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Solares... que lugares tan gratos para conversar. Apuntes sobre la rehabilitación relacional en el barrio de las Adelfas [1]
José Luis Fernández Casadevante
Alfredo Ramos
Madrid (España), abril de 2008.
Solares... que lugares tan gratos para conversar. Apuntes sobre la rehabilitación relacional en el barrio de las Adelfas| Lámina 1. Antigua ubicación del Centro Social Seco >>>


Índice General

 

Algunos hombres ven las cosas como son y dicen por qué. Yo, en cambio, veo cosas que todavía no son y digo: ¿por qué no?

Robert Kennedy

La palabra ilusión tiene distintas acepciones, por un lado encontramos su vinculación con la esperanza de que algo se haga realidad, y por otro, la vemos como una mera representación sin realidad detrás, como un holograma. Aprender a poner en juego tanto los anhelos, deseos y esperanzas, como las distintas representaciones que constituyen lo que llamamos realidad, es el saber necesario para arriesgarse a practicar el ilusionismo.

El ilusionismo trata de hacernos creer que algo imposible está sucediendo ante nuestros ojos, que se está desplegando un acontecimiento que ensancha el campo de lo posible. Aplicar esta metáfora a los procesos sociales participativos, y especialmente a quienes los dinamizan, resulta una idea muy sugerente y arriesgada, pues pone en evidencia la inmaterialidad primaria de aquello con lo que trabajamos quienes nos dedicamos a cuestiones participativas.

Todo comienza cuando hay un sujeto individual o colectivo que dinamiza o arranca un proceso, una suerte de chamán al que se le atribuyen determinados saberes y capacidades para alterar la percepción y con ella la realidad. Aunque conviene resaltar que para que haya ilusionismo siempre se debe tratar de una tarea colectiva; sería un ejercicio inviable sin la predisposición de la gente a compartir el proceso, a poner de su parte y dejarse seducir.

Hacer de una experiencia un gesto de ilusionismo social requiere conectar con las esperanzas y anhelos de quienes viven determinadas situaciones en las que se interviene. Debemos llegar a conocer las necesidades presentes, junto a las representaciones de lo que hay y de lo que podría llegar a haber, puesto que estamos obligados a acertar. Un gesto de ilusionismo como diría el Maestro Jedi «se hace o no se hace, pero no se intenta», pues corremos el riesgo de caer en el espectáculo y los simulacros de participación.

Este texto narra alguna de las experiencias de ilusionismo social que hemos construido en nuestro barrio a lo largo de estos últimos años. La situación en la que se contextualiza esta historia es la existencia de un plan de remodelación integral de un barrio (tirarlo abajo y construir encima bajo nuevos parámetros). Una remodelación acompañada de una lucha vecinal por conseguir el realojo en el propio barrio de las personas afectadas y del Centro Social Seco, que era un espacio okupado que llevaba muchos años haciendo actividades en el barrio.


Lámina 1. Antigua ubicación del Centro Social Seco

1 No nos han bombardeado, esto es que es así

Las Californias era antiguamente el final de Madrid, una zona de casas bajas de casi cien años de antigüedad, donde convivían algunas en mal estado con otras muy bien mantenidas. Un espacio que incluía en su interior un antiguo polígono industrial, donde había naves en activo y otras abandonadas. Un paisaje cuanto menos pintoresco, habitado principalmente por gente mayor que llevaba muchos años viviendo en la zona, y mantenía en general muy buenas relaciones de vecindad.

El proceso de remodelación de un barrio, desde que se empieza a plantear en los despachos hasta que finalmente acaba, suele durar bastantes años. Un tiempo en el que paulatinamente se van degradando las condiciones de vida de la gente que habita en estas zonas.

En el caso de la remodelación del barrio de Las Californias esto se plasmó primero en un proceso de abandono institucional (problemas de asfaltado, iluminación...), después se toleró durante años la venta de droga, apareciendo los problemas sociales que tiene asociada (miedo, inseguridad, delincuencia...). Una fórmula de presión para que la gente se marchara del barrio y hubiese menos población susceptible de demandar ser realojada en el barrio.

