Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/aaher.html   
Arquitectos inmobiliarios, elitistas, o sostenibles
Agustín Hernández Aja[1]
Madrid (España), febrero de 2007.
Resumen: El autor reflexiona sobre la manera en la que se ha introducido el concepto de sostenibilidad en la profesión arquitectónica y en el actual contexto económico, social y mediático. Advierte del riesgo de considerar la sostenibilidad una tendencia formal más, sin detenerse a reflexionar sobre la insostenibilidad del propio sistema económico y productivo que sustenta el sector de la construcción, dentro del cual se enmarcan tanto los arquitectos inmobiliarios, dedicados a la edificación masiva, como los elitistas, artífices de proyectos singulares y simbólicos.

La introducción del término «sostenibilidad» en los medios de comunicación de masas ha obligado a todos aquellos que viven de la publicidad de su trabajo a posicionarse frente a ella. Este posicionamiento no necesita de una reflexión previa ni de tener un objetivo real que busque resolver los problemas a los que nos enfrentamos, simple y llanamente responde a la necesidad de aparecer en los medios de comunicación dando satisfacción a los parámetros de espectacularidad que reclaman. Los arquitectos hemos admitido que una parte importante de nuestra presencia social se realiza a través de los medios, y por tanto aprobamos que nuestra imagen se asocie a lo espectacular en todas sus dimensiones. Como corporación nos hemos apuntado a todas las modas y hemos pasado sin solución de continuidad del postmodernismo al deconstructivismo para recalar en la sostenibilidad, aceptando que nuestra intervención se hace básicamente desde la forma, sin alterar el sistema de producción que la sustenta.

Los arquitectos somos subsidiarios de un sistema productivo que nos restringe al control de la geometría de sus contenedores, dando como resultado una arquitectura que disocia el espacio visible de la estructura que lo soporta, de las instalaciones que permiten su funcionalidad y, lo que es peor, de las necesidades reales de sus futuros habitantes. En un contexto de máxima disponibilidad de energía y recursos, nos refugiamos en la imagen, sin considerar el resto de las dimensiones, ni el devenir, de los objetos que proyectamos. Aunque no todos los arquitectos se puedan permitir los mismos lujos, la mayoría ha asumido como responsabilidad principal la creación de objetos singulares.

Ateniéndonos a la importancia relativa que tienen, podemos decir que existen dos formas dominantes de realizar la arquitectura, la inmobiliaria y la elitista. La inmobiliaria está al servicio de la producción masiva, en un momento en que se vende cualquier cosa independientemente de su calidad, se rige por la máxima de la rapidez y se caracteriza por la ausencia de reflexión sobre el objeto producido, que es abandonado en manos del comprador sin mayores ambages. La arquitectura elitista da satisfacción a la demanda de objetos singulares que representen la posición dominante del sector de la construcción; la producción de sedes corporativas y de edificios singulares permite la acumulación de beneficios en unos productos que deben ser cuanto más caros, mejor; presidentes de corporaciones, alcaldes y consejeros autonómicos recorren los edificios con una satisfacción proporcional a su coste, independientemente de la repercusión que puedan tener sobre el futuro de las cuentas públicas, de su funcionalidad o de su utilidad. Una economía dependiente del sector de la construcción se comporta como cualquiera de sus ciudadanos: invirtiendo sus beneficios en productos inmobiliarios.

El siglo pasado fue el de la economía industrial, en la que lo fundamental era reducir el consumo de recursos para realizar la mayor cantidad de producto, y los edificios e infraestructuras eran un recurso más. Por ello era el estado el que administraba los medios necesarios para la urbanización y la infraestructura, recaudando una cuota de impuestos moderada para realizar unas obras que permitían el funcionamiento del sistema. Los arquitectos se pusieron al servicio de este modelo, con el objetivo de producir una arquitectura de masas en la que resultaba fundamental la optimación de recursos, tanto en la construcción material como en la disposición y organización de las edificaciones (el sol era importante). Podemos criticar el optimismo ingenuo de unos arquitectos que creían en la posibilidad de transformación de una sociedad atendiendo sólo a la forma, incluso podemos criticar su abandono de la ciudad heredada y las redes sociales que encerraba, pero los arquitectos no fueron ni mucho menos los miembros más irresponsables de una sociedad cegada por el poder de la industria y plegada a los deseos de los industriales, en la que se permitía la acumulación masiva del capital mientras se consideraba que los daños sociales o ecológicos no eran más que un coste que debía ser asumido por la sociedad a cambio de un mayor crecimiento. En ese contexto los arquitectos intentaron crear un nuevo lenguaje, definieron como problema básico la vivienda, determinaron como fundamentales las necesidades higiénicas, y colocaron el sol y la luz como base de su discurso; aún habiendo caído presos del espejismo del progreso industrial intentaron desarrollar un espacio útil para la sociedad que imaginaban. La pérdida de identidad de las ciudades, la imposibilidad de participar en la construcción de la propia vivienda, la alienación implícita en el modelo urbano racionalista, no fue sólo culpa de los arquitectos, fue el fruto del plan maestro de la sociedad industrial, que demandaba consumidores y no ciudadanos, y que generaba espacios estancos clasificados por nivel de renta para hacer invisibles las diferencias entre los que más tienen y el resto. El poder de lo económico generó un modelo de ciudad en el que cualquier actividad debe de ser incluida en el sistema económico, donde los ciudadanos no pueden cuidar sus jardines, sino que deben hacerlo jardineros, de forma que se creen empresas y empleo y por tanto riqueza, aunque sea a cambio de separar al individuo de su medio.

