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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Mariano Vázquez Espí
Madrid, diciembre de 1997.
Con similar pregunta, ¿Cuanto tiempo seguirán ignorando los
economistas las aportaciones de Georgescu Roegen?, encabezaba
Herman Daly su contribución al homenaje que la Fundación
Argentaria dedicó al pensador rumano el pasado noviembre en
Madrid (España). El 7 de diciembre moría el español en los
Estados Unidos de América. Bastarán las muchas coincidencias
entre sus biografías para justificar la similitud entre ambos
títulos.
Nacidos con cuatro años de diferencia (1906 y 1910), murieron con
sólo tres. Ambos habrían de crecer en países convulsos que
buscaban una racionalidad sensata, justa, sobre todo amable.
Entre otras apoyaturas, ambos apreciaron la aritmética, ese
conjunto de trucos que sirven para pensar con claridad... eso que
ya no se enseña en las escuelas (al decir de Gregory Bateson).
Ambos debieron sobreponerse al fracaso de esa búsqueda. Y ambos
eligieron el exilio ante una cultura dominante que presumían
incapaz de tolerarlos: Georgescu se despidió de la Rumania
stalinista, Candela de la España franquista. En Estados Unidos
uno, en México el otro, consiguieron rehacer sus vidas. A ninguno
le faltó reconocimiento: Georgescu tuvo su etapa gloriosa,
apadrinado por el mismísimo Samuelson (quien le nombró
"economista entre los economistas"), pero nunca llegó a obtener
el "Nobel de Economía", a pesar de la rotundidad de su crítica
(todavía incontestada) a los "teoremas" sobre el equilibrio y
sobre la sustitubilidad de recursos naturales y trabajo por
capital, que por una parte han dado a muchos el dudoso honor del
"Nobel" y que, por otra, han condenado a los países pobres a
prescindir de sus principales riquezas (y a endeudarse comprando
el capital que no tenían). Tampoco le faltaron honores y premios
a Candela. Por citar uno: fue investido doctor honoris causa de
la Universidad Politécnica de Madrid pocos meses antes de que
Georgescu muriera en 1994. Aunque como él mismo relataba,
habiendo salido de España sin tiempo para recoger el título (que
"no saqué en su día porque los timbres costaban 800 pesetas") se
pasó prácticamente la vida sin él, operando bajo la firma de
otros que sí lo tenían. Tampoco le faltó el reconocimiento de la
corporación profesional, proclamado "creador entre los
creadores", "ingeniero entre los ingenieros". Ambos anticiparon
conceptos e imágenes que con el tiempo han sido redescubiertos
en círculos especializados: las aportaciones a la economía
matemática de uno y al diseño de estructuras del otro lo
atestiguan. Ambos fueron ecologistas de primera hora, figurando
en una lista que podría empezar, por ejemplo, con Clausius en el
siglo XIX. En plena y encubierta crisis ecológica, resulta cuando
menos chocante que los homenajes que se han sucedido en España
(muerto Georgescu y todavía vivo Candela) no hayan sido un
reconocimiento espontáneo de lo más actual de su pensamiento
(fueron fruto del empeño pertinaz de admiradores sinceros y poco
dados al panegírico: José Manuel Naredo en el primer caso,
Ricardo Aroca en el segundo). ¿Cómo es que sus aportaciones no
son materia de estudio en las escuelas y facultades? Se trata de
una pregunta que en lo más íntimo me produce sonrojo. Lo cierto
es que, a pesar de los postreros homenajes, sus pensamientos, que
apuntan vigorosamente a la línea de flotación del denominado
pensamiento único, siguen encerrados en estuches de celofán. Como
regalos sin abrir. Reducidos a sabios "especialistas" y
desconocidos. ¿Por qué? ¡Ojalá lo supiera! Sólo tengo una
conjetura. Ambos fueron sobre todo pensadores y lejos de
encerrarse en sus particulares especialidades, arriesgaron
opiniones e ideas sobre temas muy candentes, que podían interesar
a cualquiera, pero que en general no son estudiados por ninguna
especialidad concreta. Con ello renunciaron conscientemente a una
de las formas de medrar más populares de nuestra civilización:
la hiperespecialización en un oscuro tema desconocido para casi
todo el mundo. Con ello renunciaron también a unirse a las
corrientes dominantes de sus respectivas especialidades. Así
resultó fácil ensalzarlos a ambos como rarezas dentro del
panorama general de sus profesiones. Con un resultado palpable:
ocultar sus mejores y mayores logros, que no eran de tal o cual
especialidad, pero que podrían haber interesado a todo el mundo.
