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Boletín CF+S > 44: Tierra y libertad > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n44/ajsan.html   
El arquitecto reflexivo
Jordi Sánchez-Cuenca
Pune (India), Junio de 2009.


Índice General

 

Los arquitectos, en prácticamente todo el mundo, estamos educados en las universidades para traducir nuestra interpretación de las necesidades de nuestros clientes en composiciones espaciales abstractas y sofisticadas. También estamos educados para convertir lugares feos y caóticos en piezas geniales de arte moderno, y para comunicar nuestras ideas de espacio y soluciones técnicas por medio de un lenguaje gráfico urbano sofisticado. Estamos educados para creer que nuestros proyectos tienen el potencial de elevar el estatus social de nuestros clientes en el entorno social y urbano donde se ubican nuestras piezas maestras. Estamos educados para creer que, al hacer que nuestros clientes destaquen, nosotros también destacaremos, nos convertiremos en una referencia y seremos admirados por nuestros colegas competidores. Este es el poder que reside en nuestra profesión. Esto es a lo que aspiran la gran mayoría de los arquitectos: a crear proyectos estéticamente avanzados para clientes poderosos con quienes podemos escalar la escalera del estatus social. La realidad que los arquitectos vivimos parece ser ciega al hecho de que un tercio de la población urbana mundial, más de mil millones, vive en chabolas (Un-Habitat, 2008). Es decir, que viven en terrenos informalmente ocupados, sin seguridad de tenencia, en entornos peligrosos y sin derechos ni servicios sociales básicos. Más aún, de acuerdo con Un-Habitat (2008) , un 95% del crecimiento urbano en el mundo ocurre en forma de chabolismo. Hay una necesidad masiva de profesionales, incluyendo arquitectos y urbanistas, para ayudar a las autoridades locales y a los habitantes de dichos barrios a resolver esta crisis. La cuestión es: ¿Podemos, los arquitectos, aplicar lo que se nos ha enseñado en las escuelas de arquitectura? Si es así, descubramos cuál es el resultado.

Arquitectura al servicio del poder

La verdad es que durante varias décadas los arquitectos hemos trabajado de la mano de las autoridades locales proyectando soluciones de vivienda para los habitantes más pobres de las ciudades.

Primero, hemos interpretado las necesidades de cientos de miles de familias pobres desde las oficinas de los barrios ricos de la ciudad a través de una mezcla de información estadística más bien escasa y una comprensión personal de lo que son las chabolas y sus habitantes (Verma, 2002). Luego, hemos estado traduciendo la interpretación de estas necesidades en proyectos racionalistas estandarizados, unos con y otros sin soluciones espaciales y constructivas inteligentes o diseños de fachada más o menos sofisticados. A continuación, hemos estado convirtiendo barrios de chabolas caóticos o entornos naturales salvajes en espacios urbanos rectilíneos que facilitan su dominación (Scot, 1998).

Todas estas ideas y ‘soluciones’ las hemos comunicado a los clientes a través de un lenguaje sofisticado que sólo aquellos con educación superior pueden entender y relacionar con la realidad, previniendo cualquier opinión intrusiva de ciudadanos ‘sin’ educación (Scot, 1998). Los arquitectos hemos entendido que las autoridades locales son nuestros clientes, porque ellos son los que regulan la arquitectura y subvencionan su construcción. En otras palabras, los arquitectos hemos estado apoyando a las autoridades en su afán de dominar los entornos natural y urbano, y de elevar su estatus social y reconocimiento público. Sucesivamente, muchos arquitectos que han proyectado viviendas para los pobres también han elevado su estatus social y reconocimiento profesional a través de premios y revistas de arquitectura. Los arquitectos, profesionales falsamente iluminados y objetivos, hemos creído tradicionalmente que nosotros, solos, somos los que debemos decidir qué y cómo proveer viviendas para los pobres (Sandercock, 1998). ¿Y cuál ha sido la suerte de los que viven en los edificios que nosotros proyectamos?

