Ciudades para un Futuro más Sostenible
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El tsunami urbanizador español y mundial
Ramón Fernández Durán| Madrid (España), abril de 2006.
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Reconstruir la habitabilidad y la sociedad sobre el territorio

Los primeros en abandonar los espacios urbanos no fueron los desheredados, que a fin de cuentas tampoco tenían donde ir, sino los ciudadanos más poderosos que, hasta entonces, eran los líderes del modo de vida metropolitano (...) Se puede decir que, en cierta forma, los dueños y señores abandonaron a su suerte las grandes ciudades. Esto supuso el principio del fin (...) Cuando las ciudades —abandonadas por los sectores más ricos y cultos—, sufrieron el impacto de las sucesivas ecocrisis del siglo I (después del Error Fatal), se derrumbaron como un castillo de naipes (...) Cuando fallaron los suministros eléctricos, de gas y de agua, el servicio de recogida de basuras, etc., las ciudades se volvieron sencillamente inhabitables. Además, las grandes ciudades costeras, orgullo de la civilización imperial, se inundaron por la subida del nivel de las aguas. A causa de todo ello podemos afirmar que, a finales de la primera centuria después del Error Fatal, no quedaba prácticamente ninguna gran ciudad sobre la faz de la Tierra (...) Abandonados por sus gobernantes, los habitantes de las zonas oscuras volvieron a sus antiguas formas de organización y producción, y consiguieron crear economías de subsistencia independientes del flujo global de la economía. Más tarde se produjo el retorno a estas zonas de millones de emigrantes desengañados de la miseria de los bidonville.
Juan Ibarrondo, Retazos de la red (novela de política-ficción)

Es preciso, pues, dar un giro profundo en la orientación de nuestro futuro, para gestionar a corto plazo de la mejor forma el declive previsible, después del subidón de este último periodo, y para reconducirlo de una manera más equitativa y en equilibrio con el entorno; lo cual sólo será posible a partir de multitud de procesos moleculares, de pequeña escala, desde abajo, que vayan contra la lógica dominante. De especial importancia serán aquellos que pretenden frenar (y revertir) el crecimiento urbano, así como rescatar y revitalizar el mundo rural, ante los escenarios de agudas crisis que se vislumbran en el horizonte.[53] Sólo así podremos reducir sensiblemente nuestra huella ecológica, y parar (y regenerar) la degradación ecológica y social en ascenso. Y para que se pueda producir esta nueva vuelta al campo, abordar la cuestión de la propiedad de la tierra, y su creciente mercantilización, es un tema clave, pues su actual estructura lo impide. Podemos apuntar algunas vías para conseguir este cambio de modelo, aunque no es éste el objetivo principal de este texto, pues es algo que habrá que ir definiendo colectivamente, y actuar entre todos en consecuencia. Y para lograrlo todavía no se da una amplia conciencia social, que a lo mejor sólo empieza a surgir después de una crisis profunda. De cualquier forma, sí que podemos esbozar algunos posibles rasgos que deberán tener, estimamos, esos senderos de transformación; rasgos que serán tanto de deconstrucción como de regeneración de la base material y estructural de nuestra sociedad, y que se deberán llevar a cabo a través de procesos radicalmente democráticos, que hoy ya se apuntan por diversos movimientos sociales. Y esos procesos de deconstrucción y regeneración no se podrán promover sin un cambio paralelo de las estructuras políticas, desde sus niveles más locales, a través de dinámicas sociales verdaderamente participativas. Sólo así podremos caminar hacia modelos más justos, solidarios, antipatriarcales y en consonancia con el entorno ecológico. Pero veamos ya cuáles podrían ser algunos de esos rasgos de deconstrucción y regeneración.

