Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/arfercorto.html   
El tsunami urbanizador español y mundial [1]
Ramón Fernández Durán[2]
Madrid (España), abril de 2006.
Resumen: En este artículo, el autor analiza las condiciones en las que se ha desarrollado el actual auge del sector inmobiliario, dentro del contexto económico mundial, europeo y español; así como sus posibles consecuencias territoriales, sociales, energéticas y económicas.

Apunte biográfico

Causas, impactos globales y repercusión devastadora sobre la piel de toro y sus archipiélagos.
La necesidad de prepararse para el previsible estallido de la burbuja inmobiliaria.


Es un momento excepcional, en que todos los mercados inmobiliarios del mundo están en una fase de expansión. No es normal que todos estén en ciclo expansivo, pero ahora se está dando. Y en ese entorno de crecimiento de negocios y beneficios es difícil estar decepcionado con nada.
Colin Dyer, presidente del grupo inmobiliario Jones Lang Lasalle (El País, 25-12-05)

Nunca habían crecido tanto los precios de la vivienda, por tanto tiempo, y en tantos países (...) El boom inmobiliario global es la mayor burbuja financiera de la historia. Cuanto mayor sea el boom, mayor será el eventual estallido.
The Economist (18-6-05)

En el mismo momento que dejásemos de construir, se derrumbaría todo.
El Roto, viñeta (El País, 7-12-05)

Nada prohíbe la edificación en espacios protegidos.
Francisco Marqués, Consejero de Medio Ambiente de Murcia (La Verdad, 15-5-05)

Cuando las dinastías pusieron la grandeza del poder por encima de la grandeza de la vida, la delgada tierra y la tupida selva no bastaron para alimentar, tanto y tan rápidamente, las exigencias de reyes, sacerdotes, guerreros y funcionarios. Vinieron las guerras, el abandono de las tierras, la fuga a las ciudades primero, y de las ciudades después. La tierra ya no pudo mantener el poder. Cayó el poder. Permaneció la tierra. Permanecieron los hombres sin más poder que el de la tierra.
Carlos Fuentes, Los Cinco Soles de México


Índice General

 

La globalización ceba la burbuja especulativa inmobiliaria en el Norte, y el estallido urbano en el mundo entero

El nuevo capitalismo mundial[3] se desarrolla desde los ochenta con una dimensión crecientemente financiera y especulativa, la más verdaderamente global. Tras el fuerte parón económico de los setenta y primeros ochenta se reinicia una nueva fase de crecimiento económico y, por supuesto, de expansión urbano-metropolitana en todo el planeta.

En el Norte se activa una vez más el crecimiento del sistema urbano superior, en especial de las principales ciudades globales (Nueva York, Londres, Tokio, etc.), pero su crecimiento es más espacial que demográfico, ante el agotamiento progresivo de las migraciones internas campo-ciudad (si bien su incremento de población se ve ayudado por las migraciones externas), y va acompañado de fuertes reestructuraciones internas (terciarización y reforzamiento de sus centros financieros y decisionales). En el Sur, el estallido de sus principales metrópolis hace que éstas pasen ya a ocupar los primeros lugares mundiales en términos demográficos (México DF, Sao Paulo, Lagos, Mumbai, Yakarta, etc.), que no económicos. La deslocalización industrial, los planes de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), el desarrollo del subdesarrollo, las guerras de baja intensidad periféricas, los grupos paramilitares, y sobre todo la desarticulación del mundo rural por la expansión del agrobusiness, son las causas del brutal crecimiento de las megaciudades periféricas; la inmensa mayoría de ellas verdaderos vertederos de la pobreza y la marginación mundial, en gran medida femenina (Davis, 2005).

Al inicio del nuevo milenio, hay unas 400 metrópolis millonarias en el mundo, unas 20 de ellas superan ya los diez millones de habitantes, y unas pocas se sitúan en el entorno de los veinte millones. Más de la mitad de la población mundial (que alcanza 6600 millones) habita ya en áreas urbanas,[4] pero todavía existe un muy considerable mundo rural, campesino e indígena, en muchos espacios de la Periferia, que está amenazado por el desarrollo, y sobre todo por la expansión de la agricultura industrializada o agrobusiness.

Recientemente, la lengua de lava urbano-metropolitana en muchos países del Norte, se ha visto reactivada de forma exacerbada por nuevas dinámicas financiero-especulativas. La huida masiva de capitales de los mercados bursátiles a partir de 2000 (hasta 2003), como resultado del estallido de la burbuja financiera tecnológica de la llamada new economy, y la fuerte bajada de los tipos de interés del dólar que impulsó la Reserva Federal de EEUU a partir de entonces, han generado unas condiciones globales de una enorme liquidez, que ha buscado, y busca, dónde aposentarse.

