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Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/aaeli.html   
¿Es sustentable ambientalmente el crecimiento capitalista?
Antonio Elizalde
Santiago (Chile), 1996.
Resumen: En este artículo, el autor analiza aquellos rasgos inherentes al sistema capitalista que resultan abiertamente incompatibles con la sostenibilidad. El análisis se estructura en siete argumentos, en los que se aborda el problema desde distintas perspectivas: la imposibilidad de conciliar crecimiento con sostenibilidad; la existencia de límites naturales, soslayados durante los últimos decenios, a los que la tecnología no puede dar respuesta; la degradación de las bases naturales, económicas y culturales de las sociedades; la constante creación de necesidades artificiales para acelerar el consumo; la obsolescencia planificada de los productos que salen al mercado; la falta de consideración de las consecuencias a largo plazo de las actividades económicas; y el cambio de mentalidad que ha supuesto en la sociedad el nuevo modelo de producción y consumo. A modo de conclusión, el autor constata la inminente destrucción del planeta si no hay un cambio en el sistema económico y cita líneas de actuación que pueden suponer una alternativa a los problemas planteados.


Índice General

 

No existe un problema económico... Lo que existe es un problema moral.
E. F. Schumacher
En el presente artículo intentaré presentar una argumentación para demostrar la inviabilidad ambiental del desarrollo capitalista, en su actual forma de organización de las fuerzas productivas. Para cumplir este objetivo presentaré un conjunto de tesis en forma de argumentos.

Argumento 1

No es posible un crecimiento económico sustentable. Casi todos los autores y analistas de la sociedad actual tienden a coincidir en que el capitalismo, en su expresión actual, es la culminación de la Ideología del Progreso, dentro de una concepción de la historia y del universo en la cual se piensa en la primera como un proceso sostenido y continuo de evolución ascendente desde formas más simples hacia formas más complejas, donde la expresión de la voluntad humana no tiene límites. Esta visión sostiene que los únicos límites posibles de reconocer son los autoimpuestos, por razones éticas o políticas. Todos los otros límites: físicos, ecológicos, económicos... son susceptibles de ser superados (o transgredidos) con el auxilio de la principal herramienta de que dispone la especie humana: su tecnología. Sin embargo, dicha concepción entra en una profunda contradicción con lo que nos señalan las ciencias naturales, como la física y la biología, que nos dicen que en el universo todo tiene límites.

La siguiente cita de Herman E. Daly es enormemente esclarecedora:

Las afirmaciones de lo imposible son el fundamento mismo de la ciencia. Es imposible viajar a más velocidad que la de la luz, crear o destruir materia-energía, construir una máquina de movimiento perpetuo, etc.

Respetando los teoremas de lo imposible evitamos perder recursos en proyectos destinados al fracaso. Por eso los economistas deberían sentir un gran interés hacia los teoremas de lo imposible, especialmente el que ha de demostrarse aquí: que es imposible que la economía del mundo crezca liberándose de la pobreza y de la degradación medioambiental. Dicho de otro modo, el crecimiento sostenible es imposible. En sus dimensiones físicas, la economía es un subsistema abierto del ecosistema terrestre, que es finito, no creciente y materialmente cerrado.

Cuando el subsistema económico crece, incorpora una proporción cada vez mayor del ecosistema total, teniendo su límite en el cien por cien, si no antes. Por tanto su crecimiento no es sostenible. El término crecimiento sostenible, aplicado a la economía, es un mal oxímoron: autocontradictorio como prosa, y nada evocador como poesía.

Daly, 1991:47

Argumento 2

La tecnología no puede superar lo imposible. El notable éxito que ha tenido Occidente en relación a otras experiencias civilizadoras es gracias al enorme poder que ha mostrado la tecnología para transformar nuestra realidad material. Este fenómeno nos ha llevado a creer que la tecnología tiene una capacidad ilimitada para resolver cualquier tipo de problemas, que todo es cuestión del tiempo requerido para encontrar la solución.

Esta concepción se sustenta en la evidencia que la propia historia nos presenta respecto a cómo fueron superándose, gracias al avance científico y tecnológico, problemas que en un momento dado fueron considerados como casi insolubles y graves amenazas para la supervivencia humana, por ejemplo, las pestes y hambrunas ocurridas en Europa durante los siglos XVII y XVIII o las situaciones de miseria generalizada que caracterizaron los momentos iniciales del capitalismo industrial. Esto es así, pero la situación presente es sustantivamente diferente.

En un artículo anterior (Elizalde, 1994) hice referencia al fenómeno que denominé «aceleración del tiempo histórico y descoyuntamiento del tiempo físico». Hoy estamos llevando a cabo mediante nuestras formas de existencia transformaciones tan radicales en la naturaleza que equivalen a lo ocurrido durante millones de años de evolución geológica del planeta, alterando de forma sustantiva los frágiles equilibrios que hacen posible la existencia de la biosfera y por supuesto de nuestra vida.

