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Boletín CF+S > 45: La reina roja > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n45/ae-adios.html   
Adiós al tercer mundo
Antonio Estevan[1]
Ondara (España), abril [sic] de 1991.[2]


Índice General

 

«Desde hace una década, las obras teóricas sobre la economía del desarrollo escasean. Cuando una ciencia no tiene nada más que decir, se calla». Así iniciaba recientemente Hassan Zaoual (1991) la reseña bibliográfica de una de esas obras crecientemente raras acerca de los fundamentos de la crisis económica en África.

El presente trabajo no tiene ninguna pretensión teórica. La crisis del desarrollo en el Sur parece ser definitiva, y si acaso tiene alguna solución a largo plazo, desde luego no se hallará teorizando sobre ella desde el Norte. En las páginas que siguen se trata simplemente de aportar determinada información acerca de lo que ha estado ocurriendo en el Tercer Mundo en la pasada década, y de lo que parece probable que ocurra en la actual, en opinión de numerosos organismos y personas especializadas en el tema. Y se hace con la intención explícita de impulsar el debate sobre los problemas Norte-Sur en una sociedad como la española, que está concentrándose cada vez más exclusivamente en sus propios problemas y recreándose en la fascinación del ambiguo proceso de modernización que viene registrando en los últimos años.

1 El problema Norte-Sur: un producto del siglo XX

Está muy arraigada en las sociedades occidentales, incluso en numerosos medios especializados en el tratamiento de las cuestiones económicas, la idea de que las sustanciales diferencias de riqueza entre el Norte y el Sur provienen de épocas pasadas —fundamentalmente del colonialismo—, y de que las últimas cuatro décadas habrían conocido simplemente el fracaso, que algunos califican sólo de relativo, de los intentos de superar o aliviar tales diferencias.

Se trata probablemente de una visión errónea. Obviamente, las diferencias en el nivel medio de riqueza entre las poblaciones de las metrópolis y las de las colonias (o los países independientes del Sur) fueron flagrantes durante toda la larga etapa del colonialismo, y en la mayoría de los casos se agravaron a lo largo de ella. Pero el desequilibrio Norte-Sur, en los términos masivos y ya difícilmente superables en los que se presenta en la actualidad, es un problema característico de la segunda mitad del siglo XX.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha publicado recientemente (Maddison, 1989) uno de los escasos estudios cuantitativos de ámbito mundial que examinan las tendencias históricas del desarrollo económico. El trabajo opera sobre una muestra de 32 países que representaban en 1980 el 85 por ciento del PIB mundial, el 76 por ciento de la población y el 79 por ciento de las exportaciones. Sus resultados son, por consiguiente, altamente representativos del comportamiento de la economía mundial, con excepción de África, continente sobre el que posiblemente no se disponía de los datos históricos imprescindibles.

El criterio de comparación utilizado es el de las Paridades de Poder Adquisitivo Interno (PPAI) —en dólares internacionales y calculadas por Naciones Unidas en el Proyecto de Comparación Internacional—, en lugar de los índices de PIB por habitante convertidos en dólares mediante las tasas de cambio oficiales. Este criterio reduce considerablemente la apertura de rentas entre los diversos países. China, por ejemplo, tenía en 1987 un PPA de 2.124$, frente a un PIB per capita de sólo 274$. Por el contrario, Japón tenía un PPA de 13.135$, frente a un PIB per capita de 19.453$.

Según el criterio de la Paridad de Poder Adquisitivo (PPA), el japonés medio dispondría de nueve veces más riqueza que el chino medio. Según el criterio del Producto Interior Bruto (PIB), tendría setenta veces más. A grandes rasgos, el PPA representa mejor la capacidad de acceso a los bienes y servicios básicos (producidos y comercializados localmente en su mayor parte), mientras el PIB per capita representa mejor la capacidad de acceso a bienes y servicios intercambiables internacionalmente, que participan más en los consumos no básicos.


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Figura 1: Evolución económica global durante el siglo XX


Pese a la utilización de los índices de PPA —fuertemente igualadores—, la evolución a lo largo del siglo muestra en el estudio de Maddison la considerable divergencia de rentas que aparece en la Figura 1. Se observa cómo la distancia entre la OCDE y los demás grupos ha aumentado rápidamente a partir de 1950. En la figura se ha incluido también el PIB per capita en 1987 en cada región, en dólares de 1987, para mostrar cuál hubiera sido el punto de llegada de cada curva si las comparaciones se hubiesen efectuado con el criterio habitual del PIB, que probablemente representa mejor la capacidad de participación de los ciudadanos de cada país en el conjunto de la riqueza mundial.

A lo largo del siglo, las diferencias Norte-Sur han aumentado fuertemente, no sólo en términos absolutos, sino también en términos relativos. La relación entre el PPA de la OCDE y el de Asia, que era de 4,8 en 1900, había pasado a 8,3 en 1987 (11,1 excluyendo China). En términos de PIB per capita, la relación en 1987 era de 42,7, y ello pese a que la muestra de Maddison incluye a Corea del Sur y Taiwan.

Entre Latinoamérica y la OCDE el aumento de las diferencias relativas de PPA ha sido mucho menor: pasó de 3,0 en 1900 a 3,6 en 1987, aunque alcanzó un mínimo de 2,8 en 1950, que no ha hecho sino deteriorarse desde entonces. En términos de PIB per capita la relación OCDE/Latinoamérica era de 8,8 en 1987.

Como cabe suponer, la dispersión de las rentas entre los diversos países ha aumentado más que la de los grupos regionales tomados en conjunto, pero lo ha hecho de modo sorprendentemente intenso. En 1900, la relación entre las PPA del país más rico (Australia) y el más pobre (Bangladesh) era de 8,4. En 1987 el país más rico (Estados Unidos) tenía una PPA 36,1 veces superior a la de Bangladesh, que seguía siendo el más pobre. En términos de PIB per capita la relación entre estos dos últimos países en 1987 era de 107 a 1.

Del examen de estos datos, y de la observación de la Figura 1 con una perspectiva histórica, se desprende inevitablemente la asociación entre la etapa de mayor incremento de las diferencias Norte-Sur y la primera etapa de la hegemonía mundial de los Estados Unidos, que se inició al término de la Segunda Guerra Mundial y finalizó en la Guerra del Golfo, para proyectarse al futuro con una nueva modalidad todavía no bien conocida.

Esta relación se hace más evidente si se examina a grandes rasgos la situación en Asia Oriental y Suroriental, donde se han concentrado los casos de países con evoluciones económicas positivas en los últimos treinta años. En primer lugar se observa que China, que se ha mantenido al margen de la hegemonía política norteamericana gracias a su condición de potencia media, ha podido dirigir de modo independiente el proceso de apertura a la economía internacional que ha experimentado el país desde finales de los años setenta y ha logrado resultados positivos a lo largo de la década pasada, aunque muy matizables, según se verá posteriormente.

Los llamados cuatro tigres (Corea, Taiwan, Hong-Kong y Singapur), únicos países no europeos que han logrado salir realmente del subdesarrollo en la segunda mitad del siglo XX, fueron los puntos de apoyo del esquema militar americano-británico para la contención del comunismo en Asia a partir de los años cincuenta. En este sentido quizá les cuadrase mejor el calificativo de los cuatro baluartes, pues tal fue el papel que jugaron en el frente asiático de la guerra fría. Entre todos apenas representan un 3 por ciento de la población total de los países en vías de desarrollo en Asia.

Por último, en el llamado segundo cinturón del desarrollo en Asia, o grupo de países del Sudeste Asiático que iniciaron en los años setenta un proceso acelerado de desarrollo tratando de seguir el modelo del grupo anterior, se integran ciertos países de la región que en la década anterior habían apoyado abiertamente a Estados Unidos en la Guerra de Vietnam: Malasia, Tailandia, Indonesia...

Consideraciones similares acerca de la geopolítica del subdesarrollo podrían realizarse acerca de los continentes latinoamericano y africano, como uno de los principales telones de fondo de los contundentes datos estadísticos. La configuración actual del problema Norte-Sur cobra así un perfil de mayor coherencia con la evolución política mundial en su propio momento histórico, la segunda mitad del siglo XX.

2 La crisis de los años ochenta

En conjunto, los países del Tercer Mundo han conocido en los años ochenta una de las mayores crisis económicas de su historia reciente. En la Figura 2 se muestra la evolución del PIB per capita en las grandes regiones del Tercer Mundo a lo largo de la década.

Para el conjunto mundial de los países en vías de desarrollo (excluyendo China, pero incluyendo Corea, Taiwan, Hong-Kong y Singapur), el PIB per capita descendió a un ritmo medio del 0,1 por ciento anual entre 1980 y 1988 (UNCTAD, 1990a), y mantenía una tendencia similar en 1989 y 1990. Una situación como ésta no se había presentado desde la Segunda Guerra Mundial.

La relación directa entre el declive global en el Sur y la recuperación en el Norte está siendo reconocida por la mayoría de los analistas que abordan el conflicto Norte-Sur desde una perspectiva independiente. Recientemente, Etienne Balibar (1991) describía en Le Monde Diplomatique la década pasada como «una fase en la cual los países del Norte habían logrado exportar la crisis al Tercer Mundo, haciendo pagar su propia estabilización económica con la depauperación absoluta de los otros». En apartados posteriores del presente trabajo se aportarán algunos datos en esa dirección.


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Figura 2: Evolución del PIB/Habitante. 1981-1989

Fuente: Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD)


El declive global del Sur esconde realidades diferentes entre las diferentes regiones mundiales, así como dentro de cada una de éstas. Pero ello no cuestiona en absoluto la identifidad del problema del Sur como una situación unitaria, independientemente de las facetas específicas que ofrece. Samir Amin (1985) es taxativo en este punto, que resulta crucial en el enfoque del problema Norte-Sur desde una perspectiva política:

La reflexión no avanza demasiado con el redescubrimiento del tópico de la diversidad actual del Tercer Mundo, de los ritmos desiguales de su crecimiento en la época contemporánea, y especialmente de su industrialización, y de la variedad de funciones realizadas en el sistema mundial (proveedores de materias primas, de mano de obra o de productos industriales, etc.). La utilización de semejante trivialidad, valedera para cualquier época, a fin de negar la denominada teoría del centro-periferia o la existencia del Tercer Mundo, no responde a ninguna pregunta digna de ser planteada.
Amir, 1985
Las reflexiones que siguen para las diferentes regiones mundiales se encuadran en una visión unificada de los problemas del Tercer Mundo y de su profunda crisis de los años ochenta. Como se verá, en general y al margen de su localización geográfica, las economías más dependientes de los intercambios de productos básicos con el Norte, así como las que aceptaron una mayor cantidad de deuda en los años setenta, son las que han mostrado un mayor deterioro en los ochenta.

2.1 América Latina: la década perdida

En América Latina, la década de los ochenta ha quedado bautizada como la década perdida para el desarrollo y el progreso social y económico. En opinión de la CEPAL (1990a), este término «se queda corto» para describir la evolución económica regional durante los años ochenta. La Comisión señala que la pasada década «seguramente marcará un hito en la historia económica de la región». Efectivamente, en el conjunto de América Latina la crisis de los ochenta ha sido sustancialmente más prolongada y ha tenido efectos más negativos que la crisis del 29.

Entre los 24 principales países de Latinoamérica y el Caribe, sólo cinco (Cuba, Colombia, Chile, Barbados y República Dominicana) han logrado un incremento neto del PIB per capita entre 1981 y 1989. En siete de los restantes, el descenso ha superado el 20 por ciento en términos reales. En el conjunto de la región, la pérdida media ha sido del 8 por ciento, retrotrayendo en 1989 la producción por habitante a los niveles de 1977. En términos de consumo por habitante, la caída ha sido aún mayor, del orden del 13 por ciento entre 1980 y 1989, debido a las crecientes transferencias de recursos al exterior y a los sucesivos ajustes fiscales. El índice de precios al consumo en el conjunto de la región creció a lo largo de la década a un ritmo medio de casi el 200 por ciento anual.