Así, se ha propiciado una enorme capacidad de creación de dinero mundial, en base al crédito, a la generación de deuda a todos los niveles. Deudas que se sustentan unas sobre otras, en una pirámide que (hasta ahora) parece no tener fin. Hay dinero para todo (aunque no para todos), y especialmente, hay una enorme cantidad de dinero que se ha orientado en muchos países del mundo, sobre todo en los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), hacia el sector inmobiliario. Se está gestando pues desde hace ya unos años una mastodóntica burbuja especulativa que ha sido caracterizada por The Economist (18-6-05) como el mayor proceso especulativo de la historia del capitalismo. Además, se están creando las condiciones para exacerbar aún más esta locura. Nuevos instrumentos financieros para alimentar a la bestia, para que no desfallezca, para que no estalle, por el bien de todos. Los fondos de pensiones e inversión en expansión se orientan cada vez más hacia el sector inmobiliario. Se crean nuevos fondos inmobiliarios en los países centrales, a los que se les da todo tipo de ventajas fiscales, para que atraigan inversiones.

Todo ello ha generado un boom constructor que, junto con la expansión del consumo que ha propiciado (hasta ahora) el dinero barato y el efecto riqueza de la revalorización inmobiliaria, han permitido superar la crisis de la burbuja tecnológica del año 2000, generando un nuevo tirón de la economía mundial. Se ha puesto a trabajar, a demandar y a consumir (artificialmente) al territorio. Pero no sólo es construcción residencial, de oficinas, o de centros comerciales; los fondos de pensiones y las aseguradoras están plenamente dispuestos a invertir en negocios de creación de grandes infraestructuras que, además, son necesarias para interconectar la fábrica global y las metrópolis, y para alojar (e incentivar) la movilidad motorizada que genera todo este modelo productivo (mundial) y territorial, al tiempo que permiten su propagación. El dinero se encuentra más seguro, en general, invirtiendo en el suelo de Occidente, aunque también sale a hacer sus pinitos tímidamente en los territorios periféricos, y en concreto en China (The Economist, 18-6-05).

¿Y qué pasa en Europa, en su territorio?

En la UE a 15 se ha ido consolidando históricamente un espacio altamente urbanizado: el llamado Pentágono (entre las metrópolis de Londres, París, Munich, Milán y Hamburgo), que representa el 18% de su superficie, donde se concentra casi la mitad de su población (41%) y la mitad de su Producto Interior Bruto (PIB).

Los distintos procesos de ampliación del proyecto europeo han favorecido y realzado históricamente al Pentágono. Las principales metrópolis europeas (Londres, París, Frankfurt, el Randstadt[5]...) se encuentran en su interior, aunque otras relevantes se ubican fuera de él, pero dentro de los quince (Berlín, Madrid, Barcelona, Estocolmo, Copenhague, Roma, Viena...), y manifiestan de nuevo muchas de ellas considerables crecimientos demográficos y sobre todo espaciales, así como fuertes reestructuraciones internas. Asimismo, es en la mayoría de los quince donde el boom inmobiliario está siendo más intenso, destacando entre todos ellos el caso de España, seguida de Irlanda, Gran Bretaña, Francia, Suecia, Dinamarca...(The Economist, 18-6-2005).

Se está creando, como decimos, un nuevo tipo de capitalismo (a escala global y europea) que es cada vez más ciudad-céntrico, y en el que se reconfigura también su territorialidad, que trasciende las fronteras del estado-nación y pasa a operar a escalas supraestatales, en nuestro caso el Mercado Único y la Eurozona (Brenner, 2003). La ciudad, por así decirlo, se desacopla de las economías nacionales, que se reconfiguran a su vez para pasar a operar cada vez en unos marcos más amplios. Aunque, eso sí, los estados ponen los recursos para resaltar sus principales metrópolis, con el fin de competir mejor en el mercado europeo y mundial. Lo mismo hace la UE, para lograr que el conjunto de la Unión sea un territorio altamente competitivo. Ya no sólo se buscan economías competitivas, sino territorios competitivos. El transporte cumple un papel articulador trascendental, pues la globalización, el Mercado Único y la nueva división del trabajo a escala europea implican una progresión imparable de la movilidad motorizada (interna y externa), sobre todo viaria y aérea (el ferrocarril pierde peso relativo en el interior de la Unión), que crece a un ritmo muy superior al de la actividad económica. A su vez, el modelo productivo y territorial es causa y producto del estallido de la movilidad motorizada, tanto de personas como de mercancías. No en vano el transporte es el responsable del 40% de la energía que se consume en la UE (Estevan, 2005).

Pero Europa, y especialmente su área central, el Pentágono, está cada vez más colapsada. En ese corazón asistimos desde hace años a un verdadero infarto circulatorio, que se intenta paliar creando aún más infraestructuras. El tráfico ha destruido hace tiempo la habitabilidad de las ciudades y ahora lo está haciendo con regiones enteras. En este espacio central europeo occidental, el modelo territorial y de transporte entra cada vez más en colisión con la agricultura industrializada, pues en él se ubican también las tierras más llanas, fértiles y productivas de la Unión. Pero la máquina no se puede parar, pues si no colapsa, y se justifica la construcción de más autopistas (aunque se fomentan también nuevas conexiones en alta velocidad ferroviaria) por la mejora ambiental que conlleva su ejecución, al permitir luchar contra la congestión.

