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Boletín CF+S > 41: Séptimo Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n41/nlib.html   
Libros
Mariano Vázquez


Antonio Estevan Estevan  (2008)   Herencias y problemas de la política hidraúlica española.   Bilbao: Bakeaz; Zaragoza: Fundación Nueva Cultura del Agua; 164 pp. Introducción de José Manuel Naredo

El programa de este [primer] Congreso [de Uso y Gestión del Agua (Zaragoza, 1998)] está concertado por sus organizadores para promover modificaciones en los planes y proyectos hidrológicos aprobados en España. Mas con ser tales objetivos importantes, no lo son tanto como el de desmontar una falsa cultura del agua, conformada a base de informaciones y datos equívocos y de presentación de soluciones anacrónicas como novedades. El emblema de este Congreso: Por una nueva cultura del agua se convierte así en su objetivo más importante, pues la contracultura dominante pesa como una losa en todas las decisiones democráticas sobre la gestión del agua en la Península. [... Una contracultura] consistente en reforzar la estrategia estructuralista heredada y sublimarla con la inclusión de grandes transferencias de agua de donde dicen que sobra a donde dicen que falta.

Díaz-Marta (1998)

Este libro contiene dos de los últimos trabajos que escribió Antonio Estevan antes de morir, hace ahora poco más de un año. El primero de ellos, El desarrollo hidráulico en España... (pp. 17-74), escrito en 2007, es un sustancioso resumen de la política hidráulica española desde el regeneracionismo (a principios del XX) hasta nuestros días. El segundo, Desalación, energía y medio ambiente (pp. 83-164), presentado en Sevilla en 2008, es un análisis pormenorizado del ciclo de vida de la desalación, incluyendo su desarrollo histórico en España, con especial atención a la política actual al respecto.

Los editores redondearon el contenido del libro al incluir, en forma de anejo, una memoria técnica sobre los Indicios de sobrevaloración de las disponibilidades de agua... (pp. 75-82), escrita al alimón con José Manuel Naredo, y que fue presentada en Bruselas, en 2007, a la Ministra española de Medio Ambiente y otros altos funcionarios españoles y europeos. Este último autor recibió el encargo de escribir unas palabras de presentación del libro al poco de la muerte de su colega y amigo, Destapando la olla... (pp. 7-15), en la que se recoge una jugosa y muy, muy ilustrativa anécdota a propósito de la citada memoria.

Los tres primeros textos antedichos están sólidamente respaldados por datos que no admiten mucha controversia, recogidos en un buen número de cuadros y figuras que, además, resultarán bastante útiles para la realización de análisis o proyectos técnicos sobre gestión del agua, ya sea en cuencas o en unidades más pequeñas. Debido a ello, enseguida se echa en falta un índice de figuras y otro de cuadros que hubiera facilitado sobremanera la consulta de la obra, crítica que debe hacerse a los editores. Y un índice temático hubiera venido de perlas, dada la cantidad de temas distintos sobre los que ofrece información útil.

Pero, además de libro de consulta, esta obra es sobre todo un libro de lectura para la ciudadanía española, al menos para aquella parte que quiera formarse opinión sobre las todavía frecuentes guerras de agua en nuestro país, poniéndose a salvo así de las supersticiones comunes que aparecen, una y otra vez, en los discursos políticos y mediáticos que, afortunadamente, constituyen el grueso de las ‘armas’ utilizadas por los contendientes.

El título del primero de los textos muestra la precisión literaria y científica que siempre caracterizó los trabajos de Estevan. «Desarrollo hidráulico», sí, porque como el autor demuestra, en España no existe una política hidrológica, esto es, una gestión racional del agua en tanto recurso escaso, y que por tanto debe usarse de un modo globalmente eficiente (lo que, obviamente, ha de incluir su conservación o renovación en términos tanto de cantidad como de calidad). Mas en España no es el caso: desde el regeneracionismo, la gestión del agua se limitó a una política de obras hidráulicas (algo que a principios del XX podía, incluso, ser razonable) con el único objetivo de aumentar el caudal de agua regulado, es decir, de agua disponible. Una política continuada por la II República, por la Dictadura franquista, y por la Monarquía constitucional, sin ninguna reconsideración, a pesar de los notables cambios acaecidos en relación a la hidráulica y a la hidrología, tanto en España como en el resto del mundo. La continuidad es tan acusada que como cosa perfectamente normal, la Dictadura acabó las obras de la II República, al igual que la Monarquía constitucional acabó las de la Dictadura (incluyendo casos verdaderamente escandalosos como el de Riaño en León, que tuve la desgracia de vivir de cerca).

