Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 41: Séptimo Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n41/alori.html   
Los paisajes rotos
Luis Andrés Orive
Vitoria-Gasteiz (España), febrero de 2009.


Índice General

 

Parte 1. Sobre la gestión insostenible de los recursos naturales

El modelo

En los países ricos consumimos mucho; derrochamos sería quizás una palabra más adecuada. Aunque parezca una obviedad es preciso recordarlo: nuestro sistema económico tiene una cimentación consumista de la que parece que no es fácil escapar. Estas formas de vida del primer mundo se exacerban hasta límites muchas veces irracionales, pero a pesar de todo no es conveniente tocarlas ni un pelo, si no es para estimularlas. Primum vivere, ante lo acuciante de las cuestiones económicas y frente a utopías conservacionistas. Si los índices al consumo descienden una décima, al minuto los sesudos economistas que rigen nuestros destinos se echan a temblar y nos amenazan con los males más terribles si no seguimos consumiendo con esmero.

Se diría que el binomio felicidad-consumo ha arraigado tan profundamente en nuestra sociedad que, a día de hoy, no parece verosímil una marcha atrás o un cambio de rumbo sustancial. Entre otras cosas porque la gente no quiere... No es exactamente que no queramos ser sostenibles, es que no vemos la relación entre nuestras formas de vida de consumo creciente y la insostenibilidad. Además, aunque seamos conscientes de los graves problemas que este consumismo voraz produce y queramos cambiar, probablemente ya no podamos.

La semilla de la frivolidad consumista ha germinado con éxito y nuestro marco social nos arropa y estimula para perseverar en los objetivos comunes: más velocidad y más consumo. Velocidad como herramienta y consumo como fin. El mercado ha encontrado en el paradigma del desarrollo sostenible un aliado perfecto. Suficientemente ambiguo, polivalente y versátil, vale para un roto y un descosido. Además de la Organización de Naciones Unidas (ONU), las grandes empresas multinacionales también nos explican la verdadera naturaleza del concepto, cada una añadiendo alguna pequeña matización de cosecha propia para hacerlo ‘más comprensible’.

La situación

En estas circunstancias, el ciudadano medio está confundido, porque hace los deberes más o menos bien (recicla, pone ahorradores de agua en los grifos, planta un árbol el día que toca...) y sin embargo, cuando parece que mejor estamos haciendo las cosas, resulta que los científicos, e incluso los medios de comunicación más recientemente, se empeñan en que el planeta va mal, muy mal.

En el informe elaborado por la ONU para la preparación de la Cumbre del Desarrollo Sostenible en Johannesburgo se decía: «Si los patrones de desarrollo continúan como hasta ahora, en los próximos veinticinco años la mitad de la población no tendrá acceso al agua, las emisiones seguirán creciendo y las masas forestales desapareciendo con una pérdida continua de biodiversidad, desertificación y un aumento de los desastres naturales, que serán más frecuentes y más devastadores. Los países en vías de desarrollo son los más vulnerables [...]»

Según los expertos es la modificación de los hábitos y niveles de consumo en los países ricos, además del preocupante incremento de la población del planeta, la principal responsable del aumento exponencial del consumo global de recursos naturales: energía en todas sus formas y tierras fértiles principalmente.

Hace casi veinte años el economista Kenneth Boulding (1989) ya nos advertía del escenario en el que nos estábamos moviendo: «Todos los sistemas naturales son curvas cerradas, mientras que las actividades económicas son lineales y suponen inagotables recursos y pozos negros en los que arrojar nuestra basura [...] Nos negamos sistemáticamente a tratar como capital los recursos ambientales. Los gastamos como una renta y cuando nuestros cheques empiezan a ser rechazados nos quedamos tan confusos como cualquier estúpido heredero despilfarrador.»

La voracidad del sistema económico sigue sin contar con los costos ambiental y social de los bienes y servicios introducidos en el mercado globalizado sin fronteras, sin límites... Riquezas tan comunes como el aire, el agua, las tierras fértiles, los bosques y los bienes de titularidad pública están especialmente expuestos hoy día a ser malgastados como recursos inagotables —libres—, como sumideros sin fondo o como artículos de feria. Piénsese en la cantidad de recursos naturales y energía empleados en la producción de cosas efímeras, esencialmente envoltorios, con apenas unos segundos de vida útil. O la enorme cantidad de combustible que necesitamos para el desarrollo de nuestra actividad urbana ‘normal’. Hoy, en peso supera al de alimentos.

