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Cartas


La ignorada diferencia entre el negro y el blanco[1]

Fecha: 7 de septiembre de 2009
De: Quino Miguelez

Queridos amigos y amigas:

Como la anécdota más comentada este verano por mí ha sido sobre «La Ignorada Diferencia Entre El Negro Y El Blanco» referida a la azotea del piso de mi madre en Madrid, y puesto que bastantes de ustedes presenciaron en La Maloka mi agitada explicación del antes y el después de mi residencia estival en Madrid, paso a recordar el asunto y sugerir algunas consultas al documento publicado en la línea editorial del Observatorio de la Reserva de la Biosfera de Lanzarote[2], que usé para convencer a sucesivos presidentes de la comunidad de vecinos, vecinas del último piso y gestores de la finca, y que resultan válidas como conocimiento general. Tras más de veinte años padeciendo sudores estivales, diurnos y nocturnos, en la calle José Luis Arrese —Barrio de La Elipa—, con temperaturas en verano que llevaron a mi familia a adaptarse a residir durante bastante más de un mes en el chalet de Guadalajara (con gran satisfacción para la infancia familiar), este verano ha sido el primero satisfactorio tras aplicar las recomendaciones del informe al piso bajo cubierta donde crecimos mi hermana y yo.

Origen de la anécdota

En 2005 visité la sede de INDRA-Espacio y allí descubrí con gran sorpresa gracias a una ortofoto gigante de la ciudad de Madrid que la azotea del piso de mi madre era negra, cuando yo pensaba que la capa impermeabilizante estaba cubierta por una chapa de aluminio, tal y como veía en el borde del pretil desde mi ventana. La azotea no es visitable sin bajar al portal, subir los dos tramos de la pesada escalera de hierro, abrir la trampilla del techo, etc. Yo mismo no he subido en más de treinta años. Pero esa ortofoto me hizo reconsiderar toda la historia familiar veraniega. Y facilita la solución a los sudores estivales: era una cuestión de color bastante evidente según recordé de las recomendaciones del documento.

A propuesta mía, y previa explicación a las solidarias sufridoras vecinas del quinto, hace varios años que la comunidad de propietarios acordó pintar de blanco la azotea cuando se hicieran las mejoras de la fachada; mejoras que comenzaron a acometerse en el mes de mayo. Me quedé tranquilo al indagar y comprobar que el presupuesto incluía pintar la azotea, y que sería blanco el color (dato que no aparecía concretado en el presupuesto). No había otro motivo para pintar la azotea, nunca hubo goteras tras esa impermeabilización... negra.

Anécdota

Sin embargo, en el mes de julio, me llamó un vecino diciéndome que los operarios anunciaban que ya iban a comenzar a pintar la azotea... pero que las vecinas del quinto no querían que fuera de blanco porque se ensuciaría mucho con las palomas. Ellas, en más de cuarenta años viviendo allí, nunca han estado en la azotea.

Tuve que hablar por teléfono con ellas e insistirles que los 12.000 euros de la comunidad destinados a echar látex y pintar de blanco era un gasto de todos necesario para mejorar el confort en los cuatro pisos quintos, que la diferencia entre el blanco y negro era muy alta, que tenía datos técnicos, que podía hablar con sus hij@s. Aceptan sin más.

Al tomar mis vacaciones y llegar a Madrid, les pregunto, o me lo sueltan antes de preguntar yo: reconocen claramente la mejoría. Una de ellas me dice «yo era incrédula, la verdad, pero mi hijo vino el otro día y lo comentó: ¡aquí se está mucho mejor que antes!... Claro, dice ella, es que teníamos el asfalto de la carretera ahí arriba...»

En defensa del género femenino que protagoniza la anécdota suelo contar que mi amiga arquitecta (Isabela) al hacer reforma en su ático de Madrid tuvo que rechazar la sugerencia de un obrero, masculino, quien proponía tapar los agujeros que ventilaban la cámara de aislamiento entre la cubierta exterior y el techo de Isabela, elemento arquitectónico que no tiene el bloque de mi madre y que vería anulado su efecto aislante si no se ventilara. Él decía que los agujeros eran un nido de avispas, pero no sabía ni preguntaba para qué servían.

