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Boletín CF+S > 45: La reina roja > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n45/ae-desarrollo.html   
El nuevo desarrollismo ecológico [1]
Antonio Estevan
Ondara (España), 1998.

Desde hace años, la perspectiva ecológica ha pasado a formar parte del mundo de lo políticamente correcto, mientras que las posiciones explícitamente antiecológicas se encuentran en vías de franca extinción, al menos en los países que ya han sido desarrollados. La instalación de un nuevo concepto de amplio alcance en la esfera de lo políticamente correcto, sobre todo si se produce tras un violento rechazo inicial, puede sugerir que se ha producido una cierta batalla ideológica, y que la nueva posición la ha ganado. Sin embargo, los hechos no confirman este cambio.[2] El medio ambiente, la protección de la naturaleza, el equilibrio ecológico, y demás elementos clave del vocabulario ecológico, están en todos los discursos y en todos los programas políticos. Pero otra cosa muy distinta son los significados que estos conceptos han ido adoptando, y cómo se han ido produciendo sus correspondientes evoluciones semánticas.

Precisamente, uno de los aspectos más contradictorios de la evolución social registrada en este último cuarto de siglo es la conjunción de una creciente conciencia ecológica con un comportamiento crecientemente antiecológico, tanto en el plano individual como colectivo. Los datos disponibles lo indican claramente (ver Cuadro 1): los daños infringidos a la Naturaleza, tanto en los países que ya han sido desarrollados como en los que están siéndolo en la actualidad, no hacen más que aumentar, tanto en términos agregados como si se calculan por persona; y ello pese a la continua predicación ecológica y a los esfuerzos tecnológicos que se han venido realizando para ocultar o suavizar la destrucción.

Interrogarse sobre las causas de esta peculiar evolución sigue siendo un ejercicio interesante, especialmente ahora que se están desvaneciendo las posibilidades de que los hechos cambien de modo sustancial a corto o medio plazo en la evolución del conflicto ecológico. La tarea que ahora se abre es la de intentar desentrañar las razones por las que, en menos de quince años, se han esfumado las esperanzas de que el imperativo ecológico forzara una profunda transformación en el modo de producción del capitalismo industrial.

La búsqueda de señales alentadoras

¿Es posible identificar algunas señales fehacientes de la aparición de cambios estructurales en el modo de producción industrial capitalista en las últimas décadas, como cabría esperar de la profundidad de la crisis y de su ya largo período de gestación a la vista de todos, con un reconocimiento generalizado de la importancia y la gravedad del problema? Con el mismo entusiasmo con que en su momento algunos núcleos de reflexión del movimiento ecologista se lanzaron a buscar las claves teóricas de la inexorable reestructuración ecológica del sistema capitalista, en los ámbitos más institucionalizados del pensamiento ecológico se han realizado en los últimos años notables esfuerzos para responder a esta pregunta, intentando hallar pruebas de que la nueva gran transformación ya está en marcha.

El principal producto de estos esfuerzos se condensa, de modo más o menos explícito, en torno a la tesis de la desmaterialización de la economía, que significa esencialmente que cada vez se produce más valor económico por unidad de recursos naturales consumidos. Si se sigue avanzando en esta línea, el crecimiento económico podrá continuar indefinidamente, al ir haciéndose cada vez más independiente de los recursos naturales, y menos destructivo de éstos. De este modo, el equilibrio ecológico podrá ser preservado sin necesidad de detener el crecimiento económico. Y no sólo eso, sino que, además, cuanto mayor sea el crecimiento económico, mayores recursos económicos y tecnológicos se podrán liberar para desmaterializar aún más la economía. A este círculo virtuoso se le viene llamando últimamente desarrollo sostenible.