Chabolismo vertical

Todos nosotros tenemos una imagen de cómo son las viviendas subvencionadas para los pobres. Son típicamente bloques altos de apartamentos construidos en aéreas periféricas y, en muchos casos, son conocidas como chabolas verticales (Un-Habitat, 2003:81). Muchos de estos proyectos de viviendas, tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo, son conocidos por estar social y físicamente degradados, con altos niveles de desempleo e inseguridad ciudadana. En estos lugares generalmente hay una falta de sentido de pertenencia y responsabilidad en relación a las viviendas y a las infraestructura provistas, lo cual desemboca en un mantenimiento pobre y en una rápida degradación. Efectivamente, se ha demostrado con múltiples estudios de casos que los proyectos de vivienda convencionales raramente resuelven las causas de la pobreza, no responden a las necesidades reales de la población reubicada en las periferias y suelen dañar gran parte de las redes sociales y medios de vida vulnerables de los que los pobres dependen para sobrevivir (Un-Habitat, 2003:82). Resumiendo, la vivienda social convencional dirigida por profesionales no reduce la pobreza urbana.

¿Cuáles son los fallos en el proceso que llevan al fracaso en los resultados? Los fallos documentados más típicos muestran que la información y el conocimiento utilizados para planificar los procesos de reasentamiento y para proyectar los edificios son irrelevantes, imprecisos e insuficientes (Chambers, 1997). Típicamente, aquellos que van a ser reasentados son entendidos como un grupo homogéneo de individuos y no existe la debida consideración de cara a los valores de la diversidad social, las dinámicas comunitarias, las redes sociales o los medios de vida existentes.

En muchos casos, las autoridades están obligadas a exponer los planos de proyectos al escrutinio público: los planos técnicos son publicados o simplemente se permite que sean vistos por un periodo limitado de tiempo. Sin embargo, las personas pobres difícilmente consiguen entender el lenguaje profesional de los arquitectos. En algunos casos, representantes de los pobres están invitados a dar su opinión, pero ésta es raramente vinculante y en muchos de estos casos los líderes comunitarios actúan de forma antidemocrática, cooptando el proceso de consulta para su propio beneficio en connivencia con las autoridades locales y los profesionales contratados. Sucesivamente, los pobres raramente tienen alguna oportunidad de influenciar en las ‘soluciones’ de los arquitectos, a pesar de que ellos son los que van a utilizar los edificios, servicios e infraestructuras públicos (Appadurai, 2001). En un número significativo de casos no hay transparencia o rendición de cuentas a las comunidades afectadas, conduciendo a la corrupción, a la ineficiencia en el uso de recursos públicos y a una baja calidad en los resultados.

El resultado es que los procesos de realojamiento son habitualmente conflictivos y difíciles de gestionar debido a la falta de cooperación de los pobres. La responsabilidad de dichas dificultades son raramente atribuidas a la administración o a los arquitectos: los pobres y su actitud y falta de cooperación son los culpables. Sin embargo, las autoridades y los profesionales pocas veces admiten que dicha actitud está causada por la falta de sentido de apropiación y responsabilidad en los procesos y resultados, lo cual es el resultado de no involucrar a los pobres en el proceso. En muchos casos, cuando no son la mayoría, esta relación enfermiza entra en un círculo vicioso, en el cual la falta de participación de los pobres es la pieza clave.


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Figura 1: Fracasos en la reducción de la pobreza urbana

La nula o injusta participación de los pobres en la planificación, diseño y ejecución de proyectos es un factor determinante en la enfermiza relación que suele haber entre los pobres, las autoridades y los profesionales, y consecuentemente en la perpetuación de la pobreza urbana. Fuente: entrevistas con gestores públicos de Pune y de otras ciudades con problemas similares en Asia, África y América Latina, y con miembros de comunidades de chabolas.


¿Cuál debería ser el papel de los arquitectos?

Primer paso: comprender el contexto

En la mayoría de los países en vías de desarrollo es muy común, cuando no lo que domina, el entender que los pobres de las ciudades son inmigrantes de zonas rurales que no contribuyen a la economía de la ciudad y que no tienen derecho a acceder a servicios e infraestructuras públicos (Appadurai, 2001; Burra, 2005; Davis, 2006; Hardoy, 2001; Verma, 2002). Más aún, está ampliamente asumido que el apoyo del gobierno a los pobres conlleva más inmigración de las zonas rurales hacia los barrios de chabolas y por eso los gobiernos no deberían invertir en vivienda, infraestructuras o servicios públicos para los pobres. Aquellos que viven en viviendas formales ven el chabolismo como ocupaciones inaceptables que son una amenaza para el medio ambiente y su calidad de vida (Appadurai, 2001; Burra, 2005; Davis, 2006; Hardoy, 2001; Verma, 2002). Ven a los chabolistas como los otros, sin reconocer que son las mucamas que tienen en casa, los taxistas que utilizan para moverse por la ciudad, los albañiles que construyeron sus apartamentos, oficinas y centros comerciales, los comerciantes de los mercados de donde consiguen su comida diaria, los empleados de fábricas donde se producen los objetos que consumen en centros comerciales, etc (Castells, 1989).

