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Boletín CF+S > 42/43: Simposio Internacional Desarrollo, Ciudad y Sostenibilidad > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n42/ac2.html   
La insustentable pesadez del desarrollo. Reflexiones sobre sustentabilidad, desarrollo y cordura
Antonio Elizalde Hevia[1]
La Serena (Chile), octubre 2009.


Índice General

 

Parafraseo con el título de esta conferencia la novela de Milan Kundera La insoportable levedad del ser porque mi estado de ánimo, la emoción en la cual —siguiendo a Maturana— estoy instalado desde hace algunos años, es muy parecida a la que sentí cuando leí la novela a la cual hago referencia. Para quienes no la han leído y como recordatorio a los que ya la leyeron, esa novela está ambientada en Praga en 1968, en los momentos del levantamiento de la población contra el régimen comunista y los sucesos narrados transcurren con ese telón histórico de fondo.

Trata de un hombre y sus dudas existenciales en cuanto a sus relaciones de pareja. Relata la vida cotidiana, pero abriendo cauce a profundas preocupaciones existenciales de sentido trascendental. Sobre un tema abstracto y milenario, el de la inutilidad de la existencia, la necesidad o no del eterno retorno de los momentos para dotar a la vida de sentido. La obra se puede analizar en cuanto a varios factores, el factor histórico-político, el factor artístico, y el factor que relata las acciones de los personajes, sin duda una de las mejores obras representativas de la crítica comunista en Europa del Este.
Wikipedia, 2009

La leí al poco tiempo de ser publicada en castellano; esto es, algunos años antes de que cayera el Muro de Berlín. Tuve la oportunidad de estar, por primera vez, al otro lado del Muro en 1986; y lo que allí palpé, observé y sentí fue algo muy parecido a lo que dicha novela retrataba. Mi impresión personal fue de que ese sistema no daba para más, que luego se vendría abajo. No podía en ese momento decir cómo, pero lo intuía. Pude conversar con un amigo chileno, sociólogo también al igual que yo, que vivía en Alemania Occidental, trabajaba en la Universidad de Münster y era reconocido como uno de los principales especialistas en el tema de Europa Oriental. Le conversé de mis intuiciones, me señaló mi profunda equivocación y afirmó que se podría venir abajo el mundo, pero que Alemania Oriental, la República Democrática Alemana, seguiría aún en pie.

Cuento todo esto porque tengo, cuando debo hablar de sustentabilidad, exactamente la misma emoción que sentí en ese entonces. La sustentabilidad no se vive ni aprecia entre quienes construyen discursos, tecnologías y procedimientos en pos de ella. Más aún, experimento un malestar creciente respecto a si efectivamente avanzamos o retrocedemos en la consecución de prácticas y conductas, de creencias y de valores, de hábitos e instituciones efectivamente sustentables; esto es, si estamos construyendo o no sociedades y culturas sustentables.

Es cómodo, es grato, es muy placentero vivir como vivimos. No podría olvidar las calles de tierra y los charcos congelados con escarcha durante el invierno y ese maravilloso camino a la escuela cuando caminábamos pisando cuidadosamente uno a uno dichos charcos para quebrarlos. Ni tampoco olvidar las acequias que corrían por un lado de la calle o los potreros donde íbamos a jugar todos los días a la pelota con arcos de guano seco y de vez en cuando no tan seco, con las consecuencias de ello en nuestros zapatos y ropa. Pero también recordar lo no agradable, como esas calles polvorientas en verano con un trumao que nos dejaba como dulces empolvados cada vez que pasaba un vehículo, y esas calles también llenas de pulgas que nos pegábamos en la convivencia mutua perros y humanos; recordar también los incómodos y malolientes pozos negros de la casa y el colegio, así como los trozos de papel de periódico cuidadosamente cortados en cuadrados pinchados en un clavo usados en ellos. Y no olvidar tampoco el agua que había que ir a recoger en los grifos de las esquinas y que se calentaba en enormes ollas para sacarnos la suciedad que acumulabamos en orejas y tobillos, fruto de nuestras correrías en una ciudad que todavía estaba conectada al campo y en cuyas fronteras tuve la suerte de vivir mi infancia.

Hoy me resulta impensable vivir nuevamente esas privaciones (así las vivencio ahora) que me hicieron feliz cuando era niño. Las incómodas pero inevitables tareas de regar la chacra con porotos, maíz, tomates y lechugas que conformaban el patio de la casa, y de dar de comer a las gallinas, y a veces a los patos y a los pavos, cuando se acercaban las fiestas patrias o la navidad. La indispensable escucha del radioteatro al anochecer y las pesadillas inspiradas por el Doctor Mortis o por Cumbres Borrascosas. Podría seguir enumerando recuerdos, resonantes quizás sólo para quienes vivieron su infancia como yo entre los años cuarenta y cincuenta.

Es impensable hoy, para la mayoría de la población urbana de Chile, la ausencia de calles pavimentadas, electricidad domiciliaria o agua de cañería, cuando no de conexión a TV cable o a Internet. Pero es allí justamente donde radica la tensión, que en la novela mencionada es entre la levedad o la pesadez y en nuestra reflexión entre sla ustentabilidad y el desarrollo.

1 Desarrollo = pesadez

Asocio inevitablemente desarrollo a pesadez en la perspectiva sugerida por Italo Calvino cuando señala que:

A la precariedad de la existencia de la tribu —sequías, enfermedades, influjos malignos— el chamán respondía anulando el peso de su cuerpo, transportándose en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde podía encontrar fuerzas para modificar la realidad... Antes de ser codificadas por los inquisidores, estas visiones formaban parte de lo imaginario popular, o digamos, también de lo vivido. Creo que este nexo entre levitación deseada y privación padecida es una constante antropológica.
Italo Calvino, 1988

Como muy bien lo ha señalado Gustavo Esteva, el desarrollo es el mito central de nuestra cultura. Mito construido sobre una realidad innegable: los cambios producidos en la calidad de vida de las personas durante la segunda mitad del siglo pasado.

El desarrollo ocupa la posición central de una constelación semántica increíblemente poderosa. Nada hay en la mentalidad moderna que pueda comparársele como fuerza conductora del pensamiento y del comportamiento. Al mismo tiempo, muy pocas palabras son tan tenues, frágiles e incapaces de dar sustancia y significado al pensamiento y la acción como ésta.
Esteva, 1992

Este tal vez sea el último de los grandes mitos que se han movilizado en esta civilización. Es en nombre de este mito que se ha transformado a la mayor parte de la humanidad a la doble condición de asalariado y consumidor. Sin embargo, estamos llegando a un agotamiento del tema: lo efectivamente logrado en términos de mejoramiento de la calidad de vida es absolutamente insuficiente pese al enorme crecimiento económico obtenido. Pero además se ha ido constatando que las grandes promesas de solución de problemas endémicos de la humanidad asociadas al surgimiento del discurso del desarrollo no sólo no se han cumplido sino que incluso dichos problemas se han agravado, entre ellos:

