Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 42/43: Simposio Internacional Desarrollo, Ciudad y Sostenibilidad > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n42/ac-ayep.html   
El ayllu reterritorializado y su taypi, la ciudad de El Alto [1]
Orlando Augusto Yépez Mariaca[2]
La Serena (Chile), octubre de 2009.
Resumen: Hace veinticinco años una zona periférica de La Paz, hoy ciudad de El Alto, al calor de las políticas neoliberales del capital, implosiona en el territorio urbano —facilitado por su topografía plana en oposición a La Paz— hasta convertirse hoy, en una urbe con mayor población y mayor extensión que su progenitora. Con una población de mayoría indígena —aymara—, traslada y fecunda en su convivir a antiguas tradiciones de la institución comunitaria andina, como el ayllu y el ayni, entre otras. En octubre del 2003, la ciudad de El Alto es el epicentro de una gigantesca revuelta social, convirtiéndose en el líder de los movimientos sociales antiglobalizadores. ¿Será el pachakuti —el retorno— de las antiguas tradiciones originarias? El ayllu es sobre todo vivir en comuna, y tal vez una luz al final del túnel, un túnel que el gran capital ha edificado de manera soberbia y presumida, dejándonos hoy ciudades fragmentadas, territorios desequilibrados y un planeta al borde del colapso.


Índice General

 

1 Introducción

La ciudades de hoy —en la perspectiva de una interpretación del fenómeno urbano denominado postmetrópolis (Soja, 2000)— se han convertido en el típico reflejo del egocentrismo humano frente al entorno natural, a su separación de todo contexto, al alarde tecnológico alcanzados, y a una brutal separación entre naturaleza y sociedad. Los paradigmas de la modernidad que se afianzan en una sociedad de consumo se tornan hoy obsoletos tanto en lo ecológico —en sus tres dimensiones psíquico, social y territorial —, en lo económico y en lo cultural, por sus consecuencias nocivas, cuyas dimensiones de catástrofe son difíciles de predecir. Es por eso que los principios de desarrollo humano —y por tanto del desarrollo urbano— nos obligan a reorientar y redefinir con bases a nuevos paradigmas que se afinquen especialmente en el concepto de vivir en comuna, de vivir bien y no de vivir mejor.

Tal vez, escudriñando nuestra memoria larga, en las prácticas y principios premodernos de nuestras sociedades agrarias, encontremos algunos hilos conductores que nos permitan hoy tejer la urdimbre contemporánea del constructo humano que es la ciudad, en su condición de palimpsesto y múltiple, abigarrado y plural, de equilibrio y respeto entre todos y con todo. En esa perspectiva se inscribe este documento.

2 Antecedentes; espacios confrontados con el capital, en el suburbio boliviano La Paz/El Alto

Bolivia, un país prácticamente despoblado con diez millones de habitantes que perviven en un inmenso territorio de un millón de kilómetros cuadrados —el cuarto en superficie de Sudamérica— durante la etapa fordista del capital, configuró las bases para tres áreas metropolitanas en un solo eje central y transversal del país, conectando desde el Pacífico vía Chile hasta el Atlántico vía Brasil. Es en éste eje transversal, que concentra a más del 60% de la población del país, donde se ubica en su extremo occidental la metrópoli La Paz/El Alto, constituyéndose no sólo en la capital política/administrativa sino en un verdadero puerto seco dada su proximidad al Pacífico.

La Paz/El Alto es una urbe con 1,6 millones de habitantes —la más extensa y con mayor población del país— produciendo una macrocefalia en la región andina boliviana, ya que concentra a más del 80% de la población urbana. La ciudad de El Alto —una gigantesca conurbación de la metrópoli— ha crecido en los últimos quince años con una tasa acelerada del 9%, reduciendo su ritmo al 5,1% anual en los últimos cuatro años. Aún así, se constituye en la ciudad con mayor índice de pobreza y menores índices de desarrollo humano.

