Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/aehah.html   
La ciudad sostenible como reto del siglo XXI
Ekhart Hahn
Madrid (España), febrero de 2006.
Resumen: El autor parte del «callejón sin salida en lo ecológico, lo económico y lo social» en que se ha convertido el modelo de crecimiento urbano actual, y el fracaso de las soluciones ensayadas, fundamentalmente técnicas, debido precisamente a que no han tenido en cuenta el origen social de los problemas ambientales. Propone extraer de la etología (biología de la conducta) humana las constantes de comportamiento individual que pueden tener un efecto estabilizador positivo sobre la sostenibilidad de los procesos sociales (por ejemplo el «deseo de seguridad», o instinto de conservación de la especie, la «preferencia por los biotopos de transición», o la «búsqueda de un significado superior»). Aplicando estos parámetros de la etología al análisis de las formas urbanas históricas, llega a la conclusión de que los principios premodernos de desarrollo urbano, reinterpretados en las presentes condiciones de globalización y avances científico-técnicos, continúan siendo válidos hoy, frente a la tendencia de las ciudades modernas «a promover los patrones de comportamiento que más comprometen la sostenibilidad».

Apunte biográfico

En ningún ámbito de la acción humana se han materializado de una forma más completa y profunda los sueños emancipatorios y los espejismos de la modernidad --la idea de la superación de la dependencia respecto de los dictados de la naturaleza por obra de la ciencia y la tecnología-- que en nuestras ciudades contemporáneas. Con sus edificios totalmente climatizados, sus eficaces sistemas de movilidad, sus complejas infraestructuras de suministro y evacuación de energía y materia, así como su separación e independencia del contexto regional y de los ciclos naturales de regeneración, los conjuntos urbanos se han convertido en el símbolo y el reflejo construido del supuesto triunfo del ser humano sobre la naturaleza. Los estilos de vida emergentes resultan más deseables cuanto más independientes son de los ritmos y condiciones de la naturaleza. La separación entre naturaleza y sociedad se ha convertido en modelo de nuestro tiempo y del fenómeno actual de urbanización global.

Entre tanto, ese mismo modelo de crecimiento urbano ha resultado ser un callejón sin salida en lo ecológico, lo económico y lo social. Sus consecuencias y efectos secundarios generan multitud de problemas y riesgos, cuya magnitud y dimensión resultan difíciles de predecir. En las ciudades y metrópolis actuales han arraigado fenómenos sociales que corroen las bases de la existencia tanto de la generación presente como de las futuras. A partir de la aprobación del programa Agenda 21 en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo y Medio Ambiente, celebrada en Río de Janeiro en 1992, parece haberse llegado a cierto consenso sobre la imperiosa necesidad de reorientar el desarrollo urbano.

Ninguna de las soluciones, fundamentalmente técnicas, propuestas hasta la fecha ha funcionado satisfactoriamente, pues por lo general este tipo de soluciones no tienen en cuenta el hecho de que los problemas que el desarrollo provoca en el medio ambiente tienen su origen en la sociedad. Dicho de otro modo, las soluciones apuntan a los síntomas y no a las causas, entre las que destaca como principal y básica la separación entre naturaleza y sociedad característica de las ciudades modernas. La base para un nuevo desarrollo urbano sostenible sólo puede ser la vuelta a la unión entre naturaleza y sociedad. Dicha unidad debe ser redefinida en el actual marco de la condición posmoderna, y desde la base de nuevas soluciones que integren los aspectos técnicos, sociales y estructurales. En palabras de Kurt Beck, destacado defensor de la evaluación de los riesgos contemporáneos: «Quien a estas alturas siga hablando de la naturaleza como algo separado de la sociedad, emplea categorías de otro siglo, que ya no se corresponden con nuestra realidad». En el futuro será imposible concebir la naturaleza fuera de lo social, ni lo social fuera de la naturaleza.

