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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Nicholas Georgescu-Roegen
Salvo unas cuantas excepciones insignificantes, todas las especies,
dejando fuera al hombre, sólo usan instrumentos endosomáticos, como
los llama Alfred Lotka (piernas, garras, alas, etc.), que
pertenecen por nacimiento a cada organismo. Sólo el hombre llegó,
con el tiempo, a usar un garrote, que no le pertenece por
nacimiento pero que extendió su brazo endosomático e incrementó su
fuerza. En ese momento, la evolución del hombre trascendió los
limites biológicos para incluir también (y sobre todo) la evolución
de instrumentos exosomáticos, es decir, instrumentos producidos por
el hombre pero que no pertenecen a su cuerpo [3]. A esto se debe que
el hombre pueda ahora volar en el cielo o nadar bajo el agua aun
cuando su cuerpo carezca de alas, aletas o agallas. La evolución
exosomática ocasionó dos cambios fundamentales e irrevocables en la
especie humana. El primero es el irreducible conflicto social que
caracteriza a la especie [Georgescu-Roegen, 1966:98-101]
[Georgescu-Roegen, 1971:306-315, 348f]. En efecto, hay otras
especies que también viven en sociedad pero que están libres de
dicho conflicto. La razón es que sus "claves sociales" corresponden
a divisiones biológicas bien definidas. La matanza periódica de una
gran parte de los zánganos perpetrada por las abejas es una acción
biológica natural, no una guerra civil.
El segundo cambio es la adicción del hombre a los instrumentos
exosomáticos, un fenómeno análogo al del pez volador que se hizo
adicto a la atmósfera y se transformó en ave para siempre. Es
debido a esta adicción por lo que la supervivencia de la humanidad
es algo totalmente distinto a las de todas las demás especies
[Georgescu-Roegen, 1971:302-305]. No es sólo biológico ni sólo
económico: es bioeconómico. Sus amplios contornos dependen de las
múltiples asimetrías entre las tres fuentes de baja entropía que
juntas constituyen la dotación de la humanidad: por un lado, la
energía gratis recibida del Sol, y por el otro, la energía también
gratuita y las estructuras materiales ordenadas que están
almacenadas en las entrañas de la Tierra.
La primera asimetría se refiere que el componente terrestre es un
acervo, mientras que el solar es un flujo; es preciso comprender
cabalmente esta diferencia [Georgescu-Roegen, 1971:226f]. El carbón
in situ es un acervo porque podemos usarlo todo ahora (en teoría)
o a lo largo de los siglos. Pero de ningún modo podemos usar la más
mínima parte del flujo futuro de radiación solar. Además, la
intensidad de este flujo está totalmente fuera de nuestro control,
depende por completo de las condiciones cosmológicas, incluyendo el
tamaño de nuestro globo [4]. Haga lo que haga, una generación no
puede modificar la porción de radiación solar de cualquier
generación futura. En cambio, lo contrario es cierto para las
porciones terrestres, debido a la prioridad del presente sobre el
futuro y a la irrevocabilidad de la degradación entrópica. Estas
porciones se ven afectadas por la cantidad de dotación terrestre
que hayan consumido las generaciones anteriores.
La segunda asimetría es que, como no existe procedimiento alguno
que permita al hombre transformar la energía en materia..., la baja
entropía material asequible es con mucho el elemento más crítico
desde el punto de vista bioeconómico. Es cierto que un pedazo de
carbón quemado por nuestros antecesores ha desaparecido para
siempre, al igual que una parte de la plata o el hierro extraído
por ellos. Sin embargo, las generaciones futuras tendrán siempre su
porción inalienable de energía solar (que, como veremos, es
enorme). Así, al menos podrán utilizar cada año una cantidad de
madera equivalente al crecimiento vegetal anual. No existe una
compensación similar para la plata y el hierro disipados por las
generaciones anteriores. Debido a ello, en la bioeconomía se debe
recalcar que cada Cadillac, cada Zim y, desde luego, cada arma,
significan para las generaciones futuras menos arados y en
consecuencia menos seres humanos [Georgescu-Roegen, 1966:13]
[Georgescu-Roegen, 1971:304].