La huella ecológica global ya supera ampliamente a la capacidad biológica del planeta. Aún siendo preocupante el dato, lo peor de la situación es que no tiende a estabilizarse —todas las previsiones son de crecimiento— y que su generación siga existiendo un profundo desequilibrio entre países. O sea, además de un consumo creciente, desproporcionado e ineficiente, es de unos pocos contra o a pesar de otros muchos. La explotación abusiva y la pérdida y degradación neta de los recursos naturales está conduciendo inexorablemente al desbordamiento de la capacidad del planeta y supone la imposibilidad física y biológica de soportarnos como especie.

El horizonte

Llegados a este punto, tras un planteamiento parecido aunque más riguroso y académico, Fariña (2000) en su informe del cuarto catálogo se hacía dos preguntas: ¿Se puede cambiar el estilo de vida consumista por otro basado en criterios de sostenibilidad? ¿Es posible este cambio entendiendo de otra forma la calidad de vida? Su respuesta era tan lógica como categórica: «En la situación actual, todo este planteamiento sería imposible. Con unos valores sociales basados en la competitividad (por dinero), con una publicidad que pervierte y falsea la realidad y, sobre todo, con una acusada desinformación, no parece que nadie, ni los políticos ni los ciudadanos que les votan, quiera cambiar el estado actual de las cosas». No podemos estar más de acuerdo con su argumentación. Resulta evidente que no hay atisbo de cambio en el modelo actual de desarrollo que permita vislumbrar un acercamiento serio a los tan cacareados principios del desarrollo sostenible.

Tenemos ejemplos recientes. A la última Cumbre Mundial iban planteados prácticamente todos los temas clave del desarrollo sostenible: erradicación de la pobreza, modificación de los patrones insostenibles de producción y consumo...

El abismo entre los intereses de los países ricos (la búsqueda de la mejora de la calidad de vida —confort) y pobres (supervivencia y formas de vida acordes con la dignidad humana) imposibilitó acuerdos sustanciosos. La Declaración de Johannesburgo, expresión del acuerdo político de todos los gobiernos, se quedó en las antípodas del compromiso. «El desarrollo sostenible implica una perspectiva a largo plazo [...] Hace falta crear bases sólidas de participación ciudadana [...]» son el tipo de frases utilizadas cuando no hay voluntad de cambiar nada. Mientras los científicos, Informe del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) 2007, hablan sin ambages de crisis civilizatoria en un proceso de cambio global, o de un planeta fuera de control en relación con el cambio climático (panel intergubernamental) y de actuaciones en relación con el Protocolo de Kioto absolutamente insuficientes, nuestro marco político de toma de decisiones mira para otro lado. Se diría que no existe siquiera un discurso previo forjado que fuera la antesala de un creíble marco de acción para un desarrollo más sostenible.

Asistimos todos los días a noticias escalofriantes en relación con la insostenible gestión de los recursos naturales a todas las escalas. En la escala global, la explosión de los biocombustibles amenaza con una nueva crisis ecológica sin precedentes. Selvas primarias se queman y talan a velocidad de vértigo o cultivos tradicionales ceden su espacio para satisfacer las demandas de nuestra forma de vida urbana. Además de la catástrofe ecológica que se empieza a consumar en países como Borneo, Filipinas, o en Sudamérica, se da la circunstancia de que los países productores de alimentos son los que tienen hoy más riesgo de pasar hambre ‘gracias’ entre otras razones al ‘ecológico’ biodiesel. La explotación de un Ártico que se deshiela, el agotamiento de los caladeros tradicionales, el famoso pico del petróleo son temas de envergadura monumental ante los que gobiernos y ciudadanos permanecemos expectantes, como anestesiados ante nuestro propio comportamiento como especie que parece correr hacia la autodestrucción. Con estos antecedentes podríamos concluir que la distancia entre un discurso del desarrollo sostenible que fomente una gestión eficiente, racional y solidaria de los recursos naturales y la toma de decisiones comprometida, es hoy todavía enorme. Y es lógico que así sea, porque la sostenibilidad como concepto es la aceptación de límites, el compromiso ético con los desheredados, el consumo de lo justo... o sea la antítesis de nuestro actual modelo de vida occidental. Ésto lo saben muy bien los asesores políticos, lo saben muy bien y por eso el desarrollo sostenible desaparece en los compromisos electorales. No ha habido ningún partido político que se haya atrevido a postularlo seriamente —menos a hacer causa de él— más allá de las generalidades al uso. Se ha huido del compromiso como de la peste.