  1. El aumento del número de pobres y de su condición más extrema con respecto a otras épocas de la historia humana (incremento de la pobreza en magnitud y en profundidad).
  2. El aumento enorme en los niveles de separación entre riqueza y pobreza, no sólo en términos de bienes accesibles, sino en todas las dimensiones de la existencia. Juan Pablo II llegó incluso a afirmar que «el género humano parece haberse escindido».
  3. La calidad de vida concreta parece haber llegado a un punto umbral en que comienza a deteriorarse: incremento de la obesidad, de las adicciones, del riesgo de accidentes, de las nuevas patologías (SIDA, anorexia, bulimia, pánico, iatrogenia, etc.) y de las ‘viejas’ patologías renovadas (tuberculosis y otras enfermedades contagiosas), depresiones y enfermedades mentales, soledad y aislamiento.
  4. Muchas de las instituciones propias de la modernidad parecen haber tocado techo y algunas de ellas comienzan a colapsar los sistemas educativos (escuela), sanitarios (hospitales), de seguridad social, de justicia, de transporte público, etc.
  5. El aumento sustantivo de la inseguridad, no sólo en las sociedades viviendo conflictos bélicos, sino que incluso en las sociedades que viven en paz y democracia: la inseguridad ha llegado a transformarse en una condición normal en la actual vida ciudadana.
  6. Los desequilibrios ambientales y la velocidad de destrucción de la naturaleza es mayor que nunca antes en la historia y ya se hacen evidentes para todos las transformaciones climáticas.
  7. La creciente pérdida de diversidad cultural: empobrecimiento étnico, lingüístico, cultural, valórico, etc., en un contexto de creciente interculturalidad.
  8. El manifiesto conflicto, nuevo y antiguo a la vez, entre los géneros o los sexos de la especie humana y los problemas derivados del crecimiento demográfico global y del gigantismo urbano.
  9. La expansión del materialismo, el empobrecimiento espiritual (hedonismo, consumismo, etc.), el individualismo, el debilitamiento de la vida humana interior y del valor de la experiencia humana.

De allí que un profundo estudioso de los temas del desarrollo como Gilbert Rist llegue a sostener que:

Hubo un tiempo en el que nuestra sociedad construía catedrales. Actualmente construye Disneylandias, calificadas también de Magic Worlds. Blancanieves y sus siete enanos no son producto de nuestra imaginación puesto que puede hablarse con ellos [...] Y todos podemos seguir haciendo ‘como si’. Como si el desarrollo fuera generalizable, como si la deuda internacional pudiera pagarse, como si fuera posible que los países pobres ‘alcanzasen’ a los países ricos, como si fuera posible el crecimiento ilimitado. Como si lo virtual pudiese triunfar sobre lo real.
Rist, 2002

Todo ello ha estado anclado en una visión del mundo que se hizo hegemónica durante el siglo pasado y que como sostuvo Lester Thurows, ha buscado acomodar la realidad a sus modelaciones teóricas:

No existe ninguna disciplina (excepto la economía) que intente hacer que el mundo actúe como ella cree que debería comportarse. Pero, claro está, lo que el Homo sapiens hace y lo que el Homo economicus haría son frecuentemente cosas muy diferentes. Esto, sin embargo, no hace que el modelo básico esté equivocado, como sucedería en cualquier otra disciplina. Sólo significa que se deberán tomar acciones para torcer al Homo sapiens de conformidad con el Homo economicus. De esta forma, en vez de ajustar la teoría a la realidad, se ajusta la realidad a la teoría.
Thurows, 1983

Todo ello está anclado en una concepción del mundo proveniente de una disciplina específica que se transformó progresivamente en el sistema de lenguaje dominante de la época actual. Como lo he señalado en otro trabajo:

En el imaginario construido en las sociedades actuales —sociedades globalizadas por el capitalismo industrial de consumo masivo— están instalados un conjunto de mitos sobre la realidad que condicionan gran parte de las creencias con las cuales, quienes integramos estas sociedades, nos movemos en nuestra vida cotidiana. Algunos de estos mitos economicistas —posiblemente los más relevantes para nuestros futuros análisis— son los siguientes:
Elizalde, 2008

Aunque la introducción de la noción de límites al desarrollo y la posterior instalación de la idea de sostenibilidad hayan tenido grandes avances en su penetración en el discurso científico, político y empresarial, dichas ideas no han logrado tener la fuerza suficiente para modificar las tendencias inerciales propias del desarrollismo.

De allí entonces que las tasas de crecimiento económico y material continuen incólumes pese a todas las informaciones provenientes desde las distintas comunidades académicas y grupos científicos dedicados a estudiar la forma en que nuestro operar civilizatorio afecta el medio ambiente, y que nos indican todas ellas la urgente necesidad de transitar hacia un crecimiento cero, un decrecimiento, un posdesarrollo, una economía de estado estacionario, una biomímesis, o cualquiera de las muchas formas en que se plantea modificar las tendencias exponenciales del crecimiento de la población, de las concentraciones urbanas, del crecimiento automotriz y del consumo en general.

Traigo a colación aquí algo afirmado pir Kenneth Boulding: «Aquel que crea que el crecimiento exponencial puede continuar perpetuamente en un mundo finito: o es un imbécil o un economista.» Parece que todos nos hemos transformado en imbéciles o en economistas ya que estamos todos contagiados aparentemente de esta epidemia de imbecilidad denunciada por Boulding. Hay una evidente esquizofrenia en el discurso público cuando se plantea por un lado la necesidad de controlar los factores que están propiciando el cambio climático global y cuando por otra parte se insiste en la necesidad de programas de reactivación de las economías afectadas por la crisis financiera global.

¿Bastarán los acuerdos post-Kyoto para desacelerar el cambio climático? ¿Será posible transitar hacia una sociedad sustentable y ecológica a partir de los acuerdos post-Kyoto? ¿Se lograrán acuerdos realmente relevantes en la reunión de Copenhague?

Los últimos informes publicados por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) y las últimas investigaciones recientes sobre este fenómeno y sus impactos ponen de manifiesto una aceleración a un ritmo aún mucho más rápido que las previsiones originales del Panel. La comunidad científica coincide en que las actividades humanas han sido la fuente principal para la elevación observada en la atmósfera del dióxido de carbono desde los inicios de la era de los combustibles fósiles en el decenio de 1860. El 85% de las emisiones de dióxido de carbono producidas por todos los seres humanos proceden de la quema de combustibles fósiles como el carbón, el gas natural y el petróleo, incluida la gasolina. El resto, de resultados de la tala de bosques y de otros usos de la tierra, así como de algunos procesos industriales como la fabricación de cemento. El uso de combustibles fósiles ha aumentado rápidamente, especialmente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y sigue aumentando exponencialmente. De hecho, más de la mitad de todos los combustibles fósiles utilizados por los seres humanos se han consumido solo en los últimos veinte años.

Enfrentamos un problema cuya magnitud excede todos los problemas que haya enfrentado nuestra especie a lo largo de su historia. Ello por una doble razón. La primera es que es un problema que afecta a nuestro hogar, a nuestro sustrato material que requerimos para vivir, que no remueve el piso en cual nos asentamos, el aire que respiramos, el frío o calor que necesitamos para sentirnos cómodos, etc; y la segunda porque no depende su solución de una sola voluntad por poderosa que ella sea; requerimos el involucramiento de todos los seres humanos, de todas las instituciones que los seres humanos nos hemos dado en el desarrollo de los procesos civilizatorios.

