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El tsunami urbanizador español y mundial
Ramón Fernández Durán| Madrid (España), abril de 2006.
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La fragilidad e insostenibilidad de esta demencia

Esperando atemorizados el reventón de la burbuja inmobiliaria

A nadie se le escapa que la actual dinámica inmobiliaria y territorial, así como económica y social, es profundamente injusta e insostenible. A corto plazo, es muy factible que estalle la burbuja especulativa inmobiliaria internacional, empezando probablemente en EEUU, y que ello tenga una aguda repercusión mundial, como han alertado los principales organismos financieros internacionales: FMI (2006), BIS (2005), etc. De hecho, los ritmos de crecimiento del sector inmobiliario ya están flexionando claramente a la baja en muchos países que se han visto particularmente afectados por el boom de los últimos años, incluido España. La razón es que los tipos de interés han empezado a endurecerse en todo el mundo. Desde hace unos dos años en EEUU (donde se ha pasado del 1% en junio de 2004, al 4,75% en la actualidad), más tarde en el área del euro, aunque todavía de forma tímida (han saltado del 2% al 2,5%); y el Banco de Japón ya ha anunciado también que va a iniciar una subida de tipos,[43] después de varios años de un interés prácticamente cero. El resto de los principales bancos centrales del mundo (del G-10), condicionados por los primeros, ya han alertado asimismo sobre el fin de los tipos de interés bajos. Todos ellos buscan quizás por esta vía un desinflamiento ordenado y coordinado de la mayor burbuja financiero-especulativa de la historia del capitalismo: el tsunami inmobiliario internacional, y también el control de otras burbujas especulativas que se han activado en los tres o cuatro últimos años por los reducidos tipos de interés alcanzados (bursátil, capital riesgo, derivados, etc.). Pero la situación está fuera de control, la han creado ellos mismos, y lo más seguro es que se produzca una corrección brusca.

Este proceso se puede ver acelerado si se precipita la crisis del dólar (en gestación en los últimos años), pues ello obligaría a la Reserva Federal a subir súbitamente los tipos de interés para ayudar a financiar los agudos desequilibrios financieros y comerciales estadounidenses,[44] causa de la quiebra de la fe en el billete verde (Fernández Durán, 2004). El propio FMI (2006) ha alertado al respecto. Y esta subida se verá incentivada igualmente para hacer frente al incremento de la inflación que se derivará del fin de la era del petróleo barato. El repunte de los precios del crudo en los últimos tiempos ha sido espectacular. Ya estamos instalados de lleno en una nueva etapa de petróleo caro (cercana a los 75 dólares cuando se termina de escribir este texto), máxime si nos adentramos en el escenario de peak oil[45]; o se producen crisis político-militares en Oriente Medio (en concreto en Irán), o en otras áreas extractoras del oro negro, o nuevos Katrinas, o si se recrudece la especulación financiera sobre los precios del petróleo en el mercado de derivados (lo que también está ocurriendo). A lo que se suma la subida generalizada del precio de las materias primas (crecientemente escasas), tras unos veinte años de bajada y contención, ante la fuerte irrupción en la demanda mundial de China e India, hecho que repercutirá también en la inflación, en la demanda e igualmente en el freno del crecimiento. Un factor más a añadir a la vulnerabilidad de un crecimiento mundial basado en la expansión del crédito a todos los niveles, créditos que se sustentan unos sobre otros. Este castillo de naipes se puede venir abajo si se frena el crecimiento global, y se demuestra imposible devolver las deudas e hipotecas contraídas. El intento de desplazar en el tiempo (hacia el futuro) y amortiguar los ciclos económicos capitalistas, mediante la creación de liquidez sin freno, esta loca huida hacia delante, parece haber tocado a su fin. Todo ello puede contribuir al estallido de la abultada burbuja inmobiliaria internacional, que puede provocar una depresión-deflación planetaria. La caída del crecimiento en EEUU provocaría una brusca reducción del consumo, como resultado del pinchazo de los precios de los activos inmobiliarios y de la subida de tipos de interés, y tendría un fuerte impacto mundial. Además, la repercusión sobre la economía real será mucho mayor en caso de estallido de una burbuja inmobiliaria, que en el de una bursátil (como la de 2000-2003), como el propio FMI ha alertado, y como se ha podido observar durante quince años ya en el caso de Japón. El problema es que ahora esa situación se trasladaría a escala global, con consecuencias imprevisibles (Fernández Durán, 2006).