La más reciente y ampliamente celebrada aportación en este sentido es el informe Factor 4, producido en colaboración por dos de las instituciones más prestigiosas del ambientalismo internacional: el Rocky Mountain Institute, de Snowmass (Colorado, EE.UU), y el Club de Roma. La tesis básica de este informe es llamativa: la aplicación de nuevas tecnologías permitiría, a grandes rasgos, producir el doble de los principales bienes y servicios de valor económico, utilizando la mitad de los recursos naturales que hoy en día se aplican a ello: la eficiencia ecológica se multiplicaría por cuatro, quedando sobreentendido que de este modo se superaría la crisis ecológica global. De ahí el título del libro, que por cierto, acepta de entrada la reconfortante idea de que es necesario duplicar la producción de bienes y servicios en el seno del mercado, no escapando de esta necesidad, en muchos casos, ni siquiera los países que ya han sido desarrollados.

Los estudiosos de la economía ecológica saben bien que nada de todo esto es esencialmente nuevo. La idea de que la crisis ecológica puede tener una solución básicamente tecnológica ha acompañado desde su nacimiento al movimiento ecologista, unas veces desde dentro del propio movimiento, y otras, las más, desde fuera del mismo, en forma de crítica a las percepciones negativas del ecologismo sobre los límites del modo de producción industrial.

El consumo de energía como indicador ecológico global

Pero lo interesante no es ver si estos planteamientos son nuevos, sino si son ciertos, al menos en la forma que adoptan aquí y ahora. ¿Es verdad que la economía se está desmaterializando? ¿Existen pruebas que demuestren que el capitalismo industrial ha comenzado a reestructurarse, aunque sea de modo incipiente, reduciendo la presión sobre los recursos naturales mientras continúa su crecimiento, y abriendo de este modo la vía para la superación histórica de la crisis ecológica?

Es sabido que el consumo de energía es uno de los indicadores predilectos de quienes trabajan en torno a los problemas ecológicos. Existen buenas razones para esta preferencia. En primer lugar, el consumo de energía es un indicador sintético, esto es, resume en sí mismo una gran variedad de efectos ambientales, algunos de ellos muy graves. No sólo está directamente asociado a la emisión de CO2 y la consiguiente alteración del clima, sino también al desarrollo del transporte —con sus múltiples secuelas territoriales y de contaminación—, al incremento de los procesos industriales, a la artificialización de la agricultura y a los procesos de urbanización.

Por otra parte, es un indicador globalmente benigno o prudente. Los efectos ambientales negativos de un incremento del consumo de energía se amplifican cuando la energía se utiliza en la mayoría de las aplicaciones. Si se duplica el consumo de energía en transporte, los restantes efectos ambientales (ocupación de suelo, contaminación, ruido, fragmentación de ecosistemas por las infraestructuras, etc.) se ven mucho más que duplicados. En algunos sectores esta relación es exponencial. De modo que si se usa el consumo de energía como un indicador genérico del deterioro ecológico se estarán obteniendo valoraciones muy inclinadas del lado de la prudencia.

Si el consumo de energía puede ser considerado como un termómetro sintético y prudente del deterioro ecológico, debería de ser una de las variables en las que antes comenzasen a apreciarse los efectos de la desmaterialización de la economía, y en general, de la reestructuración ‘ecológica’ del modo de producción industrial capitalista. De hecho, las reducciones de los consumos energéticos que siguieron a las crisis de los precios energéticos de 1973 y 1981 fueron uno de los datos esgrimidos con más insistencia en los trabajos en favor de las tesis de la desmaterialización de la economía y el optimismo ecológico histórico, elaborados en los años ochenta y primeros de los noventa.