La situación económica continuó empeorando aún más a finales de la década. Los datos provisionales de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) indican que en 1990 el deterioro del PIB per capita sobre 1981 alcanzaba ya el 10,1 por ciento, después de que la región registrase en ese año los peores resultados económicos globales desde 1983 (CEPAL, 1990b); y ello pese a que Latinoamérica en su conjunto es excedentaria en petróleo y obtuvo cuantiosos ingresos suplementarios en la segunda mitad del año por efecto de la Crisis del Golfo.

En Brasil, la mayor economía nacional del continente latinoamericano, el PIB descendió en 1990 en un 4,6 por ciento, la mayor caída en la historia económica del país. La renta por habitante bajó un 8 por ciento, la inflación alcanzó un 450 por ciento, la capacidad de compra se redujo en un tercio, y el salario mínimo descendió de 98 a 76 dólares mensuales.

En el conjunto del continente, las perspectivas para los años noventa se presentan con tintes bastante pesimistas. La inversión bruta fija ha ido declinando desde el entorno del 23 por ciento del PIB en que se situaba a principios de los años ochenta hacia el entorno del 16 por ciento a principios de los noventa. La deuda ha continuado aumentando ligeramente, sin que el Plan Brady acordado en 1989 para su reducción ofreciese resultados relevantes para el conjunto de la región. Más del 70 por ciento de las exportaciones de la región continúan dependiendo de productos primarios —cuyos precios en términos reales, para la cesta de productos básicos de exportación latinoamericanos, representaban en 1989 el 72,3 por ciento del nivel de 1981, o el 80,5 por ciento si se excluye el petróleo.

Latinoamérica se enfrenta a la década de los noventa con graves deterioros acumulados en los sistemas educativo, sanitario y asistencial, con las infraestructuras fuertemente erosionadas por años de recortes continuos en la inversión pública, y con un largo rosario de megalópolis en crecimiento explosivo que son ya de hecho ingobernables. La epidemia de cólera en Perú, que amenaza con convertirse en endemia dadas las condiciones de las infraestructuras sanitarias del país y que parece estar extendiéndose a los países vecinos, simboliza el proceso de degradación que ha sufrido la región a lo largo de la pasada década, y que no tiene visos de detenerse en los próximos años.

2.2 África: una catástrofe sin paliativos

En el conjunto de África, y especialmente en el África Subsahariana, la evolución registrada en los años ochenta ha sido calificada reiteradamente de catastrófica por los organismos internacionales especializados.

Con un crecimiento demográfico por encima del 3 por ciento anual, y una producción que se ha mantenido prácticamente estancada a lo largo de toda la década, la pauperización del continente africano ha alcanzado cotas dramáticas. El PIB per capita cayó en más de un 30 por ciento a lo largo de la década, mientras la aplicación de las Políticas de ajuste estructural preconizadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) provocaban un desastre social sin precedentes desde la época colonial. El informe de la Comisión Económica para África (Harsch, 1989) señala que la fracción del gasto público destinada a salud y educación cayó de tal modo «que casi todas las mejoras en materia de desarrollo de recursos humanos desde la independencia —especialmente en lo que se refiere a estándares de escolarización y atención sanitaria— se han perdido en el breve lapso de la década de los ochenta». En esta situación, en el ejercicio de 1989, la balanza financiera conjunta del FMI y el BM con el continente africano arrojó un saldo positivo para ambas instituciones por valor de 1.500 millones de dólares.

En términos reales, el precio medio de la cesta africana de productos básicos de exportación había descendido en 1988 al 54,2 por ciento del valor de 1980. En el África subsahariana, en 1986 el 88 por ciento de las exportaciones estaba constituida por productos básicos.

Aunque en los últimos tres años la presencia de condiciones metereológicas relativamente favorables ha permitido ciertos aumentos de la producción alimentaria, el crecimiento global de la producción no ha logrado alcanzar al crecimiento demográfico (Adedeji, 1991). En estos momentos, la hambruna amenaza de nuevo a vastas poblaciones en el Cuerno de África.

Las previsiones para la década actual del Comité de Planificación del Desarrollo (CPD) apuntan hacia nuevas pérdidas de PIB per capita como mínimo hasta mediados de la década, especialmente en el África Subsahariana. Tras constatar «el cuadro desalentador que se proyecta para África en el decenio de 1990», el CPD (1990) apunta que «cabe preguntar si la comunidad internacional podría contemplar pasivamente la prolongación indefinida de la devastación económica que ha afectado a África durante tantos años».

Según las previsiones demográficas del Fondo de las Naciones Unidas para la Población (FNUAP), el África Subsahariana, que actualmente cuenta con algo más de 500 millones de habitantes, superará los 700 millones en el año 2000 y se acercará a los 1.400 en el 2025. La concentración de la pobreza mundial en África es ya un hecho cuya solución (o mínimo paliativo) no se vislumbra ni siquiera a muy largo plazo (FNUAP, 1990b).

2.3 Asia: un ciclo de desarrollismo insostenible

En términos macroeconómicos, el continente asiático ha logrado obtener en los años ochenta unos resultados económicos de signo positivo, al contrario de lo ocurrido en Latinoamérica y África. No obstante, la heterogeneidad de las situaciones registradas en Asia, y las condiciones en que se ha presentado el crecimiento económico en los años ochenta requieren numerosas e importantes matizaciones. Ni el crecimiento ha sido generalizado en todas las regiones asiáticas, ni parece posible mantenerlo a ritmos similares en la mayoría de aquellas que han logrado resultados positivos.

Entre los países en vías de desarrollo en Asia se encuentran desde países que han conocido en los años ochenta declives económicos de proporciones latinoamericanas o africanas, como Filipinas, Myanmar (antigua Birmania) o Jordania, hasta los países de nueva industrialización del Pacífico, que han salido definitivamente del subdesarrollo. O desde la mayoría de los países —petroleros o no— de Asia Occidental, cuya renta por habitante ha descendido fuertemente a lo largo de la década, y algunos de los cuales han sufrido destrucciones bélicas masivas (Afganistán, Irán y, posteriormente, Kuwait y, sobre todo, Irak), hasta los países del segundo cinturón del Pacífico, como Tailandia y Malasia, cuyo producto está creciendo aceleradamente en los últimos años.

Sólo tres países (China, India e Indonesia) reúnen dos tercios de la población del continente, incluyendo la parte asiática de la URSS. La situación y la evolución económica de estos tres países es, por consiguiente, altamente representativa del conjunto. En la Figura 3 se presenta la evolución del PIB per capita a lo largo de la pasada década en estos tres países asiáticos.


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Figura 3: PIB/Habitante en los principales países de Asia

Fuente:UNCTAD, ESCAP


China contaba en 1987 con 1.057 millones de habitantes, con un PIB per capita de 274 dólares, lo que sigue situando a este país, en términos económicos, entre los de menor grado de desarrollo en todo el mundo, pese a la expansión económica de los últimos años.

La política de apertura económica establecida a partir de 1978 permitió capitalizar en forma de competitividad comercial internacional los avances logrados desde la revolución en materia de educación, cualificación laboral y desarrollo tecnológico. La eficiente agricultura china permite mantener reducidos niveles salariales, en términos internacionales, para una mano de obra con un elevado grado medio de formación, y el sistema político facilita el mantenimiento del consumo interno a un nivel muy bajo. De este modo, ha sido posible que una fracción sustancial de los crecientes ingresos por exportaciones fuera destinada a la inversión, que ha podido crecer aceleradamente sin recurrir más que marginalmente al endeudamiento externo. La tasa de formación bruta de capital se mantiene en China por encima del 30 por ciento del PIB desde principios de los años setenta, habiendo alcanzado el 35 por ciento en 1987. Por el contrario, la deuda externa representa del orden del 10 por ciento del PIB, frente a más del 50 por ciento, en el conjunto de Latinoamérica, o al 70 por ciento de África (ESCAP, 1990).

En tales condiciones, la economía china ha experimentado en los años ochenta un fuerte ciclo de crecimiento económico, como se observa en la Figura 4. Los datos oficiales indican que entre 1980 y 1988 el PIB ha crecido a un ritmo medio del 9,5 por ciento (BM, 1990), tasa sin parangón en ninguna otra economía de cierta dimensión en todo el mundo. No obstante, hay que tener en cuenta que las contabilidades nacionales en países socialistas y capitalistas no son homologables. La caída de las economías del Este europeo ha puesto de manifiesto que sus niveles reales de PIB, según los criterios occidentales, eran muy inferiores (hasta menos de la tercera parte, en algunos casos) a los que se venían declarando oficialmente. Las distorsiones estadísticas se acentúan aún más en etapas de profunda transformación económica, como la atravesada por China en los años ochenta.

Conviene señalar, por otra parte, que el proceso acelerado de liberalización y apertura económica de la pasada década ha generado graves desequilibrios en los últimos años, principalmente en dos frentes. En primer lugar, en el propio cuadro macroeconómico, en el que han aparecido fuertes tensiones inflacionistas (hasta el entorno del 20 por ciento anual, tasa inusitada en el contexto económico chino), así como importantes déficit comerciales a partir de 1985. A los desequilibrios económicos de orden interno se sumaron los efectos de la crisis política del verano de 1989 (Tiananmen), cuyas raíces no se pueden desligar de los propios desequilibrios económicos. Las represalias occidentales se tradujeron en el corte de los ingresos turísticos y en una interrupción temporal de los créditos y las inversiones de capital extranjero. La conjunción de todos estos factores ha obligado al gobierno a moderar drásticamente el ritmo de crecimiento económico, que ha descendido al 3,9 por ciento en 1989 (2,7 por ciento en términos de PIB per capita). Las previsiones de los organismos internacionales para la presente década apuntan hacia tasas de crecimiento del 5 por ciento para el conjunto de la economía, esto es, por debajo del 4 por ciento en términos de PIB per capita (CPD, 1990).

En segundo lugar —pero quizá primero por su incidencia en las condiciones de vida de una población con escasos recursos, así como en la generación de malestar político—, la apertura económica con vistas a la inserción en la economía internacional parece haber ocasionado un estancamiento en los progresos en materia social, y particularmente en sanidad, según informes del propio Banco Mundial recogidos por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), así como una peor distribución del ingreso: el Informe sobre Desarrollo Humano (PNUD, 1990) incluye a China entre los países con «desarrollo humano interrumpido» justamente a partir de la liberalización económica.

El segundo país asiático —y mundial— en tamaño demográfico es la India, cuyos 786 millones de habitantes disponían en 1987 de un PIB per capita de 317 dólares. La economía hindú ha logrado en los años ochenta un incremento medio del PIB per capita del 3,5 por ciento, sustancialmente mayor que en las dos décadas anteriores. El séptimo Plan Quinquenal, que terminó en 1989, ha superado en medio punto los objetivos establecidos en materia de crecimiento económico.

Los planteamientos de diversificación productiva, flexibilización, intensificación de la inversión y mejora en la asignación de los recursos de capital contenidos en el Plan han podido dar sus frutos gracias, principalmente, a que el país eludió caer en la trampa de la deuda en los años setenta y a que, no contando con grandes recursos naturales, ha tenido que basar crecientemente sus intercambios en la exportación de manufacturas de media y baja tecnología, cuya demanda internacional aumentó con la reactivación económica del Norte. Por último, la cosecha excepcional de 1988 (un 23 por ciento superior a la de 1987 en términos físicos), debida a los favorables monzones de aquel año, elevó el crecimiento del PIB per capita en ese ejercicio al 7,1 por ciento, cifra desconocida en la historia reciente del país.