Así pues, para la construcción de infraestructuras se buscan fondos a todos los niveles: estatales, comunitarios y especialmente privados (Estevan, 2005). Pero los estatales están limitados por las exigencias del Plan de Estabilidad, que condiciona el gasto público, y los comunitarios por el marco presupuestario de la Unión, cada vez más exiguo, aunque se pretende destinar en el futuro gran parte de los fondos de la Política Agraria Común (PAC),en fuerte replanteamiento por los nuevos acuerdos de comercio mundial; a la creación de infraestructuras comunitarias; y es por eso que se quiere recurrir cada vez más a las nuevas formas de financiación del Banco Europeo de Inversiones, de capitales privados, o a fórmulas de colaboración público-privada, apoyadas por nuevos impuestos (ecológicos) y nuevos peajes. Eso sí, todo ello con aval estatal, por si acaso es preciso socializar el riesgo.

Caminamos, pues, hacia una Europa con unos crecientes desequilibrios territoriales, agudizados por una ampliación de la Unión que se realiza reduciendo la cuantía relativa del presupuesto comunitario. Menos dinero para más socios, aunque eso sí, garantizando como sea su interconexión a través de grandes infraestructuras, para que funcione el mercado y sean posibles las deslocalizaciones empresariales con el fin de aprovechar al máximo su mano de obra barata. Es decir, hacia una dualización en ascenso del territorio, en donde las ciudades más periféricas, o excéntricas a los ejes de desarrollo, buscan como sea conectarse a los nodos principales a través de grandes infraestructuras (autopistas o trenes de alta velocidad), o de importantes aeropuertos y superpuertos, para no quedar marginadas del crecimiento. Para no quedar como ciudades perdedoras.

España: un Prestige de cemento azota sus costas, e inunda también muchos enclaves del interior

En el año 2002 escribíamos cómo el crecimiento español, auspiciado por la integración en el proyecto europeo y su apertura a la Economía Mundo, estaba generando un modelo territorial que concentraba la población y la actividad económica en el 20% de su territorio, al tiempo que abandonaba el 80% restante. Es decir, un verdadero vaciamiento de casi toda la España interior. Esta excepcionalidad sin duda se acentúa si consideramos que dentro de ese 20% del territorio se encuentra todo el arco mediterráneo, el tramo final del eje del Guadalquivir y los archipiélagos balear y canario, todos ellos en general con agudas carencias de agua. Y ya apuntábamos entonces la intensa ocupación del territorio que se estaba dando por el proceso urbanizador, ocasionando un fuerte impacto ambiental (Fernández Durán, 2002).

Los datos por satélite del Corine Land Cover del 2000 han confirmado estas reflexiones. Pese a los márgenes de incertidumbre de esta fuente, se detecta que la ocupación del territorio por el proceso urbanizador en la década de los noventa en suelo español fue sustancialmente más acusada que la habida a escala de toda la UE a 15, ya de por sí alta (un incremento del 6% en ese periodo), y superó el 25% del suelo previamente urbanizado, al tiempo que el bosque perdía 250.000 hectáreas. En algunas provincias: Madrid, Valencia, Murcia y Navarra, esa nueva ocupación alcanzaba nada más y nada menos que al 50% del territorio ya urbanizado (según datos del Instituto Geográfico Nacional, 2004). ¡En sólo una década! Y todo eso era antes de los cinco años de euforia urbanística que hemos vivido, y que todavía estamos padeciendo. ¿Qué es lo que habrá sucedido, pues, en este quinquenio en el que España ha estado en el ojo del huracán inmobiliario europeo (y mundial)?

En este último periodo se han ido batiendo anualmente todos los récords históricos en número de viviendas construidas, hasta finalmente alcanzar las 800.000 viviendas iniciadas en 2005 (la media anual en los noventa fue de 350.000).[6] Dicha cifra supera el número de viviendas construidas en Francia, Alemania y Reino Unido juntos, que suman una población aproximadamente cuatro veces mayor que la española y manifiestan una renta per cápita considerablemente superior (Rodríguez López, 2005). Esta nueva marea constructora ha reforzado y extendido hasta extremos difíciles de imaginar las tendencias territoriales previamente señaladas, y ha llegado a afectar asimismo hasta a los lugares más recónditos del territorio español, debido a la fiebre de la segunda residencia, al llamado «turismo rural» y a la proliferación de estaciones de esquí y complejos turísticos asociados. El cemento no tiene mal de altura. Así pues, los espacios más calientes en cuanto a actividad constructora no han sido sólo las grandes regiones metropolitanas, que también (caso de Madrid), sino muy en concreto las áreas costeras, donde la muralla de cemento no sólo afecta al litoral marino, sino también a espacios cada vez más internos. Y la mayor presión constructora (relativa) se está manifestando precisamente allí donde menos agua hay (Murcia y Almería). Como en EEUU, la construcción, junto con el consumo (auspiciado por la revalorización patrimonial creada por la burbuja inmobiliaria), se han convertido en los principales motores del crecimiento español.