Lo notable es observar que pese a lo dramático y crucial de la situación, no hay proporcionalidad entre su gravedad y las reacciones a las cuales esta situación da lugar. Es algo similar a lo que ocurre cuando se le diagnostica un cáncer terminal a alguien. Para ese alguien esa noticia es de una centralidad absoluta. Nadie en esa situación puede pretender ignorar la noticia y seguir como si nada, aunque probablemente lo más adecuado sea preservar lo más que se pueda la coherencia con lo que se ha vivido y, de ese modo, la dignidad propia. Posiblemente, para su entorno cercano puede adquirir una connotación parecida, aunque inevitablemente no de igual magnitud ya que al fin y al cabo quien morirá es otro y no uno. Nuestra actual situación colectiva tiene un dramatismo similar, aunque en este caso la diferencia es que nos afecta a todos. Todos estamos en riesgo vital.

Frente a lo anterior creo necesario reivindicar una ética de la indignación. Estamos en el borde de la muerte. En un proceso absolutamente irreversible. Es imprescindible llamar las cosas por su nombre y poner las íes bien puestas. Tenemos que pensar con indignación, con rabia. Estamos ante una situación trágica y de un dramatismo sin igual en la historia humana, al borde de un colapso de la civilización humana y, más aún, del proyecto evolutivo del homo sapiens.

Como lo señala Michael Northcott (2007) en su reciente libro A Moral Climate: The Ethics of Global Warming, requerimos una profunda reforma de nuestros estilos de vida, costumbres de vivienda, alimentación, crecimiento, actividades, comercio y viajes para establecer una relación adecuada con la atmósfera. Nuestras actuales formas de negación del problema y nuestras adicciones que hacen manifiesta una negativa a responder a las señales naturales del planeta que hoy se hacen presentes en el sistema climático «son indicativos de una errónea filosofía de autonomía liberal y del mecanismo cosmológico, y una carencia de conciencia espiritual sobre nuestra ubicación en un cosmos que está conectado a través del tiempo y el espacio por el espíritu, así como por complejos sistemas materiales como el clima.»

2 La hipótesis extrema: la venganza de Gaia

El científico británico James Lovelock, conocido como el autor de la Teoría Gaia, publicó en febrero de 2006 el libro La venganza de la Tierra, donde plantea una hipótesis plausible que, aunque no sea del gusto de nadie, predice que no prosperarán los esfuerzos contra el calentamiento del planeta. Sostiene que el cambio climático ha superado un punto sin retorno y que causará la muerte a «miles de millones de personas» antes de fin de siglo. Lovelock cree que es precisamente el mecanismo autorregulador de Gaia, como llama a la Tierra, el que impedirá que los humanos controlen el efecto invernadero, causante del calentamiento del planeta. Ello se debe, según esa hipótesis, a que dicho mecanismo tiene numerosos sistemas de retroalimentación que en el pasado han actuado para mantener la temperatura de la Tierra mucho más fría de lo que sería normal. Pero ahora, esos sistemas van a actuar para amplificar el calentamiento que generan las actividades industriales por las emisiones masivas de dióxido de carbono, el principal gas causante del efecto invernadero. Ello significa que las consecuencias de esas actividades humanas no serán lineales, sino que se acelerarán de modo incontrolable. Paradójicamente, uno de los peligros que apunta Lovelock es la rápida desaparición de una capa de polvo atmosférico presente en el hemisferio norte y producto de la acción industrial. Si debido a una fuerte caída de la actividad industrial desapareciese esa capa, muchas más radiaciones solares llegarían directamente, lo que ocasionaría una alarmante subida de las temperaturas.

3 ¿Hay soluciones?

Las soluciones deberemos buscarlas entonces por otros caminos. Si observamos sin prejuicios la historia de la ciencia, ésta nos muestra que los cambios son posibles y que los grandes descubrimientos que han revolucionado nuestras vidas tienen su origen en pequeños núcleos de conocimiento y centros de investigación, que sólo necesitan algo de apoyo y un ambiente adecuado de libertad y creatividad para dar frutos. La Historia nos enseña que los grandes cambios civilizatorios siempre los han iniciado pequeñas minorías que un día decidieron cambiar sus estilos y formas de vida. Ahora es el momento de sembrar lo que acabará siendo la historia de nuestro futuro.

4 ¿Qué hacer?

4.1 Cambiar nuestro sistema de creencias

Todos los habitantes del planeta, salvo contadísimas excepciones —algunos pueblos aborígenes aún no subsumidos por Occidente, algunas comunidades religiosas, algunas comunidades desplazadas por la violencia, y parte importante de la población reclusa o internada— estamos entrampados en la epidemia consumista que nos afecta. Ésta opera de forma similar a una epidemia que se contagia por el mero contacto entre las personas. Tomemos el ejemplo de una persona proveniente de un lugar donde no existan supermercados o centros comerciales, ni una afluencia o acceso fácil a bienes de todo tipo como los producidos en nuestras sociedades de consumo masivo. Bastarán unas pocas visitas acompañando a algún consumidor experimentado para que nuestro Emilio se contagie de la fiebre consumista y se autoinstale el virus, bacteria o chip que gobernará sus conductas futuras como consumidor.

No hay vacunas de ningún tipo para esta epidemia. Esto lo demuestra, incluso, el propio caso de las experiencias realizadas en aquellas sociedades en las cuales se ha buscado establecer controles externos (institucionales) al consumo, pues terminan inevitablemente produciéndose filtraciones de toda índole en todos los sentidos; comenzando por la incoherencia de los propios predicadores de la ortodoxia anticonsumista (se consume en privado lo que se critica en público).

Es incluso muy probable que se pueda llegar a vivir en una sociedad autoritaria, posiblemente de carácter ecofacista o capital-comunista (como está de moda en estos días), en la cual, haciendo uso de tecnologías de control y de bienes o artefactos producidos para estos efectos, se podría intentar curar la epidemia, apelando al consumo-uso de bienes o artefactos controladores. Algo de eso se está viviendo ya: tecnologías de control del uso de Internet o de los teléfonos, pero también del consumo de agua, electricidad, gas.

Todo ello responde a que ha nacido, como lo señala Gilles Lipovetski (2006:10), «un Homo consumericus de tercer tipo, una especie turboconsumidor desatado, móvil y flexible, liberado en buena medida de las antiguas culturas de clase, con gustos y adquisiciones imprevisibles...»

