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Boletín CF+S > 44: Tierra y libertad > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n44/aeboe.html   
Discurso de la servidumbre voluntaria o el contra uno
Étienne de La Boétie[1]
Orléans (Francia), 1549?.[2]

Discours de la Servitude volontaire
Discourse on Voluntary Servitude


Advertencias del traductor

Hemos variado con frecuencia la puntuación y, alguna vez, hemos separado también con números, o punto y aparte, párrafos que La Boétie coloca tan sólo separados por un punto y seguido, e incluso por un punto y coma, o dos puntos. Esto dará más claridad a la traducción y servirá para deslindar temas muy diversos que nuestro autor inserta uno a continuación de otro.

Este último defecto es muy frecuente en el Discurso y, en realidad, el ensayo de La Boétie está lleno continuamente de digresiones, ejemplos e interpolaciones, algunas veces con un sentido —nos atrevemos a insinuar— puramente exhibicionista de conocimiento de los clásicos, muy característico en los humanistas de su época. El mismo La Boétie reconoce muchas veces que se sale de la línea general del Discurso, diciendo en varias ocasiones: «Y volviendo al hilo de mi discurso...».

En cuanto a la traducción, hemos procurado hacerla lo más literal posible, con objeto de que conserve el encanto del estilo de la época y del autor. Esto puede ser que haga, ciertamente, un poco dificultosa la lectura, pero de haber hecho una traducción excesivamente libre, hubiéramos quitado al Discurso una precisión terminológica que estimamos indispensable para conocer su verdadero sentido y valor.

José María Hernández-Rubio, 1947.


Advertencias sobre las obras de La Boétie al lector[3]

Lector: me debes todo lo que disfrutas del que fue Étienne de La Boétie, pues te advierto que su idea fue no darte a conocer, y hasta creo que no estimó nada digno de llevar su nombre en público. Pero yo que no soy tan altanero, no habiendo encontrado otra cosa en su librería —que él me legó en su testamento— no he querido, sin embargo, que ésta se perdiese; y, a mi corto juicio, espero que te des cuenta de que los más sabios de nuestros tiempo muy a menudo hacen elogio de cosas más nimias que ésta. Oigo decir a los que le han conocido más joven (pues nuestra amistad no empezó hasta, poco más o menos, seis años antes de su muerte) que había hecho con talento otros versos latinos y franceses que compuso bajo el nombre de Gironde, y de ellos oí recitar espléndidos trozos. También el que ha escrito las antigüedades de Bourges cita algunos más que reconozco; pero no sé adónde ha ido todo esto, así como tampoco sus poemas griegos. Y, en verdad, a medida que cada inspiración le venía a la mente, se desahogaba sobre el primer papel que caía en su mano, sin cuidado alguno por conservarlo. Te aseguro que he hecho lo que he podido y que, al cabo de siete años que hace que lo hemos perdido, no he podido recobrar más que lo que tú ves, salvo un Discurso de la servidumbre voluntaria y algunas memorias de nuestras disensiones sobre el edicto de 1562. Pero en cuanto a estos dos últimos escritos, los encuentro sobrado lindos y delicados para abandonarlos al ambiente grosero y pesado de una época tan ingrata.

A Dios.

Michel de Montaigne
En París, a 10 de agosto de 1570.


Discurso de la servidumbre voluntaria o el contra uno

1

En tener varios señores no veo ningún bien; que uno, sin más, sea el amo, y que uno sólo sea el rey.

Homero

Esto dice Ulises en Homero (Iliada, Libro II, vs. 204-205), hablando en público. Si no hubiera dicho más que «En tener varios señores no veo ningún bien», estaría tan bien dicho que más no cabría; pero, en este caso, para hablar con razón, él debía decir que la dominación de varios no podía ser buena, puesto que el poder de uno solo, desde el momento que toma este título de amo, es duro e irracional y, no obstante, ha acabado completamente al revés, afirmando «que uno, sin más, sea el amo, y que uno solo sea el rey.».

Sin embargo, indudablemente hay que excusar a Ulises, el cual en aquella ocasión tuvo necesidad de usar de este lenguaje, y servirse de él, para apaciguar la rebelión del ejército, conformando —creo yo— su expresión más a las circunstancias que a la verdad. Pero, hablando en conciencia, es una desgracia extrema el estar sujeto a un amo del cual no se puede estar nunca seguro que sea bueno, puesto que se encuentra siempre en potencia para ser malvado cuando quiera; y en caso de haber varios amos, es tanto como tener otras tantas posibilidades de ser desgraciado en extremo. Si no quiero discutir en esta ocasión la cuestión tan debatida de si las otras formas de gobierno son mejores que la monarquía, a lo que sí quiero llegar y, aun más, quisiera saber —antes de discutir qué rango debe tener la monarquía entre los gobiernos—, es si debe tener alguno; porque es difícil creer que haya nada de público en este gobierno donde todo es de uno. Pero esta cuestión está reservada a otro momento, y bien exigiría su tratado aparte, o, más bien, arrastraría consigo todas las discusiones políticas.

Por ahora no deseo sino comprender, si es posible, cómo puede ocurrir que tantos hombres, tantas aldeas, tantas ciudades, tantas naciones, sufran de cuando en cuando un tirano solo, que no tiene más poder que el que se da él mismo, que no tiene más poder que causar daño y en tanto que aquellos han de querer sufrirle; y que no sabría hacerles mal alguno, sino en tanto en cuanto prefieren mejor sufrirle que contradecirle.[4] Hecho extraordinario y, sin embargo, tan común —y por esta razón hay que dolerse más y sorprenderse menos— es ver un millón de millones de hombres servir miserablemente, teniendo el cuello bajo el yugo, no constreñidos por una fuerza muy grande, sino en cierto modo (parece) encantados y prendados por el solo nombre de UNO, del cual no deben ni respetar el poder, puesto que está solo, ni amar las cualidades, puesto que es, en su opinión, inhumano y salvaje. Tal es la debilidad de nosotros los hombres: hay a menudo que obedecer a la fuerza, hay necesidad de contemporizar; no se puede ser siempre el más fuerte. Por consiguiente, si una nación es obligada por la fuerza de la guerra a servir a uno, como la ciudad de Atenas a los treinta tiranos, no hay que sorprenderse de que sirva, sino adolecerse de la desgracia; o, más bien, ni sorprenderse ni dolerse, sino llevar pacientemente el mal y reservarse para un porvenir de mejor fortuna.

Nuestra naturaleza es así, y los comunes deberes de la amistad dirigen una buena parte del curso de nuestra vida. Es razonable amar la virtud, estimar las bellas acciones, conocer el bien y de dónde se ha recibido, y disminuir a menudo nuestra comodidad para aumentar la dignidad y las prerrogativas de aquel que se ama y se lo merece. Así, por consiguiente, si los habitantes de un país han encontrado algún gran personaje que les haya demostrado un gran interés por guardarles, una gran valentía para defenderles y un gran cuidado para gobernarles; si, de aquí en adelante, se resignan a obedecerle y se confían tanto que le conceden algunas prerrogativas, no sé si esto será hábil, pero si es posible deducir de aquí el campo donde él hacía el bien y deducir dónde podrá hacer el mal; pero, ciertamente, no cabría equivocarse sobre su bondad, ni temer mal del que no se ha recibido más que bien.

Pero, ¡Dios mío! ¿Qué puede ser? ¿Cómo diremos que se llama? ¿Qué desgracia es, o qué vicio, o, más bien, qué desgraciado vicio es éste de ver a un número infinito, no obedecer, sino servir; no ser gobernados, sino tiranizados, no teniendo bienes, parientes, ni hijos, ni la misma vida que sea de ellos? Sufrir el pillaje, las concupiscencias, las crueldades, no de un ejército, no de una banda de bárbaros, contra el cual y ante la cual podrían derramar su sangre y dejar la vida, ¡sino de uno solo!, y no de un Hércules o un Sansón, sino de un homúnculo y, con frecuencia, del más vil y afeminado de la nación; no acostumbrado al polvo de las batallas y ni siquiera, a duras penas, a la arena de los torneos, que no sólo no puede por su escasa fuerza mandar a sus hombres, sino además es incapaz totalmente de servir vilmente a la más pequeña mujercilla.[5] ¿Llamaremos a esto ruindad? ¿Diremos que los que le sirven son cobardes y viles? Si dos, si tres, si cuatro, no se defienden de uno, tal vez resulte extraño, mas no obstante posible, y bien se podrá decir, con razón, que es falta de corazón o de valor. Pero si ciento, si mil, sufren a uno solo, ¿no se dirá que no quieren, no que no se atreven a capturarle, y que no es cobardía, sino más bien desprecio y desdén? Mas, si se ve, no a ciento, ni a mil hombres, sino a cien campos, mil ciudades, un millón de hombres no atacar a uno solo del cual el mejor trato de todos los recibidos es el ser considerado como siervo y esclavo: ¿cómo podremos llamar a esto? ¿Es villanía?

Con arreglo a lo anteriormente dicho, hay en todos los vicios, naturalmente, un límite, más allá del cual no pueden pasar. Así, dos pueden temer a uno y, posiblemente, diez también; pero mil, un millón, mil ciudades, si no se defienden de uno, no se puede llamar cobardía, pues ésta no llega hasta este límite, de la misma manera que la valentía no llega hasta el punto de que uno solo escale una fortaleza, ataque a un ejército o conquiste un reino. Por consiguiente, ¿qué monstruoso vicio es éste que no merece ni siquiera el título de cobardía? ¿Quién encuentra un hombre más villano? ¿Qué naturaleza no desaprueba esta actuación que hasta la lengua rehúsa denominarla?