La tercera asimetría es la astronómica diferencia entre la cantidad
del flujo de energía solar y el tamaño del acervo de energía libre
de la Tierra. Al costo de una reducción en la masa de 131 x 1012
toneladas, el Sol irradia cada año 1013 Q (¡un solo Q es igual a 1018
BTU!). De este flujo fantástico, tan sólo unos 5.300 Q se
interceptan en los límites de la atmósfera de la Tierra, y más o
menos la mitad de ellos rebotan al espacio. En nuestra propia
escala, sin embargo, incluso esta cantidad es fantástica, pues el
actual consumo mundial de energía asciende a no más de 0,2 Q por
año. De la energía solar que llega hasta el suelo, la fotosíntesis
absorbe sólo 1,2 Q. De las caídas de agua podríamos obtener un
máximo de 0,08 Q, pero ahora usamos sólo una décima parte de ese
potencial. Piénsese, además, que el Sol seguirá brillando con más
o menos la misma intensidad durante 5.000 millones de años más
(antes de convertirse en una estrella roja que elevará la
temperatura de la tierra a 538. C). No hay duda de que la especie
humana no sobrevivirá para beneficiarse de toda esa abundancia.
Al analizar el acervo terrestre encontramos que, según las mejores
estimaciones, la dotación inicial de combustible fósil fue sólo 215
Q. Las reservas recuperables (conocidas y probables) son de apenas
200 Q; sólo producirían dos semanas de luz solar en el planeta [5].
Si estas reservas se siguen agotando al ritmo actual, bastarán para
satisfacer las necesidades de la actividad industrial por sólo unas
cuantas décadas más. Las mismas reservas de uranio 235 no durarán
un período mayor si se les utiliza en los reactores comunes y
corrientes. Hoy día las esperanzas están puestas en el reactor
reproductor, que con la ayuda del uranio 235 puede "extraer" la
energía de los elementos fértiles pero no fisibles: el uranio 238
y el torio 232. Algunos expertos aseguran que esta fuente de
energía es "en esencia inagotable" [Weinberg y Hammond, 1970:412].
Se cree que sólo en Estados Unidos existen grandes superficies
cubiertas con biopelita y granito que contienen 60 gramos de uranio
o torio natural por tonelada métrica [Hubbert, 1969:226f]. Con esta
base, Weinberg y Hammond [Weibwerg y Hammond, 1970:415f] han
expuesto un ambicioso plan. Explotando a cielo abierto y triturando
todas estas rocas, se obtendría combustible nuclear suficiente para
unos 32.000 reactores reproductores distribuidos en 4.000 parques
marinos que podrían abastecer a una población de 20.000 millones de
personas durante millones de años con el doble de energía por
cápita de la que se consume anualmente en ese país. El gran plan es
clásico del pensamiento lineal, según el cual todo lo que se
necesita para la existencia de una población, incluso "mucho mayor
que los 20.000 millones", es incrementar proporcionalmente todos
los suministros [6]. No es que los autores no nieguen que también hay
problemas no técnicos, pero reducen su importancia con un celo
extraordinario [Weibwerg y Hammond, 1970:417f]. El aspecto más
importante, el de si se puede lograr una organización social
compatible con la densidad de la población y la manipulación
nuclear en gran escala, Weinberg [Weinberg, 1972] lo descarta por
"transcientífico" [7]. Los técnicos suelen olvidar que, debido a sus
propios logros, hoy día puede ser más fácil llevar la montaña a
Mahoma que inducirlo a ir a la montaña. Por el momento, el
obstáculo es mucho más palpable. Hoy día en los foros responsables
se reconoce abiertamente que un reactor reproductor sigue
presentando graves riesgos de catástrofe nuclear; el problema del
transporte seguro de combustible nuclear, sobre todo el del
almacenamiento seguro de los derechos radioactivos, sigue esperando
una solución, incluso en una escala de operación moderada
[Guillete, 1972] especialmente [Gofman, 1972] [Novick, 1974].