Este turboconsumidor, como lo señala José Antonio Marina, surge en una nueva economía que

deja de ser economía de la demanda para convertirse en economía de la oferta. Su función es producir sujetos deseantes o, lo que es igual, hacer a los individuos conscientes de sus carencias, obligarles a que se sientan frustrados, fomentar la envidia hacia el vecino, inducir una torpe emulación inacabable, para ofrecer después una salida fácil a su decepción: comprar. Los psiquiatras saben que comprar puede convertirse en una adicción, y el común de los mortales reconocemos que comprar es un gran ansiolítico.
Marina, 2007

Barman se refiere a las delicias del «dejarse llevar» del comprador. Como dicen los técnicos de publicidad, una persona insatisfecha es mejor cliente que una satisfecha, Así las cosas, la propaganda se convierte en diseminadora inevitable de ansias e insatisfacciones (Marina, 2007:19)

Pero esta hipertrofia del mercado que produce insatisfacción porque produce necesidades y apetencias que sólo pueden ser efímeramente satisfechas y que busca mantener encendido el fuego del deseo, produce a su vez

una frustración inevitable y permanente, una tantalización continua, porque ni todas las cosas ofrecidas van a poder conseguirse, ni, en el caso de conseguirlas, van a producir la felicidad anunciada. Ahora bien, los psicólogos saben que una decepción duradera tiene dos derivaciones emocionales: la depresión y la violencia. No me extraña que, como señaló el último congreso mundial de psiquiatría, éstas vayan a ser probablemente las dos epidemias más temibles del siglo XXI.
Marina, 2007:22

En diversos trabajos anteriores[3] hemos señalado que esto ocurre porque las creencias que están instaladas en nosotros lo permiten, con otras creencias posiblemente ocurriría algo distinto.

4.2 Cambiar nuestras adicciones

Las principales nuevas adicciones, desde la perspectiva de análisis en la cual me sitúo, y propias de la civilización actual, son la adicción al consumo y la adicción a la energía, ambas factores desencadenantes de la aceleración del cambio climático. Nuestro problema es que, al igual que un adicto, no somos capaces de reconocer nuestra condición de adictos. Unos simples datos nos permiten sustentar las afirmaciones antes hechas.

La adicción al consumo

El consumismo es el mundo social de las apetencias y el reino momentáneo de los caprichos.

José Antonio Marina

Según lo señala el informe del Worldwatch Institute sobre la situación del mundo en 2004, que lleva el sugerente título Más ricos y gordos, pero no más felices, «El apetito de los consumidores ha disminuido la calidad de vida de ricos y pobres. El mundo consume bienes y servicios a un ritmo insostenible, con graves consecuencias para el bienestar de las personas y del planeta» (Brown, 2004). Dicho informe sostiene que cerca de 1.700 millones de personas (más de un cuarto de la humanidad) han ingresado en la clase consumidora al adoptar la dieta, los sistemas de transporte y el estilo de vida que durante la mayor parte del siglo XX estuvieron restringidos a los países ricos de Europa, América del Norte y Japón. Sólo en China, en los años recientes 240 millones de personas se unieron a las filas de los consumidores, una cifra que pronto superará a la de EE.UU. Casi la mitad de los consumidores, definidos como aquellos que utilizan televisores, teléfonos e Internet, y que reciben la cultura y los ideales que estos medios transmiten, viven en países en desarrollo. Como lo afirma Christopher Flavin, presidente del Worldwatch Institute: «El aumento del consumo ayudó a satisfacer necesidades básicas y a crear empleo», pero ese apetito se ha vuelto desmesurado y «a medida que nos internamos en el nuevo siglo, perjudica los sistemas naturales de los que dependemos, y hace aún más difícil a los pobres del mundo satisfacer sus necesidades básicas». De un modo similar, el informe mencionado da cuenta de un deterioro de la calidad de vida debido al sobreconsumo. «El alto porcentaje de obesidad y de endeudamiento personal, la falta crónica de tiempo y el ambiente degradado son señales de que el consumo excesivo disminuye la calidad de vida de muchas personas».

Lipovetski afirma que esta revolución del consumo ha transformado sustantivamente el imaginario y la cultura de la humanidad, ya que:

es inseparable de las últimas orientaciones del capitalismo dedicado a la estimulación perpetua de la demanda, a la comercialización y la multiplicación infinita de las necesidades: el capitalismo de consumo ha ocupado el lugar de las economías de producción. En el curso de unos decenios, la sociedad opulenta ha trastocado los estilos de vida y las costumbres, ha puesto en marcha una nueva jerarquía de objetivos y una nueva forma de relacionarse con las cosas y con el tiempo, con uno mismo y con los demás. La vida en presente ha reemplazado a las expectativas del futuro histórico y el hedonismo a las militancias políticas; la fiebre del confort ha sustituido a las pasiones nacionalistas y las diversiones a la revolución.
Lipovetski, 2006:7

La adicción a la energía

Según las estimaciones realizadas por García, J (1998), el hombre tecnológico-cibernético como él lo llama, o el homo consumericus de tercer tipo o turboconsumidor como denomina Gilles Lipovetski a los seres humanos vivientes actualmente, requieren para satisfacer todas sus necesidades energéticas, un consumo en promedio de más de un millón de julios por persona al día (aproximadamente 239.000 kilocaloria). Lo anterior significa un incremento exponencial del consumo de energía que alcanza valores 120 veces mayores que los utilizados durante las primeras manifestaciones de la presencia humana en el planeta.


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Figura 1: Evolución de la energía per cápita

Gráfica construida a partir de las estimaciones de Miller (2000)


Es a partir de una de las innovaciones probablemente más radicales en la historia evolutiva de la especie, el uso del fuego, que se amplió la producción de energía, que gravitaba exclusivamente sobre la potencia de los músculos estimada en aproximadamente 2.000 kilocalorías, mediante el uso de la leña. A partir de entonces se han venido ampliando los requerimientos energéticos y con ello el número de fuentes, maneras y tecnologías tanto para obtener como para generar energía útil. Según Ángel Flores, las estimaciones hechas por Alponte (2003) señalan que:

Hace 9.000 años, en el seno de una revolución que establecería el primer piso inteligente para crear las condiciones de una sociedad sedentaria y no nómada (Mesopotamia, hoy Irak) el producto de la energía humana se estimó entre 4.000 y 5.000 kilocalorías. Quinientos años después de Cristo, el ingenio humano hizo posible que el hombre generara 12.000 kilocalorías por persona. Se alcanzaron las 26.000 kilocalorías hacia el año 1400. En 1870, 150 años después del inicio de la Revolución Industrial, la producción humana se calculó en 70.000 kilocalorías per cápita y en los años setenta-ochenta del siglo XX, en el seno de la Revolución Tecnológica, se ascendía a 230.000 kilocalorías.
Flores, 2006

Como se puede apreciar en la Figura 1, el ser humano ha hecho uso de la energía en cada vez mayores cantidades. Podemos preguntarnos entonces a qué se debe este incremento en el uso de la energía. Una respuesta trivial podría ser que los requerimientos energéticos del hombre fueron incrementando conforme el progreso tecnológico. Sin embargo, podemos argumentar la tesis de la existencia de una adicción civilizatoria a la energía, a raíz de lo cual podemos preguntarnos nuevamente, introduciendo de inmediato un juicio crítico, si no será, más bien, una adicción al calentamiento global. Los homo sapiens llevamos varios miles de generaciones habitando el planeta. Sin embargo hace tan sólo ocho generaciones atrás, cuando James Watt perfeccionó la máquina de vapor que había diseñado Thomas Newcomen, nuestra especie aprendió a usar la energía del sol, condensada en forma de combustibles fósiles, para alimentar un metabolismo social que desde entonces no ha parado de crecer. Nuestro consumo desmesurado e irracional de energía, y nuestra adicción a los combustibles fósiles (que suponen el 85% de la energía que consumimos) nos están conduciendo, lenta pero inexorablemente, a una doble crisis sin precedentes, causada por los problemas entrelazados de energía y medio ambiente.