El discurso anti-pobre es, a menudo, apropiado por las autoridades locales; aquellos que nosotros, los arquitectos, típicamente vemos como nuestros clientes en los proyectos de vivienda social. Este discurso a menudo no es explícito en las políticas de gobierno, especialmente en países democráticos. Sin embargo, la mayoría, cuando no todas, de las inversiones públicas se hacen en infraestructuras y servicios para la economía y asentamientos de rentas altas (Davis, 2006; Verma, 2002). El discurso frecuentemente incorpora la creencia de que, al invertir en la economía de rentas altas, habrá una distribución paulatina y automática de riqueza que ayudará a reducir la pobreza. Otro componente en el discurso dominante es que, al dar apoyo a la economía formal, la economía de la ciudad crecerá y se generará riqueza para el beneficio de todos. Mientras tanto, los ciudadanos que residen en chabolas sobreviven sin ningún apoyo del gobierno y sin beneficiarse de las medidas de fomento de la economía formal. Más aún, la mayoría de los ciudadanos que viven en chabolas lo hacen en el constante terror de ser forzosamente desalojados así como de otras formas de violencia arbitraria por parte de la autoridad local (Appadurai, 2001; Bura, 2005). Sin embargo, a pesar de todas las acciones para prevenir el chabolismo, estos barrios siguen creciendo, a una velocidad que jamás se había visto en el pasado. De forma desesperada e impaciente, las autoridades locales a menudo conciben planes de reasentamiento de algunos miles de chabolistas en urbanizaciones formales (normalmente un porcentaje muy pequeño de la población que vive en chabolas), imaginándose y vendiendo su ciudad como ‘libre de chabolas’. Sin embargo, el valor comercial del suelo en los centros de las ciudades ocupado por chabolistas es demasiado alto para alojar viviendas de bajo coste para los pobres. Se tiene ampliamente entendido que los centros de las ciudades deben estar en manos de negocios de ‘primera clase’ (Verma, 2002:62). Se tiene ampliamente asumido por las autoridades que la mayor parte del suelo público vacío en los centros de la ciudad tiene valor estratégico y que por tanto no debería ser desbloqueado para vivienda social. Con estos prejuicios profundamente implantados en sus mentes, las autoridades locales típicamente identifican suelo en lugares cuyo valor corresponde al del trabajo y vidas de los pobres, normalmente lejos, en la periferia. Entonces contratan arquitectos para que proyecten el lugar donde los pobres deben vivir. Y los arquitectos complacen a sus clientes produciendo planos, perspectivas y maquetas bonitas, representando apartamentos distribuidos eficientemente en urbanizaciones planeadas racionalmente con fachadas más o menos sofisticadas.

Segundo paso: Redefiniendo el papel de los arquitectos

Producción social de vivienda en Pune, India

La ciudad de Pune, la octava más poblada de la India con más del 40% de sus habitantes viviendo en barrios de chabolas (más de dos millones), ha provisto a nuestra profesión un ejemplo del papel que podemos jugar cuando trabajamos en proyectos para los pobres (Bapat, 2004). Este ejemplo es un proyecto que se enmarca dentro del programa Jawaharlal Nehru National Urban Renewal Mission (JNNURM) [Misión Nacional de Renovación Urbana de Jewaharlal Nehru], más específicamente dentro del programa Basic Services for the Urban Poor programme (BSUP) [Servicios Urbanos para los Pobres Urbanos].

Este programa moviliza fondos del Gobierno Central (50%), del Estado de Maharashtra (30%), del gobierno local (10%) y de las familias pobres (10%) para mejorar las condiciones de las viviendas e infraestructuras de los barrios pobres. Además de aliviar la situación dramática de varios miles de ciudadanos que viven en chabolas, este proyecto se ha convertido en un precedente que puede revolucionar el papel tradicional de los arquitectos en el desarrollo urbano pro-pobres.


