Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 41: Séptimo Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n41/ajcor.html   
La experiencia humana de los espacios urbanos
José Antonio Corraliza Rodríguez [1]
Madrid (España), febrero de 2009.

La ciudad, como laboratorio

La ciudad, como modo de ocupación del territorio, constituye un nuevo hábitat en la historia adaptativa de la especie humana. ¿Nuevo? Realmente, quizás no sea tan nuevo; sin embargo, podemos decir que es nuevo porque aún no hemos conseguido un nivel óptimo de adaptación. La ciudad, tal y como hoy la conocemos, formada por grandes concentraciones de recursos y de pobladores, resulta un hábitat que aún requiere el desarrollo de competencias y habilidades.

Desde el punto de vista de los pobladores urbanos (las personas), la ciudad presenta un conjunto muy amplio de desafíos y retos a los que hay que hacer frente para conseguir un adecuado nivel de vida. En trabajos precedentes —véase, por ejemplo, Corraliza (2008), Corraliza y Aragonés (1993) y Kruppat (1985)—, se ha profundizado en los distintos referentes conceptuales que explican la compleja interacción entre las personas y los espacios urbanos. De todos los rasgos específicos de la vida urbana que tienen un poderoso impacto en el modo de ser de sus pobladores, debe señalarse la importancia de tres: la sobrecarga informativa, los déficit de legibilidad de los espacios urbanos y la pérdida del sentido del lugar.

La sobrecarga informativa

Este es un concepto basado en un trabajo clásico de S. Milgram (1970). Desde el punto de vista de este referente conceptual, «la vida urbana puede caracterizarse como una experiencia con una gran profusión de estímulos informativos que incluyen desde la excesiva demanda y acciones de otras personas, hasta la presencia bombardeante y continua de señales auditivas y visuales, añadiendo a todo esto una serie inacabable de ofertas de acción que exigen de la persona la adopción de decisiones. Esta experiencia provoca un bloqueo de la capacidad atencional, y, como recurso adaptativo, exige a la persona la puesta en marcha de estrategias para controlar la presencia de estímulos informativos no deseados o no prioritarios (mediante el establecimiento de barreras, prioridades o la reducción del campo de atención, entre otras estrategias)».

El efecto más importante, tal y como señala Milgram, es que la persona tiende a ignorar toda aquella información no prioritaria (periférica, dice él) y una reducción de la capacidad para prestar atención a estos estímulos. Pero, concluye, todas estas estrategias tienen sólo un éxito parcial y, en cualquier caso, implican un costo: son fatigosas y estresantes.

Los déficit de legibilidad

La importancia de la la legibilidad de los espacios urbanos fue destacada por K. Lynch, en su trabajo también clásico de 1960. Este autor describe que la legibilidad es la cualidad esencial para la organización espacial, y ha sido utilizado en múltiples estudios desde que la definiera. El propio K. Lynch mantiene que en la imagen de los espacios urbanos una de las propiedades fundamentales es la de la identidad. A este respecto, Lynch (1960:8) escribe lo siguiente:

«Una imagen eficaz requiere, en primer término, la identificación de un objeto, lo que implica su distinción respecto de otras cosas, su reconocimiento como entidad separable.»

La identidad, pues, es la característica diferenciada que por el todo de la escena o por alguno de los elementos que la componen permite construir diferencias entre los espacios urbanos. Esta propiedad es una condición ineludible para la legibilidad. El autor antes mencionado define la legibilidad como la cualidad que hace que resulte fácil a una persona reconocer las formas de una ciudad (o un espacio urbano) y organizarlas en una unidad coherente. Así, por ejemplo, basándose en este concepto, se han desarrollado trabajos para comprobar la identidad de áreas espaciales en la ciudad —véase, por ejemplo, Fariña y Corraliza (2007). Diversos investigadores (entre ellos S. Milgram en un estudio sobre el mapa cognitivo de Nueva York) han mostrado que el reconocimiento de un paisaje urbano se realiza en función del grado de centralidad de los elementos que lo componen, el flujo de la población que transita por él y su distintividad arquitectónica (o morfotipológica) y social. Obviamente, en algunos casos estos lugares, escenas o elementos consiguen tener tal nivel de reconocimiento que se convierten en referentes emblemáticos y simbólicos de una ciudad, no sólo para sus habitantes sino para gente de fuera de la ciudad.

La pérdida del sentido del lugar

Prohansky et al (1983) definen este concepto como el conjunto de cogniciones, en sentido amplio, relacionadas con el mundo físico en el que las personas viven. Está formado, por tanto, por creencias, valores, actitudes y sentimientos en relación con el entorno. Tal y como escribiera el fenomenólogo Schutz, el lugar en el que vivo no tiene, para mí, significado como concepto geográfico, sino como mi hogar y, en consecuencia, la experiencia en él es describible en términos de una extensión del propio yo: la persona es también los lugares que habita. Otros autores —véase, por ejemplo, Lally (1992), Seamon (2000)— han desarrollado con distintas aproximaciones (apropiación del lugar, apego al lugar, identificación con el lugar, etc.) el estudio del sentido que para las personas tienen los espacios urbanos.