Parte 2. Sobre las relaciones ciudad-entorno natural

¿La ciudad contra el territorio?

Se ha puesto de relieve en múltiples ocasiones el importante trasvase poblacional que se está produciendo en todo el mundo, desde el campo a la ciudad. Con ser los datos muy preocupantes en cantidad —la mitad de la población mundial viviendo en ciudades, un millón de personas emigrando cada semana del campo a la ciudad— parece que a juicio de los expertos en urbanismo hay otra clave de insostenibilidad en las relaciones de la ciudad con su territorio, ligada a la tipología de los nuevos modelos de asentamiento urbano.

Son los desarrollos urbanos dispersos, la filosofía de la ciudad expansiva, la creación de las grandes conurbaciones difusas que se desparraman por el territorio o el concepto de la ciudad-región, lo que a juicio de ecólogos y planificadores está causando estragos en las dinámicas propias de la ciudad tradicional y de su relación con la naturaleza en los planos local y regional.

No es difícil hacerse una idea de la magnitud de los procesos de urbanización-artificialización en nuestros paisajes cotidianos. Basta con echar un vistazo a los datos del Observatorio de Sostenibilidad de España (OSE) sobre los cambios de uso del suelo para darse cuenta de la magnitud del proceso.

En poco más de una década (1987-2000) las superficies artificiales han aumentado en más de 240.000 hectáreas, un 30%, a expensas de bosques, cultivos y pastizales. Además, estos datos son anteriores a la explosión urbanizadora. Los datos cuantitativos son incontestables y el ciudadano lo percibe. El boom inmobiliario-infraestructural ha calado en todos y hay una especie de conciencia colectiva que nos dice que quizás nos estemos pasando...

A esta situación hay que añadirle dos circunstancias más. La primera es que la expectativa no es parar, y mucho menos ahora con la desaceleración económica. La lista de planes sectoriales con una influencia territorial importante es larga (industria, logística, infraestructuras, vivienda...) y también la de planes estratégicos que van por libre. La presión sobre el planeamiento general, sobre la ordenación territorial clásica, es de tal calibre que ésta, tiene justo el margen para componer el puzle.

La segunda tiene que ver con los aspectos cualitativos de esas enormes tasas de artificialización del territorio. Los informes de la Agencia Europea del Medio Ambiente muestran continuamente la gravedad de la situación en sus vertientes ecológica, económica y social: «Los procesos actuales de expansión urbana se caracterizan por provocar además de una reducción de áreas rurales y naturales, una fragmentación de los paisajes con evidentes consecuencias negativas sobre especies, comunidades bióticas y habitats, además de una gradual reducción y pérdida de calidad paisajística. La repercusión sobre la calidad de vida de los ciudadanos que sufren estos procesos es evidente».

Dentro de las dinámicas de consumo galopante comentadas, resulta ‘lógico’ que se produjera el despliegue hace unos pocos años de toda una batería de acciones liberalizadoras para la urbanización expansiva, capitaneadas por la Ley del Suelo de 1998, en la que todo el suelo del territorio español era urbanizable excepto el que contaba con determinados valores naturales que había que proteger y el que ya era urbano.

En las últimas décadas se ha ido gestando un modelo territorial standard que, basándose en las posibilidades que ofrece el vehículo privado, ocupa todo el territorio de forma indiscriminada. Tenemos así, por un lado, unas islas naturales más o menos protegidas y, por otro, unos sistemas urbanos que se van desperdigando por el territorio. En medio, unos paisajes de transición entre la ciudad y la naturaleza inmensos e inabarcables.

En estas grandes periferias urbanas cabe todo, porque todo es accesible en minutos con nuestro coche o con la utopía de un transporte eficiente público que lleve rápido a todos, de forma barata y a todos los sitios. Estos territorios que Celecia llama interlands o Fariña de interfase son quizás los que más preocupan. Estamos asistiendo a una especie de modelo internacional de plan estratégico que ofrece lo mismo en Tokio que en Segovia: la promesa de posicionarte en la élite del urbanismo con un pack en el que grandes centros de comercio y ocio, centros tecnológicos, clubes deportivos selectos (privados), urbanizaciones con chalés adosados y campos de golf y si te descuidas un circuito de carreras, adecuadamente envueltos en una red de autopistas y variantes, conforman el paisaje ‘a desear’. El trasnochado paisaje agrícola que estos ideólogos denominan despectivamente vacío territorial ya no tiene sentido en un futuro moderno por aburrido y falto de auténtico valor de mercado.