2

Que se pongan de un lado cincuenta mil hombres en armas y el mismo número, del otro; que se les lance a la batalla; que se encuentren unos, libres, combatiendo por su libertad y los otros, por quitársela. ¿A cuáles se les presagiará, por presunción, la victoria? ¿Cuáles, se pensará, que irán más temerariamente al combate; los que esperan como galardón de su sacrificio la conservación de su libertad, o los que no pueden esperar cobrar los golpes que dan o que reciben más que con la servidumbre de los otros? Unos tienen siempre ante sus ojos la felicidad de su vida pasada, la esperanza de un gozo semejante en el porvenir; no tienen presente tanto lo que sufren durante el corto tiempo que dura una batalla, como lo que les convendrá para nunca sufrir ellos mismos, sus hijos y toda la posteridad. Los otros, no tienen nada más que les aliente que una baja codicia que se embota pronto ante el peligro y que no puede ser tan ardiente que no deba y parezca extinguirse a la menor gota de sangre que salga de sus heridas. En las batallas tan renombradas de Maliciados, de Leónidas, de Temístocles, que han tenido lugar dos mil años ha y viven hoy todavía tan frescas en la memoria de los libros y de los hombres, como si fuese anteayer cuando tuvieron lugar en Grecia, por el bien de Grecia y para dar ejemplo a todo el mundo, ¿qué es lo que se piensa que dio a tan pequeño número de gentes que eran los griegos, no el poder, sino el valor para resistir la fuerza de tantos navíos que la mar misma estaba llena de ellos, para deshacer tantas naciones que estaban mucho mejor provistas que el ejército de los griegos en capitanes y que distaban tanto de los ejércitos enemigos, sino que —parece— en aquellos días gloriosos, no era tanto la batalla de los griegos contra los persas la que se ventilaba, sino que era más bien la batalla y victoria de la libertad sobre la dominación y de la liberalidad sobre la codicia?

Es extraordinario oír hablar de la valentía que la libertad pone en los corazones de aquellos que la defienden; pero esto que ocurre en todos los países, en todos los hombres, todos los días, que un hombre solo vitupere a cien mil ciudades y las prive de su libertad, ¿quién lo creería, si no hiciera más que oírlo decir y no verlo? Y si ello no se viera más que en países extraños y en lejanas tierras, y porque se dice, ¿no se pensaría que esto era más bien fingido e inventado que verdadero? Aun, a este tirano, no es menester combatirle, no hay necesidad de defenderse de él, por sí mismo se anula, ya que el país no consiente en la servidumbre, no hace nada por hacerlo desaparecer, pero no le da nada tampoco; no es necesario que el país se tome el trabajo de hacer nada para sí, pero que tampoco se tome el trabajo de hacer nada contra sí mismo. Son, pues, los mismos pueblos los que se dejan o, más bien, se hacen someter, pues cesando de servir, serían, por esto mismo, libres. Es el pueblo el que se esclaviza, el que se corta el cuello, ya que, teniendo en sus manos el elegir estar sujeto o ser libre, abandona su independencia y toma el yugo, consiente en su mal o, más bien, lo persigue. Si le cuesta algún trabajo recobrar su libertad, yo no le presionaría a ello, aunque esto sea lo que el hombre debe tener como querido —el restablecerse en su derecho natural y, podríamos decir, de bestia volver a ser hombre—; pero aunque no aspiro a tan gran atrevimiento en este pueblo, no le permito que ame mejor una no sé que especie de seguridad de vivir cómodamente. ¡Qué ocurrirá si para tener la libertad no se hace más que desearla, si no se tiene necesidad más que de un simple querer! ¿Habrá nación en el mundo que estime la libertad como lo más caro, queriéndola ganar tan sólo por un deseo? ¿Y quién economiza su valor para recobrar el bien que se debería rescatar siempre al precio de la propia sangre y el cual, una vez perdido, todas las gentes de honor deben considerar la vida como ingrata y la muerte como saludable? De la misma manera que el fuego de una pequeña chispa llega a ser grande y se refuerza más y más cuando se une a la madera, y aun más si ésta se encuentra en condiciones de arder, y si no se tiene agua para extinguirle, únicamente no arrojando a él más madera, no haciendo más que abandonarlo, se consume a sí mismo y se convierte en algo sin forma y que deja de ser fuego; así también los tiranos más saquean, más exigen, más arruinan y destruyen, mientras más se les entrega y más se les sirve, tanto más se fortalecen y se hacen tanto más fuertes y más ansiosos de aniquilar y destruir todo; y si no se les entrega nada, si no se les obedece, sin combatir y sin herir, quedan desnudos y derrotados y no son nada, igual que la raíz que, no teniendo sustancia ni alimento, degenera en una rama seca y muerta.

Los valientes, para adquirir el bien que exigen, no temen al peligro; los prudentes no rechazan el sacrificio. Los cobardes y los fríos no saben ni soportar el mal, ni recobrar el bien: piensan demasiado lo que anhelan, y la virtud que pretenden adquirir es destruida por su debilidad, y el llegar a poseerla es impedido por su carácter.

Este anhelo, esta voluntad para desear las cosas que, siendo valiosas, los hacen dichosos y alegres, es común a los sabios y a los indiscretos, a los valientes y a los cobardes. Sólo hay una, se puede decir, en la cual, no sé por qué, la naturaleza ha hecho imperfectos a los hombres para desearla: es la libertad, la cual es, sin embargo, un bien tan grande y tan agradable que, una vez perdida, todos los males se hacen patentes, y los bienes mismos que aún duran pierden enteramente su gusto y su sabor, corrompidos por la esclavitud. La libertad sola no la desean los hombres por la sencilla razón, a mi entender, de que si la desearan, la tendrían. Es como si rehusaran a realizar esta bella adquisición, tan sólo porque es demasiado fácil.

¡Pobres y miserables gentes, pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro mal y ciegas para vuestro bien! ¡Os dejáis quitar ante vuestros propios ojos lo más bello y más querido de vuestro pasado; saquear vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de antiguos y patriarcales muebles! Vivís de tal manera que podéis decir que nada es vuestro, y parecería como si, a partir de este instante, constituyera un gran honor poseer a medias vuestros bienes, vuestras familias y vuestras vidas; y todo este estrago, esta desgracia y ruina, os viene, no de los enemigos, sino precisamente del enemigo, de éste que os hace tan grande como él mismo, por el cual vais tan valientemente a la guerra, por cuya grandeza no rehusáis dar la vida. Este que os domina tanto, no tiene más que dos ojos, no tiene más que dos manos, no tiene más que un cuerpo y no tiene ni una cosa más de las que posee el último hombre de entre los infinitos que habitan en vuestras ciudades. Lo que tiene de más sobre todos vosotros son las prerrogativas que le habéis otorgado para que os destruya. ¿De dónde tomaría tantos ojos con los cuales os espía, si vosotros no se los hubierais dado? ¿Cómo tiene tantas manos para golpear si no las toma de vosotros? Los pies con que holla vuestras ciudades, ¿de dónde los tiene si no es de vosotros? ¿Cómo tiene algún poder sobre vosotros, si no es por obra de vosotros mismos? ¿Cómo osaría perseguiros, si no hubiera sido enseñado por vosotros? ¿Qué os podría hacer si vosotros no fuerais encubridores del ladrón que os roba, cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos? Sembráis vuestros frutos a fin de que él en vuestra presencia los devaste; amuebláis y ocupáis vuestras casas para proveer a sus expediciones de robo; criáis a vuestras hijas a fin de que tenga en qué saciar su lujuria; alimentáis a vuestros hijos a fin de que él les lleve consigo para, en el mejor de los casos, conducirlos a la matanza en sus guerras, o convertirlos en administradores de sus codicias y ejecutores de sus venganzas; os despedazáis dolorosamente, a fin de que él pueda tratarse delicadamente en sus diversiones y revolcarse en sucios y villanos placeres; os debilitáis a fin de hacerle más fuerte y rudo y teneros más corto de la brida. ¡Hacéis tantas indignidades que las bestias mismas no aguantarían ni sufrirían! Pero podéis libraros si ensayáis, no siquiera a libertaros, sino únicamente a querer serlo. Estad resueltos a no servir más y seréis libres. No deseo que le forcéis, ni que le hagáis descender de su puesto; sino únicamente no sostenerlo más, y le veréis como un gran coloso al que se ha quitado la base y, por su mismo peso, se viene abajo y se rompe.

3

Pero, acertadamente, los médicos aconsejan bien no tocar las heridas incurables; y no soy sabio para aconsejar en este asunto al pueblo que ha perdido, tiempo ha, toda conciencia y al cual, desde que no siente su mal, basta únicamente con mostrarle que su enfermedad es mortal. Buscamos, pues, encontrar el fundamento de cómo está enraizada esta pertinaz voluntad de servir, de tal manera que parece ahora que el mismo amor a la libertad no es ni siquiera natural.

En primer lugar esto es debido, creo yo, indudablemente, a que si viviéramos con los derechos que la naturaleza nos ha dado y las enseñanzas que nos comunica, seríamos naturalmente obedientes a los padres, sujetos a la razón y no seríamos siervos de nadie. De la obediencia que cada uno, sin otra advertencia que su propia naturaleza, presta a su padre y a su madre, todos los hombres son testigos, cada uno en sí y por sí mismo. El problema de si la razón nace con nosotros o no es una cuestión discutida a fondo por los académicos y tratada por toda la escuela de los filósofos; hoy día, en esta hora, no consideraría que yerro creyendo que hay en nuestra alma algún semen de razón que, sostenido por buen consejo y hábito, florece en virtud y, al contrario, a menudo, no pudiendo subsistir contra los vicios sobrevenidos, es sofocado y aborta. Pero, sin duda, no hay nada tan claro y aparente en la naturaleza, y ante lo cual no está permitido hacerse el ciego, como esto: que la naturaleza —ministro de Dios y gobernadora de los hombres— nos ha hecho a todos de la misma forma y, al parecer, en el mismo molde, a fin de que nos reconozcamos mutuamente todos como compañeros, o más bien como hermanos; y si, haciendo el reparto de los presentes que nos ofrece, ha concedido algunas ventajas en sus beneficios, bien al cuerpo o al espíritu, o a unos más que a otros, si no ha pretendido colocarnos en este mundo como en un campo cercado y no ha enviado aquí abajo a los más fuertes e inteligentes como a los salteadores armados en un bosque para devorar a los más débiles, hay que creer más bien, por el contrario, que creando así a unos con unas cualidades más grandes y a otros con otras más pequeñas, quiso dar ocasión al afecto fraternal y que éste tenga donde emplearse, teniendo unos posibilidades de dar ayuda y otros necesidad de recibirla. Así pues, si esta buena madre nos ha dado a todos toda la tierra por morada, nos ha alojado, en cierto modo, en una misma casa, nos ha configurado a todos de la misma masa, a fin de que cada uno se pueda mirar y casi reconocer en el otro, si nos ha dado a todos en común este gran don de la voz y de la palabra para unirnos íntimamente y fraternizar más, y hacer, por la habitual y mutua declaración de nuestros pensamientos, una comunión de nuestras voluntades; si ha procurado por todos los medios el apretar y estrechar más fuertemente el nudo de nuestra alianza y sociedad; y si ha mostrado en todas las cosas que lo que más quería era unirnos y que todos fuéramos uno; no hay duda de que todos somos libres, porque todos somos compañeros, y no puede caber en la mente de nadie que la naturaleza haya colocado a algunos en la esclavitud, habiéndonos colocado a todos en comunidad.