Pero el siglo XXI comienza bajo la necesidad de incorporar dos cambios de paradigma contrapuestos: en lo económico la economía industrial ha dejado paso a la monetaria, y en lo ecológico la creencia en la posibilidad de un crecimiento indefinido da paso la consciencia de haber llegado al límite de la capacidad del planeta. La economía monetaria implica que ahora ya no es necesario producir con el mínimo consumo de recursos, ahora se necesita tener una posición dominante en la creación de dinero financiero que permita a unas empresas comprar a otras, o a unos países tener a otros bajo su dominio bajo el impuesto de la deuda. Las ciudades son tanto más poderosas cuanto más se endeudan, se producen infraestructuras gigantescas que esconden, consciente o inconscientemente, el objetivo real de acumular deuda y de atraer a las grandes empresas, a los bancos que las financian y a todos aquellos que directa o indirectamente la construyen. La ciudad más fuerte es la que desarrolla los artefactos más masivos, la que consigue dirigir hacia ella los flujos económicos, pero también los materiales (al fin y al cabo con algo real hay que garantizar los créditos). En este contexto, es necesario construir constantemente, independientemente de la utilidad o necesidad, consumiendo la mayor cantidad de recursos (cuyo valor es marginal frente al valor final de los productos). La arquitectura nunca ha estado tan lejos de reflexionar sobre la utilidad y austeridad de sus productos. La arquitectura inmobiliaria se dirige a la producción masiva y depende de un conjunto de técnicos y gestores más preocupados por la velocidad y las ventas que por el producto que realizan; en un momento de beneficios masivos, se arremolinan un sinfín de agentes necesarios para obtener el máximo en el menor tiempo: desde el jefe de obra con pocos escrúpulos (capaz de contratar y controlar la tasa necesaria de sin papeles), a las contratas y subcontratas dedicadas a instalar elementos en la obra, sin olvidar a una casta de gestores capaces de conseguir sin problemas un suelo o una licencia, todos ellos sin más responsabilidad que la parcial y sin más objetivo que el de abandonar cuanto antes un proyecto para acudir a otro. En este contexto la arquitectura elitista se desplaza hacia el mercado del lujo, y como tal queda referida a lo que determinen sus mandarines, los edificios tienen que ser caros y excitantes (formalmente diferentes), y garantizar que serán recogidos por los medios de comunicación, de forma que (al igual que cuando se compra un cuadro caro) el encargante pueda fotografiarse ante su adquisición. El objeto debe ser singular y garantizar un flujo de visitantes independiente del de usuarios, y cuando algo es visto por tanta gente y reflejado por los medios, ¿qué importancia tiene su coste de producción y mantenimiento?

Pero inmobiliarios y elitistas no pueden obviar la necesidad de incorporar la certeza de que se han alcanzado los límites de la capacidad del planeta. La arquitectura elitista cree solucionarlo dando una respuesta simbólica; en un momento de crisis se justifica la necesidad de una ruptura estilística y formal libre de las ataduras de las normativas, el mensaje es que la libre creación nos abrirá el paso, como un machete en la selva, hacia la solución. No importa si nos equivocamos, lo importante es que avancemos. El nuevo edificio puede que no sea la solución pero será un faro en el camino. Lo importante es que el gesto en lo formal y lo complejo en lo técnico nos llevará a la meta. Se plantea una utilización audaz de los materiales: «¿por qué no seguir usando paredes de vidrio si quiero que los usuarios se den cuenta de lo unidos que estamos a la naturaleza?» La herramienta parece ser la metáfora: si el edificio es un organismo habrá que dotarlo de nuevas venas y cerebro, demos paso a toda la tecnología disponible, «¡que el edificio sea independiente de la inteligencia de sus usuarios!» Todo cabe, nuevos materiales procedentes de los laboratorios aeroespaciales, complejísimos sensores que determinen cuándo hay que apagar, encender, abrir y cerrar. Pero eso sí, que el edificio nos hable de la sostenibilidad, ya sea serigrafiando árboles en sus paredes o de cualquier otra forma que nos haga sentir en nuestro edificio como viviendo dentro de un árbol.