Durante estos años se suceden asambleas vecinales sobre el tema de la droga, que derivan en un trabajo conjunto entre la asociación de vecinos y el centro social para abordar de una manera participativa el Plan de remodelación.

Algunos años más tarde comenzaron los derribos, primero de las naves industriales y posteriormente de las viviendas que se iban quedando abandonadas. El barrio comenzó a tener un mosaico de descampados, unos enormes que se convertían en aparcamientos improvisados, y otros más pequeños que se situaban principalmente en los espacios ubicados entre las casas que quedaban en pie. Una transformación paisajística radical, en la que de repente las hileras de casas bajas aparecían melladas.

La proliferación de solares transmitía una sensación de vacío al perderse el abrigo de las calles, lo que conlleva que las referencias espaciales cambien. La gente debía desarrollar nuevos hábitos para adaptarse a un espacio vivenciado como hostil, donde muchos de sus habitantes evidenciaban una sensación de vulnerabilidad, de desorientación espacial y vital en su propio territorio.

Ruinas, descampados, polvo, casas viejas que nadie mantiene por la caducidad que les impone el desarrollo del plan de remodelación. Efectivamente, por momentos el espacio transmitía la sensación de haber sufrido un bombardeo. Una reflexión irónica que tomaba forma de pancarta en las calles del barrio.

Este proceso de demolición física del barrio viene acompañado de un esfuerzo colectivo por parte del centro social y de la asociación de vecinos por recuperar los lazos vecinales y comunitarios, en lo que denominamos una «estrategia de rehabilitación relacional». Se entiende por ello una serie de acciones que buscan restablecer la calidad de los espacios desde la intensificación de las relaciones que se dan dentro de ellos. No es una rehabilitación física, son momentos concretos que posibilitan que espacios anteriormente muy significativos, pero que han sido atravesados por procesos de degradación socio-espacial, recuperen esa dimensión de espacios de relación.

Dentro de esta línea encontramos como una actividad principal el volver a realizar las fiestas del barrio, que llevaban algunos años sin realizarse debido al cansancio de los mayores de la asociación de vecinos. Recuperando una actividad significativa para la población, reactualizando la memoria de momentos positivos vivenciados en el barrio.

Las fiestas suponen la creación ritual de un pequeño acontecimiento en la comunidad, de un espacio-tiempo propio donde la gente acude con sus vecinos y vecinas para ir a una comida popular, llevar a los peques a una actividad o echarse un bailecito, reconociéndose partícipe de una comunidad que comparte algo, en este caso un barrio.

Además de esta recuperación de actividades significativas del pasado desarrollamos nuevas intervenciones. La primera fue empezar de una manera periódica a realizar comidas populares en los alrededores del centro social, como una manera de compartir un momento lúdico entre las personas que le daban vida. Unas cenas o comidas a las que, según se iban estrechando los vínculos con el vecindario, iba acudiendo cada vez más gente.

Una forma de mantener la presencia en ese espacio público degradado, facilitando las interacciones cotidianas y la recreación de vínculos con el vecindario. Además, de una manera muy natural, se abrió la posibilidad de que la gente comenzara a atribuirle otros significados y potencialidades al entorno.

2 Another jolibud is posibol

Tal y como se ha señalado antes, la rehabilitación relacional de los lugares tiene mucho que ver con la recuperación de las memorias menores. Relatos y acontecimientos referidos a la historia de una ciudad, oscilantes entre la fragilidad y la potencia, como son las de quienes habitan barrios destinados al olvido o a la desaparición. Pero no sólo se fundamenta en esta estrategia.

La rehabilitación tiene que ver con construir desde y con lo construido; un buen engranaje para esta tarea está en la capacidad de recrear historias. Algo que tiene que ver con la necesidad de mantener la idea de identidad de un barrio como un fenómeno esencialmente dinámico. Si, como dice Gravano (2003: 256), el barrio es un «espacio vivido que renueva permanentemente las claves para su legibilidad e identificación, siempre dependiendo de los actores en situación», ese puente tiene que tener como base la habilitación de instancias que nos permitan ir construyendo y re-construyendo las relaciones y los significados que conforman el nosotros que permea esa pertenencia.