«De todos los recursos que el hombre ya retiró de la Tierra, la mitad fue gastada en los miles de años anteriores a 1922. La otra mitad fue desenterrada desde 1922 para acá, o sea, en menos de 70 años. La velocidad, en la vida de hoy, es tremenda» (Imai, 1991:21).

A finales del año 1994, participé en México en una reunión con campesinos que se efectuó en las cercanías de Dolores Hidalgo, a una distancia aproximada de trescientos kilómetros de Ciudad de México. Cuando les pregunté por qué no construían embalses, ya que sus suelos eran de secano, me contestaron que no podían hacerlo porque la ley se lo prohibía. Les pregunté entonces por qué no perforaban pozos, y me señalaron que las aguas subterráneas están reservadas, constitucionalmente, para abastecer las necesidades de Ciudad de México. Campesinos imposibilitados de trabajar la tierra de forma adecuada debido a la sed de los casi veinte millones de habitantes de una ciudad situada a trescientos kilómetros de distancia.

La tecnología no puede dar respuestas frente al uso alternativo de recursos escasos. En esos casos habrá, inevitablemente, que elegir. Hay quienes afirman que las guerras del futuro serán por el agua. Es muy posible, como muestra la anécdota anterior, que sea así. El Grupo de Vézelay acuñó hace algunos años el concepto de tiempo de respuesta: toda respuesta a un problema requiere de un tiempo para ser elaborada; pero el tiempo requerido puede ser superior a aquel en el cual el problema, que tiene su propia historia natural, alcance el nivel crítico para el cual ya no habrá respuesta pues se habrá desbordado la resciliencia del fenómeno.

Ejemplo de lo anterior pueden ser las pandemias tipo SIDA o Ébola o la eutrofización de ríos y lagos por exceso de nutrientes. Uno de los principios fundamentales del control de calidad afirma que el índice de seguridad de cualquier artefacto no es la media, sino el producto de los índices de seguridad de sus diferentes partes componentes. ¿Qué podemos deducir de lo anterior?

Que cualquier producto humano, sea una máquina, una estructura, un sistema social, un modo de producción o una estrategia de vida, se va haciendo más complejo en la medida en que se le van agregando nuevos elementos adicionales a los que ya posee. Los productos provistos por nuestros sistemas productivos, los bienes durables o de consumo, nuestras organizaciones, todos los productos materiales de nuestra cultura; son sistemas a los cuales les estamos agregando crecientemente funciones, comandos adicionales; ‘perillas’, para graficar mejor la idea. Eso implica, en consecuencia, que en la práctica esos elementos adicionales que se introducen incrementan las posibilidades de que dicho sistema falle. La única forma posible de que tal proceso no implique un creciente deterioro —ya que cada nuevo elemento incorporado genera un incremento del nivel de riesgo o de propensión a la falla— es mediante un aumento o mantenimiento del nivel de seguridad, para lo cual el nuevo elemento incorporado deberá tener un índice mayor de seguridad que el del sistema al cual se incorpora.

Es esa mejora en los niveles de seguridad de los elementos incorporados lo que permitió pasar desde los aviones pioneros los actuales aviones comerciales. Pero este proceso también tiene sus límites, como demuestran muchos hechos que hemos conocido. Se hundió el Titanic, han fracasado muchas misiones espaciales, se han hundido submarinos nucleares, se desploman edificios, se caen puentes, se producen lunes negros en las bolsas del mundo, colapsan sistemas de telecomunicaciones, quiebran bancos, etc. ¿Por qué ocurre lo anterior? Porque el cambio producido en cualquiera de estos sistemas es un cambio que se realiza gracias a la interrelación de muchísimas dimensiones: políticas, económicas, financieras, tecnológicas, sociales, culturales, e incluso psicológicas.

Ningún inventor de armas imaginó que el objeto que estaba inventando sería usado por un fanático o un demente que se iba a subir al techo de un edificio para desde allí matar gente. Pero en la realidad, ese tipo de escenarios es uno de los riesgos inherentes que tiene cualquier producto que se diseñe en un sistema tan complejo como el que constituimos los seres humanos. Y aquí encontramos un problema fundamental. Nuestra experiencia cotidiana nos demuestra que los niveles de seguridad de nuestros sistemas están fallando y cada vez más. Cuando dichas fallas afectaban sólo a ámbitos familiares o locales, e incluso provinciales, no había mayores problemas, ya que el conjunto de la humanidad no se sentía afectado.