La muerte de Georgescu fue pasada por alto, excepción hecha de
una necrológica de oficio en The New York Times. No trato con
estas líneas de evitar otra coincidencia en sus biografías. Sólo
propongo que rasguemos el celofán y abramos el regalo:
escuchémosles durante un rato... Comprobemos que sus palabras
(como las de otras personas de la lista) ofrecen un plano de
inteligibilidad poco común, todavía útil...
-... Una vez comprendidas estas dos leyes de la física, la de la
conservación de la energía y la del aumento de la entropía, lo
único que puede decirse es que, al transcurrir el tiempo, la
energía total permanece constante mientras que su distribución
se hace más uniforme. Y como consecuencia ambas leyes dejan una
libertad muy notable para la evolución de cualquier proceso.
Además esa libertad no es una incertidumbre aleatoria, se trata
de una indeterminación. Sin ella, la vida no podría emplear la
energía de formas tan sorprendentemente diversas como las de una
bacteria, una mariposa, un Homo sapiens y así sucesivamente...
de hecho, una lista potencialmente ilimitada. Pero ¿por qué la
vida adopta diversas formas y no una única? La mecánica clásica
y la cuántica sólo ofrecen como respuesta causa y azar, y ambos
son insuficientes. La primera porque negaría esa libertad. El
segundo porque la reduciría a simple imprecisión o incertidumbre.
Así que seguimos ante un misterio que podría aclarar un principio
fundamental: la emergencia de la innovación en la combinación.
Sin este principio la conclusión sería que las sociedades, los
organismos, las moléculas y los átomos son sólo expresiones de
partículas elementales, pero en ese caso ¡sólo se debería
estudiar las partículas elementales por sí mismas! Pero al igual
que las propiedades del agua (francamente extraordinarias) no se
deducen del cabal conocimiento de los átomos de oxígeno y de
hidrógeno, el comportamiento de un mamífero no se deduce de la
bioquímica particular de su material constituyente. En cada nivel
superior de organización podemos apreciar la emergencia de
novedades, que no estaban anunciadas por los elementos del nivel
inferior.
-Sí, creo que también yo soy formalista, puesto que entiendo el
arte como voluntad de forma. La actividad artística es la que más
nos acerca a esa gran fuerza creadora de la naturaleza, que opera
probando combinaciones posibles de elementos... Por ejemplo, la
arquitectura popular presenta caracteres diferentes en cada
región. Su arquitectura es producto de la experiencia en la lucha
contra las inclemencias del clima y del empleo de materiales
locales y económicos, y su objeto es adaptarse lo mejor posible
a las necesidades. Es pues una arquitectura a la que se llega por
el mismo procedimiento de tanteos y fracasos que emplea la
naturaleza. En cambio la arquitectura culta da lugar a estilos
que son siempre universales. Se originan mediante un proceso
intelectual que trata de satisfacer exigencias suntuarias, y se
ponen de moda si están sancionados por el país que ejerce
predominio cuando surgen. Son arquitecturas oficiales que se
imponen, o se adoptan como un homenaje al más fuerte. Por ello,
la vivienda popular la ha construido siempre el pueblo mismo, sin
importarle lo más mínimo la arquitectura y los arquitectos. La
carencia actual de vivienda es un problema político en el que
sólo podemos intervenir como simples ciudadanos.
-¡Exacto! Verás, tanto la indeterminación como la innovación por
combinación nos invitan a mirar desde otro ángulo todos esos
problemas que se zanjan apresuradamente, en especial el mito de
que la ciencia es medida. En realidad, nuestras ideas se refieren
a formas y cualidades y prácticamente cada forma (por ejemplo,
una flor) y cada cualidad (por ejemplo, ser razonable) son
conceptos dialécticos, es decir, que cada concepto y su opuesto
se superponen en una desdibujada penumbra de amplitud variable.
Ahí es dónde puede saltar la novedad. Y esa penumbra no puede
reducirse a lo que yo llamaría conceptos aritmomórficos. Sucede
sencillamente que el libro del universo no está escrito en el
lenguaje de las matemáticas y de la lógica como quería Galileo,
un lenguaje que dejaría fuera los propósitos de la novedad, y en
particular los propósitos humanos.