Realmente, la acción ejecutiva del cuerpo de ingenieros ‘hidráulicos’ del Estado (del Ministerio de Fomento o de Obras Públicas) es la propia de un suprapoder por encima del propio Estado, con una notable capacidad de supervivencia.[1] El vigor de este cuerpo puede explicarse, entre otras razones, por la íntima conexión de sus miembros con las grandes empresas constructoras y eléctricas, las cuales siempre han sido seguras beneficiarias de la realización de obras que, hasta la llegada de la desalación, acarrean cuantiosas inversiones públicas que han de acometerse de una sola vez.[2] La política hidráulica española respondió a intereses particulares sin que ni antes ni ahora hubiera modo de sintonizarla al interés común. Desde el advenimiento de la Monarquía, a esos intereses empresariales se han ido sumando intereses electorales muy concretos, variables según los territorios, al irse descubriendo que las guerras del agua, especialmente aquellas ligadas a los trasvases entre ríos[3], funcionan estupendamente como banderín de enganche electoral. No es de extrañar, por tanto, que la situación hidrológica española a principios del siglo XXI, tras cien años de intenso desarrollo e inversión, no permita asegurar ni la cantidad ni la calidad del abastecimiento de agua en muchos pueblos y ciudades, en los que el recurso al agua embotellada (varios órdenes de magnitud más cara que el agua de red) se ha interiorizado como algo normal y necesario (a la fuerza ahorcan), hasta el punto de convertirse en signo de prestigio (¡hay que insistir para que en un restaurante madrileño te sirvan una jarra de agua! —algo habitual en mi infancia). Como el trabajo de Estevan muestra, no es exactamente que falte agua (ni siquiera en zonas semidesérticas), se trata más bien de que la mayor parte se despilfarra alegremente para regar cultivos de cereales subvencionados, a beneficio de unos pocos, a la vez que, también alegremente, vamos contaminando nuestras fuentes, tradicionalmente escasas.


Cuadro 1: Resumen del ciclo hidrológico en España

Elaboración propia a partir de la lectura del libro.

Hm3
0 precipitación media 225.000
1 ecosistemas acuáticos 110.000
2 regulación natural 9.000
3 fácil bombeo 6.000
4 disponible sin más: 2+3 15.000
previsiones 1998
5 agua regulada disponible 45.000
6 demanda de agua regulada 35.000
7 demanda urbana 4.700
8 demanda para regadío 24.000
consumos reales 1998
9 —nuevos regadíos 20.000
10 —regadíos muy ‘ruinosos’ 9.000
11 proyecto de trasvase del Ebro 1.000
12 programa AGUA 1.063

Nota

Por «regadíos muy ‘ruinosos’» debe entenderse aquellos en los que el margen neto de explotación se sitúa por debajo de 0,06 euros por metro cúbico de agua, siendo el caso típico el maíz en La Mancha Oriental. Es decir, el beneficio monetario es menor que el precio medio del agua y muchísimo menor que el margen de otros cultivos de más tradición (por ejemplo, hortalizas). ‘Ruinoso’, por tanto, significa que continuar con ese regadío lo es desde el punto de vista del interés común, lo que no está reñido con que esos cultivos sean un negocio para quienes, con ellos, puedan beneficiarse de las subvenciones de la Política Agraria Común.


Las previsiones para 1998 reflejadas en el cuadro son oficiales y deben tomarse con cautela: como señalan Estevan y Naredo en el anejo mencionado, la costumbre secular de la administración hidráulica es sobrestimar tanto la disponibilidad como las demandas (a la vez que se subestiman los costes). Por tanto, con mucha cautela puede afirmarse que un siglo de desarrollo hidráulico ha multiplicado por tres el agua disponible y que el ‘sistema’ cuenta con una holgura de 10.000 hectómetros cúbicos (¡10 trasvases del Ebro!). Llamará la atención que el consumo en riego casi alcanza seis veces el consumo urbano, pero así somos.

Que las guerras del agua son políticamente construidas por intereses espúreos es evidente en el cuadro: una política hidrológica racional suprimiría los regadíos muy ruinosos (apenas 18.000 empleos), lo que dejaría libres para otros usos (creadores de mucho más empleo) el equivalente a nueve veces el agua del felizmente derogado proyecto de trasvase del Ebro; 9.000 hectómetros cúbicos que, además, ‘aparecerían’ en las cuencas más ‘sedientas’ —incluyendo a las más ‘guerreras’. Pero, lo dicho, así somos.

La idea clave por tanto, es ésta: el mayor ‘acuífero’ español está en una política decidida de gestión de la demanda. En la mayor parte de las guerras de agua bastaría con eso para zanjarlas. En unos pocos casos, habría que recurrir de forma secundaria a técnicas modernas como la desalación, la reparación de redes, separación por usos, etc.

A este breve resumen, habría que añadir un buen montón de matices: es lo que hace Estevan en su texto y a su lectura remito.[4]

En el segundo de los trabajos, Estevan realiza un análisis detallado de los costes físicos en que se incurre con la desalación, una técnica de uso más frecuente de lo que se cree: muchas potabilizadoras son, esencialmente, ‘desalobradoras’, y hacen uso del mismo principio físico: filtrar el agua a presión a través de membranas semi-permeables.

