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Libros
Agustín Hernández Aja
Madrid (España), 15 de julio de 2009.

El ecobarrio y la ecociudad: un ejemplo necesario para la revisión de nuestra forma de gestionar la ciudad

Gaffron, Philine, Gé Huismans & Frank Skala (coord.)  (2008)   Ecocity   Versión en castellano de María J. Uzquiano y Carlos Jiménez Romera: Proyecto Ecocity. Manual para el diseño de ecociudades en Europa, Bilbao: Bakeaz, 2008, 2 vol. 

La metodología y los ejemplos presentados en el libro Ecociudades suponen un acicate para la transformación de nuestros modos de concebir la ciudad, su construcción y su necesaria rehabilitación. Hasta ahora la información existente se limitaba a la presentación más o menos ordenada de nuevos barrios que contenían propuestas más o menos novedosas que declaraban su intención de aportar una mejora en el tratamiento medioambiental de la ciudad. Estas propuestas se caracterizaban por el tratamiento espectacular de su representación gráfica, por presentar gráficos y esquemas en lugar de cifras y dimensiones y servir a una población ideal en un marco idílico. Por contra, el libro Ecociudades parte de la determinación de criterios de evaluación sólidos, aplicados a proyectos reales; sin eludir la descripción de los aspectos críticos, ni las demandas sociales que en algunos casos los originaron. El libro permite dotarnos de un escalón sólido sobre el que desarrollar una reflexión sobre las posibilidades reales de modificar nuestros actuales patrones de concepción, diseño y gestión de los espacios urbanos, tanto para los nuevos como para la rehabilitación de los antiguos, suponiendo un salto cualitativo sobre la literatura al uso.

Nos encontramos en un planeta en el que se ha invertido la situación histórica de la que procedemos. Nuestro pensamiento aún se nutre de una visión de un mundo en el que predominaban las fuerzas de la naturaleza, en el que la ciudad, la urbanización, se enfrentaba a la tarea de ganar metro a metro espacio a la naturaleza, y en el que ésta nos parecía capaz de recuperar el espacio ganado si cejábamos en nuestro esfuerzo. Pero la realidad es la inversa, hace ya tiempo que la urbanización, no ya la ciudad, ha ganado la partida; los espacios ganados por la urbanización no son recuperables por la naturaleza; aún cuando son abandonados lo natural no vuelve si no es de manera marginal y en una forma degradada, incapaz de reconstruir los ciclos de la vida en su magnitud original. De forma que vivimos en un mundo urbanizado, en el que todo el planeta es puesto al servicio del sistema urbano-industrial y en el que cada día se pierden especies, suelos y capacidad de regenerar los materiales usados. Todo lo anterior no pasaría de ser un problema estético o cultural si no fuese porque pese a la aparente capacidad de nuestra tecnología para aparentar eficacia e independencia de la naturaleza, no dejamos de depender de la biosfera, de sus ciclos y su capacidad de regeneración para mantenernos como especie, para vivir en suma.

El dilema del que aquí se trata es de cómo revertir el proceso de la urbanización, de cómo acoplar nuestra acomodación sobre el planeta a la conservación de sus ciclos con la suficiente eficacia para mantener las condiciones de vida. Nuestra visión de la urbanización es tal que podríamos definirla como una actuación sobre el ecosistema que impide su regeneración autónoma. La urbanización supone la destrucción del suelo fértil, la ruptura entre el suelo y la atmósfera, el traslado de los cursos de agua, la impermeabilización de los suelos, el vertido de residuos, extraños para la naturaleza o en tal cantidad que saturan la capacidad del ecosistema para reciclarlos. Esta urbanización es tan intensiva, que no sólo afecta al propio lugar en el que se produce, sino que degrada los suelos cercanos o aquellos de los que se surte. Pero no sólo es intensiva, sino que es masiva, de forma que ha revertido la situación inicial, tenemos un planeta cada vez más urbanizado en el que los espacios naturales tienen difícil su propia regeneración o mantenimiento.

Parece que ha llegado el momento de que revisemos la forma en que acomodamos nuestro alojamiento y actividades a la naturaleza. Necesitamos revisar cada una de las funciones que necesitamos y que realizamos mediante la sustitución del orden natural por un orden artificial. Es necesario hacer convivir los dos órdenes, no es posible seguir oponiéndonos a la relación con el orden del ecosistema, impidiendo el paso del agua al suelo, concentrando nuestros residuos para mandarlos lo más lejos posible, ignorando el ciclo solar (para calentarnos o protegernos de él), transportándonos constantemente en una continua espiral de consumo de lugares y, por tanto, de suelos. Ha llegado el momento de modificar la visión, el momento de mirar y comprender. Se trata de dejar de oponerse a los ciclos naturales, es el momento de aprender de ellos, de sumarse al flujo de la ola para navegar sobre ella. Hay que dejar pasar el agua, no oponerse a ella. Hay que usar cada cosa y cada calidad para lo realmente necesario. Asirnos a los ciclos para mejorar nuestra vida sin poner en peligro su continuidad.

Nuestra intervención ha sido la contraria, para nosotros la construcción de la ciudad, o la mejora de la existente, pasaba por conseguir la máxima separación posible de la naturaleza, cuanto mayor fuese la base y la sub-base de nuestras calles, mayor era la calidad de lo construido. Ahora hay que apostar por una intervención que se acople a los ciclos naturales en la que no aplastemos el suelo y sus ciclos, sino que flotemos sobre ellos. Una intervención en la que el agua de lluvia no sea un producto sucio y maloliente que traslademos a una depuradora lejana mediante unas tripas profundas, sino que sea el sustento de un cauce cercano. Un espacio en el que el dominio de lo artificial deje paso a la visión de los ciclos, en el que sepamos cuándo es invierno y cuándo es verano y si llueve o hace sol.

Nuestro concepto ha sido considerar la intervención sobre la ciudad como una obra nueva, perfecta, independiente e inalterable (cuanto más mejor), formalmente abstracta y sólo regida por su propia lógica, ajena a una naturaleza que transformaba a su antojo. Pero lo nuevo ya no puede ser un signo de la artificialización absoluta, lo nuevo debería ser la modificación del actual modo y concepción de lo urbano, la revisión del concepto del proceso, que se considera aún por ciclos separados. El verdadero reto está en la articulación de los ciclos, en reducir el impacto de lo que construimos, pero también reconocer el ciclo de quienes lo habitamos. Quizás seamos capaces de reconvertir nuestras viejas y desesperadas ciudades en espacios más acordes con las necesidades de quienes las habitan y de los ciclos que en realidad les sustentan.

A mi me gustaría que este libro de Ecociudades sea un escalón de una escalera que nos permita modificar nuestros patrones de concepción, proyectación y diseño, pero también de nuestras creencias y la antesala del abandono de parte de las trampas y trabas con las que convivimos cada día.


Edición del 10-2-2010
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