Pero, en verdad, es inútil discutir si la libertad es natural, puesto que no se puede tener a ninguno en servidumbre sin hacerle agravio, y no hay nada en el mundo tan contrario a la naturaleza (siendo tan racional), como la injuria. Queda, por consiguiente, por decir que la libertad es natural y, por la misma razón, a mi entender, que no hemos nacido tan sólo en posesión de nuestra libertad, sino también con el deseo de defenderla. Luego, si por ventura se nos presenta alguna duda sobre esto y somos tan degenerados que no podemos reconocer nuestros bienes, ni tampoco nuestros afectos naturales, será necesario que yo os haga el honor que os pertenece y que eleve, por así decirlo, a las bestias brutas, para enseñaros vuestra naturaleza y condición. Las bestias (¡Dios me ayude!) si los hombres no son demasiado sordos les gritan: ¡VIVA LA LIBERTAD! Muchas hay entre ellas que mueren en el momento en que son capturadas: como el pez que pierde la vida cuando le sacan del agua, de la misma manera, si a ellas les quitan la luz no quieren sobrevivir a su libertad natural. Si los animales tuvieran entre ellos rangos naturales y preeminencias considerarían, a mi entender, la libertad como su nobleza máxima. Todos ellos, desde los más grandes hasta los más pequeños, cuando se les captura, hacen tan gran resistencia con las garras, los cuernos, las patas, la boca, que declaran muy bien cuánto aprecian lo que pierden, luego, estando ya presos, nos dan tantas señales claras del conocimiento que tienen de su desgracia que es digno de ver cómo, de aquí en adelante, su estado es más bien un consumirse que un vivir, y que continúan su vida más para llorar su felicidad perdida que para complacerse en su esclavitud. ¿Qué otra cosa quiere decir sino el elefante, que estando armado hasta más no poder y viviendo muy libre, estando a punto de ser capturado, abre sus mandíbulas, clava sus colmillos contra los árboles, si no es el gran deseo que tiene de permanecer libre como ha nacido, y piensa y trata entonces de negociar con los cazadores por si, al precio de sus colmillos, no será abandonado y será aceptada la entrega de su marfil, pagando con esta renta su libertad? Engordamos al caballo desde que nace para utilizarle en servir y si no sabemos halagarle mucho cuando se le lleva a domar, ¿no muerde el freno y no rechaza la espuela, al parecer, para mostrar su naturaleza y testimoniar, al menos de esta manera, que sirve, no de grado, sino por fuerza? ¿Qué quiere decir esto, pues?

Los bueyes mismos bajo el peso del yugo gimen, y los pájaros en la jaula lloran.

Como he dicho ya alguna vez, pasando el tiempo, en mis rimas francesas; porque yo no temo, escribiéndote a ti, ¡oh, Longa!, mezclar mis versos, los cuales no leo nunca más que por la cara que pones de que te gustan, pues bien sabes que soy vanidoso. Así, por consiguiente, puesto que todas las cosas que tienen sentimiento, y desde que lo tienen, aprecian el mal de la sujeción y corren tras la libertad, y puesto que las bestias, que incluso son hechas para el servicio del hombre, no se pueden acostumbrar a servir más que con protestas y señales de un deseo contrario: ¿qué fatalidad es ésta que ha podido desnaturalizar tanto al hombre nacido, en verdad, solamente para vivir libre, y hacerle perder el recuerdo de su primer estado y el deseo de recuperarlo?

4

Hay tres clases de tiranos (hablo de los príncipes ruines): unos poseen su reino por elección de su pueblo, otros por la fuerza de las armas y otros por sucesión de su estirpe. Los que lo han adquirido por derecho de guerra se portan de tal manera que se conoce bien que están, como quien dice, en país conquistado. Los que nacen reyes no son comúnmente mucho mejores, ya que han nacido y han sido nutridos con la sangre de la tiranía; sacan con la leche la naturaleza de tiranos y forman el Estado con los pueblos que se encuentran bajo su potestad, así como con sus siervos hereditarios; bien avaros o bien pródigos, tal como ellos son, hacen con su reino como con su herencia. Aquél a quien el pueblo ha dado el Estado debería ser, me parece, más soportable; y lo sería, creo yo, pero, desde que se ve elevado por encima de los otros en este puesto y adulado por eso que se denomina la grandeza, decide no moverse más de su puesto y, comúnmente, hace situación propia del poder que el pueblo le ha entregado para dejárselo a sus hijos; y luego, desde el momento que han tomado esta decisión, es extraordinario ver cómo incurren en la misma especie de vicios que los otros tiranos, e incluso en la crueldad; no ven otro medio para asegurar la nueva tiranía que extender más la esclavitud y apartar tanto más a los súbditos de la libertad, puesto que el recuerdo de ella está fresco, con objeto de hacérselo perder. Mas, para decir verdad, estimo que hay entre ellos alguna diferencia, pero de mejor[6] no veo nada; y siendo diversos los medios de llegar al reinado, siempre la forma de reinar es casi la misma. Los elegidos, como si hubieran cogido toros que domesticar, tratan de este modo a los súbditos: los conquistadores piensan tener derecho sobre sus víctimas y los sucesores hacerlos, de este modo, sus naturales esclavos.

Pero, a propósito de esto, si por casualidad nacieran hoy día algunas personas totalmente nuevas, no acostumbradas a la sujeción, ni tampoco a la libertad, ni supieran qué es lo uno ni lo otro, ni pusieran gran atención en los nombres; si se les ofreciera el estar sometidos o vivir en libertad, ¿por qué se decidirían? No hay dificultad en pensar que ellas desearían mucho más obedecer solamente a la razón que servir a un hombre; y no es probable que hiciesen lo que los de Israel, que sin coacción y sin ninguna necesidad se fabricaron un tirano. No leí nunca la historia de este pueblo pero no siento por ellos una gran lástima y, casi me convierto en inhumano, si digo que me alegro de cuantos males les vengan. Pero, ciertamente, a todos los hombres, antes de dejarse subyugar, les ocurre una de estas dos cosas: o son coaccionados o burlados. Coaccionados por las armas extranjeras, como Esparta y Atenas por las fuerzas de Alejandro, o por las facciones, lo mismo que el señorío de Atenas vino a parar a manos de Pisistrato. Por engaño pierden a menudo la libertad y, en este caso, no son tanto seducidos por los otros como engañados por ellos mismos: así, el pueblo de Siracusa, la ciudad señora de Sicilia, que hoy se llama Saragusa, estando oprimida por las guerras, sin pensarlo, y no atendiendo más que al peligro, eleva a Dionisio I y le encarga el mando del ejército; y no se da cuenta de que con esto le hacen tan grande que, este ‘buena pieza’, volviendo victorioso, como si no hubiera vencido a sus enemigos, sino a sus ciudadanos, se convierte de capitán en rey y de rey en tirano.

No es explicable cómo el pueblo, desde el momento en que es sometido, cae rápidamente en una especie tan profunda de olvido de la independencia que no es posible que se despierte para volverla a recuperar, sirviendo tan franca y tan voluntariamente, que se diría al verle, que no ha perdido su libertad, sino su esclavitud. Es verdad, que al principio se le sirve, [7] coaccionado y vencido por la fuerza, pero los que vienen después, no habiendo conocido nunca la libertad, y no conociendo más que esta situación, sirven sin pena y hacen voluntariamente lo que sus predecesores habían hecho por coacción. Esto es, los hombres nacen bajo el yugo y, después, nutridos y educados en la servidumbre, sin mirar más allá, se contentan con vivir como han nacido, y no piensan jamás en tener otro derecho, ni otro bien, que éste que han encontrado, y consideran como natural la situación de su nacimiento. Y, no obstante, no hay derecho tan pródigo y descuidado que alguna vez no examine sus libros para saber si goza de todos los derechos de su sucesión, o si se los han usurpado a él o a su antecesor. Pero, ciertamente, la costumbre, que tiene un gran poder sobre nosotros en todos los asuntos, no tiene en ningún otro tan grande influjo como el de enseñarnos a servir y (como se dice de Mithridate, el cual se acostumbró a beber el veneno) hacernos aprender a tragar y no encontrar amargo el veneno de la servidumbre.

No se puede negar que la naturaleza no tenga en nosotros poder para llevarnos donde ella quiera y crearnos buenos o malos; pero hay que confesar que tiene sobre nosotros menos poder que la costumbre, porque el carácter natural, por bueno que sea, se pierde si no es conservado con cuidado, y la educación nos hace siempre a su gusto a pesar de la naturaleza. Las semillas de bien que la naturaleza pone en nosotros son tan pequeñas y delicadas que no aguantan el menor choque de una nutrición contraria; no se conservan muy fácilmente, pues se degeneran, se disuelven y se reducen a la nada; ni más ni menos que los frutales, los cuales teniendo todos alguna cualidad especial, que conservan bien si se les deja crecer, no obstante la pierden al punto para dar frutos extraños a los suyos si se les injerta. Las plantas tienen cada una su propiedad, su natural y su singularidad, pero, sin embargo, el hielo, el tiempo, el terror a la mano del jardinero aumentan o disminuyen muchas de sus virtudes, y la planta que se ha visto en su lugar natural es imposible reconocerla en otro sitio. ¡Quién viera a los venecianos, un puñado de hombres viviendo tan libremente que el más miserable de ellos no querría ser rey, y todos nacidos y criados de tal modo que no conocen otra ambición más que la de conservar cuidadosamente su libertad! Así educados y hechos desde la cuna no aceptarían todo el resto de la felicidad en la tierra a cambio de la menor parte de su independencia. Quién hubiera visto, digo yo, a estos personajes, a partir de este momento, se iría a las tierras de aquel que llamamos Gran Señor.[8] Viendo aquí gentes que no quieren haber nacido más que para servir y que por mantener al tirano pierden su vida, ¿no pensaría que unos y otros lo consideran como natural, o incluso no estimaría que —saliendo de una ciudad de hombres— no ha entrado en un recinto de animales? Licurgo, el legislador de Esparta, habiendo criado, se dice, dos perros hermanos, los dos nutridos con la misma leche, uno cebado en la cocina y el otro acostumbrado a los campos, al son de la trompa y el cuerno, queriendo mostrar al pueblo lacedemonio que los hombres son como los hace la educación, colocó a los dos perros en pleno mercado y, entre ellos, una sopa y una liebre. «Sin embargo —dijo—, ambos son hermanos.». En consecuencia, Licurgo, con sus leyes y su policía, educó e hizo tan bien a los lacedemonios que cada uno de ellos quiso morir de mil muertes antes que reconocer a otro señor que la ley y el rey.