Pero el modo de producción capitalista se ha ido expandiendo y se ha globalizado. Cuando se inició el transporte de petróleo, las primeras embarcaciones transportaban algunos miles de toneladas. Hoy, sin embargo, los supertanques transportan cientos de miles de toneladas; y los niveles de riesgo son similares a los de los barcos más pequeños. Vamos, entonces, asumiendo opciones de riesgo creciente, que ya no nos involucran sólo a nosotros, sino al resto de la humanidad y a las generaciones venideras.

Lo paradójico es que la búsqueda obsesiva de una mayor imposición de nuestra voluntad sobre la realidad, de una mayor propositividad y de una mayor deliberación, nos conduce, inevitablemente, a una mayor impredictibilidad, a una mayor incertidumbre que a su vez nos lleva a seguir intensificando perpetuamente el cambio tecnológico. Pero la tecnología, al igual que todo lo creado, aunque sea perfectible, tiene un límite más allá del cual no puede trascender.

Argumento 3

El desarrollo económico occidental degrada sistemáticamente todo lo que la gente valora, y así destruye la matriz vital de la humanidad. Ivan Illich identifica como un rasgo característico del desarrollo económico de Occidente lo que llama la producción social de valor negativo, aquel programa social que en nombre de un ideal materializado llamado desarrollo degrada los patrones culturales mediante los cuales la gente a lo largo de la historia ha dado sentido a sus vidas y encontrado la alegría y el goce de vivir. Illich afirma que «se ha violado cierto principio geosófico, una sabiduría de la Tierra»:

Gracias al continuo flujo del ciclo del agua a través de la atmósfera, la capa vegetal y la cultura humana, la Tierra vive en una especie de sistema abierto. Ahora vemos que la contribución de la cultura es decisiva para la vida de este sistema. Proteger y aumentar la matriz suelo-agua del ambiente es una condición esencial para el florecimiento y supervivencia de cualquier sociedad. Mediante la intensificación y extensión del valor negativo, la sociedad occidental va en la dirección opuesta.

Nos encaminamos hacia la inevitable destrucción de esta delicada matriz. Ciudad de México es la imagen misma de la modernidad, el microcosmos del Occidente actual. Allí, excrementos, basura, venenos y calor residual no se pueden transformar y radiar de vuelta al ciclo cósmico. Las posibilidades mitológicas del cultivo humano se ahogan bajo el manto pestilente de un miasma gris-amarillo. Ahora la Tierra se convierte en un montón de basura donde la acumulación de desechos aniquila los ritmos de un planeta que vive y respira.

Illich, 1995:16
Illich señala asimismo que el estudio del valor negativo nos permite tomar conciencia de que el curso de esta evolución tiene una historia y que su esencia es lo que hemos llamado economía. La historia del desarrollo económico occidental se puede rastrear partiendo desde la escasez implícita de los comerciantes de Aristóteles, hasta llegar a la destrucción de respuestas culturales autónomas a la condición humana y a la transformación de nuestro hermoso planeta en un vertedero pestilente.

Argumento 4

El crecimiento capitalista se basa en la permanente creación de necesidades, muchas de ellas artificiales, para sostener la demanda de nuevos bienes necesaria para alimentar el sistema. La sociedad capitalista actual ancla su existencia en la producción industrial de bienes de consumo masivo, bienes que requieren ser permanentemente desvalorados y desechados, para así continuar creando nuevos bienes que los sustituyan. El siguiente texto de André Gorz expone agudamente este hecho:

¿De qué tenemos necesidad? ¿Qué deseamos? ¿Qué nos falta para que podamos realizarnos, comunicarnos con los demás, llevar una vida más relajada y establecer relaciones más fraternales? La previsión económica, la economía política, no tienen nada que hacer ante estas preguntas. Preocupadas solamente de hacer funcionar la máquina, de hacer circular el capital, de mantener un cierto nivel de empleo, nos fabrican las necesidades correspondientes a las exigencias, en un momento dado, del aparato de producción y de circulación. Nos inventan deliberada y sistemáticamente nuevas escaseces y carencias, nuevos lujos y nuevas pobrezas, conforme a las necesidades de rentabilidad y de crecimiento del capital.

Éste tiene a su servicio estrategas que saben manipular nuestros más secretos resortes para imponer sus productos a través de los símbolos de que están cargados. Hace veinte años, uno de estos estrategas enseñaba su juego con candor: su nombre es Stanley Resor, presidente de la J. Walter Thompson, una de las mayores agencias de publicidad de Estados Unidos. Para Resor, cuando aumentan los ingresos, la creación de nuevas necesidades es lo más importante. Cuando se pregunta a la gente: ‘¿Sabe usted que su nivel de vida aumentará en un cincuenta por ciento en los próximos diez años?’, no tienen la menor idea de lo que eso quiere decir. No reconocen la necesidad de un segundo coche a menos que se les recuerde con insistencia. Esta necesidad tiene que ser creada en su ánimo y es preciso hacerles ver las ventajas que les procurará el segundo coche.