El milagro español, si se produce el escenario anterior, se vería afectado de lleno por él. Además, la subida de tipos en EEUU repercutiría con toda seguridad en un alza paralela de tipos por parte del BCE. La cual ya ha empezado a producirse, como decimos, a pesar del amplio coro de voces en contra (Comisión Europea, Consejo Europeo, OCDE, etc.), y se aventuran ya unos tipos de interés del euro en torno al 3,5% para finales del año 2006 (Forcadell, 2006), lo que incidirá fuertemente en la economía española. Y este reducido pronóstico puede ser mayor, repetimos, si se precipita la crisis del dólar, o se agudiza aún más la crisis del petróleo, o las dos al mismo tiempo. El propio gobernador del Banco de España ha advertido de la posibilidad de «una abrupta y desordenada corrección en el futuro del mercado inmobiliario» (Caruana, 2005). El impacto de un escenario así será sin duda demoledor en el estado español, que además manifiesta una aguda dependencia del oro negro. El propio FMI (2006) dixit: la economía española ha ido acumulando en los últimos años el mayor déficit por cuenta corriente con relación al PIB del mundo (más del 7% del PIB), es decir, de los más de 190 países del planeta, y que hasta ahora se ha podido financiar sin problemas debido a nuestra pertenencia al euro (Alonso, 2005), y a la entrada masiva de capitales foráneos sobre todo en el sector inmobiliario.[46]

Por otro lado, España está perdiendo cada vez más base productiva y competitividad a escala de la Unión (resultado también de una inflación persistentemente por encima de la media europea), de ahí también su abultado déficit exterior. Este déficit se podría agudizar adicionalmente si se acentúa la migración de la industria del automóvil a los países del Este, por la incapacidad de competir con los costes de su mano de obra, como ya ha empezado a ocurrir (Volkswagen en Pamplona), lo que provocaría una situación muy delicada en los núcleos urbanos que dependen de esta industria (Valladolid, Vigo, Valencia, Zaragoza, Sevilla, etc), ya que en algunos de ellos la dependencia es muy fuerte. La situación se podría agravar aún más si los flujos de beneficios que provienen de las transnacionales que operan en América Latina se ven bruscamente reducidos (ya hemos dicho que representan más del 5% del PIB español), como consecuencia de un empeoramiento de la situación económica de ese amplio espacio (por la subida de los tipos de interés del dólar, debido a la abultada deuda externa que tienen, y a la inestabilidad monetaria que generaría); o como consecuencia de una puesta en cuestión de las condiciones en las que operan las grandes empresas españolas, debido a los importantes cambios sociopolíticos que están teniendo lugar al Sur del Río Grande. Una verdadera rebelión contra el creciente expolio transnacional. Y a todo ello habría que sumar el inicio del cierre del grifo de los fondos comunitarios que ha empezado ya (todavía de forma suave), y se va a ir agravando hasta 2013, lo cual va a afectar de forma considerable a la construcción de obras públicas.

Además, el nivel que han alcanzado el endeudamiento familiar y el encarecimiento de la vivienda puede ser ya un serio freno al crecimiento futuro. El parón constructor que conllevaría el estallido de la burbuja inmobiliaria podría arrastrar una brusca regresión del crecimiento, al incidir también de forma muy importante en la capacidad de consumo, amén de la exposición al riesgo que bancos y cajas tendrían ante la incapacidad de pago de muchos de los créditos que han concedido, y la repercusión social que ello pueda ocasionar en las rentas más débiles. Por otra parte, la pertenencia al euro en este caso sí sería un problema para salir de una crisis de esta naturaleza, pues no existiría la posibilidad de devaluación, que permitiese poner el motor del crecimiento económico otra vez en marcha, y se entraría en una situación de depresión económica de la que sería muy difícil salir, como ha advertido el propio gobernador del Banco de España (Caruana, 2005). Algo así, como hemos visto, es lo que ha pasado en Portugal. Es decir, una crisis asimétrica dentro del área del euro; esto es, que puede afectar a un determinado territorio, en este caso España, y no a otro, o con especial intensidad en nuestro caso debido a una circunstancia específica: la locura inmobiliaria sustentada en el aluvión de capitales foráneos, que ya ha empezado a flexionar a la baja. A ello habría que añadir el brusco empeoramiento que un hecho así provocaría en la solvencia general de las empresas españolas (al margen del sector de la construcción), que se ha visto reforzada en estos años por la gestión de sus activos inmobiliarios.