Claves de este fenómeno y sus consecuencias

España lleva doce años de crecimiento ininterrumpido, después de la crisis del 92-93, que contrajo de forma importante la producción y el empleo. Desde entonces hemos pasado de unos tipos hipotecarios en torno al 15% a menos del 4% en los últimos años. Esta circunstancia ha contribuido a volver a poner en marcha el crecimiento, a crear empleo (aunque sea precario) y a impulsar decisivamente la máquina inmobiliaria interna, haciendo mucho más accesible la financiación hipotecaria, que además ha ido ampliando sus plazos para atraer aún más clientes.

Pero no podemos explicar lo sucedido exclusivamente en clave de demanda interna, pues la demanda exterior ha sido un factor verdaderamente determinante. Ciudadanos comunitarios que compran una residencia, para retirarse como pensionistas, o simplemente como segunda (o tercera) residencia, en los lugares tradicionales de sol y playa; y sobre todo, la entrada masiva de capitales internacionales hacia el sector inmobiliario español (fondos de pensiones, de inversión e inmobiliarios, y también, cómo no, grandes cantidades de dinero negro de particulares y mafias internacionales), que contempla la vivienda y el suelo como pura inversión, pues se revaloriza de forma espectacular.

Así pues, los inversores-especuladores (foráneos e internos) y los compradores de segunda residencia son los que mantienen principalmente esta demanda de vivienda tan desaforada. Pero el sector de la construcción es mucho más que el mercado de vivienda, y la ocupación espacial que promueve y altera el territorio, también, aunque las nuevas tipologías residenciales (boom del chalet adosado en las periferias urbanas y metropolitanas) han repercutido decisivamente en la acusada ocupación espacial por parte de los nuevos desarrollos residenciales. Así, la creación de infraestructuras de transporte (autopistas, trenes de alta velocidad, aeropuertos, grandes puertos, etc.) ha sido verdaderamente espectacular, impulsada por la inversión estatal en estos últimos diez o quince años, ayudada también por una entrada igualmente masiva de fondos comunitarios (fondos estructurales, de cohesión, etc.), que han supuesto anualmente en torno al 1% del PIB en el último periodo; pero ha estado lubricada también por los créditos del Banco Europeo de Inversiones (BEI), y por una fuerte inversión privada en nuevas autopistas de peaje. Estas inversiones han convertido a España en el país de la UE con más kilómetros de autovías y autopistas en relación a su población (Segura, 2005). Todo ello ha sido clave para impulsar el crecimiento metropolitano y urbano en mancha de aceite. Como parte de este proceso cabe señalar la construcción de numerosos parques de oficinas, tecnológicos y empresariales en los bordes de los corazones metropolitanos (y aún más allá), así como la apertura de más de un tercio de todos los centros comerciales existentes (casi 500) tan sólo en el último quinquenio en las periferias de las conurbaciones (El País, «El Quinquenio de la Euforia», especial, invierno 2005-2006); seguida de un abundante número de centros de actividades logísticas, necesarios para abastecer tamaño incremento de la oferta de consumo; así como grandes operaciones de parques temáticos y de ocio[7] en los hinterlands de las grandes ciudades, que se han visto engrasadas y posibilitadas, en muchos casos, a partir del flujo de inversión (en infraestructura y en suelo) del sector público, y los créditos de las cajas de ahorro regionales (auspiciados desde el poder político autonómico).

Todas estas actuaciones han contribuido de forma avasalladora a la ocupación directa e indirecta (canteras, vertederos) del territorio, destruyendo sus ecosistemas, alterando el paisaje y desarticulando las actividades rurales que se desarrollaban en los espacios periurbanos (cercanos y lejanos), desbordando absolutamente los marcos de planeamiento preexistentes.

En el interior de las grandes conurbaciones este terremoto también se ha manifestado con especial intensidad, provocando fuertes reestructuraciones y remodelaciones internas, incentivadas igualmente por una más que cuantiosa inversión pública en infraestructuras, sobre todo en red de metro y grandes operaciones viarias de acceso y circunvalación, cada vez más periféricas. Entre todas ellas, el caso madrileño de la macro-remodelación de la M-30 es un verdadero dislate paradigmático. Las grandes constructoras de obra civil hacen su agosto y las tuneladoras no dan literalmente abasto (hay doce operando en el subsuelo madrileño), provocando desastres como el de El Carmel. El espacio público ciudadano en el interior de las ciudades se ve cada día más alterado, privatizado y gentrificado [8]. Mientras tanto, el centro histórico se va convirtiendo poco a poco en un museo, que se remodela en ocasiones a golpe de reestructuraciones justificadas en nombre de grandes contenedores culturales, en un proceso de disneyficación de los centros urbanos, cada día más tomados por las transnacionales (Starbucks, McDonalds, Tony Roma's, etc.). Todo ello es factible, por el momento, por el endeudamiento municipal y autonómico que permite nuestra pertenencia al euro, que ya ha empezado a pagar el ciudadano de a pie en forma de incrementos muy por encima de la inflación de las tarifas de los transportes públicos o del Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI).