Yo considero la publicidad como la fuerza de educación y de activación capaz de provocar los cambios de la demanda que nos son precisos. Mostrando a mucha gente un nivel de vida más elevado, aumentamos el consumo al nivel que nuestra producción y nuestros recursos justifican.

Gorz, 1989:127-128

Gorz concluye que es el consumidor el que está al servicio de la producción, para así asegurar a ésta las salidas que reclama; que es el consumidor quien tiene que irse adaptando a los requerimientos de las producciones que los cambios tecnológicos indican como las más rentables en determinadas circunstancias.

Afirma por otra parte que ello es indispensable para que la sociedad pueda perpetuarse, y así reproducir sus desigualdades jerárquicas y mantener incólumnes sus mecanismos de dominación.

Argumento 5

El crecimiento capitalista contiene una paradoja: crea bienes que se transforman en males, ya que todo bien, superada cierta escala, se transforma en mal. El mismo André Gorz (1986), en un magnífico artículo, demuestra con el caso del automóvil cómo gran parte de los bienes propios de la modernidad solamente mantienen su carácter de bien mientras sean escasos y accesibles únicamente a minorías.

En el momento en el cual éstos se masifican, dejan de ser bienes y se transforman en males. La ilusión del automovilista de transitar a altas velocidades desde un punto del territorio a otro en el momento en que se le ocurra, sólo es posible si existen pocos automóviles. Si todos los habitantes de una ciudad poseen automóvil no será posible para nadie desplazarse hacia ningún punto, salvo que se establezcan regulaciones extremas. La sociedad capitalista posee en su naturaleza un carácter excluyente que hace que sólo pueda ofrecer beneficios que se sustentan en el juego suma cero: si alguien gana es porque otro pierde.

El antropólogo norteamericano Marvin Harris (1984) ha realizado un brillante análisis de la sociedad norteamericana contemporánea, en el cual demuestra cómo la calidad de vida de esa nación se ha ido deteriorando debido a los procesos de producción de obsolescencia planificada. Él señala que los bienes adquiridos tienen una vida útil determinada desde los procesos productivos, que raramente coincide con las expectativas respecto al tiempo de uso que los consumidores tienen respecto a dichos bienes. Los necesarios procesos de creación de servicios técnicos y los costos para el consumidor de las reparaciones que debe realizar a los artefactos de diversa índole que conforman su equipamiento hogareño o laboral, reflejan, según Harris, un proceso de inflación encubierta. Asimismo, esta obsolescencia incrementa los niveles de derroche y desperdicio y refuerza la carga sobre el ambiente, mediante la producción de basura y de nuevas demandas de materias primas extraídas del medio natural. De modo tal que muchos bienes durables e incluso bienes de capital, por la lógica interna del capitalismo, son transformados de bienes —que proveen calidad de vida o riqueza mediante la creación de nuevos bienes— en males, ya que son transformados en chatarra o basura (valor social negativo), constituyéndose en una carga para el ambiente. Pero hay otra forma como la sociedad capitalista contemporánea va transformando, cual moderno Midas, todo lo que toca en basura y es mediante su adicción al gigantismo. El economista austríaco Leopold Kohr señala que ni el mundo desarrollado ni el mundo subdesarrollado han tomado aún conciencia de que existe el hiperdesarrollo, ya que transgredidos ciertos límites el progreso tecnológico no sólo deja de ser una solución en la lucha de la humanidad por el avance social, sino que llega a convertirse en su peor obstáculo. Y argumenta lo siguiente:

El tamaño adecuado de un diente depende de la función de masticar, de triturar los alimentos para hacerlos digeribles, sin herir en el proceso a la boca en la cual se halla fijado. Si fuera mayor no resolvería el problema de crecimiento, sino que crearía uno más grave de forma... De modo semejante, el cuerpo humano, la concha de un caracol, una casa, una camisa, una escuela, un teatro, un Parlamento, un aeropuerto y cualquier cosa que queramos nombrar tienen unos límites de tamaño determinados por sus funciones. Como el biólogo de Cambridge D'Arcy Thompson (1981!) ha mostrado en su magistral estudio On Growth and Form [1], si un caracol añadiera un solo anillo a la compacta estructura de su concha después de que ésta hubiera alcanzado el tamaño apropiado, su volumen aumentaría dieciséis veces, con el resultado de que la concha diseñada para cobijar al caracol se haría pedazos bajo el inútil sobrepeso...