La arquitectura inmobiliaria también necesita incluir aspectos simbólicos de sostenibilidad, por precaución debe adelantarse a las normativas que buscarán frenar sus impactos sobre el medio ambiente. Un sector con esa capacidad de acumulación (y con esa importancia en la economía), busca prevenir la aparición de normativas gravosas sobre su actividad. Las constructoras se federan en alianzas que se adelantan a las nuevas regulaciones, y realizan informes sobre los impactos que sobre su actividad tendrían modificaciones radicales. El sector sabe que necesita diversificar sus negocios y prepararse para cambios bruscos en su actividad, por lo que crea filiales dedicadas a racionalizar procesos dentro de la «eficiencia energética», la «edificación sostenible» o la creación de entidades gestoras de energía en las viviendas. Pese a todo, el sector de la construcción aparece como un gigante hipertrofiado, adicto a la velocidad y al beneficio rápido, dirigido por una casta de gestores incorregibles, del que cuelgan multitud de contratas y subcontratas, como un boxeador de los pesos pesados, repleto de esteroides, en el culmen de una carrera vertiginosa, cuando están a punto de aflorar todos los problemas físicos de una actividad de alto riesgo, pero que quiere continuar intentando acumular la mayor bolsa posible, jaleado por una corte de beneficiarios que tampoco saben hacer otra cosa. Pero tiene que ser posible reconducir una actividad que se desarrolla de esta forma, es necesario hacerlo ya que su caída tendría un impacto brutal sobre la economía y la calidad de vida de la población. Pero todo el sector debe entender que necesita cambiar, que necesita reconducirse a una actividad que no se marque como única meta el crecimiento de los dígitos, sino la estabilización, desarrollando una nueva forma de hacer que incorpore una red de conocimientos interdependientes, con capacidad de acomodación a los cambios y con la participación de los ciudadanos.

La sostenibilidad debe de ser una condición transversal a la práctica del arquitecto, no vamos a caer aquí en una visión reduccionista clamando por la desaparición de la arquitectura inmobiliaria y la elitista, lo que se propone es acoplar nuevas (y viejas) prácticas a la labor del arquitecto. Podemos determinar que existen tres retos fundamentales:

Ninguna de estos tres retos son ajenos a la cultura de los arquitectos, de hecho a lo largo de la historia podemos encontrar referencias constantes.

La reducción no implica olvidarnos de las otras dos R (reutilizar y reciclar), pero es necesario que la pongamos en primer lugar. Reducción implica hacer menos, menos casas, reducir las superficies construidas, reducir los consumos de energía y materiales, pero sin desacoplar las fases de producción, uso y recuperación. Obviar la fase de uso en el análisis del consumo de recursos de un edificio, podría llevarnos a generar objetos de bajo impacto, pero que tuviesen mucho consumo o una vida tan corta que no compensasen los recursos utilizados. Es necesario determinar la vida ecológica del edificio, donde lo importante es saber el cociente entre la suma de los recursos consumidos en su construcción, mantenimiento y sustitución, y el tiempo de vida (de uso real) del edificio, de forma que consideremos mejor este coeficiente cuanto menor sea. Entre todos los recursos el suelo aparece como fundamental, hemos llegado a una fase en la que todo el suelo nos es necesario para el soporte de la vida en el planeta. No sólo consumimos suelo cuando edificamos sobre él, sino que alteramos el suelo del entorno con la propia edificación, y además, aunque no lo veamos, consumimos ingentes cantidades para producir los recursos que utilizamos y para verter los residuos que producimos. La reducción del consumo de suelo nos conduce necesariamente a la rehabilitación de la ciudad existente, obligándonos a cambiar de punto de vista. Ya no podemos actuar como conquistadores de nuevos territorios, sino como pastores de la ciudad existente, acomodando lo que tenemos (un recurso físico y social) a las nuevas necesidades.