Es importante, sin embargo, reseñar la influencia que parecen haber tenido en el crecimiento de los últimos años los programas de desregulación salvaje que, siguiendo las directrices FMI-BM, se fueron implantando para fomentar la industrialización, y particularmente las inversiones extranjeras. Las medidas en este sentido comenzaron a promulgarse hacia mediados de la década, y culminaron en 1988, cuando se suprimió la obligación de solicitar licencia alguna de instalación y apertura para proyectos industriales en más de 50 sectores de actividad fuera de áreas urbanas, hasta volúmenes de inversión de 12 millones de dólares, o de 40 millones de dólares en las regiones más atrasadas (ESCAP, 1990).

A finales de la década también la economía hindú reflejaba los desequilibrios propios del modelo de crecimiento elegido. En los años ochenta aumentó fuertemente el recurso a la deuda externa para financiar el crecimiento y los déficits comerciales que éste lleva asociados, con lo que el servicio de la deuda, que en 1980 representaba sólo el 9,2 por ciento del valor de las exportaciones, era ya del 29,8 por ciento en 1986, y se afianzaba en el entorno del 30 por ciento hasta el final de la década mientras el déficit presupuestario se establecía en el entorno del 10 por ciento.

En este marco, en 1989 el ritmo de crecimiento del PIB per capita volvía a descender hacia niveles inferiores al 3 por ciento, entrando en un proceso de ralentización que parece haberse ratificado en 1990. Las previsiones de la CPD (Comité de Planificación y Desarrollo) para la presente década apuntan hacia un mantenimiento del crecimiento del PIB per capita en tasas en torno al 3,5 por ciento (CPD, 1990).

Indonesia contaba en 1987 con 172 millones de habitantes, cuya renta per capita ascendía a 404 dólares. Es uno de los países del sudeste asiático que cuenta con mayores recursos naturales, tanto energéticos como no energéticos. La caída de los precios del petróleo y el gas, que representaban en 1981 el 25 por ciento del producto interior y más del 80 por ciento de las exportaciones, sumió al país en una profunda crisis a partir de 1982.

Tras cinco años de un ajuste económico y social de extremada dureza, en 1988 la economía indonesia volvió a recuperar las tasas de crecimiento del PIB per capita en torno al 4 por ciento que habían sido características de la década de los setenta. La recuperación se ha basado en la diversificación industrial, con especial orientación hacia la exportación de productos intensivos en trabajo, y particularmente de manufacturas de madera (25 por ciento de las exportaciones no petroleras), y textiles.

La reactivación económica en Indonesia hay que encuadrarla en el marco del proceso de relocalización de las industrias manufactureras intensivas en trabajo que se está produciendo en el Sudeste Asiático, conforme los niveles salariales de los cuatro países del primer cinturón (Singapur, Corea, Taiwan, Hong-Kong) están dejando de ser competitivos en los mercados internacionales de esa clase de manufacturas. En el momento actual, el salario mínimo diario en Singapur es de 13,9 dólares, frente a 4,47 en Malasia, 4,43 en Filipinas, 3,52 en Tailandia y 1,45 en Indonesia (Mangin, 1991).

Desde Singapur —donde se concentran el sistema financiero, las sedes regionales de las empresas multinacionales y las industrias de alta tecnología— se dirige el proceso de relocalización y se canalizan las inversiones extranjeras hacia las nuevas localizaciones en Tailandia, Malasia e Indonesia, y particularmente en el llamado triángulo del crecimiento (Batán, Johor, Singapur) para los años noventa. Los dos primeros países han avanzado ya considerablemente en este proceso y llevan años recibiendo masivas inversiones extranjeras, que explican su rápido ritmo de crecimiento. Por ejemplo, Malasia recibió en 1990 un total de 6.490 millones de dólares de inversiones extranjeras sólo en el sector industrial (Mangin, 1991); un volumen próximo al de España en 1989, para una población inferior a la mitad de la española.

Indonesia se ha incorporado en último lugar a este proceso, tras el ajuste de los años ochenta. Pero por su bajo nivel salarial y por su gran tamaño demográfico, constituye la gran reserva de mano de obra barata de la región, ventajas que son complementadas por sus importantes recursos naturales energéticos, minerales y agrarios. La conjunción de estos datos induce a los organismos internacionales a formular perspectivas de crecimiento estable para este país en los años noventa, pese a su gran tamaño demográfico: el CPD estima que el PIB per capita puede crecer en Indonesia a un ritmo medio superior al 4 por ciento anual al menos hasta la mitad de la década (CPD, 1990).

Con los matices anteriores es posible valorar con mayor precisión el significado del ciclo de crecimiento registrado en Asia en los años ochenta. Desde diversas plataformas representativas del neoliberalismo o el eclecticismo económico, en la línea criticada por Samir Amin según se indicaba más arriba, se esgrime el caso de Asia como demostración de la superior eficacia de las políticas de este corte también en el mundo en desarrollo, e incluso como prueba de que el Tercer Mundo no está globalmente en crisis. En este sentido, un reciente editorial de la revista The Economist (1991) recordaba que el PIB del continente asiático, en su conjunto, ha crecido al 7 por ciento anual en términos reales en la década de los ochenta, frente a los escasos crecimientos de África y América Latina.

Como es fácil comprobar efectuando los cálculos pertinentes a partir de las cifras oficiales de la UNCTAD (1990a), esta tasa es la correspondiente a la media de los crecimientos nacionales ponderada según la población y no al crecimiento medio del PIB del conjunto continental, que ha sido ligeramente superior al 4 por ciento en el conjunto de la década. Sólo en un ejercicio concreto, el de 1988, el PIB del continente creció ligeramente por encima del 6 por ciento. El peso de la economía japonesa (60 por ciento del continente asiático) marca la evolución del conjunto.

Pero más allá de estas convenientes precisiones estadísticas, interesa comparar los resultados reales de la década en términos de evolución del PIB per capita en los principales grupos continentales, calculada a partir de los datos oficiales de la UNCTAD (1990b) y los datos provisionales de ESCAP (1990) para 1989, todos ellos en dólares de 1987, ver Cuadro 1. Las cifras son suficientemente elocuentes, aún sin tener en cuenta que el agregado para el Resto de Asia incluye países de renta relativamente alta y rápido crecimiento del Pacífico (Corea, Taiwan, etc.). De hecho, excluyendo a China, el crecimiento medio anual del PIB per capita en el conjunto de los Países en Vías de Desarrollo (PVD) asiáticos entre 1980 y 1988 fue del 1,1 por ciento.


Cuadro 1: Evolución del PIB per capita en Asia durante la década de los ochenta

UNCTAD (1990b)

PIB/Habitante Ganancia
1980 1989 1980-1989
Japón 15.790 21.406 5.616
China 151 309 158
Resto de Asia 737 836 99


Pero la valoración completa de los resultados del modelo de crecimiento adoptado en la mayor parte de Asia en los años ochenta exigiría la detenida consideración del desastre ecológico que está provocando. Tailandia ha perdido cerca del 85 por ciento de sus bosques en menos de 30 años (Azqueta, 1990). En Malasia, habiéndose agotado ya prácticamente las reservas forestales en el territorio continental, la explotación se concentra ahora en Sarawak, en la isla de Borneo: en este territorio se talan anualmente más de 300.000 hectáreas, superficie equivalente al 5 por ciento de la reserva forestal total. En China los desiertos han aumentado en un 30 por ciento desde los años cincuenta, mientras el suelo agrario de primera calidad se ha reducido de 110 a 95 millones de hectáreas, en un país que tendrá 1.500 millones de habitantes en el año 2025 (The Economist, 1990b). En Pekín, Calcuta, Yakarta y otras muchas grandes o medianas ciudades asiáticas la contaminación atmosférica supera en decenas de veces los máximos recomendados por la Organización Mundial de la Salud (Figura 4). Etcétera.


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Figura 4: Contaminación atmosférica en Asia

Fuente:The Economist


En síntesis, el ciclo de crecimiento de los años ochenta en Asia se muestra como un típico producto del liberalismo económico —en este caso en estado puro, manchesteriano— en el que se ha inspirado: se ha presentado de forma muy diferenciada entre las diversas regiones del continente, ha incrementado las gravísimas desigualdades ya existentes entre países y dentro de cada país, ha ocasionado verdaderas devastaciones en las reservas de recursos naturales y en el equilibrio ecológico, ha incrementado la dependencia comercial y financiera externa de todos los países que han participado en él, sus logros económicos reales son muy inferiores a los que se han publicitado interesadamente, y sólo parece realmente sostenible en un puñado de pequeños países, siempre a condición de que las corrientes de inversión extranjera continúen afluyendo como hasta ahora.

Para el editorialista de The Economist (1991), sin embargo, la experiencia asiática indica que la solución para los problemas del Tercer Mundo es muy sencilla:

El crecimiento económico rápido es el resultado de las políticas inteligentes: una tasa de cambio realista, no discriminación respecto a las exportaciones, precios relativos que reflejen las realidades del mercado, tasas de interés que reflejen el verdadero coste del capital, sensibilidad en la gestión de la política monetaria y fiscal. No hay nada misterioso, o ni siquiera muy difícil, en estas políticas...

3 El carácter de las relaciones Norte-Sur

Los mecanismos económicos y políticos capaces de originar una situación como la descrita en los apartados anteriores son, como cabe imaginar, enormemente complejos. En las páginas que siguen se aportan algunos datos y consideraciones en relación con dos de los principales: las relaciones comerciales y las relaciones financieras.

3.1 Las tendencias del comercio Norte-Sur

El deterioro de los términos de intercambio entre el Norte y el Sur constituye un proceso histórico que viene siendo reconocido y analizado desde hace varias décadas. Ya en los años cincuenta, los economistas de la CEPAL, encabezados por su secretario ejecutivo, Raúl Prebisch, pusieron de manifiesto las características estructurales del proceso de deterioro de los términos de intercambio, que debían manifestarse inevitablemente en el libre comercio entre países desarrollados especializados en la exportación de manufacturas sofisticadas y países en desarrollo especializados en la exportación de materias primas y manufacturas sencillas.

Este planteamiento se enfrentaba a las posiciones neoclásicas dominantes, que defendían la tesis de la eficiencia máxima del libre comercio internacional para el impulso del desarrollo, sobre la base de determinadas reformulaciones de la teoría clásica ricardiana de las ventajas comparativas. El debate de fondo ha continuado hasta hoy, bajo diversas matizaciones y redefiniciones de los conceptos básicos (competitividad internacional, intercambio desigual, etc.).

La evolución de la economía internacional en los últimos quince o veinte años, y particularmente en la década de los ochenta, induce a replantear nuevos enfoques del intercambio desigual más adaptados a la presente situación. La aceleración del desarrollo tecnológico, el predominio de las corporaciones multinacionales en la escena económica y los nuevos términos en que se establecen las relaciones comerciales y la competitividad Norte-Norte son los factores, fuertemente entrelazados entre sí, que han determinado en los años ochenta un nuevo ciclo de grave deterioro de los términos de intercambio Norte-Sur.

La aceleración del proceso de desarrollo tecnológico genera una continua diversificación, diferenciación y especialización de los productos industriales. De este modo, la competencia en los mercados de manufacturas avanzadas (maquinaria; bienes de equipo; ciertos bienes de consumo duraderos como automóviles, electrónica de consumo, etc; química fina, material de guerra...), se establece cada vez más en términos de calidad y prestaciones —asociadas ambas al concepto de innovación tecnológica—, y de capacidad de comercialización, ya sea publicitaria o política, y menos en términos de precios.

En los principales segmentos de cada sector industrial, estas condiciones de mercado facilitan aún más el predominio internacional de unas pocas grandes corporaciones, únicas capaces de mantener la carrera tecnológica, especialmente en el plano básico, y la carrera de la comercialización- Estos factores se suman a sus tradicionales ventajas de escala, acceso privilegiado al capital, capacidad de influencia sobre las instituciones, etc.