Lo que se plantea es un intento de reconstruir vínculos con capacidad para transformar un espacio degradado, de cara a reconquistarlo y hacerlo apropiable. Esta estrategia, para ser apropiada (con posibilidades de apropiación) tiene que ver con la creatividad de quienes lo habitan, de su capacidad para generar innovaciones. Se trata, no sólo de recuperar la historia, sino de acompañar ese esfuerzo con el de la «recuperación de las habilidades para hacer historia»(Escobar, 2005: 189), para escribir nuevos capítulos.

Ante estas cuestiones, hace ya seis años, desde el Centro Social Seco se plantea poner en marcha una nueva iniciativa de autogestión cultural, el Festival de Cine Social de las Californias. Se trataba de un festival de cine que duraba unos cuatro días, coincidiendo con las festividades en Madrid de principios de mayo. Durante estos días, una gran carpa ocupaba alguno de los solares abandonados del barrio, y se convertía en refugio de las muchas personas que se acercaban a ver algunas de las películas más importantes de temática social de ese año. Un refugio que albergaba, también, numerosos debates entre el público asistente y directores o directoras de las películas, junto con colectivos que trabajasen sobre las temáticas que se reflejaban en la pantalla.

Esta iniciativa permite jugar con la parte simbólica más concreta de un barrio, como es su nombre, Las Californias se convertía por unos días en nuestra particular meca del cine. En una alfombra roja permanente que se extendía por encima de la degradación de los solares, permitiendo reflejar otros usos posibles, al mismo tiempo que se convertía en lo que llamamos un efecto bengala. Es decir, un llamamiento de atención sobre la situación del barrio y del proceso de lucha por la consecución de los objetivos del planeamiento urbanístico alternativo.

Nuestro Hollywood particular, en ese juego de espejos teñido de ironía, pasaba a convertirse en un nuevo acontecimiento de la historia del barrio. Como muchos otros procesos de conquista de derechos —nadie tenía escrito en ninguna parte que aquel destrozado rincón de Madrid pudiera ser receptor de una iniciativa así, fuimos nosotros quienes nos inventamos que teníamos derecho a ese elemento de dignidad— éste implicaba un proceso de conflictividad, dentro de las muchas escalas que pueden llegar a darse. Fenómeno que se daba fundamentalmente en las primeras ediciones, donde las administraciones públicas se mostraban reacias a dar los permisos necesarios para desarrollar la actividad, haciendo que las primeras ediciones fueran ilegales. Independientemente de eso, las actividades se realizaron, y fue desde ese espacio abierto de diálogo y conflictividad con las instituciones, desde la propia práctica, que se asentó no sólo una actividad, sino el derecho de hacerla.

Con los años, el Festival de Cine Social se fue consolidando, no exento de anécdotas que han ido conformando un imaginario colectivo de quienes han participado en él, y revisándose año tras año. Se convirtió en un elemento más, no sólo de la historia de las actividades del centro social, sino, también, de la historia reciente del barrio que le daba nombre y al cual homenajeaba.

3 Bajo los adoquines, sí estaba la playa

Como hemos ido viendo, los plazos de ejecución de una remodelación son largos, lo que provoca que ese montón de espacios públicos temporales que son los solares escapen durante un tiempo al control de los proyectistas urbanos. Son, decíamos, espacios vacíos que se rellenan con lo que se tiene a mano, abriendo un montón de posibilidades y convirtiéndose en una provocación cotidiana para la imaginación.

Así que, como dice Encina, «cuando los sentidos de la creatividad, la oportunidad y la sensibilidad coinciden, se puede hacer un gesto de ilusionismo social»; un planteamiento que nos lleva a las semanas previas a las fiestas del barrio de 2003, en las que decidimos programar la recuperación del solar que estaba en frente del centro social, con la idea de construir un pequeño parque. Una actividad en la que principalmente participó la gente del centro social, limpiando las piedras y ruinas, plantando adelfas, pintando un mural, construyendo un arenero y poniendo bancos.

