Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Libros
Gonzalo Sánchez-Toscano Salgado
Madrid (España), julio de 2008.

«Población extraña difícil de erradicar»[1]

Lorenzi, Elisabeth  (2007)   Vallekas, puerto de mar   Madrid. Traficantes de sueños 
En este boletín dedicado a las más recientes buenas prácticas españolas, no está de más desafiar la amnesia colectiva y traer de nuevo a colación uno de los más notables ejemplos que ha dado nuestra historia reciente en cuanto a participación ciudadana en la construcción y apropiación del espacio urbano. Y es que, en este nuevo contexto que hoy nos obliga a destacar y premiar la excepcionalidad de las contadas experiencias urbanas participativas que se llevan a cabo en nuestro entorno, resulta más pertinente que nunca detenerse a analizar experiencias de nuestro pasado inmediato que, como la lucha vecinal del barrio madrileño de Vallecas, nos recuerdan las potencialidades de cambio y transformación a las que puede aspirar una sociedad civil activa y nos vacunan contra el conformismo reduccionista que parecen imponer las nuevas tendencias globalizadoras.

El barrio madrileño de Vallecas tiene su origen en el municipio homónimo situado en el sureste de la capital, que ya desde finales del Siglo XIX se fue consolidando como un importante arrabal obrero e industrial. Durante el Franquismo, en Vallecas y otros núcleos periféricos se fueron hacinando las nuevas oleadas de inmigrantes que llegaban a Madrid, en asentamientos de viviendas autoconstruidas que conocieron durante estos años los mayores niveles de subdesarrollo que jamás se hayan alcanzado en la capital. Durante este proceso de crecimiento, Madrid absorbió física y administrativamente estos municipios limítrofes. Conforme el crecimiento de la ciudad iba incrementando el valor de suelo de estas zonas periféricas de la capital, se fueron sucediendo los intentos de desalojo de los chabolistas por parte de la administración, que en Vallecas fracasaron debido a la respuesta vecinal. Estas primeras protestas fueron el germen de un movimiento vecinal que consiguió tras la muerte de Franco la remodelación urbana, el realojo en el mismo barrio de todos los vecinos y la dotación de Vallecas con los equipamientos sociales y los servicios públicos demandados desde el primer momento por los vecinos. A pesar de estos logros evidentes, este complejo proceso urbanístico abrió cierta controversia entre los propios habitantes de Vallecas, que en muchos casos achacaron el notable cambio de vida que les imponía el denso modelo urbanístico resultante respecto del anterior modo de vida en las pequeñas casas autoconstruidas, más relacionadas con su pasado rural.

Si bien el éxito de la remodelación urbana supuso una cierta relajación del movimiento vecinal vallecano, éste fue adoptando nuevas expresiones sociales y culturales más relacionadas con la juventud, y fue de nuevo decisivo para la creación progresiva de la idea de identidad de barrio, de nacionalismo vallekano, que permitió a Vallecas superar en los años ochenta problemas importantes como el de la drogadicción. Este tejido social vallecano ha ido sorteando las numerosas cortapisas que el proceso globalizador ha impuesto en Madrid en las últimas décadas, y aún hoy Vallecas destaca como el barrio de la capital donde se ha desarrollado un mayor sentimiento de identidad vecinal y pertenencia, una zona siempre incómoda para las autoridades locales en la que las redes vecinales han mantenido el protagonismo de los cambios sociales y culturales, frente a la docilidad social ya generalizada en la región metropolitana madrileña.

Vallekas, puerto de mar, de Elisabeth Lorenzi, es un muy interesante estudio antropológico sobre los movimientos sociales surgidos en Vallecas desde los últimos años del Franquismo, en el que la autora toma como leit-motiv la fiesta popular de la Batalla naval para ir desgranando las múltiples expresiones que ha ido tomando el tejido social vallecano en estas décadas. La Batalla naval es una gran guerra de agua que se celebra en Vallecas todos los veranos desde 1982, y tiene su origen como expresión del sentimiento de arraigo e identidad, el llamado nacionalismo vallekano, que las redes sociales estaban construyendo a principios de la década de los ochenta, en un contexto político general muy marcado por las movilizaciones contra la OTAN, especialmente intensas en Vallecas. Aquel verano los colectivos sociales vallecanos convocaron un original acto en el que declararon la independencia de la República de Vallekas, un estado imaginario que se fundaba en las utopías sobre las que estaban trabajando los movimientos sociales, una república neutral ante la OTAN y los bloques militares que se declaraba «amiga del mundo» y exigía un puerto de mar como expresión máxima de sus aspiraciones utópicas y libertarias. El acto terminó con una espontánea guerra de agua entre el calor del asfalto vallecano, que se repite anualmente bajo el no menos utópico sobrenombre de Batalla naval.