Ahora ya ha pasado algo más de tiempo y comienzan a estar disponibles algunas series históricas de datos representativas de la «vuelta a la normalidad» de la economía, tras haberse superado cumplidamente las crisis de precios energéticos citadas y los desórdenes de toda clase que ocasionaron en la economía internacional. Del examen de la evolución de los consumos energéticos entre 1986 y 1995, según los datos oficiales de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), es posible extraer algunas conclusiones de interés:

Interesa por último puntualizar que entre los países ajenos a la OCDE se encuentran todos los que están siendo desarrollados en el Pacífico Asiático, cuyos incrementos de consumo energético en la década fueron los mayores del planeta, oscilando entre el 52 por ciento de China y el 172 por ciento de Tailandia. Imagine el lector lo que pasó en África, Latinoamérica, Bloque ex-soviético, etc, para llegar con estos sumandos a una media del 10,1 por ciento de incremento global fuera de la OCDE.

El panorama arriba descrito no parece muy acorde con los efectos energéticos que cabría esperar de un proceso de desmaterialización tecnológica de las economías desarrolladas. Donde sí se está desmaterializando la economía es en las zonas más desfavorecidas del planeta, por razones que, por su pura obscenidad, es preferible no entrar a detallar.


Cuadro 1: Consumo de energía per capita (en Tep/hab)

Elaboración propia sobre datos de AIE (1997)

i-ae-desarrollo-01.png

 

Año198619871988198919901991199219931994199595/86 (en %)
EE.UU 7,797,998,258,348,278,178,198,288,368,458,5
Canadá9,929,9910,5910,7110,439,659,719,8910,009,980,6
Japón3,233,303,483,593,673,843,864,004,194,3133,7
Alemania4,744,714,714,544,564,494,454,374,254,24-10,3
Italia2,792,932,973,083,043,123,133,033,013,2114,9
Francia 3,803,833,753,863,964,154,144,093,994,097,7
UK3,974,024,034,134,124,194,074,174,224,267,4


El comportamiento energético del núcleo del capitalismo industrial

Puede ser ilustrativo examinar ahora con cierto detalle lo que está ocurriendo dentro de la tríada EE.UU-Japón-Europa. Todos los grandes países industrializados, excepto Alemania, aumentaron sensiblemente su consumo energético entre 1986 y 1995. Si Alemania no lo hizo, fue debido a la reunificación: para mantener la coherencia de las series, entre 1986 y 1990 hay que sumar los datos de las dos antiguas Alemanias de la Guerra Fría. Entre 1986 y 1990 el consumo de energía aumentó en la RFA, mientras caía rápidamente en la RDA, ya sumida en una crisis terminal. Con el rápido desmantelamiento de la obsoleta industria de Alemania Oriental a partir de la reunificación, el consumo alemán de energía cayó sensiblemente entre 1991 y 1995. De modo que la brillante comparación ecológica que ofrece Alemania entre el comienzo y el fin de la década analizada resulta de sumar los efectos del declive de la industria oriental antes de la reunificación y del desmantelamiento posterior de la misma.

El siguiente paso es comparar los consumos por persona en cada uno de estos países. Ahora las cosas parecen algo distintas, al menos en una primera lectura: el consumo por persona en EE.UU (8,45 Tep/hab) y Canadá (9,98 Tep/hab) es disparatado, y además en EE.UU sigue creciendo sensiblemente. Japón arranca de cifras relativamente prudentes (3,2 Tep/hab en 1986), pero crece a toda velocidad (33,7 por ciento en la década), de modo que siendo el sexto de la lista en 1986 (sólo por delante de Italia), se ha situado en tercer lugar en 1995, con 4,3 Tep/hab. Los países europeos aparecen ahora como algo más sensatos: su consumo absoluto (en torno a 4 Tep/hab) no es comparable al de los norteamericanos, ni su crecimiento es comparable al de Japón.

¿Están ofreciendo los grandes países europeos el buen ejemplo ecológico que tanto necesita el mundo? Ya se explicaron anteriormente las peculiares bases de la evolución alemana, pero hay otros factores de fondo que añaden algo más de luz al conjunto de la evolución europea.

