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Libros
Madrid (España), septiembre de 2008.



¿Hasta que punto sacia la tecnología las necesidades que ella misma crea?

Carlos Prados Cano

Jerry Mander  (1991)   En ausencia de lo sagrado.   Plenum, colección Madre Tierra, (ed) José J. de Oñaleta, Palma de Mallorca 

Habría que considerar a la tecnología culpable hasta que se demuestre lo contrario. ¿Tiene o ha tenido la humanidad posibilidad de elegir la tecnología que quiere; más aun cuando, presentada según los intereses de las grandes multinacionales, se exageran sus bondades y se obvian sus posibles daños colaterales? ¿Se ofrece información objetiva de una determinada tecnología en desarrollo e instauración, con un estudio detallado de los futuros efectos de ésta?
Jerry Mander, 1991

—¿Qué tostadora le hacía falta al hombre de Cromagnon?
—Es un artilugio que utilizamos para ahorrar tiempo.
—¿Crees acaso que el hombre de Cromagnon no tenía mucho más tiempo y era más libre para disfrutar de los placeres que el hombre de hoy en día?
—Puede ser, en términos parciales, sin embargo la longevidad es hoy mucho mayor.
—Cantidad no es calidad. Proyectamos nuestra tecnología para resolver problemas que ella misma ha creado. Mucha gente se compra un coche para ir al trabajo, con el que paga el coche.
—Pero pensemos en todas las vida que ha salvado la tecnología médica, ha sido un gran avance en ese sentido.
—Quizá sí, desde una perspectiva personal pero... ¿Qué sucede con el resto del mundo, aquellos que no pueden acceder a la tecnología? ¿No radicaliza esto las diferencias?

En esta época de lo inmediato, en la que luchamos constantemente por devorar nuestras vidas, consumiéndolas igual que la comida rápida, la mensajería instantánea y el más veloz de los transportes, las relaciones entre personas se han convertido en relaciones persona-máquina y los ‘avances’ tecnológicos han provocado la mecanización de nuestras vidas, que en muchos casos no son más que una cadena de montaje.

El desarrollo exponencial a gran escala auspiciado por los ‘adelantos’ tecnológicos, en contra de la promesa de un mundo mejor, ha aumentado las diferencias entre los países —y las clases— que han podido acceder a la tecnología y aquellas otras que han quedado discriminadas en este reparto. La capacidad de investigación y procesamiento de los ordenadores, trabajando en una sinergía que nunca un usuario personal podrá conseguir, ha permitido el desarrollo de la energía nuclear, las guerras computerizadas y la intensa indagación en nuestras vidas —como auguraba George Orwell (1948) en 1984—,

Como se cuenta en el libro, la tecnología no se queda ahí. Necesita abrir nuevos campos de investigación que puedan ser rentables. Anticipando la inviabilidad de un crecimiento económico infinito en un mundo finito, están invirtiendo grandes sumas de dinero en promover la carrera espacial, que pretende al mismo tiempo ampliar el mercado tecnológico y obtener los recursos naturales necesarios para saciar el consumo imparable de esta gran máquina. En EE.UU. ya es posible patentar animales creados mediante manipulación genética: el auge tecnológico nos ataca en lo más profundo. ¿Cuánto tiempo tarderemos en crear seres perfectos, dejando que la voraz ley de oferta y demanda describa como hemos de ser? Según nos dicen esto supone un beneficio para la comunidad pero...

¿A quién beneficia realmente la tecnología?

Nos seducen con la idea de que la tecnología nos ahorra tiempo y trabajo y, sin embargo, como dice Ivan Illich, «si se incluye el tiempo empleado en ganar dinero para pagar y reparar todos los artilugios ‘que ahorran tiempo’ en nuestra vida, la tecnología moderna en realidad nos roba tiempo.» También se dice que la eficiencia reduce el consumo de energía, cuando lo que realmente está produciendo esta ceguera megatecnológica es un consumo exacerbado que, como todos sabemos, está devorando los recursos naturales del planeta. Y es que tendemos a mirar a nuestro alrededor en términos económicos, de rendimiento, y estamos, en este paisaje artificial que son las ciudades, demasiado lejos del contacto sensible con la naturaleza, que, como dice Jerry Mander, ha dejado de ser nuestra Madre Tierra para convertirse en nuestra fuente de recursos: visión que nos libera completamente del remordimiento de su violenta explotación.