España es uno de los Estados de la Eurozona que más se ha beneficiado de la entrada en el euro (al tiempo que el ciudadano de a pie ha visto encarecerse los distintos bienes básicos). Eso sí, agravando sus desequilibrios internos hasta límites imposibles de soportar si no estuviese en la moneda única. Se podría decir que el Estado y la economía española han actuado como verdaderos gorrones dentro del área del euro. Han podido incurrir en semejante desequilibrio exterior porque todo funciona como si fuéramos una región de la Eurozona, que tiene un ligero superávit comercial con el resto del mundo (gracias principalmente a Alemania y a Francia), y es por eso que se nos da crédito. El euro no podría soportar un desequilibrio comercial como el que tiene el dólar. Los mercados financieros le habrían puesto rápidamente en su sitio. Es decir, se habría producido una devaluación importante del euro. Pero es España principalmente la que está erosionando esta situación, que puede llegar a estallar, en el conjunto de la Eurozona. De hecho, recientemente el Financial Times anunciaba que el BCE había hecho un ejercicio de simulación en el que se estudiaba lo que podría pasar a escala de la Eurozona si se producía una quiebra del sector inmobiliario importante, o una crisis bancaria fuerte (Parker, 2006). ¿Se está pensando ya en lo que puede ocurrir en la Eurozona si estalla la burbuja inmobiliaria en España (y en otros países)? ¿Puede afectar la ola de choque de la quiebra previsible del sector constructor español (y de otros) a la credibilidad del euro? El tamaño de la economía española es considerable, y si se ve sacudida por una fuerte crisis, ello puede llegar a afectar al propio euro.

De hecho, la inquietud de los promotores inmobiliarios españoles empieza a ser evidente. Las ventas empiezan a dilatarse en el tiempo, las inversiones foráneas a disminuir, el crecimiento de los precios inmobiliarios a orientarse a la baja, el número de viviendas construidas a retraerse sensiblemente, las condiciones de financiación de las operaciones urbanísticas a endurecerse (como resultado de la subida de tipos de interés), etc. Y además, los tímidos intentos del gobierno socialista de introducir unas mínimas correcciones en todo este desmadre (cambios en la valoración de los terrenos para todos los propietarios, tanto a efectos de expropiaciones como de suelos rústicos, limitaciones a las posibilidades de los ayuntamientos para dedicar cesiones de suelo a financiar gastos propios,[47] nueva normativa de construcción de viviendas, nueva ley forestal para prevenir nuevas Terras Míticas,[48] nueva regulación más estricta de los agentes inmobiliarios, etc.) están haciendo saltar también todas las alarmas. Parece que se acaba la gallina de los huevos de oro de la especulación legalizada. Y últimamente estamos viendo cómo se ofrecen todo tipo de anzuelos, que antes no eran necesarios, para vender los productos inmobiliarios que cada vez tienen una mayor dificultad de acogida por el mercado. Ahora se regalan coches, se sortean pura sangre, se conceden cheques de hasta 6.000 euros para gastar en centros comerciales (la división inmobiliaria de Carrefour), se regalan fines de semana en hoteles de lujo, etc, etc, eso sí, si se compra un piso o un chalet. Se ven ya las orejas al lobo, y todo el mundo empieza a temer el estallido inmobiliario.