La contabilidad ecológica creativa de la Unión Europea

El World Resources Institute de Washington, el Wuppertal Institute de Alemania, y otras instituciones de investigación de los Países Bajos y Japón han terminado recientemente una investigación conjunta de gran interés[3]. Han seguido la pista a los flujos físicos sobre los que descansa la economía de cada uno de estos países, contabilizando no sólo los flujos que se producen dentro de sus fronteras, sino también los que vienen incorporados en los productos importados, y descontando, según los mismos criterios, los flujos asociados a los productos exportados.

Como unidad de medida de los flujos físicos, este trabajo utiliza el concepto de Requerimiento Total de Materiales (RTM) de un determinado sistema económico nacional, en el que se incluyen tanto los materiales —energéticos y no energéticos— directamente incorporados a la producción, como los que quedan escondidos en forma de residuos, escombros, escorias, etc, y los que quedan irreversiblemente alterados en las diversas fases de la producción (suelos perdidos por erosión, materiales removidos y desechados en la minería, etc).

Los resultados de esta investigación indican que el RTM por persona de los dos países europeos analizados (Alemania y los Países Bajos) era en 1993 de 86 y 84 Tm, respectivamente. Estados Unidos presentaba también un total de 84 Tm. Pero además, el componente de combustibles fósiles del RTM era en Alemania sensiblemente superior al de Estados Unidos. La gran diferencia de las economías europeas con la norteamericana es la fracción del RTM que se produce fuera del país: mientras en Estados Unidos, país altamente autosuficiente en materias primas, esta fracción no alcanza el 10 por ciento del total, en Alemania supera el 35 por ciento, y en los Países Bajos llega hasta el 70 por ciento.

Lo menos que se puede decir de los resultados de esta investigación —cuya completa interpretación requeriría, obviamente, numerosas matizaciones— es que comienza a poner en su sitio a la ecológica Europa. Resulta que, dado que la economía europea está mucho más internacionalizada que la norteamericana, buena parte de sus consumos materiales y energéticos se producen fuera de sus fronteras, de modo que no aparecen en sus estadísticas internas. Los bajos impactos ecológicos europeos no son, en realidad, más que una versión ecológica de la contabilidad creativa que tan de moda se puso en Europa para la preparación del examen de Maastrich.

La partida de Kyoto vista desde debajo de la mesa

Ahora es el momento de recordar Kyoto. Resulta que más que una cumbre del clima, lo que se organizó en Kyoto fue una cumbre de tahúres y jugadores de ventaja, bien provistos de cartas marcadas y ases en la manga, y hasta en los calcetines. Es interesante analizar sobre todo la posición de la Unión Europea, que se convirtió en el eje de la cumbre, con su propuesta global de reducción del 15 por ciento de las emisiones en el año 2010.

En pleno proceso de la dura convergencia de Maastricht, y con la aún más dura convergencia post-Maastricht a la vista, la Unión Europea necesitaba desesperadamente maquillar su imagen política, para cambiar la penosa opinión que el proyecto de unificación estaba y está suscitando en un número cada vez mayor de ciudadanos. Para ello, Kyoto le brindaba una oportunidad única de presentarse como líder mundial de la noble causa ecológica frente a Estados Unidos y Japón, lo que constituiría un motivo de gran orgullo para los ciudadanos europeos, siempre recelosos de los norteamericanos y temerosos de los asiáticos. Pero, por supuesto, había que conseguirlo sin que le costase ni un céntimo a la industria europea, y menos aún a las haciendas públicas estatales, que pedían limosna a las puertas de Maastricht.

Para preparar su posición, la Comisión Europea echó bien sus cuentas y se percató de que en 1990, año que se tomaba como referencia para el cómputo de la reducción de emisiones, Alemania estaba recién reunificada, pero la industria de Alemania Oriental todavía no había sido desmantelada. Además, las últimas ampliaciones habían incorporado a Austria, Finlandia y Suecia, que cuentan con grandes recursos hidroeléctricos (no emisores de CO2) y que contribuyen también a estabilizar las medias europeas de emisiones. Sumando estos efectos ‘ecológicos’ de la geopolítica europea, resulta que las emisiones políticamente computables de la Unión Europea eran a mediados de la década actual similares, en orden de magnitud, a las de 1990.

