Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 44: Tierra y libertad > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n44/aaher.html   
Urbanización contra sostenibilidad [1]
Agustín Hernández Aja[2]
Mariano Vázquez Espí[3]
La Serena/Madrid (Chile/España), octubre 2009 / mayo 2010.
Resumen: Nos encontramos en un planeta en el que se ha invertido la situación histórica de la que procedemos. Nuestro pensamiento aún se nutre de una visión de un mundo en el que predominan las fuerzas de la Naturaleza, en el que la ciudad y la urbanización se enfrentan a la tarea de ganar metro a metro espacio a la Naturaleza, y en el que ésta nos parece capaz de recuperar el espacio ganado si cejamos en nuestro esfuerzo. Pero la realidad es la inversa, hace ya tiempo que la urbanización, no ya la ciudad, ha ganado la partida; los espacios ganados por la urbanización no son recuperables por lo no-artificial; aún cuando son abandonados, lo ‘natural’ no vuelve si no es de manera marginal y en una forma degradada, incapaz de reconstruir los ciclos de la vida en su magnitud original. De forma que vivimos en un mundo urbanizado en el que todo el planeta es puesto al servicio del sistema urbano-industrial y en el que cada día se pierden especies, suelos y capacidad de regenerar los materiales usados. Todo lo anterior no pasaría de ser un problema estético o cultural si no fuese porque, pese a la teórica capacidad de nuestra tecnología para aparentar eficacia e independencia de la Naturaleza, no dejamos de depender de la biosfera, de sus ciclos y de su capacidad de regeneración para mantenernos como especie, para vivir en suma.

Urbanización contra Naturaleza

El dilema del que aquí se trata es el de cómo revertir el proceso de la urbanización, cómo acoplar nuestra existencia sobre el planeta a la conservación de sus ciclos con la suficiente eficacia para mantener las condiciones de la vida. Nuestra visión de la urbanización es tal que podríamos definirla como «una actuación sobre el ecosistema que impide su regeneración autónoma». La urbanización supone la destrucción del suelo fértil, la ruptura entre el suelo y la atmósfera, el traslado de los cursos de agua, la impermeabilización de los suelos, el vertido de residuos, extraños para el ecosistema no-artificial, o en tal cantidad que saturan su capacidad para reciclarlos. Esta urbanización es tan intensiva que no sólo afecta al propio lugar en el que se produce, sino que degrada los suelos cercanos o aquellos de los que se surte. Pero no sólo es intensiva, sino que es masiva, de forma que ha revertido la situación inicial, tenemos un planeta cada vez más urbanizado en el que los espacios no-artificiales tienen difícil su propia regeneración o mantenimiento (Naredo, 1994).

Parece que ha llegado el momento de que revisemos la forma en que acoplamos nuestro alojamiento y actividades en la Naturaleza. Necesitamos revisar cada una de las funciones que demandamos y que realizamos mediante la sustitución del orden tradicional (en ciclos cerrados) por un nuevo orden artificial (en cadenas abiertas). No es posible seguir oponiéndonos a la relación con el orden de los ecosistemas maduros, impidiendo el paso del agua al suelo; diluyendo[4] nuestros residuos para mandarlos lo más lejos posible; ignorando el ciclo solar (para calentarnos o protegernos de él); transportándonos constantemente en una continua espiral de consumo de lugares y por tanto de suelos. Ha llegado el momento de modificar la visión, el momento de mirar y comprender. Se trata de dejar de oponerse a los ciclos cerrados de la biosfera, se trata del momento de aprender de ellos, de sumarse al flujo de la ola para navegar sobre ella. Hay que dejar pasar el agua, no oponerse a ella. Hay que usar cada cosa y cada calidad para lo realmente necesario. Asirnos a los ciclos cerrados para mejorar nuestra vida sin poner en peligro su continuidad.