Los problemas de gobernabilidad política y social en un escenario de esa naturaleza son evidentes: el incremento brusco del paro; la fuerte subida de unas hipotecas sobre pisos que, de repente, pueden valer mucho menos en el mercado que cuando se suscribieron; la incapacidad de pago de las rentas más bajas; la pérdida de viviendas en trance de adquisición a favor de las entidades financieras; la crisis y posible quiebra de muchas de ellas y la consiguiente necesidad de salvamento que se arbitraría por parte del Estado (no se puede «dejar quebrar» al Santander, al BBVA, o a La Caixa), que se intentaría que fuera financiada por los ciudadanos de a pie, etc. De hecho, el Banco de España ha alertado también sobre el hecho de que en España haya el doble de sucursales bancarias que la media de la UE, y que esta tremenda expansión de oficinas se ha llevado a cabo a impulsos de la locomotora del crecimiento del crédito hipotecario, lo cual puede ser un lastre adicional en costes para las entidades bancarias si estalla la burbuja inmobiliaria. El nuevo presidente de la asociación de bancos ya ha dicho que estos se preparen para un «cambio de ciclo» (El País, 24-5-06). Una situación así puede crear escenarios difícilmente manejables. Eso por no hablar de la ingobernabilidad y la guerra civil molecular que se produciría por el incremento de las tensiones interétnicas, en un contexto de aguda crisis económica y social, y lucha entre los de abajo por un empleo escaso. Esas tensiones ya existen en la situación de bonanza actual, se están azuzando por determinados actores políticos, y muy probablemente se intensificarán cuando se produzca un intenso y prolongado parón económico. Un escenario ideal para que proliferen los grupos de extrema derecha y las posturas abiertamente racistas.

La metrópoli como espacio de la crisis global. La explosión del desorden[49]

Por otro lado, nos adentramos en una época en que se va a ver alterado de forma importante el marco de funcionamiento diario de los grandes espacios urbano-metropolitanos. No sólo en la Periferia, donde el caos y la ingobernabilidad están ya instalados en muchas de las mega-ciudades, sino en las propias conurbaciones de los espacios centrales. El fin del petróleo barato va a incidir de lleno en los dos talones de Aquiles del actual modelo productivo y territorial: el transporte motorizado y la agricultura industrializada, lo cual va a incentivar un auge importante del coste de vida y del funcionamiento diario de las regiones metropolitanas, al tiempo que el empleo y la existencia se vuelven cada día más precarios en las mismas. En los últimos años hemos empezado a ver las consecuencias que se pueden derivar de los escenarios de crisis energéticas que se avecinan. Los grandes apagones en la costa Este de EEUU y Canadá, uno de los espacios más urbanizados del globo, o los acontecidos en Italia, Dinamarca o el área del Gran Londres, son tan sólo un anticipo de lo que puede llegar a ocurrir, y de las repercusiones económicas y sociales que se pueden derivar de estas interrupciones, que hasta ahora han sido sólo de horas. Sobre todo en las principales metrópolis de los espacios centrales que basan su dominio mundial en su papel de centros rectores decisionales del nuevo capitalismo global, transnacionalizado y financiarizado. Es preciso recordar que la UE importa del exterior del orden del 75% del petróleo que consume, y una parte importante del mismo proviene de Oriente Medio, así como el 50% del gas que utiliza, que proviene principalmente de Rusia (y del Magreb). Estos porcentajes se dispararán en los próximos años, cuando se agoten las reservas de petróleo y gas del Mar del Norte. Pero en el caso español está dependencia es aún más absoluta, en torno al 99%, tanto para el petróleo como para el gas (CE, 2006).

Por otro lado, el Estado en los espacios centrales está dejando de garantizar ya la reproducción social en las metrópolis, quebrándose el pacto histórico capital-trabajo de la época fordista, que se materializó en el estado del bienestar y que tuvo una especial vigencia en los espacios urbanos. Además, la privatización en ascenso de los servicios públicos: agua, educación, salud y pensiones; tendrá una especial incidencia en las metrópolis centrales, debido a la atomización social reinante y a su mayor dependencia de la economía monetaria. Así, amplios sectores de la población serán incapaces de cubrir sus necesidades básicas vía mercado. Ya hay barrios en crisis en Gran Bretaña, por ejemplo, donde habita la población más afectada por las políticas neoliberales, a la que se le corta la electricidad o el agua por falta de pago. Estas situaciones probablemente se extenderán a sectores más amplios y se generalizarán por el Continente, más allá del carácter puntual que tienen hoy en día. Además, se empezarán a manifestar (está ocurriendo ya) el fin del ciclo vital de una parte importante del patrimonio edificatorio de baja calidad construido en las últimas décadas,[50] que será muy costoso rehabilitar. Se pondrá pues en peligro la reproducción social en las metrópolis. Igualmente, es muy probable que asistamos a una nueva crisis fiscal de los entes locales y regionales (aparte de por supuesto estatales), como en los setenta, debido al fuerte endeudamiento en que han incurrido en estos últimos años; ya que es difícil hacer frente al mismo cuando se encoge bruscamente el crecimiento económico, se eleva de forma sensible el coste del dinero, y se disparan los costes de funcionamiento diario de los espacios urbanos. Todo ello acentuará la crisis social y urbana de las metrópolis europeas. En EEUU esta crisis está aún más avanzada. Una crisis que se está incubando desde hace años en nuestras sociedades urbanas, ya claramente multiétnicas y multiculturales, y que se está manifestando en forma de estallidos sociales incontrolados en las periferias y guetos metropolitanos, donde habitan los sectores más marginados, precarizados y estigmatizados. Lo sucedido el último otoño en Francia (¡Arde París! Y arden las principales ciudades del Hexágono) es muy ilustrativo de los nuevos tiempos en los que entramos.

