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Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/ajher.html   
Transferencias por un pensar técnico [1]
Juan Herreros
Madrid (España), marzo de 2006.
Resumen: El autor busca incluir nuevas técnicas en la arquitectura mediante transferencias con otros campos o saberes. Una transferencia fundamental sería reflejar las inquietudes colectivas, dotando a la arquitectura de una dimensión social. Se propone también el concepto de pensar técnico como reflexión sobre los procedimientos de producción. Se desarrollan varias propuestas, como el rechazo a lo superfluo, el proyecto como investigación y la arquitectura como compromiso ante la indiferencia. Otra de las transferencias fundamentales sería con la sostenibilidad, incorporando temas relacionados con la misma al proyecto arquitectónico, sin caer en el radicalismo ecológico.


Índice General

 

Uno: cuatro técnicas

Este es un texto sobre técnicas, voz que según el diccionario se refiere literalmente al «conjunto de procedimientos de los que se sirve una ciencia o arte». Más allá de la simplificación que asocia las técnicas sólo a los recursos positivos directamente implicados en la idea de construir lo proyectado, extender la definición enunciada a cada fase de la práctica arquitectónica puede abrir una manera pertinente de revisar nuestra posición en tanto que arquitectos en el mundo actual. Así, si habláramos de Técnicas de Pensamiento y Técnicas de Proyecto e incluso de Técnicas de Uso como lo hacemos de las Técnicas de Construcción, estaríamos expandiendo los límites del proyecto más allá de la idea elemental de construir edificios, permitiéndole encontrar un lugar en el mundo, y no sólo en el entorno endogámico de su disciplina. Por eso, para expandir esos límites, el texto se titula transferencias, porque pretende explorar las razones para mirar en otros lugares, atender a otros sectores --especialidades, épocas, entornos...-- a la hora de obtener datos --referencias, inspiración, léxicos, imágenes, modelos...-- con los que operar. La filosofía, el arte de su tiempo y la ciencia en desarrollo han sido vitales desde siempre para la arquitectura y nada nuevo estaríamos descubriendo con esta observación. Pero hay una transferencia nueva que poco tiene que ver con la transposición mimética o metafórica de las ideas filosóficas, las referencias literarias, las formas de la escultura o los métodos científicos y que resulta no sólo pertinente, sino quizás urgente en este momento: hacerse eco de las inquietudes colectivas que atraviesan el presente. Esta dimensión social es la que puede introducir un nuevo factor, que llamaremos de servicio, que haga oportuna y necesaria a la arquitectura y reconduzca la puesta a punto del nuevo repertorio instrumental, servido por las revoluciones en curso ante nuestros ojos y cuantos fenómenos asociados a la transformación del mundo podamos identificar.

Si coincidimos en que la arquitectura reciente, aún siendo un fenómeno de gran calado mediático, ha perdido posiciones tanto en lo que se refiere a su capacidad para hacer el mundo más habitable como para participar de la construcción y evolución de aquello que llamamos cultura, es fácil deducir que dimensión social, oportunidad y nuevo repertorio instrumental son elementos básicos que deben guiar la implicación de la arquitectura con el presente y el futuro inmediatos.

La técnica aparece ante nosotros como un poderoso instrumento de anclaje de las ideas a su tiempo. La dificultad está en identificar precisamente qué es lo que puede interesarle a la arquitectura del presente, convulso y contradictorio, o, dicho de otro modo, cómo utilizar en su favor ciertos ingredientes que, aunque abrumadoramente visibles, no han sido suficientemente codificados para trabajar con ellos de una manera positiva. Nos referimos a fenómenos como la revolución geométrica derivada de las nuevas tecnologías; los cambios inducidos por la omnipresencia de las telecomunicaciones; la creciente movilidad de las personas y las cosas; la globalización de los usos, el consumo y la cultura; y la dimensión desbordante de la explosión demográfica, la emigración, las catástrofes naturales o los asuntos medioambientales.