La reducción del impacto sobre los ecosistemas implica situar nuestras actuaciones dentro de éstos, no encima de ellos, conocer los ciclos naturales y acoplarnos a ellos. Si nos fijamos en el agua, no puede ser que nuestras actuaciones impermeabilicen el suelo, impidiendo la recarga natural del subsuelo y convirtiendo el agua en un problema, canalizándola hacia depuradoras o permitiendo que alcance velocidades y caudales excesivos, que arrasan todo a su paso y aumentan la erosión y la pérdida de suelo fértil. Los materiales deben producir el mínimo impacto posible, no tiene sentido utilizar materiales cada vez más sofisticados que requieren de la utilización de pegamentos, retardantes y aceleradores que contaminan la atmósfera, el suelo y el agua.

La participación se convierte en una necesidad ineludible, nosotros sólo conocemos una parte de un sistema cada vez más complejo. Antes el espacio sobre el que actuábamos, las necesidades sociales y la complejidad de técnicas y materiales eran reducidos y aún así la arquitectura que se producía estaba hecha para durar, tanto en lo material como en lo funcional, y los residuos e impactos eran relativamente bajos. Ahora nos encontramos dentro de un espacio limitado (ya hemos alcanzado los límites de la capacidad del planeta para renovarse) en el que cualquier actuación tiene un previsible impacto, y en el que una mentalidad mercantilista intenta ajustar cada vez más el espacio a la función que contiene temporalmente (los edificios duran lo que su uso coyuntural). En un marco de técnicas y materiales cada vez más complejo, sólo es posible actuar con eficacia oyendo a todos. Sólo es posible reducir los impactos negativos y revertirlos en positivos si todos aportamos nuestro saber y aprendemos de los demás. La sostenibilidad necesita de la participación de los ciudadanos, a veces lo olvidamos pero si reflexionamos ha de resultarnos ridículo que llenemos un edificio de cables, sensores y ordenadores sólo para que se apaguen las luces cuando no hay nadie, sólo para que nadie sea responsable, para que no tengamos que preguntar «¿queda alguien?», para caer en la fantasía de un espacio que nos libere de nuestra condición de ser social responsable. El oficio del arquitecto incluye entre sus tareas la responsabilidad de hacer legible lo construido, tanto en lo funcional como en lo simbólico, pero no podemos inventarnos un lenguaje. Los lenguajes son construcciones colectivas, podemos hacer aflorar una nueva lengua viendo lo que ya existe, lo que los ciudadanos hacen o están dispuestos a hacer, interpretando sus necesidades y reflejándolas en un nuevo tipo de arquitectura.

El cambio que tenemos que asumir va más allá de Kioto y supera la simple reducción de emisiones de gases de efecto invernadero; no es posible creer que la suma de soluciones sectoriales, basadas en los mismos principios que nos han traído hasta aquí, puedan solucionar una maraña de problemas interrelacionados. Hay que asumir la necesidad de un cambio integral en nuestro sistema de actuación, cada proyecto debe buscar la solución interrelacionada de varias dimensiones, de forma que evitemos que cada solución genere un nuevo problema en una espiral inacabable. Lo económico, lo ambiental, lo social y lo formal son algunas de las facetas del problema. Queramos o no, el cambio ha comenzado (los signos vitales del planeta no permiten otra cosa), pero el camino no está escrito, estará entre un modelo basado en la tecnificación y el crecimiento sostenido (en el que se incrementarían geométricamente los problemas hasta la quiebra de nuestro actual sistema de producción y consumo), y la implantación de una utopía ecologista, de bajo impacto, en armonía con la naturaleza; ambos escenarios parecen imposibles por simplistas. La parte más dura del sistema intenta mantener la ilusión del milagro industrial, pero también existe la fuerza de los que buscan la integración con la naturaleza. Si pudiésemos, apostaríamos por un híbrido entre ambas, por una práctica que implicase una mejor gestión de nuestro conocimiento y que recolocase las dimensiones más humanas de nuestras necesidades al mismo nivel que las materiales y las de mantenimiento de nuestro entorno. Esperemos que los arquitectos, inmobiliarios, elitistas o sostenibles, sepamos reconducir lo que hacemos hacia un entorno más estable en el que sea posible imaginar futuros más complejos y adecuados a nuestras necesidades como especie que vive en un planeta tan singular.


Notas


[1]: Doctor arquitecto. Profesor de urbanismo de la Universidad Politécnica de Madrid. Coordinador de las Jornadas.


Edición del 10-9-2013
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