Dinámicas de la ciudad contemporánea

Junto a estos conceptos clave, el interés por el estudio de la interacción entre las personas y los espacios urbanos ha dado lugar a la detección de una serie de aspectos críticos. Recientemente, Pol (2008) enumera una serie de «ejes de tensión de las dinámicas de la ciudad actual», de entre los cuales merece la pena destacar los siguientes:

El resultado de todas estas amenazas a la ciudad es lo que recientemente se ha denominado la ciudad vulnerable (Corraliza, 2008), que hace más vulnerables aún a las personas que la habitan.

La reflexión sobre la ciudad desde las propuestas de acción

Esta es una de las razones implícitas que hacen más valioso el Programa de Buenas Prácticas. El objetivo último de este programa consiste en hacer de los asentamientos humanos, en general, y de los espacios urbanos, en particular, lugares no sólo de más calidad ambiental, sino con más oportunidades de interacción y relación comunitaria; y con una menor huella ecológica. Los tres grandes principios que inspiran este programa y que lo harán perdurar son precisamente éstos: la mejora de la calidad ambiental, la recuperación de las comunidades de pobladores urbanos y la reducción del impacto ambiental del modo de vida urbano y de la forma de ocupación del territorio. Los trabajos que siguen desarrollan justamente aspectos complementarios de la imprescindible reflexión pendiente sobre la ciudad: en primer lugar, la necesidad de un nuevo paradigma en el diseño del hábitat urbano (la contribución de F. Prats), en segundo lugar, la reflexión sobre la ciudad y el entorno natural (contribución de Luis Orive) y por último, una propuesta reflexiva sobre la ciudad y la desigualdad social (la contribución de Carmen Meneses).

Junto a esto debe destacarse el mérito adicional de haber creado un recurso de innovación por la acción, y no sólo por las ideas. El programa de Buenas Prácticas es una oportunidad para aprender e innovar las acciones en el ámbito local a partir de un impacto ejemplarizante de ideas puestas en acción. En este sentido, debe destacarse el valor que la práctica tiene para innovar las ideas sobre el diseño y los debates que actualmente se producen en relación con el diseño y la transformación de los espacios urbanos. La amplia documentación de las Bibliotecas de Buenas Prácticas debe ser utilizada como un recurso de gran valor estratégico para pensar y repensar la ciudad como un conjunto y poder obtener nuevos modelos de acción que mejoren la vida en la ciudad.

Referencias bibliográficas

Corraliza, J.A.  (2008)   La ciudad vulnerable.,   En B. Fernández y T. Vidal (eds.), Psicología de la ciudad. Debate sobre el espacio urbano. Barcelona: Editorial UOC (pp. 173-177). 

Corraliza, J.A. y Aragonés, J.I.  (1993)   La psicología Social y el hecho urbano.   Psicothema, 5, 411-426. 

Fariña, J. y Corraliza, J.A.  (2007)   Mapa de áreas paisajísticas,   En VV.AA., El paisaje del centro histórico (Jornadas Técnicas Municipales). Madrid: Ayuntamiento de Madrid (pp. 67-85). 

Kruppat, E.  (1985)   People in cities. The urban environments and its effects.   Cambridge, Mass.: Cambridge University Press. 

Calli, M.  (1992)   «Urban related identity: Theory, measurement and empirical findings»,   Journal of Environmental Psychology, volumen 12, numero 4, pp. 285-303. 

Lynch, K.  (1960)   The image of the city.   Cambridge, MA: MIT Press. 

Milgram, S.  (1970)   «The experience of living in cities.»,   Science, 167, pp. 1461-1468. 

Pol E.  (2008)   Psicologías de la ciudad: el reto de la transmutación por la sostenibilidad.,   En B. Fernández y T. Vidal (eds.), Psicología de la ciudad. Debate sobre el espacio urbano. Barcelona: Editorial UOC (pp. 179- 182). 

Proshansky, H. M., Fabian, A., & Kaminoff, R.  (1983)   «Place identity: Physical world and socialization of the self.»,   Journal of Environmental Psychology, 3, 57-83. 

Seamon, D.  (2000)   A way of seeing people and place: Phenomenology in environment-behavior research.,   In S. Wapner, J. Demick, T. Yamamoto, & H. Minami (Eds.), Theoretical perspectives in environment-behavior research: Underlying assumptions, research problems, and methodologies. New York: Kluwer Academic/Plenum Publishers. 

Notas


[1]: Universidad Autónoma de Madrid.


Edición del 21-10-2009
Revisión: Javier Moñivas Ramos
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