En la geografía de la acumulación capitalista en esta metrópoli andina —y ahora en la etapa postfordista— se ha modelado básicamente dos caras[3] de la ciudad: la blanca que desde la época colonialista ha manejado siempre todos los hilos del poder, [4] y que se asienta en el centro de la ciudad de La Paz y las zonas bajas y con mejor clima. Y la otra, la indígena —siempre mayoritaria— y mestiza, que se entromete por todos los poros de la urbe, ya sea como sirviente, asalariado, trabajador de la calle o informal, e inclusive como burguesía chola. ¿Que es lo que los divide?, una cruel diferencia no de clase, sino étnica, un halo racista que margina y delimita territorios, espacios geográficos más que sociales.[5]

Esta delimitación de territorios queda fuertemente imbricada en el uso intensivo de la calle, no sólo como el espacio público por excelencia, sino convertido en el espacio de conquista y reconquista las más de las veces de un poder ilusorio, momentáneo y que en el imaginario indígena-mestizo se lo hace cíclico y repetitivo hasta el agotamiento. De ahí emana y de una manera muy fuerte las prácticas de la fiesta, de la feria y los cercos de las movilizaciones sociales.


Cuadro 1: Comparativa de las dos ciudades

Fuente: FAM (2009)
El Alto La Paz
Población en 2005 (habitantes) 800.273 839.169
Superficie, mancha urbana en 2005 (km2) 339 271
Densidad (hab/km2) 2.360,70 3.096,60
Predios/Catastro en 2001 184.637 222.494
Ingresos municipales en 2007 (B$) 298.830.364 350.250.675
Índice de desarrollo humano 0,638 0,714
Categoría Pobreza II
pobreza moderada
I
necesidades satisfechas
Educación, tasa de deserción 4,44 5,52
Servicios básicos: agua potable/cañería (%)
energía eléctrica (%)
alcantarillado (%)
76
79
41
88
84
73
Idiomas: castellano (%)
aymara (%)
quechua (%)
91
46
5
94
29
7


3 La cosmovisión del ayllu; la territorialidad originaria en el contexto actual

El ayllu es sobre todo una comunidad indígena originaria —una organización social neta— que basadas en instituciones comunitarias radicalmente distintas a la racionalidad instrumental de Occidente, a sus prácticas productivas y de consumo, y a esa concepción lineal y evolutiva que el gran capital ha impuesto durante siglos, toma forma en una micro-geografía rural con todas las particularidades de gobierno, gestión y administración, dentro de una red de territorios localizados en varias capas, pisos o layers ecológicos: la Costa, el Altiplano andino, los valles interandinos y las tierras bajas.

La fuerza del ayllu[6] y su actualidad o vigencia radica fundamentalmente en la fuerza de su antigüedad, en la permanente recuperación de su memoria histórica que como todo colectivo social prefigura, reconfigura y refigura la conformación de sus imaginarios colectivos frente a modelos impuestos. La inventiva social emergente ha hecho y hace que siempre haya encontrado momentos de interpelación, actualizándose, transformándose, metamorfoseándose y retornando siempre a sus sedimentaciones y estratificaciones históricas a lo largo del tiempo y de su memoria. Esta condición mnemotécnica es vital en la medida que y desde las comunidades campesinas antes, y en los micro-distritos barriales urbanos de hoy, se ha ido retroalimentando permanentemente en sus prácticas de vida. Por ejemplo, en el techado de una vivienda en una comunidad rural, todos sus miembros participan y logran a través del trabajo colectivo, practicar las bases de reciprocidad, institución fundamental en el mundo andino. Estas prácticas se trasladan a la ciudad donde, a pesar de los violentos choques de aculturización y prácticas híbridas, perviven y entablan vigencia de generación en generación. Es así que en el barrio indígena/mestizo, muchísimas formas colectivas de vida se practican con mayor o menor intensidad, junto con el habla, la música y los tejidos, pilares de simbolización del mundo aymara.