Nuestra intervención ha sido la contraria. La construcción de la ciudad, o la mejora de la existente, pasaba por conseguir la máxima separación posible de lo no-artificial: cuanto mayores fuesen la base y la sub-base de nuestras calles, mayor era la calidad de lo construido. Ahora hay que apostar por una intervención que se acople a los ciclos, en la que no aplastemos el suelo y sus ciclos, sino que flotemos sobre ellos. Una intervención en la que el agua de lluvia no sea un producto sucio y maloliente que traslademos a una depuradora lejana mediante unas tripas profundas, sino que sea el sustento de un cauce cercano. Un espacio en el que el dominio de la cadena taylorista deje paso a la visión de los ciclos cerrados, en el que sepamos cuando es invierno y cuando es verano, y si llueve o hace sol. Nuestro concepto ha sido considerar la intervención sobre la ciudad como una obra nueva perfecta, independiente e inalterable (cuanto más mejor), formalmente abstracta, solo regida por su propia lógica y ajena a una Naturaleza que era transformada a nuestro antojo. Pero lo nuevo ya no puede ser un signo de la artificialización absoluta, lo nuevo debería de ser la modificación del actual modo y concepción de lo urbano, la revisión del concepto del proceso, que se considera aún por cadenas productivas lineales (y por tanto abiertas), y separadas. El verdadero reto está en la articulación de los ciclos, en reducir el impacto de lo que construimos, pero también en reconocer el ciclo de quienes lo habitamos. Quizás seamos capaces de reconvertir nuestras viejas y desesperadas ciudades en espacios más acordes con las necesidades de quienes las habitan y de los ciclos que en realidad los sustentan.

La urbanización va más alla de la producción de espacios urbanos

En los últimos años se ha entendido que la crítica a los problemas ambientales que produce el desarrollo de las áreas urbanas se resolvía centrándose en la crítica a la parte más evidente de la acción depredadora: el crecimiento urbano en su vertiente inmobiliaria. Siendo evidente la necesidad de denunciar el sistema de producción inmobiliario y desvelar el entramado de intereses que lo sustenta, debemos de ampliar nuestro campo de reflexión y señalar que esas operaciones son solo parte de un sistema más complejo que articula producción inmobiliaria, creación de infraestructuras y consumo de espacios ‘naturales’, y que supone la destrucción del capital natural, el despilfarro de recursos y energía, y la creación de un status quo social que ignora cualquier pensamiento alternativo o crítico. La urbanización no sólo destruye el soporte físico y las redes ecológicas, sino que produce la pérdida de sustancia de la ciudad para unos ciudadanos que, al desaparecer ésta, dejan de serlo para convertirse en consumidores. La ciudad desaparece sumergida en el continuo urbanizado que ha sustituido espacios próximos, apropiables y legibles, por un laberinto sin límite aparente en el que es difícil distinguir unos lugares de otros. En este continuo es imposible que ningún espacio nos pertenezca y por tanto que alcancemos la condición de ciudadanos. Nos encontramos inmersos en un modelo económico que necesita agregar nuevos espacios y nuevas áreas de actividad para sustentar el crecimiento de la economía monetaria, que en su desarrollo va consumiendo tanto la sustancia de lo público (que constituye la base de la ciudad), como la calidad de los espacios no-artificiales que invade. Habrá para quien todo lo anterior no suponga más que un problema de decisión o elección del tipo de vida que desearíamos vivir, y que opine que se trata de una más de las transformaciones que las personas humanas hemos sufrido en nuestro hábitat y que es necesario asumir e incorporar. Pero más allá de la elección moral o política de cada cual, es necesario hacer evidente que este modelo se basa en el consumo indefinido de recursos, suelos y energía en un planeta finito y no puede ser mantenido por más tiempo, salvo que su aplicación se limite a sectores cada vez más reducidos de la población mundial.

La desaparición de las ciudades en el marco de la urbanización metropolitana

La articulación de estructuras metropolitanas interconectadas y articuladas tiene su correlato en la destrucción de los espacios intersticiales que incluye. Se trata de un fenómeno relacionado con las distintas magnitudes con las que crecen los espacios y sus necesidades funcionales, de forma que un espacio que crece (o al conectarse de manera más eficaz se articula con otros) no puede hacerlo con la misma forma que tenía en inicio. Al cambiar de tamaño sus funciones se alteran y los elementos que lo sustentan deben de cambiar de dimensión. Al igual que un organismo no puede soportar un crecimiento constante sin metamorfosearse en otro, la ciudad no puede crecer indefinidamente sin que al pasar de un determinado tamaño deje de ser ciudad para transformarse en otra cosa. En este nuevo modelo, la ciudad central mantiene parte de las actividades y los atractores iniciales, pero no tiene una estructura viaria capaz de absorber las nuevas demandas. En el centro se abandonan piezas enteras (barrios) que antes formaban parte orgánica de la ciudad (convirtiéndose en barrios degradados), mientras que en el territorio vemos como se destruyen la redes ecológicas, como desaparecen los espacios más valiosos y como se pierde su carácter unitario al ser atravesado por las infraestructuras y ser divido en fragmentos sin valor.