Estos modelos de urbanización expansivos producen sectorización de usos, uniformidad, fragmentación territorial y segregación social. Además de la enorme ocupación de suelo, se produce una inmediata degradación de los paisajes intermedios como consecuencia inevitable del modelo. Son los paisajes rotos.

Los paisajes rotos. ¿Qué hacer en los paisajes de relación ciudad-territorio?

Parece que la Comisión Europea, preocupada por los acelerados procesos de transformación (dispersión, especialización y segregación) que se están dando en la ciudad y en el territorio, con la consiguiente pérdida de recursos naturales y culturales —paisajes— está tomando cartas en el asunto. Así surgen la Estrategia territorial europea (Postdam, 1999), o los Principios para el desarrollo territorial sostenible del continente europeo de la Conferencia Europea de Ministros Responsables de Ordenación del Territorio (CEMAT) (Hannover, 2000), o más actualmente la propia Agenda territorial europea y los documentos ligados a las estrategias de desarrollo sostenible en los que se evidencian intentos de combatir estos problemas.

Pero, sin duda, los pasos más decididos para revertir las tendencias ya enunciadas se han dado a mi juicio desde el Consejo de Europa con el impulso a la creación de la Red Ecológica Paneuropea —pasar de islas naturales a una red funcional se considera por los expertos una estrategia clara para frenar la brutal pérdida de biodiversidad a la que se enfrenta Europa— y más específicamente con la elaboración del Convenio Europeo del Paisaje (CEP), que entró en vigor en 27 países europeos el 1 de marzo de 2004.

La esencia de estas actuaciones políticas es la comprensión de que los acelerados procesos de urbanización expansiva que se están produciendo en las últimas décadas son profundamente perjudiciales para el planeta, pero también para el territorio europeo y sus ciudadanos.

El paisaje como territorio resultante de la interacción de elementos y factores naturales y culturales (humanos) es ya con el CEP una entidad global objeto de protección y regulación jurídica. Y ya era hora.

Estas formas de vida tan rápidas, y a la vez tan ineficientes, están destrozando nuestros paisajes, especialmente en las periferias, y con ellos no sólo la naturaleza, sino nuestra propia identidad. El convenio consagra al paisaje como bien público «las fanegas, ciertamente, son de Cleón pero el paisaje es mío», escribía Mackay, y extiende el concepto a todo el territorio; no sólo se refiere por tanto a los espacios naturales, rurales o de interés cultural, sino también a los paisajes cotidianos (Zoido, 2000), con especial atención a los degradados.

Probablemente, en los escenarios de incertidumbre que acechan a corto plazo, no podamos entrar de lleno en las claves para avanzar hacia un genuino desarrollo sostenible, pero sí se pueden definir soluciones parciales y a su vez firmes y sensatas, donde sabemos que no nos equivocamos.

Los principios de precaución y de solidaridad con la integridad de lo creado lejos de frenar el desarrollo, probablemente ayuden a ganar tiempo en esta transición que vivimos hacia otros modelos y formas de vida urbana que están por venir y que ni siquiera podemos imaginar a tenor del ritmo de los cambios globales. Las sociedades que menos hipotequen sus recursos —paisajes— y que aguanten el tipo ante los escenarios de riesgo que propondrá el libre mercado en los próximos años serán las de mayor éxito en el futuro.

Nuestros paisajes están sufriendo una auténtica sangría, precisamente por esa falta de visión global, que ahora fomenta el CEP, y quizás también por una falta de sensibilidad sectorial. «Se están produciendo cambios y agresiones tan rápidas y determinantes en nuestros paisajes que a veces parece que despreciemos sus valores», dice Zoido en su introducción al libro sobre el CEP, editado por el Ministerio de Medio Ambiente para su difusión en España.

Una sociedad inteligente no maltrata sus paisajes porque sabe lo que se juega. «El paisaje hace al paisanaje», decía Unamuno. Nuestro carácter e identidad están íntimamente ligados a nuestra tierra, y viceversa. Nuestra tierra es el fruto de nuestro quehacer a lo largo del tiempo. La ruptura, fragmentación, degradación y banalización de nuestros paisajes nos rompe a nosotros mismos como sociedad y como individuos. En este punto, creo que sería bueno como medida inicial que nos obligáramos a un pacto social y político para mirar cada metro cuadrado del territorio con mucho más cuidado y sensibilidad, para no hipotecar las posibilidades de gestión de nuestros hijos y su calidad de vida y para no borrar del mapa de un plumazo nuestra huella identitaria.