...la misma abundancia crea un problema en vez de resolver uno. Lo mismo es cierto para la mayoría de los bienes que el progreso nos ha dispensado tan pródigamente; de servicios médicos a coches, pasando por neveras, casas e incluso vacaciones. Han dejado de ser lujos para convertirse en artículos reparadores de cosas necesarias, no para mejorar la vida, sino simplemente para ayudarnos a combatir las dificultades adicionales derivadas de vivir a tan vasta escala.

Como la mayor producción de tabletas de aspirina que ha dejado de ser la medida de nuestros estándares sanitarios para pasar a ser el índice de las jaquecas que no padecíamos cuando vivíamos en sociedades más pequeñas, menos irritantes...

Kohr, 1981:209-211

Argumento 6

La principal de las eficiencias, la eficiencia reproductiva, es la que el desarrollo capitalista no reconoce. Lo limitado de nuestro horizonte temporal nos hace imposible darnos cuenta de que, en una perspectiva evolutiva de largo plazo, la única eficiencia válida es la eficiencia reproductiva. En el proceso de la vida, todo organismo vivo se desarrolla en interacción con su ambiente, y dicha interacción, que es propiamente la vida de ese organismo vivo, le permite a éste hacerse a sí mismo modificando o transformando su ambiente, para que le haga posible su existir. Cuando un ser vivo, en cuanto individuo, fracasa en este propósito, muere. Cuando un conjunto de seres vivos, en cuanto especie, fracasa en este propósito, se extingue. Franz Hinkelammert nos hace notar que:

Un sistema de mercados que no está expuesto a resistencias correctivas se comporta de modo fragmentario frente a los conjuntos interdependientes de la división social del trabajo y de la naturaleza. Se trata de una ‘tecnología fragmentaria’ (piece-meal-technology), como afirma Popper. Como tal interviene sin ningún criterio de orientación en relaciones interdependientes. Cuanto más se celebra esta tecnología fragmentaria como la única tecnología realista, con más rapidez se destruyen los sistemas interdependientes de la división social del trabajo y de la naturaleza. Una acción orientada predominantemente por los criterios del mercado no puede prever ni evitar este resultado.

El sistema de mercado resulta ser un sistema compulsivo. Si se le deja operar según las indicaciones de su ‘mano invisible’, obliga a la catástrofe. Las oportunidades del mercado y su aprovechamiento son compulsivas, pero tienen que ser calculadas fragmentariamente.

O se pierde en la competencia, o se participa en la destrucción de los fundamentos de la vida de nuestro planeta. Para ganar en la competencia se destruyen las fuentes de la riqueza. En el sistema de mercado no existe sino la alternativa: ahorcado o fusilado. Dado que en el mercado total la competencia es lo único intocable, esta competencia promueve el proceso de destrucción.

Hinkelammert, 1995:216

Habitualmente se tiende a olvidar que el fin último de la competencia es eliminar la competencia del mercado, logrado esto desaparece la competencia. Es decir, surge el monopolio: aquello que se buscaba evitar es lo que se obtiene finalmente.

Argumento 7

El capitalismo realiza la construcción social de la obsolescencia. La sociedad capitalista de consumo masivo ha ido transformando de una manera radical los valores propios de las sociedades tradicionales. Ha destruido los valores de la cooperación y de la convivencialidad; ha destruido los valores de la solidaridad y de la fraternidad; ha fomentado el individualismo extremo y una suerte de consumismo patológico, lo cual ha comenzado a comprometer incluso el futuro. En el pasado, no tan lejano tal vez para las generaciones nacidas a comienzos de siglo, la práctica social dominante era la adquisición de bienes de consumo durables con los ahorros que habían sido producto de largos períodos de privaciones pasadas. Y sólo en el caso de una tragedia o de una inversión significativa para el bienestar del grupo familiar se recurría a algún tipo de endeudamiento, siempre y cuando éste no comprometiese significativamente las decisiones futuras. Willis Harman presenta la profunda mutación cultural desde una ‘sociedad frugal’ a una ‘sociedad consumidora’, experimentada especialmente por la sociedad norteamericana. Allí se aprendió a malgastar, a usar y botar las cosas, a sentirse insatisfecho incluso con el último modelo de automóvil y a anhelar el nuevo modelo. Señala asimismo que:

Un cambio cultural relacionado fue en la actitud hacia la deuda. La gente que había tenido previamente una ética de ahorrar hasta lo que podían dar, ahora aprendieron a comprar a crédito —comprar ahora y pagar después (o mejor aún, compre ahora, pida prestado después).