La construcción del parque suponía acompañar la rehabilitación relacional que veníamos practicando con una rehabilitación física del entorno. La recuperación de este espacio abandonado supuso una mayor apropiación del barrio por parte de la gente del centro social, mucha de la cual no vivía en el mismo. Una actividad que construye sentido de pertenencia a la vez que reconstruye un entorno degradado y lo adapta para nuevos usos sociales. Una transformación que supuso un cambio cualitativo en nuestra relación con esos espacios vacíos y principalmente con nuestro parque. Aquellas comidas populares que habían empezado a hacerse se trasladaron al parque, e incluso de una manera bastante informal se acabó institucionalizando como un espacio donde realizar en verano cenas al aire libre. Las célebres barbacoas con vino bajo las estrellas, que venían a rememorar una nueva versión de cuando el vecindario bajaba con su silla a tomar el fresco, se convirtieron en un acontecimiento que juntaba a más de treinta personas todas las semanas.

Al año siguiente, con la llegada del buen tiempo y la preparación de las fiestas del barrio, se nos ocurrió que, ya que disponíamos de un parque, por qué no montábamos un campeonato de volley-playa. Conseguimos un camión de arena, la extendimos en nuestro parque, montamos la red y nuestro primer campeonato de volley-playa en las fiestas era una realidad.


Lámina 2. Bajo los adoquines sí está la playa

En el vecino barrio de Vallekas llevan años reivindicando una playa, en su famosa Batalla Naval[2], la fiesta popular del agua y la utopía. Un evento con el que desde hace muchos años el centro social tiene intensos vínculos y que de una manera inconsciente nos ha influenciado a la hora de hacer nuestro gesto de ilusionismo social, convertir nuestro parque en una playa.

Ya habíamos jugado en el festival de cine con las conexiones entre el Hollywood californiano y nuestras modestas Californias. Esta vez se trataba de trasladar la imagen de los chiringuitos playeros y ‘Los vigilantes de la playa’ a nuestro modesto parque. Así que en las siguientes fiestas del barrio, junto a algunos vecinos y vecinas, pintamos un gigantesco mural playero junto al campo de volley-playa e inauguramos la Playa de Las Californias.

Una playa en medio de la jungla de asfalto, un oasis en medio de un mosaico de descampados, casas viejas y excavadoras. Un gesto de ilusionismo social, pues no solamente hacía posible un imposible sino que convertía las ruinas y la playa en un espacio crítico, en una pregunta abierta a quien pasara por delante. Una broma, un decorado, una obra de arte, una playa... dudas que encubren una reflexión sobre si las cosas podrían ser de otra manera.

En definitiva, se trata de gestos y actividades que alteran la percepción del territorio, tanto para los sujetos que lo han transformado, como para quienes conviven o simplemente atraviesan casualmente dicho espacio. Espacios flexibles que por no tener ningún valor lo tienen todo, son vacíos que permiten usos transgresores y soportan formas diferentes de relacionarse con el entorno. Usos que facilitan la apropiación de los usuarios del espacio, pues «apropiarse de un lugar no es sólo hacer de él una utilización reconocida sino establecer una relación con él, integrarlo en las propias vivencias, enraizarse, y dejar la propia impronta, organizarlo y ser actor de su transformación»(Combart de Lauwe, 1976: 96).

Una apropiación colectiva que hace aflorar distintas formas de habitar el espacio, usos que evidencian embrionarias culturas territoriales, diferenciadas de las dominantes. Apropiación del espacio, corresponsabilidad en su mantenimiento, promoción de usos comunitarios y diseño a una escala humana. «Habitar el hábitat es localizar en el territorio un proceso de reconstrucción de la naturaleza desde identidades culturales diferenciadas»(Leff, 2004).

Unas diferencias culturales materializadas en conflictos con otras apropiaciones de estos espacios sin ley que eran los descampados, es el caso de los coches y la agresiva cultura del automóvil, que trataban de convertir en un aparcamiento cualquier espacio libre en un solar. Estas divergencias sobre los usos del espacio representan una suerte de microconflictos culturales entre concepciones muy diferenciadas de entender los usos del territorio.

