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Boletín CF+S 40. Junio 2009

ISSN: 1578-097X. Edita: Instituto Juan de Herrera.

Una luz en mitad del túnel

Editorial

Habitat Classic Series

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Equipo de edición: Teresa Asensio Gallego, Cesar Corrochano Barba, Agustín Hernández Aja, Carlos Jiménez Romera, Javier Moñivas Ramos, Carlos Prados Cano, Susana Simón Tenorio, Mariano Vázquez Espí.

Editorial

Carlos Jiménez Romera
Madrid (España), 13 de julio de 2009.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino
se hace camino al andar.

Antonio Machado
(Campos de Castilla, 1912)

Un artículo editorial es el medio más inmediato para poner en contacto los contenidos de una publicación con el contexto en el que salen a la luz; en este caso, el contexto viene definitivamente marcado por «la mayor crisis económica desde la Gran Depresión». En cualquier caso, el conjunto de textos aquí reunidos no están escritos pensando en la actual crisis, aunque tal vez sí estén relacionados con la incertidumbre que la acompaña. Esta crisis no ha sido imprevista, diversos expertos venían vaticinando su advenimiento por diversos motivos: la burbuja especulativa en torno al mecado inmobiliario, en torno a las materias primas (no sólo energéticas),... en resumen, una burbuja especulativa generalizada y soportada únicamente por la firme creencia en que todo iba a seguir igual de forma indefinida —después de todo, ni siquiera el 11-S había conseguido desinflar el infinito optimismo capitalista tras la caída del Muro de Berlín.

La nueva situación pone en evidencia la inconsistencia de la fe neoliberal; a nivel doméstico, baste contrastar las advertencias que el sector inmobiliario hacía hace apenas cuatro años frente a las posibles interferencias gubernamentales en un mercado que marchaba bien, con las actuales peticiones de ayuda para evitar el desplome de un sector estratégico de la economía española (en ambos casos, el gobierno ha atendido sus demandas). Las diversas intervenciones públicas en salvaguarda del sistema bancario occidental han puesto en evidencia que las despiadadas recetas neoliberales sólo sirven para los pobres y tercermundistas (incluidos los bancos asiáticos hace apenas un década). En cualquier caso, tampoco esta total ausencia de coherencia ha acallado a los tertulianos neoliberales, que reclaman una inmediata vuelta a la normalidad (volver a privatizar los beneficios una vez socializadas las pérdidas).

Otros efectos colaterales de la crisis merecen una atención especial. Por primera vez desde la firma del Protocolo de Kioto, España ha logrado reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, algo que probablemente también consigan otros muchos países. El consumo se ha hundido, lo cual, afirma la propaganda oficial, es una pésima noticia; la incertidumbre ha hecho que la gente se haya esforzado por vivir con menos y, aparentemente, lo haya conseguido. La escasez ha hecho que algunas personas (muchas o pocas, es una cuestión de apreciación) hayan renunciado al vehículo privado en favor de los transportes públicos. La principal consecuencia negativa es el desempleo, aunque también aquí hay matices que habría que analizar: mientras en Alemania el marco laboral ha permitido reducir jornadas y sueldos sin necesidad de despidos masivos, en España se ha aprovechado la ocasión para despedir a cuantos se ha podido y, con el miedo en el cuerpo, exprimir más aún a los trabajadores restantes. Desde esta perspectiva, el problema no es la reducción del consumo y de las ventas de artículos innecesarios, sino el injusto marco institucional que siempre hace pagar los platos rotos a los mismos.

Volviendo a los tópicos, toda época de crisis también lo es de oportunidades. La gran pregunta es si estamos aprendiendo algo con la actual crisis, y la cuestión no está clara... puede que estemos aprendiendo cosas distintas de las que esperábamos.

Las bases de la crisis están muy dentro de nuestro sistema de pensamiento, un cambio en el mismo tendría consecuencias radicales y, como se está viendo, la situación no es tan mala (al menos para una parte significativa de la población) como para poner en riesgo el sistema. Los hipotecados no se plantean un impago masivo, siguen persiguiendo su pequeña felicidad de propietarios; los conductores se ven obligados a usar menos su automóvil, pero no se replantean su vida cotidiana sin él. De hecho, lo que viene demostrando la crisis es, precisamente, que nuestra capacidad de adaptación es mucho mayor de lo que pensábamos, es decir, que aún es posible una reconversión pacífica siempre y cuando renunciemos a planteamientos de máximos. Mucha culpa de ello la tiene la irracional ineficiencia de nuestra sociedad: si desenchufásemos mañana mismo todas las centrales nucleares españolas (que aportan más del 20% de la electricidad del país) tendríamos que volver a niveles de consumo de... ¡1999! Si en el primer mundo redujesemos nuestra ingesta de carne hasta niveles razonables para nuestra propia salud, aumentaría la disponibilidad global de alimentos básicos en proporciones más que suficientes para alimentar a todos los hambrientos de la Tierra. Como en el caso del desempleo en España, las soluciones pasan por cambios estructurales, pero no en el sentido de aumentar las diferencias entre los privilegiados y el resto, sino más bien replanteándose de raíz las bases sobre las que está construida nuestra sociedad.

Mientras tanto, no es descartable que tengamos que acostumbrarnos a vivir en una crisis permanente.


Edición del 15-7-2009
Boletín CF+S > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n40/   
 
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