstas aparecen a lo largo de toda la escala de ocupaciones desde la montaña hasta el mar y se ensamblan para desarrollar una reinterpretación de la historia desde el punto de vista evolucionista.

El campesino pobre y su frugal esposa están más apremiados por la economía, la previsión y el ahorro que los habitantes que viven en un clima más suave y con un suelo mejor como los que hay valle abajo. De aquí quela fundación de bancos y compañías de seguros haya sido iniciada por este tipo social. Su excedente de población también está constantemente camino del fondo del valle y el resto del mundo y, debido a su formación —al mismo tiempo ardua, frugal y previsora— logra excepcionales éxitos. A esto se debe el frecuente ascenso de hombres con esta formación — de suizos, escoceses o nativos de Nueva Inglaterra, para mencionar ejemplos familiares.

La frontera de conexión entre las tierras de pastoreo y campos de avena, la cual une tanto como separa al pastor del campesino pobre, es igualmente de gran impulso cultural; testimonios de ello son las riquezas en canciones regionales y narraciones, en música y danza, como también su capacidad para el pensamiento especulativo.

El granjero

Pasemos ahora al campesino más rico, el cual vive en las profundas y fértiles tierras de labranza que hay en la llanura y que antes fueron praderas: el granjero y su trigo alto de espiga robusta que le proporciona buen pan blanco para comer y un amplio excedente para vender. Aquí, con las grandes cosechas, hay mejor ganado vacuno y caballos más fuertes, y queda siempre un excedente habitual para mejores viviendas con agradables jardines. En estas tierras puede sustentarse una población mucho mayor, de modo que en vez de casas aisladas encontramos ahora aldeas bastante grandes y ricos mercados —que en el pasado, a menudo, tenían murallas y sólidas puertas.

La antigua historia de Caín y Abel es claramente la versión pastoril de la tensión inmemorial y universal existente entre el agricultor y el pastor. Pese a toda la espiritualidad de la cultura pastoril, sus caravanas no siempre pagaban debidamente con lana el grano que tomaban, y el granjero tuvo que construir y amurallar sus ciudades para lograr paz y seguridad. ¿Dónde excepto en la pacífica Inglaterra y su hija la gran América del Norte, ha podido el granjero vivir en su tierra con libertad, con esa libertad que para ambas ha pasado a ser cosa corriente? Las grandes distancias, que vemos diariamente recorridas entre la aldea cercada hasta el campo abierto desde Francia hasta la India —y que tanto empobrece a todos los interesados— expresa la historia general de la antigua vida agrícola, demasiado a menudo cargada de peligros procedentes del exterior.

De nuevo, veamos cómo la profesión jurídica ha surgido fundamentalmente de las necesidades de los pueblos agricultores, ya que, de todas las ocupaciones, la del granjero es la que más necesita de acuerdos vinculantes y registros exactos de la posesión de tierras, la venta de cosechas, etc. Todo esto se convierte en contratos, que los ancianos reunidos en tribunal pueden poner en ejecución.

Además, es el trabajo del granjero el que produce las principales bebidas, la cerveza en el norte y el vino en el sur; y así hallamos la bodega y la taberna que, a medida que se desarrollan las castas y la riqueza, pronto se tornan círculos exclusivos, dando así nacimiento a los clubs. Hablar de negocios en compañía apropiada suelta la lengua y le da mayor campo de acción. En tales reuniones, se lleva a cabo un fenómeno de interacción entre el punto de vista concreto del granjero y el punto de vista más abstracto; las discusiones llegan al campo de la política y poco después la oratoria parlamentaria surge espumeante del jarro de cerveza y burbujea en el vaso de vino. No sólo es un chiste popular que la evolución social y constitucional se ha desarrollado paralelamente al arte de fermentar bebidas.

No es necesario que nos ocupemos aquí de la transformación de la agricultura en la horticultura y los cultivos intensivos, como ocurre en la antigua tradición de China, podemos pasar ya a la última en nuestra serie de ocupaciones principales: la de mar.

El pescador

Los antropólogos nos dicen que la mujer inició el movimiento sobre el agua en torrentes y ríos, pero cuando se pasa a la navegación marítima, el hombre debe ocupar su lugar en la embarcación y la mujer debe ocupar su lugar en tierra; adquiriendo en consecuencia una individualidad fortalecida y el sentido de confianza en sí misma, como confirman por igual antiguos relatos y observaciones actuales. Pues no es simple coincidencia que el inicio de los modernos movimientos feministas se haya dado esencialmente a lo largo de los litorales marítimos de los mares septentrionales, desde los cuales se han difundido lentamente por el interior.

El pescador se siente tentado a aventurarse fuera del fiordo o el río con salmones para buscar arenques y bacalaos y así se vuelve más audaz. En una embarcación más grande, la tripulación debe estar organizada con más disciplina para que tenga eficacia en un medio tan arduo, que reclama rápidas decisiones y obediencia y no deja tiempo para discutir. Por otra parte, el pescador en el mar puede reproducir a la caravana en tierra y hacerse mercader-aventurero, transportador de pasajeros, emigrante y barco-correo. Y puesto que, como ocurre con el cazador, su vocación es la de quitar la vida, no la de cuidarla, y como innumerables ocasiones de disputa se dan entre el navegante y los hombres de tierra firme, y entre pescador y pescador, bien pronto tiene que viajar armado. La paulatina combinación del arte de la navegación con la filibustería y la piratería, así como su más paulatina separación en marinas, mercante y de guerra, con frecuencia se ha repetido en la historia.

Conclusión

¿Cuál es, por último, el valor de esta especie de análisis de las ocupaciones?

