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Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/ncoam.html   
Presentación del decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid
Ricardo Aroca Hernández-Ros
Madrid (España), febrero de 2006.

La arquitectura ha sido sostenible hasta que la explotación de la energía solar acumulada en los combustibles fósiles ha producido una anómala situación de energía barata (estamos quemando cada año la energía acumulada durante un millón de años y aún nos queda para algunos siglos más por lo que en puros términos de consumo energético la situación dista mucho de ser crítica).

El proceso de acumulación de energía solar mediante la fotosíntesis, secuestró grandes cantidades de carbono y liberó el oxígeno que no existía en la atmósfera original, el consumo de combustibles fósiles, acelerado desde que cayó en desgracia la energía atómica, está consumiendo oxígeno y añadiendo anhídrido carbónico a la atmósfera a un ritmo preocupante por las consecuencias que puede tener sobre el clima, cuyo equilibrio es muy inestable, y esto es tal vez la cuestión objetivamente más preocupante de la actual situación.

Una política de energía mucho más cara obligaría a la economía de mercado a orientarse a prácticas más sostenibles y de hecho lleva tiempo practicándose en Europa mediante los impuestos sobre la energía procedente del petróleo; esta política sería más eficaz y podría forzarse más, si los EEUU entraran en el juego, mientras no lo hagan, da lugar a un diferencial de competitividad que impide una elevación mayor de impuestos.

En estos últimos años ha aparecido además una componente ética que va ganando terreno en la mentalidad de los ciudadanos (siempre que no afecte excesivamente al uso de su automóvil) que hace posible implementar medidas de sostenibilidad sin una raíz puramente económica e incluso con resultados que no resisten el mínimo análisis económico e incluso lógico.

Naturalmente aún siendo la energía, de largo, el principal problema en relación con la conservación de recursos y el medio ambiente, evitar la acumulación acelerada de residuos, usar racionalmente el agua, no alterar excesivamente los equilibrios ecológicos, etc. son preocupaciones congruentes si bien en cualquier análisis de la causa de los problemas aparece siempre la energía barata obtenida a partir de los combustibles fósiles.

Volviendo a la arquitectura y el urbanismo, las consideraciones de ahorro energético, utilización racional del agua, preservación del medio natural etc. pueden ser impulsadas de tres maneras:

Es precisamente este convencimiento lo que ha propiciado acuerdos globales, como el que limitó la producción de productos de fluorocarbonados que destruyen la capa de ozono, o el Protocolo de Kioto cuya eficacia final se verá frustrada en gran medida por la negativa de EEUU a ratificarlo, y en la medida en que el convencimiento cale realmente en todos los ámbitos de decisión será menos necesario acudir a políticas de drástico encarecimiento que serían las más eficaces pero precisarían también de un acuerdo global que no parece próximo.

En arquitectura, la vuelta a la sostenibilidad como vocación se enfrenta con un problema: la recuperación de prácticas tradicionales de reciclaje de materiales, uso estructural de la madera, aprovechamiento directo de la energía solar (o protección contra ella) manejando orientaciones y apertura y cierre de huecos, ventilación natural, inercia térmica etc..., no tiene detrás una industria que pueda capitalizarlo, mientras que hay numerosas industrias interesadas en fabricar y vender cachivaches de dudoso y aún negativo rendimiento energético y medioambiental en un análisis completo de su proceso de fabricación y uso (el caso más sangrante es posiblemente el de los paneles fotovoltaicos con procesos de fabricación contaminantes con un consumo energético comparable al que, con suerte, produce el panel durante su vida útil).

La conjunción del estado de opinión pública a favor de la sostenibilidad y las presiones de los fabricantes está dando lugar a disposiciones administrativas que obligan a instalar y/o subvencionan artefactos con olvido de prácticas tradicionales ampliamente contrastadas por la experiencia que no tienen más inconveniente que el de no ser patentables, vendibles, ni tener nombres rimbombantes.

Por otra parte las cacareadas experiencias bioclimáticas de algún promotor público, no son, que se sepa, objeto de un seguimiento posterior para comprobar la eficacia de las soluciones; o si hay datos no son publicados; tampoco hay datos fiables de experiencias más modestas y los datos son necesarios para salir del voluntarismo que impregna todo el difuso y bien intencionado movimiento de la sostenibilidad. La era de energía cara que parece avecinarse hará probablemente más en pro de la sostenibilidad que las buenas intenciones.

Resulta por otro lado curioso que las profusas medidas administrativas que sufrimos olviden las posibilidades de combinación de generación eléctrica y calefacción a nivel de barrio o de las bombas de calor, de probado rendimiento energético, a favor de dudosas técnicas de aprovechamiento de la energía solar.

Puestos a legislar ofrezco, como ya lo he hecho en otros foros dos sugerencias en pro de la sostenibilidad muy fáciles de introducir en las normativas urbanísticas:

Terminaré con una de mis varias experiencias, mucho antes de que la sostenibilidad estuviera de moda (de hecho entonces no tenía ni nombre).

En el mercado de la Puerta de Toledo, calculamos que en el balance energético diario no hacía falta calefacción, las luces y las personas, recuperando el calor del aire de ventilación, bastaban incluso con un ligero superávit, el único problema era calentar el edificio por las mañanas.

Instalamos un sistema para almacenar el calor sobrante por las tardes, calentando el agua del aljibe para incendios, convenientemente sobredimensionado.

Cuando el mercado entró en funcionamiento el servicio de mantenimiento anuló la instalación de recuperación y puso una caldera de gasoil, quiero creer que hoy esto no hubiera sucedido, pero me temo que las instalaciones de aprovechamiento de energía son desconectadas en la práctica con más frecuencia de lo que querríamos admitir.


Edición del 31-12-2008
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Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid Universidad Politécnica de Madrid
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