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Figura 2: Un barrio de chabolas de Pune y sus habitantes


Esto está siendo posible gracias al trabajo de varias ONG y líderes comunitarios en capacitar a la población pobre, en sentar precedentes, negociar y crear vínculos con el gobierno (Burra, 1999, 2001). Efectivamente, este trabajo ha sido determinante para cambiar la mentalidad de las autoridades de Pune hacia el cambio de política y actitud que representa este caso (Burra, 1999, 2001). El resultado es que las autoridades locales han acordado usar una parte importante de estos fondos de forma que se asegura que los beneficiarios de verdad se benefician del proyecto. Las autoridades locales, lideradas por un alcalde progresista, han decidido establecer una asociación con organizaciones de los pobres y con las ONG que les dan apoyo. Esta asociación involucra a las comunidades en la toma de decisiones y en asumir la responsabilidad de juntar toda la información necesaria sobre los barrios pobres y sus habitantes, seleccionar las familias aptas para la subvención, diseñar sus futuras viviendas y construirlas. Los arquitectos han tenido un papel esencial en el proyecto, no proyectando nuevos edificios que sustituyan las viviendas viejas y caóticas, sino proveyendo apoyo profesional a las familias seleccionadas, sin dañar las redes sociales y los medios de vida de los que dependen para sobrevivir.

La Alianza

Mahila Milan[1], una red de cooperativas de mujeres de los barrios de chabolas de la India, la National Slum Dwellers Federation (NSDF) [Federación Nacional de Habitantes de Chabolas de la India] y la ONG  Society for the Promotion of Area Resource Centres (SPARC) están asociadas en una entidad conocida como The Alliance [La Alianza] (Appadurai, 2001; McFarlane, 2004). Han estado trabajando juntas para apoyar a los más pobres y a sus organizaciones de varias ciudades de la India desde los años 80. Pune es una de las ciudades donde La Alianza tiene más experiencia, organizando a mujeres pobres a través de sistemas de ahorro colectivo, censos de chabolistas y mapas de barrios de chabolas; intercambiando conocimientos entre barrios y ciudades; y llevando a cabo proyectos de saneamiento y vivienda, entre otras actividades. Desde la creación del JNNURM en 2005, La Alianza ha estado colaborando con las autoridades locales, del Estado y de la Unión, para movilizar todos los fondos necesarios. En enero de 2009, la JNNURM aprobó una partida de fondos para mejorar la vida de unas 10.600 familias que vivían en chabolas (cerca de 60.000 ciudadanos). De estas, unas 6.400 están siendo reasentadas desde algunos barrios situados en zonas de riesgo (en acantilados o espacios fluviales) y en terrenos reservados para usos públicos y de infraestructura, a bloques de apartamentos en la periferia. Las restantes 4.200 familias que ocupan suelo municipal están recibiendo apoyo para reconstruir sus casas in-situ y su estado se va a recalificar de ocupantes informales a usufructuarios. Para el segundo caso, en el cual se concentra este artículo, las autoridades locales juntaron a las ONG involucradas en iniciativas de desarrollo urbano para los barrios de chabolas y distribuyeron las tareas de hacer mapas detallados de estos barrios, censos y listas de familias aptas a recibir la ayuda, dándoles también la posibilidad de competir en la convocatoria de constructores. A SPARC y Mahila Milan se le asignaron un total de 1.200 casas para ser reconstruidas in-situ en siete barrios diferentes.

Una vez reconocida la oportunidad sin precedentes que representaba el apoyo de las autoridades locales a los habitantes de estos barrios, SPARC fortaleció sus capacidades profesionales para poder ayudar de forma eficaz y eficiente a Mahila Milan en las tareas de censar y mapear los barrios, y proyectar las nuevas casas. En el momento del anuncio de la aprobación de los fondos públicos para este proyecto, SPARC ya estaba trabajando con un equipo de arquitectos de Brasil, Portugal y Suecia desarrollando soluciones de vivienda social para la ciudad. Durante cuatro meses, este equipo, junto con las líderes de Mahila Milan, el personal de SPARC y las familias de estos barrios, estuvieron trabajando colectivamente en una estrategia para los siete asentamientos. El trabajo empezó con la elaboración de un diagnóstico, distintos mapas y un análisis exhaustivo de la situación de cada barrio. Cada semana se llevaron a cabo numerosas visitas, visitando a las familias, al Alcalde, al ingeniero jefe, al delegado del gobierno local en los barrios, etc., y se prepararon de forma simultánea propuestas de viviendas. Fruto de estas reuniones y de un proceso de reflexión continuo, los arquitectos prepararon los planos, los dibujos en tres dimensiones y las maquetas de un proyecto de viviendas individuales verticales de dos o tres pisos; una solución que va a permitir que el JNNURM beneficie de verdad a los beneficiarios de la forma más eficaz, sin dañar las redes sociales y medios de vida de los que dependen para sobrevivir.