Ya es hora además, y así también lo anuncia el CEP, de que el paisaje en su marco de sostenibilidad dejemos de verlo de forma parcial, ya sea como foto-cosmética o como restricción-problema para el desarrollo de actividades.

El paisaje debemos verlo como lo que es, el escenario de nuestras relaciones humanas y, a su vez, el reflejo de las mismas. Pero, además es evidente que un paisaje de calidad es un factor de desarrollo de primer orden y un motor de crecimiento responsable.

Quizás estemos a tiempo de que no se consuma el divorcio entre ciudad y naturaleza. Como decía Aldo Leopold (1949) en la última página de su maravilloso libro Una ética de la Tierra, debemos aplicar las herramientas adecuadas a los problemas planteados. Él ponía el ejemplo de la Alhambra, que recomendaba restaurar con pincel y bisturí y no con una excavadora. Los problemas de nuestro tiempo en materia de paisaje probablemente necesiten también menos bulldozers y mucha más creatividad, innovación y sensibilidad. Quizás vayan por ahí las claves del paradigma de la sostenibilidad.

Parte 3. A modo de conclusión

Como conclusión de los párrafos precedentes, mi percepción es que la actual utilización armónica, amable y compatible del concepto de desarrollo sostenible no hace sino reforzar su imagen adjetiva maquilladora y estética, robándole el contenido sustantivo. Y esto está siendo muy perjudicial para las estrategias de conservación, en particular en los ámbitos de borde ciudad-campo, donde el mercado ha ‘superado’ el valor de la planificación para todos, canjeándola por negocio para unos pocos. Estamos demasiado habituados a ver promotores urbanísticos públicos y privados vendiendo proyectos que además del lógico interés económico, industrial o social, ahora son esencialmente sostenibles. Es decir, intrínsecamente buenos con la ecología y el planeta. Puede parecer una correlación pueril, pero funciona y hemos visto con estupor en estos últimos años florecer como churros campos de golf ecológicos, macrocentros comerciales sostenibles, urbanizaciones periféricas bioclimáticas... Asistimos boquiabiertos a espectáculos como el de la Expo, que ‘necesita’ ocupar un meandro y hacer navegable el Ebro para ser ejemplo mundial de sostenibilidad. Esto todo el mundo parece entenderlo y apoyarlo, lo que a mi juicio no hace más que corroborar que el concepto de desarrollo sostenible (adjetivo) ha acabado por pervertir la causa de la conservación y gestión racional de los recursos y de la sostenibilidad (sustantivo) en sentido más amplio.

Probablemente, esta aceptación acrítica del concepto de desarrollo sostenible que vale para todo e incluso sirve para objetivos contrarios, para lo que más haya servido es para confundir. Y en esa confusión, ¿quién gana y quién pierde? Fernando Prats (1997), en el primer catálogo, hablaba sobre los ejercicios de poder en relación con los ámbitos urbanos y rurales dando por sentada «la dominación-depredación de un sistema (urbano) sobre otro más débil (rural)». También Susana Aguilar (2004) alude a esta temática importante en la quinta convocatoria: «La supuesta compatibilidad (del término desarrollo sostenible), permite ocultar la naturaleza política —en términos de decisiones que afectan al juego político tal y como ha sido tradicionalmente definido: ¿quién gana/pierde, qué, cómo, cuándo?— y lógicamente conflictiva del concepto».

La gestión racional de los recursos naturales es cosa compleja y especialmente hoy en los ámbitos físicos de la relación ciudad-campo: las periferias que se agigantan con los nuevos modelos de ciudad-región donde las tensiones económicas son enormes. La correcta gestión de estos paisajes transicionales se debe basar en la estabilidad de los sistemas y por tanto en su continuidad indefinida. Esto significa optar entre distintas alternativas en conflicto y alejarse de la neutralidad que el concepto parece preconizar. Las herramientas para conseguir estos objetivos puede que sean las clásicas: la ecología del paisaje y la planificación física, que esencialmente significan regular, limitar la discrecionalidad de acción de agentes públicos y privados en función de la capacidad del territorio y del interés general. Desde luego que en los últimos años ha habido una tendencia inequívoca hacia la desregulación, que ha afectado de forma evidente a la evolución espacial de los ámbitos urbanos, en cantidad —enormes superficies afectadas— pero también en la pérdida de calidad —ruptura— de los paisajes afectados.