Los límites ecológicos acentuarán y sentenciarán la crisis del modelo actual

Pero la insostenibilidad del presente modelo productivo y territorial se agravará aún más como resultado de la agudización (en marcha) de los desequilibrios ecológicos. De hecho, las últimas catástrofes naturales —el maremoto asiático o los huracanes norteamericanos— han puesto de relieve la vulnerabilidad de las estructuras urbanas y turísticas contemporáneas. Y la creciente escasez de recursos naturales no renovables, los cambios bruscos en los ecosistemas y las catástrofes naturales pueden afectar también a Europa, y por supuesto al territorio español. Lo están haciendo ya, y estos condicionantes se acentuarán en el futuro. El último informe medioambiental de la Unión, a pesar de su tono edulcorado, así lo atestigua (EEA, 2005). Europa está sufriendo la mayor alteración ambiental de los últimos 8.000 años. Desaparecen los glaciares alpinos y el desierto avanza desde el sur. En este siglo que comienza, se prevé una subida entre dos y seis grados en la temperatura media, algo mayor que en el resto del mundo. En los últimos cien años tan sólo ha subido un grado, y ya estamos viendo sus consecuencias. El mayor incremento de la temperatura se prevé en el Mediterráneo, y en concreto en la Península Ibérica. El sur europeo se volverá más seco, y el Norte más húmedo. En las áreas meridionales predominarán los periodos de fuertes sequías, acompañados de lluvias torrenciales, lo que empeorará la erosión, y se producirán fuertes escorrentías puntuales (agravadas por el sellado del territorio) que pueden generar importantes desastres, especialmente en el arco mediterráneo; y en las áreas septentrionales continentales las lluvias intensas pueden provocar vastas inundaciones, con importantes repercusiones económicas y humanas, pues todo el área central europea es la parte más poblada y urbanizada de la Unión; y el hielo en el Ártico puede llegar a desaparecer durante el verano de 2050.

La agricultura se verá fuertemente afectada en todo el sur europeo: menos agua, más evapotranspiración y más plagas, lo que redundará en una aún menor soberanía alimentaria. En la Península Ibérica se prevé la desertificación grave de unas tres cuartas partes del territorio, siendo el riesgo muy alto en el Levante y el Sureste. El stress (la escasez) de agua será asimismo severo en toda la mitad sur para el año 2030 (ya lo está siendo en la aguda sequía actual) y medio para el resto, salvo en la Cornisa Cantábrica.[51] El riesgo de incendios por el aumento de las temperaturas y las sequías se intensificará, agudizando la situación ya catastrófica de las últimas décadas. Se estima que se producirá también un considerable aumento del nivel del mar, que puede llegar a ser de un metro en el escenario más desfavorable, pero que podría llegar a alcanzar hasta los trece metros, si es que se produce un abrupto cambio climático al fundirse los hielos de Groenlandia y la Antártida (EEA, 2005). El impacto de todo ello en el caso europeo, donde una parte muy importante de la población habita en las áreas costeras, no es preciso subrayarlo. ¿Y qué es lo que podría llegar a pasar con la muralla de cemento de todas nuestras costas en estos escenarios? Además, todo lo expuesto afectará más a las zonas del territorio español donde se está desarrollando fundamentalmente el tsunami urbanizador, haciendo crecientemente inviable dicho modelo territorial. Éstos son tan sólo algunos apuntes sacados del informe comunitario, que se basa en datos pasados y en una voluntariosa proyección de las tendencias en curso.

