Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Maldita sea la eficiencia [1]
Nicols Fox[2]
Wadebridge (Reino Unido), abril de 2005.

Efficiency be damned

Lejos de ser la panacea contra el cambio climático, la eficiencia es la fuerza impulsora de patrones de consumo cada vez más voraces, así como de las consecuencias para la salud y el medio ambiente que acarrean.

A fenómenos como el desprendimiento en los casquetes polares de icebergs del tamaño de pequeños países, el retroceso de los glaciares y el aumento del nivel del mar en las islas del Pacífico, la respuesta de los expertos al cambio climático es prácticamente unánime: «hay que ser más eficientes». Desde la nave industrial hasta la cocina doméstica, hacer las cosas más rápido, con menor consumo de recursos y realizando menos trabajo se ha convertido en la meta universalmente aceptada y en la solución elegida para evitar un mayor cambio climático. Los coches con motores híbridos no gastarán tanto petróleo, los insaciables aparatos eléctricos serán rediseñados para que se conformen con menores raciones de electricidad, el mejor aislamiento térmico significará ahorros sustanciales, y todo esto combinado se traducirá en un menor consumo de energía. En pocas palabras, una mayor aplicación de la eficiencia nos salvará del desastre, sin tener que hacer dolorosos sacrificios ni ajustes en nuestro estilo de vida.

Quien eso crea, pensará también que el uso de computadoras ha reducido el consumo de papel. En realidad ha ocurrido exactamente lo contrario. La facilidad para escribir e imprimir que la informática ha generalizado ha supuesto una utilización de papel mayor que en toda la historia. La eficiencia tiene la costumbre de acarrear consecuencias inesperadas e ininitencionadas.

La idea de obtener lo máximo a partir de lo mínimo (resultado del utilitarismo de Jeremy Bentham, filósofo del siglo XVIII) fue el preludio de la Revolución Industrial. A principios del siglo XX, Frederick W. Taylor llevó la idea más allá. Pionero de la gestión de las fábricas con criterios científicos, Taylor dividió las tareas en acciones específicas y utlilizó el análisis de tiempos fraccionados para obtener el mayor rendimiento de los trabajadores. Su sueño era sacar la eficiencia de las fábricas y aplicarla a todos y cada uno de los aspectos de la vida para incrementar la producción de toda la sociedad en su conjunto. «Los mayores despilfarros de esfuerzo humano», dijo Taylor, «que se producen a diario debido a nuestros actos torpes, equivocados e ineficientes... son menos visibles, menos tangibles... pero vagamente apreciados». Eramos unos flojos y podíamos hacerlo mejor.

En gran medida Taylor tuvo éxito. La eficiencia se trasladó de la fábrica al hogar. Se ha convertido en el mantra de la época, dando como resultado la vida moderna bajo presión, en la cual exprimir cada segundo del día parace razonable. Cuestionar la eficiencia empieza a sonar a herejía.

Sin embargo, la eficiencia no es solamente el secretito sucio detrás del aumento del consumo de energía (las gráficas revelan que aun utilizando aparatos energéticamente más eficientes, el gasto de energía aumenta); la eficiencia es en gran parte la razón por la cual el mundo está experimentando una grave escasez de energía. Producir más con menos no se ha traducido en un menor uso de recursos, sino en una mayor producción y un mayor uso de recursos.

La eficiencia se ha instalado en una época dorada de consumo. Los bajos costes de producción han supuesto un incremento en el potencial de acumulación de bienes de consumo para todos: más ropa, más equipamiento doméstico, más artefactos y tonterías, casas más grandes y con más baños.

Cuanto más eficientes se han ido haciendo los aparatos del hogar, demandando menos energía, más se ha incrementado su número (o su complejidad). Hasta se han inventado categorías completamente nuevas de electrodomésticos. ¿Realmente necesitamos dianas electrónicas de pared para lanzar dardos o porta-corbatas giratorios eléctricos? ¿Son los teléfonos móviles realmente eficientes, o simplemente permiten que haya más gente hablando con más gente a la vez y con más frecuencia que nunca, diciéndose cada vez menos? Ciertamente, los móviles no han reducido la comunicación telefónica. Y su complejidad requiere muchísimo más uso inicial de energía que los teléfonos convencionales. El mejor aislamiento de las viviendas no ha llevado a sus habitantes a gastar menos en calefacción, sino que ha impulsado el establecimiento de mayores niveles de comodidad. Ahora las casas son más confortables que nunca y, en vez de gastar menos combustible para calefacción, se está consumiendo la misma cantidad o más. Al mejorar la eficacia del uso de combustible en los coches, simplemente se conduce más y, particularmente en los EE.UU., se vive cada vez más lejos de las áreas urbanas donde se trabaja.