El gran interés de esta simbólica fiesta, perfectamente analizado y documentado en el libro que nos ocupa, ha sido su asunción como patrimonio colectivo por parte de los diversos movimientos sociales y culturales que han ido tomando protagonismo en Vallecas. La fiesta se ha celebrado todos los veranos desde 1982, a pesar de las esporádicas prohibiciones y las diferentes formas de boicot llevadas a cabo por el Ayuntamiento, especialmente a mediados de la década de los noventa. Esta continuidad ha sido posible gracias a la integración en la misma de todos los movimientos sociales vallecanos, que durante un largo periodo de tiempo se fueron alternando como organizaciones convocantes de la misma. Además de ser la evidente expresión de la memoria colectiva del barrio respecto a las conquistas vecinales de la Transición, la Batalla Naval ha servido también como vehículo para reivindicaciones del barrio surgidas posteriormente, que se han englobado así en la tradición festiva y utópica que siempre ha caracterizado el movimiento social vallecano.

Estamos, pues, ante un libro que nos habla de una sociedad civil activa y auto-organizada, de un movimiento vecinal protagonista de buena parte de las transformaciones de su entorno inmediato, que ha sabido mantener su independencia respecto a las administraciones públicas y las presiones del mercado. De este estudio se pueden extraer algunos aspectos que han caracterizado el movimiento vecinal de Vallecas y que han constituido una parte fundamental de su éxito y de su supervivencia a los cambios globalizadores que han hecho mella en otros movimientos sociales y vecinales de Madrid. En primer lugar, cabe destacar que la sostenibilidad de la experiencia vallecana ha sido posibles a través de una estructura abierta, excepcionalmente integradora, diversa y adaptable a los cambios sociales y generacionales. Partiendo de un contexto inicial en que tuvieron particular relevancia los partidos políticos de izquierda radical y las parroquias obreras, el movimiento social vallecano se ha configurado como una amalgama en la que han ido participando y tomando protagonismo otras expresiones más abiertas y juveniles, desde la contracultura asociada al rock, el punk y la droga al fenómeno reciente de la inmigración desde países empobrecidos, pasando por los primeros movimientos ecologistas, los ateneos culturales, el renovado anarquismo de los primeros años de la Transición, la Lucha autónoma de los noventa o el movimiento okupa. Estas distintas expresiones de lucha se han ido sucediendo sin mayores tensiones dentro del movimiento social en los distintos momentos históricos de las últimas décadas, en una convivencia pacífica al servicio de una idea común de identidad de barrio contenida en la frase «Vallekas nuestro». La Batalla naval descrita en este libro quizá sea la expresión más clara y unitaria de esta multiplicidad de visiones y movimientos sociales que han aceptado un cierto modus operandi común sustentado en acciones y discursos específicamente vallekanos, en un extraño caso de creación de una nueva tradición sin referentes culturales anteriores. Estas expresiones comunitarias del vallekanismo han encontrado en los elementos festivos un perfecto vehículo para la formulación de sus utopías y la integración de la sociedad en un proyecto de identidad común.

Mirada desde el actual ocaso de los movimientos sociales en los tiempos de la globalización y el pensamiento único, la experiencia de Vallecas nos hace preguntarnos en qué circunstancias y bajo qué criterios se podría plantear hoy una toma de conciencia colectiva equiparable a la desarrollada en Vallecas en las últimas décadas. El caso de Vallecas nos aporta valiosas lecciones que nos pueden ayudar a despejar el camino hacia la respuesta a estas preguntas, pero también nos remite a un contexto urbano muy distinto de la anomia suburbana que se ha impuesto en Madrid como consecuencia del proceso globalizador. Este nuevo escenario hace difícilmente imaginable un proceso de apropiación colectiva del entorno similar al experimentado en Vallecas y nos obliga a buscar nuevos modelos de participación para poder siquiera aspirar a la construcción colectiva de nuestro entorno y nuestras ciudades. La respuesta sigue, pues, como dijera Bob Dylan, «flotando en el viento», aunque puede que el análisis de experiencias pasadas amplíe y enriquezca nuestros horizontes y nos ayude a cazarla.


Notas


[1]: Calificación con la que el Plan de Ordenación Urbanística de Madrid de 1967 se refería a los 12.000 habitantes de las casitas autoconstruidas de Palomeras Bajas.


Edición del 2-7-2008
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