Asociamos técnicas de pensamiento al intento de establecer las conexiones necesarias para explorar positivamente el presente. Con ello, sugerimos la idea de que, frente a la interpretación de la arquitectura como una disciplina de trabajo técnico, podría proponerse el recurso de pensar técnico. Asociamos el concepto pensar técnico a la reflexión sobre los procedimientos de producción de las cosas como consecuencia de la intervención de protocolos preestablecidos en forma de reglas, leyes o sistemas de ecuaciones. Haciendo esta lista extensiva a las ideas, pensar técnico supone investigar cómo éstas pueden ser identificadas, elaboradas, aplicadas y revisadas de manera que tal proceso pueda entenderse tan técnico como lo es su puesta en realidad --su construcción-- y por supuesto, su uso en el tiempo. Traer al mundo de las ideas el interés por sus procesos de producción no es otra cosa que la puesta en práctica de lo que denominamos actitud pragmática. Si inventar conceptos sería según Deleuze y Guattari[2] la gran tarea del pensador contemporáneo y obtener instrumentos con los que negociar un entorno imperfecto --lo que denominamos contingencia-- la propuesta implícita de Richard Rorty[3], podríamos concluir que el establecimiento y ensayo de tales protocolos sería precisamente la acción, hablamos ahora de las técnicas de proyecto, más específicas del arquitecto contemporáneo que quiere, como el filósofo deleuziano, «ser el amigo del hombre». Quizás por ello, la primera llamada de atención hoy debería ser contra la incongruencia implícita entre el uso de unos recursos geométricos y figurativos de origen digital y una puesta en obra que sigue siendo básicamente mecánica. Nos referimos ahora, es obvio, a las técnicas de construcción, que encontrarán su pertinencia en el establecimiento de sistemas --de nuevo un conjunto de reglas para tomar decisiones con el que abolir el detalle constructivo como el fetiche más perverso del arquitecto nostálgico-- cuyo principal objetivo será la eliminación de lo superfluo a favor de la simplicidad, la inmediatez y la universalidad de las soluciones, pues sólo así cada obra formará parte de una investigación planetaria transferible y contribuirá a la construcción del patrimonio constructivo de nuestro tiempo, como si del establecimiento de un nuevo léxico se tratara.

Pero estos protocolos --de proyecto y construcción-- deben ser abiertos, la incertidumbre nos obliga a ello, y por eso a nuestra lista debemos añadir las técnicas de uso. El futuro, desconocido, forma parte esencial de nuestro trabajo y debe ser introducido en el proyecto como una variable más, de la manera más pragmática que podamos concebir a pesar del conocimiento nebuloso sobre su devenir. Ello supone entender que el tiempo es ahora un material de proyecto y el tiempo futuro su versión más compleja. Lo que en los años sesenta se interpretó como un llamamiento a la flexibilidad (concepto que se revive sistemáticamente de manera nostálgica y moralista: «si es flexible es mejor»), precisa hoy de redefinición total pues no se trata de hacer posible lo ya conocido --una familia que aumenta, una distribución de oficina que cambia, un edificio que se amplía...-- sino lo absolutamente impredecible. Al igual que al referirnos al abuso de la libertad geométrica servida por la revolución informática en el caso del proyecto, aquí el error está en suponer que tal impredecibilidad abre las puertas a la celebración del caos disfrazada de la responsabilidad que supone controlar lo incontrolable y que ha generado en las últimas décadas sucesivas oleadas de excesos --económicos, energéticos, materiales...-- que han estimulado lo que podríamos llamar una libertad insostenible.

Podríamos concluir esta primera parte enunciando que ya se trate de inventar conceptos, proyectar, construir o usar en el tiempo, el principal enemigo de la posición pragmática es cualquier forma de fascinación por la complejidad desbordante. Si la atracción irresistible por la máquina y la producción en serie fue el sello de las vanguardias europeas, una sublimación semejante hoy ante cualquier aspecto tecnológico-científico sería el ingrediente más contrario a la contemporaneidad, el más moderno, el más nostálgico. Ya lo vimos en los contenidos más figurativos de la corriente High-Tech (que no sólo fue británica, tan comprensible, sino también europea y americana con un éxito ridículo por descontextualizado en Latinoamérica), en el ala despilfarradora de la producción deconstructivista y, para no situarse exclusivamente en un lado de la corriente, en el derroche simétrico (ahora para mantenerse inmóvil, resistente) igualmente nostálgico y agobiante de los radicales de la cruzada minimalista por la contención, esa densidad agotadora y represiva tan frustrante disfrazada de herencia y deseo de una modernidad que huye desbocada hacia delante. Pero sobre todo, podemos apreciarlo en nuestras escuelas de arquitectura y en la proliferación de una arbitrariedad seudocientífica que está lastrando las verdaderas posibilidades del proyecto como investigación especialmente si se trata de dar entrada en él a los fenómenos inestables o la inducción de un compromiso contra la indiferencia.