Me alegra rememorar un diálogo que tuvieron en otro tiempo los favoritos de Jerjes, el gran rey de Persia, referente a los espartanos. Cuando Jerjes hacía los preparativos de su gran ejército para conquistar Grecia, envió a sus embajadores a las ciudades griegas para pedir agua y tierra ya que éste era el modo que los persas tenían de intimidar a las ciudades a la redención. A Esparta y Atenas no envió ninguno, porque con los que Darío, su padre, había enviado para hacer petición semejante, los espartanos y los atenienses los habían lanzado; a unos, en unas fosas y a los otros, los habían hecho saltar dentro de un pozo, diciéndoles que tomaran allí libremente la tierra y el agua para llevárselas a su príncipe, pues estas gentes no podían soportar ni la menor palabra tocante a su libertad. Por haber obrado de este modo los espartanos reconocieron que habían incurrido en el odio de los mismos dioses, especialmente de Talthibio, dios de los heraldos, y entonces pensaron enviar a Jerjes, para apaciguarlo, a dos de sus ciudadanos, para que se presentaran a él y éste dispusiera de ellos a su antojo y se cobrara de los embajadores que habían sido enviados por su padre y habían sido muertos. Dos espartanos, uno llamado Specte[9] y otro Bulis se ofrecieron de grado para realizar este pago. Marcharon, y en el camino llegaron al palacio de un persa que se llamaba Gidarme, [10] el cual era el lugarteniente del rey en todas las ciudades de la costa de Asia. Los recibió con muchos honores y después de algunas palabras, derivando de una en otra, les preguntó por qué rehusaban tan insistentemente la amistad del rey.

—Creedme espartanos —dijo—, y reconoced en mí cómo el rey sabe honrar a los que valen, y pensad que, si vosotros os hacéis sus súbditos, os haría lo mismo; si sois de él y lo conocéis, no habrá ninguno de entre vosotros al cual no haga señor de una ciudad de Grecia.

—En esto, Gidarme, no sabrías darnos un buen consejo —dijeron los lacedemonios—, porque el bien que nos prometes, tú lo has experimentado, pero el que nosotros gozamos no sabes lo que es; has probado el favor del rey, pero de la libertad —¡cuán agradable y qué dulce es!—, tú no sabes nada, pues si la hubieras probado, tú mismo nos aconsejarías defenderla no con lanza y el escudo, sino hasta con los dientes y las uñas.

El espartano que habló dijo lo que era preciso decir; pero, ciertamente, uno y otro revelaron cómo habían sido educados, pues no se podía pedir que el persa sintiera perder la libertad no habiéndola tenido nunca, ni que los lacedemonios sufrieran la sujeción habiendo gustado la independencia.

Catón el Uticano, siendo todavía niño y bajo tutela, iba y venía a menudo a casa de Sila el Dictador, ya que por razón del lugar y la casa donde él estaba, no se le cerraban nunca las puertas, pues eran próximos parientes. Le acompañaba siempre su maestro cuando iba allí, como era costumbre entre los hijos de la clase noble. Y se dio cuenta de que en la casa de Sila, en su presencia o por orden suya, se encarcelaba a unos o se condenaba a otros, uno era desterrado y otro, estrangulado; uno demandaba la confiscación de un ciudadano y otro, la cabeza. En suma, todo ocurría allí, no como en casa de un magistrado de la ciudad, sino como en casa del tirano de un pueblo: aquello no era un tribunal de justicia sino una cueva de tiranía. El noble niño dijo entonces a su maestro «¿Por qué no me dais un puñal? Lo ocultaré bajo mi vestido; yo entro a menudo en la alcoba de Sila antes de que esté levantado, y tengo el brazo lo bastante fuerte para liberar a la ciudad». He aquí unas palabras de Catón. Es un buen comienzo para este personaje digno de su muerte y, a pesar de que no se dice ni su nombre ni su país, que se cuenta el hecho tal cual es, el hecho habla por sí mismo y es digno de juzgarse como una bella aventura. Y en verdad, se puede decir que él era romano y nacido en Roma, en la verdadera Roma y cuando ésta era libre.

5

¿A qué fin todo esto? No es cierto que yo estime que la paz o el terror solucionen nada, ya que todos los países son contrarios a la esclavitud y desean ser libres, pero soy de la opinión que hay que tener lástima de aquellos que naciendo, se encuentran con el yugo al cuello y que, o bien se les excusa o bien se les perdona si, al no haber visto nunca más que la sombra de la libertad y no estando advertidos, no se dan cuenta del mal que significa ser esclavos. Si hay algún país —como dice Homero de los cimerios[11]— donde el sol se muestra de otro modo a nosotros y, después de lucir seis meses de claridad continua, los deja durmientes en la oscuridad sin venir a verles de nuevo en otro medio año, los que nacieran durante esta larga noche, si no habían oído hablar de la claridad, no se sorprendería nadie si, no habiendo visto nunca el día y acostumbrados a las tinieblas en que habían nacido, no desearan la luz. No agrada nunca lo que no se ha tenido jamás, y el arrepentimiento no viene nunca sino después del placer; y siempre es tras el conocimiento del bien, cuando se produce la nostalgia del goce pasado. La naturaleza del hombre es ser libre y querer serlo, pero también su carácter es tal que, naturalmente, tiene la doblez que la educación le da.

Decimos por tanto: al hombre le son naturales todas las cosas de que se nutre y a las que más acostumbra, sin embargo, solamente es a lo sencillo a lo que su naturaleza simple y no alterada le llama. Por tanto, causa primera de la servidumbre voluntaria es la costumbre: igual que los más bravos courtaults[12] que, al principio muerden el freno, y después de domados y donde poco antes coceaban contra la silla, son luego conducidos por las riendas, y muy ufanos hacen vana ostentación de su fuerza bajo la armadura que les cubre. Se dicen[13] que han estado siempre sujetos, que sus padres han vivido así; piensan que ellos les impidieron que sufrieran la muerte y se lo hacen creer a sí mismos con ejemplos; fundamentan sobre la tradición la posesión de aquellos que les tiranizan, pero, en verdad, los años no dan derecho a hacer mal y, más bien, aumentan el agravio. Siempre quedan algunos mejor nacidos que los otros que sienten el peso del yugo y no pueden abstenerse de sacudirlo; no se acostumbran jamás a la sujeción y jamás saben desprenderse de sus naturales privilegios ni dejan de acordarse de sus predecesores, ni de su primer ser, lo mismo que Ulises, el cual por mar y tierra buscaba ver el humo de su casa. Estos son, desde luego, los que, teniendo el entendimiento claro y el espíritu clarividente, no se contentan como el pueblo bajo en mirar lo que está delante de sus pies, ni miran atrás ni adelante, ni consideran, pues, las cosas pasadas para juzgar las del porvenir, ni para medir las presentes; son los que, teniendo su cabeza bien hecha y habiéndola pulido por el estudio y el saber, aun cuando la libertad estuviera enteramente perdida, y totalmente fuera del mundo, ellos, imaginándola y sintiéndola en su espíritu y saboreándola aún, consideran que la servidumbre no es nunca digna de su aprecio, por bien que se la adorne.

El Gran Turco está bien enterado de que los libros y la doctrina dan a los hombres, más que ninguna otra cosa, el sentido de reconocer y odiar la tiranía; y yo pienso que no tiene en sus tierras apenas tantos sabios como exige. Pues, comúnmente, el buen celo y el afecto de los que han conservado a pesar del tiempo la devoción a la independencia, por muy numerosos que sean, permanecen en efecto sin reconocerse mutuamente y su libertad es totalmente impedida por el tirano tanto en su actuación como de palabra, y casi de pensamiento; persisten aislados en sus anhelos; y, no obstante, Momo no se mofó demasiado cuando tuvo a bien revelar, en el hombre que Vulcano había hecho, el haberle puesto una pequeña ventana en el corazón a fin de que por allí se le pudieran ver sus pensamientos.