Habrá que parar como sea la lengua de lava urbanizadora y la construcción de nuevas infraestructuras que la promueve, y dejar de sepultar inversión en las metrópolis. Ir eliminando infraestructuras de transporte para atacar la progresión imparable de la movilidad motorizada, pues la naturaleza y el transporte horizontal masivo son enemigos.[54] Reducir nuestro creciente nomadismo, al tiempo que nos enraizamos más sobre el territorio. Relocalizar la economía y crear cercanía, para disminuir las necesidades de transporte motorizado, al tiempo que procuramos una creciente autogestión y control de los procesos productivos. Promover la utilización del transporte colectivo menos costoso, impactante y contaminante (no al AVE, no más metros —ya hay mucho construido—), y en especial los medios de transporte no motorizado, en concreto la bicicleta y el caminar. Limitar nuestra dependencia exterior de recursos, restringir el consumo energético fósil, y fomentar las energías renovables que promuevan nuestra autonomía. Sanear y reconstruir asimismo los sistemas ambientales y territoriales devastados, creando una nueva geografía. Rearticular lo local de forma integrada con los ecosistemas que lo acogen, para ganar en autosuficiencia. Regenerar, en la medida de lo posible, el inmenso espacio de no lugares que se ha creado en los crecimientos metropolitanos periféricos, al tiempo que recuperamos para la habitabilidad el interior y el espacio público de las ciudades. Ayudar a cerrar ciclos naturales de materiales, para reducir el impacto del metabolismo urbano-agro-industrial. Recuperar las huellas territoriales del pasado generadoras de paisaje cultural. Reconectar nuestras formas de conocimiento y cultura con el territorio,[55] desde una perspectiva multicultural e intercultural —mestiza— (en la que ya estamos instalados), al tiempo que recreamos nuevas estructuras comunitarias. Redefinir los espacios públicos y privados para el equilibrio de género, y en paralelo revalorizar las tareas de cuidados. Y sobre todo rescatar el importante patrimonio agrícola construido durante generaciones en torno a los asentamientos humanos, que se está arrasando y tirando literalmente por la borda. Todas las sociedades antes del capitalismo fueron sociedades campesinas, y las que le sobrevivan también lo serán, aunque no sean iguales a las del pasado. No podrán serlo. Pero, eso sí, habrá mucho que aprender de ellas (Magnaghi, 2003; Amin, 2005; Badal, 2006).

En definitiva, se trataría de frenar el crecimiento económico (el gran tabú de nuestro tiempo), que fomenta siempre el crecimiento urbano, e impulsar un decrecimiento controlado, reduciendo poco a poco el ámbito de la economía monetaria, recuperando el control social del dinero,[56] sometiendo el mercado a la sociedad, desmantelando los grandes conglomerados empresariales, y estableciendo el control del trabajo sobre unos procesos productivos que se orienten a estar en paz con el planeta. Es hora ya de abrir un debate en profundidad sobre la imposibilidad física del crecimiento continuo en un mundo finito, la biosfera, y la necesidad de romper con la lógica del beneficio y de la mercantilización y acumulación constante. En suma, se trataría de propiciar (desde abajo) la creación de una pluralidad y diversidad de modelos territoriales e institucionales (más allá —o mejor dicho, más acá— de la UE y sus Estados), que tengan en cuentan las distintas realidades sociales, culturales y de los entornos naturales y paisajísticos, aún por definir y concretar, que se puedan relacionar en equilibrio y de forma solidaria con muchos otros mundos posibles.


Notas


[53]: Recordemos que las grandes crisis económicas o bélicas del pasado siglo XX hicieron volver no sólo los ojos, sino también a la población, hacia el medio rural, donde podía asegurarse mejor la subsistencia.
[54]: El 99% de la biosfera está formada por biomasa fija (Estevan, 2006).
[55]: La diversidad cultural es una muestra de la adaptación a recursos escasos y al medio.
[56]: Desarrollando monedas locales y sistemas de trueque, para reconducir el actual modelo hacia unos parámetros más sustentables. El decrecimiento económico se puede llevar a cabo garantizando al mismo tiempo la producción, el consumo y los servicios necesarios.


Edición del 30-6-2014
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