Unos usos diferenciados que aprovechan el momento provocado por la amnesia temporal de los diseñadores urbanos. Estos paréntesis en la planificación permiten una mayor libertad para experimentar, vivir un mientras tanto susceptible de ser transformado, haciendo habitable el intervalo entre lo que fue y lo que será. Una apología del uso de los solares, similar a la que promueve Lara Almárcegui (2007) al afirmar que «los descampados me resultan imprescindibles, porque creo que sólo en este tipo de terrenos que los urbanistas han olvidado puede uno sentirse libre».

4 Por un barrio donde quepan muchos mundos

A lo largo de este texto, han aparecido diferentes maneras de enfrentarse a la rehabilitación relacional de los espacios. Unas estrategias referidas, sobre todo, a los solares que habían quedado libres contemporáneamente al proceso que se estaba dando en torno a la remodelación del barrio de Las Californias.

Sim embargo, en la medida en que las condiciones físicas del barrio hacían impracticable ese trabajo, y que las perspectivas de la Asociación de Vecin@s los Pinos (uno de los motores de todo este proceso, junto con el resto de entidades del Centro Social Seco) buscaban ampliar su radio de actuación, la estrategia tenía que probarse a sí misma. Esta prueba de validez se refería a la posibilidad de plantearla de otra manera, de ver qué habíamos aprendido de ella, y si teníamos posibilidades de seguir practicándola en otros espacios.

Si partimos del significado que le hemos ido dando, construir desde lo construido, la estrategia de la rehabilitación relacional continuaba siendo una posibilidad abierta y una práctica que nos podía ayudar dentro de esta ampliación; si bien implicaba la necesidad de prestar especial atención a las prácticas que se dan en un espacio, que lo conforman como espacio social. Al acercarnos a otros espacios, estas deberían ser la base desde la cual construir posibles diálogos.

Buscamos, con los modos ya existentes de construcción del habitar, un proceso «donde los sujetos sociales dan forma al espacio geográfico, apropiándose de él, dotándolo de sus significados y sus prácticas»(Leff, 2004: 241), a través del cual «el sujeto se hace a sí mismo a través de sus acciones»(Pol, 1996). El sujeto colectivo construye parte de sus identificaciones desde los usos, y es desde ahí desde donde se facilitan las posibilidades de reconstrucción de vínculos. Esta fue nuestra base para empezar parte del trabajo de la Asociación destinado a ese magma tan complejo que es la interculturalidad.

Un ejemplo es la actuación que se está desarrollando, entre otras líneas de actuación, a través del diálogo con grupos que usaban los espacios que había debajo del escalextric de Pacífico[3]. Un espacio con usos predeterminados según los planos, pero con otros según las prácticas. Este es un espacio que está ganando calidad en la medida en que está siendo usado de manera cotidiana e intensiva por grupos de población, fundamentalmente inmigrante. Un uso que, tomando como referencia a Paul Virilio, podíamos considerar como metafórico,[4] es decir, las posibilidades del espacio se inventan, tienen poco que ver con aquellas para las que estaba diseñado. De este modo, lugares inhóspitos se han convertido en espacios de socialización cotidiana. El espacio público, como espacio practicado, es esencialmente un espacio de negociación, convivencia y conflicto, en el que, a través de diferentes procesos de asignación de funciones, significación simbólica y apropiación social, se expresan y valoran diferentes formas de relación.

En este caso, el espacio es el lugar de socialización y encuentro cotidiano de numerosos inmigrantes latinoamericanos. La mejor forma de establecer vínculos con ellos era desde ahí. En los inicios de esta relación, se buscó desarrollar un espacio de encuentro que nos permitiera conversar sobre el proceso de investigación y planificación que se estaba poniendo en marcha desde la Asociación de vecinos de cara a acompañar el plan de acción que marcaría su actuación en los próximos años.