El ayllu —institución comunitaria que se ha originado en los Andes centrales, en la cuenca hidráulica del lago Titicaca hasta los salares encima del Atacama— se rearticula dentro de un enjambre de circuitos de reciprocidades heredadas, transformadas y reconfiguradas, que no ha sucumbido ni en los tiempos del Incario [7] a pesar de un siglo de ocupación, ni a las reducciones toledanas en la Colonia que por sus consecuencias históricas se convirtieron en una verdadera catástrofe ecológica. Tampoco el ayllu sucumbió antes los embates de la República, cuyos criollos relegaron al originario en las mismísimas condiciones coloniales, ni durante el implante del modelo de haciendas en el siglo XIX.

Bolivia vivió con la llamada Revolución del 52 un proceso de reajuste del capital hacia su modernización e inicio de una burguesía industrial conjuntamente con medidas importantes como la reforma agraria, el voto universal, la nacionalización de las minas, y otras medidas estructurales, donde el indígena pasaba a ser campesino, el indígena obrero a asalariado de clase, las clases medias fortalecidas en las urbes, y todo esto enmarcado en la visión occidental típica de la modernidad: democracia representativa, libertad a la especulación financiera y engranaje con el capital transnacional. Tal vez fue el momento más crítico para la institución del ayllu, ya que socavaba profundamente las condiciones de solidaridad, trabajo colectivo y complementariedad. Pasada la larga noche de las dictaduras militares, donde el ayllu vivió escondido en las profundidades de la memoria indígena, se inicia un nuevo embate, es la época del neoliberalismo donde a tiempo de desmantelar al Estado en beneficio del gran capital, los paradigmas del consumo, del individualismo al límite y del mercado como el único regulador de la vida misma, la sociedad urbana dirige su mirada y esperanza de construir a la manera del sueño americano, autopistas, grandes centros, malls, barrios-archipiélagos, ciudad fragmentada.

Con diferentes tonalidades, matices y velocidades del carácter comunitario del ayllu a lo largo de más de seis siglos, los pueblos originarios —especialmente los aymaras— han logrado comportarse simultáneamente a lo largo de la historia con entrecruzamientos, entrelazamientos y alternancias de las lógicas y cosmovisiones originarias con los horizontes históricos modernos de occidente, pero a la espera del mejor momento para irrumpir y proponer, rescatando lo mejor del pasado, una alternativa de vida, una alternativa de trabajo y una alternativa de construir otro hábitat.

4 Cartografías del ayllu; del modelo originario territorial a la periferia urbano-rural híbrida actual

Previo a presentar un cuadro-síntesis de la manifestación del ayllu en el territorio amplio más que rural, y una semblanza en la urbe La Paz/El Alto, se hace imperioso el aclarar que en Bolivia, y luego de la remesón que ha significado la Guerrilla del Ché, la intelectualidad de izquierda y especialmente una nueva intelectualidad indigenista, se empezó a gestar a partir de los años 80 una importante bibliografía basada en las cosmovisiones andino-amazónicas, que buscan no sólo interpretar el pasado, sino buscar lazos alternativos que nos ayuden a encontrar herramientas para el cambio.

Por tanto, el ayllu tendría las siguientes características básicas:

Sin embargo, un sistema fuerte de distorsión y deslegitimación ha sufrido el ayllu —desde la Colonia hasta la República— produciendo especialmente una desestructuración del territorio —imposición de espacios jerárquicos y centralizados como el sistema de departamentos, provincias y cantones— una desorganización de las bases de producción —implante de centros de producción aislados como la minería extractiva, o agricultura intensiva— y la distorsión y suplantación del sistema político de autoridad —deslegitimación social a través de la matriz étnica-racial e imposición del modelo de liderazgo occidental basado en el culto a la personalidad—, entre otros.