Las corporaciones adquirieron altas deudas, en algunos casos reemplazando a la financiación mediante emisiones de acciones sin intereses fijos por la financiación por medio de créditos. Los gobiernos nacional y municipales encontraron políticamente más atractivo adquirir déficit que imponer tributos como ellos adecuadamente hacían antes. Otro cambio relacionado tiene que ver con la aceptación de altas tasas de interés.

De nuevo un cambio en el lenguaje revela el profundo cambio cultural: en una etapa anterior habían existido dos palabras en uso con connotaciones completamente diferentes. Interés era una tarifa razonable cargada por un crédito, mientras que usura significaba aprovecharse del préstamo de dinero.

La distinción desapareció, y el cargar intereses a lo que había sido una vez considerado tasas de usura llegó a ser un lugar común.

El efecto combinado de una psicología de deudor y altas tasas de interés tiene una consecuencia particularmente perniciosa en el largo plazo. El efecto inmediato ha sido que, por cada dólar que una familia gaste, de 30 a 50 centavos van a servicios de la deuda, mucha de ella oculta.

Cada persona, rica y pobre del mismo modo, destina un tercio o un medio de sus gastos totales en pago directo o indirecto de intereses. Sin embargo, un grupo mucho más pequeño tiene un exceso de dinero para prestar (o invertir), así que ellos reciben intereses. El efecto neto es de un sistema redistributivo penetrante y pernicioso, cambiando el intransigente dinero desde aquellos que tienen menos a los que tienen más.

Con el tiempo, esta injusta tendencia de la economía a concentrar la riqueza está destinada a resultar en descontento de masas y demandas por compensaciones políticas. Un mecanismo similar opera entre las naciones, donde su efecto es ya visible en el hecho de que para muchos países en desarrollo la transferencia de riqueza desde las naciones pobres a las ricas en forma de servicio de la deuda excede con creces la transferencia en la dirección reversa mediante el comercio y la ayuda al desarrollo.

Harman, 1993:30-31

En el transcurso de no más de dos generaciones, hemos transitado hacia una forma de adquisición de bienes de todo tipo a través de la financiación en compromisos futuros, vía endeudamiento a plazos cada vez mayores. Aquí nos encontramos con la paradoja de que para desplegar la mentada libertad de elección en el consumo presente, reducimos nuestros grados de libertad futura, y paralelamente adquirimos bienes que nos confieren en el presente mayor calidad de vida comprometiendo nuestro bienestar futuro. ¿No estaremos por medio de estos mecanismos sociales avanzando hacia una obsolescencia del futuro? ¿Cuántas personas no se sienten amarradas a sus estilos de vida actuales debido al endeudamiento de por vida que han adquirido? En las inequitativas sociedades del pasado existió tanto la esclavitud como la servidumbre —algo de eso también se dio en nuestro país[2]— y ambas instituciones sociales implicaban una herencia negativa, un compromiso de fuerza de trabajo adeudada, que se transmitía intergeneracionalmente. ¿No son el dinero plastificado y el endeudamiento fácil una versión postmoderna de las servidumbres del pasado? ¿Cuánto más allá en el futuro requerirá desplazarse el endeudamiento para mantener tasas de crecimiento económico elevadas? En sociedades que operan con esta lógica se van transformado en obsoletos y desechables todos aquellos seres humanos que por diversas razones no pueden constituirse en sujetos de crédito: personas con bajos o escasos niveles de ingreso (pobres), personas con esperanzas de vida limitada (ancianos y enfermos terminales), personas con capacidad de pago decreciente (enfermos crónicos y minusválidos), y así muchos otros grupos sociales. De forma tal que la exclusión se torna necesaria para mantener los niveles de competitividad alcanzados.

Conclusión

No quiero agobiar a los lectores con un aluvión de datos que demuestran los niveles de riesgo en que nos encontramos situados actualmente, pero quisiera, a modo de conclusión, presentar una cita muy esclarecedora y que me ahorra mayores comentarios.

Dicen que uno de los mejores indicadores de la riqueza humana es la cantidad del gasto de energía. Esta cantidad está relacionada con el Producto Interior Bruto (PIB). Para obtener la energía, el ser humano consume principalmente combustibles fósiles, como el carbón, el petróleo y el gas natural, que cuando son quemados descargan gas carbónico en la atmósfera.