A su vez, la implantación internacional de estas corporaciones les permite absorber internamente los beneficios derivados de las ventajas comparativas existentes entre los diversos países o regiones mundiales, particularmente en términos de cualificación y precio del factor trabajo, y de infraestructuras y utilidad del ambiente industrial e institucional (industria auxiliar, tolerancia ambiental, ayudas estatales, etc.). Tales ventajas dejan de este modo de constituir factores de competencia internacional para pasar a convertirse en márgenes complementarios de beneficio corporativo, asignables de nuevo, por la entidad que los absorbe, a la intensificación de la competitividad tecnológica para la realimentación de todo el ciclo.

De este modo, los mercados internacionales de manufacturas de elevado contenido tecnológico se han ido configurando como verdaderos antiparadigmas del concepto de mercado de concurrencia. Sobre estructuras crecientemente oligopólicas de rango mundial se van construyendo sucesivas estrategias de competitividad basadas en el incremento de la presión comercial y política, en la incorporación de innovaciones tecnológicas al máximo ritmo posible, frecuentemente muy por delante de las necesidades del usuario, y en la conversión de las diferencias internacionales en los precios de los factores en rentas de multilocalización en favor de las grandes corporaciones.

Los costes de un esquema de competitividad de esta clase, ineficiente por naturaleza, se cargan en varias direcciones. En primer lugar, sobre el usuario vía precios: los precios internacionales de las manufacturas muestran una constante tendencia al alza, impulsada sobre todo por los productos de tecnología avanzada, con escasas excepciones como la pequeña informática (Figura 5).


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Figura 5: Índice de precios de las manufacturas

Fuente:UNCTAD


En segundo lugar, sobre los Estados nacionales, vía subvenciones de todas clases y mediante la instrumentalización de la investigación estatal a fines directamente utilitaristas, y no de interés social general.

Y en tercero, pero no menor, sobre los países del Tercer Mundo, mediante la explotación a bajo precio de sus recursos de mano de obra (especialmente en el Sudeste Asiático, pero no sólo allí), de sus recursos naturales y de su medio ambiente.

Dentro del Norte el esquema se mantiene, aunque sólo sea en términos precarios y con enormes costes sociales, en la medida en que todos los países participan en el proceso detentando o albergando algún tipo de especialización o subespecialización, pese a que unos pocos logran mayores ventajas que los demás.

Pero los países del Sur están totalmente excluidos de participar en él como productores, salvo en los casos excepcionales citados en apartados anteriores (Corea, Taiwan, Singapur...), que son marginales desde el punto de vista poblacional, y que por razones esencialmente geopolíticas recibieron en su día el apoyo económico y tecnológico necesario para poder incorporarse al mismo. La inmensa mayoría de los países del Sur sólo pueden participar en los mercados de manufacturas intensivas en tecnología como compradores, y aún en términos marginales en volumen, en relación con la magnitud de las transacciones globales.

En tanto que productores/vendedores, la generalidad de los países del Sur continúan reducidos a ofrecer al Norte productos básicos, o manufacturas indiferenciadas de los productos básicos (acero, materias primas semi-elaboradas), o manufacturas sencillas fácilmente reproducibles y cuya fabricación no presenta barrera tecnológica alguna, ni tampoco barreras apreciables de capital (textil estándar, calzado de gama baja, etc.).

La demanda de todos estos productos en el Norte está básicamente estancada por saturación, cuando no en retroceso debido a procesos de sustitución tecnológica —como ha ocurrido con el azúcar— o de mejora del rendimiento de su utilización también por vía tecnológica (acero, energía, etc.).

Salvo en algunos casos especiales, la oferta de cada producto está atomizada entre numerosos países productores, generalmente con poblaciones en rápido aumento y agobiados por todo tipo de problemas económicos, financieros y sociales. En tales condiciones, los países del Sur se ven forzados a competir crecientemente entre sí en términos clásicos —esto es, en precios— por los estrechos mercados del Norte. De esta situación se derivan cíclicamente procesos de caída de precios como la sobrevenida en los años ochenta, que se puede apreciar en las Figura 6 y Figura 7.


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Figura 6: Precios de exportación de la materias primas de 1980 a 1988

Fuente:Naciones Unidas



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Figura 7: Caída acelerada de de los precios efectivos de algunos productos básicos de 1980 a 1988

Fuente:UNCTAD (1990a)


En síntesis, los PVD venden sus productos básicos en mercados estabilizados y fuertemente competitivos, y compran los equipos necesarios para su desarrollo económico en mercados oligopólicos sobre los que no tienen ninguna capacidad de influencia (Tussie, 1987). El resultado es una degradación indefinida de los términos de intercambio, así como la progresiva exclusión de los PVD del sistema de comercio internacional, como se puede observar en los Figura 9 y Figura 10. Según Naciones Unidas, en la actualidad «la relación de intercambio de los productos primarios se mantiene al nivel más bajo desde la Gran Depresión del decenio de 1930».


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Figura 8: Evolución de los términos de intercambio

Fuente:UN (1990)



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Figura 9: Reparto del comercio mundial

Fuente:UNCTAD


3.2 La reorganización del sistema financiero internacional

Desde mediados de los años setenta se vienen registrando profundas transformaciones en el sistema financiero internacional. Los elementos principales de este proceso han sido la operación de la deuda externa —que permitió a los países del Norte salvar los efectos financieros de la crisis del petróleo—, la desregulación de la actividad financiera internacional, la nominalización general de la economía o predominio de la economía financiera sobre la economía real, y la titularización, o predominio de los mercados de capital sobre los mercados bancarios dentro de la economía financiera.

A mediados de los años setenta, los grandes bancos internacionales comenzaron a verse inundados por los llamados petrodólares, depositados en ellos por determinados países de la Organización de Países Exportadores de Petroleo (OPEP) cuyos ingresos por la exportación de petróleo a los nuevos precios derivados de la crisis de 1973 superaban ampliamente sus propias necesidades e incluso sus capacidades absolutas de gasto e inversión.

En el contexto de la crisis económica, con la inversión fuertemente deprimida en los países industriales, «los bancos deseaban desesperadamente reciclar esos petrodólares con objeto de obtener intereses con los que pagar a sus clientes» (ONU, 1990a). De lo contrario, la rentabilidad del capital financiero se hundiría, no sólo para los impositores de la OPEP, sino también para los occidentales.

Ofertando unos tipos de interés relativamente bajos, lograron fácilmente colocar grandes cantidades de dinero en préstamos a países en vías de desarrollo, muchos de los cuales se encontraban en difícil situación financiera precisamente por efecto del incremento de los precios de la energía.

De este modo, la deuda externa de los PVD, que era de poco más de 50.000 millones de dólares en 1970, saltó a 200.000 millones de dólares en 1976 y a más de 750.000 millones de dólares seis años más tarde, en 1982 (Figura 11). Entre 1974 y 1982 el sistema financiero del Norte recicló más de 600.000 millones de dólares en forma de préstamos a países en vías de desarrollo. Esta cifra equivalía a tres anualidades completas (1980-1981-1982) de importaciones de petróleo por el Norte procedente de los PVD, en la fase de precios elevados.


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Figura 10: Volumen creciente de la deuda

Fuente: Banco Mundial (1990)


Los grandes bancos occidentales conocían perfectamente desde los últimos años setenta el volumen de endeudamiento de los países a los que seguían concediendo créditos, aunque sólo fuese mediante el examen de los datos más agregados de las cuentas nacionales de los países deudores, que aparecen regularmente en la prensa especializada. Era evidente que los países más endeudados no podrían reembolsar normalmente los capitales tomados. Pero la operación de la deuda no era un operación financiera común. Su finalidad principal no era la de obtener los beneficios de intermediación propios de la actividad bancaria, sino la de laminar en el tiempo los efectos de la saturación de liquidez provocada por los petrodólares en el mercado financiero internacional. No existía otra alternativa para evitar el hundimiento de la rentabilidad del capital financiero en el Norte.

Desde el punto de vista financiero, los países del Norte resolvieron de este modo los efectos de la crisis del petróleo. Exportaron también este importante aspecto de la crisis a los países del Sur y ganaron el tiempo necesario para enlazar con la recuperación económica en el Norte. Cuando en 1982 estalló la crisis de la deuda, la recuperación económica había comenzado en Estados Unidos y en Japón, y no tardaría en iniciarse en Europa. Para los países desarrollados, los problemas derivados del impago de la deuda ya no eran críticos. De hecho, los problemas que viene sufriendo la banca americana en los dos últimos años están relacionados con el hundimiento del mercado inmobiliario doméstico, pero no con la crisis de la deuda.

En efecto, la subida de los tipos de interés a comienzos de los ochenta, repercutible por contrato sobre una buena parte de los préstamos, permitió a los bancos recuperar importantes fracciones del capital prestado antes de que los países deudores fueran entrando sucesivamente en crisis y solicitando moratorias en los pagos. Además, una parte importante de los préstamos había retornado inmediatamente al Norte por los diversos canales de la corrupción y la fuga de capitales... para volver a ser prestado a tipos de interés sustancialmente más elevados en unos mercados del Norte en plena recuperación económica.

El gobierno norteamericano estima que las fugas de capital de América Latina equivalen a más de la mitad de la deuda externa de las principales naciones latinoamericanas, mientras el FMI calcula que entre 1974 y 1985 salieron de África 30.000 millones de dólares en capital fugitivo. Según diversos análisis del aumento del endeudamiento de México, entre un 38 por ciento y un 53 por ciento de la deuda acumulada entre 1977 y 1982 terminó por financiar la fuga de capitales (ONU, 1990b). Por otra parte, de la fracción de los préstamos que realmente fue invertida en proyectos de todas clases, una parte sustancial revertió hacia el Norte en forma de adquisición de equipos, contratos de obra, asistencia técnica, etc.

Todos estos procesos, sumados a los beneficios de la nueva reactivación del Norte en forma de incremento de la rentabilidad del capital, permitieron a los bancos occidentales ir provisionando los créditos de la deuda, pues era evidente que el principal de la mayor parte de ellos no se pagaría nunca. A principios de 1989, los presidentes de los principales bancos norteamericanos, que ya habían provisionado en sus balances una parte sustancial de la deuda del Tercer Mundo, se reunieron con el recién elegido Presidente Bush para comunicarle que la banca privada norteamericana prefería asumir el más que probable impago de la deuda, a aceptar formalmente una condonación generalizada que quebraría el principio básico de la práctica bancaria: el deudor debe de pagar o declararse insolvente, aceptando las consecuencias.

Haciendo alusión a criterios técnicos, y no éticos o políticos, numerosos especialistas aseguran que la deuda, de hecho, está ya pagada con creces. Esto se hace especialmente evidente si se razona acerca del verdadero valor —el coste de oportunidad— del dinero prestado al Sur en los años setenta: un dinero que no encontraba tomadores en el Norte y que fue prestado en condiciones que cualquier manual de práctica bancaria calificaría de riesgo inadmisible, y en una buena parte de los casos, mediante el acuerdo con dictadores y representantes de las oligarquías nacionales cuyo interés principal era el de obtener ingentes beneficios personales, fuera de toda racionalidad económica desde el punto de vista nacional.

Superados ya para el Norte los problemas económicos asociados a la deuda, ésta es ahora fundamentalmente un instrumento de presión política que permite forzar a los países del Sur a establecer políticas económicas interiores y exteriores que sean del agrado de los países del Norte. Los sucesivos planes Baker, Club de París, Brady..., arbitrados desde 1985 para la ‘solución’ del problema de la deuda, apenas merecen comentario alguno, dadas sus intenciones reales y sus resultados globales, apreciables en la Figura 10, contemplando la evolución del problema de la deuda a partir de aquel año.