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Figura 2: Calentamiento global pero asimétrico


El planeta, visto de noche desde algún satélite, muestra una clara asimetría en el consumo de energía. Lo que se ve es un Norte ampliamente iluminado y un Sur cuyas luces se corresponden con sus grandes áreas urbanas. Pedro Gómez Romero señala:

Nuestra capacidad tecnológica, nuestra herencia cultural, marcan diferencias evidentes entre nuestra especie y el resto de las especies vivas. Cualquier ser vivo, desde una ameba unicelular hasta una ballena azul, mantiene su orden biológico interno gracias al consumo de energía; energía somática que alimenta los engranajes de complejos metabolismos y de ecosistemas enteros, una energía que como sabemos procede, en última instancia, del Sol. Pero lo que verdaderamente nos diferencia de forma radical es nuestro uso de la energía. Los homo sapiens somos la única especie que ha aprendido a hacer uso de fuentes externas de energía adicional para mantener funciones sociales, ajenas a nuestros metabolismos biológicos, funciones como el transporte, la comunicación y la defensa que han ido creciendo en complejidad hasta conformar un verdadero metabolismo social. Mantener la estructura y el funcionamiento de este socio-metabolismo cuesta enormes cantidades de energía. Muchas, muchísimas kilocalorías de una energía que llamamos exosomática.
Gómez, 2007

Como resultado de todo esto, los privilegiados por haber nacido consumidores gastamos y dilapidamos hoy más energía exosomática que nunca, y lo hacemos a un ritmo creciente. Esta situación es absolutamente insostenible. Tyler Miller (2000) mantiene que el consumo social de esta energía ha pasado de 2.000 kilocalorías diarias por persona en las sociedades primitivas de cazadores recolectores a más de 230.000 kilocalorías, que son las consumidas diariamente por persona en la sociedad estadounidense actual. Nuestra civilización, a diferencia de las anteriores, se ha transformado en una sociedad completamente dependiente de la energía exosomática para funcionar. Cualquier colapso energético podría llegar a generar crisis absolutamente inmanejables en términos políticos y económicos.

4.3 Cambiar nuestros estilos de vida

Como lo señala Lipovetski:

En el curso de unos decenios, la sociedad opulenta ha trastocado los estilos de vida y las costumbres, ha puesto en marcha una nueva jerarquía de objetivos y una nueva forma de relacionarse con las cosas y con el tiempo, con uno mismo y con los demás. La vida en presente ha reemplazado a las expectativas del futuro histórico y el hedonismo a las militancias políticas; la fiebre del confort ha sustituido a las pasiones nacionalistas y las diversiones a la revolución. Apoyado en la nueva religión de la incesante mejora de las condiciones de vida, el vivir mejor se ha convertido en una pasión de masas, en el objetivo supremo de las sociedades democráticas, en un ideal proclamado a los cuatro vientos. Pocos fenómenos han conseguido modificar profundamente los estilos de vida y los gustos, las aspiraciones y las conductas de tantas personas en tan poco tiempo.
Lipovetski, 2006:7

Esta búsqueda incesante del bienestar y del confort material, desatada por la expansión irrefrenable del capitalismo de consumo masivo, nos está llevando al borde del colapso civilizatorio, dada la existencia de los límites biofísicos que nos pone el planeta Tierra: nuestro único hogar posible —cuestión que estamos reconociendo recién ahora—, cuando incluso puede ser ya tarde para enmendar y reparar lo irreparable, como lo cree Lovelock. En respuesta a esto han surgido diversas propuestas.

Los movimientos de evasión

Estos incluyen lo que agudamente Jorge Riechmann (2004) denomina como «actitudes negacionistas» y califica como huidas. En su trabajo identifica diversas alternativas negacionistas que califica como movimientos de fuga frente a la actual crisis ecológica y de los límites planetarios, que se hace manifiesta en el fenómeno del calentamiento global. En primer lugar presenta la que denomina como huida de los límites al crecimiento económico mediante la fusión nuclear y las nanotecnologías. En segundo término presenta la que llama la huida del planeta Tierra por medio de la colonización de otros mundos. Señala un tercer camino el cual es la huida de la condición humana con la ingeniería genética y la simbiosis hombre-máquina. Presenta una cuarta forma de fuga que es la huida de la sociedad hacia el ciberespacio. De modo similar identifica además otra forma de fuga, que es la propuesta por John Zerzan, quien plantea la tensión existente entre la domesticación (polo negativo) y la autenticidad (polo positivo) y la necesaria disolución de la estructura represora de la civilización, planteando un retorno al primitivismo previo incluso al surgimiento del lenguaje.

Las propuestas de ‘más de lo mismo’

Según mi opinión, hay en curso propuestas hechas desde las posiciones hegemónicas, desde el statu quo o desde la ideología del Progreso, que podrían encuadrarse dentro de conocida sentencia del Príncipe de Lampedusa en su famosa novela El Gatopardo: «Que todo cambie para que todo quede igual». Sostengo que estas son propuestas que no reconocen el enorme desafío para la supervivencia de nuestra especie, el homo sapiens, y la necesaria radicalidad de las respuestas que nos exige la crítica situación que enfrentamos como humanidad.

Una de ellas es la del capitalismo verde que da cuenta de las posiciones más ortodoxas del pensamiento económico liberal de corte neoclásico. Su principal exponente es Frances Cairncross (1993 y 1996), redactora jefe de The Economist. Ella defiende la iniciativa privada como vehículo de actuación purificadora a nivel global y como tabla de salvación colectiva para la preservación de la naturaleza. Según esta autora, el mercado es el regulador. Sus argumentos fundamentales son los siguientes: la legislación medioambiental modifica y perturba la tarea del mercado provocando una pérdida de eficacia en la organización y gestión de los recursos escasos; y la legislación debería limitarse sólo a obligar a prevenir o a limpiar la contaminación cuando el coste de hacerlo iguala los beneficios obtenidos al hacerlo, de lo contrario origina deuda y por lo tanto quiebra.

Desde esta perspectiva, la obtención de un medio ambiente limpio puede lograrse mediante el cambio de los estilos de consumo. Pero como éstos son muy difíciles de cambiar, ha de ser la tecnología creada por empresas privadas la que solucione los problemas ecológicos. El Gobierno sólo debe fomentar y promover una demanda favorable al perfeccionamiento de las tecnologías, induciendo el uso de mecanismos de producción distintos. La convicción de los partidarios del capitalismo verde de que el mercado es compatible con el medio ambiente los lleva a argumentar que las políticas enfocadas a modificar por ley los métodos de actuación de las empresas son antiecológicas debido a que las empresas que producen tecnologías amplían sus mercados, pero quienes las aplican incrementan sus costes y no son considerados ni contabilizados como inversión, de modo tal que los ahorros obtenidos por las empresas mediante la reducción de emisiones y residuos para evitar las multas y sanciones podrían obtenerse a través de inversiones más lucrativas. Asimismo, la competencia internacional favorecería a los países que no tengan implantadas normas medioambientales, al tener costes más reducidos.