El rechazo a lo superfluo y su sustitución por la simplicidad, el proyecto como investigación y la arquitectura como compromiso contra la indiferencia son propuestas más que concretas que merecen un pequeño desarrollo.

Dos: tres propuestas

Lo superfluo y la simplicidad

Absurdamente, cuanto más pequeñas, simples, concisas y ligeras son las cosas, cuanto más interés muestran el mercado y los consumidores en eliminar todo dramatismo asociado al uso de los objetos que nos rodean, más sofisticada, complicada e inútil es la arquitectura coetánea. La renuncia a lo superfluo constituye un programa, tan arquitectónico como intelectual, de primera magnitud. Quizás la dificultad está hoy en identificar qué cosa es lo superfluo cuando hemos superado el trauma contra la decoración o entendemos el poder de la forma y la imagen sin los prejuicios de los modernos ni la militancia por el significado de los posmodernos. La simplicidad a la que nos referimos no renuncia a una complejidad interesante pero asocia la intensidad --el más contemporáneo de los esfuerzos y su mejor conquista-- al establecimiento de sistemas con los que obtenerla a través de operaciones tan elementales como sea posible.

El proyecto como investigación

No podemos seguir llamando investigación al parasitismo depredador sobre léxicos y sistemas de representación ajenos sin devolver a las disciplinas invadidas nada que desde la arquitectura les pueda servir para avanzar. La citada incongruencia pensar digital-construir mecánico otorga a los recursos gráficos un protagonismo que está desviando la pregunta sobre ¿qué investigan o deben investigar realmente los arquitectos? y ¿cómo puede hablarse de investigación desde el proyecto? El establecimiento de los protocolos de trabajo citado en el primer punto se explica ahora claramente: ese es el trabajo de investigación implícito al proyecto y es específico para cada caso. De esta manera, el proyecto se nutre de ingredientes reinterpretados --transferidos-- de experiencias anteriores y de otros campos del conocimiento y referencias culturales o visuales y, lo más importante, produce un conocimiento útil para los demás, y por ello podemos calificarlo de científico, cerrando el ciclo de la investigación. Dar entrada a los demás, establecer diálogos entre las ideas, el mercado, usar los catálogos, etc. es lo que permite describir el proceso de proyecto como un trabajo de investigación e incluirlo en una red superior de experimentos de la que participa y se nutre una comunidad científica que no sólo aprecia los resultados sino que se interesa también por la lectura de las condiciones iniciales, la elección de los parámetros, el establecimiento del programa de trabajo, la invención de sistemas coherentes, etc. Proyectar es tomar decisiones y constituye sustancialmente un trabajo de síntesis sobre un material existente y una dosis ciertamente pequeña de novedad en cada caso en contra de la actitud heroica que pretende inventarlo todo desde cero...

La arquitectura como compromiso contra la indiferencia

La técnica es aún hoy un patrimonio desigualmente repartido y si la arquitectura tiene mucho de servicio, nuestro empeño en la simplificación o el establecimiento de sistemas universales tiene por objeto asumir una postura responsable para evitar la imposición del más fuerte a cualquier escala (pueden ustedes poner aquí los binomios global-local, pero también fuerte-débil o grande-pequeño... ingredientes de lo que llamamos realidad ignorable) y fomentar el diálogo, el descubrimiento del otro y la conversación igualitaria y democrática con los mismos recursos y posibilidades para todos los habitantes del planeta. Esa es hoy la técnica contemporánea necesaria en cuatro quintas partes del mundo, no la de Catia[4]. Pero esto no es sólo una postura ideológica, tiene que ver también con una sensibilidad nueva aún en formación, otra emoción que no es la del asombro o el espectáculo, sino la de la simplicidad, la baratura, la eficiencia, la intensidad y la universalidad (Ábalos, I. y Herreros, J., 2003).