Avanzamos rápidamente hacia una sociedad que tiene que cambiar. El ecosistema terrestre no puede soportar la demanda devastadora de la definición narcisista de la prosperidad de esta sociedad. En este sentido, el mensaje que los ecologistas llevan lanzando durante años es claro —el primer paso frente al cambio climático es disminuir el consumo de combustibles fósiles y paralizar la tala de nuestros bosques—, y no ha sido escuchado por la comunidad internacional ni por sus científicos, que siguen desarrollando —subvencionados por empresas privadas— aquella nueva y bendita tecnología que nos permita ser más ‘sostenibles’ sin abandonar, ni un ápice, nuestro voraz estilo de vida.

Esta confianza en que podemos aplacar todos los males del planeta con la tecnología como estandarte, cuyo primer gran precedente es la Revolución Industrial, tuvo su máximo exponente en el siglo XX, concretamente en la década de los 40 y los 50 en EE.UU. A partir de entonces, la necesidad de expandir sus territorios para satisfacer la demanda creciente de recursos les ha llevado, en nombre de la democracia —excusa empleada en otras ocasiones—, a confrontaciones directas con los primeros pueblos[1] limítrofes. El proceso invasor que ha seguido EE.UU. ha sido devastador: ha dividido a las tribus aprobando leyes que imponían la posesión individual de tierras; ha diezmado la superficie de sus reservas naturales, incumpliendo deliberadamente los pactos que protegían su tierra; ha arrebatado a los niños indios de sus familias, los ha adoctrinado y posteriormente los ha empleado como responsables de gobiernos indios creados por EE.UU. consiguiendo que firmaran acuerdos ridículos. Sirva como ilustración del pensamiento estadounidense la siguiente cita, del dirigente de Amigos de los Indios:

Para sacar al indio del salvajismo y convertirlo en ciudadano [...] tenemos que despertar en él deseos. Han de rozarle, en su torpe salvajismo, las alas del ángel divino del descontento [...] Descontento con el tipi y el campamento indio [...] Es necesario que el indio deje el manto y se ponga pantalones, y pantalones con un bolsillo, ¡un bolsillo con muchas ganas de que lo llenen de dólares! [...] Creemos que es imprescindible, como uno de los primeros pasos para desarrollar una personalidad más fuerte en el indio, hacerle responsable de la propiedad. Aunque tenga que aprender el valor que tiene perdiéndola y pasando sin ella hasta que trabaje para conseguir más, el método educativo ya se ha iniciado.
Merril E. Gates, 1900

Nuestra sociedad no entiende porqué los indios no quieren sumergirse en la economía occidental; y la razón es clara: somos incapaces, en nuestra arrogancia, de comprender sus valores ni su sociedad. En contra de nuestra creencia de que desarrollan un trabajo agotador, las sociedades primitivas disfrutaban de tiempo abundante para el placer, una media anual de horas superior a la nuestra, y satisfacer sus necesidades materiales se conseguía sin demasiado esfuerzo pues «si no hay deseo, no hay carencia». «¿Para qué producir más cuando tu tienda de combustibles tiene una extensión de millones de hectáreas?» En estos días inciertos poco sentido tiene para nosotros la armonía con la naturaleza, la propiedad común, la construcción con materiales locales y la tecnología de escaso impacto. Tenemos que preguntarnos quién tiene que ayudar realmente a quién: ¿Será la raza humana capaz, en su locura colectiva, de escuchar a los indios, replantearse el futuro de su existencia y vivir en comunión con la Madre Tierra?

¿Hasta cuando seguiremos aceptando caramelos?

Mariano Vázquez

Los Amigos de Ludd  (2007)   Las ilusiones renovables. La cuestión de la energía y la dominación social.   Bilbao: muturreko burutazioak, 240 p. 

Muchos padres dan chuches a sus hijos para sacarles del llanto y la rebatiña. Hacen eso como una alternativa, en lugar de hacer frente al conflicto y gestionarlo (¡no siempre los conflictos tienen solución!). En lo que se refiere a la denominada crisis de la energía o al agotamiento del petróleo pasa algo parecido. Los Amigos de Ludd plantean en Las ilusiones renovables esta tesis con todo detalle, analizando la cuestión de «la demanda de energía y su expresión política y social» (el subrayado es mío):

Hemos querido ahondar en el significado de lo que el pensador Ivan Illich llamaba la «ilusión fundamental», es decir, la creencia «en la posibilidad de altos niveles de energía limpia como solución a todos los males».
Los Amigos de Ludd

El libro es el conjunto de ocho ensayos bien hilados que exploran en prácticamente todas las direcciones imaginables, aunque sus autores sólo aspiran a ofrecer una «pequeña guía» a gente que «simplemente quiere pararse a pensar» y a que surja, esperan, el debate y reciban otras opiniones y puntos de vista.

