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La ventaja de ser amigo de Antonio Estevan
Agustín Hernández Aja
Madrid (España), 28 de septiembre de 2008.

Antonio Estevan es un personaje singular, una rareza que nos encontramos en el final de esa España rancia y miserable de los últimos años del franquismo. Yo conocí a Antonio en el tránsito de la dictadura al nuevo orden democrático. Él sabía desde el principio, y nos ayudaba a entender, que el camino emprendido no conducía a la construcción de una sociedad igualitaria y libre, sino que viejos hilos de la oligarquía franquista se estaban retejiendo con los hilos, más modernos, de los nuevos poderes industriales y políticos. Que las bases sobre las que se «ampliaba el chiringuito» eran incompatibles con la construcción de una sociedad sana y la conservación de un planeta finito. Que se estaba construyendo un nuevo imaginario social basado en una fe ciega en la capacidad tecnológica y económica del capital para solucionar cualquier problema y para incluirnos a todos en la fiesta del consumo sin límite. Frente a ello generó un pensamiento crítico en el que la ecología se sumaba a un pensamiento de izquierdas y una sólida base técnica.

Antonio aunaba una gran inteligencia con una gran generosidad y un espíritu antiautoritario, que le convertía en esa clase de persona a la que no le importaba dedicar parte de su tiempo a sentarse contigo, poner las manos sobre la mesa y explicarte cómo eran de verdad las cosas. Lo fascinante era que esa explicación resultaba clara y consistente y que no era undimensional, sino que incluía donde estaba la trampa (numérica o ideológica) y quién estaba detrás de ella. Su saber no era pedante, sabía que el conocimiento intelectual no es más que una forma parcial de interpretar el mundo, ni exclusiva ni perfecta, y que muchos agricultores tienen saberes más complejos y útiles que los de la mayoría de los técnicos e intelectuales que pueblan despachos y consultoras.

Si profundizamos en las bases de su pensamiento veremos que existe una continuidad en determinar los objetivos de cada proyecto (económicos, ambientales y culturales) que se nos intentaba imponer. En definir a quién beneficia y a quién perjudica y cuánto. De él aprendí a buscar los fundamentos reales de muchas propuestas, a no dejar de leer sin haber entendido bien lo que pretendían y su porqué profundo. Podría haber sido una autoridad institucional en temas económicos, en la consultoría de planes y proyectos o en la gestión ambiental, pero decidió tomar el camino de la independencia crítica. Analizaba las distintas dimensiones (económica, social, ambiental, fiscal,...) de cada propuesta y nos enfrentaba a la afirmación paradójica de que el técnico no era quién para decidir cuál de ellas era superior a la otra, que había que afrontar esa decisión de forma colectiva y que teníamos que dejar de ser consumidores de soluciones fáciles para ser un equipo activo en la búsqueda de una solución, que nunca podría ser considerada como absolutamente definitiva. Era todo lo contrario de esos profesionales que Iván Illich definió como inhabilitantes (porque hurtan a los individuos su capacidad de decidir presentándoles sus soluciones como perfectas e indiscutibles). Era uno más en la calle o en la asamblea, alguien que aunque era consciente de su gran capacidad de diagnóstico, sabía que la solución era colectiva o no lo era, que tenía que incluir la modificación de la percepción y la conciencia de los demás o no se produciría el cambio.

Ventajas de ser amigo de Antonio, ventajas muy pragmáticas porque me callo las personales (más intensas y emocionales). Buen amigo ha de haber sido Antonio ya que tantos quieren sortear la pérdida que supone su muerte hablando de él, rebuscando un artículo, recordando una conversación o una frase irónica. Yo me sumo a esa fidelidad del amigo, recordando a Antonio más allá del dolor personal de la pérdida, aceptando la deuda intelectual y moral que tengo con él y de esa manera comprometiéndome a continuar el hilo crítico que generosamente me tendió.

Salud Antonio.


Edición del 2-10-2008
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