La resolución —sólo desde la perspectiva del sistema financiero del Norte— del problema de la saturación de liquidez heredado de la crisis del petróleo no trajo consigo el equilibrio del sistema financiero internacional. De hecho, el mecanismo descrito del reciclaje de los petrodólares y la deuda fue el punto de partida para la creación de la burbuja financiera, o masa de recursos financieros de volumen creciente que flota desde entonces sobre las economías desarrolladas sin tener una contrapartida proporcional en la economía real. En cierto modo, la crisis del petróleo extrajo una inmensa masa de recursos de la economía real del Norte (precios de la energía repercutidos sobre empresas, consumidores y gobiernos) hacia los países petroleros, que los volvieron a introducir en el Norte, pero a través de la economía financiera, y no de la economía real. Los evasores de capital del Sur realimentaron posteriormente el proceso, que luego fue cobrando una escala mucho mayor a raíz de los desequilibrios comerciales entre EE.UU. y Japón/RFA a lo largo de la década.

Las políticas de liberalización y desregulación de la actividad financiera iniciadas a finales de los años setenta e intensificadas en los ochenta constituyeron otras tantas respuestas, prácticamente forzadas, a la nueva situación del sistema financiero internacional.

Aunque sus objetivos declarados fueron los de favorecer la movilidad internacional del capital productivo para facilitar el proceso de internacionalización de la industria y de numerosos servicios, y para fomentar el «espíritu de iniciativa y de empresa», la realidad es que se intentaba facilitar la circulación y la asignación internacional de la creciente masa de recursos financieros que no encontraban o no deseaban encontrar colocaciones reales, y que desequilibraban los mercados financieros locales o regionales.

El resultado, según el informe del Secretario General de la UNCTAD (1990b), ha sido «más bien la especulación desenfrenada», mientras que «no parece haber mejorado la asignación internacional del ahorro». Y por lo que se refiere al Sur, el informe señala que el comportamiento del sistema financiero y particularmente los altos tipos de interés «han tenido (en los países en desarrollo) efectos devastadores sobre la estabilidad macroeconómica, las tasas de interés interiores, la distribución de la renta, la inversión, el crecimiento y el desarrollo».

En efecto, desde la perspectiva del Sur, la diferencia esencial entre la situación a principios de los años setenta y a finales de los ochenta es la de su progresiva exclusión del sistema financiero internacional. Mientras a mediados de los setenta el Sistema Financiero Internacional (SFI) era todavía realmente internacional, esto es, mundial —como ha podido apreciarse en la breve descripción de la operación de la deuda— a finales de los años ochenta el SFI había aumentado exageradamente de tamaño, pero era ya sólo semiinternacional o semimundial, en la medida en que los países del Sur estaban dejando de participar en él como receptores de capital, aunque no como emisores.

La evolución del sistema financiero mundial en los años ochenta se refleja en los datos de la UNCTAD que se recogen en el Cuadro 2. En la sección A de la tabla se observa que en 1988 el tamaño del sistema financiero mundial (36,5 billones de dólares) era ya más del doble que el de la producción mundial (17 billones de dólares[3]), mientras que seis años antes era apenas un 40 por ciento superior, y a mediados de los setenta ambas magnitudes tenían dimensiones similares. Se observa asimismo la profundidad del proceso de titularización en los ochenta, con una progresión de casi 20 puntos de los mercados de capitales sobre los bancarios en el reparto del mercado financiero mundial.

En la sección B se compara la evolución del peso del mercado bancario internacional sobre las tres magnitudes principales de la economía real: producción, comercio e inversión. Si se tiene en cuenta que el mercado bancario ha sido la fracción menos dinámica del sistema financiero internacional, se aprecia aún mejor la magnitud del proceso de internacionalización y nominalización de la economía mundial en los años ochenta. Los mercados bancarios domésticos tampoco han dejado de crecer por encima de la economía real a lo largo de la década.


Cuadro 2: Multiplicación de los activos financieros en la economía mundial

No se incluyen los países del Este europeo y la URSS. Fuente:UNCTAD (1990c)


Sin embargo, mientras la masa de capital financiero y su circulación Norte-Norte crecía desmesuradamente por encima del ritmo de crecimiento de la economía real, la circulación de capital con destino en el Sur mostraba tasas negativas: -1,5 por ciento anual acumulativo entre 1980 y 1986 (UNCTAD, 1989), en términos corrientes. Los datos de la OCDE (Figura 11) corroboran esta situación para el período 1980-1988. En moneda constante, la reducción entre 1980 y 1988 es del orden del 50 por ciento, a lo que hay que añadir que en el 50 por ciento restante de 1988 se incluyen los flujos de capital a los países del Pacífico Asiático, que son los únicos que siguen recibiendo grandes y crecientes corrientes de inversión y financiación extranjera. En el resto del mundo en desarrollo la financiación externa prácticamente ha desaparecido.


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Figura 11: Flujos financieros netos a los PVD

Fuente: OCDE


El promedio anual de créditos del Norte al Sur en 1978-1982 fue de 43.000 millones de dólares; en el periodo entre 1983 y 1986 había caído a 18.000 millones de dólares. Las inversiones directas del Norte en el Sur en 1982 fueron de 20.000 millones de dólares; en 1986 se habían reducido exactamente a la mitad, 10.000 millones de dólares (ONU, 1990a). Ambas cifras están expresadas en moneda corriente e incluyen los créditos e inversiones en los países del Pacífico. La ayuda oficial al desarrollo creció en términos corrientes pero se mantuvo aproximadamente estable en moneda constante.

Mientras tanto, la mayoría de los países del Sur continuaban enfrentándose al servicio de la deuda, y sacrificando a este fin los consumos internos básicos y sus propias expectativas de desarrollo. Muchos de ellos liberalizaron crecientemente sus economías, facilitando la convertibilidad de sus monedas, la repatriación de beneficios o la simple desinversión. Todo ello, por supuesto, bajo las presiones del FMI y de la mayoría de los gobiernos del Norte y de las grandes instituciones financieras internacionales.

El resultado es una situación que no se había presentado desde la Segunda Guerra Mundial: los países del Sur se convirtieron a partir de 1983 en exportadores netos de capital en las proporciones que se muestran en la Figura 12, contribuyendo también de este modo al relanzamiento de las economías del Norte.


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Figura 12: Inversión de la corriente financiera

Fuente: UN (1989)


4 La definitiva dualización de la economía y la sociedad mundiales: una catástrofe anunciada

Las tendencias económicas descritas en los apartados anteriores tienen su traducción inmediata en la persistencia y el agravamiento de las diferencias entre los países del Norte y el Sur, en todos los planos que configuran la calidad de vida y el progreso humano.

La gravedad de tales diferencias es sobradamente conocida en el Norte. Sus diversos aspectos concretos se reflejan periódicamente en los medios de comunicación, pero son presentados de modo más o menos implícito como lacras inevitables de la humanidad: la inmensa mayoría de los países del Tercer Mundo se muestran incapaces de organizarse económica y políticamente (recuérdense los comentarios de las editoriales de The Economist antes citados), y sus dirigentes se interesan mucho más por enriquecerse y guerrear entre sí que por resolver los acuciantes problemas de sus ciudadanos. Ante esta interpretación, la opinión pública de los países desarrollados se muestra crecientemente insensibilizada hacia un problema que se presenta como ajeno, y respecto al cual parece prácticamente imposible hacer algo positivo.

La tendencia a no asumir como propio el problema Norte-Sur se refuerza como consecuencia de la consolidación de graves y crecientes problemas sociales también en el Primer Mundo, provocados por las políticas económicas y sociales implantadas en la década neoliberal o ecléctica. Las propuestas para que la cooperación Norte-Sur deje de recibir fracciones meramente simbólicas de los recursos del Norte y pase a convertirse en un objetivo principal, con su correspondiente reflejo presupuestario, levantan un creciente rechazo social y político en los países desarrollados. Thatcher expresó este rechazo en su lenguaje tosco y directo en la última cumbre de la Comunidad Europea a la que asistió como primera ministra británica: «¡No podemos alimentar a todo el Mundo!», exclamó en un cierto momento de las discusiones acerca del montante de la ayuda de la CE a los países del Este. El «abandono del Sur a su propio destino», en expresión de Ignacio Ramonet (1991), director de Le Monde Diplomatique, es ya una de las características que definen la política de los países desarrollados en el final del siglo XX.

La combinación de esta actitud en el Norte con las tendencias y mecanismos que operan en los ámbitos económico y financiero en el plano mundial, según lo expuesto más arriba, permite prever sin mucho margen de error que, salvando casos excepcionales y minoritarios, las diferencias de todas clases entre el Norte y el Sur van a seguir aumentando en los próximos años de modo sustancial.

Tales diferencias son ya abismales. La relación de las desigualdades sociales entre el Norte y el Sur —sólo de las más flagrantes de ellas— ocuparía cientos de páginas. Algunas pinceladas acerca de la situación actual se resumen en la Figura 13. En él se representan medias mundiales, lo que significa que en los llamados Países Menos Desarrollados (PMD), la mayoría de los cuales se concentran en África, la situación es mucho más grave que la reflejada en la Figura 13.


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Figura 13: Desigualdades entre los países en desarrollo y los países industriales

Fuente: PNUD


La esperanza de vida en el conjunto de África era de 49 años a mediados de los años ochenta, frente a 59 años en América Latina, 65 años en el Tercer Mundo asiático (tasa relativamente elevada gracias a los 70 años que se registran en China), y 74 años en los países desarrollados. En el conjunto del África Subsahariana había 25.000 personas por médico en 1984, frente a 5.000 en el conjunto del Tercer Mundo (1.000 en China) y menos de 500 en los países desarrollados (PNUD, 1990). En cualquier ámbito que se analice (educación, vivienda, acceso al agua potable, etc.) aparecen diferencias similares entre el Norte y el Sur, y dentro de los diversos bloques del Sur. Además, las mujeres registran condiciones de vida aún más dramáticas que los hombres, como se observa en la Figura 14.


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Figura 14: Las diferencias entre el hombre y la mujer en el mundo en desarrollo.

Figura la mujer como porcentaje del hombre Fuente: PNUD


Para comprender mejor el alcance de la situación, hay que señalar que los indicadores actuales son optimistas: reflejan la evolución relativamente positiva que se registró en muchos países hasta finales de los años setenta. Antes de la crisis actual, las políticas sanitarias, educativas e infraestructurales, aún dentro de su precariedad de medios, permitieron lograr avances significativos en casi todas las áreas sociales y en la mayoría de los países.

Pero el hundimiento económico de los años ochenta, y el tipo de políticas de ajuste que los países occidentales han impuesto a los países del Sur para obtener de ellos la mayor proporción posible de pago de la deuda, han destruido los sistemas de asistencia social, provocando en muchas naciones un retroceso de varias décadas en las condiciones de asistencia. La Figura 15 indica la evolución de las inversiones en educación en África. Los datos están en dólares corrientes. En términos reales el retroceso ha sido mucho mayor. La Figura 16 compara los gastos en asistencia sanitaria en los países del Tercer Mundo en los tres continentes en vías de desarrollo, con la situación en la OCDE.


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Figura 15: Declinación de la educación en África.

Gastos públicos para educación por persona. Fuente: UNESCO (1989)


La degradación social alcanza en algunas zonas proporciones dantescas. El gobernador de Lagos, capital de Nigeria, ha animado recientemente a la población a linchar a los ladrones que proliferan en la ciudad: «la ley de la jungla requiere la justicia de la jungla», ha declarado el coronel Rasaki. En Lagos, en efecto, es frecuente observar linchamientos de ladrones, cuyos cuerpos son finalmente rociados de gasolina e incendiados en la vía pública. El PIB per capita de Nigeria ha descendido de 1.000 dólares en 1980 a 250 dólares en 1990. La mortalidad infantil alcanza el 100 por 1.000, mientras el 60 por ciento de los medicamentos en circulación están caducados, mal conservados o simplemente son falsificaciones. Treinta millones de nigerianos están afectados por enfermedades derivadas de la aplicación de estos medicamentos. El sistema sanitario estatal cuenta con 5.244 camas de hospital para 110 millones de habitantes (Wauthier, 1991).