El modelo de crecimiento español ya es profundamente impactante e insostenible desde hace décadas, lo que pasa es que hasta ahora la sostenibilidad local se garantiza alterando y agotando sus bienes fondo (agua, suelo, biodiversidad, etc), y sobre todo recurriendo cada vez más a importar sostenibilidad global; es decir, recursos de todo tipo del resto del mundo, sobre todo de América Latina y África (la deuda ecológica en la que estamos incurriendo desde hace quinientos años, pero sobre todo en el último siglo, y especialmente en las últimas décadas), al tiempo que mantenemos un fuerte déficit monetario con la UE. El estado español ha pasado en el siglo XX de tener un uso mayoritario de recursos renovables, a un uso mayoritario de recursos no renovables. Y la entrada en la Unión y en el euro ha proporcionado al modelo español un poder de compra sin precedentes sobre el resto del planeta, y nuevos flujos monetarios hacia el estado español, que han posibilitado (por el momento) todos estos desmanes, al tiempo que desataban desequilibrios e impactos de toda índole. Pero ahora la cara oculta de este modelo de desarrollo (de nuevos ricos) parece que se está vengando, en una especie de boomerang incontrolable, y lo puede hacer aún más en el futuro. La huella ecológica se ha ampliado hasta extremos insospechados y empieza a pasar factura (Carpintero, 2005). España, como otros países centrales, se ha convertido rápidamente en una economía de adquisición, de expropiación y saqueo a escala global, pero con unos rasgos propios aún más desequilibrados en muchos aspectos.

De esta forma, el modelo productivo y territorial que está dejando a su paso el reciente tsunami urbanizador acentúa aún más la insostenibilidad del milagro español, lo que se agravará de forma adicional con los planes previstos de cara al futuro, a pesar de que hoy en día todo se nos venda como «desarrollo sostenible». Analicemos tan sólo algunos de los desequilibrios más significativos y apabullantes. Así, las emisiones de gases de efecto invernadero han crecido en los últimos quince años (desde 1990) más de un 50%, cuando lo permitido para España por la UE, de acuerdo con el Protocolo de Kioto, era que (excepcionalmente) sólo se le dejaría crecer (desde 1990) un 15% hasta el 2010-2012, para que el conjunto de la Unión pudiera reducir sus emisiones en un 8% para dicho horizonte. El compromiso de la Unión: un objetivo a todas luces insuficiente, de acuerdo a la Comunidad Científica Internacional —Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC)—, para tan siquiera controlar el cambio climático. Pues bien, España, uno de los países europeos (y a escala mundial) que más se verá afectado por el cambio climático en marcha, como hemos apuntado, no sólo no cumple con una asignación ya de por sí claramente laxa, sino que siete años antes del horizonte establecido multiplica nada menos que por bastante más de tres el techo asignado (http://www.nodo50.org/worldwatch).

El indicador de emisiones de CO2 refleja de forma directa e indirecta muchos de los elementos de insostenibilidad del actual modelo español. No sólo por el creciente consumo de energía a todos los niveles que promueve, proveniente de unos recursos fósiles escasos y sobre todo foráneos, sino porque el incremento de las emisiones relativas al sector del transporte en ese periodo ha sido aún más acusado, del orden del 65%. Un dato que indica la progresión salvaje que ha experimentado la movilidad motorizada en todos los medios de transporte, y en especial la viaria y la aérea, en España (OSE, 2005). Pues bien, como ya hemos dicho también, el PEIT no sólo pretende inundar de más infraestructuras nuestro ya castigado territorio, lo que disparará aún más el desenfreno motorizado, sino que los mega-proyectos infraestructurales previstos (todos ellos, por supuesto, oficialmente sostenibles), repercutirán de lleno en la llamada Red Natura 2000 (que agrupa las Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y los Lugares de Interés Comunitario (LIC) de la Directiva Hábitat, todos ellos de especial protección), afectando a más de trescientos espacios en teoría intocables, y fomentando una fragmentación adicional del territorio, que tendrá un fuerte impacto sobre la fauna (por el efecto barrera) y la biodiversidad en general; sobre todo, también, por la nueva oleada de lengua de lava urbanizadora que puede suscitar (Segura, 2005). Y es preciso recordar, asimismo, que la biodiversidad existente en nuestro territorio, ya de por sí acosada y amenazada, sufrirá una importante pérdida adicional como resultado del cambio climático en marcha (EEA, 2005).