Se ha querido decir que Bruto y Casio cuando realizaron la empresa de la liberación de Roma, o más bien de todo el mundo, no quisieron que Cicerón—este gran celador si lo hubo alguna vez— fuera de la partida, pues estimaron su corazón demasiado endeble para un hecho tan grande: se fiaban mucho de su voluntad, pero no estaban seguros de su valor. Y si alguna vez alguien quisiera recorrer los hechos del tiempo pasado y los anales antiguos, se encontraría pocas veces, o nunca, a aquellos que, viendo su país mal conducido y en malas manos y habiendo emprendido con buena intención el liberarlo, no lo hubieran conseguido, y que la libertad, para probarles, les había vuelto al espalda. Armodio, Aristogitón, Trasíbulo, Bruto el Viejo, Valerio y Dión, tal como lo habían virtuosamente pensado, lo ejecutaron felizmente, porque, en tales casos, casi nunca a la buena voluntad le falta la fortuna. Bruto el Joven y Casio levantaron muy felizmente la esclavitud, pero, consiguiendo la libertad, murieron. No miserablemente —pues, ¿no sería una blasfemia decir que hubo algo de miserable en la vida y en la muerte de estos individuos?—, pero sí, ciertamente, con gran daño y perpetua desgracia y entera ruina de la República, la cual, por cierto, fue, me parece, enterrada en ellos. Las otras empresas que han sido realizadas después contra otros emperadores romanos no fueron más que conjuraciones de gentes ambiciosas, por lo cual no son de lamentar las desgracias que aquellas les acarrearon, estando claro que deseaban no levantar, sino arruinar la corona, pretendiendo echar violentamente al tirano para mantener la tiranía. Para estos no deseo más que lo que les ha sucedido, y estoy contento que hayan mostrado, con su ejemplo, que no hay que abusar del santo nombre de la libertad para realizar empresas ruines.[14]

6

Mas, para volver de nuevo a mi propósito, el cual había casi perdido, la primera razón por la que los hombres sirven voluntariamente es porque nacen siervos y son educados como tales. Una cosa produce otra, y fácilmente las gentes se convierten bajo los tiranos en flojas y afeminadas, lo cual sé maravillosamente bien gracias a Hipócrates, el abuelo de la medicina, el cual lo ha observado y lo ha dicho en uno de sus libros titulado: De las enfermedades [15]. Este individuo tenía ciertamente el corazón en su sitio y lo demuestra bien cuando el Gran Rey le quiso atraer a fuerza de ofrendas y grandes presentes, y él respondió francamente que tendría un gran cargo de conciencia si se dedicaba a curar a los bárbaros que querían matar a los griegos, y que no serviría con su arte al que perseguía hacer esclava a Grecia. La carta que él envió se ve todavía hoy entre sus obras y atestiguará para siempre su buen corazón y su noble naturaleza.[16]

Es cierto pues, también, que, con la libertad, de un golpe se pierde el valor. Los individuos sometidos no tienen ninguna alegría ni buena disposición en el combate: van al peligro como atados y totalmente adormecidos y, por salir del paso, no sienten bullir en el corazón el ardor de la independencia, que hace despreciar el peligro y da el deseo de conquistar —por una bella muerte entre sus compañeros— el honor de la gloria. Entre las gentes libres, a porfía y a cuál mejor, cada uno por el bien común y cada uno por el bien de sí mismo, se duelen de haber tenido toda la culpa del mal de la derrota, o se vanaglorian del bien de la victoria; pero las gentes sometidas, de modo opuesto a ese valor guerrero, pierden incluso, entre otras muchas cosas, la vivacidad, y tienen el corazón bajo y endeble, y son incapaces de todas las grandes acciones. Los tiranos conocen bien a éstos y, viendo que toman esta mala costumbre, les ayudan para hacerles apoltronarse aún más.

Jenofonte, historiador grave y de primera categoría entre los griegos, hizo un libro [17] en el cual hace hablar a Simónides con Hierón, el rey de Siracusa, de las miserias del tirano. Este libro está lleno de buenas y graves advertencias, las cuales tienen, además, todo el donaire posible a mi entender. ¡Quiera Dios que todos los tiranos que en el mundo han sido las hayan tenido ante los ojos y hayan querido leerlas! No puedo creer que no hayan querido reconocer sus defectos y tenido vergüenza de sus faltas. En este tratado cuenta Jenofonte el castigo que soportan los tiranos, los cuales, haciendo mal a todos, están obligados a temer a todos. Entre otras cosas dice allí que los reyes malvados se sirven de extranjeros en las guerras y les dan sueldos, no fiándose de poner a sus súbditos —a los cuales han agraviado— las armas en la mano. Hay reyes buenos que han tenido a sueldo a otras naciones, como los mismos franceses, aunque en otra ocasión que la actual y con otra intención, para salvar a los suyos, no escatimando ningún gasto para ahorrar hombres. Decía Escipión (creo que el Gran Africano) que estimaba más haber salvado la vida a uno de sus conciudadanos que haber deshecho a cien enemigos, pero, ciertamente, es bien seguro que el tirano no piensa nunca que su poder está bastante asegurado hasta que no se llega al extremo de que no haya bajo él ningún hombre valiente. Por consiguiente, se dirá con razón que Tharson, en Terencio, se alababa a sí mismo cuando dice al domador de los elefantes: «Por ello tan bravo sois que tenéis dominio sobre las bestias.» [18]

Pero este ardid de los tiranos de bestializar a sus súbditos no puede conocerse mejor que por lo que Ciro hizo a los lydios, después que se apoderó de Sardes, la capital de Lydia, y cuando colocó a su merced a Creso, haciendo prisionero a aquel rey tan rico y llevándolo consigo cautivo. Se le trae la noticia de que los sardos se han sublevado, los reduce luego bajo su mano; pero no queriendo entrar a saco en una ciudad tan bella, ni tener siempre la carga de sostener un ejército para guardarla, se procura un buen procedimiento para asegurar su dominio. Establece burdeles, tabernas y juegos públicos, y hace publicar la orden de que los habitantes deben tomar estado. Se encontró tan bien con esta guarnición que nunca le hizo falta después dirigir un golpe de espada contra los lydios. Estas pobres gentes miserables se divirtieron en inventar toda clase de juegos, tanto, que los latinos han sacado de aquí la palabra —que nosotros llamamos pasatiempos— y ellos llamaban LVDI, como si quisieran decir LYDI. Todos los tiranos no han declarado así, tan abiertamente, que quisieran afeminar a sus hombres, pero, en verdad, lo que éste ordenó formal y efectivamente, lo han perseguido la mayoría bajo cuerda. En verdad, es característico de las conversaciones populares y muy corriente en las ciudades siempre decir: «es receloso respecto a aquel que le ama, e ingenuo respecto a aquel que le engaña.» No penséis que hay ningún pájaro que se deje cazar mejor, ni pez alguno que —por apetito— se enganche más pronto al anzuelo, tanto como todos los pueblos se engolosinan rápidamente con la servidumbre a la menor carantoña que se les hace; y es maravilloso que se dejen conducir en adelante, con tal de que se les halague. Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, los animales exóticos, las medallas, los cuadros y otras drogas semejantes eran para los pueblos antiguos los encantos de la servidumbre, el precio de su libertad y los instrumentos de la tiranía. Estos procedimientos, estas prácticas, estos engaños tenían los antiguos tiranos para adormecer a sus antiguos súbditos bajo el yugo. Así, los pueblos, entontecidos, encontrando bellos estos pasatiempos, distraídos por un vano placer que les pasaba ante los ojos, se acostumbraban a servir tan inocentemente —pero con mucho peores consecuencias— como los niños cuando, por ver las brillantes imágenes de los libros ilustrados, aprenden a leer. Los tiranos romanos utilizaron aun otro medio: festejar a menudo a las decurias [19] del pueblo, dejando abusar a esta canalla hasta los límites que se dejaba llevar, sobre todo del placer de la boca; porque el más entendido no abandona su escudilla de sopa por recobrar la libertad de la República de Platón. Los tiranos demostraban su largueza con el cuarto de trigo, el sexto de vino y el sestercio [20]; y entonces era lastimoso oír gritar: ¡VIVA EL REY!. Los torpes no se daban cuenta de que no hacían más que recobrar parte de lo que era suyo, y que lo que recobraban no se lo hubiera podido dar el tirano si antes no se lo hubiera quitado a ellos mismos. Uno había acumulado hoy sestercios, otro se había saciado en un festín público bendiciendo a Tiberio y Nerón por su gran liberalidad, mas, al día siguiente, habiendo sido obligado a abandonar sus bienes a la avaricia; sus hijos, a la lujuria; y su misma sangre, a la crueldad de estos magníficos emperadores, no decía una palabra más que las piedras, ni se conmovía más que un tronco. Siempre el pueblo ha sido así: al placer que no puede honestamente recibir, está totalmente abierto y disoluto; e insensible al dolor y al agravio que honestamente no debe soportar. No conozco ahora nadie que, oyendo hablar de Nerón, no tiemble incluso ante el nombre de este monstruo ruin, de esta mezquina y sucia bestia. Pero se puede exactamente decir que después de su muerte, tan miserable como su vida, el noble pueblo romano recibió un gran disgusto, se acordó de sus juegos y festines, y llegó hasta al punto de llevar luto por él. Así lo ha escrito Cornelio Tacito [21], autor de bien y grave por demás, y, ciertamente, creíble. No se encontrará esto extraño si se considera que el pueblo había hecho lo mismo a la muerte de Julio César, para el cual estaban ausentes las leyes y la libertad, a cuyo personaje no encontraron —me parece— nada de valor más que su humanidad, y todos la ensalzaron tanto, que la hicieron más perjudicial que la más grande crueldad del más salvaje tirano que exista, porque, en verdad, aquélla fue la venenosa suavidad que endulzó la esclavitud del pueblo romano. Pero, después de su muerte, este pueblo, [22] que tenía en la boca todavía sus banquetes, en la memoria el recuerdo de sus prodigalidades, para hacerle los honores e incinerarlo, porfía los bancos de la plaza y después eleva una columna, como al Padre del pueblo (así rezaba el capitel), y le hace más honor, muerto como estaba, que debiera otorgar ningún hombre del mundo a aquellos mismos que lo habían matado. No olvidaron tampoco los emperadores romanos el tomar comúnmente el título de tribuno del pueblo, tanto porque este cargo era tenido por santo y sagrado, como también porque estaba instituido para la defensa y protección del pueblo, y bajo el favor del Estado. Por este medio se aseguraban que el pueblo se hiciera más de ellos, como si debieran merecerlo por el título y no sintieran sus efectos.

Por otra parte, no hacen hoy mucho más aquellos que, no haciendo mal alguno —incluso indirectamente—, no dejan pasar adelante, sin embargo, ningún buen propósito de bien común o alivio público. Porque vos sabéis bien —¡oh Longa!— los formulismos: que en algunos puntos podrían usar muy finamente, pero en la mayoría, ciertamente, no puede haber fineza donde hay tanta desvergüenza.