En tales condiciones, los efectos de la destrucción de los sistemas educativos, sanitarios e infraestructurales se harán notar indefectiblemente en los próximos años, en términos mucho más brutales que los de hoy. Muchos de los indicadores actuales parecerán envidiables frente a los que presentará en su madurez la actual población infantil de numerosos países, que sufre los salvajes recortes descritos en los niveles de asistencia más elementales.

En el plano más global, los efectos de este retroceso se están apreciando ya sensiblemente. Así, el crecimiento demográfico, principal indicador del subdesarrollo, se ha vuelto a acelerar en algunos países y ha disminuido en muchos otros menos de lo esperado. El FNUAP (1990b) ha tenido que revisar al alza las previsiones establecidas tan sólo seis años antes, en 1984. Los 5.300 millones de habitantes de 1990 pasarán a ser, como mínimo, 8.500 millones en 2025, y ello si se siguen las recomendaciones del FNUAP, lo cual resulta harto dudoso desde la perspectiva actual. Según las últimas previsiones, en 2025 China y la India rondarán los 1.500 millones de habitantes cada una, Nigeria superará los 300 millones, Brasil, Indonesia, Bangladesh y Pakistán se situarán en el entorno de los 250 millones, etc. El objetivo de estabilización de la población mundial a finales del siglo XXI, que fue establecido en poco más de 10.000 millones de personas en 1984, se ha revisado ya a 11.000 millones, y el propio FNUAP advierte que si no se cumplen sus recomendaciones la cifra ascenderá a 14.000 millones, de los cuales un 60 por ciento vivirán en megalópolis urbanas inmanejables desde todos los puntos de vista. Las recomendaciones del Fondo incluyen el logro de objetivos tales como la decuplicación, en una generación, del número de mujeres africanas usuarias de la planificación familiar. Tales objetivos son difícilmente creíbles, dada la situación actual y la actitud de los países desarrollados hacia el Tercer Mundo.

El segundo efecto global es el reflejo que la degradación de las condiciones sociales y políticas tiene en el incremento de los gastos militares, que en amplias zonas del Tercer Mundo están orientados esencialmente a la represión interna. El cambio en este aspecto se aprecia en la Cuadro 3. Algunas estimaciones evalúan las importaciones de armamentos de los países del Tercer Mundo procedentes del Norte por encima de los 20.000 millones de dólares anuales.


Cuadro 3: Gastos militares.

Expresados como porcentaje del PNB. Fuente: PNUD

1960 1986
Países industriales 6,25 5,40
Países en desarrollo 4,25 5,50
Países menos adelantados 2,10 3,90



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Figura 16: Gasto público per capita en sanidad

Fuente: ECA y PNUD


El tercero es la degradación del medio ambiente, tanto en el plano global, como aún más rápidamente en los territorios de los PVD. Sobre los problemas ambientales globales (capa de ozono, efecto invernadero, etc.), único aspecto de la situación mundial que realmente preocupa en los países del Norte, se ha difundido abundante información en los últimos años. Sin embargo, la situación del medio ambiente local y la destrucción definitiva de los recursos naturales en la mayoría de los PVD constituyen problemas tan graves, si no más, como los problemas globales, con los que obviamente están relacionados en numerosos planos.

La conclusión general que se puede extraer del examen de la situación mundial es la de que se está asistiendo a una catástrofe global. Los propios organismos internacionales, que están por su propia naturaleza obligados a la moderación en sus conclusiones y en sus expresiones, no se recatan en el uso de este concepto. El FNUAP, que por su especialización en los temas de población es el organismo que cuenta con una visión más global e interrelacionada de los problemas presentes, aplica a uno de los primeros capítulos de su Informe de 1990 el título de Al borde de la catástrofe. Tras constatar el deterioro continuado de los problemas económicos, demográficos, sociales y ambientales en los últimos años, señala lo siguiente:

Pero no existen garantías de que pueda mantenerse al menos esta tendencia de deterioro lento. En algún momento no demasiado lejano, los cambios acumulados pueden superar cierto umbral y precipitarnos en la catástrofe.
FNUAP (1990b)

El Fondo percibe que el tiempo para corregir la situación se está agotando:

El decenio de 1990 es el decenio crítico, diez años durante los cuales la comunidad mundial deberá enfrentar los desafíos del crecimiento y la distribución de la población, la utilización de los recursos y el deterioro ambiental en gran escala. Las decisiones aplazadas y las medidas que no se adopten durante este período tendrán consecuencias devastadoras para las generaciones del siglo XXI. Lo que está en juego es la habitabilidad misma del planeta [...]. Las consecuencias de la inacción podrían ser catastróficas. Y ya queda muy poco tiempo.

FNUAP (1990a)

A juzgar por cómo ha comenzado el decenio crítico, no hay el menor espacio para el optimismo. La situación a la que ya se ha llegado no se puede calificar en absoluto de sorprendente, como tampoco lo será la que describan en su día, con tintes mucho más crudos que los actuales, los balances de la década que acaba de iniciarse.

Los informes de los años setenta no se equivocaron en su predicción de la catástrofe. Detectaron a tiempo —entonces quizá sí— la inviabilidad global a largo plazo de las tendencias económicas, sociales y ambientales dominantes, y señalaron la necesidad de introducir transformaciones drásticas en la organización económica y social, para evitar la aparición de gravísimos problemas globales. E ilustraron su mensaje de fondo con algunos pronósticos concretos, algunos de los cuales se han cumplido con creces en los plazos previstos y otros simplemente se han dilatado en el tiempo.

Sólo desde una perspectiva de extrema simpleza, o de extrema atención a los propios intereses en el corto plazo, se puede interpretar ahora aquel mensaje como el anuncio del fin del mundo, o en una visión minimizadora, como un equivocado aviso acerca de la dificultad de encontrar productos sustitutivos del petróleo o de otros minerales escasos. La catástrofe anunciada era la degradación generalizada y profunda del medio ambiente y de las condiciones de vida de la población. Ambas se han hecho evidentes en menos de 20 años, especialmente para miles de millones de personas en el Tercer Mundo, y se van a agravar rápidamente en lo que queda de siglo.

5 Los límites del desarrollo sostenible

En un mundo crecientemente integrado a través de los medios de comunicación y de transporte, así como del funcionamiento global de la economía, es imposible lograr que la catástrofe del Sur se mantenga completamente aislada e ignorada. En los países del Norte, por consiguiente, se hace permanentemente necesario exhibir algún tipo de respuesta formal al problema Norte-Sur. A lo largo de los años ochenta, tal respuesta se ha venido desdoblando en dos clases de planteamientos.

El primero, procedente de los ambientes neoliberales, es el descrito anteriormente a través de los inefables editoriales de The Economist: el problema del Sur tiene fácil solución aplicando fielmente las doctrinas del libre mercado; de hecho está ya en vías de solución, salvo en algunas zonas en las que no se aplican todavía tales doctrinas. Para demostrarlo, se manipulan o falsifican algunos datos, se ocultan otros, y se apela en último término a la renovada fe religiosa del mercado, única posición desde la que es posible negar indefinidamente la evidencia: la imposibilidad de instaurar plenamente la utopía liberal en este mundo (siempre subsisten necesidades obvias de regulación), configura un marco económico siempre insuficientemente liberal, y tal insuficiencia es el perfecto chivo expiatorio sobre el que cargar los fracasos y los desastres observados.

El segundo, procedente de ámbitos más conscientes de la gravedad y las dificultades del problema, se viene centrando en las posibilidades de aplicar al Sur una cierta reinterpretación o recuperación de los conceptos de ecodesarrollo, o desarrollo compatible, o desarrollo en equilibrio con el medio, que fueron elaborados en los años setenta por los críticos del crecimiento indefinido, para su aplicación principal e inicial en el Norte. El concepto de desarrollo sostenible, consagrado oficialmente en 1987 por el Informe Brundtland (CMMAD, 1988), tuvo una favorable acogida que «no es ajena a su ambigüedad, que permitió mantener la ilusión de que era posible resolver el problema del medio ambiente sin necesidad de criticar la idea del desarrollo. El que este término tuviera más éxito que el de ecodesarrollo, formulado años antes, no responde sólo a la mayor oportunidad del momento, sino a que expresa el simple deseo de hacer sostenible el desarrollo económico corriente, en vez de proponer enfoques ecológicos alternativos» (Naredo, 1990).

Esa misma ambigüedad ha facilitado la rápida devaluación del término. Por un lado, no ha tardado en producirse la identificación desarrollo sostenible con crecimiento sostenible, y bajo esta acepción el adjetivo se está ya aplicando a cualquier proceso de crecimiento económico cuantitativo que se haya mantenido y muestre tendencia a prolongarse en el tiempo: por ejemplo, el Banco Mundial (1990) y otras instituciones internacionales lo aplican para describir procesos de crecimiento económico tan destructivos desde el punto de vista ambiental como el de Malasia, o situaciones tan inciertas y discutibles como las de la India, Filipinas, etc.

En otros sectores —también en términos ciertamente interesados— la interpretación se ha orientado hacia la idea de que es posible imaginar para el Sur un modelo válido de desarrollo blando, que no se base en el crecimiento cuantitativo en términos de renta —y su correlativo crecimiento de los consumos materiales—, sino en otro tipo de desarrollos culturales, comunitarios, etc, dentro de un marco que cabría calificar como de pobreza digna, que al menos aparentemente sería sostenible desde el punto de vista ecológico. Con ello se haría compatible el mantenimiento de la concentración de la riqueza material en el Norte con una forma viable de desarrollo en el Sur.

Sostenible significa en definitiva, en estas interpretaciones, acomodable con el statu quo actual en términos de reparto Norte-Sur en el consumo de recursos naturales, y de mantenimiento del equilibrio ambiental global. El Norte podría así continuar con su modelo de crecimiento cuantitativo basado en la expansión de la producción y el consumo de masas, que se considera culturalmente inextirpable, mientras el Sur buscaría la verdadera felicidad humana a través de la exaltación de sus extraordinarios valores culturales, folclóricos y vitales.

Un estudio recientemente elaborado por Naciones Unidas, que ha alcanzado gran notoriedad (PNUD, 1990), se concentra en el análisis de la correlación entre el nivel de renta y el progreso humano. Los autores elaboran el llamado Índice de Desarrollo Humano (IDH), construido mediante la combinación de indicadores básicos de riqueza (PPA), salud (ciertas elaboraciones en torno a la esperanza de vida) y educación (ídem en torno a la alfabetización), y comparan la situación de los diversos países, en la escala de este indicador, con su situación en la escala de renta, expresada en Producto Nacional Bruto (PNB) per capita.

Aparecen diferencias muy importantes en las posiciones de cada país en ambas escalas. Sobre un total de 130 países, esto es, de 130 posiciones en cada una de las escalas (renta e IDH), se producen diferencias de ubicación que llegan al orden de 50 posiciones en una y otra escala. Países muy ricos, y considerados como altamente desarrollados, como Estados Unidos, retroceden hasta 17 posiciones en la escala de IDH respecto a su posición en la de renta, mientras que países muy pobres, como Sri Lanka (antiguo Ceilán), avanzan hasta 45 posiciones, situándose por delante de decenas de otros países supuestamente más ricos, algunos de los cuales triplican o hasta cuadruplican su renta.

Estas constataciones han sido esgrimidas por los defensores del doble modelo como una prueba en favor de su viabilidad: si algunos países del Sur logran alcanzar grados de desarrollo humano sensiblemente superiores a los que corresponderían a su nivel de desarrollo económico cuantitativo, bastaría con extender al conjunto del Tercer Mundo la clase de políticas que han permitido estos avances, sin necesidad de empeñarse en lograr fuertes y generalizados crecimientos cuantitativos en el Sur.