Pero donde el desarrollo que se promueve adquiere un mayor impacto territorial y ambiental actual, y por supuesto inviabilidad futura, es en los dos archipiélagos, por el modelo turístico que se incentiva, que va a más, y porque el existente es ya claramente insostenible. En el caso de Baleares, la huella ecológica total del archipiélago, al filo del año 2000, era de casi seis archipiélagos. Es decir, el milagro balear, un modelo pretendidamente desmaterializado, pues se basa en la promoción de la «industria limpia» del turismo, necesita importar biocapacidad del resto del mundo correspondiente a una superficie de unas seis veces la extensión de su territorio, habiendo artificializado ya un 5,4% del mismo, uno de los porcentajes más altos del globo. No es para menos pues Baleares, con un millón ya de habitantes, aproximadamente, recibe, aloja, alimenta y trata los residuos de unos doce millones de turistas anualmente. Y durante la estación estival la población balear se duplica, con la carga ambiental que ello supone. Pues bien, las previsiones en marcha (con los planes aprobados) pretenden duplicar adicionalmente el conjunto de la población que gravitará sobre el archipiélago (entre población residente y turística), con lo que el déficit de biocapacidad sería mayor del doble del actual, por el hecho de que habría que importar proporcionalmente aún más del resto del mundo para atender sus demandas (alimentos, materiales, energía), al quedar sellada una parte todavía mayor de su territorio, perdiendo todavía más capacidad productiva autóctona. En el caso de Canarias observamos un modelo similar, grosso modo un millón de habitantes, en un archipiélago que recibe unos 10 millones de turistas, si bien la demanda turística es más plana a lo largo del año, pues no tiene la fuerte estacionalidad del caso balear. Para darnos una idea del impacto que suponen los milagros balear y canario, recuérdese que el caso de Cuba, con una población de unos diez millones de habitantes que recibe en torno a un millón de turistas, ya se considera que el turismo está teniendo una fuerte repercusión ambiental sobre esta perla del Caribe. Pero, además, tanto en el archipiélago balear, como especialmente en el canario, el problema del agua es cada día más agudo, y se disparará en el futuro. En el caso de Canarias el modelo turístico y residencial funciona y sobrevive por un rosario cada día mayor de desaladoras que lo mantiene en marcha, en Baleares esta dinámica se ha iniciado más tarde, ante el agotamiento y salinización de los recursos superficiales y acuíferos subterráneos. Pero el problema que se plantea de cara al futuro es que cualquier disrupción (más que posible en situaciones de crisis)[52] de los aprovisionamientos de derivados del petróleo a los archipiélagos, puede suponer una crisis de gran magnitud en dichos modelos. Lanzarote, por ejemplo, sólo tendría reservas de agua potable para dos días si el flujo se interrumpe; aparte del creciente coste que supondrá para la población autóctona el agua desalada ante la fuerte subida que está experimentando el precio del petróleo (Murray, 2005; Murray, Rullan y Blázquez, 2005).

El modelo balear, el primero que se desarrolló en el estado español, y que luego se desparramó por Canarias y la costa mediterránea de la Península, dio lugar a la paulatina consolidación de grandes empresas turísticas (Sol Meliá, Barceló, Iberostar, Riu, Fiesta) que se han situado entre las primeras del mundo de su sector. Es decir, la vía balear de inserción al capitalismo global como parque temático turístico ha dado muy buenos resultados al capital de las islas. Este es pues otro ámbito donde las empresas españolas, mejor dicho mallorquinas (sus sedes están en Palma), están en el top of the pops en su sector. Sol Meliá, por ejemplo, opera ya en 34 países del mundo (Amer, 2005).

En definitiva, lo que se conoce como progreso consiste en la creación de islas de orden aparente, en los espacios centrales, a costa de provocar océanos de desorden cada vez mayor en los territorios periféricos, cuya entropía está ya alcanzando a las propias fortalezas del Centro. Como diría Barry Commoner (1992): «la tecnoesfera (y el capital que la impulsa, añadiríamos) está(n) en guerra con la biosfera». Hemos llegado ya a una situación mundial que cabría definir como de «planeta o mundo lleno», en la que esta guerra se ha vuelto decididamente contra todos nosotros, hasta contra los que habitamos los espacios privilegiados. A lo largo del siglo XX, hemos pasado de una situación mundial caracterizada por un mar de ruralidad e islotes urbanos, a justo lo contrario a principios del siglo XXI, es decir, a un mar de urbanidad (en especial en Europa) en el que se incrustan islotes naturales en regresión. Es como un proceso cancerígeno sin control, una metástasis que parece (por el momento) imparable y que afecta a la biosfera en su conjunto (Naredo, 2005). La tercera piel, el ciberespacio y la economía virtual (y muy en concreto la esfera financiera), nos hacen olvidar que dependemos de la segunda piel (el espacio construido y el modelo productivo) y especialmente de la primera (la biosfera) para mantenernos. Pero antes o después se impondrán también los condicionantes y límites ecológicos a escala global y, por consiguiente, local. Por supuesto en nuestro caso, en el que el territorio es además especialmente vulnerable, y en donde en las últimas décadas hemos estado cada vez más viviendo del resto del mundo.