Este frenesí constructor se ha visto auspiciado a escala estatal también por la desregulación urbanística a todos los niveles, y por el hecho paralelo de que hay mucha gente que se ve también beneficiada o favorecida (directa o indirectamente) por esta fiebre del cemento y la especulación. Aunque sean también multitud los damnificados, éstos no tienen voz, o no está articulada, o no lo suficientemente. Sobre todo la madre naturaleza, que sufre calladamente todas estas perturbaciones. De esta forma, las medidas liberalizadoras de suelo que se iniciaron en los noventa, se han visto aún más intensificadas con el cambio de siglo, con el objetivo de eliminar restricciones al mercado y posibilitar las reclasificaciones urbanísticas sin freno. Esto ha sido especialmente así a partir de la ley del suelo estatal de 1998, que ha llegado a ser conocida como la «ley del todo urbanizable» (sobre todo por las posibilidades que brindaba de clasificar como urbanizable el suelo rústico sin especial protección), y que diversas comunidades autónomas han desregulado aún mucho más (o están en proceso de hacerlo). Es este nuevo marco legislativo el que permite una urbanización del campo sin control, lo cual ha hecho que podamos decir que el planeamiento territorial y urbanístico ha pasado en general a mejor vida. Es el fin del planeamiento como un acto político colectivo, mínimamente pautado y controlado (a distancia) por la ciudadanía.

La posibilidad de promoción indiscriminada de urbanización del suelo rústico al margen de los planes de ordenación, y sobre todo la clasificación del suelo independiente del mismo, ha agilizado hasta extremos insospechados el negocio urbanístico, que consiste en comprar el territorio por hectáreas y venderlo por metros cuadrados. La ganancia principal está en la gestión del suelo, mediante el procedimiento de comprar barato, reclasificar y vender, con rentabilidades sencillamente fabulosas. Y estos planes urbanísticos se sacan adelante gobierne quien gobierne, y con alianzas contra natura. Es el dinero (los chorros de dinero, mejor dicho) el que pone en marcha todo el proceso que se intenta llevar a cabo, y se consigue, caiga quien caiga. Además, los ayuntamientos están utilizando el patrimonio municipal de suelo que consiguen con los nuevos desarrollos urbanísticos para financiarse, vendiéndolo como forma de solucionar sus problemas de tesorería y ampliar su capacidad de actuación (obras de todo tipo), pero sacrificando el derecho a la vivienda de sus ciudadanos más desprotegidos; aunque también se ven tentados a ello por el deficiente sistema de financiación de las entidades locales.[9]

Donde esta fiebre urbanizadora y clasificadora de suelo ha adquirido una mayor temperatura, aún más patológica si cabe, ha sido en el litoral valenciano y en Murcia, seguida de la provincia de Málaga (donde destaca Marbella), y más recientemente de otras partes del litoral andaluz (Almería, Cádiz, Huelva), que hasta hace no mucho habían quedado bastante al margen de la marea inmobiliaria.

El hecho de que España se haya convertido en el país europeo con mayor número de viviendas por mil habitantes para nada quiere decir que se hayan satisfecho, o que se estén en trance de hacerlo, las necesidades sociales de este bien básico. El estado español es líder europeo de viviendas secundarias y vacías en relación a la población. El parque de viviendas, pues, está muy desigualmente repartido, y el mercado hace que, a pesar de las facilidades de financiación hipotecaria, una gran parte de la población haya quedado desplazada del mercado, al tiempo que la vivienda social se ha desplomado. Es más, se está produciendo una venta ilegal sin freno de los pisos protegidos, por dos y tres veces su valor. Por otra parte, el endeudamiento familiar se ha duplicado en menos de diez años, pasando del 34% de la renta disponible en 1986, y el 52% en 1997, al 105% en 2005, con una cuarta parte de la población endeudada a más de 15 años (Forcadell, 2006). El endeudamiento ha crecido en estos años a un ritmo tres o cuatro veces superior al PIB, y este ritmo es sencillamente insostenible, como ha alertado hasta el gobernador del Banco de España. Por otro lado, el mercado de alquiler ha quedado reducido a su mínima expresión (el más bajo porcentualmente de la UE), con unos precios abusivos, y es crecientemente inaccesible para los sectores jóvenes, y no jóvenes, de la sociedad (Naredo, 2005; Malo de Molina, 2005). Se está produciendo pues un verdadero terremoto social, con una enorme transferencia de rentas de los sectores no propietarios a los sectores propietarios de la sociedad, del trabajo al capital, cuyas consecuencias, unas brutales desigualdades sociales, son ya palpables. Una consecuencia más de este nuevo capitalismo global de acumulación por desposesión en el que estamos instalados (Harvey, 2004), que llega hasta al mobbing para echar a inquilinos y propietarios indeseados, lo cual provoca una dualización en ascenso entre propietarios y no propietarios.

Ante la marcha por ahora imparable del tsunami urbanizador, se están articulando en muchas zonas de la geografía española muy diversas y amplias iniciativas ciudadanas de oposición, que hasta ahora son incapaces de frenar esta sinrazón, pero están teniendo ya una considerable incidencia política y social. Abusos urbanísticos No, Murcia no se vende, Compromís pel territori, La Vega Baja no se vende, Ni una cama más, Salvem l'horta, Red Andaluza en defensa del territorio, Contra la especulación y por la defensa de las montañas, Salvem Mallorca, Salvemos el Aljarafe, La Granada que queremos...son algunos de los nombres de las plataformas ciudadanas que han ido surgiendo ante estas agresiones al territorio y a la sociedad. Hasta los hoteleros en determinados espacios se han puesto del lado de los denunciantes, ante el temor de que el desmadre urbanístico acabe con su gallina de los huevos de oro: el turismo.