Hoy día, y a la luz del proceso de resurgimiento y rescate de los valores indígenas, encontramos en las periferias de La Paz/El Alto principalmente, aunque débilmente, muchas manifestaciones donde la institución del ayllu se hace presente:

5 El cerco aymara en sus tres manifestaciones: la feria (el qhatu), la fiesta (la anata) y los bloqueos (la pirka humana)

Tres instituciones operacionales del ayllu son no sólo significativas, sino siempre recurrentes en todo acto comunal: la reciprocidad o ayni, la solidaridad o mink'a y la redistribución o laqinuqa.

También son tres los tipos de manifestación de apropiación del espacio público que a modo de cerco a la otra cara de la ciudad se despliega entorpeciendo y colapsando el sistema urbano que el urbanizador de dameros ha impuesto:

5.1 La feria o qhatu

La feria es algo más que un espacio de intercambio, sino que es, sobre todo, de socialización y de reproducción de las relaciones tradicionales.

Blanes (1992)

De esa manera y en su consideración integral La Feria es social, económica y culturalmente una dinámica continua y de fuerte articulación entre lo rural y lo urbano, entre la economía campesina y economía capitalista, entre el trueque y el intercambio comercial neto. Pero hay algo más, es una de las formas de captación del espacio público del ayllu, en su afán de reivindicar sus instituciones y en su afán de resarcir del ocultamiento al que está sometido. Por eso se manifiesta de manera superlativa y grandilocuente, expansiva y multitudinaria, bulliciosa hasta llegar a un éxtasis barroco y extravagante.

Varias son las características de la feria: tiene una periodicidad que, concatenando las diferentes ferias de la urbe, en un todo, se haya presente en los siete días de la semana; por la predominancia de los productos especializados que expone, abarca mucho más que un bazar árabe; y por la concurrencia de sus relaciones sociales, engloba a casi la totalidad de las clases sociales de la ciudad.

Sólo a guisa de ejemplo, la Feria de la 16 —la feria más grande de Latinoamérica—, ubicada en el borde norte entre la ciudad de La Paz y El Alto, convoca a más de trescientos mil transeúntes, comerciantes, compradores y sobre todo curiosos, para que se solasen observando todo tipo de productos, nuevos y a medio uso, grandes o pequeños, flamantes o destartalados, originales o piratas; todo, absolutamente todo, los jueves y domingos del año entero. Un verdadero festín para la vista y sobre todo para la socialización.

5.2 La fiesta o anata

Otra manifestación del cerco indígena son las fiestas, verdaderos acontecimientos multitudinarios, exóticos y sobre todo, rebeldes. Rebelde porque la cantidad de bailarines y músicos es multitudinaria; rebelde porque busca la saturación de sus sonidos entre conjuntos y bandas; rebelde porque son apoteósicas las galas y vestimentas de sus danzarines; rebelde porque irrumpe descaradamente en los sitios simbólicos de la otraciudad; rebelde porque es la única ocasión de no representar el papel de sirviente, obrero o empleado, ya que se constituye en un genuino conquistador del espacio, dueño de sí y dueño del entorno que lo acaba de atrapar con las veleidades de su baile, su coreografía y su canto. Por ese momento sólo, el indígena-mestizo se manifiesta con toda libertad adueñándose de todo lo que le rodea, sólo por el tiempo que dura la fiesta, por eso, la fiesta dura varios días, por eso la fiesta se produce todas las semanas del año, en cadena, de barrio en barrio, en circuito de plaza en plaza, cíclicamente a la par del calendario religioso-pagano.

Sino veamos, a manera de ejemplo, las fiestas-hito de los diferentes meses del año:

5.3 El bloqueo o pirka

La construcción inicial de lazos de solidaridad, de asociaciones de todo tipo para encarar la necesidad común, no es de por sí una acción subversiva o transformadora, pero bien puede serlo... en la medida en que tales acciones, en y sobre esas construcciones, se levante la posibilidad de la acción humana soberana, de la práctica digna y autodeterminativa.
Gutiérrez (2006)

La trilogía del cerco como otra manifestación del ayllu, estaría inconclusa sino observamos esa terca y tozuda manera de interponer con el movimiento de multitudes[9] indígena-mestizos, cada reclamo, cada solicitud, cada acto reivindicativo, a todo nivel ya sea nacional, prefectural o municipal, en cada lugar, ya sea a la salida de las carreteras regionales, o en el centro mismo de la urbe, y en cualquier momento, en las horas-pico del tráfico urbano o en el momento-clave que alguna autoridad se halla. Las ciudades de La Paz/El Alto en sus sitios y arterias más importantes, se convierten por tanto, en un verdadero marchódromo en la que permanentemente los movimientos sociales se han adueñado, por decir de alguna manera.