El proyecto

Alrededor de dos tercios de las casas que existen en los siete barrios seleccionados son estructuras sólidas construidas con hormigón y ladrillo (conocidas localmente como pucca). Este proyecto permite reducir la intervención a sólo los casos de construcciones precarias (conocidas localmente como kuccha). Los arquitectos han respondido a la demanda de las familias de tener espacio en planta baja para sus negocios y tener la posibilidad de incrementar sus casas verticalmente. Más aún, las familias pueden elegir entre tres opciones de extensión (ver Figura 3). Esta extensión se adapta al requisito del programa JNNURM de contribución mínima del 10% por parte de los beneficiarios. Esta estrategia incluye la posibilidad de adosar las viviendas para reducir costes, de contribuir con el 10% en base a un menú de opciones y de llegar a un consenso entre vecinos sobre la mejor opción para mejorar la ventilación, los viales y el espacio abierto del barrio. Las viviendas se han proyectado de manera que permiten a las mujeres de la comunidad, representadas por Mahila Milan, gestionar la mayor parte de la construcción con el apoyo profesional de SPARC. Fundamentalmente, la estrategia desarrollada por los arquitectos es una réplica acelerada y de mejor calidad constructiva del proceso natural de consolidación de los barrios informales.


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Modelo de vivienda

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Agrupación hipotética de viviendas

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Posible escenario: agrupaciones mezcladas

Figura 3: Modelo y agrupación de viviendas

Fuente: http://www.urbanouveau.com


Lecciones para arquitectos

El enfoque arquitectónico que representa este caso no depende de métodos abstractos de diseño, más bien es una actitud adecuada, lo que significa que los pobres no son tratados de forma diferente de las clases medias y altas. Esta es una arquitectura que es capaz de superar prejuicios que están frecuente y profundamente implantados en las mentes de los profesionales. De la misma forma que se espera con clientes de rentas más altas, este enfoque simplemente permite que los pobres influencien cada etapa del proceso (planificación, diseño y construcción) de forma que se puedan incluir características que les ayuden a salir de la pobreza (Turner, 1976).

Las ventajas de los procesos participativos frente a la arquitectura estandarizada impuesta son múltiples (Turner, 1976): primero, los pobres tienen la opción de influenciar en la decisión de dónde van a vivir (en vez de ser realojados forzosamente en la periferia), un lugar donde puedan mantener sus redes sociales y tener acceso a oportunidades económicas y a servicios sociales básicos; segundo, los pobres tienen la posibilidad de cambiar y extender sus casas después de que el proyecto se haya concluido, permitiendo futuras adaptaciones a nuevas necesidades y circunstancias; tercero, el involucrar a los pobres en el proceso desarrolla sentimientos de apropiación y responsabilidad, lo cual conduce a aumentar la calidad y el mantenimiento del producto del proyecto; por último, la participación es un proceso de aprendizaje en el cual se aumenta la capacidad de los pobres como autores de su propio desarrollo y contribuyentes al desarrollo de la ciudad. Efectivamente, al enfocarse en los procesos participativos más que en los resultados impuestos, el desarrollo se convierte en un proceso auto-sostenido, porque contribuye a aumentar las capacidades de los pobres y a mejorar la calidad de las intervenciones en el futuro. A continuación se presentan una serie de lecciones específicas, pero interrelacionadas, que pueden extraerse de la experiencia de los arquitectos que han trabajado en el proyecto de vivienda social de Pune.

Pasando de ser los habladores a ser los que escuchan

La primera lección que se puede extraer de esta experiencia es que los arquitectos dictan menos y toman nota (Forester, 1989; Satterthwaite, 2001: 136). En este proyecto los arquitectos se han aproximado a los pobres con el propósito de aprender y de transferir este aprendizaje a soluciones técnicas específicas y a planos de arquitectura. Para poder responder a las necesidades y aspiraciones de sus clientes, los arquitectos han tenido que cuestionar su ego estético y admitir que la estética es tan subjetiva como determinada por la cultura de cada comunidad. En Pune, los arquitectos aceptaron y aprendieron del caos de los barrios de chabolas porque éste tiene el valor de ser el resultado y el hogar de las dinámicas sociales y medios de vida de los que los pobres dependen para sobrevivir. Escuchando, la arquitectura mejora, y no impone, la calidad de vida.