La fragilidad e insostenibilidad de esta demencia

A nadie se le escapa que la actual dinámica inmobiliaria y territorial, así como económica y social, es profundamente injusta e insostenible. A corto plazo, es muy factible que estalle la burbuja especulativa inmobiliaria internacional, empezando probablemente en EEUU, y que ello tenga una aguda repercusión mundial, como han alertado los principales organismos financieros internacionales. De hecho, los ritmos de crecimiento del sector inmobiliario ya están flexionando claramente a la baja en muchos países que se han visto particularmente afectados por el boom de los últimos años, incluido España.

Si se produce este escenario, el milagro español se vería afectado de lleno. Además, la subida de tipos en EEUU repercutiría con toda seguridad en un alza paralela de tipos por parte del Banco Central Europeo (BCE). Ya ha empezado a producirse, como decimos, a pesar del amplio coro de voces en contra (Comisión Europea, Consejo Europeo, OCDE, etc.), y se aventuran ya unos tipos de interés del euro en torno al 3,5% para finales del año 2006 (Forcadell, 2006), lo que incidirá fuertemente en la economía española. Y este reducido pronóstico puede ser mayor, repetimos, si se precipita la crisis del dólar, o se agudiza aún más la crisis del petróleo, o las dos al mismo tiempo. El propio gobernador del Banco de España ha advertido de la posibilidad de «una abrupta y desordenada corrección en el futuro del mercado inmobiliario» (Caruana, 2005). El impacto de un escenario así será sin duda demoledor en el estado español.

Además, el nivel que han alcanzado el endeudamiento familiar y el encarecimiento de la vivienda puede ser ya un serio freno al crecimiento futuro. El parón constructor que conllevaría el estallido de la burbuja inmobiliaria podría arrastrar una brusca regresión del crecimiento, al incidir también de forma muy importante en la capacidad de consumo, amén de la exposición al riesgo que bancos y cajas tendrían ante la incapacidad de pago de muchos de los créditos que han concedido, y la repercusión social que ello pueda ocasionar en las rentas más débiles. Por otra parte, la pertenencia al euro en este caso sí sería un problema para salir de una crisis de esta naturaleza, pues no existiría la posibilidad de devaluación, que permitiese poner el motor del crecimiento económico otra vez en marcha, y se entraría en una situación de depresión económica de la que sería muy difícil salir, como ha advertido el propio gobernador del Banco de España (Caruana, 2005).

Los problemas de gobernabilidad política y social en un escenario de esa naturaleza son evidentes: el incremento brusco del paro; la fuerte subida de unas hipotecas sobre pisos que, de repente, pueden valer mucho menos en el mercado que cuando se suscribieron; la incapacidad de pago de las rentas más bajas; la pérdida de viviendas en trance de adquisición a favor de las entidades financieras; la crisis y posible quiebra de muchas de ellas y la consiguiente necesidad de salvamento que se arbitraría por parte del Estado (no se puede «dejar quebrar» al Santander, al BBVA, o a La Caixa), que se intentaría que fuera financiada por los ciudadanos de a pie, etc. De hecho, el Banco de España ha alertado también sobre el hecho de que en España haya el doble de sucursales bancarias que la media de la UE, y que esta tremenda expansión de oficinas se ha llevado a cabo a impulsos de la locomotora del crecimiento del crédito hipotecario, lo cual puede ser un lastre adicional en costes para las entidades bancarias si estalla la burbuja inmobiliaria. El nuevo presidente de la asociación de bancos ya ha dicho que estos se preparen para un «cambio de ciclo» (El País, 24-5-06). Una situación así puede crear escenarios difícilmente manejables. Eso por no hablar de la ingobernabilidad y la guerra civil molecular que se produciría por el incremento de las tensiones interétnicas, en un contexto de aguda crisis económica y social, y lucha entre «los de abajo» por un empleo escaso. Esas tensiones ya existen en la situación de bonanza actual, se están azuzando por determinados actores políticos, y muy probablemente se intensificarán cuando se produzca un intenso y prolongado parón económico. Un escenario ideal para que proliferen los grupos de extrema derecha y las posturas abiertamente racistas.