Tres: un caso tipo de transferencia: la oportunidad que nos brinda la sostenibilidad

Curiosamente, a fecha de hoy (2006), sostenibilidad es un concepto que no aparece en el diccionario de la Real Academia[5] ni en la herramienta de corrección gramatical de Windows, pero todos entendemos cuánto convoca uno de esos mundos desde los que una transferencia oportuna puede permitirnos formular algunas preguntas o entrever una forma de construir una cosmogonía pertinente, una descripción del mundo capaz de desvelar aspectos del mismo invisibles a simple vista.

Insistiendo en que la propuesta se refiere a transferir conceptos y modos de leer la realidad independientemente de ser sostenible, esto es, tomar sus doctrinas como pertinentes, la oferta que apreciamos en la sostenibilidad pone en primer plano la idea, tan simple, tan potente, de que la arquitectura no es otra cosa sino un filtro interpuesto entre el individuo y el mundo. De manera que, aún no sintiendo interés por los modelos de acción basados en políticas reformistas o en la amenaza pesimista de un desastre global, sí parece que la conciencia sostenible constituye una de aquellas inquietudes colectivas asumibles por el proyecto, pero también una buena agenda para reorientar nuestra práctica. Para ello, empecemos por sustituir la palabra conciencia --con sus connotaciones de alegato derrotista-- por la de pensar, como ya habíamos hecho con la propuesta de pensar técnico convertida ahora en pensar sostenible. A simple vista se observa que los planteamientos que acompañan al cuerpo teórico de la cultura de la sostenibilidad tienen una fuerte carga ideológico-sensible --definen una posición respecto a la realidad-- pero su realización es sumamente tecnológica y, hasta el día de hoy, claramente ajena al proyecto y más interesada en los aspectos puramente económicos --la factura de la luz-- y responsables --reducir las emisiones--. Mientras tanto, apenas hemos explorado el potencial arquitectónico y paisajístico que las tecnologías asociadas a la sostenibilidad han desarrollado --por no hablar de la nula presencia en las escuelas de arquitectura si no es convertida en asignatura teórica-- y los pocos casos que se han visto nos ofrecen una moda que salva su conciencia a través de una ingenua naturalización de la arquitectura --añadir verde-- o un comportamiento eficaz que no deja huella en su organización, imagen o espacialidad.

Dicho de otro modo, no nos interesa ni renunciar a la arquitectura tal y como la conocemos por insostenible o impertinente frente a la problemática medioambiental ni sustituirla radicalmente por una especialidad de corte puramente tecnológico que sólo atiende a su propio radicalismo ecológico. La imagen de la conversación resulta pertinente de nuevo. Necesitamos nuevos paradigmas resultantes de la integración de los nuevos conocimientos y recursos y componer con todo ello unas nuevas técnicas de proyecto. Rechazamos por lo tanto, por escasamente interesante, la reducción de la sostenibilidad a una postura concienciada --cuando no meramente una obligación normativa-- y el abandono de su interés estético o de diálogo con una cultura técnica en evolución. Pero tal compromiso no es fácil de asumir puesto que desde la muerte de la modernidad, el escepticismo acompaña a la toma de posturas ideológicas en arquitectura. De manera que a simple vista, podríamos afirmar que nos estamos perdiendo un encuentro más que atractivo entre una sensibilidad subjetiva, un ideal y una industria (o un mercado nacido de aquella) que muy bien podría ayudarnos a trabajar en la disolución de ciertos binomios tradicionales que están lastrando nuestra práctica como natural-artificial, arquitectura-paisaje, ciudad-naturaleza, centro-periferia o edificio-contexto, hasta desdibujar los límites entre ellos entendiendo que en la construcción del mundo globalizado actual no sirve de nada aquella clasificación.