7

Los reyes de Asiria, y aun después de ellos los de Media, se presentaban al público lo más tarde que podían, para tener en duda al público. Se consideraban de algún modo más que hombres y dejaban en esta creencia a las gentes que convierten con gusto en sobrenaturales las cosas que no pueden juzgar con sus ojos. Así, tantas naciones que estuvieron tan largo tiempo bajo este imperio asirio con este misterio se acostumbraron a servir, y servían aún más a gusto por no saber qué amo tenían, no considerando esto como una gran pena; y creían todos con fe en uno que nadie había visto. Los primeros reyes de Egipto no se mostraron casi nunca sin que no llevasen muchas veces una rama de fuego sobre su cabeza, y se enmascaraban así y hacían de magos; y, haciendo esto, por lo extraordinario del hecho, provocaban en sus súbditos reverencia y admiración. Lo cual, a las gentes que no fuesen demasiado tontas o demasiado serviles, o fuesen muy finos, me imagino que serviría de pasatiempo y risa. Es lastimoso oír hablar de cuántas cosas los tiranos del tiempo pasado utilizaban en su provecho para asegurar su tiranía; de cuántos pequeños medios se servían grandemente, habiendo encontrado el pueblo hecho a su modo; al cual no sabían tanto tirar de la brida como él mismo se dejaba llevar; y al cual han tenido siempre tan buenas mañas para engañarlo, que nunca lo sujetaban tanto, como cuando se burlaban de él.

¿Qué diría yo de otra bella mentira que los pueblos antiguos tomaron por dinero contante y sonante? Creyeron firmemente que el dedo gordo de un pie de Pirro, rey de los epirotas, hacía milagros y preservaba de las enfermedades del bazo. Enriquecieron aún más el cuento diciendo que este dedo, después que fue quemado todo el cuerpo muerto, se había encontrado entre las ascuas, siendo salvado a pesar del fuego. En adelante, el pueblo se construyó él mismo las mentiras, para, algún tiempo después, creerlas. Muchas gentes han escrito sobre esto, pero de tal manera que es bello ver cómo han acumulado los rumores de las ciudades y el villano hablar del pueblo. Vespasiano, volviendo de Asiria y pasando por Alejandría para llegar a Roma a tomar posesión del Imperio, hace maravillas[23]: cura a los cojos, vuelve clarividentes a los ciegos y, aunque totalmente lleno de otras cualidades por las que no podía verse la falta que tenía, estaba, a mi parecer, más ciego que aquellos a los que él sanaba. Los mismos tiranos encontraban muy extraño que los hombres puedan hacer sufrir a otro hombre haciéndoles mal: querían mejor colocarse la religión delante, como defensa y, si fuera posible, se superponían alguna cualidad de la divinidad, para sostén de su vida ruin. Por este motivo, Salmoneo —si se cree a la sibila de Virgilio y a su infierno— rinde cuentas ahora en el último infierno donde ésta le arrojó, por haberse burlado de las gentes y haber querido suplantar a Júpiter.

Vi sufriendo el castigo a Salmoneo,
que de Jove [24] los rayos imitara,
y los terribles truenos del Olimpo.

Él por la Grecia y la ciudad de Ellis
llevado en ovación iba exigiendo
para si los honores de los dioses,
las fulgentes antorchas agitando,
en su triunfal carroza, que arrastraban
cuatro corceles bravos espumosos.

El rugido fingió de la tormenta
y del rayo el fulgor inimitable,
hiriendo sus caballos duras planchas
de limpio acero con el córneo casco.

Mas envuelto entre nubes tenebrosas
el Padre omnipotente el dardo lanza
sin luces y sin hachas humeantes
y lo despeña en torbellino horrendo. [25]

Virgilio, siglo I a.c.

Si el que no hizo más que el bobo, es en esta ocasión tan bien tratado aquí abajo, yo creo que aquellos que hayan abusado de la religión para ser ruines se encontrarán aún con mayores castigos.

Los nuestros [26] sembraron en Francia no sé que cosas tales como los sapos, las flores de lis, la ampolla y la oriflama. Por lo que a mí me toca, tal como soy, no quiero, sin embargo, dejar de creer, puesto que nosotros y nuestros ascendientes no hemos tenido motivo alguno de haber dejado de creer, habiendo tenido siempre reyes tan buenos en la paz como valientes en la guerra que, aunque ellos nacieron reyes, parece incluso que no han sido hechos como los demás por la naturaleza, sino escogidos por Dios omnipotente antes de nacer para el gobierno y salvaguarda de este reino. Aun cuando no fuera así, tampoco quisiera entrar en liza para discutir la verdad de nuestra historia ni especular demasiado personalmente, para no empañar el bello estado en donde se podrá discutir mucho nuestra poesía francesa no muy adornada ahora, mas, al parecer, renovada totalmente por nuestro Ronsard, Baíf y nuestro Balley, que han hecho avanzar tanto a nuestra lengua que me permito esperar que pronto los griegos y latinos no tendrán a este respecto, ante nosotros, posiblemente, más que el derecho de primogenitura. Y, por cierto, haría daño a nuestro ritmo (pues uso gustoso esta palabra, que no me desagrada), porque aunque algunos lo hayan convertido en algo mecánico, no obstante he visto muchas gentes que hacen incluso por ennoblecerlo y rendirle los máximos honores. Pero habría, digo yo, una gran sinrazón si conmovieran ahora estos bellos cuentos del rey Clovis, los cuales ya veo —me parece— cuán agradablemente y con cuánto gusto alegran la sangre de nuestro Ronsard en su Franciada.[27] Comprendo su valor, conozco el espíritu agudo y la gracia de este hombre: él hará sus labores de oriflama tan bien como los romanos sus ancilias[28], «y de los broqueles de cielo arrojado abajo», según dice Virgilio[29]; manejará nuestra ampolla tan bien como los atenienses su cesta de Erisicthon[30] y se hablará de nuestras armas aun en la torre de Minerva. Ciertamente yo haría un ultraje con querer desmentir a nuestro libros y en escribir ligeramente sobre temas de nuestros poetas.

Mas —para volver a donde, no se cómo, me había separado del hilo de mi discurso—, siempre ha ocurrido que los tiranos, para asegurarse, no solamente han procurado siempre acostumbrar el pueblo a ellos y a su obediencia y servidumbre, sino incluso a la devoción. Por consiguiente, lo que he dicho hasta aquí, lo que enseña a las gentes a servir voluntariamente, no sirve apenas a los tiranos más que para el pueblo bajo y grosero.

8

Pero ahora llego a un punto, que, en mi concepto, se encuentra el secreto y el procedimiento oculto de dominación, el sostén y fundamento de la tiranía. El que piensa que las alabardas de los guardias, la vigilancia del espía, guarda a los tiranos, a mi juicio se engaña totalmente. Ellos se sirven más bien —creo yo— de los formulismos y de los espantajos que producen miedo, más que de la seguridad en que se encuentran. Los arqueros guardan la entrada del palacio a los poco hábiles que no tienen ningún miedo, no a los bien armados que son capaces de realizar cualquier empresa. Ciertamente, de los emperadores romanos se cuenta que no ha habido tantos que hayan escapado de algún daño por el auxilio de sus arqueros como aquellos que han sido muertos por sus guardias. No son las escuadras de caballería, no son las compañías de infantes, no son las armas las que defienden al tirano y, aunque no se crea a primera vista, no obstante es verdad, son siempre cuatro o cinco los que mantienen al tirano; cuatro o cinco que mantienen al país bajo servidumbre. Siempre ha habido cinco o seis que han captado la atención[31] del tirano y se han acercado a él, o incluso han sido llamados por él, para hacerlos cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, alcahuetes de su voluptuosidad y participantes de los frutos de sus pillajes.[32] Estos seis dirigen tan bien a su jefe, que hacen que sea considerado perverso por la sociedad, no solamente por sus perversidades, sino por la de los suyos también. Estos seis tienen seiscientos, que se aprovechan bajo su protección, y hacen de los seiscientos lo que los seis hacen al tirano. Estos seiscientos tienen bajo ellos seis mil, a los que han elevado en situación y a los que han hecho dar o el gobierno de provincias, o el manejo del dinero, a fin de que ellos tengan sujeta su avaricia y crueldad, y sean sus ejecutores en el momento oportuno: y hacen tanto mal, por otra parte, que no pueden permanecer en sus sitio más que bajo su sombra, ni eximirse de las leyes y del castigo más que por este medio. Grandes son las consecuencias de esto. Y el que quiera divertirse en devanar esta madeja verá que no por los seis mil, sino por los cien mil, los millones, por esta cuerda se sostiene el tirano, ayudándose de ella de modo que, en Homero, Júpiter se vanagloria de que si él tira de la cadena atrae hacia sí a todos los dioses. Por esto vino la decadencia del Senado bajo Julio, el establecimiento de nuevos estados, elección de cargos y no, por cierto, si se mira bien, reforma de la justicia, sino nuevos apoyos de la tiranía. En suma, se llega a esto por los favores, por las ganancias o partes de ganancias que se tienen con los tiranos, pues se encuentran casi tantas gentes para las cuales la tiranía parece ser útil, como tantas otras para quienes la libertad sería agradable. Igual que los médicos dicen que nuestro cuerpo si tiene algo enfermo desde este momento no funciona, y si se ha producido algún tumor se inclina en adelante hacia esta parte podrida; igualmente, desde el momento en que un rey se ha declarado tirano, todos los malvados, toda la hez del reino —y no hablo de un conjunto de ladronzuelos y de ‘desorejados’[33] que apenas pueden hacer mal ni bien en una república, sino de aquellos que son tachados de una ambición ardiente y de una avaricia notable— se agrupa alrededor de él, le sostienen para tener parte en el botín y ser, bajo el tirano, tiranuelos ellos mismos. Así hacen los grandes ladrones y los famosos corsarios: unos devastan al país, los otros persiguen a los viajeros para saquearlos; unos están en las emboscadas, los otros al acecho; unos asesinan, los otros despojan; e incluso hay entre ellos preeminencias, pues los unos no son más que criados y los otros los jefes de la asamblea, si no hay, al fin, alguno que se siente con derecho al botín principal, a menor precio de lo que le corresponde por su participación en el hecho. Se cuenta que los piratas sicilianos se reunían en tan gran número y de tal modo que hizo falta enviar contra ellos a Pompeyo el Grande, que incluso atrajeron a su alianza varios bellos pueblos y grandes ciudades, en cuyos puertos se refugiaban con gran seguridad al volver de sus correrías, y como recompensa por el encubrimiento de su pillaje les entregaban algunos productos.