Aún queda el sueño más grande de los físicos. La reacción
termonuclear controlada. Para construir un verdadero adelanto, se
debe tratar de la reacción deuterio-deuterio, la única que podría
abrir una formidable fuente de energía terrestre durante un
prolongado período [8]. No obstante, debido a las dificultades antes
mencionadas, los mismos expertos que trabajan en ella no han
encontrado razones para albergar demasiadas esperanzas.
Para redondear, cabe señalar que la energía de las olas y la
geotermia, aunque no son despreciables (en total 0.1 Q al año),
sólo se puede aprovechar en situaciones muy limitadas.
Así pues, está claro el panorama general. Las energías terrestres
con las que realmente podemos contar existen en cantidades muy
pequeñas, mientras que el uso de las más abundantes está rodeado de
grandes riesgos y formidables obstáculos técnicos. Por otra parte,
la inmensa energía solar, que nos alcanza de sobra, aún no se
aprovecha de modo directo en escala significativa, sobre todo
porque desde el punto de vista económico su uso resulta muy
ineficiente. Con todo, ha habido resultados prometedores en
diversos terrenos [Glaser, 1968:11]. Lo que importa desde el punto
de vista bioeconómico es que las posibilidades de usar la energía
solar directamente no están rodeadas de riesgos o grandes
interrogantes: es un hecho totalmente comprobado.
La conclusión es que la dotación entrópica de la humanidad presenta
otra importante escasez diferencial. Desde el punto de vista del
largo plazo extremo, la energía libre terrestre es mucho más escasa
que la recibida del Sol. El punto expone la insensatez de cantar
victoria porque al fin podemos obtener proteínas a partir de los
combustibles fósiles. La razón señala que nos debemos mover
precisamente en la dirección opuesta: convertir sustancias
vegetales en combustible hidrocarburo, una línea por demás natural
que ya han adoptado diversos investigadores [Glaser, 1968:311-313]
[9].
La cuarta asimetría está en el terreno de la utilización
industrial, donde la energía solar presenta mucho más inconveniente
que la energía terrestre. Ésta se encuentra concentrada, a veces en
exceso, de tal suerte que nos permite obtener casi de manera
instantánea grandes cantidades de trabajo, la mayor parte del cual
no se podría obtener de otra manera. En gran contraste, el flujo de
energía solar nos llega con una intensidad extremadamente baja,
como una lluvia fina, casi como una neblina microscópica. La
diferencia importante con la verdadera lluvia es que no se
recolecta de manera natural en riachuelos, después en arroyos y
ríos y por último en lagos, donde la vemos en forma concentrada,
como sucede con las caídas de aguas. Considérense las dificultades
que habría que afrontar si se intentase utilizar directamente la
energía cinética de algunas gotas microscópicas de lluvia conforme
cayesen. La misma dificultad presenta el uso directo de energía
solar (es decir, no a través de la energía química de las plantas
verdes, o la energía cinética del viento y las caídas de aguas).
Con todo, antes se recalcó que dificultad no equivale a
imposibilidad. (Nota del compilador: los escritores más recientes
de Georgescu-Roegen son menos optimistas en torno de las
perspectivas para el uso directo de la energía solar; véase, por
ejemplo, Energy Analysis and Economic Valuation, en Southern
Economic Journal, abril de 1979).
La quinta diferencia o asimetría importante es una ventaja singular
e inconmensurable de energía solar. El uso de cualquier energía
terrestre genera cierto grado de contaminación que, además, es
irreducible y por ende acumulativa, aunque sólo se trate de
contaminación térmica. En contraste, cualquier uso de la energía
solar es libre de contaminantes pues, se use o no, el destino final
de esa energía no cambia: convertirse en el calor disipado que
mantiene el equilibrio termodinámico entre el planeta y el espacio
exterior a una temperatura propicia [10].