Cuatro: tres ingredientes de la sostenibilidad para transferir al proyecto

Reciclabilidad

Reciclar es devolver al ciclo vital algo que ha entrado en un periodo de obsolescencia. Podemos tomarlo en sentido literal como un programa asociado a construir con materiales reciclados, reciclables o eliminables sin dejar residuo y asumir pautas en tal dirección como eliminar los barnices y pinturas o plantearnos seriamente qué sentido tienen tanto suelo pavimentado o tantas cimentaciones enterradas bajo tierra. Pero la idea de reciclar adquiere una dimensión transformadora si la extendemos más allá de la recuperación material: reciclar nuestros conceptos (naturaleza, equilibrio, caos, belleza), nuestros métodos de trabajo (recursos digitales, ubicuidad telemática, nuevos expertos, trabajo en equipo...), nuestros métodos pedagógicos (laboratorios, talleres, unidades docentes...), nuestros sistemas constructivos (digital contra mecánico, incremento de las instalaciones imposibles de ocultar, estructura portante que no estructura espacialmente, desaparición del detalle constructivo...), nuestro compromiso con la vida futura de los edificios (obsolescencia desigual, inestabilidad programática, derribo y sustitución.), y , claro, nuestra propia posición frente a la sociedad (el arquitecto como estratega, conversador, intérprete...). He aquí un programa completo de investigación que tiene derivaciones conceptuales, metodológicas, matéricas y culturales pero sobre todo estéticas, que acerca la arquitectura a los usos cotidianos, al sentido democrático del hacer menos, a su reintegración como pieza importante de un futuro deseable.

Energía

La energía es seguramente el gran tema del presente-futuro. Podemos describir nuestro presente como invadido por una cultura de la energía. Se ha hablado mucho de la información y el tiempo como dos nuevos materiales con los que la arquitectura debe aprender a trabajar. Podríamos plantearnos qué ocurre si añadimos energía a la lista y la sometemos al mismo principio.

Igual que con el reciclaje, antes de centrar su importancia en términos medioambientales, quedémonos un rato en el estadio conceptual de la energía como «capacidad de un cuerpo o sistema para producir un trabajo» o, más importante, como «potencia activa de un organismo; eficacia, virtud para obrar o producir un efecto». La definición de energía remite a la idea de algo activo (vivo) y podemos considerarla junto con el tiempo como los ingredientes fundamentales de los procesos de cambio. Hablando de procesos y posicionamiento pragmático frente a ellos, el de la energía es revelador: producción-transporte-almacenaje-consumo-residuo-reciclaje (idéntico al de la basura, otra materia prima contemporánea de primer orden). Cómo apropiarnos de ella --y hacerlo tan silenciosamente como sea posible-- será un guión esencial del pensar técnico. Y para ello, podemos comenzar por la energía invertida en las rutinas de proyecto, en la forma de detectar cuál es la oportunidad que encierra cada momento, cuáles serán los procesos adecuados (¿no son demasiado artesanales, laboriosos, ensimismados, nuestros sistemas de producción del proyecto?). Su despilfarro es por supuesto un absurdo conceptual más allá de su pertinencia medioambiental.

Veremos pronto programas asociados al ciclo de la energía. Una escala inimaginable alterará la jerarquía de la ciudad tradicional al ser desvelados los lugares, hoy ocultos a los ojos de los ciudadanos, de los que depende su bienestar. Una legión de nuevas especies (paneles, generadores, acumuladores, emisores...) poblará el territorio al tiempo que ideas como autosuficiencia, vertido cero, arquitectura productiva...parecen recuperar nostálgicamente un ideario post-hippie. Sin embargo, vienen precisamente del otro extremo: del consumo, o lo que es lo mismo, del de una demanda que pasa por una cultura técnica que no es la del sueño del buen salvaje sino la del ciudadano tecnificado para lograr la mayor implicación con su medio. Aquí transferencia podría entenderse en el tiempo: ¿qué hacer hoy con los idearios de la arquitectura británica de los sesenta? ¿Y con los ideales futuristas de los herederos de Fuller?...

Integración

Todo ello nos remite a una lectura del territorio como soporte tecnificado. El paisajismo tradicional, la mirada panorámica o la contemplación ensimismada, desvelan su destino decorativo al encontrarse con la capacidad transformadora de las infraestructuras, con la potencia constructora de los ciclos, con la colaboración de una naturaleza trabajando para la ciudad y viceversa. Integración sería el resultado de cruzar energía y sostenibilidad con el propósito de proyectar un medio simbiótico a todas las escalas. Ello supone asumir órdenes mayores independientemente de la escala de las intervenciones. Por órdenes mayores entendemos las redes, la propia naturaleza, el tiempo y la vida futura de los edificios y las ciudades... Ninguno de ellos puede seguir basándose en la absoluta artificialidad de la arquitectura.