Con estos ases en la manga, la UE tenía un buen margen de maniobra para hacer una apuesta fuerte en la primera mano del juego. Sabiendo que EE.UU jamás aceptaría reducciones sustanciales y que Japón siempre tomaría como referencia la posición americana, la delegación europea jugó de salida el farol del 15 por ciento, con la garantía de que cualquier resultado del juego le resultaría beneficioso: si no había acuerdo, obtendría una gran ganancia de imagen institucional y manos libres en la política energética; si, como finalmente ocurrió, se llegaba a un acuerdo de mínimos, la ganancia de imagen se mantendría, a cambio de retoques irrelevantes en la política energética: las mejoras tecnológicas y las operaciones de deslocalización ya programadas en diferentes sectores productivos, así como la progresiva implantación del gas natural como fuente energética básica en el ámbito industrial y doméstico, podrían ofrecer por sí solas las mínimas reducciones de emisiones en Europa acordadas en Kyoto.

La delegación americana, por su parte, iba a Kyoto con un objetivo muy claro: que no se hablara de los niveles absolutos de emisión, que en su caso son obviamente indefendibles, sino de porcentajes de cambio. Sin duda lo consiguió, con la inestimable ayuda del farol europeo, que concentró toda la atención de los medios de comunicación en los famosos porcentajes, ocultando el hecho clave de las diferencias internacionales en los consumos por persona. Además, el juego de buenos (el equipo presidencial) y malos (el senado y los lobbies industriales) escenografiado en la cumbre, y también a nivel doméstico norteamericano, ofreció el impagable resultado añadido del reforzamiento de la imagen ecológica del gobierno de Washington, que alcanzó su clímax con la teatral aparición del ecologista vicepresidente Gore en el escenario de Kyoto.

Por último, al gobierno de Japón, consciente de la crisis económica que se le viene encima como consecuencia de la extrema corrupción y la deriva mafiosa de su sistema de conglomerados político-financiero-industriales, los problemas ecológicos le traen, ahora todavía más que nunca, que ya es decir, estrictamente sin cuidado. El hecho de que la cumbre se celebrara en casa le obligó a mantener posiciones diplomáticamente correctas, pero voluntariamente desdibujadas y eclécticas en el plano ecológico: las consecuencias de la crisis ya conducirán por sí solas a una cierta reducción de las emisiones, y en todo caso, si los compromisos no se cumplen, no pasará nada, especialmente para un país ubicado en el escenario del Pacífico Asiático, en el que los incrementos de emisiones van a ser espectaculares.

La real-politik ecológica: oportunismo político y manipulación del lenguaje

Comparando los hechos arriba descritos con la imagen de la cumbre de Kyoto ofrecida por los medios de comunicación, comienzan a aparecer los elementos sustanciales del tratamiento que está recibiendo la crisis ecológica en el mundo industrializado en este final del siglo, esto es, de la real-politik que se practica en los temas medioambientales.

La consolidación de los principios ecológicos en el mundo de la terminología políticamente correcta ha despertado el interés de los gobiernos hacia el debate ecológico como potencial fuente de imagen, rentabilizable ya sea en términos electorales a nivel nacional, o en términos propiamente geopolíticos en la política de bloques, como en el caso de la actitud de la Unión Europea en la cumbre de Kyoto.