La evolución del consumo de suelo en España

El caso español es uno de los más evidentes. En los últimos años el impacto de la urbanización sobre el territorio ha crecido continuamente. Si analizamos los resultados del programa Corine Land Cover, en el que se realizó la fotointerpretación de la evolución del consumo de suelo de las regiones europeas entre 1990 y 2000 (Cuadro 1), podemos ver que en España se había producido un incremento del consumo de suelo por vivienda del 6%, y del 23% en consumo por habitante. Pero si comparamos los datos de 1990 con los datos de los nuevos desarrollos producidos entre 1990 y 2000, veremos que por cada nueva vivienda se consumió un 36% más de suelo que las viviendas existentes en 1990, y que por cada nuevo habitante se multiplicó por 4,6 el suelo consumido (¡un 360% más!).


Cuadro 1: Evolución del consumo de suelo entre 1990 y 2000
Total acumulado en 1990
Superficie artificial total 8.078 km2
Superficie artificial sobre superficie nacional total 1,6%
Superficie artificial por vivienda 469 m2/viv
Superficie artificial por habitante 208 m2/hab

Total acumulado en 2000
Superficie artificial total 10.454 km2
Superficie artificial sobre superficie nacional total 2,1%
Superficie artificial por vivienda 499m2/viv
Superficie artificial por habitante256m2/hab

Nuevos desarrollos 1990-2000
Porcentaje sobre el total de superficie artificial en 2000 23%
Superficie artificial por nueva vivienda 638m2/viv
Superficie artificial por nuevo habitante977m2/hab


Una primera interpretación sin mayores profundizaciones podría llevarnos a concluir que los nuevos crecimientos son menos densos que los anteriores (de hecho es la idea dominante), pero si analizamos la distribución de los usos del suelo (Cuadro 2), podemos ver que para el total acumulado hasta 2000, el consumo de suelo urbano por vivienda era de 314 m2, mientras que para los nuevos desarrollos de 1990-2000 el consumo había sido tan sólo de 215 m2. Esto significa que, pese a la percepción generalizada de que se ha impuesto una morfología de ciudad difusa, en realidad el crecimiento de la ciudad se ha producido con una mayor densidad que la existente. Sí, hemos consumido más suelo por vivienda, pero no ha sido con un modelo de menor densidad. El suelo se ha consumido mayoritariamente por los usos indirectos, multiplicándose por 2,5 las zonas industriales, comerciales y de transporte, duplicándose las zonas de extracción vertido y en construcción y triplicándose las zonas ‘verdes’ artificiales.


Cuadro 2: Distribución de superficies de suelo artificial
Total acumulado en 2000
Zonas urbanas 63% 314 m2/viv
Zonas industriales, comerciales y de transporte 23% 116 m2/viv
Zonas de extracción, de vertidos y en construcción 11% 56 m2/viv
Zonas verdes artificiales no agrícolas 3% 13 m2/viv

Nuevos desarrollos 1990-2000
Zonas urbanas 22% 215 m2/viv
Zonas industriales, comerciales y de transporte 51% 275 m2/viv
Zonas de extracción, de vertidos y en construcción 20%111 m2/viv
Zonas verdes artificiales no agrícolas 7% 37 m2/viv


¿Qué significa lo anterior? Que la ciudad no ha podido crecer de forma semejante a la ciudad inicial, que pese a que cada nueva vivienda ha consumido menos suelo que las viviendas existentes, aquellas han tenido que ‘nacer’ acompañadas de un despliegue de usos indirectos y de espacios degradados o vacíos que equilibren y encubran las necesidades de movilidad del modelo. Que en realidad lo que se ha producido no es el crecimiento de la ciudad, sino el crecimiento de la urbanización, que estamos asistiendo a una destrucción del suelo, no sólo para la producción de nueva urbanización, sino sobre todo para la producción de nuevas infraestructuras. Un efecto que había sido previsto con exactitud por Mumford.