Si no le ponemos remedio, probablemente ocurrirá lo que señala Fuentes en una de las citas del inicio de este texto: «La tierra ya no pudo mantener el poder. Cayó el poder. Permaneció la tierra. Permanecieron los hombres sin más poder que el de la tierra». Y entonces nos arrepentiremos, entre otras cosas, de haberle hecho caso a Tony Blair cuando se reía de que el futuro de Europa estuviera basado en la agricultura. Sería bueno no llegar a esa situación por el tremendo coste humano que supondría hacerle frente a posteriori. Deberíamos reaccionar desde ya, y no es nada sencillo, para encaminar nuestro modelo social, productivo, de consumo y territorial hacia escenarios más justos y sostenibles. Nos va la vida en ello, en especial la de las futuras generaciones. Además, si no lo hacemos, el camino hacia el caos, la barbarie y la guerra permanente está muy probablemente garantizado, imponiéndose la ley del más fuerte, donde sufrirán sin duda los más desfavorecidos y débiles (y en especial las mujeres, niños y ancianos); y esta deriva, sin quererlo quizás directamente, la estamos propiciando también entre todos día a día si no reaccionamos, aunque por supuesto con distintos grados de responsabilidad.


Notas


[43]: Por ahora está drenando la abundante liquidez que ha inyectado en el mercado, antes de iniciar la subida de tipos.
[44]: Enormes déficit fiscal (agravado por la guerra de Irak) y por cuenta corriente, debido a un déficit comercial que crece de forma desbocada.
[45]: Es decir, el momento a partir del cual no será posible ampliar la oferta mundial de crudo, quedando desde entonces sin cubrir una parte cada vez mayor de la demanda, pues la capacidad de extracción global tenderá a disminuir lenta pero inexorablemente, hecho que hará que el precio del petróleo suba de forma constante e irreversible. Distintos estudios indican que estamos muy cerca de ese momento, si es que no lo estamos empezando a atravesar ya (http://www.crisisenergetica.org). Y ya se habla del petróleo a más de 100 dólares.
[46]: El propio FMI (2006) alerta sobre un déficit por cuenta corriente de más del 8% del PIB para este año.
[47]: Nueva ley del suelo en elaboración, aunque con muchos problemas para salir adelante. Las presiones deben ser enormes. Además, no parece que haya una voluntad política firme, aparte de que existe el temor de no ir abiertamente en contra de las dinámicas del mercado, por lo que pudiera ocurrir.
[48]: La nueva Ley Forestal imposibilitaría durante treinta años la reclasificación de terrenos protegidos que hubiesen sufrido un incendio, lo que ha sido moneda corriente en los últimos tiempos, como por ejemplo en el caso de Terra Mítica, tras arder una extensa zona de pinar mediterráneo protegido donde ahora se asienta.
[49]: Fernández Durán, 1993
[50]: Problemas por ejemplo como los edificios afectados por aluminosis en las metrópolis españolas.
[51]: Los problemas de escasez y deterioro de los recursos hídricos ya son un enorme problema hoy en día: agotamiento creciente de los recursos hídricos subterráneos, salinización en ascenso de los mismos, eutrofización de muchos de los recursos superficiales (inexistente en países de clima húmedo), etc.
[52]: En situaciones de graves crisis de abastecimiento, en los escenarios señalados de gran escasez futura, o de posibles crisis internacionales, se intentaría garantizar el abastecimiento primero de la Península, y luego de los archipiélagos, en primer lugar probablemente el balear, y posteriormente el canario.


Edición del 30-6-2014
Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/arfer_4.html   
 
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