La construcción de vocabularios políticamente correctos desempeña un papel central en la política-espectáculo que predomina en el mundo institucional actual. Esta es una regla prácticamente universal de la que no tenía porqué escapar el conflicto ecológico. Para facilitar el tránsito de un conflicto desde el mundo de los problemas sociales (crisis ecológica, discriminaciones por género, raza, etc) hacia el mundo de las soluciones de la política-espectáculo (política ambiental, políticas de igualdad, etc), es necesaria una reelaboración conceptual de los mismos que puede encontrar un gran apoyo en la renovación del lenguaje. Sin salir del campo de la energía, es posible encontrar un magnífico ejemplo de estos procesos de renovación terminológica en las sucesivas denominaciones que se les ha ido asignando a las energías no convencionales.

Cuando, en los inicios del movimiento ecologista, comenzó a prestarse atención a las energías eólica y solar, se las solía denominar como energías libres. El adjetivo libres tenía un claro significado político que resultaba inadmisible desde la perspectiva institucional, de modo que esta denominación nunca llegó a ser incorporada plenamente al lenguaje institucional. En su lugar, las instituciones utilizaron inicialmente la denominación de energías limpias, que resultaba muy adecuada en un momento en el que los problemas ambientales se identificaban casi exclusivamente con la contaminación.

No obstante, aunque el adjetivo limpias era suficientemente aséptico (¿cómo no iba a serlo?) desde el punto de vista político, también ponía demasiado en evidencia a las energías sucias. En consecuencia, pronto comenzó a ser sustituido por el de energías alternativas, expresión generada inicialmente también en el seno del movimiento ecologista, pero que tenía una lectura aceptablemente positiva desde el punto de vista institucional: el adjetivo alternativas tenía un claro sentido tecnológico, muy adecuado en los tiempos de la reconversión industrial y la entrada en tromba de las nuevas tecnologías, y además permitía situar bajo su manto a la energía nuclear de fusión.

En los años noventa, la prioridad pasó a ser la de mostrar a la sociedad —siempre necesitada de noticias positivas— los avances ya logrados en la introducción de fuentes de energía ecológicas, y los ambiciosos programas que se iban a abordar en el futuro en este terreno. Misteriosamente, las energías alternativas comenzaron a ser denominadas como energías renovables. El adjetivo renovables permitía computar la energía hidroeléctrica entre las fuentes de energía amigas del medio ambiente. Primero se empezó con las minicentrales, y actualmente la energía hidroeléctrica convencional ya se incluye en los anuarios de energías renovables. Construir grandes embalses vuelve a tener sentido ecológico. Incluso la incineración de residuos ha comenzado a computarse oficialmente en estos últimos años dentro de las energías renovables. Nadie puede discutir que la generación de residuos se renueva constantemente.

Ahora ya se pueden ofrecer a la opinión pública europea objetivos tan loables como el de alcanzar el 12 por ciento de energías renovables en el 2010 en el conjunto de la Unión. El público puede pensar que por fin las instituciones van a apoyar masivamente las energías solar y eólica: de eso se trata, de que el público tenga cosas agradables en las que pensar. En realidad, en este porcentaje se suman: la energía hidroeléctrica de siempre como renglón principal; la nueva valorización energética de los residuos (esto es, la incineración); un poco de energía eólica, que resulta muy llamativa mediáticamente por la espectacularidad de los molinos; y de solar casi lo mismo que antes, o sea nada, porque sigue siendo la que menos abunda en los países del Norte, y la más difícil de centralizar.

Renovables tampoco parece que vaya a ser el apellido definitivo para las energías presentadas como «amigas del medio ambiente». Comienza a escucharse últimamente el calificativo de energías sostenibles, definidas según la noción de sostenibilidad del famoso Informe Brundtland. Este adjetivo permite nuevas licencias ecológicas de grueso calibre, como la de incluir como sostenible nada menos que al carbón, cuyas reservas son virtualmente inagotables, y por tanto se dice que son sostenibles para las generaciones futuras. Claro que para ello es preciso inventar nuevos sumideros de carbono (las repoblaciones forestales, los cultivos energéticos, el plancton oceánico, o lo que sea), o incluso negar la certidumbre del efecto invernadero, o todavía más, afirmar que sus efectos pueden acabar siendo globalmente beneficiosos.