Esta postura defiende la iniciativa privada y el mercado como su regulador. El problema de esta alternativa es que su enfoque es exclusivamente microeconómico y no es capaz de dar cuenta de los fenómenos a nivel mundial, ni de forma global.

Otra propuesta es la desmaterialización de la economía surgida como respuesta estratégica desde los países ricos (especialmente desde el Banco Mundial a partir en su informe sobre el Desarrollo Mundial en 1992) argumentando, en el ámbito conceptual y empírico, que hay una tendencia descendente tanto en términos relativos como absolutos en el uso de materiales y energía a medida que las economías crecen.

Se trata de lograr, entonces, mediante la reducción del uso de insumos utilizados para la producción, un incremento de la productividad. De ese modo, cuanto menor sea la cantidad de insumos utilizados en la producción de una unidad de producto, tanto mayor será la productividad entendida también como la eficiencia en la producción. La estrategia de desmaterialización se lleva a cabo reduciendo las entradas de materias primas a las cadenas productivas de bienes y servicios y haciendo disminuir las salidas de desechos y sustancias tóxicas al medio ambiente. De tal modo que la desmaterialización contribuye a la ecoeficiencia, pues busca producir ‘con menos’, utilizando menos recursos ambientales y menos energía en el proceso productivo, reduciendo desechos, y atenuando la contaminación. La ecoeficiencia debe buscar diseños tecnológicos que aplicados a los procesos industriales permitan reducir la intensidad de uso de materiales y energía durante la producción, e impulsar la reutilización de insumos a través de procesos de reingeniería y reciclaje, trayendo de ese modo ventajas no sólo para el ambiente sino también para los propios productores.

Desde la Economía Ecológica se ha cuestionado esta propuesta basándose en la paradoja de Jevons, que dice que la mayor eficiencia, debido a las mejoras técnicas, crea un efecto de rebote, o sea, los ahorros de energía y de materiales por unidad de producto reducen los costes con lo que aumenta el consumo. Al final, el incremento de ventas, o uso, contrarrestará el ahorro inicial. Así como también porque los estudios empíricos sobre el uso de energía y materiales de las economías modernas no muestran una disminución sino más bien un aumento progresivo de los inputs físicos y biológicos usados, puesto que las estadísticas nacionales que muestran una menor intensidad energética y material de cada unidad de PIB generado en países desarrollados no dan cuenta del fenómeno de la deslocalización de la actividad industrial hacia los países emergentes y, en función del creciente flujo mercantil que acompaña la globalización, lo que se observa, a nivel agregado, es una exportación del coste material y ecológico de las economías centrales hacia países periféricos (la huella ecológica), de modo que tal desmaterialización de las economías centrales sería absolutamente ilusoria.

Las propuestas para una recuperación de la cordura perdida

Sumak Kawsay

Traigo aquí a colación la entrevista realizada a Alberto Acosta por Matthieu Le Quang:

El bienestar y el buen vivir son conceptos diferentes. Son conceptos que merecen ser aclarados. Nosotros, en la Constituyente de Montecristi, hace ya más de un año, discutimos estos temas e impulsamos cambios abriendo la puerta al debate. El punto de partida fue reconocer los aportes culturales de los pueblos y nacionalidades indígenas. En Ecuador, los Kichwas hablan del Sumak Kawsay. En Bolivia, los Aymaras hablan de Suma Qamaña. Son visiones del mundo que buscan una mayor armonía del ser humano consigo mismo, del ser humano con sus congéneres y del ser humano con la naturaleza. Esa es una visión que surge de estas propuestas indígenas. Dicho lo anterior, entendamos que en la comprensión del sentido que tiene y debe tener la vida de las personas, en las sociedades indígenas no existe el concepto de desarrollo. Es decir, no hay la concepción de un proceso lineal que establezca un estado anterior o posterior. No hay aquella visión de un estado de subdesarrollo a ser superado. Y tampoco un estado de desarrollo a ser alcanzado. No existe, como en la visión occidental, esta dicotomía que explica y diferencia gran parte de los procesos en marcha. Para los pueblos indígenas tampoco hay la concepción tradicional de pobreza asociada a la carencia de bienes materiales o de riqueza vinculada a su abundancia.

Desde la cosmovisión indígena, el mejoramiento social —¿su desarrollo?— es una categoría en permanente construcción y reproducción. En ella está en juego la vida misma. Siguiendo con este planteamiento holístico, por la diversidad de elementos a los que están condicionadas las acciones humanas que propician el Buen Vivir, los bienes materiales no son los únicos determinantes. Hay otros valores en juego: el conocimiento, el reconocimiento social y cultural, los comportamientos éticos e incluso espirituales en la relación con la sociedad y la Naturaleza, los valores humanos, la visión de futuro, entre otros. El Buen Vivir aparece como una categoría en la filosofía de vida de las sociedades indígenas ancestrales, que va perdiendo terreno por efecto de las prácticas y mensajes de la modernidad occidental. Su aporte, sin embargo, sin llegar a una equivocada idealización, nos invita a asumir otros saberes y otras prácticas.

Pero la visión andina no es la única fuente de inspiración para impulsar el Buen Vivir. Incluso desde círculos de la cultura occidental se levantan cada vez más voces que podrían estar de alguna manera en sintonía con esta visión indígena y viceversa. En el mundo se comprende, paulatinamente, la inviabilidad global del estilo de desarrollo dominante.

Frente a los devastadores efectos de los cambios climáticos, se plantean transformaciones profundas para que la humanidad pueda escapar con vida de los graves riesgos ecológicos y sociales en ciernes. El crecimiento material sin fin podría culminar en un suicidio colectivo, tal como parece augurar el mayor recalentamiento de la atmósfera o el deterioro de la capa de ozono, la pérdida de fuentes de agua dulce, la erosión de la biodiversidad agrícola y silvestre, la degradación de suelos o la propia desaparición de espacios de vida de las comunidades locales...

Para empezar, el concepto mismo de crecimiento económico debe ser reubicado en una dimensión adecuada. Crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo. Desde esas perspectivas múltiples planteamos la idea del buen vivir o Sumak Kawsay, como una oportunidad a ser construida. En definitiva, no hay una definición rígida del buen vivir. La estamos construyendo en el mundo, no sólo en Ecuador.