Lo que estamos viviendo va mucho mas allá de los procesos de gobernanza y de empoderamiento de la sociedad civil organizada. Es más, ha tomado unos rumbos radicalmente distintos a los de los años 70, donde el movimiento obrero por excelencia peleaba por liderar a nombre de una revolución social, o las guerrillas marxistas intentaban la toma del poder por la vía de las armas. Ahora, todo lo contrario, son los poderosos movimientos sociales encabezados por una condición étnica, que lenta, pausada y silenciosamente han comenzado a reconfigurar la geografía misma del país, y tal vez del continente. Es la manifestación del ayllu que por fin ha encontrado el momento propicio para salir del subterráneo impuesto a más de cinco siglos, es la cara indígena-mestiza que se ha impuesto encabezar las luchas antiglobalizadoras, es la pirka humana que está moldeando el territorio colonizado buscando entroncar con los paradigmas de este nuevo siglo.

En nuestra memoria corta, ya son nueve años del punto de inflexión de las movilizaciones colectivas, son ya seis años de la Guerra del Gas y cuatro años que el nuevo gobierno encabezado por un indígena es celosamente observado y calificado. Sólo para tener una idea de la eclosión de movimientos sociales actuales y donde la ciudad de El Alto se sitúa en el eje articulador de éstos: Central Obrera Boliviana, Confederación Única de Trabajadores Campesinos, Confederación de Indígenas del Oriente Boliviano, Central Sindical de Colonizadores, Confederación Nacional de Ayllus Markas del Qullasuyo, Confederación de Pueblos Étnicos de Santa Cruz, seis Confederaciones de Cocaleros del Trópico de Cochabamba, Consejo de Federaciones Campesinas de los Yungas, Federación Nacional de Mujeres Campesinas Bartolina Sisa, Movimiento sin Tierra, Federación de Juntas Vecinales de El Alto, Coordinadora del Agua-Regantes (García Linera, 2004a) entre las más importantes de la muchas organizaciones sociales hoy vigentes.

6 Hitos de rebeldía; confrontando los espacios del poder

6.1 La Guerra del Gas: septiembre-octubre de 2003, ciudad de El Alto

La rebelión de la nación aymara. En la memoria larga de los pueblos andino-amazónicos tal vez son tres los momentos más dramáticos y fuertes en este intento de emancipación del indígena de este continente denominado Abya Yala impuesto hasta ahora como Latinoamérica: El cerco de Tupaj Katari en Chuquiago Marka, hoy La Paz, y casi al unísono del levantamiento de Tupaj Amaru en el Cuzco, allá en el siglo XVIII; la tenaz resistencia del pueblo chiriguano/guaraní y su caída en las postrimerías de la República; y el levantamiento de Zárate Willka durante la Guerra Federal a finales del siglo XIX.

En la memoria corta está gravada la llamada Guerra del Gas en octubre del 2003 donde la ciudad de El Alto se constituye en el eje articulador de este movimiento, cuyo inicio se remonta al año 2000 cuando se inicia en la larga marcha de los pueblos indígenas de las tierras bajas. Los motivos iniciales de movilización fueron el respeto a los usos y costumbres en el ejercicio de la justicia, y la oposición a la venta de gas a los EE.UU. Pero finalmente maduran las demandas, constituyéndose en una cerrada defensa por los recursos naturales —especialmente del gas— como un principio de reivindicación histórica.