La coherencia y la eficiencia de la real-politik ecológica

Así se está ventilando actualmente la política ecológica, tanto en el plano global como a nivel nacional o local. Si las condiciones naturales de producción se degradan en unos países o territorios, ya sea por el agotamiento del sustrato de recursos o por la negativa de la población a aceptar mayores umbrales de deterioro ambiental, la respuesta más inmediata es la de deslocalizar la producción más contaminante y más devoradora de recursos hacia otros lugares en los que todavía queda espacio ecológico y en los que su propia población no está en condiciones de apropiarse de él. Esto es lo que se ha venido haciendo en Europa en los últimos veinte años, y así se explican los indicadores ecológicos relativamente moderados y estables de los grandes países europeos.

La globalización económica, que es una imposición de los gobiernos de los países del Norte sobre sus propios trabajadores y sobre el conjunto de los países del Sur en el marco de la geopolítica global, resulta de gran ayuda en este sentido. Impone la liberalización de cualquier clase de comercio o de cualesquiera factores productivos, excepción hecha, claro está, del factor trabajo, o sea de la gente, que no es autorizada a moverse de donde está. Tampoco los impactos ambientales se liberalizan: los costes ecológicos no viajan asociados a los productos o las materias primas cuando éstos son exportados desde los países pobres que soportan el deterioro ambiental ocasionado por su producción, hacia los países ricos que están en condiciones de pagarlos.

Aunque adquiera formas distintas a las que presenta en los países del Sur, en los países ya desarrollados también continúa el proceso de deterioro ambiental. En ellos, la política ecológica actual consiste básicamente en modificar la percepción social de la crisis a través del sistema de medios de comunicación. Así, se genera por un lado la ilusión de que se están produciendo mejoras que en la realidad son inexistentes, y por otro se oculta el estado real del medio ambiente a la población. De este modo se reduce el impacto ambiental, entendido como la valoración social de los daños ambientales, y se anula su posible proyección institucional a través de los mecanismos de representación política. En suma, bloqueando los cambios institucionales mediante el control de los resortes mediáticos y políticos, se elude la incorporación de los costes ecológicos al sistema de producción.

Con estos mecanismos políticos y mediáticos, el sistema productivo puede seguir operando como si la crisis ecológica simplemente no existiera. Lo que resulta realmente preocupante, y deja escaso margen para el optimismo, es que este comportamiento presenta una sólida lógica interna. No cabe explicarlo como la consecuencia de conductas deliberadamente egoístas o malvadas de unos pequeños círculos dirigentes, sino como la reacción lógica y predecible del sistema de producción industrial capitalista en su conjunto, en el marco de las condiciones políticas e institucionales que se han ido instaurando en el mundo en las últimas décadas, tanto en el plano global como en los planos nacionales.

En un marco de liberalización generalizada de los flujos de bienes, servicios y capitales, es mucho más eficiente explotar unas condiciones naturales de producción favorables, en lugares tan alejados como sea necesario de los lugares de consumo, que hacer frente al deterioro de esas mismas condiciones en los países en los que se ha acumulado la capacidad de compra de bienes, pero en los que ya no quedan ni los recursos naturales ni la tolerancia ecológica de la sociedad que serían necesarias para seguir sustentando la producción con un elevado margen de beneficio.

Igualmente, desde la lógica capitalista de la competencia generalizada por la búsqueda del beneficio inmediato, para los grupos de intereses afectados por problemas ecológicos, es mucho más económico y eficiente ocultar un problema o alterar su aspecto a través de los medios de comunicación que abordarlo en toda su profundidad económica: el bloqueo de los mecanismos sociales y políticos de reacción al deterioro ecológico que así se logra, con la colaboración activa de los gobiernos, es mucho más conveniente que la amortización precipitada de gigantescas inversiones para reconstruir los sistemas productivos en términos ecológicamente más compatibles.