Cinco: una nueva sensibilidad

Trabajar sobre la idea de técnica capaz de disolver las diferencias entre las categorías tradicionales de lo natural y lo artificial supone reconocer que ni el soporte (¿el lugar?) ni la construcción son cuestiones exclusivamente físico-matéricas y/o subjetivo-virtuales. En el caso del territorio, la agricultura nos proporciona la información antropológica suficiente para entenderlo con facilidad. Pero si esa artificialización de la naturaleza nos ayuda a imaginar una deseable naturalización de la ciudad, no está tan claro a qué puede referirse tal disolución más allá de introducir verde en ella. Adentrándonos más en esta idea, imaginemos una arquitectura de micro-actividad permanente --como la presente en la humedad exhalada por los procesos o los micro-ruidos de la voracidad biológica-- y pensemos cuánto se nos muestra como una imagen certera de lo realmente vivo. Entre la obsesión por permanecer, esa nostalgia de un futuro previsto, temerosa de todo cambio, y la fluidez extrema desposeída de cualquier compromiso que ninguna huella deja, surge a través de esta imagen el descubrimiento poderoso de una identidad constante, de que hay un mundo intermedio formado por el aire, la humedad, el polen, el paso de las estaciones, el crecimiento de los organismos... que deben ser considerados auténticos materiales técnicos de construcción. Incorporar estos materiales al proyecto de ciudad implícito en cada actuación, cada edificio, supone entender que construir a la escala que sea es contribuir al funcionamiento de la ciudad y que su descripción no puede hacerse ya con las herramientas del urbanismo tradicional sino con las de la geografía. Geografía Infraestructural es el nombre de una ciencia inventada que podría atender esta idea de pensar sostenible el mundo a través de la construcción de cualquiera de sus piezas tenga la escala que tenga y para ello, cerramos el círculo, proponiendo la transferencia de ida y vuelta de todas las disciplinas interesadas en tal proyecto entre las cuales, la arquitectura tendrá que conquistar su papel.

Referencias bibliográficas

Abalos, I. y Herreros, J.  (2003)   «Siete Micromanifiestos»,   2G, número 22, pp. 1-2. 

Deleuze, G. y Guattari, F.  (1991:8)   Qu'est que la Philosophie   Les Editions de Minuit, París. Versión española Qué es la Filosofía de Thomas Kauf. Editorial Anagrama, Barcelona, marzo de 1993 

Lizcano, José Luis y Nieto, Pablo  (2005)   «RSC y sostenibilidad, algo más que palabras»,   Diario Cinco Días, publicado el 5 de octubre. 

Rorty, Richard  (1989)   Contingency, Irony and Solidarity   Cambridge University Press, Nueva York. Versión española Contingencia, Ironía y Solidaridad de Alfredo Eduardo Sinnot. Paidós, Barcelona, 1996 

Notas


[1]: Texto elaborado a partir de la transcripción de la conferencia dictada el 24 de marzo de 2004 en el curso Conceptos de Arquitectura Contemporánea celebrado en el Centro de Cultura Contemporánea (CCC) de Barcelona a partir de la ponencia presentada al congreso Design Inteligence en la Universidad de Princeton el 12 de marzo de 2003.
[2]: «La filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos» (G. Deleuze y F.Guattari, 1991:8). Al escritor W. Gibson pertenece la cita «Inventar palabras, neologismos, es hacer poesía pop».
[3]: «Eludir todo lo que sonase a filosofía como contemplación, como el deseo de ver la vida como algo firme y en su conjunto, a fin de insistir en la pura contingencia de la existencia individual» (Rorty, 1991:46) y más adelante: «El ironista pasa su tiempo preocupado por la posibilidad de haber sido iniciado en la tribu errónea» (ibid, 93).
[4]: N. de la E.: Catia es un sofisticado programa informático originariamente creado para la industria aeroespacial y que Frank O. Gehry utiliza para el modelado en tres dimensiones de sus edificios.
[5]: Según José Luis Lizcano y Pablo Nieto (2005) en «RSC y sostenibilidad, algo más que palabras»: «La palabra sostenibilidad no se puede encontrar en el Diccionario de la Real Academia Española. Es un neologismo derivado del adjetivo sostenible. Sostenible se dice de un proceso que puede mantenerse por sí mismo. La sostenibilidad sería la cualidad de sostenible, la sustantivación de este adjetivo. En la lengua inglesa sustainability es también el sustantivo de sustainable, presentando sustainable una definición prácticamente idéntica a la española».


Edición del 31-12-2008
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