El espacio de encuentro se iba conformando previamente de cara a hacer de ese día no sólo un momento de debate sobre los problemas del barrio, sino una gran celebración. Una actividad que nuevamente tuvo cierta carga de conflictividad, a la hora de garantizar que los usos que se estaban haciendo o se planteaban hacer en dicho espacio se permitieran. La intención era que, mediante la legalización puntual de una actividad, se reconociera de manera permanente la legitimidad de los usos que se venían llevando a cabo.

Los usos de ese espacio, que nadie se imaginaría como un lugar de celebración de asambleas, torneos de fútbol, bailes, comidas... se revelaron como posibles a través de la apropiación compartida. Así, las posibilidades de ese rincón y de la plaza que lo alberga, pasaron de la mera imaginación a la realidad. Una cuestión que muestra el conflicto abierto entre el espacio planificado y el espacio usado, donde se revela que de la apropiación, entendida como uso y no como propiedad, surgen saberes y estilos que la propia planificación debería de tener en cuenta en un futuro.

Vamos por la vida como si fuera nuestra


Lámina 3. Los títulos de las diferentes secciones de este texto son pancartas que hemos ido haciendo a lo largo de nuestra historia.

El dinamismo y el cambio que han caracterizado a la vida urbana, escapan de alguna manera a la disciplina que los planificadores tratan de imponer a través del diseño del espacio y de los usos que se le presuponen.

Ignorándolo casi siempre, los urbanistas trabajan a partir de la pretensión de que pueden determinar el sentido de la ciudad a través de dispositivos que dotan de coherencia conjuntos espaciales altamente complejos. La empresa que asume el proyectista es la de trabajar a partir de un espacio esencialmente representado, o más bien concebido, que se opone a las otras formas de especialidad que caracterizan la labor de la sociedad urbana sobre sí misma: espacio percibido, practicado, vivido, usado, soñado...
Delgado, 2007:14

Una dialéctica entre planificadores y planificados que es inherente a la conformación del espacio público, como terreno de conflicto debido a la visibilidad, el reconocimiento, la legitimidad y la identidad entre múltiples sujetos.

Nuestras intervenciones, nuestros gestos de ilusionismo social, han perseguido constantemente incidir y hacernos partícipes, en la medida de nuestras posibilidades, de las transformaciones materiales del entorno. En un primer momento mediante la reapropiación de espacios abandonados (el propio edificio donde surge el Centro Social Seco, o los solares abandonados), para posteriormente, según se va consolidando el distrito a nivel urbanístico, plantearnos el intervenir mediante procesos participativos en las remodelaciones de los espacios públicos ya existentes.

El urbanismo es demasiado importante como para dejárselo a los urbanistas, una frase que resume la necesidad de incorporar la participación a los procesos de diseño del espacio público. Es necesario abrir diálogos con las instituciones o desarrollar espacios reflexivos donde volcar todos los saberes que se escapan de los conocimientos técnicos. La exigencia entonces es la de construir herramientas que nos permitan articular una amplia diversidad de miradas.

Si lo miras desde arriba el mundo es pequeño, pero si lo miras desde abajo el mundo se ensancha tanto que no basta una mirada para envolverlo, sino que son necesarias muchas miradas para completarlo.
Subcomandante Marcos

El primer proceso de este tipo en el que hemos participado, tras el realojo del Centro Cocial Seco en su nueva ubicación, ha sido la remodelación de un parque que se encontraba justo en frente y que desapareció debido a las obras de la M-30. Un parque con cierta historia, pues a mediados de la década de los ochenta, tras años reclamando una zona verde, fue conseguido por las personas que por aquel entonces daban vida a la Avenida de Los Pinos. Los árboles fueron plantados y mantenidos, antes de que tuvieran un sistema de riego municipal, por la gente del barrio. Además durante aquellas jornadas jardineras, donde se hicieron los primeros trabajos de acondicionamiento, se realizó un gran mural que tenía escrita una frase de Martin Luther King que decía «Si supiera que el mundo se ha de acabar mañana, yo hoy aún plantaría un árbol».