Comunicación

Otro requisito de trabajar con, y aprender de, los pobres es la buena comunicación (Schön, 1991). En el caso que se ha descrito, los arquitectos tuvieron que encontrar un lenguaje arquitectónico común para entenderse con los habitantes del barrio. De hecho, los habitantes de estos barrios tienen su propio lenguaje y no están preparados para relacionar el lenguaje convencional de los arquitectos con su realidad. El reto yace, por un lado, en ser capaz de comunicar ideas arquitectónicas y soluciones técnicas que tengan en cuenta que la mayoría de la gente no está preparada para traducir planos de dos dimensiones a escala a la realidad multidimensional e incluyendo dinámicas sociales y medios de vida; para lo cual hay que explicar con palabras y gestos en el emplazamiento. Del otro lado, como oyentes y aprendices, se debe hacer el esfuerzo de entender el lenguaje arquitectónico de los pobres, el cual refleja sus prioridades y aspiraciones.

Arquitectura colaborativa

Los arquitectos debemos aprender a formar parte de un equipo pluridisciplinar y con intereses variados: los habitantes de chabolas, el gobierno, el sector privado, otras comunidades, otros profesionales, etc (Healey, 1997). Los arquitectos debemos aprender a ser mediadores, buscando sinergias y consenso, pero manteniendo en mente que los pobres son los clientes, pues son ellos los que van a vivir y trabajar en nuestros proyectos. Más aún, la arquitectura colaborativa tiene el poder de deconstruir prejuicios que tradicionalmente han mantenido todos estos actores segregados, o que han generado desigualdades dentro de comunidades, especialmente entre hombres y mujeres. En Pune, los planos fueron el producto de un equipo multidisciplinar en el que las mujeres de los barrios eran quienes tomaban las decisiones.

Arquitectura participativa

En términos prácticos, la principal diferencia entre la arquitectura orientada al beneficio de políticos y promotores y la arquitectura social es que en la segunda los clientes son normalmente muchos y diversos en cada proyecto. Después de superar nuestros prejuicios, esta diferencia es quizás el reto más importante. Trabajar con múltiples actores conlleva crear una metodología que permita llegar al nivel necesario de adaptación a las necesidades sin entrar en un proceso excesivamente largo. Esta metodología tiene el objetivo de conseguir una mínima estandarización de una solución consensuada a través de una mezcla estratégica de reuniones colectivas e individuales y diseño evolutivo (Jones, 2005). En cualquier caso, es esencial que los arquitectos asumamos (y planifiquemos consecuentemente) que proyectar para colectivos de pobres requiere más tiempo que para clientes individuales.

Construcción gestionada por la comunidad

La arquitectura de vivienda social no se para en el diseño o distribución espacial. La construcción es muy importante en cualquier proyecto, pero lo es más en la arquitectura de vivienda social (Turner, 1976). Aunque en ambos la elección de la tecnología y la gestión de la construcción tienen implicaciones determinantes en el proceso y los resultados. Los costes de construcción deben adaptarse al limitado poder adquisitivo de los pobres, porque el número de viviendas necesarias para cubrir el déficit es muy grande y, sobre todo, por el esfuerzo que significa la contribución de los pobres al coste de la construcción. Esto no significa que la calidad debe ser baja, más bien que la tecnología y la gestión deben ser eficientes. En los casos donde los costes de construcción están fijados por directrices del gobierno, los arquitectos deben hacer el esfuerzo de encontrar la fórmula más eficiente para maximizar tal coste, con una tecnología eficiente que permita proyectar mayores espacios e instalaciones. Para eso la construcción debe prevenir la corrupción y la gestión irresponsable, lo que implica transparencia y rendición de cuentas a los usuarios. La transparencia y la rendición de cuentas a la vez conllevan involucrar a los futuros usuarios en el proceso de seguimiento con poderes vinculantes en todo el proceso de construcción. La elección de la tecnología debe ser decidida conjuntamente con la comunidad, pues los materiales pueden tener significados sociales fuertes. En Pune, la solución a la que se llegó es una versión mejorada del proceso natural de consolidación de las casas y barrios de chabolas. Más aún, el sistema de construcción permite ampliaciones como parte de la contribución de las familias. El contrato de la construcción fue adjudicado a las ONG y a las mujeres que representan a los habitantes de los barrios. La construcción beneficiará a los pobres en varios sentidos: primero, los beneficios del negocio de la construcción se quedarán en la comunidad, principalmente en manos de mujeres (consecuentemente fortaleciendo la posición de la mujer dentro de la familia); segundo, se permite a cada familia hacer el seguimiento de la construcción de forma eficaz, con rendición de cuentas, principalmente porque los responsables de la construcción son también miembros de la comunidad y forman parte de las redes sociales de las que dependen sus medios de vida a largo plazo; y tercero, muchas mujeres de la comunidad están aprendiendo a gestionar las complejas empresas de la construcción, desde los procesos de licitación de obras a la gestión de un gran número de operarios.

