Boletín CF+S 37. Septiembre 2008ISSN: 1578-097X. Edita: Instituto Juan de Herrera. |
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Questioning the idea of progress at the start of the twenty-first century is a bit like casting doubt on the existence of the Deity in Victorian times. The stock reaction is one of incredulity, followed by anger, then moral panic. It is not so much that belief in progress is unshakable as that we are terrified of losing it.[1]Gray, 2004
La nuestra es una sociedad optimista, una sociedad que cree firmemente, al menos oficialmente, que hoy vivimos mejor que ayer y que mañana, necesariamente, viviremos mejor que hoy. De poco sirven los hechos, que desmienten tozudamente, o al menos ponen en seria cuestión, esta tesis. Esta fe, a pesar de su aparente firmeza, es muy reciente, se puede seguir su génesis a partir del siglo XVII, aunque sólo desde el siglo XIX, hace algo menos de 200 años, se ha impuesto en occidente (Bury, 1920). De hecho, la creencia más extendida, en todas las épocas y culturas, ha sido la contraria: el mundo vive un declive constante que afecta irremisiblemente a la humanidad (y un mínimo análisis termodinámico de la evolución de la humanidad parece confirmarlo).
Cuando la ciencia contradice la fe es necesario tomar medidas: por ejemplo, quemar herejes. Sin embargo, en el Boletín CF+S preferimos soluciones más académicas: estudiemos el fenómeno... ¿qué supone la creencia en el progreso en nuestra sociedad contemporánea? La versión oficial la conocemos, en este número, pues, mostramos otros aspectos más oscuros de esta fe.
Hemos considerado conveniente comenzar el número por un somero diagnóstico de la situación centrado en dos cuestiones fundamentales sin las que no es posible comprender la magnitud del problema: la relación de interdependencia del ser humano con el entorno del que forma parte (lo artificial como parte de la naturaleza, y no como elemento exterior a ella); y el absurdo cuantitativo resultante de llevar hasta sus últimas consecuencias el discurso del crecimiento indefinido o sostenido.
Tras la introducción, el primer bloque de artículos presenta la situación en todo su esplendor y con toda la profundidad teórica que exige el tema. Roy A. Rappaport, describe de forma pormenorizada las diversas circunstancias en que un sistema social pone en riesgo su capacidad de adaptarse a los cambios en el entorno y, por ende, su propia supervivencia; la descripción teórica no tarda en hacerse extrañamente familiar, mientras que las conclusiones no pueden ser más sorprendentes, especialmente para aquellos que siguen creyendo en nuestra religión del progreso. Lewis Mumford, en su revisión crítica de las utopías del pasado y del presente, aviva una seria sospecha: nuestra sociedad globalizada, en su búsqueda de un mundo ideal, muestra evidentes rasgos de absolutismo, y una sorprendente similitud con las más antiguas civilizaciones del mundo. Por último, Frederick Soddy se centra en un aspecto más concreto: la irresponsable gestión que la actual civilización industrial hace de los recursos del planeta, cuya irracionalidad sólo puede explicarse a partir de los mecanismos ideológicos que sustentan la maquinaria social. Téngase en cuenta que, en cualquier caso, cada uno de estos artículos se ha escrito en épocas diferentes y desde disciplinas cuyo único punto de contacto es su preocupación por la gestión de los asuntos humanos.
El segundo bloque pretende servir de respuesta al principal, y muchas veces único, argumento en defensa del progreso: el avance de la ciencia (aunque en realidad, más que de ciencia, se hable de técnica). El progreso se hace visible en la vida cotidiana a través del siempre creciente conjunto de artilugios tecnológicos que sustituyen las viejas formas de trabajo manual por todo tipo de automatismos voraces consumidores de energía. Frente a cualquier dificultad o crítica, la respuesta siempre es «la tecnología lo resolverá antes o después». Por todo ello, este bloque va dedicado, con una intención exhaustiva, a desmenuzar estas promesas tecnológicas.
Tal vez algún lego piense que desacreditar las tecnologías del futuro es una empresa ardua y sólo al alcance de unos pocos especialistas; nada más lejos de la realidad, la fe es ciega, y sólo la fe ciega en el progreso puede cubrir las burdas falsedades y ocultaciones en las que se basan estas promesas. En este repaso individualizado a las diversas promesas tecnológicas, queda un hueco final, para dos artículos más globables: el primero centrado en la actual crisis energética y en las dificultades (o la imposibilidad) de superarla sin un cambio sustancial en nuestra forma de convivir en el planeta; el segundo centrado en la trayectoria de un gran teórico de la técnica, el francés Jacques Ellul, que ya hace décadas puso de manifiesto muchas de las contradicciones asociadas al uso intensivo de la tecnología.
En cuanto a las secciones fijas, En la Red y Libros se suman al hilo temático del monográfico, aportando materiales muy jugosos. Por otra parte, en la sección Noticias hemos querido dar noticia del fallecimiento de Antonio Estevan, colaborador habitual de esta biblioteca, pero sobre todo amigo de las personas que la hacemos, fallecimiento que ha coincidido en el tiempo con el esfuerzo final para sacar a la luz este número.
Finalmente hay que señalar que el esfuerzo de recopilación y selección de todos estos materiales queda con un regusto ligeramente amargo. Por una parte, los lectores inquietos seguro que encontrarán muy sugerente el conjunto reunido; sin embargo, es muy dudoso que ningún argumento, ni siquiera todos los reunidos aquí, logre convertir a ningún creyente, porque, en definitiva... ¿para qué sirve la religión del progreso? Para lo mismo que todas las religiones.
Gray, John (2004) «An illusion with a future», Daedalus, vol. 133, no. 3, pp 10-17. http://www.mitpressjournals.org/doi/abs/10.1162/0011526041504542
Bury, John B. (1920) Idea of Progress versión española: La idea de progreso, Alianza, Madrid, 1971
[1]: «Cuestionar la idea de progreso a principios del siglo XXI
es un poco como poner en duda la existencia de la Deidad en la época
victoriana. La reacción común es de incredulidad, seguida de enfado,
y después de pánico moral. No es tanto que la creencia en el
progreso sea inquebrantable como que nos aterra perderla.»
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