-Ahí la ciencia podría encontrarse con el arte. Pero el XIX
representa el triunfo de la ciencia y, sobre todo, de su
aplicación práctica. Es un período de lucidez unilateral de la
humanidad que se condensa en el hecho asombroso de que todo lo
que llamamos ciencia y, sobre todo, sus resultados palpables, son
fruto de siglo y medio. No es pues de extrañar la enorme soberbia
del hombre actual. Cree ser capaz de dominar la naturaleza,
olvidando que antes necesita dominarse a sí mismo, que el germen
de destrucción que lleva dentro de sí amenaza con dar al traste
con toda la civilización. La desequilibrada hipertrofia técnica
sólo servirá, en definitiva, para darle más instrumentos con los
que completar su propia destrucción. Lo que conviene recalcar es
tanto el excesivo aprecio en que se tienen las matemáticas,
consecuencia de la observación superficial del papel
importantísimo que pueden desempeñar, como la creencia en la
infalibilidad de la ciencia, del razonamiento matemático, y de
las teorías racionalistas [y únicas] en todos los órdenes del
pensamiento, incluso en política. Confundiendo lamentablemente
el medio con el fin, se olvida que el rigor y precisión del
razonamiento no pueden garantizar la exactitud de los resultados,
porque siempre hemos de partir de un supuesto original
arbitrario. Por muy evidentes que nos parezcan nuestras
hipótesis, nunca podemos confiar en ellas, puesto que son hechura
nuestra, de nuestros sentidos y, en definitiva, de nuestra
imaginación. Las hipótesis no pasan de ser convenciones que nos
sirven para fijar ideas, y son legítimas mientras no impliquen
contradicción con los resultados de la experiencia.
-Y la única experiencia no mediada por instrumentos es la propia.
La difícil situación del estudioso de la sociedad contemporánea
podría mitigarse por medio de la interpretación empática de sus
propias propensiones y de su estado de ánimo, tarea que no puede
delegarse en ningún instrumento. Sólo una mente humana puede
hacerse idea de lo que piensan otros hombres y cuáles son sus
propósitos. Sin embargo, algunos científicos niegan esto y se han
descolgado con una curiosa propuesta: inventar medios que
obliguen a las personas a comportarse de la forma que "nosotros"
esperamos, de tal modo que "nuestras" predicciones sean siempre
ciertas. El proyecto, en el que se reconoce el afán por conseguir
una sociedad "racional", no puede tener éxito (ni siquiera bajo
coerción física), debido simplemente a su petitio principii: el
primer requisito previo de todo plan es que el comportamiento de
las materias implicadas sea totalmente predecible...
-Pero quizá hay un modo de conseguirlo, aunque dramático. En esta
época de milagros electrónicos, de comunicación instantánea, de
increíble progreso tecnológico y de frenética especialización,
la desmesurada soberbia del hombre actual permanece, lógica
consecuencia de su enciclopédica ignorancia. Esta rapidez en la
comunicación no nos sirve de mucho si no tenemos nada que
decirnos o si lo que decimos es ininteligible. Una avalancha de
información indiscriminada produce peores resultados que la
carencia de ella. Cada vez sabemos menos de más cosas. El
especialista apenas tiene tiempo de hojear lo que se publica
sobre su tema y, por regla general, ignora todo lo demás. Un
creciente número de personas no son siquiera especialistas y su
desconocimiento sobre lo que ocurre en el mundo es casi total,
puesto que se atienen a lo que otros quieren que sepan,
cuidadosamente dosificado en la radio y la televisión. Esta
ignorancia no les impide, sin embargo, tener una errónea
sensación de dominio sobre los productos de la técnica, puesto
que pueden adquirirlos con dinero, y una ciega fe en que la
ciencia les resolverá todos sus problemas. Vivimos otra vez en
un mundo mágico, en el que la brujería ha sido sustituida por una
mítica y misteriosa ciencia sobre la que no tenemos el menor
control. No es pues de extrañar que el hombre medio de nuestros
tiempos crea que todo es posible y que siempre habrá alguien
capaz de hacer realidad sus más descabellados sueños. Los
arquitectos no pueden escapar de este clima surrealista. ¿Para
qué descender a tan prosaicos detalles como el de asegurar que
un edificio tiene posibilidades de ser construido? Quédese esta
tarea para ayudantes de segunda categoría, sin correr peligro de
limitar la capacidad creativa del genio. La Ópera de Sidney, por
ejemplo, constituye un trágico ejemplo de las catastróficas
consecuencias que el desprecio por las más obvias leyes físicas
puede acarrear. Los arquitectos se vanaglorian de construir
fábricas y rascacielos herméticamente sellados, con iluminación
y atmósfera artificiales, incluso en climas benignos. Del World
Trade Center, en Nueva York, se dice que consume más electricidad
que una población de cien mil habitantes (y fue financiado con
la ayuda pública del NY Port Authority, cuando la ciudad no podía
ni permitirse el lujo de pintar las estaciones del Metro).