Así el tirano esclaviza a los súbditos, a unos por medio de otros, y es custodiado por aquellos de los cuales, no valiendo nada, se debería guardar. Pero, como vulgarmente se dice, para partir los troncos se utilizan cuñas de la misma madera; he aquí sus arqueros, he aquí sus guardias, he aquí sus alabarderos. No es que estos no sufran algunas veces por él: mas estos perdidos, dejados de la mano de Dios y de los hombres, están alegres de sufrir el mal, para hacerlo ellos, a su vez, no a aquél que se lo hace a ellos, sino a aquellos otros que sufren también como ellos, pero que no pueden hacer nada. Y, a veces, viendo a estas gentes, que adulan al tirano para hacer su agosto a costa de la tiranía y la esclavitud del pueblo, me sorprende a menudo su perversidad y muchas veces me da pena de su gran tontería. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es acercarse al tirano, más que escaparse del peligro (más allá) de la libertad y, por así decirlo, amarrarse las dos manos y abrazar la esclavitud? Que pongan un poco aparte su ambición, que se descarguen un poco de su avaricia y, después, que se miren a sí mismos, que se reconozcan; y verán claramente que los aldeanos, campesinos, en cuanto pueden, pisotean y hacen aún más que los forzados y esclavos; verán —digo yo— que aquéllos, tan mal tratados, son, algunas veces, a costa de ellos afortunados y en cierto modo libres. El obrero y el artesano en tanto son esclavizados están en paz, haciendo lo que se les diga, pero el tirano ve a los otros que están junto a él pidiendo y mendigando su favor; no es sólo que ellos hacen lo que él dice, sino que piensan lo que él quiere y, a menudo, por satisfacerle se anticipan aun a sus pensamientos. No es todo el obedecer, hay que complacerle; y he aquí que se destroza, se atormentan, se matan de trabajar en sus asuntos, y después que se complacen en su contento, que dejan su gusto por el suyo, que fuerzan su modo de ser, que despojan su natural; he aquí que ponen atención a sus palabras, a su voz, a sus signos, a sus ojos; no tienen ni ojos, ni pies, ni manos, ni nada que no esté al acecho para descubrir su voluntad, y para descubrir sus pensamientos. ¿Es esto vivir felizmente? ¿Se llama a esto vivir? ¿Hay en el mundo nada tan insoportable como esto, no digo ya para un hombre libre, bien nacido, sino para uno que tenga únicamente sentido común o, tan sólo, la faz humana? ¿Qué condición es más miserable que la de vivir así, en que no se es nada, poseyendo otro su alegría, su libertad, su cuerpo, su vida?

Pero quieren servir para ganar bienes: como si pudieran ganar nada que fuese para ellos —puesto que no se puede decir de ellos—, siendo de ellos mismos, y como si alguno pudiera tener nada propio bajo un tirano. Quieren que los bienes sean de ellos, y no se acuerdan que son ellos mismos los que dan al tirano la fuerza para quitar todo a todos y no dejar nada que se pueda decir que sea de alguien; ven que nada hace a los hombres más sujetos a su crueldad que los bienes; que no hay ningún crimen para él más digno de muerte que éste[34], que no ama más que las riquezas, no destruye más que a los ricos que vienen a presentarse ante él como ante el matarife, para ofrecerse así plenos y rellenos, y darle envidia. Estos favoritos no debían acordarse tanto de los que han ganado alrededor del tirano muchos de sus bienes, como de aquellos otros que, habiendo acumulado algún tiempo bienes, han perdido los bienes y la vida; y no les debía venir al pensamiento cómo otros habían ganado las riquezas, sino cuán pocos de ellos las han conservado. Que se descubran de nuevo todas las antiguas historias, que se vuelvan a mirar todas nuestras memorias, y se verá, claramente, cuán grande es el número de aquellos que habiendo ganado por malos procedimientos la atención de los príncipes, o habiendo utilizado su perversidad o abusado de su simpleza, al fin, por ellos mismos han sido aniquilados, y ellos que habían encontrado facilidad para elevarles, lo mismo han tenido después inconsistencia para mantenerles. Ciertamente, en tan gran número de gentes que han estado siempre cerca de reyes malvados, pocos hay, o ninguno, quizá, que no hayan probado alguna vez en ellos mismos la crueldad del tirano que ellos habían atizado contra los otros: muy a menudo se han enriquecido, bajo la sombra de su favor, con los despojos ajenos, y ellos mismos han enriquecido a los demás con sus despojos.

Los mismos hombres de bien —si alguna vez se encuentra alguno armado por el tirano—, en tanto en cuanto se encuentran en gracia ante él, tanto brilla en ellos la virtud y la integridad que es digno de ver a los más ruines haciéndoles reverencias cuando los ven cerca, pero estas mismas gentes de bien no pueden perdurar así, y sufren del mal común y a pesar suyo prueban la tiranía. Un Séneca, un Burrhus[35], un Thraseas[36], este trío de gentes de bien, a dos de los cuales su mala fortuna les acerca a un tirano y les pone en su mano el manejo de sus asuntos; los dos estimados de él y queridos, e incluso uno de ellos le había educado y tenía por garantía de su amistad la común crianza en su infancia: pero los tres son testigos suficientes, por su muerte cruel, de cuán poco hay que fiarse del favor de los señores malvados. Y, en verdad, ¿qué amistad se puede esperar de aquél que tiene el corazón tan duro, que odia a su reino que no hace más que obedecerle, y el cual, por no saberse ni siquiera amar a sí mismo, se empobrece él mismo y destruye su imperio?

Ahora bien, si alguien quiere decir con esto que aquellos, por haber vivido bien, han caído en esta desgracia[37], que se introduzca atrevidamente alrededor del mismo Nerón, y verá que aquellos que cayeron en su gracia y se mantuvieron por ruindad no fueron más duraderos. ¿Quién ha oído hablar de un amor tan desordenado y un afecto tan terco, y quién ha leído jamás de hombre tan obstinadamente encarnizado contra una mujer como éste con respecto a Popea? Ésta fue, más tarde, envenenada por él mismo.[38] Agripina, su madre, había matado a su marido Claudio para que Nerón ocupara su sitio en el Imperio; para complacerle no había puesto nunca dificultad en nada, ni siquiera en sufrir; y no obstante su mismo hijo, su criatura, su emperador hecho por su mano, después de haberla a menudo faltado le arrebató la vida; y no habría habido nadie que dijera que ella no merecía, ciertamente, este castigo, si hubiera sido realizado por manos de otro cualquiera que aquél que lo ejecutó. ¿Quién fue, pues, más fácil de manejar, más simple para decirlo mejor, más verdaderamente bobalicón que Claudio el Emperador? ¿Quién fue más encornudado por mujer que él por Mesalina? Él la puso al fin en manos del verdugo. La simpleza reside siempre en los tiranos, pero si la tienen no la demuestran; incluso no sé cómo, al fin, para usar su crueldad la aplican hasta a los que le son allegados, y a poca inteligencia que tengan, aquélla se despierta. Muy común es la bella expresión de aquel[39] que viendo la garganta desnuda de su mujer, a la que amaba mucho y sin la cual parecía que no habría podido vivir, la acarició con estas bellas palabras: «Este cuello tan bello será luego cortado, si yo lo mando». He aquí por qué la mayoría de los tiranos antiguos eran casi siempre muertos por sus favoritos, los cuales habiendo conocido la naturaleza de la tiranía, no tenían tan segura la voluntad del tirano como desconfiaban de su poder. Así fue muerto Domiciano por Esteban[40]; Cómodo por uno de sus mismos amigos; Antonino por Macrino[41]; y los mismo ocurrió con casi todos los otros.

9

Ello es que, ciertamente, el tirano no es nunca amado, ni no amado. La amistad es un nombre sagrado, es una cosa santa; no se produce nunca más que entre gentes de bien, no se traba más que por una mutua estimación, no se sostiene tanto por un interés como por amor. Lo que hace a un amigo tener seguridad del otro es el conocimiento que tiene de su integridad, y por los fiadores que tiene; esto es, por su buen natural, la fe y la constancia. No puede haber amistad donde está la crueldad, donde está la deslealtad, donde está la injusticia. Entre los malvados, cuando se reúnen, existe un complot, no una compañía: no conversan, sino recelan unos de otros, no son amigos, sino cómplices.[42]

Pero, aun cuando esto no impidiera nada, todavía sería difícil encontrar en un tirano un amor seguro, porque estando encima de todos y no teniendo ningún compañero, está más allá de los límites de la amistad, la cual tiene su alimento en la rectitud que no quiere jamás claudicar, y de ese modo es siempre igual. He aquí por qué hay buena amistad —se dice— entre los ladrones, alguna buena fe en el reparto del botín, porque son iguales y compañeros, y si ellos no se aman entre sí, al menos se tienen miedo y no quieren, desuniéndose, aminorar la fuerza; pero respecto del tirano los favoritos no pueden nunca tener ninguna seguridad, y tanto tiene tomado de ellos mismos que puede todo, y no tiene ni derecho ni deber alguno que le obligue, construyendo su Estado sobre la base de utilizar su voluntad como razón, no tener compañero alguno y ser el amo de todo. Por consiguiente, ¿no es una gran lástima que viendo tantos ejemplos palpables, viendo el peligro tan presente, nadie se quiera hacer sabio a costa de otro? Y ya que tantas gentes se acercan con gusto a los tiranos, ¿no hay uno que tenga la prudencia y la valentía de decirle lo que (como en el cuento) dice el zorro al león que se hacía el enfermo: «yo iría a verte de corazón a tu cubil, pero veo muchas huellas de animales que van hacia adelante hacia donde tú estás, pero hacia atrás y de vuelta no veo ninguna»?