Actualmente son veinte mil millones de toneladas de gas carbónico por año. Y cada año esa cantidad crece un 0,2%. Eso está aumentando la temperatura de la atmósfera, y así como la ‘contaminación del calor’ acaba con el equilibrio de los ecosistemas, causa asimismo una alteración extraordinaria en los fenómenos meteorológicos. La energía nuclear aparece como una solución para esos problemas. Pero la contaminación radiactiva que sale del horno nuclear trae un nuevo riesgo, de otra dimensión. Para reducir la radiactividad a la mitad se requerirán seis mil años. Eso significa que la radiactividad permanecerá casi eternamente en esta tierra. Y un horno nuclear resiste, como máximo, treinta años. Además de eso, ese horno no puede ser destruido ni modificado. Tendrá que ser dejado como está, durante miles de años. Y además, la radiactividad comenzará a vaciarse en silencio en el aire, en el agua y en la tierra. Y con certeza amenazará la existencia de todos los seres vivos en la Tierra. Lo más terrible es que, en nombre del desarrollo económico y para resolver el problema de la falta de recursos, entregamos los problemas sin solución a nuestros descendientes. En el año 2000 los habitantes del planeta serán siete mil millones. Si todos ellos tuvieran el mismo Producto Nacional Bruto (PNB) de los norteamericanos, la polución atmosférica sería por lo menos diez veces mayor que la de hoy.

Entonces yo me pregunto: ¿el sistema natural de la Tierra soportará tamaña perturbación? Nosotros no tenemos ninguna respuesta para esta cuestión. La civilización moderna se realizó exprimiendo a la naturaleza. Pero no es posible que la naturaleza defina para un hombre desarrollarse. Y hoy, ser humano y naturaleza están distanciándose cada vez más el uno del otro.

Deberíamos equilibrar eso. Por lo tanto, es preciso organizar un nuevo sistema para el mundo.

El desarrollo tiene que ser revisado y evolucionar hacia una simplificación de la manera de vivir. ¿No es igualmente engañadora la idea de conquistar la naturaleza?

Imai, 1991
¿Es posible hacer algo? Surge de lo anterior una pregunta obvia: ¿cómo podemos transitar desde la situación actual hasta la situación deseada, evitando las clases de conflicto y violencia que han acompañado a menudo los principales cambios sociales en el pasado? Considero importante señalar al respecto que es posible identificar manifestaciones intrínsecas de un diálogo de resistencia dentro del sistema capitalista actual, que apunta hacia una transformación cuyo grado no es posible señalar sin pecar de ingenuo o de catastrofista. Dicho diálogo es producto, por una parte, de una creciente resistencia al interior de las propias sociedades capitalistas más desarrolladas, por parte de diversos grupos o filosofías que proponen y llevan a cabo estilos de vida que constituyen un frontal rechazo al modelo cultural y económico vigente, y por la otra, de una búsqueda por parte de sus propios conductores para redireccionar el sistema capitalista hacia perspectivas menos destructivas y más sustentables. Como producto de este diálogo o confrontación, se han ido incorporando nuevos valores que han obligado a un cambio del sistema capitalista, cambiando, si no su naturaleza, al menos algunas dimensiones de él.

Un buen ejemplo de ello es lo ocurrido en el campo de los derechos humanos, donde después de un largo debate iniciado en el año 1948 por no más de treinta países se ha ido generando un consenso universal, que ha llevado a suscribir la Declaración Universal de los Derechos Humanos a más de 180 países, dando origen asimismo a diversos convenios jurídicos que sin cuestionar la racionalidad vigente, logran sin embargo estrujarla hasta el máximo. Es el caso de convenios donde se incorporan nuevos elementos o nuevas miradas: género, identidad cultural, minorías, e incluso el propio medio ambiente. Por otra parte, creo importante presentar la idea de Willis Harman sobre la existencia de fuerzas auto-curativas en la sociedad. Harman (1993:37-38) señala que los organismos vivos son en gran medida auto-curativos. Es posible que así ocurra también con las sociedades aunque los mecanismos estén poco estudiados.[3]

La hipótesis Gaia[4], que presenta al planeta como un sistema vivo, sugiere también que puede ser auto-curativo. No es posible no obstante proveer ninguna seguridad para que los procesos curativos del planeta garanticen la continuidad de la civilización humana. Debemos ser los seres humanos quienes cuidemos de nosotros mismos.

Si reconocemos esta capacidad para la auto-curación, surge una nueva mirada sobre la realidad, que nos lleva a preguntarnos qué es lo equivocado en el sistema auto-curativo de la sociedad, qué está fracasando para manejar los desafíos patogénicos a medida que éstos se presentan y, por otra parte, cómo restaurar los procesos auto-curativos de la sociedad.

Afirma Harman que, si se adopta una hipótesis optimista, muchas de las actividades innovadoras de la gente en el presente pueden ser interpretadas como impulsos curativos de la sociedad, parcial e inconscientemente orientados. Es muy fácil reconocer muchísimos signos de respuestas creativas espontáneas, tales como una gran variedad de movimientos sociales, experimentos innovadores en organizaciones no lucrativas, experiencias de economías alternativas, producción y circulación de dinero local, programas alternativos de cuidado de la salud, nuevas formas de negocios empresariales, aproximaciones ciudadanas para apoyar nuevas empresas, desarrollo de comunidad, formas y estilos de vida sustentables en países del Tercer Mundo, y así muchísimas otras que sería largo enunciar.