En El camino de la esclavitud se repasa la historia energética de la posguerra, con especial atención a la pretendida sustitución de recursos por capital, al papel de la Técnica y la Ciencia, la centralización y la especialización, la definitiva conversión al petróleo de las economías desarrolladas y, en particular, la instauración de la plena dependencia energética en la agricultura. Un camino que en cierto modo culmina con la necesidad de un Estado garante de la seguridad desde que entra en juego la energía nuclear.

En El camino de la crisis: 1973-1979 se analiza con renovado acento crítico lo que supusieron las dos crisis históricas del petróleo en términos de reparto del poder, con especial mención del papel jugado por el Gobierno de los EEUU y las principales grandes compañías energéticas. Estaba en juego establecer la mejor forma de dominación social; y aquí hay sugerencias de plena actualidad: ¿o es que la tenida por auténticamente real e inevitable crisis financiera mundial no se quiere que sirva para que el erario público ponga un billón de dólares a disposición de quienes han ido haciendo caja durante la última década de expansión inmobiliaria? En paralelo se examina el debate entre las diversas corrientes del pensamiento crítico y de resistencia, siendo la cuestión clave si es necesaria la centralización o si, por el contrario, lo que urge es la reapropiación colectiva de la energía.

En la evolución de los ecosistemas, la contingencia histórica tiene un rango explicativo substancial. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Una exploración obligada es ver de dónde venimos. En Utopistas y anarquistas frente al control de la energía se ofrece un exhaustivo análisis de cómo aquellos bienintencionados pensadores del XIX tropezaron una y otra vez con la ilusión de la Técnica y la Ciencia. Hay un repertorio de textos de Abad de Santillán, Kropotkin, Lenin, Malatesta, Marx, Morris, Noja, Ohitovich y los desurbanistas, Quiroule, etc, que muestran a las claras la fascinación por todas estas ilusiones salvadoras que, desde entonces, se han hecho realidad o siguen funcionando como zanahorias delante del burro: la electrificación sistemática, el petróleo y la generalización del automóvil, la televisión, la energía nuclear, los biocombustibles, las inagotables fuentes de energía renovable, la expansión sistemática de los asentamientos humanos por todo el territorio como forma de hacer desaparecer la diferencia entre campo y ciudad (¡la ciudad-red de los desurbanistas soviéticos se propone en 1928!). Hay una conclusión evidente: si tantos pensadores a favor de la emancipación humana han sido víctimas del espejismo tecnológico es que es muy fácil caer en él, así que va de suyo la utilidad que, para la dominación social, tiene el paradigma del «desarrollo sostenible», de lo «respetuoso con el medio ambiente», en definitiva de lo «verde». Hay pocas excepciones en este panorama, y vale la pena mencionar la figura del geólogo Alberto Carsí (1937), heredero intelectual de Elisée Reclus, figura rescatada del ninguneo de la historia por Eduard Masjuán (1992). El ensayo concluye analizando como tal espejismo ha sobrevivido en el panorama del pensamiento anarquista contemporáneo (Bookchin, van Duyn), en el que de nuevo, las excepciones son raras (Goodman, Illich). En definitiva:

Aquel viejo lema, inaugurado por William Morris, «Cómo vivimos y cómo podríamos vivir», lleno de ecos de transformación y esperanza, ¿qué ha pasado a ser en las sociedades de la abundancia industrial sino un truco manido de la colonización publicitaria de las necesidades?

El cuarto ensayo, Bajo el volcán, está íntegramente dedicado a la energía nuclear de fisión. Pero no sólo como una forma de producir energía, sobre todo como una forma de disuasión de «las poblaciones», hábilmente empleada por «las clases dominantes».[2] Hay un prolijo recorrido por las diversas facetas, incluyendo las conexiones entre uso civil y uso militar, en donde deben encuadrarse las nuevas ideas de nuevos reactores para reciclar residuos radiactivos.

En La edad del petróleo se analizan las posibilidades que abre el anunciado peak-oil y el consiguiente agotamiento de la fuente energética principal del capitalismo reciente: bajo foco queda una pregunta: «la caída más o menos acelerada del régimen petrolero», ¿«abre una brecha para» [...] «reconstruir una sociedad autónoma, radicalmente diferente a la que conocemos»? Dada su complejidad e importancia, Los Amigos de Ludd se contentan con recorrer las ramificaciones de esta cuestión. Se incluye una sintética historia del uso contemporáneo del petróleo, de sus guerras y el significado de las mismas, y, como pieza clave, del desarrollo de la movilidad motorizada.