Es la Federación de Juntas Vecinales de El Alto (FEJUVE) quien lideriza el movimiento insurreccional, tejiendo una inmensa red de organización comunal basada en la autoridad del ayllu: Mallkus, Jilakatas y Mamat'allas.

A nivel urbano, se alza una gigantesca estructura barrial y gremial, basada en la identidad indígena, desplazando inclusive a los líderes indígenas que había hasta ese momento incursionado con una estructura partidaria. Se trata de Felipe Quispe —el Mallku— y el ahora presidente del Estado plurinacional Evo Morales. Se impone pues, la lógica del ayllu, en su condición de autoridades emanadas directamente de la comunidad y que de forma rotativa van asumiendo tareas de coordinación y de mandato.

Ante la arremetida militar —más de sesenta muertos— se impone la estructura territorial de barrios urbanos y comunidades rurales, descentralizada, autónoma y ágil —muy parecida al rizoma deleuzeano— que finalmente se impone en sus demanda principal: gas para los bolivianos.

Como anota García Linera (2004c)[10]: «militarmente es una masacre, políticamente es la acción más contundente y dramática del fin de una época; históricamente es la más grande señal de soberanía que los más pobres y excluidos de este país dan a una sociedad y para toda una sociedad»

7 Corolario

Para terminar, que mejor definición de la institución ayllu, que hace Raúl Prada, donde sociedad y territorio se entrelazan, y en donde gestión y producción se complementan:

El Ayllu procede de la revolución verde, desde cuando los aymaras domesticaron a las plantas, ocasionando, además de la revolución agraria, una transformación en las formas organizativas de la sociedad. La estructura social del Ayllu responde a la necesidad de complementar suelos, de hacer circular los productos, de hacer rotar los trabajos. Los mandos rotativos del poder comunitario son un resultado estructural de esa rotación agrícola en el campo de disponibilidad de fuerza.

Prada (2004)

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Notas


[1]: Ayllu y taypi son vocablos aymaras que significan comunidad y centro respectivamente.
[2]: Facultad de Arquitectura, Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, Bolivia. Teléfono: +591 2 782667, +591 77721258.
[3]: La tesis del antropólogo Albó (1972) Las dos caras de Chuqiago/La Paz ha abierto una veta trascendental en las investigaciones sociológicas, etnográficas y políticas de hoy.
[4]: Desde enero de 2006 y por primera vez en nuestra historia, un indígena es hecho Presidente Constitucional por voto popular, inaugurando posiblemente un proceso con ribetes revolucionarios e inéditos en la tradición sociológica y política de nuestra civilización occidental.
[5]: El primer cerco indígena que tiene la ciudad de La Paz, es en los años de 1781-1782, dirigido por el caudillo Tupaj Catari, descuartizado al final de manera brutal. De esa experiencia dolorosa se han acunado sensiblemente prácticas racistas —especialmente en la población criolla— que perviven lamentablemente hasta hoy.
[6]: El filósofo Prada (2008) desarrolla especialmente en el segundo capítulo Genealogía del Ayllu una interesante tesis sobre el motor de la emancipación y rebeldías de los movimiento sociales de hoy.
[7]: Cerca de cien años y antes de la Conquista, el Imperio Inca penetró entre los Señoríos Collas, en ésta parte del continente, y convivieron con éstos en una condición de complementación más que de conquista.
[8]: Con el actual gobierno de Evo Morales, se ha instituido oficialmente la celebración del Año Nuevo Aymara, con todas las prerrogativas de un acontecimiento anual de gran importancia.
[9]: Preferimos el concepto de multitud a la manera de Negri (2004), que el de masas en la concepción dogmática de la izquierda tradicional.
[10]: Álvaro García Linera es desde enero de 2006, vicepresidente del Estado plurinacional de Bolivia. La cita viene del libro Memorias de Octubre, en su capítulo La crisis del estado y las sublevaciones indígena-plebeyas.


Edición del 9-3-2010
Edición: Susana Simón Tenorio
Raquel Antízar Mogollón
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