En esta pugna milenaria ciudad-campo es evidente que ya hay un triunfador. Los nuevos modelos urbanos han impuesto su ley de manera incontestable de tal manera que pudiera parecer que el próximo objetivo a alcanzar sería la completa urbanización del planeta. En el sentido amplio de puesta a disposición para las necesidades y ambiciones del urbanita creo que estamos muy cerca.

También mis predecesores han hecho estupendos análisis en este sentido, subrayando el protagonismo del hecho urbano en los desarreglos ambientales en todos los niveles. «El continuo crecimiento económico de las grandes regiones urbanas de nuestro tiempo está suponiendo un incremento de la renta per cápita y de la cuota de bienes y servicios disponibles, pero dicho bienestar está produciendo profundas alteraciones [...] Estos impactos se extienden hoy por toda la Biosfera [...] », decía Fernando Parra (1997) en el primer catálogo. «Los logros de habitabilidad aquí se están apoyando en una creciente insostenibilidad global de los procesos de abastecimiento y vertido en los que se apoyan», decía Naredo (1997) en el primer catálogo.

Parece que el modelo de explotación y transferencia de la degradación que nuestro sistema urbano desarrolla no puede seguir aumentando de escala... y sin embargo no se percibe ningún indicador sustancial de cambio. Al revés, la amenaza de crisis nos atrinchera en las posiciones más clásicas del desarrollismo como salvavidas deux ex machina de las situaciones más críticas. El mercado globalizado es la mejor herramienta, la única herramienta, disponible para resolver toda suerte de problemas, y los ambientales o de insostenibilidad no serán una excepción. Mientras redacto este informe, atiendo a los reportajes sobre la Cumbre del G-8 que llenan los informativos de más de lo mismo y me viene a la cabeza esta cita de Platón, triste, pero perfectamente actual a mi entender, que incluyo como conclusión:

Entonces, incapaces ya de soportar su prosperidad presente, cayeron en la indecencia. Se mostraron repugnantes a los hombres clarividentes, porque habían dejado perder los más bellos de entre los bienes más estimables.

Por el contrario, para quien no es capaz de discernir bien que clase de vida contribuye verdaderamente a la felicidad, fue entonces precisamente cuando parecieron ser realmente bellos y dichosos, poseídos como estaban de una avidez injusta y de un poder sin límites.

Platón: Critias 121b

Bibliografía

Aguilar, Susana  (2005)   Gestión de los recursos naturales y protección medioambiental en la quinta convocatoria del concurso de buenas prácticas,   en Quinto Catálogo Español de Buenas Prácticas. Madrid: http://habitat.aq.upm.es/boletin/n31/asagu.html 

Aldo Leopold  (1949)   The Land Ethic,   en A Sand County Almanac, New York: Oxford University Press. Se cita la versión española de Jorge Riechmann Una Ética de la Tierra. Madrid: Los libros de la catarata, 1999. 

Boulding, Kenneth Ewart  (1989)      Scientific American,  
Fariña Tojo, José  (2003)   Ciudades menos insostenibles,    en Cuarto Catálogo Español de Buenas Prácticas. Madrid: http://habitat.aq.upm.es/boletin/n25/ajfar.html 

Naredo, José Manuel  (1997)   Sostenibilidad, diversidad y movilidad horizontal en los modelos de uso del territorio,   en Primer Catálogo Español de Buenas Prácticas. Madrid: http://habitat.aq.upm.es/cs/p2/a006.html 

Parra, Fernando  (1997)   Ciudad y entorno natural,   en Primer Catálogo Español de Buenas Prácticas. Madrid: http://habitat.aq.upm.es/cs/p3/a015.html 

Prats, Fernando  (1997)   Sostenibilidad y políticas urbanas y locales: el caso de las ciudades españolas,   en Primer Catálogo Español de Buenas Prácticas. Madrid: http://habitat.aq.upm.es/cs/p3/a011.html 

Platón  (s.f.)   Critias.   121b. 

Zoido, Florencio y Venegas, Carmen  (2002)   Convenio Europeo del Paisaje.   Consejo de Europa. 

Edición del 21-10-2009
Revisión: Carlos Prados Cano
Boletín CF+S > 41: Séptimo Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n41/alori.html   
 
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