Pero la insostenibilidad del presente modelo productivo y territorial se agravará aún más como resultado de la agudización (en marcha) de los desequilibrios ecológicos. De hecho, las últimas catástrofes naturales —el maremoto asiático o los huracanes norteamericanos— han puesto de relieve la vulnerabilidad de las estructuras urbanas y turísticas contemporáneas. Y la creciente escasez de recursos naturales no renovables, los cambios bruscos en los ecosistemas y las catástrofes naturales pueden afectar también a Europa, y por supuesto al territorio español. Lo están haciendo ya, y estos condicionantes se acentuarán en el futuro. El último informe medioambiental de la Unión, a pesar de su tono edulcorado, así lo atestigua (EEA, 2005). Europa está sufriendo la mayor alteración ambiental de los últimos 8.000 años. Desaparecen los glaciares alpinos y el desierto avanza desde el sur. En este siglo que comienza, se prevé una subida entre dos y seis grados en la temperatura media, algo mayor que en el resto del mundo. En los últimos cien años tan sólo ha subido un grado, y ya estamos viendo sus consecuencias. El mayor incremento de la temperatura se prevé en el Mediterráneo, y en concreto en la Península Ibérica. El sur europeo se volverá más seco, y el norte más húmedo.

La agricultura se verá fuertemente afectada en todo el sur europeo: menos agua, más evapotranspiración y más plagas, lo que redundará en una aún menor soberanía alimentaria. En la Península Ibérica se prevé la desertificación grave de unas tres cuartas partes del territorio, siendo el riesgo muy alto en el Levante y el Sureste. El riesgo de incendios por el aumento de las temperaturas y las sequías se intensificará, agudizando la situación ya catastrófica de las últimas décadas. Se estima que se producirá también un considerable aumento del nivel del mar, que puede llegar a ser de un metro en el escenario más desfavorable, pero que podría llegar a alcanzar hasta los trece metros, si es que se produce un abrupto cambio climático al fundirse los hielos de Groenlandia y la Antártida (EEA, 2005). El impacto de todo ello en el caso europeo, donde una parte muy importante de la población habita en las áreas costeras, no es preciso subrayarlo. ¿Y qué es lo que podría llegar a pasar con la muralla de cemento de todas nuestras costas en estos escenarios? Éstos son tan sólo algunos datos sacados del informe, que ponen frontalmente en cuestión la sostenibilidad del modelo territorial que está impulsando el actual tsunami urbanizador.

El modelo de crecimiento español ya es profundamente impactante e insostenible desde hace décadas, lo que pasa es que hasta ahora la sostenibilidad local se garantiza alterando y agotando sus bienes fondo (agua, suelo, biodiversidad, etc), y sobre todo recurriendo cada vez más a importar sostenibilidad global. Es decir, recursos de todo tipo del resto del mundo, sobre todo de América Latina y África.

Reconstruir la habitabilidad y la sociedad sobre el territorio

Es preciso, pues, dar un giro profundo en la orientación de nuestro futuro, para gestionar a corto plazo de la mejor forma el declive previsible, después del subidón de este último periodo, y para reconducirlo de una manera más equitativa y en equilibrio con el entorno. Lo cual sólo será posible a partir de multitud de procesos moleculares, de pequeña escala, desde abajo, que vayan contra la lógica dominante. De especial importancia serán aquellos que pretenden frenar (y revertir) el crecimiento urbano, así como rescatar y revitalizar el mundo rural, ante los escenarios de agudas crisis que se vislumbran en el horizonte. Sólo así podremos reducir sensiblemente nuestra huella ecológica, y parar (y regenerar) la degradación ecológica y social en ascenso.

Habrá que parar como sea la lengua de lava urbanizadora y la construcción de nuevas infraestructuras que la promueve, y dejar de sepultar inversión en las metrópolis. Ir eliminando infraestructuras de transporte para atacar la progresión imparable de la movilidad motorizada, pues la naturaleza y el transporte horizontal masivo son enemigos.[10] Reducir nuestro creciente nomadismo, al tiempo que nos enraizamos más sobre el territorio. Relocalizar la economía y crear cercanía, para disminuir las necesidades de transporte motorizado, al tiempo que procuramos una creciente autogestión y control de los procesos productivos. Promover la utilización del transporte colectivo menos costoso, impactante y contaminante (no al AVE, no más metros —ya hay mucho construido—), y en especial los medios de transporte no motorizado, en concreto la bicicleta y el caminar. Limitar nuestra dependencia exterior de recursos, restringir el consumo energético fósil, y fomentar las energías renovables que promuevan nuestra autonomía. Sanear y reconstruir asimismo los sistemas ambientales y territoriales devastados, creando una nueva geografía. Rearticular lo local de forma integrada con los ecosistemas que lo acogen, para ganar en autosuficiencia. Regenerar, en la medida de lo posible, el inmenso espacio de no lugares que se ha creado en los crecimientos metropolitanos periféricos, al tiempo que recuperamos para la habitabilidad el interior y el espacio público de las ciudades. Ayudar a cerrar ciclos naturales de materiales, para reducir el impacto del metabolismo urbano-agro-industrial. Recuperar las huellas territoriales del pasado generadoras de paisaje cultural. Reconectar nuestras formas de conocimiento y cultura con el territorio, desde una perspectiva multicultural e intercultural —mestiza—. Redefinir los espacios públicos y privados para el equilibrio de género, y en paralelo revalorizar las tareas de cuidados. Y sobre todo rescatar el importante patrimonio agrícola construido durante generaciones en torno a los asentamientos humanos, que se está arrasando y tirando literalmente por la borda. Todas las sociedades antes del capitalismo fueron sociedades campesinas, y las que le sobrevivan también lo serán, aunque no sean iguales a las del pasado. No podrán serlo. Pero, eso sí, habrá mucho que aprender de ellas (Magnaghi, 2003; Amin, 2005; Badal y López, 2006).