Este tratamiento cae por su base cuando se examinan los resultados del estudio desde una perspectiva global, para el conjunto del planeta y para grandes regiones mundiales culturalmente homogéneas.

En primer lugar, el examen de los datos desde una perspectiva mundial muestra que un importante crecimiento cuantitativo es imprescindible para que los países del Tercer Mundo puedan alcanzar grados de desarrollo humano aceptables. La media de PIB per capita de los países con IDH bajo es de 300 dólares. La de los países con IDH medio es de 690 dólares, y la de los países con IDH alto es de 9.250 dólares.

En la clasificación del PNUD, el IDH bajo se define por debajo de 0,5 sobre una escala de 0 a 1; el IDH medio está entre 0,5 y 0,8; y el alto por encima de 0,8. Todos los países desarrollados tienen un IDH superior a 0,95.

Efectivamente, con niveles de renta bajos no parece haber posibilidad de alcanzar un alto nivel de desarrollo humano: los 44 países con IDH bajo tienen todos ellos niveles de PIB per capita inferiores a 1.000 dólares, y la práctica totalidad de los 40 países con IDH medio tienen niveles de PIB per capita inferiores a los 2.000 dólares, excluyendo algunos países petroleros. Y a la inversa, el PNUD sólo contabiliza un pequeño país insular con IDH alto (Jamaica con 0,824), cuyo PIB per capita es ligeramente inferior a 1.000 dólares.

Una perspectiva más precisa de la relación entre IDH y renta se obtiene mediante el análisis comparativo de regiones culturalmente homogéneas, en las que los factores culturales (por ejemplo, la posición de la mujer en el mundo musulmán) no distorsionan los resultados.

En la Figura 17 se compara la relación entre PNB per capita e IDH para los 19 países más ricos de la OCDE y para los 17 países del continente latinoamericano. Ambas son regiones o conjuntos relativamente homogéneos desde el punto de vista cultural (con la única excepción de Japón en la OCDE). Se observa que los países de la OCDE, pese a que presentan índices de PIB per capita muy variables, siempre dentro del escalón superior de renta a nivel mundial (entre 6.000 y 20.000 dólares al año), no obtienen mejoras apreciables en su IDH con el aumento de la renta.

Por el contrario, entre los países latinoamericanos, situados en el bloque intermedio de rentas a nivel mundial (entre 800 y 3.000 dólares al año en la mayoría de los casos), se produce una clara ganancia media de IDH en paralelo con incrementos de la renta de proporciones sustancialmente similares, en términos relativos, a las que se presentan en el grupo anterior.

De esta comparación, que se podría efectuar para otros bloques homogéneos (mundo árabe, Asia oriental y meridional, África negra, etc.), con resultados básicamente similares, se obtienen dos conclusiones relevantes.


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Figura 17: Relación entre IDH y PNB/Habitante

Fuente: PNUD


La primera indica que en los países del Primer Mundo el crecimiento cuantitativo debería ser considerado como un objetivo muy secundario desde el punto de vista del desarrollo humano. Los problemas sociales (sanitarios y educativos en el estudio del PNUD pero extensibles a otros ámbitos) que un país no ha sido capaz de resolver con ocho, diez o quince mil dólares de renta per capita no los resolverá alcanzando cotas de veinte o veinticinco mil dólares, sino priorizando, en el nivel de renta en que esté, las políticas directamente orientadas a la resolución de estos problemas. y ello, por supuesto, independientemente del efecto que tales prioridades ejerzan sobre el ritmo de crecimiento del país en cuestión. No es necesario recordar que éste es el sentido de fondo de las propuestas de estabilización del crecimiento en el Norte que vienen planteando los críticos del desarrollismo desde los años setenta.

La segunda indica que partiendo de niveles de renta bajos, un importante crecimiento cuantitativo es imprescindible, en términos generales, para alcanzar grados satisfactorios de desarrollo humano. Pese a que los indicadores agregados de renta monetaria pueden tener correspondencias muy diversas sobre los niveles y formas de vida, el crecimiento cuantitativo parece absolutamente necesario en la práctica totalidad de los países del Sur: con rentas por debajo de los 500 dólares, con las que viven actualmente dos terceras partes de la humanidad, es imposible promover el desarrollo humano hacia grados aceptables. En la situación actual (tecnológica, productiva, cultural, etc.) tal posibilidad empieza a materializarse en órdenes de renta de varios miles de dólares anuales adecuadamente distribuida, como demuestra —si es que fuera necesario demostrar algo tan evidente— el estudio del PNUD.

Los saltos de renta en uno o dos órdenes de magnitud que necesitarían efectuar la mayoría de los PVD para alcanzar niveles que permitieran obtener grados satisfactorios de IDH supondrían una alteración radical en el actual patrón de reparto de los recursos naturales mundiales: miles de millones de personas deberían ir pasando desde niveles de renta de unos cientos de dólares a niveles de algunos miles de dólares, lo que les permitiría participar de modo significativo en el mencionado reparto, alterando sensiblemente los términos del mismo. Por ejemplo, Kym Anderson (1990) ha analizado los desequilibrios que hubiesen aparecido en el mercado mundial del algodón en los años noventa si el ritmo de crecimiento económico de China (actualmente frenado) hubiese continuado como en el ciclo de los años ochenta. En tal caso, para finales de siglo, el incremento de la demanda china de algodón en el mercado mundial, inducido principalmente por la mejora de la vestimenta de 1.250 millones de ciudadanos chinos con una renta fuertemente incrementada pero todavía inferior a los 1.000 dólares al año, ya hubiera significado la duplicación del comercio mundial de algodón respecto a su volumen a mediados de los ochenta. El autor apunta las dificultades previsibles para producir mundialmente tal cantidad de algodón (más de 6 millones de toneladas suplementarias anualmente) por falta de tierras, por lo que estima que las subidas de precios acelerarían el proceso de sustitución de algodón natural por fibras sintéticas a nivel global. Cabe añadir que esta sustitución ocasionaría consumos suplementarios de decenas de millones de toneladas anuales de petróleo.

En definitiva, desde el punto de vista meramente económico, los enfoques del desarrollo sostenible basados en la continuidad del modelo de organización vigente se muestran totalmente inviables como formas de alcanzar un equilibrio mundial sin alterar sustancialmente el status del Norte. El modelo de organización económica actualmente existente comporta consumos de recursos naturales rápidamente crecientes con el incremento de la renta e impactos ambientales igualmente crecientes, especialmente cuando se parte de niveles bajos o muy bajos de desarrollo. No existirá otro modelo socioeconómico aceptable para los países del Sur mientras el Norte no lo desarrolle, lo asimile socialmente y lo ponga en práctica. Esta eventualidad está actualmente fuera de la escena de lo posible, tanto a medio como a largo plazo.

En consecuencia, en todos los países del Sur, sin excepciones tras la caída del modelo socialista (que no era menos consumidor de recursos naturales), el objetivo declarado a más o menos plazo es el de lograr establecer sistemas de organización económica tales como los que imperan en los países desarrollados, basados en la producción y el consumo masivos, que se presentan como un éxito histórico incuestionable. De esta constatación se desprende una segunda causa de inutilidad de la propuesta del doble modelo o del desarrollo sostenible en el Sur sin cambios radicales en el Norte: su inviabilidad cultural.

El modelo de organización socioeconómica del Norte no sólo es dominante desde el punto de vista económico, político y militar. Lo es también, y principalmente, desde el punto de vista cultural. Los escasos países que han logrado salir del subdesarrollo en las últimas décadas lo han aplicado plenamente, independientemente de sus propias referencias culturales. Y las burguesías o clases dominantes nacionales en todos los restantes países del Sur (las que Samir Amin llama «burguesías compradoras») adoptan todas ellas el mismo patrón de comportamiento, y lo convierten en objeto de emulación en sus respectivas clases populares. Por si hubiera alguna duda, la comunicación en la aldea global ayuda a establecer firmemente el modelo de consumo occidental como aspiración personal y colectiva en todo el planeta. En América Latina, en plena crisis económica, el número de televisores por 1.000 habitantes pasó de 95 en 1980, a 150 en 1988.

Nadie debe soñar, por consiguiente, que los países del Sur asuman de buen grado cualquier formulación del desarrollo sostenible que equivalga a la aceptación formal de algún tipo de nuevo doble modelo para la producción y el consumo en el Norte y en el Sur, único enfoque realista, por otra parte, si se mantiene la restricción de no alterar las condiciones materiales de vida en el Norte ni el modelo cultural universal que de ellas se deriva. En consecuencia, los países del Sur simplemente seguirán inmersos a la fuerza en el doble modelo realmente existente.

6 La gestión de la catástrofe: el problema del Tercer Mundo en la agenda del Nuevo Orden Mundial

Como se ha intentado hacer ver en los apartados anteriores, la escala que han alcanzado las diferencias Norte-Sur, y el profundo enraizamiento de los mecanismos que contribuyen a agravarlas en las propias bases del sistema económico y tecnológico internacional llevan a la conclusión de que el conflicto Norte-Sur carece de solución, incluso parcial, en cualquier horizonte manejable desde la perspectiva actual.

En el lapso del futuro sobre el que es posible influir desde el momento presente (la vida de la generación actual y, a lo sumo y con muchas reservas, de la próxima), ni siquiera una combinación óptima teórica de los recursos naturales y los conocimientos tecnológicos disponibles o en trance de desarrollo permitiría extender algún remedio —por grotesco que fuera— de la sociedad de consumo del Norte a los 8.000 millones de seres humanos que poblarán el planeta en la próxima generación. Y no hay ningún dato que permita esperar que las sociedades desarrolladas abandonen su propio modelo, o que las naciones del Sur renuncien a intentar imitarlo.

El problema Norte-Sur, o si se prefiere, la catástrofe del Sur en términos éticos y humanos, se presenta como una situación de hecho que deberá ser gestionada de algún modo desde una perspectiva global. Es en este sentido en él que entra a formar parte de la agenda de problemas a abordar en el establecimiento del Nuevo Orden Mundial (NOM), y entra en la agenda, desde la perspectiva del Norte, como un problema entre varios, y posiblemente no de los más importantes.

En el ambiente crispado de la Guerra del Golfo se han interpretado los anuncios, o llamamientos, al Nuevo Orden Mundial como un programa orientado básicamente al sometimiento definitivo del Tercer Mundo a los designios norteamericanos y, en general, occidentales, para continuar la libre explotación de sus recursos, en beneficio del Norte. Esto puede ser así en el corto plazo, pero la insistente afirmación de la urgencia de establecer un Nuevo Orden arranca desde una perspectiva de mucho mayor alcance, en la que numerosas instituciones y círculos de poder comienzan a percibir la necesidad y la urgencia del establecimiento de un conjunto múltiple de mecanismos de regulación de las actividades económicas y políticas en el plano mundial.

La primera cuestión que está requiriendo atención urgente en el ámbito global es la regulación de la actuación estrictamente económica del capitalismo avanzado en el plano internacional, en el que opera actualmente sin ninguna clase de planificación o control, con los resultados observables: el desbocamiento del sistema financiero y la degeneración del sentido económico de la carrera de competitividad tecnológica son sólo dos de las consecuencias más flagrantes del desajuste histórico entre la internacionalización de la economía y la limitación al marco del estado nacional de la intervención pública.

La segunda es la necesidad de una regulación de las consecuencias ambientales de la actividad económica a escala planetaria. El sistema productivo en constante expansión emite costes externos de carácter ambiental en todas direcciones, los cuales, en un contexto cerrado que ya no cuenta con posibilidades de ampliación, se hacen cada vez más onerosos en términos de habitabilidad, e incluso en términos económicos clásicos.