-También les pasa a los economistas. Es natural que la aparición
de la contaminación les haya cogido por sorpresa tras haberse
deleitado en juguetear con todo tipo de modelos mecanicistas.
Siguen pretendiendo ignorar que un producto inevitable de la
actual industria son los desechos, que "mayores y mejores"
lavadoras, automóviles y aviones tienen que conducir a "mayor y
mejor" contaminación.
-Pero las realidades monetarias se imponen, y el hecho cierto es
que ya no tenemos control. El automóvil, por ejemplo: la
invención y el desarrollo patológico de este instrumento de
transporte son un producto típico de nuestra generación, y su
evolución, uno de nuestros mayores orgullos. Sin embargo, resulta
evidente que no es posible hacer habitables nuestras ciudades
mientras exista. Ni siquiera un gobierno, por autoritario que
fuera, podría enfrentarse al problema con soluciones drásticas.
Veinticinco centavos de cada dólar americano se gastaban en algo
relacionado con el automóvil. Su supresión significaría la
bancarrota del país. La tragedia de los hombres de mi generación
es que estamos ayudando a crear un mundo en el que no creemos.
Quizás, el hombre del futuro no tendrá tales inquietudes. La
libertad de pensar estará penada con cárcel pero es probable que
la mayoría se haya acostumbrado a que piensen por ella. Me han
preguntado muchas veces ¿cuál es su propuesta? ¿qué nos
recomienda? La verdad es que yo también estoy perdido y
desorientado. Cumplidos sesenta años, me había pasado veinte como
constructor y diseñador de estructuras, conocía el oficio de
arquitecto tradicional razonablemente bien, y no encontraba
mercado ni uso para unas habilidades que me costó mucho
conseguir. Era una persona desplazada y no sabía que hacer, ni
si valía para algo.
-No obstante, mezclándolo todo, al menos podemos sopesar la
posibilidad de que la humanidad pueda volver a encontrarse en una
situación en la que considerará ventajoso emplear animales de
carga, pues trabajan mediante energía solar en vez recursos
naturales. Por ejemplo, resulta futil la soberbia que invadió a
algunos al saber que hacia el 2000 podríamos ser capaces de
alimentarnos con proteínas derivadas del petróleo. Más plausible
resulta pensar que, al contrario, el hombre tendrá que obtener
gasolina a partir de cereales (si quiere seguir usando motores).
De modo distinto al del pasado, el hombre tendrá que volver a la
idea de que su existencia es un don gratuito del Sol.
-Sí, sí, de acuerdo. Todos los datos de consumo de energía y
materiales irremplazables son de sobra conocidos y advertencias
como las del Club de Roma no hicieron más que dar un tono
científico al hecho, aritméticamente obvio, de que en un mundo
finito no es posible el crecimiento ilimitado. La naturaleza nos
enseña que todos los organismos crecen hasta un cierto límite,
en el cual alcanzan estabilidad y equilibrio. Sin embargo, los
economistas siguen aferrados al paradigma del crecimiento
continuo, a pesar de los resultados catastróficos que la
aplicación de sus hipótesis está produciendo. El poder desnudo
y bestial se va imponiendo y quizás el mundo esté entrando en
otra Pax Romana, en la que esté otra vez dominado por un gran
imperio militar. [¿No has oido lo que ha pasado en Kioto con el
asunto del dióxido de carbono?] Pero la inevitable caída de tal
imperio es probable que tenga caracteres catastróficos y puede
ser inmediata a su formal establecimiento, puesto que todo
ocurre, ahora, mucho más deprisa que antiguamente...
Nota. Por supuesto, el diálogo es imaginario, ni siquiera sé si
Candela y Georgescu se conocieron. Sin embargo los textos que lo
forman son prácticamente literales, provienen de textos de ambos
con varias décadas de antigüedad. Sólo he añadido allí y allá
unas pocas frases para construir el diálogo. Y en un par de
ocasiones he arriesgado frases acerca de lo que hubieran dicho
si estuvieran todavía vivos. Para evitar dudas estas frases van
encerradas entre paréntesis cuadrados ([]). Como lecturas
recomendables me permito sugerir La ley de la entropía y el
proceso económico de Nicholas Georgescu-Roegen, editada en
castellano por la Fundación Argentaria y Visor (1996); y En
defensa del formalismo y otros escritos de Félix Candela, editado
por Xarait (1985).
Fecha de referencia: 31-1-1998
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