Los gobiernos o, más genéricamente, las clases políticas, también se benefician de este enfoque del tratamiento de la crisis ecológica. Reelaborando los conceptos, la terminología y las políticas sectoriales (residuos, agua, transporte, energía, etc) para exportar u ocultar el proceso de deterioro ambiental, consiguen credibilidad institucional y rentabilidad ecológico-electoral a corto plazo; aunque a largo plazo, los procesos de degradación no sólo no se frenan, sino que se aceleran. Pero serán otros equipos y personajes políticos distintos de los actuales los que tendrán que responder por ello en su día. El sistema de selección de la clase política ya promocionará en su momento a los que sean capaces de inventar las mejores justificaciones mediáticas para las situaciones que se vayan presentando.

Conclusión: degradación de la democracia y deterioro ecológico

Indudablemente, el desalentador panorama de abusos y manipulaciones de la política ecológica arriba descrito no se podría tener en pie si existieran mecanismos de democracia política realmente operativos y con capacidad de incidencia social. Pero la poca o mucha representatividad democrática que se consiguió implantar en algunos países a lo largo del siglo XX está desapareciendo rápidamente. Los diversos complejos de intereses particulares, tanto empresariales como corporativos (clases políticas, clases científico-académicas, clases profesionales, etc), tienden de modo natural a ocupar el vacío de poder que van dejando los mecanismos democráticos nacionales, debilitados, cuando no anulados, en el proceso de globalización económica.

La democracia política, social y ecológica son conceptos entrelazados, si es que no son lo mismo. El deterioro de la democracia política avanza tan deprisa como lo hacen el deterioro ecológico y social, y viceversa. En estas condiciones sería muy ingenuo esperar una reconversión ecológica del capitalismo industrial. El error que arrastra desde su nacimiento el movimiento ecologista, o al menos una buena parte de él, es el de no haber comprendido que la confrontación ecológica no es una cuestión de técnicas productivas, y ni siquiera de comportamientos individuales, sino un aspecto más, y sólo relativamente nuevo en sus aspectos esenciales, de la eterna confrontación social. Al hacerse los recursos naturales más escasos, la confrontación social por la apropiación de la riqueza y el poder se recrudece en el terreno de la Naturaleza, en lugar de seguir centrándose esencialmente en el ámbito de lo político-institucional y lo económico-monetario.

No hay ni habrá solución real a los problemas ecológicos fuera de un contexto plenamente democrático. En la medida en que es más que probable que los contenidos reales de la democracia se sigan eclipsando globalmente durante un período incierto pero presumiblemente largo, no cabe esperar un tratamiento efectivo de la crisis ecológica en un horizonte previsible. En algún momento del siglo XXI se conocerá el desenlace de la crisis ecológica de la civilización urbano-industrial, en unos términos imprevisibles pero probablemente dramáticos, y sobre cuyos detalles resulta inútil especular.


Notas


[1]: Artículo publicado en el número 33 de la revista Archipiélago (1998) pp. 47-60. Existe otra versión en número 8 de Cuadernos del Guincho (2000) pp. 32-45.
[2]: N. de E.: Más de diez años después los hechos siguen dando la razón al autor: Aunque minoritarias las posturas negacionistas respecto al cambio climático, por ejemplo, están reverdeciendo. Un caso claro es el de José María Aznar, ex-presidente del Gobierno del Reino de España: mientras que estuvo en el gobierno incluso llegó a organizar magníficos cóckteles a favor del ‘desarrollo sostenible’, mientras que en los últimos tiempos describe las políticas de mitigación como un atentado a la libertad individual.
[3]: World Resources Institute. Resource Flows: the material basis of industrial economies. Washington, 1997.


Edición del 26-1-2012
Revisión: Susana Simón Tenorio
Mariano Vázquez

Edición: Mariano Vázquez
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