La característica más relevante de la desalación es que su eficiencia no depende apenas del tamaño de la planta: vale lo mismo para cientos de miles de metros cúbicos que para unos pocos miles. Pero hay una condición, que la planta funcione siempre a su máxima capacidad. La desalación hace posible en consecuencia modular la inversión a las necesidades reales. Lo que requiere a su vez una política eficaz de evaluación de la demanda real y de ajuste de la oferta. Desgraciadamente, como muestra Estevan, nada de esto ha ocurrido: el programa AGUA, que vino a sustituir al plan del trasvase del Ebro, acabó por convertirse en la construcción de plantas suficientes como para ‘producir’ una cantidad similar a la que iba a ser trasvasada. Pero como no se trataba de demandas reales, sino electorales, este país se va ir encontrando con unas plantas sobredimensionadas, trabajando muy por debajo de su capacidad, y con unos costes energéticos por unidad de volumen disparatados, que acabarán pagando algunos ciudadanos y, en último extremo, los contribuyentes. Y todo a beneficio de sectores minoritarios de la sociedad, en parte los mismos que se beneficiaban de los pantanos de la Dictadura. Y con un daño colateral importante: la operación podrá servir para desprestigiar cualquier tipo de desalación, y volver así a los pantanos y a los canales. En fin, que el cuerpo de ingenieros ‘hidráulicos’ sigue gozando de buena salud.

Antonio Estevan se graduó como ingeniero industrial y ejerció como tal. Sus reflexiones sobre la gestión del agua como recurso se aprovechan de sus muchas experiencias prácticas. En particular, me vienen a la memoria muchas de las anécdotas que me contó de su etapa como asesor del gobierno balear o del catalán, etapa en la que, por la vía de los hechos, demostró que una gestión ingeniosa de la demanda y de la oferta de agua es posible y conveniente: en este libro, aun sin mencionarla, queda bien reflejada. Siempre he pensado que Antonio pertenece a la misma estirpe de ingenieros que aquellos anónimos que escribieron en el siglo XVI Los veintiún libros de los ingenios y máquinas, iniciando la ingeniería moderna, con un lema principal: «hacer más con menos» (less is more). Una estirpe que podemos reconocer en la actitud de Agustín de Betancourt, José María de Lanz o del mismo Manuel Díaz-Marta[5]. Desafortunadamente puede que se trate de una estirpe en peligro de extinción. Si es así, al menos nos quedarán sus pensamientos, en libros como éste.

En el tren, de Madrid a Valencia,
2 de octubre de 2009.

Juanelo Turriano (pseudo)  (1983!)   Los veintiún libros de los ingenios y máquinas.   Madrid: Ediciones Turner. Ed. de José Antonio García Diego. (El manuscrito original, tradicionalmente atribuido a Juanelo Turriano, se escribió entre 1575 y 1595 y se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid.) 

Manuel Díaz-Marta Pinilla  (1998)   Evolución de las políticas hidráulicas españolas desde la Ilustración hasta nuestros días,   en el I Congreso de Uso y Gestión del Agua, Zaragoza. (PDF) 

Notas


[1]: Este cuerpo no fue depurado con el advenimiento de la Monarquía constitucional, como tampoco lo fueron muchos otros: jueces, catedráticos universitarios, etc; lo que a la larga ha supuesto una continuidad palpable en muchas políticas sectoriales, algo que ahora, más de 30 años después, es fácil de comprobar. Se trataba de un peligro para la salud democrática de la Monarquía naciente, del que fuimos advertidos por unos pocos pensadores lúcidos, que, entonces, fueron ninguneados e ignorados por los partidos políticos mayoritarios. Me temo que ese desprecio por lo evidente continúa.
[2]: Que la obra hidráulica sea, además, beneficiosa para el conjunto de la sociedad es algo que sólo puede comprobarse una vez hecha la obra, y con una perspectiva de medio o largo plazo, dada la naturaleza intrínsecamente dinámica del ciclo hidrológico. Pero si finalmente se comprueba que la obra realizada no funciona como estaba previsto, caso, por ejemplo, del Trasvase Tajo-Segura, no cabe reclamar nada a la constructora (que ya cobró su pieza integramente), y, a lo que parece, tampoco al cuerpo de ingenieros: ambos seguirán a lo suyo.
[3]: La idea de los trasvases fue recuperada y llevada a la práctica en la Dictadura partiendo de algunas sugerencias contenidas en los planes de la II República, cf. Díaz-Marta (1998).
[4]: Quien quiera conocer los orígenes de la historia de la política hidrólogica española debe comenzar su lectura con el jugoso texto de Díaz-Marta (1998), donde encontrará bibliografía adicional de interés.
[5]: Díaz-Marta colaboró con Manuel Lorenzo Pardo en la elaboración del Plan Nacional de Obras Hidráulicas de Indalecio Prieto durante la II República. Tuvo que abandonar España, como tantos otros, tras la Guerra Civil, llegando a trabajar como ingeniero hidráulico para Naciones Unidas. Volvió con la Monarquía, y fue senador por su Toledo natal entre 1979 y 1986.


Edición del 22-10-2009
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