La sexta asimetría se refiere a un hecho elemental: la
supervivencia de todas las especies de la Tierra depende, directa
o indirectamente, de la radiación solar (además de algunos
elementos de una capa superficial del medio). Sólo el hombre,
debido a su extensión exosomática, depende también de los recursos
minerales, para cuyo uso no compite con ninguna otra especie pero
que al utilizarlos hace peligrar a muchas especies, incluyendo la
suya propia. De hecho, algunas especies han sido llevadas casi a la
extinción tan sólo debido a las necesidades exosomáticas del hombre
o a sus anhelos por lo extravagante. Pero nada en la Naturaleza se
compara en ferocidad con la competencia del hombre por la energía
solar (en su forma primaria o secundaria). El hombre no se ha
apartado un ápice de la ley de la selva, y si acaso lo ha hecho ha
sido para hacerla aún más despiadada con sus complejos instrumentos
exosomáticos. El hombre ha buscado abiertamente el exterminio de
cualquier especie que le roba alimento o se alimenta de él (lobos,
conejos, hierbas, insectos, microbios, etc.).
Pero esta lucha del hombre con otras especies por el alimento (en
último análisis, por la energía solar) tiene también algunos
aspectos poco visibles. Y, curiosamente, uno de ellos, además de
tener consecuencias de gran alcance refuta de manera por demás
ilustrativa la extendida creencia de que toda innovación
tecnológica constituye un avance en la dirección correcta en lo que
concierne a economizar recursos. Se trata de la economía en las
técnicas agrícolas modernas.
Justus Von Liebig observó que "la civilización es la economía del
poder" [Georgescu-Roegen, 1971:304]. En el presente, la economía
del poder en todos sus aspectos exige un cambio de dirección. En
vez de ser tan oportunistas y concentrar nuestras investigaciones
en el descubrimiento de métodos más eficientes en términos
económicos para capturar la energía mineral (finita y llena de
contaminantes pesados) debemos dirigir nuestros esfuerzos a mejorar
los usos directos de la energía solar (la única limpia y en esencia
ilimitada). Las técnicas conocidas se deben difundir de inmediato
entre todos los pueblos a fin de que todos aprendamos de la
práctica y hagamos avanzar el oficio correspondiente.
Una economía que descanse fundamentalmente en la energía solar
eliminará, aunque no por completo, el monopolio del presente sobre
las generaciones futuras, pues incluso dicha economía tendrá que
seguir capturando la dotación terrestre, sobre todo en busca de
materiales. Las innovaciones tecnológicas sin duda desempeñarán un
papel en esta dirección. Pero es hora de dejar de destacar
exclusivamente (como todas las plataformas lo han hecho hasta
ahora) el incremento de la oferta. La demanda también puede por
tanto desempeñar, en última instancia, un papel determinado, uno
incluso mayor y más eficiente.
Sería necio proponer una renuncia total a la comodidad industrial
de la evolución exosomática. La humanidad no regresará a las cuevas
o, mejor dicho, a los árboles, pero hay ciertos puntos que se
pueden incluir en un programa bioeconómico mínimo.
Primero, debe abolirse por completo la producción de todos los
instrumentos de guerra, no sólo la guerra misma. Es en extremo
absurdo (y también hipócrita) seguir cultivando tabaco si
declaradamente nadie pretende fumar. Las principales naciones
productoras de armamentos pueden lograr un consenso en torno a esta
prohibición sin mayores dificultades si, como afirman, también
poseen la sabiduría para dirigir a la humanidad. Abandonar la
producción de todos los instrumentos de guerra no sólo eliminará
las matanzas masivas con armas ingeniosas; también liberará una
buena proporción de fuerzas productivas que se podrán destinar a la
ayuda internacional sin reducir el estándar de vida de los países
correspondientes.