Pero la eficiencia no está limitada al uso de la energía. Al emplear las flotas pesqueras nuevas tecnologías para encontrar y capturar peces más eficientemente, un mayor número de personas en todo el mundo puede comer más pescado que antes, y las reservas de peces se están acabando más rápidamente. Al pasar la tala de madera de hacerse con sierras de mano a motosierras y ahora con taladoras-amontonadoras (grandes monstruos mecánicos que pueden cortar, desrramar y amontonar troncos a ritmos asombrosos), los bosques están siendo desvastados a un paso que hace la sostenibilidad imposible. Al convertirse en norma una agricultura más eficiente y desarrollarse medios de transporte más eficaces, cada vez hay que gastar menos para comer más y nuestras dietas se han expandido desde las selecciones limitadas por el clima local hasta las posibilidades globales. Las estaciones se han desvanecido al posibilitar al consumidor ordinario comer frambuesas o espárragos en cualquier día del año; y las aplicaciones mundiales de la eficiencia en la producción y distribución han hecho que el consumirlos sea una posibilidad que hubiera parecido un lujo exagerado hace sólo una o dos generaciones.

Aun es más, la eficiencia ha producido verdaderos desastres. Fue precisamente la búsqueda de la eficiencia en la industria agrícola la que llevó a pensar que la idea de reciclar animales muertos para alimentar al ganado era buena para la producción de carne y leche. Y ya sabemos a qué llevó tal idea. El transporte eficiente en forma de viajes aéreos ha supuesto que las enfermedades con origen en una parte del globo pueden ahora desperdigarse por medio mundo en cuestión de horas. Los camiones y el comercio facilitaron eficientemente la epidemia original del virus del SIDA.

Con una producción eficiente de comida, el procesamiento masivo y la distribución amplia y rápida, el tipo de error que una vez pudo haber producido una emergencia local de envenenamiento en los alimentos puede ahora tener consecuencias nacionales o globales. En 1994 la escasa limpieza de los camiones-depósito que transportaban huevo líquido desembocó en la contaminación de una mezcla para hacer helados que, debido a la producción masiva y al eficiente sistema de distribución nacional de la compañía involucrada, esparció la bacteria de la salmonella por todos los EE.UU., con el resultado estimado de 223.000 casos de infección. E.Coli O157:h7, algunas veces llamada la «bacteria de la hamburguesa», era desconocida en 1976; gracias al comercio global de carne, se ha esparcido virtualmente por todo mundo desde 1996. Los expertos en enfermedades emergentes están observando con precaución la nueva gripe aviar asiática, sabiendo que una vez empiece a propagarse de persona a persona las redes globales de transporte podrían rápida, y muy eficientemente, crear una pandemia.

Cuando se empieza a buscar ejemplos del lado oscuro de la eficiencia se encuentran en todos lados, pero pocas personas le echan la culpa de tanto estrés y de las frustaciones comunes de la vida moderna a este principio. Tener que emplear al teléfono cinco minutos atacados de los nervios, apretando botones para la selección del buzón de voz que realmente no funciona es ser víctima de la aplicación de la eficiencia de alguna otra persona. Nos guste o no, uno se ha convertido en el nuevo recepcionista de la compañía, realizando el trabajo que alguien antes realizaba para los demás. Generalmente, estas transferencias de tareas vienen acompañadas de aquella frase orwelliana «para su mayor comodidad». No hay que creérselo.

Las compañías nos han transferido eficientemente su trabajo, teniendo que servirse uno mismo, limpiarse uno mismo la mesa, llenar el depósito de gasolina uno mismo, meter uno mismo sus compras en la bolsa del supermercado, llevar uno mismo sus cuentas y manejar su dinero del banco desde el ordenador propio. Y dentro de poco, según nos han dicho, los sobreexplotados consumidores nos cobraremos a nosotros mismos en cajas electrónicas. Todo esto está creando más productividad y, por lo tanto, más ganancias para las compañías, pero también más trabajo para el consumidor individual, quien con razón se siente agobiado. La frustración y la alienación son los siguientes pasos.

La eficiencia es el perro fiel que te sigue a casa después del trabajo. Las multitareas podrán ser buenas para la economía, pero no son divertidas para el resto de la familia. La comida rápida es eficiente, pero el hecho de cocinar y comer juntos tiene un valor por sí mismo en el marco familiar. Planificar al minuto es lo que hacen las empresas, no los seres humanos. Si el tiempo se ha convertido en un tirano, la culpa hay que echársela al culto a la eficiencia. La mayoría de las cosas con las que las personas disfrutamos, lo esencial para vivir y amar, no son tan eficientes, después de todo.

La eficiencia tiene su sitio, pero ya no sabe cuál es. Y no va a resolver por sí sola los problemas del sobreconsumo de energía; cosa que sí podrían hacer el establecimiento de un nuevo orden de prioridades y la auténtica conservación.


Notas


[1]: N. de E.: publicado en The Ecologist, 35/3 (abril 2005), p. 23-24
[2]: N. de E.: autora del libro Against the Machine: the Hidden Luddite Tradition in Literature, Art and Individual Lives, ahora está escribiendo un nuevo libro con el título provisional de The Case Against Efficiency.


Edición del 30-9-2008
Revisión: Carlos Prados
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