Lo que sí sabemos es que aquí no nos interesa el bienestar tradicional entendido como la acumulación de bienes materiales. Tampoco buscamos el bienestar dominando a la naturaleza, imponiéndonos a nosotros sobre la naturaleza. Esa lógica del bienestar, para nosotros, no existe. Entonces, aquí, incluso, tendremos que comenzar a elaborar nuevos indicadores para leer como avanzamos en esta idea del buen vivir.[4]

Le Quang, 2009

Esta propuesta se emparienta y empatiza profundamente con otras propuestas surgidas desde la academia occidental, tales como la convivialidad[5], la ecología profunda, el decrecimiento, la biomímesis, la ética del consumo, el desarrollo a escala humana, la economía de solidaridad, el principio de abajamiento, la ética del cuidado, entre tantas otras voces que nos están llamando insistentemente a recuperar la sensatez perdida. Lo importante a destacar, a mi entender, es que incluso Gilles Lipovetski, quien aparece como uno de los más agudos analistas de la sociedad actual y que en su obra más reciente, La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo, pareciera ser un ferviente partidario de la sociedad consumista, pues destaca la enorme ampliación de la libertad humana que ésta ha hecho posible, señala que ésta se desplaza crecientemente hacia una nueva cultura, menos materialista, ya que:

El hiperconsumidor ya no está sólo deseoso de bienestar material: aparece como demandante exponencial de confort psíquico, de armonía interior y plenitud subjetiva y de ello dan fe el florecimiento de las técnicas derivadas del Desarrollo Personal y el éxito de las doctrinas orientales, las nuevas espiritualidades, las guías de la felicidad y la sabiduría.
Lipovetski, 2006:11

El decrecimiento

Pepa Gisbert sostiene que «La idea del decrecimiento nace de pensadores críticos con el desarrollo y con la sociedad de consumo, entre ellos Ivan Illich, André Gorz, Cornelius Castoriadus o Francois Partant, incluyendo en esta crítica la del fracaso del desarrollo en el Tercer Mundo, con autores como Vandana Shiva, Arturo Escobar, etc. Del mismo modo, dentro del campo de la economía, tras el informe del Club de Roma aparecen voces críticas al modelo de crecimiento. Herman Daly, economista norteamericano que recibió el Premio Nobel Alternativo en 1996, propone la idea de que es posible una economía estable, con unas condiciones estacionarias de población y capital, el crecimiento 0» (Gisbert, 2007:21).

A su vez, Serge Latouche, quien aparece como la cara más visible de esta escuela de pensamiento, señala que el decrecimiento implica desaprender, desprenderse de un modo de vida equivocado, incompatible con el planeta. Se trata de buscar nuevas formas de socialización, de organización social y económica. El propósito fundamental al cual apunta el decrecimiento es al abandono del insensato objetivo de crecer por crecer, cuyo motor no es otro que la búsqueda desenfrenada de ganancias para los poseedores del capital.

Los posibles caminos del decrecimiento pasan por estrategias y elementos tan diversos como la relocalización de la economía y la producción a escala local y sostenible; la agricultura agroecológica; la desindustrialización; el fin de nuestro modelo de transporte (automóvil, aviones, etc.); el fin del consumismo y de la publicidad; la desurbanización; el salario máximo; la conservación y reutilización; la autoproducción de bienes y servicios; la reducción del tiempo de trabajo; la austeridad; los intercambios no mercantilizados; y un largo etcétera. Por otro lado, las escalas de reflexión e intervención también son múltiples; el movimiento a favor del decrecimiento tiene que trabajar en la articulación de tres niveles de resistencia: el nivel de resistencia individual, la simplicidad voluntaria; el nivel de las alternativas colectivas, que permiten inventar otras formas de vida para generalizarlas; el nivel político, es decir el de los debates y de las decisiones colectivas fundamentales en la definición de la sociedad.
Mosangini, 2007

La biomímesis

Según Jorge Riechmann, el concepto de biomímesis consiste en «la naturaleza a la hora de reconstruir los sistemas productivos humanos, con el fin de hacerlos compatibles con la biosfera» y a su entender, a esta estrategia le corresponde un papel clave a la hora de dotar de contenido a la idea más formal de sostenibilidad.[6]

La propuesta de biomímesis consiste en generar un entramado de colaboraciones que nos permitan la reconstrucción ecológica de la economía, que persigue imitar el funcionamiento de los ecosistemas. Estaría construida a partir de cinco grandes premisas:

  1. Vivir del Sol como fuente energética.
  2. Cerrar los ciclos de los materiales.
  3. No transportar demasiado lejos los materiales.
  4. Evitar los xenobióticos tales como los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP) o los Organismos Modificados Genéticamente (OMG) (trangénicos).
  5. Respetar la diversidad.

El supuesto central es que estos principios constituyen la esencia de una economía sustentable, siendo tanto o más necesarios que la propia ecoeficiencia. Esto es, una economía conformada por ciclos cerrados de materiales, sin contaminación y sin toxicidad, movidos por energía solar y adaptada a la diversidad local. Es absolutamente evidente, como lo señala Riechmann, que la naturaleza es «la única empresa que nunca ha quebrado en unos 4.000 millones de años» según lo sostiene Frederic Vester, y ella nos proporciona el modelo para una economía sustentable y de alta productividad. En consecuencia, es necesario comprender los principios de funcionamiento de la vida en sus diferentes niveles (en particular a nivel de ecosistema), de tal manera que el espacio urbano, industrial y agrario, sea lo más parecido posible al funcionamiento de los ecosistemas naturales.

Estos planteos son convergentes, a mi entender, con la demanda que Arno Naess hizo por una sostenibilidad radical (fuerte, profunda). Para Naess, lo que caracteriza y diferencia al movimiento de la ecología profunda es que respeta y asume los siguientes principios:

  1. Rechazo de la imagen del hombre en el medio ambiente a favor de la imagen relacional de campo total.
  2. Igualdad biosférica: igualdad del derecho a vivir y a florecer.
  3. Principios de diversidad y de simbiosis.
  4. Postura anticlasista.
  5. Combate a la contaminación y al agotamiento de los recursos naturales.
  6. Complejidad frente a complicación.
  7. Autonomía local y descentralización.

Como lo señala Riechmann, la única opción posible es la opción ecológica: vivir dentro de los límites. Tenemos que asumir, aunque no sea fácil, que somos «criaturas de frontera»; ni animales, ni dioses, ni máquinas. Sugiere como la tarea fundamental de nuestra época y frente a los desafíos que vivimos, la conquista del espacio interior y la intensidad frente a la expansiónni y al crecimiento. Creo importante traer aquí a colación las reflexiones de Franz Hinkelammert (2007), quien en sus trabajos recientes ha esbozado lo que califica como la discusión de los límites de lo posible. Hay hoy, presente y en desarrollo, una mitología de la imposibilidad (un misticismo de la posibilidad) exacerbado por la confianza irrestricta en el poder de la ciencia y la tecnología, que se expresa en las afirmaciones y expectativas tales como aquellas creadas respecto a: las máquinas inteligentes; la producción de nueva vida; la criogenización de los muertos a la espera de la resurrección, ya no del juicio final, sino de la tecnología; la homogeneización del tiempo o desaparición del espacio, locus o territorio. Es necesario hoy realizar una crítica a la imposibilidad de lo que en principio es posible. Se ha instalado una razón mítica que nos refiere a las ilusiones futuras olvidando las miserias presentes. Presente que es infinitamente corto, sin embargo está allí la presencia, que es donde se juega nuestra vida y la vida de las generaciones futuras. Hay un principio de realidad hegemónico instalado que es incapaz de ver la irracionalidad de lo aparentemente fuerte y poderoso.

Los caminos de la solidaridad y sustentabilidad

Es en esta perspectiva en la cual adquieren sentido dos nociones: la de solidaridad y la de sustentabilidad, ya que ambas no pueden ser entendidas como algo que está afuera y en lo cual yo no tengo algo que hacer. Vamos viendo pues en qué consiste este quehacer.