Estos miserables ven relucir los tesoros del tirano y, mirando todos asombrados los rayos de su magnificencia, y atraídos por esta claridad, se acercan no viendo que se introducen en la llama, la cual no puede tardar en consumirles; como el sátiro indiscreto (según dicen las fábulas), viendo iluminarse el fuego hallado por el sabio Prometheo, lo encuentra tan bello, que querrá besarlo, y se quemará; como la mariposa que —esperando gozar de un placer— se introduce en el fuego porque reluce, y prueba su otra virtud, esto es, que quema, como dice el poeta Toscano. Pero aunque supongamos que estos cucos[43] escapan de las manos de aquel a quien sirven, no se salvan nunca del rey que viene después. Si es bueno, hace rendir cuentas y reconocer al menos entonces la razón; si es malvado, y parecido a su maestro, no ocurrirá que no tenga también sus favoritos, los cuales, comúnmente, no están contentos de tener a su lado a otros, si no toman aun, a menudo, los bienes y la vida. ¿Se puede, pues, hacer que se encuentre alguno, que en tan gran peligro, con tan poca seguridad, quiera ocupar esta desgraciada plaza y servir con tanta desazón a un amo tan peligroso? ¡Qué dolor! ¡Qué martirio es este, gran Dios! Estar noche y día después de soñar por complacer a uno, y, sin embargo, desconfiar de él más que de ningún otro hombre del mundo; tener siempre el ojo al acecho, los oídos a la escucha, para vigilar de dónde vendrá el golpe, para cubrir la emboscada, para descubrir el complot de sus compañeros, para darse cuenta de quién lo traiciona; sonreír a cada uno, desconfiar de todos, no tener ningún enemigo abierto, ni amigo seguro; teniendo siempre la faz riente y el corazón transido, no poder estar alegre y no osar estar triste.

10

Pero es placer el considerar qué es lo que sale de este gran tormento, y el bien que pueden esperar de sus trabajo y de esta vida miserable. Consciente el pueblo de que este mal que sufre no acusa al tirano sino a los que le dominan: y, así, los pueblos, las naciones, todo el mundo a porfía, hasta los campesinos, hasta los obreros, saben sus nombres, descubren sus vicios, acumulan sobre ellos miles de ultrajes, de villanías, de maldiciones; todas sus palabras, todos sus gritos son contra ellos; todas las desgracias, todas las pestes, todas las hambres, a ellos se les achacan; y si, alguna vez, les hacen aparentemente algún honor, en cambio, íntimamente, les maldicen de corazón y les tienen un horror más grande que a las bestias salvajes. He aquí la gloria, he aquí el honor, que reciben por sus servicios a las gentes, las cuales —cada uno de los individuos—, desearían un trozo de sus cuerpos, y no estarían con ello —a mi parecer— satisfechas, ni a medio saciar de sus dolores; pero, ciertamente, aun después de muertos, los que vienen luego no son nunca tan perezosos que el nombre de estos traga-pueblos[44] no sea ennegrecido por la tinta de mil plumas, y su reputación destruida en mil libros, y los huesos mismos, por así decirlo, arrojados a la inmundicia por la posterioridad, castigando, aun después de la muerte, su perversa vida.

Aprendamos, pues, alguna vez, aprendamos a obrar bien: elevemos los ojos al cielo, por nuestro honor, o por amor a la misma virtud, a Dios Todopoderoso, testigo seguro de nuestros actos, y justo juez de nuestras faltas. Por mi parte pienso, y no estoy equivocado, que no hay nada tan contrario a Dios —tan liberal y generoso—, como la tiranía, y que Él reserva aquí abajo especialmente para los tiranos y sus cómplices algún castigo singular.


Notas


[1]: Escritor y político francés del siglo XVI (1530-1563). Interesado por los clásicos griegos y latinos, este ensayo se escribe durante su estancia en la ciudad de Orléans para cursar estudios de Derecho. Con este escrito se gana el respeto de Montaigne, del que será amigo hasta su muerte. Más información en la wikipedia española e inglesa.
[2]: Su amigo Montaigne afirmaba que este texto había sido redactado en 1549, cuando su autor contaba con 18 años, aunque estudiosos modernos consideran más probable que fuera escrito en 1552 o 1553, cuando el autor se encontraba en la Universidad. Posteriormente el manuscrito circuló de forma privada, pero no fue publicado hasta 1576, ya muerto el autor. La traducción que aquí se publica proviene del texto Discurso de la servidumbre voluntaria o el contra uno (1947), edición, notas y versión del francés realizadas por José María Hernández-Rubio. Madrid: Nueva Época.
[3]: Impresa a continuación de la carta de Montaigne al Señor de Lansac. Sirve de prólogo a la traducción de las obras de La Boétie, en la edición de París de 1571, y en adelante se colocará siempre al comienzo de las diversas traducciones de La Boétie.
[4]: (N. de E.: ésta como todas las notas a continuación son notas del traductor). Como se deduce del libro I, capítulo 25 de los Ensayos de Montaigne, la idea de Plutarco de que los habitantes de Asia servían a uno solo por no saber pronunciar la sílaba «no», da, al parecer, el tema y la ocasión a la Boétie para su Servidumbre voluntaria.
[5]: Sobre estos párrafos se apoya el Doctor Armaingaud cuando considera el Discurso como obra de Montaigne, al ver aquí un retrato de Enrique III.
[6]: En unos que en otros.
[7]: Al tirano.
[8]: La Boétie se refiere aquí, al parecer, al Gran Señor o Dux de los venecianos.
[9]: Eperthiés, Σπερθιης.
[10]: Hydarnés, Υδαρνης.
[11]: Antiguos habitantes de las orillas de Palus-Méotide o mar de Azof.
[12]: Caballo que tiene la crin y las orejas cortadas.
[13]: Los esclavizados, se entiende.
[14]: He aquí una digresión típica de La Boétie, intercalada en el hilo del discurso.
[15]: No es —dice Coste— en su obra De las enfermedades, citada por La Boétie, sino en otra titulada περι  αερων υδατων  τoπων.
[16]: Al final de las Obras de Hipócrates, se encuentra la carta de Artajerjes a Histanes, la de Histanes a Hipócrates y la respuesta de éste, de donde han sido sacados los detalles de este ejemplo, según dice Coste.
[17]: Titulado Hierón o retrato de la condición de los reyes [Iερων η Tυραννιχoς].
[18]: Eone est ferox, quia habes imperium in belluas, dice Terencio en Eunuchus, acto III, escena I, verso 25.
[19]: Escuadras romanas compuestas de diez soldados a las órdenes de un decurión
[20]: Medidas y moneda romanas.
[21]: «Plebs sordida, et circo ac theatris sueta, simul deterrimi servorum, aut qui. Adeses bonis, per dedecus Neronis alebantur, moesti», Cornelio Tacito, I, 4.
[22]: Suetonio, César, capítulo 84-85.
[23]: Suetonio, Vida de Vespasiano, capítulo 7.
[24]: Júpiter.
[25]: Insertamos la traducción libre del trozo de la Eneida hecha por Luis Herrera y Robles, y que coloca La Boétie traducida al francés en su Discurso.

Herrera y Robles, Luis  (1898)   La Eneida de Publio Virgilio Marón   Prólogo de D. Juan Valera, Sevilla. 

[26]: Nuestros reyes utilizaron los mismos métodos de superstición.
[27]: En esta cita de la Franciada de Ronsard que se publicó en 1572 (La Boétie muere en 1563) se apoya también el Dr. Armaingaud para defender la tesis de que el Discurso es de Montaigne. Vid. loc. cit. páginas 514 y siguientes.
[28]: Ancilia o ancile: escudo pequeño que conservaban los romanos en el templo de Marte y que suponían bajado del cielo en el tiempo de Numa Pompilio. Recuérdese el mismísimo ejemplo en Dante.
[29]: Virgilio, Eneida, VIII, 664: «Et lapsa ancilia coelo».
[30]: Calimaco, en su Himno a Ceres, habla de un canastillo que se suponía descender del suelo y que, en las fiestas de esta diosa, era llevado por la noche a su templo. Suidas, con la palabra χανηphioρoι, dice que la ceremonia de los cestos fue instituida bajo el reinado de Erisicthon. La palabra ampoule en el sentido de bote pequeño se aplicaba a la sainte ampoule de Reims, donde se conservaba el aceite para la consagración de los reyes de Francia y, que, según algunos autores místicos, había sido traída del cielo por una paloma para el bautismo de Clovis.
[31]: «Oreille» dice aquí La Boétie.
[32]: Aquí se apoya también Armaingaud para considerar que este es un retrato de Enrique III y decir que el Discurso no es de La Boétie. Loc. cit. págs. 515 y siguientes.
[33]: Individuos que habían sido condenados a cortarles las orejas.
[34]: El poseer bienes que no sean para él.
[35]: Afrannius Burrhus, gobernador de Nerón condenado a muerte por éste el año 62 de Jesucristo.
[36]: Lucius Proethus Thraseas, filósofo estoico y senador. Envuelto por Nerón en la conspiración de Pisón se abrió las venas el año 66 de Jesucristo, lo mismo que Séneca, aunque, completamente inocente también, fue obligado a darse muerte el año anterior.
[37]: Que Séneca, Burrhus y Thraseas han caído en esta desgracia sólo por haber sido gentes de bien —según aclara Costes—.
[38]: Según Seutonio y Tácito, Nerón la mató de un puntapié que le dio estando embarazada.
[39]: Vid. Seutonio Vida de Calígula cap. 33.
[40]: Domiciano fue asesinado en septiembre del año 96, después de que en los últimos años de su gobierno se desarrolló en él una locura persecutoria, con la cual no se sentían seguros ni los que estaban en su mayor intimidad.
[41]: Se refiere aquí La Boétie al emperador Marco Aurelio Antonio Caracalla, el cual en la expedición contra los partos fue asesinado por su prefecto de guardia Macrino, en abril del año 217. Éste último llevó algunos meses la diadema imperial, hasta que fue nombrado Heliogábalo por las tropas sirias.
[42]: Salustio en Igurtha cap.34 dice: «Haec inter bonos amicitia, inter malos factio est».
[43]: Mignon puede traducirse también por lindo o bonito. Esta expresión —según dice Armaingaud— es muy usada en la época para nombrar a los que rodean a los príncipes. Vid. Armaingaud, loc. cit., Tomo XLVII, pág. 517 y siguiente.
[44]: Δημoδoρoς Bαoιλευς les llama Homero en la Iliada, I, 231.

Edición del 30-6-2010
Revisión: Raquel Antízar Mogollón
Edición: Raquel Antízar Mogollón
César Corrochano Barba
Mireia Galindo Bragado
Boletín CF+S > 44: Tierra y libertad > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n44/aeboe.html   
 
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