En primer lugar, como un esquema general y preliminar para estudios antropológicos e históricos más completos, región por región y edad por edad hasta llegar hasta nuestra propia tierra en nuestros propios tiempos. Pero, en segundo lugar, como esencia misma del análisis social que es necesario para cada región y cada ciudad si queremos comprenderlas realmente; y aún más si nos abrimos camino hacia el mejoramiento y desarrollo regionales, hacia el perfeccionamiento de las ciudades y el diseño urbano.

A partir de estas pocas y, al parecer, sencillas ocupaciones se han desarrollado todas las demás. Seguir el curso de estas transformaciones equivale, pues, a dar con la explicación de la individualidad, de la singularidad, de cada una de las poblaciones y ciudades de los hombres y al mismo tiempo, empero, comprender sus múltiples semejanzas, región por región.

A medida que se desarrollan nuestras investigaciones empezamos a sentirnos cómodos en nuestra región, a través de su tiempo y su espacio hasta llegar al día de hoy. Desde aquí, el pasado y el presente sólo pueden abrirse hacia lo posible. Pues nuestra indagación de las cosas tales cuales son —es decir, tales como han llegado a ser— debe siempre sugerir ideas relativas a su transformación ulterior, esto es, a sus futuras posibilidades. De este modo podrá verse que nuestras investigaciones tienen un interés práctico que va más allá de su interés puramente científico. En una palabra, la investigación prepara el Plan y apunta a éste.

A lo largo del precedente examen hemos visto que nuestros métodos de investigación ofrecen puntos de vista y perspectivas que son diferentes de los acostumbrados. Pero, hasta el presente, la acción local, cívica y política se han interesado demasiado poco en investigaciones de esta amplitud. Hasta los geógrafos regionales y los urbanistas no han captado debidamente la importancia de esta labor: su importancia, por una parte, para la educación de cada comunidad y de todas las comunidades y también para su mejor organización material y económica así como para su organización social y cultural. Así como en el aspecto científico nuestras investigaciones van reuniendo todos nuestros estudios especializados, en el aspecto práctico sugieren posibilidades de servicio social mediante la cooperación cívica e individual. Implican simultáneamente la conservación y desarrollo de todo lo mejor que podemos hallar en nuestras regiones y nuestras ciudades, junto con su diagnóstico y tratamiento cada vez más eficaces de sus respectivos males.

En resumen, estamos ante lo que constituye al mismo tiempo un movimiento científico y práctico. Por este medio nuestras especializaciones dispersas e inconexas pueden ser coordinadas hasta constituir una visión sintética y una comprensión evolutiva unificada, región por región. Del mismo modo, nuestra múltiple división del trabajo puede así ser armonizada y orquestada para el bien común. Mediante tales estudios tanto los orígenes naturalistas como humanistas de cada región son investigados, con una interpretación mejor, en consecuencia, de cada una de ellas en el presente. Así estamos en condiciones de advertir diversas posibilidades, entre las cuales nos corresponde buscar la mejor. El movimiento se extiende así a los más amplios ámbitos de aplicación y objetivos —sintéticos, sinérgicos y comprensivos.

Tales estudios deben ser siempre desapasionadamente científicos. Nuestro objetivo es ante todo y sobre todo ‘ver las cosas como son’ y, entonces, coordinarlas con otras cosas, hasta que alcancemos una imagen mental de cada una de nuestras regiones y comunidades con todas sus particularidades de lugar, trabajo y gente, a través del pasado y en el presente, en todo lo cual lo bueno y lo malo están curiosamente entremezclados. Así, nuestra ciencia sólo puede impulsarnos a actuar, nuestro diagnóstico a efectuar un tratamiento. Con un conocimiento más detallado que antes, la acción social tenderá a ser más certera y eficaz. Como consecuencia de esta visión más clara, podemos abrigar esperanzas y esforzarnos de nuevo por superar y desbaratar los males, a veces incluso transmutándolos en ideales; y así, por ejemplo, pasar de la guerra con sus buitres y águilas a la reconstrucción con su fénix, o pasar del miedo, el odio y la cínica desesperación a ideales sociales. Nuestra vida social e individual puede así tornarse más civilizada y desarrollada a medida que utilicemos todo lo mejor que nos brinda nuestra historia anterior, aplicándose a fases aún más elevadas de actividad social.

Mediante la comprensión de nuestras regiones y nuestras ciudades no podemos sino vitalizarlas y desarrollarlas en cuanto a lugar, trabajo y gente; y en cada caso la propia gente estará creando lo mejor en su propio lugar. Así Holanda ha hecho al holandés, pero el holandés ha hecho a Holanda; y esto en alternancia y armonía a través de generaciones.

En resumen, nuestras indagaciones geográficas e históricas nos aportan cada vez más una filosofía, una ética y unos principios políticos para la vida social, en la que lo mejor de cada una de las diversas y divergentes escuelas de pensamiento y acción pueden colaborar cada vez más entre sí.


Notas


[1]: Transcripción de una de las conferencias pronunciadas por el autor en la New School of Social Research, publicada en:

Geddes, Patrick  (1949)   Cities in evolution   New and Revised Edition by Jacqueline Tyrwhitt. London: Barnes and Nobles, 1949. 

Geddes, Patrick  (1960)   Ciudades en evolución   ciudad: Buenos Aires. Editorial Infinito. Versión castellana de Enrique Luis Revol, a partir de la edición inglesa de 1949. 


[2]: Croft: pequeña finca. Se podría asimilar el término crofter a minifundista. N. de T.


Edición del 26-1-2012
Traducción: Enrique Luis Revol
Javier Moñivas Ramos

Revisión: Carlos Jimènez Romera
Mariano Vázquez

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