El sexto ensayo da título al libro. Nos lleva por el parque temático actual, adornado con esbeltas torres eólicas, huertos solares, hidrogeneras, centrales de fusión como pequeños soles inocuos, incluyendo doctas exposiciones sobre los proyectos del futuro: paraguas orbitales que a la vez que mitigan el calentamiento global, recolectan energía y la transmiten a los Veinte Puntos por medio de micro-ondas y otros temas igualmente estupendos. Hay una sombra en el horizonte: si realmente se logra seguir alimentando un consumo creciente de energía per capita para una creciente cantidad de población (lo que ya es mucho), ¿qué sacamos en términos de bienestar si es que sacamos algo? ¿No continuaremos por la misma senda de esclavitud a la que nos llevó el carbón primero y luego el petróleo?

El primer procedimiento que se le ofrece al hombre para producir más con un esfuerzo menor, es la utilización de fuentes naturales de energía; y es verdad que no se les puede asignar a los beneficios de este procedimiento un límite preciso, ya que ignoramos que fuentes de energía se podrán utilizar; pero esto no quiere decir que podamos tener dentro de esta vía perspectivas de progreso indefinido, ni que el progreso esté en general garantizado.

Simone Weil
Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión

Así comienza Lecciones sobre historia y energía. Sin duda los flujos energéticos y materiales de los ecosistemas humanos conectan directamente con su organización social. La termodinámica, el marxismo, el energetismo, la ciencia de la complejidad, la teoría de sistemas, han planteado diversas hipótesis acerca de esa conexión. Muchos de los temas que han ido apareciendo en los anteriores ensayos se contemplan ahora a la luz de la cuestión de la centralización y la especialización. El despliegue tecnológico es la continuidad de esa lógica: «Esto es lo que parece que nos prepara los albores del siglo XXI. A medida que aumenta la especialización social y su capacidad de procesar información, a medida que se hacen más dependientes de flujos de energía y materias primas, los centros de poder refuerzan su legitimidad bajo los dogmas de la democratización de las tecnologías, y similares. La sociedad del conocimiento es el nuevo rostro del Estado total, armado sobre la ignorancia de sus terribles efectos.»

Los Amigos de Ludd concluyen con unas Consideraciones finales que, tras analizar el significado social del consenso entorno al calentamiento global, plantean preguntas clave:

Mientras avanzan a grandes pasos las estrategias de desarrollo a cualquier precio, el juicio al progreso no avanza, y la izquierda bienpensante transmite un confuso mensaje que sugiere que quizá el desarrollo no sea tan bueno, pero a la vez debería llegar a todos por igual. ¿Cómo hacer compatibles verdades tan dispares? [...] la contradicción viviente de combatir el fuego echando gasolina.

[...]

¿Y qué ocurrió con el viejo sueño de controlar colectivamente las energías? O de manera más general ¿qué ocurrió con el viejo sueño de controlar colectivamente algo?

[...]

Por el momento, ¿qué otra cosa podemos hacer que provocar la reflexión en todos aquellos que quieran distanciarse aunque sea poco de esta realidad tan asfixiante?

Referencias

Carsí, Alberto  (1937)   La riqueza minera de Cataluña.   s.c.: Editorial Maucci 

Masjuán, Eduard  (1992)   Urbanismo y ecología en Cataluña.   s.c.: Madre Tierra 

Notas


[1]: Primeros pueblos es la autodenominación de las tribus de Alaska. No es de extrañar que incluso el lenguaje occidental excluya a estas tribus. Se les suele llamar indígenas cuando propiamente significa «originario del país del que se trata», como si los europeos no fueramos indígenas en Europa. También se les apela como primitivos y salvajes, con connotaciones evidentemente peyorativas, al estar alejados de una tecnología que ni siquiera desean.
[2]: Recientemente, Carlos Jiménez me comentaba que tras la disminución del área de influencia oficial de la central nuclear de Trillo, las fiestas de Brihuega, ahora fuera del área, vieron disminuir su presupuesto de forma ostensible, al dejar de entrar en el reparto de dádivas. Quizás fuera para bien: en las fiestas ahora siguen ocurriendo las mismas cosas que antes de la central, y han disminuido el despilfarro y los fuegos de artificio (en sentido literal).


Edición del 30-9-2008
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