La tercera hace referencia a la regulación de las consecuencias sociales de la evolución autónoma del capitalismo avanzado dentro del propio Norte. Los procesos de dualización social en los medios urbanos y metropolitanos, así como el agravamiento de los conflictos raciales, la inmigración económica, y, en general, los diversos problemas que se resumen en la consolidación del cuarto mundo, y que amenazan la estabilidad social en los países desarrollados, tienen raíces evidentes en la evolución de la economía internacional y en sus expresiones nacionales o locales. Estos conflictos se han podido justificar como transitorios y tolerables en los años ochenta, en unos casos porque aún se contaba con la inercia de los mecanismos de integración y bienestar social procedentes de la etapa anterior, y en otros porque se ha disfrutado de un ciclo de crecimiento acelerado que ha liberado recursos aplicables a título paliativo.

En cuarto (o quinto, o sexto) lugar, aparece el problema de las desigualdades Norte-Sur en sus propios términos, más allá de sus expresiones en los problemas económicos, ambientales o sociales citados más arriba, que afectan directamente a los intereses del Norte, y que se abordarán —se están abordando ya— desde una perspectiva de negociación o presión sectorial. Puesto que no hay posibilidad de nivelar las verdaderas desigualdades, o ni siquiera de suavizarlas significativamente, sin afectar sensiblemente al modo de vida del Norte, la intervención del Norte en el Sur tiende a centrarse básicamente en tres áreas, abandonando a su suerte el resto de los problemas o de las poblaciones del Sur:

Las tentativas de institucionalización de un Nuevo Orden Mundial capaz de gestionar todos estos problemas y otros no reseñados de un modo mínimamente integrado y ordenado están apenas iniciándose en el momento actual. Su articulación en determinadas instituciones internacionales dotadas de ciertos poderes ejecutivos en el ámbito económico implicaría notables cesiones de soberanía por parte de los estados nacionales, con negociaciones que se prolongarían de modo prácticamente indefinido y cuya evolución es completamente imprevisible. Ni siquiera está claro que tal institucionalización sea factible partiendo del contexto político actual.

El único elemento que se muestra ya perceptible en este Nuevo Orden es el que pudiera ser el brazo militar, constituido por el ejército norteamericano. Pero se trata de un instrumento para su uso en operaciones de policía en situaciones límite, y situado bajo el control de un estado nacional. Por el contrario, los instrumentos que se precisan para intentar atenuar o, al menos, alejar la acumulación de desequilibrios capaces de conducir a la ruptura global son aquéllos susceptibles de asumir la gestión cotidiana de los problemas arriba señalados, bajo el control del conjunto de los intereses económicos dominantes, que ya no son sólo, ni siquiera predominantemente, norteamericanos.

Por el momento, todo lo que se percibe es la aparición de una cierta conciencia de la necesidad de establecer mecanismos de regulación del comportamiento del capitalismo en el plano mundial. Sobre la forma concreta de articular tales mecanismos sólo hay confusión. De nuevo, Noam Chomsky (1991) ha expresado la situación con perfecta claridad: «Bush no tiene ni idea de qué hacer con el mundo».

Pero cualquiera que sea el devenir político del establecimiento del Nuevo Orden Mundial, las sociedades del Tercer Mundo se enfrentan con respecto a él a un terrible dilema, puesto que de un modo u otro se les va a solicitar participación formal y apoyo político legitimador.

Si sus gobiernos se incorporan al coro de comparsas necesario para legitimar el proceso de gestación de cualquier forma de NOM, estarán aceptando implícitamente la cristalización indefinida de su situación. Cristalización que no significa en realidad mantenimiento de la situación actual, sino continuación del declive y ampliación de la distancia respecto al Norte. Sean cuales sean las declaraciones de principios, no existe espacio económico ni ecológico para un verdadero desarrollo del Sur respetando la situación del Norte. Todo lo que el Sur puede esperar es el desarrollo como fenómeno excepcional en algunos pequeños países, y la posible obtención de limitados beneficios o compensaciones parciales en algunos otros, y aún ello tan sólo en el ámbito político-institucional, y no en el ámbito económico general y menos aún en el plano social.

Si se afanan en obstaculizar pasivamente (activamente ya no es posible, a la vista de lo ocurrido en Irak), colaborarán a la prolongación de la situación actual de absoluta carencia de control sobre los intereses privados de gran escala que manejan la actividad económica internacional, situación que deriva en la rápida agudización de los desequilibrios de todas clases que es posible observar actualmente, y en la que los países del Sur son, obviamente, los más perjudicados. Aunque, a largo plazo, los riesgos que conlleva la prolongación del caos internacional actual para el propio equilibrio del Norte podrían resultar fuertemente rentables para el Sur, precisamente por ello, la eventual adopción de esta clase de posiciones quedará muy mediatizada por las presiones del Norte.

En consecuencia, si hay que formular algún pronóstico, como es costumbre al cierre de los trabajos de esta clase, no es difícil imaginar que los gobiernos de la gran mayoría de los países del Sur van a tener que optar, de buen o de mal grado y con mayor o menor convicción, por la primera de las dos opciones. De este modo, la situación del Sur va a continuar su proceso de deterioro durante largo tiempo, aunque de forma más o menos controlada en algunos aspectos —no esenciales para el Sur, pero sí para el Norte—, en función del ritmo de avance del proceso de implantación del Nuevo Orden Mundial.

7 Más allá del futuro

Llegados a este punto, algunos lectores experimentarán una gran frustración, o incluso un cierto complejo de culpa durante algunas horas, si no se les ofrece al menos un mínimo rayo de esperanza. Pues bien, aún con todas las dificultades imaginables para su germinación, y con todos los pronunciamientos políticos en contra, se detectan en el Sur algunas actitudes aisladas que vale la pena reseñar.

La experiencia de las últimas décadas está comenzando a sembrar en el Sur el convencimiento de que no existe futuro de ninguna clase en cualquier posible forma de relación con el Norte desarrollado. Esta idea parece sustancialmente acertada. Los intereses de ambos bloques son antagónicos al nivel más profundo y esencial, y cualquier contacto económico y cultural entre el Norte y el Sur reflejará inevitablemente ese antagonismo, con evidentes y crecientes ventajas para el Norte en cualquier situación de conflicto económico o político.

Para que esto dejara de ser así, y para que las relaciones Norte-Sur fuesen significativamente fructíferas para el Sur, debería de producirse en el conjunto del Norte un giro copernicano en la escala de valores dominante, con traducciones directas en la formulación de las políticas económicas. El objetivo de alcanzar un cierto equilibrio Norte-Sur debería obtener un grado absoluto de prioridad política en el Norte, que debería volcar sobre él masivamente sus recursos económicos y tecnológicos, y asumir en su nombre importantes renuncias materiales, tanto en el plano individual como colectivo. Así lo señalaba el director general de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza en una reciente intervención pública en Madrid.

Todo ello debería venir acompañado de profundas transformaciones en los mecanismos económicos internos del Norte, en la orientación del desarrollo tecnológico, en la organización y los fines del sistema financiero, etc. Apenas es necesario señalar que no existe ninguna posibilidad de que esta clase de transformaciones se materialicen en el Norte de ningún modo, y menos aún con la profundidad necesaria para influir de modo sensible sobre problemas de la escala de los que se presentan en el Sur.

La aceptación de esta realidad parece estar ganando terreno en el Sur, sobre todo entre las personas con cierto nivel de formación pertenecientes a la generación que se ha incorporado a la actividad en los años ochenta, y que llevan ya una década observando la ampliación de las diferencias y la degradación de las condiciones de vida en sus respectivos países, sin otras perspectivas que las de un empeoramiento progresivo de las cosas, especialmente en Latinoamérica y África, pero también, cara a los años noventa, en amplias zonas de Asia.

8 La conciencia del Sur

Las dos generaciones anteriores, incluyendo la que ahora está en el poder o articulando las estructuras sociales y culturales, se formaron en la convicción de que el desarrollo era posible a través de algún tipo de interacción con el Norte, en una cierta dialéctica de conflicto/colaboración. Los éxitos políticos de la independencia y los moderados progresos que numerosos países parecían estar alcanzando en los años sesenta y setenta alimentaron estas convicciones.

Aún con una desesperanza creciente, los responsables de la generalidad de los países del Sur siguen empeñados en buscar fórmulas que permitan reproducir en sus respectivos países los ciclos económicos que condujeron en su día al Norte a su actual nivel de prosperidad y preeminencia. Leyendo los documentos o programas económicos recientes de organismos regionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la Comisión Económica y Social para Asia y el Pacífico (ESCAP), la Comisión Económica para África (ECA), etc, en los que hay fuerte presencia de técnicos o gestores nativos de las zonas en cuestión, se siguen detectando todavía estos enfoques como dominantes.

Sin embargo, en algunos ambientes —y en ciertos documentos, incluso oficiales— comienzan a asomar atisbos mal disimulados de actitudes que muestran una indiferencia y un escepticismo absolutos hacia la posibilidad de lograr consolidar procesos de desarrollo sobre la base de la relación con el Norte, ya sea en términos de lo que se denomina como ayuda, o de intercambio comercial, o de cualquier otra clase. Y que se muestran al mismo tiempo conscientes de que en el contexto económico, cultural y político establecido por el Norte a nivel planetario tampoco son viables las posibles propuestas autónomas o autárquicas con las que en ocasiones se pretende sustituir la imposible relación equilibrada con el Norte. En su obra La Desconexión, Samir Amin (1988) ha aportado interesantes elementos de análisis en esta dirección.

La extensión de estas convicciones, que seguirá siendo impulsada en los próximos años y décadas por la fuerza de los hechos, es el punto de partida para la consolidación de una o varias nuevas conciencias de identidad en el Sur, que no sólo se basen en la diferenciación económica y cultural entre sí y con respecto al Norte —lo cual ya ocurre en la actualidad—, sino en la certeza, ampliamente asumida en términos sociales, de que los enfoques económicos y políticos actuales no ofrecen perspectivas históricas de superar la diferenciación económica Norte-Sur. Y de que a través de ellos sólo cabe llegar a la indiferenciación socioeconómica y cultural, esto es, a la destrucción de las propias culturas en un marco de miseria material generalizada.

Los optimistas históricos pueden, por tanto, confiar en que del seno de continentes enteros con cientos o miles de millones de personas con tales percepciones confirmadas por la experiencia cotidiana acabarán por surgir en su día determinadas respuestas, sobre cuyas características no es posible ni siquiera especular en la actualidad, y menos aún desde la perspectiva del Norte. Al hilo de algunas consideraciones expuestas recientemente en Madrid por Ignacio Ramonet en un notable debate televisado, cabe recordar que ni la aristocracia del Ancien Régime ni la burguesía industrial del siglo XIX podían imaginar las formulaciones ideológicas y políticas con las que un día los miserables de su mundo iban a cuestionar su predominio, hasta acabar transformando profundamente la realidad.

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Notas


[1]: El autor agradece el apoyo prestado por el Centro de Información de Naciones Unidas para la realización del presente trabajo así como las facilidades otorgadas para la reproducción de la información gráfica.
[2]: N. de E.: Este artículo apareció en el no 5 de Economía y Sociedad, en marzo de 1991. En esta edición se han introducido las correcciones manuscritas que el autor realizó en un ejemplar de la mencionada revista, encontrada en su biblioteca en 2010. Se puede observar la evolución posterior de algunos de los indicadores que se mencionan en el texto en http://www.gapminder.org/data/.
[3]: N. de E.: No confundir los billones que se citan en el texto con billones americanos. El valor al que se refiere el texto es de 1012, no de 109, que es el que correspondería al billón americano.


Edición del 26-1-2012
Revisión: Mariano Vázquez
Susana Simón Tenorio

Edición: Javier Moñivas Ramos
Boletín CF+S > 45: La reina roja > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n45/ae-adios.html   
 
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