Conclusión

Los arquitectos tenemos un papel muy importante a jugar en la reducción de la pobreza en las ciudades. Este artículo no es una llamada a todos los arquitectos a dedicarse al desarrollo urbano para pobres, más bien es una serie de lecciones aprendidas de la experiencia que pueden ayudar a aquellos arquitectos que sí están involucrados en dicha tarea a que hagan su trabajo lo más eficazmente posible. Para eso, para ayudar a reducir la pobreza urbana eficazmente, sin ser contraproducente, los arquitectos tenemos que cuestionar la educación que se nos ha dado así como muchos de los valores que dominan el desarrollo de la mayoría de las ciudades. Debemos cambiar nuestra actitud y permitir que ciudadanos con poca educación formal cuestionen nuestras soluciones, que influencien y que se beneficien del negocio de la construcción de ‘nuestros’ proyectos.

Los arquitectos podemos traducir lo que aprendemos de la interacción con las familias pobres en espacios que les ayuden a superar la pobreza. Estamos suficientemente entrenados para convertir ambientes peligrosos en espacios seguros y estimulantes. Podemos fácilmente comunicar nuestras ideas de espacios y soluciones constructivas con un lenguaje que se pueda entender por todos, incluidos los niños, los mayores y los adultos analfabetos. Nuestros diseños tienen el potencial de elevar el estatus social de los pobres y de las mujeres dentro de las familias. Mejorar las vidas de los pobres, más que la de los promotores y políticos oportunistas, puede también convertirnos en una referencia y ser admirados por nuestros colegas. Este es el poder que reside en nuestro trabajo, pero que la mayoría de nosotros hemos desaprovechado. Esto es lo que muchos de nosotros podríamos, y deberíamos, estar haciendo juntos: apoyar a los mil millones de chabolistas que hay hoy en día para que puedan mejorar sus vidas.

Este artículo es el resultado de una investigación llevada a cabo por el autor en Pune, la cual incluye una investigación de literatura especializada sobre Pune y la India, numerosas visitas a los barrios, conversaciones informales con miembros de la comunidad y sus líderes, con personal de las ONG, con arquitectos involucrados en este y otros proyectos en la ciudad, y entrevistas con el ingeniero jefe del Ayuntamiento, el Delegado (electo) de los barrios del proyecto, y el principal urbanista-consultor del Ayuntamiento de Pune.

Estoy principalmente agradecido a Savita, la líder de Mahila Milan en Pune y su equipo de mujeres increibles, quienes me ayudaron a entender la lucha por la supervivencia que se vive desde los barrios de chabolas; a John Rainbow, jefe de proyectos de SPARC en Pune; a Sarah Göransson y Filipe Balestra, los arquitectos que crearon la estrategia de vivienda del proyecto; a Prasanna Desai, el arquitecto-urbanista y director de la Escuela de Arquitectura de Pune; a Dhananjay, el ingeniero de SPARC; a las arquitectas Sneha y Roohma; a Katia Savchuk de SPARC por su ayuda y valiosos comentarios en una versión preliminar de este artículo; y a Sheela Patel, directora de SPARC, por su valiosísima ayuda y apoyo en esta iniciativa.

Bibliografía

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Notas


[1]: Mujeres juntas, en Maharathi, la lengua de Pune y su estado Maharashtra.


Edición del 30-6-2010
Revisión: Raquel Antízar Mogollón
Edición: Susana Simón Tenorio
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