Cuadro 3: Densidad de autopistas y vías de ferrocarril en Europa

Fuente: Eurostat, 2004, citado en Aguilera, 2009
Autopistas Líneas de ferrocarril
(km/millón de habitantes) (km/1.000 km2)
1980 1990 2001 2020a1980 199020032020
Alemania 118 137 143 143 125 122 117 103
España 54 121 236 370 32 31 29 29
Francia 90 121 171 170 66 63 62 53
Italia 105 109 114 114 55 55 55 55
Reino Unido 48 55 60 61 80 75 70 71

(a) Según el Plan estrátegico de Infraestructuras y Transporte (PEIT)


Como podemos ver en el Cuadro 3, lo que se ha producido en España es un crecimiento desmedido de las infraestructuras viarias que nos ha llevado a superar a todos los países de nuestro entorno; esfuerzo que no se ha visto reflejado en el ferrocarril, que ha mantenido la misma raquítica situación en la que nos encontrábamos en los años 70.

Pero el consumo de suelo por vivienda no ha sido igual para todos los municipios. Ha sido proporcionalmente menor en los municipios de más de 500.000 habitantes (Cuadro 4), en donde el crecimiento urbano se produce de la forma más intensiva (consumiendo menos suelo por vivienda), para irse incrementando de forma inversa al tamaño del municipio.


Cuadro 4: Suelo artificial por vivienda, población en 2000
Tamaño ciudades>500.000100.001-500.00025.001-100.00110.001-25.000>10.000

m2 suelo artificial/viv 197306438530805
m2 suelo urbano/viv107185258331533
m2 suelo no urbano/viv90175180199272


Lo que se ha producido ha sido un desarrollo urbano más denso cuanto más grande es la ciudad, con una carga de usos indirectos mayor cuanto más pequeño es el municipio. Podríamos pensar que los municipios pequeños están pagando las necesidades de infraestructura que demanda el sistema de una forma más ineficiente, y por tanto más agresiva con el territorio.

Sostenibilidad, urbanización y territorio

La sostenibilidad implica una articulación armoniosa entre las necesidades sociales y la responsabilidad ambiental; articulación que resulta crítica en la organización de la ciudad. Si analizamos las transformaciones urbanas de los últimos años, nos encontramos frente a una ciudad que incrementa la segregación social, incubando un futuro de conflictos en nuestras ciudades. Observamos la progresiva degradación de la ciudad tradicional que conocemos a favor de la creación de una periferia suburbana basada en el consumo de los espacios no-artificiales y en la utilización masiva del vehículo privado, con un desarrollo desmedido de infraestructuras que consumen suelos y territorios, materiales y energía y apoya una práctica inmobiliaria que estimula la sustitución de las edificaciones frente a su rehabilitación y conservación, incrementando el despilfarro de recursos y la producción de residuos.

La única forma de abandonar este modelo insostenible es propiciar un movimiento de regeneración cultural que nos permita reconducir las tendencias contrarias a la sostenibilidad, recuperando el sentido de la ciudad a través de una planificación urbana que se centre en la rehabilitación de la ciudad existente, incrementando la variedad urbana, la excelencia de los equipamientos públicos, la calidad ambiental y la participación, garantizando que el ciudadano encuentre el conjunto de estímulos esperables de la vida urbana en su entorno próximo, e impidiendo el desarrollo suburbano y la construcción de las infraestructuras que destruyen el territorio y generan expectativas especulativas sobre su uso.

Bibliografía

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Notas


[1]: Los datos de consumo de suelo proceden del trabajo realizado por Agustín Hernández Aja y Marian Simón Rojo en el Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio de la Universidad Politécnica de Madrid, por encargo de Arquitectos Urbanistas Ingenieros Asociados (AUIA), para el Informe técnico sobre la relación de suelo y edificación en España. Periodo 1990-2000 y sus proyecciones al 2020 del Ministerio de Vivienda.
[2]: Director del Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio de la Universidad Politécnica de Madrid.
[3]: Responsable del Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad de la Universidad Politécnica de Madrid.
[4]: Decimos diluyendo, porque el aparente proceso de concentración de residuos en vertederos es siempre un proceso químico de dilución: nuestras heces en agua potable; en la Comunidad de Madrid, los residuos vegetales mezclados con los animales y con todo lo que no sea envases, papel o vidrio; en la incineración, diluyendo el producto final en la atmósfera; etc, etc.


Edición del 30-6-2010
Revisión: César Corrochano Barba
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Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid Universidad Politécnica de Madrid
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