En definitiva, se trataría de frenar el crecimiento económico (el gran tabú de nuestro tiempo), que fomenta siempre el crecimiento urbano, e impulsar un decrecimiento controlado, reduciendo poco a poco el ámbito de la economía monetaria, recuperando el control social del dinero,[11] sometiendo el mercado a la sociedad, desmantelando los grandes conglomerados empresariales, y estableciendo el control del trabajo sobre unos procesos productivos que se orienten a estar en paz con el planeta. Es hora ya de abrir un debate en profundidad sobre la imposibilidad física del crecimiento continuo en un mundo finito, la biosfera, y la necesidad de romper con la lógica del beneficio y de la mercantilización y acumulación constante. En suma, se trataría de propiciar (desde abajo) la creación de una pluralidad y diversidad de modelos territoriales e institucionales (más allá —o mejor dicho, más acá— de la UE y sus Estados), que tengan en cuentan las distintas realidades sociales, culturales y de los entornos naturales y paisajísticos, aún por definir y concretar, que se puedan relacionar en equilibrio y de forma solidaria con muchos otros mundos posibles.

Referencias bibliográficas

Amin, Samir  (2005)   «El dudoso porvenir de las sociedades campesinas»,   El Viejo Topo, abril, 2005 
Brenner, Neil  (2003)   La formación de la Ciudad Global y el reescalamiento del espacio del Estado en la Europa Occidental Postfordista,   http://www.scielo.cl 
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Fernández Durán, Ramón  (2003)   Destrucción global versus regeneración local,   en López, Daniel y López, Ángel, Con la comida no se juega, Traficantes de Sueños, Madrid 
Forcadell  (2006)   Informe Inmobiliario. Actualidad y perspectivas   Universidad de Barcelona, Barcelona 
Harvey, David  (2004)   El nuevo imperialismo   Akal (colección Cuestiones de Antagonismo), Madrid 
Magnaghi, Alberto  (2003)   Le Project Local   Mardaga. Bruselas 
Malo de Molina, José Luis  (2005)   «Una larga fase de expansión de la economía española»,   Papeles Ocasionales del Banco de España, http://www.bde.es 
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Segura, Paco  (2005)   «El PEIT: Echando gasolina al fuego»,   El Ecologista, 43, primavera 

Notas


[1]: La versión que publicamos en este libro se basa en la resumida por Yayo Herrero, publicada en El Ecologista, número 48, pp.20-24. La versión completa de este artículo ha sido publicada por la editorial Virus en junio de 2006 y podrá consultarse en http://habitat.aq.upm.es
[2]: Miembro de Ecologistas en Acción
[3]: Eso que la literatura oficial ha venido a denominar «globalización», y que no es sino una brutal redefinición de todo tipo de relaciones de poder (capital transnacional-capital nacional; capital financiero-capital productivo, capital-estado, capital-trabajo, centro -periferias), en beneficio de las sectores más transnacionalizados y financiarizados del capital de los espacios centrales.
[4]: En 1800 el porcentaje de población urbana mundial era del 3%, de una población total de unos 1000 millones de habitantes, y en 1900 el 15%, de una población global de 1500 millones (Fernández Durán, 2003).
[5]: Conurbación formada por Ámsterdam, La Haya, Rotterdam y Utrecht, es decir, gran parte de Holanda, el territorio más urbanizado y artificializado del globo.
[6]: En la primera etapa de fuerte desarrollismo (1960-1975), durante el Franquismo, el máximo de construcción de viviendas se alcanza en 1973 con 553.000 viviendas (Rodríguez López, 2005). Tras el periodo de crisis 1975-1985 hubo otro repunte constructor de 1985 a 1992 que no alcanzó ese máximo, con un fuerte auge de precios, tras el cual se produce un parón y caída relativa de precios que no se empieza a remontar hasta 1996, pero los anteriores máximos históricos, y muy en concreto el de 1973, han quedado claramente sobrepasados por el tsunami constructor y urbanizador de los últimos cinco años.
[7]: Time Warner, en Madrid; Terra Mítica, en Alicante; Port Aventura, en Tarragona; Isla Mágica, en Sevilla...
[8]: Sustitución de la composición social popular de los barrios centrales por sectores de rentas más altas.
[9]: La supresión del Impuesto de Actividades Económicas (IAE) que impulsó el PP, con fines electorales de cara a captar el voto de ciertas clases medias, les privó de una importante vía de financiación.
[10]: El 99% de la biosfera está formada por biomasa fija (Estevan, 2006).
[11]: Desarrollando monedas locales y sistemas de trueque, para reconducir el actual modelo hacia unos parámetros más sustentables. El decrecimiento económico se puede llevar a cabo garantizando al mismo tiempo la producción, el consumo y los servicios necesarios.


Edición del 31-12-2008
Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/arfercorto.html   
 
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