Estas anécdotas o historias de barrio sobre la recuperación de dicho espacio nos llevaron a plantearnos el volver a participar en el rediseño de esta modesta zona verde, reactualizando la memoria de lo que sucedió para poner el pasado en valor y adaptarlo al diseño de nuevas necesidades, de cara a que múltiples usos tengan cabida en su interior. Por un lado, hemos conseguido que el parque se llame Martin Luther King, por lo modesto que era no tenía ni nombre, recogiendo un suceso ligado a la historia del lugar y que además coincide con una figura de relevancia mundial en la lucha por los derechos civiles. Por otro lado, hemos conseguido un espacio multifuncional en el que desarrollar actividades al aire libre tales como conciertos, teatro de calle, cuentacuentos, cine de verano..., algo que no existía previamente.

El segundo proceso en el que estamos es la remodelación de la plaza de Pacífico, a la que anteriormente nos hemos referido. Un espacio público que dispone de un diseño que se ha mostrado muy deficiente y cuya remodelación podría responder a muchas de las carencias del barrio y del distrito. Una necesidad de remodelación compartida por la Junta Municipal.

Las cuestiones que se derivan de esta situación son bastante novedosas. Por un lado nos puede permitir abrir un proceso de participación diferente a los que hemos estado poniendo en marcha previamente. Por otro, implica la exigencia de que dicho proceso sea verdaderamente participativo. Un recorrido que servirá para reconocer los nuevos usos que de este espacio se han venido realizando los últimos años, como un paso previo a la construcción de un espacio público de calidad. Un camino todavía pendiente de ser recorrido, y que quizás haga posibles muchos imposibles.

5 Bibliografía

Almárcegui, L.  (2007)   «Demoliciones, huertas urbanas, descampados»,   Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto, Iniciativa para una Arquitectura y un Urbanismo más Sostenibles (IAU+S). También en http://habitat.aq.upm.es/iau+s/ 

Combart de Lauwe, Paul Henry  (1976)   Hombres y ciudades.   Editorial Labor. 

Delgado, M.  (2007)   Sociedades movedizas. Pasos hacia una antropología delas calles.   Barcelona: Editorial Anagrama. 

Escobar, A.  (2005)   Más allá del tercer mundo. Globalización y diferencia.   Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH)

Gravano, Ariel  (2003)   Antropología de lo barrial. Estudios sobre producción simbólica de la vida urbana.   Buenos Aires: Espacio Editorial. 

Leff, E.  (2004)   Saber ambiental. Sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder.   México: Editorial Siglo XXI. 

Lorenzi, E.  (2007)   Vallekas: puerto de mar. Fiesta, identidad de barrio y movimientos sociales   Madrid: Editorial Traficantes de Sueños. 

Pol, E.  (1996)   La apropiación del espacio,   en Iñiguez y Pol, Cognición, representación y apropiación del espacio, Barcelona: Publicacions Universitat de Barcelona, Monografies Psico-Socio-Ambientals, nº 9. 

Rial Húngaro, S.  (2003)   Paul Virilio y los límites de la velocidad.   Madrid: Editorial Campo de Ideas. 

Subcomandante Marcos  (2006)   ¿Qué tan grande es el mundo?   http://www.dosorillas.org/spip.php?article106 

Notas


[1]: Este texto está dedicado con cariño a Nerea Morán, pues fue la primera que se puso a reflexionar sobre el papel de nuestra intervención en los solares del barrio.
[2]: Una descripción muy detallada y exhaustiva de la historia de la Batalla Naval lo podemos encontrar en Lorenzi (2007).
[3]: Este escalextric está situado al lado de una plaza, que es atravesada por una de las carreteras que salen de él, creando un espacio público fracturado y que deja parte de este bajo las mismas. Un espacio escasamente usado y degradado dentro de la plaza, creándose un imaginario hostil respecto a las posibilidades de su uso.
[4]: La idea es pensar como metafórico un uso del espacio que sale fuera del uso más literal, que lo transgrede. Virilio estudia esta idea de la trasgresión de los lugares al analizar las ocupaciones y los usos diferentes que se dieron a los espacios simbólicamente más relevantes durante el 68 francés.


Edición del 15-06-2009
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Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid Universidad Politécnica de Madrid
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