La etología humana nos ofrece valiosas aportaciones para la operatividad de este nuevo modelo y la consiguiente reorientación del crecimiento urbano. El objeto de la etología humana es la biología de la conducta humana. Según su hipótesis fundamental, los patrones de comportamiento individuales son resultado del desarrollo evolutivo experimentado a lo largo de millones de años por los seres humanos en contacto con la naturaleza, por tanto son muy resistentes a los cambios y sólo pueden modificarse con el paso de mucho tiempo. Estas constantes de comportamiento individual --siempre sujetas a la configuración interna de cada cual, a las interrelaciones con otros, y a las condiciones ambientales externas-- tienen un efecto que puede ser decisivo en la sostenibilidad de los procesos sociales. Las constantes del comportamiento humano pueden agruparse en tres tendencias. La primera es completamente neutral respecto a la sostenibilidad y en ella se incluyen, por ejemplo, el juego instintivo, la curiosidad y el instinto de descubrir, de explorar lo desconocido; también pertenecen a esta tendencia el deseo de dominar el mundo y la búsqueda de un mundo mejor. La segunda tendencia se caracteriza por su alto potencial de conflicto con la sostenibilidad; en ella se incluyen el comportamiento explotador y la búsqueda de resultados a corto plazo, la percepción selectiva, la propensión al abuso de los recursos comunes y el deseo de superar la dependencia respecto a la naturaleza y el entorno. La tercera tendencia favorece el desarrollo sostenible y ejerce un efecto estabilizante; a ella pertenecen el deseo de seguridad --y en particular el instinto de conservación del ser humano como especie--, el deseo de estar en contacto con la naturaleza, el placer de las experiencias elementales, la preferencia por los biotopos de transición y con presencia de agua, el deseo de orientación simbólica y estética, y la búsqueda de un significado superior. El modo en que una sociedad organiza física y socialmente sus condiciones de vida puede servir para reforzar determinados patrones de comportamiento, influyendo así en la mayor o menor sostenibilidad de su desarrollo social.

Aplicando estos descubrimientos de la etología humana al análisis y la valoración de diversas formas de estructuras urbanas en diferentes épocas y contextos culturales, se demuestra que las ciudades y sociedades más sostenibles del pasado eran aquellas en las que se daban condiciones favorables para los patrones de comportamiento de tipo estabilizador, o bien en las que se fomentaban éstos y se impedían los patrones de comportamiento explotador mediante regulaciones arquitectónicas y urbanísticas. Por lo general, estas regulaciones eran el resultado de un modo de vida en el que la comunidad se relacionaba cotidianamente con la naturaleza de forma intensa, experimentándola con todos los sentidos, y en el que los desequilibrios en el desarrollo se corregían mediante ciclos de reacción de corto plazo. Las ciudades se caracterizaban por presentar una economía doméstica altamente desarrollada y bastante compleja, con intensos flujos de materiales entre la región y el núcleo, y sofisticadas políticas de importación. El reparto del agua, el suelo fértil y los nutrientes, así como el suministro de las materias primas renovables estaban perfectamente coordinados entre sí. Finalmente, la relación entre los seres humanos, la naturaleza y el entorno estaba concebida como un sistema que favorecía la vida y como tal relación formaba parte integral de la psicología, la cultura y la espiritualidad de la comunidad. Al mismo tiempo, estas condiciones restringían y mantenían bajo control los comportamientos más desestabilizadores. Por todo ello, las ciudades eran muy sostenibles.

Como se ha descrito, las ciudades modernas se sitúan en el polo opuesto a estos principios de desarrollo urbano. No cabe duda de que las ciudades modernas tienden a promover los patrones de comportamiento que más comprometen la sostenibilidad, en algunos casos este comportamiento ha sido intencionado y ha proporcionado beneficios a muchos individuos. Por eso hay tanta resistencia a que cambien las cosas. Sin embargo, resulta cada vez más evidente que los principios premodernos de desarrollo urbano continúan siendo válidos hoy. En cualquier caso, en las presentes condiciones de globalización y progreso científico-técnico crecientes, se hace necesario reinterpretar dichos principios con el fin de establecer un modelo de desarrollo urbano sostenible posmoderno. El primer paso de esta tarea fue la elaboración, en los primeros años ochenta, de teorías y conceptos sobre la reestructuración urbana ecológica. Desde entonces hasta hoy, muchas de aquellas nuevas ideas se han puesto en práctica en numerosos proyectos experimentales y otras tantas se encuentran ahora en fase de desarrollo.


Edición del 31-12-2008
Traducción: María Cifuentes Ochoa
Revisión: Carlos Jiménez Romera
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