¿Qué nos señala la idea de sustentabilidad? Tratando de sintetizar la enorme riqueza de reflexión producida en torno al concepto, lo diré de la siguiente manera (cual un imperativo kantiano): «debemos heredar a nuestros descendientes al menos la misma riqueza de potencialidades de vivir plenamente la condición humana que nosotros hemos podido vivir.» ¿Qué está implícito en esta idea? Una noción de solidaridad intergeneracional (sumatoria de los dos valores: lealtad más justicia, esto es una lealtad ampliada e incluyente). Riechmann (2004: 12) señala que sostenibilidad es vivir dentro de los límites de los ecosistemas. «¿Qué quiere decir desarrollo sostenible sino vivir dentro de los límites de la naturaleza con justicia social y con una vida humana plena?»

¿Qué implica esta idea? Que debemos hacer uso de formas de producción, distribución y consumo (están implícitas en ellas las tecnologías respectivas) que no deterioren el medio ambiente natural, que sean amigables y no destructivas del entorno, que no extraigan más allá de la cosecha de los recursos naturales y en el caso de no poder ser así que provean la adecuada sustitución de los recursos utilizados. Lo anterior se traduce necesariamente en evitar todo tipo de derroche, en usar eficientemente todos los bienes disponibles, esto es, en perseguir deliberadamente en nuestro consumo ciertos niveles de mesura cada vez que sea posible e incluso de frugalidad cuando ello sea necesario.

¿Qué nos señala la idea de una economía solidaria? La necesidad de compatibilizar el interés individual y el bienestar colectivo. Nuestra economía globalizada es una economía de destrucción y de muerte (Hinkelammert, Santos, entre otros), ya que subordina absolutamente el bien común planetario (la lógica de la vida) a los intereses individuales (la lógica del capital), sean estos de un individuo, de una empresa, o de un gobierno. Podemos diferir respecto a su vitalidad, pero posiblemente la mayoría de nosotros coincidirá en que está profundamente enferma, si no moribunda. Es necesario transitar hacia economías ‘vivientes’ (Korten) o biomiméticas (Riechmann), que son aquellas que imitan las características de los sistemas vivos saludables encontrados en la naturaleza. Resumiendo lo que nos ha aportado la biología al respecto, podemos señalar que tales sistemas son:

  1. Auto-dirigidos, auto-organizantes y cooperativos.
  2. Localizados y adaptados al lugar.
  3. Contenidos y limitados por fronteras permeables.
  4. Frugales y capaces de compartir.
  5. Diversos y creativos.

Será necesario además, como lo señala Razeto, que:

La solidaridad se introduzca en la economía misma, y que opere y actúe en las diversas fases del ciclo económico, o sea, en la producción, circulación, consumo y acumulación. Ello implica producir con solidaridad, distribuir con solidaridad, consumir con solidaridad, acumular y desarrollar con solidaridad. Y que se introduzca y comparezca también en la teoría económica, superando una ausencia muy notoria en una disciplina en la cual el concepto de solidaridad pareciera no encajar apropiadamente.
Razeto, 1993:15

Lo que comenzará a surgir es una nueva propuesta de organización social y cultural, la cual está siendo posibilitada por las transformaciones globales que estamos experimentando, y a la vez por los niveles de conciencia que la humanidad está alcanzando. Es un tipo de sociedad sustentable, solidaria y ecológica, quizás ecosocialista. Esta será una sociedad donde lo que se trabaje preferentemente será la oferta de satisfactores[7], tanto en calidad como en cantidad, enriqueciendo las formas como damos cuenta de las necesidades humanas. Es importante tener presente que los satisfactores en cuanto son los elementos inmateriales de una cultura no tienen peso entrópico, no generan carga sobre el medio ambiente. Los satisfactores son las formas culturales, son lo más propiamente humano porque es lo que creamos culturalmente.

La concepción de riqueza propia de este tipo de sociedad es la dotación de mayores y mejores satisfactores. La pobreza sería entonces la existencia de satisfactores de menor calidad y en menor cantidad. No podemos olvidar que los bienes son algo, que al igual que los satisfactores, producimos culturalmente, pero el problema de los bienes es que tienen un límite o umbral puesto por su materialidad, que es lo que olvidan quienes confunden crecimiento y desarrollo. Lo que sin embargo no tiene límites son los satisfactores, las formas mediante las cuales damos cuenta de nuestras necesidades, ellas son las maneras de ser, tener, hacer y estar en el mundo del cual formamos parte, las que por su propia naturaleza son inmateriales, pero a la vez son algo que construimos en la relación con otros seres humanos, esto es en la producción de cultura. Y más aún si hacemos uso de satisfactores sinérgicos pues abrimos espacio al enorme potencial de la creatividad, de la cooperación y de la solidaridad entre los seres humanos. Pero debemos tener claro asimismo que no basta con la transformación exclusivamente personal, que si bien es condición necesaria para los cambios requeridos, demandará también de acciones colectivas, como lo sostiene Joaquim Sempere:

No basta con actitudes meramente individuales, como sería una austeridad voluntaria, aunque pretendiera ser ejemplarizante, sino que hace falta intervenir con instrumentos colectivos para introducir cambios en los hábitos, los valores y las prioridades de la sociedad que simplifiquen el metabolismo socionatural y permitan reducir el impacto humano sobre la biosfera tratando de conservar las mejoras que sea posible con miras a una vida digna y buena.
Sempere, 2007:32

Transitando por caminos como los sugeridos, iremos progresivamente desplazándonos hacia un nuevo tipo de sociedad y de cultura, que se diferencia de la actual sociedad consumista, en la cual se produce un exceso de bienes que nos va embotando tanto desde el punto de vista valorativo como desde el punto de vista emocional. Sociedad que pese a su enorme potencial tecnológico, es absolutamente insostenible en el tiempo, ya que genera niveles tales de entropía ambiental y social, que parece inviable política y psicosocialmente y que incluso nos ha llevado a algunos a denunciar su naturaleza suicida.

Como lo sostiene Víctor Toledo:

Si «otro mundo es posible» éste será el de una «democracia solar» participativa e incluyente, una tecnología que imite los pulsos de la naturaleza, un conocimiento holístico donde pensar y sentir sean las dos caras de la misma esfera, un sentido de equidad que incluya al resto de los seres vivos y, en fin, una sociedad sustentable dominada por formas de vida orgánicas. Estamos ante una tarea descomunal y urgente. Ese es el tamaño del reto.
Toledo, 2009

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Notas


[1]: Universidad Bolivariana.
[2]: En trabajos anteriores he buscado demostrar el carácter absolutamente falaz de algunos de los mitos a los cuales hago referencia en este artículo. Ver por ejemplo: Elizalde, 1992 y Elizalde, 1998.
[3]: Ver al respecto de Max-Neef (1986) y especialmente a Elizalde (2003).
[4]: Recomiendo al respecto leer el libro que reúne los trabajos de especialistas que apoyaron la elaboración de la nueva constitución ecuatoriana (Acosta, A y Martínez, E., 2008).
[5]: Cuando el autor usa el término convivialidad se refiere a lo que Iván Ilich denomina convivencialidad. N. de E.
[6]: Para profundizar sobre estas ideas se puede ver Riechmann (2000) y Blount (2000:117-118).
[7]: Para profundizar en la noción de satisfactor remito al lector a Max-Neef, 1986.


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