Anoto algunas observaciones concretas para mostrar el cambio vivido:

Hasta este año, mi familia nunca había pasado varios días seguidos en verano en este piso en el que siempre notábamos una bocanada de calor al abrir su puerta. Era obligado para mí ducharme al entrar y antes de acostarme; habitual mojar toallas y colgarlas húmedas para refrescar el ambiente y, por supuesto, secar la colada con las prendas por toda la casa, algo que seguimos haciendo. Las noches eran ingratas por el calor, y durante las mismas, se oían los crujidos del edificio al enfriarse. Durante el día era común tener el ventilador encendido; tuve que rechazar la sugerencia de mis hermanas de instalar aire acondicionado hasta dar con alguna solución a la azotea: antes de saber su color ya pensaba añadir una capa gruesa de bolas de arcilla con cemento.

Este verano hemos pasado unas veinte noches en el piso. Además, Víctor y yo hemos pasado muchas horas matinales en la casa e incluso los tres hemos comido a veces en la casa a mediodía. Eso sí, como siempre, hemos estado atentos en evitar el sol directo de la tarde y de la mañana en las ventanas.

Bien, reflexionando ahora, en el presente encuentro diferencias obvias con años anteriores:

  1. Más horas veraniegas vividas en el piso este mes que en los últimos diez años juntos.
  2. No me acordé de la ducha para refrescarme antes de dormir ni siquiera en la primera noche al llegar.
  3. No recuerdo haber puesto el ventilador en ningún momento. El piso tiene ventanas abiertas total o parcialmente a tres fachadas.
  4. No recuerdo haber oído crujido alguno del edificio al enfriarse por la noche.
  5. Será casualidad o causalidad: desde el primer día tuve ánimo para permanecer en la casa y limpiarla en profundidad.
  6. Colateral, no he pisado el chalet de Guadalajara.
  7. No notamos en absoluto que este agosto fuera el tercero más caluroso desde 1961.

En definitiva, ahora tenemos un hogar en Madrid, no hay que huir de él en verano. Acabé limpiando y nutriendo puertas y muebles de madera, no volverán a sufrir esas temperaturas, lo dejé a medias.

Hoy he mirado en la web las azoteas de Madrid. Aún se ve negra la nuestra, claro, pero es que hay muchas otras negras, o de tonos rojizos y verdes, de terrazo... bastante oscuros. En el informe que os sugiero y que les mandé a los administradores de la finca se ve claramente el porcentaje de radiación que se aporta al edificio con los materiales más habituales empleados en la construcción. También podéis comprobar que, en los meses de verano, la fachada vertical norte de un edificio recibe más insolación que la sur.

Me alivia saber que aumentar el albedo parece ser bueno para evitar el cambio climático. Pero, siendo así, ¿no debemos generalizar el blanco en las cubiertas urbanas?

Concluyo que la ignorancia es muy atrevida. Y no he visto ninguna campaña informativa sobre este asunto, siendo tan obvia como ignorada en la arquitectura supuestamente moderna «La Diferencia Entre El Negro Y El Blanco».

Besos.


Notas


[1]: N. E.:Como curioso complementos recomendamos visitar http://www.independent.co.uk/environment/climate-change/obamas-climate-guru-paint-your-roof-white-1691209.html
[2]: El informe que sugiero revisar es Aproximación a una eco-ordenanza insular para la gestión de la demanda de energía en la edificación de Lanzarote realizado por Jaume Serrasolses Domènech y publicado por el Observatorio de la Reserva de la Bioesfera de Lanzarote en 2003. Está disponible en Internet en http://www.cabildodelanzarote.com/ecotasa/des10.pdf pero si alguien lo quiere en papel, aún quedan ejemplares y son gratuitos.


Edición del 21-10-2009
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