Concluye que:

Estamos ya llegando a tomar conciencia de que las fuerzas para un cambio radical han estado creciendo y pueden estar cercanas al nivel crítico. Ésta no es la clásica fuerza revolucionaria de los oprimidos.

Es más bien la conciencia revolucionaria de que hemos estado oprimiéndonos a nosotros mismos con un sistema de creencias que adquirimos, un sistema de creencias sobre el cual se sustenta toda nuestra estructura tecno-económica, la cual es incompatible con un futuro viable para la sociedad humana sobre el planeta. Sin embargo, muchos de aquellos que han sido muy exitosos en alcanzar posiciones de riqueza y poder en el sistema actual han comenzado a preguntarse si aquello finalmente es satisfactorio en términos de la forma en que ellos invierten sus vidas.

¿Qué podemos hacer? Aprovechar cada oportunidad para conversar acerca de estos importantes asuntos; tenerlos lo más claramente posible en nuestras mentes.

Examinar nuestras propias vidas para ver qué es realmente importante para nosotros. Descubrir y alimentar nuestra propia motivación para contribuir al bienestar del todo. Juntarnos con otros para compartir y difundir nuestra preocupación y nuestra comprensión. Muchos de ustedes sienten una compulsión para actuar aquí y ahora y hacer algo. Pero no es tanta acción como sabiduría la que necesitamos. Escuchen a su intuición y a su corazón. Ustedes sabrán qué hacer.

Harman, 1993:38

Referencias bibliográficas

Daly, Herman  (1991)   «Crecimiento sostenible: Un teorema de la imposibilidad»,   Desarrollo, no 20, Madrid 

Elizalde, Antonio  (1994)   «Economía, ética, epistemología y economía: relaciones difíciles pero necesarias»,   Medio Ambiente y Urbanización, no 49, Buenos Aires, diciembre de 1994 

Gorz, André  (1986)   «La ideología social del coche»,   Utopía, Año II, no 3, Buenos Aires 

Gorz, André  (1989)   Adiós al proletariado   Imago Mundi, Buenos Aires 

Harman, Willis  (1993)   «Doing Business in a Transforming Society»,   ICIS FORUM, Volume 23, Number 1, Winter 1993 

Harris, Marvin  (1984)   La cultura norteamericana contemporánea: Una visión antropológica   Alianza Editorial, Madrid, 1984 

Hinkelammert, Franz  (1995)   Cultura de la esperanza y sociedad sin exclusión   Editorial DEI, San José de Costa Rica, 1995 

Illich, Ivan  (1995)   «La belleza y el basural»,   El filósofo callejero, no 9, Santiago de Chile, Agosto de 1995 

Imai, Kyoya  (1991)   «Budismo e Meio-Ambiente»,   Bodisatva, Revista de Pensamento Budista, no 2, Porto Alegre, Outono de 1991 

Kohr, Leopold  (1981)   Apéndice II. Tecnología adecuada,   en R. D. Laing y otros, Para Schumacher. H. Blume Editores, Madrid, 1981 

Lovelock, James  (1985)   Gaia, una nueva visión de la vida sobre la tierra   Ediciones Orbis S.A., Madrid, 1a edición, 1985 

Loye, David y Eisler, Riane  (1987)   «Chaos and Transformation: Implications of Nonequilibrium Theory for Social Science and Society»,   Behavioral Science, Volume 32, para el Instituto para Proyecciones Futuras, Carmel, California 

Thompson, D'Arcy  (1981!)   Sobre el crecimiento y la forma   H. Blume Ediciones, Madrid. Primera edición: On Growth and Form, Edimburgo, 1917 

Notas


[1]: Sobre el crecimiento y la forma, H. Blume Ed., 1981.
[2]: Chile (N. del E.).
[3]: Ver al respecto el interesante trabajo de Loye y Eisler (1987:53-65).
[4]: La Hipótesis Gaia fue presentada por James Lovelock (1985) y sostiene, a partir de la observación de la improbabilidad de los fenómenos atmosféricos, que nuestro planeta aparece así como un prodigio de autorregulación, de homeostasis. Los diferentes organismos que lo componen colaborarían en el mantenimiento del equilibrio global, al igual que nuestros diversos órganos y células contribuyen a mantener nuestras constantes vitales; sólo pensando que la Tierra es un gran organismo tienen sentido los datos mencionados.


Edición del 31-12-2008
Boletín CF+S > 38/39: Arquitectura del siglo XXI: más allá de Kioto > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n38/aaeli.html   
 
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