Segundo, con estas fuerzas productivas así como con medidas bien
planeadas y de buena fe se debe ayudar a las naciones
subdesarrolladas a lograr lo más pronto posible condiciones buenas
(no suntuosas) de vida. Ambos extremos del espectro deben
participar realmente en los esfuerzos requeridos por esta
transformación y reconocer el imperativo de un cambio radical en
sus polarizados puntos de vista sobre la vida [11].
Tercero, se debe reducir en forma gradual la población mundial
hasta alcanzar un nivel en que la humanidad toda se pueda alimentar
adecuada y exclusivamente con productos agrícolas orgánicos [12].
Sobra señalar que las naciones que ahora tienen un alto crecimiento
demográfico deberán realizar grandes esfuerzos para tener logros lo
más pronto posible en esta dirección.
Cuarto, hasta que el uso directo de la energía solar se convierta
en una realidad generalizada o se logre la fusión controlada, todo
gasto de energía (por sobrecalentamiento, sobreenfriamiento,
velocidad o iluminación excesivas, etc.) se debe evitar a toda
costa y si es necesario legislar al respecto.
Quinto, nos debemos curar de la mórbida sed de poseer lujosos
aparatos, espléndidamente ilustrados por un artículo tan
contradictorio como el carrito de golf, y del ansia de esplendores
tan gigantescos como automóviles para dos garajes. Cuando hagamos
eso, los fabricantes dejarán de manufacturar esos "bienes".
Sexto, debemos también eliminar la moda, "esa enfermedad de la
mente humana", como la llama el abad Ferdinando Galiani en su
celebrado Della moneta (1759). Es verdaderamente una enfermedad de
la mente tirar un abrigo o un mueble cuando aún pueden desempeñar
su propósito específico, pero obtener un auto "nuevo" cada año y
remodelar la casa cada dos es un crimen bioeconómico. Otros autores
han propuesto que se elaboren bienes que duren más (p.e., 12,146),
pero es aún más importante que los consumidores aprendan a rechazar
la moda; sólo entonces los fabricantes se preocuparán por la
durabilidad.
Séptimo, y muy relacionado con el anterior, es preciso ampliar la
vida útil de los bienes duraderos con diseños que permitan
repararlos (Una analogía plástica de hoy día es que, en muchos
casos, tenemos que tirar un par de zapatos sólo porque se ha roto
una suela.).
Octavo, en obligada armonía con los pensamientos anteriores, nos
debemos curar de lo que he designado el "circúndrome de la máquina
de rasurar": rasurarse más rápidamente para tener más tiempo para
trabajar en una máquina que rasure con mayor rapidez para tener más
tiempo para trabajar en una máquina de rasurar aún más rápida, y
así ad infinitum. Este cambio exigirá una gran cantidad de
retractaciones por parte de todas esas profesiones que han
embaucado al hombre en esta vacía regresión infinita. Debemos
llegar a comprender que un requisito previo importante para una
vida buena es disponer de una cantidad considerable de ocio
empleado de manera inteligente.
Consideradas sobre papel, en abstracto, las recomendaciones
anteriores en conjunto serían razonables para cualquiera dispuesto
a examinar la lógica en que descansan. Sin embargo, desde que me
interesé en la naturaleza entrópica del proceso económico he tenido
en mente un pensamiento: ¿la humanidad hará caso de un programa que
implique limitar su adicción a la comodidad exosomática? Tal vez el
destino del hombre sea vivir una existencia corta pero apasionante,
excitante y derrochadora, más que una vida prolongada, tranquila y
vegetativa. Que otras especies (las amebas, por ejemplo) sin
ambiciones espirituales hereden una tierra aún bañada en abundancia
por la luz del Sol.
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Fecha de referencia: 31-01-1998
| Boletín CF+S > 4 -- Especial sobre VIVIENDA Y PARTICIPACION SOCIAL > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n4/angeor.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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